Los pasteles de Alicia

El mapa del mundo de Alicia. Descárguelo gratis aquí.

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No conocí a Alicia en el País de las Maravillas, sino en su colegio. Yo había conseguido empleo como profesor de escritura creativa y uno de los cursos que me asignaron fue el suyo. Desde el primer día sentí atracción hacia ella, acaso por su halo de fatalidad – estaba tratando de recuperarse de la adicción a los pasteles que hacen crecer, vicio, según las psicólogas del Departamento de Orientación, que resultó de los “avances poco decorosos” de su tío, el diácono Carroll, durante la infancia – que le daba un aire de “nínfula” de novela de Nabokov.

Alicia y su novio de la adolescencia.

Alicia y su novio de la adolescencia.

Supe por otros profesores que las tragedias de Alicia no terminaban con su adicción y su pasado sórdido, pues vivía con un sombrerero, pariente suyo, que había enloquecido después de que su negocio de venta de panamás se fue a la quiebra por culpa de las fábricas centroamericanas y que ahora se dedicaba a gastar su dinero en alcohol y prostitutas, llegando borracho casi todos los días a casa para concluir la jornada con sesiones de diverso contenido en compañía de la muchacha.

Ante ese escenario, procuré que la literatura fuera un medio de escape, pero lo cierto es que Alicia tenía más interés en las matemáticas, a las que se dedicaba cada vez que salía de una nueva ingesta de pasteles para crecer. Los números, me explicó, eran su único consuelo para la depresión que le ocasionaban su adicción y el sombrerero loco.

— Quiero encontrar la cuadratura del círculo – me dijo –. ¡Mi tío, el diácono, murió intentándolo, profe!

Yo la escuchaba entre fascinado y compasivo.

Cierto día, salí del colegio cuando el sol ya se había puesto y cerca de la parada del autobús que utilizaba para volver a casa, encontré a Alicia.

— ¿Se siente bien?

Alicia acompaña a la presidenta de la Asamblea Nacional del Ecuador durante una de las más movidas sesiones del plenario.

Alicia acompaña a la presidenta de la Asamblea Nacional del Ecuador durante una de las más movidas sesiones del plenario.

Me miró con ojos enrojecidos y saltones. Supuse que había consumido pasteles y decidí llevarla a mi casa. Durante el camino dijo miles de incoherencias sobre conejos parlanchines y reinas de baraja. No entendí nada ni quise hacerlo, solo pensaba que era un caballero de armadura brillante y que la “nínfula” algún día – tal vez no ese, pero otro no muy lejano – sabría agradecérmelo.

Mientras la recostaba en mi cama, Alicia pareció tener un minuto de lucidez y me propuso probar los pasteles.

— Aún me queda uno, podemos compartirlo – sus ojos vidriosos me desarmaron.

Ella partió el pastel y me dio una mitad. Ambos engullimos la droga con sabor a vainilla y aunque al principio no sentí nada, con el transcurso de los minutos mi cuerpo sufrió una serie de mutaciones que me llevaron a tener la cabeza, las manos, los pies y, al final, el torso entero de dimensiones descomunales. Rompimos el techo y las paredes con nuestros cuerpos, cayendo luego en un sueño profundo.

Cuando desperté, los dos habíamos vuelto a la normalidad. Sentí sed, cansancio y tristeza, sin embargo, desde entonces no puedo parar de consumir los pasteles y siempre los acompaño con un licor que empequeñece.

Alicia y yo pasamos los días juntos, entre la menudencia y el gigantismo, convertidos en monstruos que intercambian ecuaciones y poemas de significado críptico para todos excepto nosotros.

Lea también este cuento en el blog de la Ciencia Ficción en el Ecuador de Iván Rodrigo..

Tumores malignos

El herrero Pablo Marcos era un hombre muy sano, casi nunca enfermaba. La mayor alegría de su vida era su madre, una anciana que, a pesar de la robustez y de la edad de su hijo, no dejaba de mimarlo como a un chicuelo; le preparaba siempre dulces, le bendecía cuando se iba a trabajar e incluso le arropaba antes de dormir. Muchos pensaban que era ridículo mantener este comportamiento con un hombre adulto, pero a Marcos no le importaba.

Una noche, durante la merienda, un muchacho travieso pateó su balón de fútbol contra la ventana de la habitación de la madre, rompiéndola en mil pedazos.  Ante la imposibilidad de solucionar el problema a esa hora, el herrero se ofreció a cambiar de cuartos para que la anciana no tuviese que soportar el frío.

— ¡No, no y no! – dijo ella –, a mí no me afecta en nada; ese es mi cuarto y es allí donde me voy a quedar.

Marcos no tuvo otro remedio que aceptar. A la mañana siguiente, su madre fue la primera en levantarse y cuando el herrero apareció en la cocina, la encontró preparando el desayuno. Sus ojos, sin embargo, denotaban cansancio, además una tos constante le impedía hablar con tranquilidad.

— Madrecita, ¿estás resfriada? Debiste permitir que durmiera en tu cuarto…

— No es nada, voy a estar bien.

El caso es que transcurridos algunos días, la anciana se agravó tanto que el médico le dijo a Marcos que estuviera preparado para lo peor.

El herrero no se movía del lado de su madre, sosteniéndole, a toda hora, la mano, al tiempo que le hablaba al oído con voz dulce.

Finalmente, una mañana la mujer no pudo soportar más y murió. En el entierro, Marcos guardaba silencio, mientras sus ojos estúpidamente seguían cada uno de los movimientos del enterrador, como si no comprendiera qué estaba ocurriendo.

Los días pasaron y el herrero dejó su trabajo, recluyéndose en su casa sin que nadie supiera cómo y con qué vivía. Entonces, el médico fue a visitarle y  le halló sentado sobre la cama de la viejecilla con una sonrisa idiota.

— ¡Pablo, déjate de tonterías, no es justo que te dejes morir!

— ¿Morir? Me da lo mismo…

El médico lo miró, percatándose que en el lado izquierdo de su cuello había aparecido una protuberancia de un diámetro considerable.

— ¿Te han examinado eso?

— ¿Para qué? Me da lo mismo…

— No seas tonto, Pablo, mañana mismo vas a mi consultorio para que te pueda hacer unas pruebas.

El herrero acudió sin convicción, como si obedeciera a una voluntad superior. Por lo demás, los exámenes arrojaron resultados satisfactorios: la protuberancia no era otra cosa que un tumor inofensivo, que el galeno extrajo al día siguiente en una operación sencilla.

Sin embargo, cuando Marcos acudió para que le retiraran los puntos, la protuberancia había reaparecido. Enseguida, se lo sometió a una nueva operación, y una vez más, el tumor  brotó, ahora, en el lado derecho del cuello.

— ¡Esto es absurdo! – exclamó el médico –. ¡No lo entiendo!

— Me da igual todo esto – dijo Marcos con tranquilidad.

El galeno contempló a su paciente y en sus ojos tristes leyó la respuesta al enigma: para ese mal no servía la medicina. A pesar de sus esfuerzos, en un mes, el herrero estaba cubierto de tumores y agonizaba en su casa.

— No se preocupe, doctorcito, usted es muy bueno, pero yo estoy feliz porque voy a volver a encontrarme con mi mamá – comentó el herrero sonriendo alegremente, cuando el galeno fue a visitarlo.

Al día siguiente, Pablo Marcos falleció después de una larga noche en la que jamás dejó de sonreír.