Cuando Eva Green se desnudó para el doctor Frankenstein

Artículo publicado en colaboración con la web de la Ciencia Ficción en Ecuador de Iván Rodrigo Mendizábal.

Disponible también en La Casa Ártica.

La industrialización transformó a Londres en una ciudad tuberculosa.

La tecnología había despuntado, pero mientras los eruditos especulaban sobre el éter en sus mansiones, una masa de menesterosos se arrastraba por las calles.

Imagen para promocionar Penny Dreadful de Showtime.

Imagen para promocionar Penny Dreadful de Showtime.

Los Jack the Ripper acechaban en los callejones para arrancar las vísceras de las putas y los campesinos sentían recelo por esos científicos que conservaban monstruos africanos en sus laboratorios.

Entonces, el terror se puso de moda, surgiendo una publicación que entregaba espantos a cambio de un penique: “Penny Dreadful”.

El siglo veintiuno, igual que el diecinueve, está marcado por el miedo.

Las amenazas de antes son parecidas a las de hoy. El cáncer ha reemplazado a la tuberculosis y los ataques suicidas a la artillería alemana.

Los gustos también son similares.

Poe y los marcianos de Wells se han desempolvado y el cine y la televisión se apropian de ellos para satisfacer una remozada erótica de la sangre.

Showtime, marca de televisión conocida por producciones transgresoras, empezó a transmitir, desde mayo del 2014, una serie que extrae los personajes de las novelas de terror victorianas adaptándolos al mundo contemporáneo.

El resultado está cargado de sexo, humor negro y una trama tan perturbadora como original.

La inocencia del siglo diecinueve que se mantenía gracias a las cadenas de la moral, se quiebra, desnudando el gigantismo o la menudencia de las creaturas de Mary Shelley u Oscar Wilde.

La serie, como no podía ser de otra manera, se llama “Penny Dreadful”.

Eva Green está poseída por un demonio. Literalmente.

Eva Green está poseída por un demonio. Literalmente.

La trama, en apariencia, es sencilla: la vidente Vanessa Ives (Eva Green) y sir Malcolm Murray (Timothy Dalton) contratan a un pistolero estadounidense (Josh Harnett) y al doctor Frankenstein (Harry Treadaway) para rescatar a Mina Murray que ha sido secuestrada por vampiros.

Sin embargo, estos personajes son mucho más complejos y aterradores que los literarios porque comparten nuestras pasiones. Son más sinceros: sienten miedo, sangran y se consumen en libido.

El doctor Frankenstein de Showtime.

El doctor Frankenstein de Showtime.

La serie está infectada por ese virus contemporáneo cuyo síntoma más claro es el anhelo de desacralizar.

Víctor Frankenstein es uno de los más intrigantes. Es un hombre que sufre por el anhelo de crear a otro ser que lo entienda. No lo mueve la curiosidad científica, sino el pánico a la soledad.

Acepta cazar monstruos para conseguir dinero. No le interesa la lucha contra el mal.

Con el avance de la serie nos enteramos que su criatura, a la que da vida por azar, no es la primera. El primogénito también vive y termina asesinando a su hermano, como Caín a Abel.

Frankenstein, el dios fracasado que ha repudiado a su primer monstruo, comprende que está ligado a él y se convierte en su cómplice.

Lo ama. Lo odia. Mata por él. Crea por él. En la relación de ambos hay mucho más que la resignación de un padre para con su hijo, hay erotismo, atracción por la oscuridad.

De todas maneras, el sexo no parece interesarle – ignora los acercamientos de Vanessa Ives –, pero no porque sea impermeable al placer, sino porque el orgasmo biológico ha sido sustituido por el creativo.

La serie de Showtime tiene varios puntos altos – los actores, por ejemplo –, pero lo principal es la perspectiva del relato.

Eva Green se come a Dorian Grey...

Eva Green abusa de Dorian Grey…

No se trata de un simple cuento de fantasmas, tampoco de una historia de amor adolescente escondida entre la mitología vampírica, es un retrato de los tiempos actuales, con humanos mucho más terroríficos que las criaturas fantásticas.

En el siglo diecinueve los monstruos espantaban porque eran el arquetipo de lo desconocido. Hoy asustan precisamente por lo contrario: son nuestra imagen reflejada en un espejo.

