Biografía apócrifa: Trabajo

Metropolis

Los trabajadores del mundo bajo el mundo de Metrópolis (1927) de Fritz Lang. Foto tomada del foro “Fritz Lang y su «Metrópolis».

Te ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la misma tierra de la cual fuiste sacado. Porque polvo eres y al polvo volverás”. Así define el libro del Génesis (capítulo 3, versículo 19) al trabajo, es decir, como un castigo divino. Verdad imposible de rebatir para una humanidad que, desde el incidente del fruto prohibido, ha tenido que sudar la gota gorda para comer a diario.

Claro, siempre se puede encontrar gente que hace loas al trabajo, incluso los mismos trabajadores (¿?). Acaso la explicación psicológica de este fenómeno sea el síndrome de Estocolmo, al fin y al cabo, el empleado es un rehén por ocho (o más) horas. Durante ese tiempo, con un sueldo básico apuntándole a la sien, malgasta su vida para enriquecer a cierto personaje con el que rara vez se cruza (afortunadamente) y al que el glorioso arte de dorar la píldora llama “empleador”.

Desde luego, tú, mi atormentado lector, habrás descubierto una vastísima literatura en la que se repiten hasta el cansancio lemas como “¡el trabajo os hace libres!” (“arbeit macht frei!”), cuyos orígenes se remontan a esa época dorada de los campos de concentración, donde esos humanistas imponderables, los nazis, lo colocaban para motivar a sus víctimas.

Mucho antes del fascismo, sin embargo, el Trabajo (desde este punto, nos referiremos a él con mayúscula como lo haríamos con el Monstruo del doctor Frankenstein, al que nadie tuvo la decencia de darle un nombre propio como Carlitos o Juanito) ya era un “bloody bastard”.

Por ejemplo, Hércules, hijo del “capo di tutti capi” del Olimpo, ya tuvo que afrontarlo no una, sino ¡doce veces! Igual que en el caso de la Biblia judeocristiana, el héroe fue castigado por sus crímenes con labores mal remuneradas.

Hércules se vio obligado a limpiar establos llenos de mierda en Élide, matar pajarracos que se cagaban sobre los cultivos de los alrededores del lago Estínfalo, domar leones en los zoológicos de Nemea, capturar cerdos salvajes en Erimanto, montar caballos que comían carne humana en Tracia, entre otros empleos que, en los años noventa, pasaron a engrosar los currículos de los emigrantes turcos en Alemania.

Contemporáneo de Hércules, Teseo también fue un proletario. Entre sus trabajos cabe mencionar el de sicario, cuando visitó Creta para matar al cornudo hijo del rey Midas. Luego, fue paramilitar y combatió a una banda de narcoterroristas, liderada por Perifetes, Sinis, Esciro, Cerción y Procustes, que pretendía controlar el comercio de cierta droga a base de flor de loto.

Finalmente, después de probar estos y otros oficios, optó por el peor: político. Dicha bajeza, en la que usualmente se cae por necesidad (de riqueza), hizo que terminara su vida encadenado dentro del inframundo.

Durante la Edad Media, el Trabajo sufrió mucho. Tuvo que pagar sus crímenes pasados y futuros soportando el desprecio de la gente de bien, al tiempo que se resignaba a martirizar parias.

Los señores feudales, gente nobilísima, decidieron que dedicarse a un empleo era poco respetable y fueron a hacer la guerra en oriente, occidente, arriba, abajo, al centro y para adentro, dejando el Trabajo en manos de los siervos, personas que prácticamente no eran personas.

En el Renacimiento, las cosas fueron parecidas. La gente de bien (y de mal) prefería ir a buscar la fuente de la eterna juventud, El Dorado o el País de la Canela, mientras que el Trabajo tenía que resignarse a vivir entre campesinos sicilianos, andaluces o tolosanos que lo odiaban de la manera más terrible.

Sin embargo, con la llegada de la época de la industrialización a fines del siglo diecinueve, todo cambió. El Trabajo recuperó su poder, mudándose a vivir en grandes ciudades como Londres o Nueva York, mientras trababa amistad con banqueros, empresarios y capataces de fábricas, quienes amaban de él sus consejos, como aquel de crear una  jornada laboral de doce o dieciséis horas, sin excluir ni a niños ni a mujeres (con la mitad o la mitad de la mitad de la paga normal por ser incapaces de producir lo mismo que un varón mal alimentado y tuberculoso).

