Suele suceder…

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Ilustración de Ramón Gómez de la Serna. Fuente: El País Cultura.

Iba con la cabeza pegada al cristal de la ventana. Afuera, en las calles de la zona rosa, las notas de salsa se mezclaban con las de vallenatos y, juntas y revueltas, se empeñaban en abrir a patadas las puertas del taxi que a toda velocidad me conducía al hospitalAndrade Marín”.

Era la crisis veinte mil que sufría mi padre o, mejor dicho, la sombra de mi padre, pues de aquel hombre que se levantaba los domingos a leer periódicos y revistas no quedaba más que un despojo.

La muerte no tiene cara de futuro, sino de pasado: las escenas de la infancia acudían a su cama disfrazadas de monstruos legendarios y el miedo no era a lo desconocido, más bien, era a repetir eternamente pesadillas viejas.

El taxi frenó a raya y yo salí de la modorra medio desnudo, con la cara de asombro que pone todo individuo al que lo sacan del sueño a la fuerza. El conductor balbuceó una disculpa y yo un “no se preocupe”.

Vi entre sueños que nuestra carrera casi cobró dos víctimas: una pareja de borrachitos que cantaban a gritos.

Llegamos al hospital poco después. Un guardia sonámbulo me dijo que no podía pasar, que no eran horas de visita. Me enredé en una discusión en la que se habló de todo, incluso de la profesión de nuestras madres, pero nunca de agonías. Una cortesía que entonces no fui capaz de comprender.

Finalmente, conseguí que un médico de guardia (uno de esos universitarios que dormitan en las crisálidas de los hospitales públicos durante un año) me permitiese pasar.

Trotando fui hasta el área de medicina interna. Allí, cuarenta viejecitos se ahogaban entre gemidos y olor a orina. Algunos estaban acompañados por hijos o nietos con cara de fracaso. Ellos provocaban más pena que los enfermos, al fin y al cabo, eran personajes extraídos de una película distinta y que, a la fuerza y desenfocados, un director novato los había metido en aquella escena.

Pregunté por mi padre a una enfermera. Me miró como si no comprendiera, como si yo fuese una alucinación del cansancio.

“¡Ah, sí, sí!”, dijo suspirando después de escuchar cuatro veces el nombre del paciente y me señaló a otro médico en crisálida que jugaba con su celular en la estación de enfermeras.

Él contestó enseguida, su cerebro nadaba en café. Dijo que la crisis había pasado, que otro anciano despertó por los gritos de mi padre, que un moribundo del área de enfermedades infecto – contagiosas (contigua a la de medicina interna y solo separada de aquella por una puerta azulada), estaba agonizando y que otro llamaba a su hijo y que otro más se había lavado en orina sanguinolenta…

Lo dejé enumerando sus cuasi – muertos y entré en el cuarto de mi padre. Él miraba el techo con los ojos tan desmesuradamente abiertos que creí que iba a caer dentro. Le pregunté cómo estaba, pero no respondió.

Alrededor suyo había cinco camas. Sus habitantes eran un par de viejos tan silenciosos que parecían muertos, dos que agonizaban entre toses negras y un último, amarrado para que no intentase huir, que se la pasaba pidiendo libertad.

“¡Amiguito, amiguito, amiguito…!”, gritaba y uno sentía ganas de ahorcarle o de ahorcarse. “Aquí, van a matar a su ‘abuelito’… ¡a todos nos van a matar, amiguito!”

Una de las enfermeras entró y le dijo que no debía “hablar pendejadas”. Dirigiéndose a mí, mientras miraba el estado de los sueros y de las máquinas de oxígeno, explicó que ella y dos enfermeras estaban a cargo de cuarenta pacientes en el área de medicina interna y doce más en la de enfermedades infecto – contagiosas.

“¡Ni siquiera se ponen trajes especiales, amiguito, quieren matarnos!”

La enfermera dejó su sonrisa colgada entre las bolsas de suero y se fue a seguir su ronda, advirtiéndome que debía regresar a casa, pues nada podría hacer allí.

Pregunté a mi padre que si quería que me quedase, pero él siguió enamorado de las manchas marrones del techo.

Me fui a bordo de otro taxi que también sonaba a salsa.

“En los años mil seiscientos, tun, tun, tun…”

Jazz Band
Ilustración de Ramón Gómez de la Serna. Fuente: oocities.

Al llegar a casa, me desplomé sobre la cama y me puse a llenar el silencio con ruido televisivo. Mi cerebro no entendía nada y solo contemplaba, drogado, la sucesión de imágenes hasta que el teléfono sonó.

Salté como un resorte.

“¿Es mi papá?”, dije a quemarropa y la persona al otro lado de la línea solo preguntó si yo era el hijo de José Barrera. Me necesitaban en el hospital.

Fui con mis tías y mi hermana. La salsa y el vallenato seguían acuchillando la zona rosa (es necesario atravesarla para ir al “Andrade Marín”).

Llegamos y, esta vez, el guardia no discutió. Mi expresión era una verdad irrefutable.

Subí las gradas a toda velocidad. En el pasillo de medicina interna la enfermera dijo que no sabía nada, pero su expresión era la de alguien que sabe todo.

El residente en crisálida habló de un accidente, de una nueva crisis y de que un médico, ya no de crisálida, nos esperaba para explicar con detalle lo ocurrido.