Cómo enamorarse de la literatura sin morir en el intento

Estoy fascinado con la literatura desde los nueve años, edad en la que descubrí, en la biblioteca de mi padre, “La divina comedia” con ilustraciones de Yan D’Argent. La leí con avidez y me apasioné por el mundo de las letras, emprendiendo la traducción al quichua de las obras completas de Góngora. El párrafo anterior es impresionante, pero es una mentira desde la primera letra hasta el último punto.

La joya de mi corona.  Pronto, este blog se ocupará de don Enrique de Montalbán, genial doctor en letras tan inexistente como el socialismo en el Socialismo del siglo XXI.

La joya de mi corona.
Pronto, este blog se ocupará de don Enrique de Montalbán, genial doctor en letras tan inexistente como el socialismo en el Socialismo del siglo XXI.

Estoy fascinado con la literatura desde los nueve años, edad en la que descubrí, en la biblioteca de mi padre, La divina comedia con ilustraciones de Yan D’Argent. La leí con avidez y gracias a los pies de página y a la traducción que había preparado el misterioso don Enrique de Montalbán – “dantólogo” tras el que se escondían los libreros Garnier – me apasioné por el mundo de las letras, emprendiendo la traducción al quichua de las obras completas de Góngora.

El párrafo anterior es impresionante, pero es una mentira desde la primera letra hasta el último punto. Lo cierto es que esa Divina comedia aún está en mi poder, pero la leí aproximadamente a los veintitrés años. El quichua es un territorio inconquistable – creo que mi memoria ha puesto mayor empeño en olvidarlo que en otra cosa – y me gustan más Quevedo, Lope y el conde de Villamediana que Góngora.

En cualquier caso, la Literatura es algo delicioso. Se dice que permite viajar a mundos distantes y que transforma en seres extraordinarios a individuos que, por cobardía o mera dificultad logística, optan por permanecer en la invisibilidad. Pese a que esto suena a clisé, es cierto.

El problema es que nadie nos ha enseñado a amarla y ella es veleidosa, esquiva y solo admite amantes dispuestos al sacrificio y acaso a la soledad. No se presta a que los profesores, escolásticos chulos, la quieran subastar a un grupo de adolescentes con ojos enrojecidos por la pereza y las largas horas de videojuegos o maratones de la serie Walking Dead.

No quiero decir que a los libros solo puede acercarse una comunidad de iniciados. Lo que ocurre es que se requiere cierto gusto, una educación de paladar que los pésimos profesores y la comida chatarra para el cerebro, traducida en series y películas de mala calidad, han aniquilado.

Ahora los jóvenes leen – más que yo durante la pubertad –, pero leen chatarra del mismo estilo de la que consumen en el cine y la televisión.

El cura y el barbero de Alonso Quijano quizá opinarían que hasta el peor libro algo bueno puede ofrecer y aunque, en general, concuerdo, el hecho es que el que se acostumbra a comer pasto difícilmente llegará a disfrutar un filet mignon

Paulo Coelho preparándose para recibir el premio Nobel porque

Paulo Coelho preparándose para recibir el premio Nobel porque “vende muchos libros y hay millones de personas que lo leen”.

¿Existe una prescripción literaria? No, aunque sí hay una aterradora abundancia de ridículos que se creen con el derecho de enumerar los 1001 libros que deben leerse antes de morir con ébola – unos más audaces que otros ponen a Paulo Coelho y su Alquimista junto a Otra vuelta de tuerca o a Los miserables.

El caso es que, según los años, el gusto, la personalidad, cada lector tendrá una lista de títulos ineludibles y no es mi anhelo subirme al estrado y, con puntero en mano, crear un canon análogo al de Harold Bloom.

Me interesa más contarles cómo llegué a enamorarme de la Literatura.

El romance empezó pronto, aunque yo, como sucede siempre, no sabía que se trataba de amor. Aún no había aprendido a leer, pero mi padre sí – hacía mucho –, dedicándose a ello con voracidad. Cierto mañana, se le ocurrió tomar un volumen de pasta suave de color amarillo y con el sello de la Editorial Salvat – teníamos muchos de ese tipo – y se puso a leer en voz alta. Eran las aventuras de Simbad recogidas en una antología de las Mil y una noches.