El planeta se llenó de humo. El Trabajo llevaba carbón de aquí para allá y de allá para acá, convirtiéndose en un personaje tan importante que escritores de la talla de Charles Dickens lo retrataban en casi todas sus novelas (esas que al abrirlas uno termina con la cara cubierta de hollín y los pulmones llenos de esmog).

Esta era gloriosa no duró tanto porque aparecieron los sindicatos y, con ellos, las huelgas y la persecución al Trabajo. La gente imaginaba que tenía derechos y ¡hasta se atrevió a exigir jornadas laborales de ocho horas!

El Trabajo estaba devastado, volvían los años oscuros de la Edad Media, pero, por fortuna, lo salvaron el crac de la bolsa en 1929 y las guerras mundiales, obligando a los humanos a trabajar no solo para alimentarse, sino por el bien de la patria.

En cualquier caso, desde la segunda mitad del siglo veinte el biografiado se ha convertido en un ser maduro, capaz de comprender que el camino para la felicidad no consiste en hacer que la gente le dedique su tiempo a la fuerza, sino en convencerla de que es necesario, de modo que, en vez de molestarse por tener que colocar sus posaderas como idiota durante ocho horas sobre una silla, lo agradezca y hasta pida más.

Hoy el Trabajo es un hombre de negocios (con maletín de cuero y todos esos juguetes) que dice que debes agradecerle por tenerlo de tu lado, por pagarte poco, recalcando que es demasiado para lo que haces, por quitarte la vida convenciéndote de que te la está dando y, sobre todo, por obligarte a vivir para trabajar, en vez de trabajar para vivir.

El Trabajo se ha convertido en un astuto inversionista de Wall Street, seguro de sí mismo, vanidoso, audaz. Un engominado que come “crudités” en reuniones de beneficencia y hace que fabriques las mismas bobadas que te convence que necesitas comprar. Es un jugador, un playboy y nosotros, queridos lectores, somos sus amantes masoquistas que le agradecemos por azotarnos las nalgas con la esperanza de que, algún día, podremos retirarnos a nuestras casas para descansar con el orgullo de haber cumplido con nuestro deber…

77

giphy

Cuando llego, los 30 cubículos de la oficina – distribuidos en filas de seis – todavía están vacíos.

Fabricados con madera y vidrio, no deben tener adornos. Solo se admite una computadora, un par de auriculares, un micrófono, dos lápices y diez hojas de papel.

A medida que llega el resto de números, el microclima de la oficina se vuelve tórrido. El resto rehúsa abrir ventanas o prender el aire acondicionado.

―Hace mucho frío – dicen.

Han pasado diez minutos y empiezo a ahogarme. Me abanico con una hoja llena de cifras mágicas que encuentro en uno de los cajones. Su significado olvidé hace mucho tiempo, hay sumas, restas y sobre todo un número que se repite: 77.

Enciendo el computador y antes de que consiga acomodarme sobre la silla, aparecen en la pantalla tres correos: “asigne cita al cliente 1025”, “llamar al señor 900”, “atienda la queja de la señorita 68”.

El espacio dentro del cubículo parece contraerse. El aire está enrarecido, huele a huevos podridos.

―Hay dos problemas en tres tuberías – me dijo alguna vez 19, mi jefe inmediato.

Escapo a la cocina, que colinda con el baño, y me preparo una taza de café. Lo bebo despacio, a sorbitos, mientras el fétido olor invade el lugar.

Para cuando regreso al cubículo, mis vecinos – el 132 y las 227, 116 y 81 – han llegado.

El calor aumenta y tengo la impresión de que el cubículo se ha hecho minúsculo, como una cajita de fósforos.

Hasta hace poco trabajó con nosotros la 28, pero fue ascendida. Nadie recuerda su nombre.

Me pongo a responder los correos de manera mecánica.

“La cita de 1025  será el viernes”. “El teléfono de 901 está apagado”. “la señorita 68 desea que reprogramen sus cuotas en mora”.

Año y medio atrás, cuando empecé acá, cualquier mensaje me aterraba. Temía equivocarme, fallar y convertirme en un 0, un despedido.

Durante la capacitación, sin embargo, solo me enseñaron los números de jefes y subalternos. Tema crucial porque los correos no van dirigidos a Fulano o Zutano, sino a 2, el gerente, 3, el subgerente, 19, mi supervisor, etcétera.