En una sala morada por el frío nos sentamos y el doctor No Importa Cómo Se Llama disparó: “una de las enfermeras olvidó subir la reja de la cama y su padre (aterrado por fantasmas) quiso bajarse, tropezando con la sábana. Su cabeza se golpeó primero con la pared y luego con el velador”.

El médico sin crisálida repitió mil veces “accidente”, “suele suceder”, “error”… Ya no lo escuchaba, me había ahogado en el recuerdo de esos ojos desmesuradamente abiertos.

29 de febrero

Ingmar Bergman_Septimo Sello

Jugando al ajedrez con la muerte. Fotograma de “El séptimo sello” de Ingmar Bergman.

Única conoció a mi abuela cuando ambas tenían 15 años.

Ella murió un par semanas después de cumplir 80 y su amiga de toda la vida fue al velorio. Era una mulata bellísima a la que nadie dejaba de mirar. Tenía 31.

La primera vez que la vi fue en mi décima fiesta de cumpleaños. No lograba comprender que mi abuela hablara de ella como una conocida de la infancia pese a su juventud.

“¡Hijito, nació en 29 de febrero!”. No comprendí.

Cuando yo estaba camino a los 33 y ella a los 36, aún la amaba, sin atreverme a confesárselo. Era evidente que solo le provocaba esa lástima con olor a naftalina que sienten los viejos por los adolescentes que pierden su vida entre bares y putas.

Cumplir un año cada cuatro es más una desventaja que una ventaja. Claro que ella había visto mucho – no voy a caer en ridículos catálogos históricos –, pero así como conoció gente, tuvo que enterrarla. Amigos, familia, siempre era igual.

Sus biznietos ni siquiera la recordaban, vivían como si Única hubiese muerto años atrás, obligándola a arrimarse a cualquier amigo nuevo, a sabiendas de que también lo iba a perder.

Una tarde lluviosa, me invitó a visitarla en su casa para mostrarme un álbum donde aparecían ella y mi abuela durante unas vacaciones en la playa. Al llegar, la encontré bebiendo una botella de whisky, estaba borracha y apenas entré, me arrinconó contra la puerta y dijo que sabía muy bien las ganas que le tenía. “Esta será la primera y última oportunidad que le daré a un mocoso como tú”.

Si piensan que voy a narrarles una aventura eróticoromántica se equivocan. Tuvimos sexo, pero con torpeza. Yo estaba más nervioso que excitado y ella más arrepentida que feliz.

En todo caso, cumplimos con la faena lo mejor posible y luego dormimos, acaso para evitar las conversaciones embarazosas y las caricias por compromiso.

Al despertar, tuve la sensación de haber dormido por años. Durante unos instantes permanecí en silencio, con la mirada fija en el techo y sin mover un solo músculo para evitar que Única despertase, pero como no escuché ni siquiera su respiración volteé a mirarla. Solté un alarido.

Estaba muerta.

Lo supe de inmediato porque la escultural mulata ahora era una pasa arrugada y amarillenta, casi sin cabello y más cercana a una momia que a la mujer que penetré.

Tal vez debí llamar a la policía en seguida o a una ambulancia o a la morgue, no sé, pero lo único que hice fue sentarme en silencio con las piernas cruzadas al estilo de un yogui, pensando que mi amor, o tal vez el amor en general, fue lo único capaz de acabar con su eternidad.

Hogueras de vida

En Ecuador, ya nos aburrimos de quemar muñecos de políticos porque, pese al esfuerzo, estos resultan, cada año que pasa, más malos que los anteriores.

En Ecuador, ya nos aburrimos de quemar muñecos de políticos porque, pese al esfuerzo, estos resultan, cada año que pasa, más malos que los anteriores.

Sé que se acerca el fin de año por cómo me miran los jóvenes en la calle.

Lo peor es que no solo los desconocidos están dominados por esa ansia violenta en contra de mí. Hijo y nieto, sangre de mi sangre, también me odian y desprecian.

A veces me pregunto si se trata de paranoia – ¡los viejos le tememos a todo! –, pero no creo: ellos también quieren matarme.

Lo bueno es que después del 1 de enero, el agua retorna a su cauce. Mi familia vuelve a ser buena conmigo y en la calle lo peor que puede pasar es que me ignoren. Acaso seguiré siendo odiado, pero con la máscara de amor y ternura que se pone la gente de bien.

He tratado de buscar un refugio para esos dos días – a pesar de que sé que la muerte sería el fin de mis achaques y de la soledad, me aferro a la vida como las cucarachas de la cocina –, pero en cualquier sitio que piso, la mirada asesina de la juventud aparece, recordándome que soy uno de los condenados, tal vez no de este año, pero sí del próximo.

Es mejor encerrarse en la habitación con cerrojo y ver la televisión… ¡No, mejor no! Los noticieros pasan a cada instante noticias de un jubilado que ha caído víctima de la vorágine, del desespero que tiene la vida por asesinar a la muerte.

En este instante, mientras escribo, oigo golpes que acompañan a los alaridos y las súplicas de otros viejos que, como yo, se rehúsan a morir incinerados.

Parece que la costumbre se originó en el siglo veinte. Los ecuatorianos quemaban muñecos rellenos de periódicos o aserrín cada fin de año, esperanzados de que lo malo desaparecería con ellos. Con el transcurrir de los siglos, se cambiaron los monigotes por ancianos de carne y hueso, seguramente porque la gente se aburrió de ver reflejada la muerte en sus arrugas.

Aunque tengo miedo, los comprendo: yo también fui uno de aquellos jóvenes que incineraban viejos.

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