Al concluir un relato, yo entraba en estado de desesperación, en un síndrome de abstinencia que hasta me empujó a olvidar mis juguetes. Creo que obligué a mi padre a leer todo el texto en un solo domingo.

Entusiasmado, adquirió en el Círculo de Lectores – que, por aquel entonces, enviaba a un vendedor de puerta en puerta ofreciendo libros y catálogos, labor similar a la que acometen las vendedoras de perfumes y los adventistas en la actualidad – una colección titulada Cuenta Cuentos – una vez más de Salvat.

Cuenta Cuentos de Salvat

Cuenta Cuentos de Salvat

Eran estos una serie de fascículos que, al final, se agrupaban en siete u ocho tomos y contenían relatos ilustrados para pequeños lectores. Aparte de los libros, cada uno traía su cinta de audio, donde varias voces españolísimas leían las historias y las dramatizaban. Desde Pinocho hasta Simbad y Alibabá desfilaban por las páginas, acompañados de un sinnúmero de personajes originales que recuerdo con cariño, como El ogro Grogro o Minuto, el bufón.

Después, con el pasar de los años, aparecieron Verne, Salgari, Wells, Poe y, luego, Cervantes, Ovidio, Dante, Víctor Hugo, Dostoievski, Borges…

A la Literatura se la aprende a amar con fantasía. Se puede llegar a ella a través del cine o de las novelas gráficas. Hay muchos caminos, pero jamás se debe pretender extraerle una “moraleja” – si ese es su objetivo, vaya al catecismo o a las clases de cívica de las escuelas –, solo los malos libros y los pésimos escritores quieren moralizar.

“Las mil y una noches” en la Biblioteca Básica de Salvat.

A los buenos libros se los reconoce porque estimulan la imaginación y deleitan. En cada relectura se descubre un nuevo sentido, un elemento que antes se había pasado por alto.

Los buenos autores no anhelan quedarse estancados como maestros de urbanidad y buenas costumbres, sino que son una suerte de samuráis que luchan contra un dragón – la metáfora es de Bolaño –, en pos de la belleza, sea cuál sea el rostro que le otorguen.

Los buenos lectores desean lo mismo: el arte en su estado puro, pero también sueñan con llenar el vacío del alma y, aunque siempre quedan defraudados, no pierden la esperanza de que el samurái de turno aniquile la incertidumbre que crece dentro del monstruo que se llama vida.

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El Borges que no quiso escribir ciencia ficción

El paraíso de Borges era una biblioteca; el nuestro, la mansión de Playboy Y una biblioteca.

El paraíso de Borges era una biblioteca; el nuestro, la mansión de Playboy Y una biblioteca.

Jorge Luis Borges fue un admirador de Wells y Bradbury; se apasionaba por las novelas y cuentos que sus amigos – Bioy, por ejemplo – creaban sobre artilugios técnicos o científicos, toda vez que, como él mismo escribió, raras son las ocasiones en las que algún autor de estas comarcas se atreve a incursionar en la ciencia ficción.

Curiosamente, esta premisa es casi completamente aplicable al propio Borges, quien optó por la literatura fantástica, los juegos matemáticos, las elucubraciones metafísicas, los dobles, los laberintos, pero jamás se aventuró con los extraterrestres o los viajes espaciales. ¿La razón? Acaso nadie pueda descifrarla. El hecho es que quizá había algo de pudor en el argentino, una suerte de miedo a convertirse en un falsario o a que que la impecable voz narrativa que conduce a sus lectores desde el orificio en las escaleras de un desván hasta el “punto que contiene todos los puntos del universo” sin dar posibilidad a discusión, se transforme en un falsete por completo disonante al mencionar a marcianos o a máquinas del tiempo.

El cuentista es un prestidigitador, cuyos embustes solo resultan eficaces si no se revelan las trampas, si se esconden bien los elásticos debajo del puño de la levita en el que yace la carta secreta o el compartimiento en la chistera donde duerme el conejo y que, por otro lado, se vuelven ridículos al mostrarlos. En ese sentido, quizás Borges prefirió la evasión al riesgo de que sus trucos sean descubiertos.

Pero estas son solo especulaciones…

De todos modos, recuerdo dos cuentos en los que el autor cruzó la línea mojándose en las aguas de la ciencia ficción: There are more things y Utopía de un hombre que está cansado; es posible que en ellos encontremos la respuesta a la pregunta que nos planteamos.

El primero es un homenaje a Lovecraft, escritor que según el argentino era un genial parodista de Edgar Allan Poe. Borges quería librarse de la espina que el creador de La ciudad sin nombre le había clavado en el alma y el exorcismo adecuado era un cuento. La literatura se cura con más literatura.

El narrador – personaje es un hombre que está a punto de terminar la universidad en Austin, Texas y que, tras enterarse de la muerte de su tío, Edwin Arnet, decide volver a Argentina para recoger los despojos de un litigio que se había realizado por la venta de una casa que el fallecido construyó años atrás en cierta localidad cercana a Buenos Aires. Al llegar descubre que ninguno de los habitantes de la zona quiere acercarse al edificio y que corren extraños rumores alrededor de este.

Los monstruos de Lovecraft tienen un preocupante parecido con las sabatinas de Rafael Correa.

Los monstruos de Lovecraft tienen un preocupante parecido con las sabatinas de Rafael Correa.

El sobrino de Arnet se dedica entonces a hacer una serie de investigaciones y, movido por la curiosidad más peligrosa, entra en la vieja propiedad, hallando el habitáculo de una criatura que quizá vino de otro mundo o que fue creada por un sudamericano doctor Moreau. Del monstruo no se puede decir mucho, acaso porque el narrador cae víctima de su ferocidad o porque la mejor manera de terminar un cuento es dejándolo sin final…

Por otra parte, Utopía de un hombre que está cansado es, creo yo, el que tiene la llave del secreto de Borges que nos ocupa. El narrador nos cuenta la crónica de su visita a la casa de un hombre – quien se rehúsa a revelar su identidad –. Sabemos, no obstante, que no vive en este tiempo, que es alguien del futuro.

Su voz no es optimista ni negativa, es indiferente. Parece comprender que ha vivido mucho y que el tiempo de morir llegó, pero no hay la menor tragedia, es solo un ciclo normal y hasta un descanso. Los hombres del futuro viven mucho, las enfermedades han desaparecido – aun las peores: la política y los gobernantes – y son un recuerdo lejano. Además la diversidad idiomática se ha esfumado para dejar sitio al latín como única lengua.

¿Y los viajes al espacio, ese acariciado sueño de los hombres? Han terminado por aburrir, pues como afirma el anfitrión del futuro con absoluta lógica: “todo viaje es espacial. Ir de un planeta a otro es como ir a la granja de enfrente. Cuando usted entró en este cuarto estaba ejecutando un viaje espacial”.

El hombre cansado es aquel que tiene que trabajar a diario.

El hombre cansado es aquel que tiene que trabajar a diario.

El dinero es otro recuerdo negro, igual que la pobreza. Incluso los libros impresos se han tornado en reliquias y la literatura no consiste en una interminable publicación de sandeces sino en la revisión de unas pocas obras que son la cumbre del pensamiento humano – recordemos que Borges consideraba que apreciar un buen libro era sinónimo de haberlo leído muchísimas veces.

El final del relato acaso sea siniestro: el hombre del futuro acude por su voluntad a un crematorio para entregarse a la muerte, sin embargo en una sociedad como la que nos describe Borges la vida no tiene mucho valor: solo se viene al mundo con el objeto de cumplir con una o varias funciones – el arte, la ciencia, etc. –, para luego marcharse sin dañar a los jóvenes, evitando quitarles el derecho a comer y a respirar.

¿Un mundo perfecto o el peor de los mundos?

Quiero pensar que aquí está la clave del rechazo de Borges a escribir ciencia ficción; me refiero a su miedo al futuro, a lo que vendrá y, sobre todo, a las pocas esperanzas en el porvenir que un hombre entregado al cultivo del intelecto podía tener en medio del siglo veinte, uno de los más violentos e irracionales a pesar de todos los avances de la ciencia y la tecnología.

Borges seguramente no hubiera usado un iPod o un Samsung Galaxy porque sus ojos, cerrados a luz y a los colores, miraban al pasado, convencidos de que los griegos de la época de Platón ya sabían todo…

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