Al único que no se le escribe jamás es al 1. Él es el dueño.

Ahora, así como se multiplican las cifras, se multiplican los correos electrónicos. No interesa que nadie los lea, lo importante es que se escriban, que se inunden los servidores informáticos.

Son pruebas potenciales que en cualquier momento pueden salir a la luz para borrar un número de la plantilla laboral.


―Tus números no hacen suficientes llamadas, solo 70 por día, deberían superar las 200 – dice el 2 al 19.

Un mes atrás, la estrategia para mejorarnos fue eliminar, primero, las distracciones – al entrar, los celulares deben depositarse en una caja de cartón susceptible de chequeo en cualquier momento – y, segundo, los tiempos libres, es decir, visitas frecuentes al váter o periodos de silencio que pasen de los tres minutos.

Al notar que las medidas no surtieron efecto, 2 puso un supervisor – el 6 – para el 19. Su misión consiste en asegurarse de que nosotros, los números poco relevantes, mejoremos el porcentaje de llamadas.

Según el 2, el jefe del call center es demasiado laxo, no exige a sus subalternos y necesita un supervisor que le exija a él.

El 6 es un ingeniero en sistemas que ama el éxito – palabra clave en los manuales y en la misión de cualquier empresa – y no duda que el mundo binario de las computadoras puede ser la solución para cualquier conflicto.

Apenas asumió su cargo llamó a un especialista de una compañía de software para suprimir las marcaciones manuales, de manera que las computadoras hagan esa tarea. Así, apenas termina una llamada, empieza otra y luego otra y otra más…

Ingresan automáticamente enormes archivos de Excel con los nombres de los clientes deudores en la computadora central y el resto es magia en gigabytes.

La única forma de parar es con el botón de pausa, pero los descansos implican una alerta al 19 y al 6 que termina con amonestaciones a los agentes de call center. Además, el sistema califica a cada número con colores: el que habla sin detenerse tiene luz verde; el que demora, amarilla; y el que calla, roja.

La cantidad de llamadas que se debe tener para ser verde es un misterio porque desde que se implementó el sistema en la computadora de un recién contratado agente de telemercadeo, el 199, no ha conseguido pasar del color amarillo, pese a que él casi nunca se calla.


―77 ha vuelto a timbrar con éxito.

Poco después de la hora del almuerzo, entre las tres y las cinco de la tarde, todos los números vuelven a hablar.

― Buenas tardes, ¿en qué le puedo ayudar?

― Su carro está en la mecánica, señor 2000…

― No, por el momento no se encuentra el 77, ¿le puedo ayudar en algo? Soy la 207.

― Buenas tardes… ¡colgó!

― No, no desbloqueamos tarjetas de débito.

Las voces se mezclan.

Las palabras y los números se escupen y diluyen enseguida.

Es un maremágnum en el que se habla tanto y se dice poco.

227, 106, 81, 132 y el resto de los números, incluido yo, hablamos, lanzamos alaridos.

Somos un montón de cifras desesperadas por multiplicar las cifras en los libros de cifras del 1.


A las seis de la tarde los números del primer turno deben timbrar la hora de salida. Se quedan cuatro que pertenecen al segundo.

Hoy, último viernes de abril, no me tocó a mí.

Justo cuando pongo el dedo sobre la máquina que registra la salida descubro que 2 está a mi lado y me mira fijamente. Ha aparecido, de pronto, sin previo aviso.

El olor a huevos podridos vuelve a invadir la oficina. El tiempo parece atrancarse.

― Ya es hora de salir – de inmediato me arrepiento de la justificación.

El 2 va a responder, pero la máquina de timbrado, indignada, se adelanta:

― ¡77 ya había timbrado con éxito su salida!

Balbuceo un número y salgo.

Huyo calle abajo. Tengo la impresión de que 2 o 6 me persiguen.

En la avenida principal, me meto en la parada de buses articulados –había acordado encontrarme allí con mi novia–. Por unos instantes pienso que estoy a salvo, que los números han desaparecido, que el 77 se llama José Luis y los demás Luciana, Mario, Bernardo…

Llega un bus y mi novia baja de él. Palidezco. A su lado no hay personas, hay cifras rojas, amarillas y verdes.

― ¿Amor, qué te pasa?

― Nada, nada – digo –, ¿cenamos, 88?

 

los cronistas

Publicado originalmente en el portal Los Cronistas.

Resumen de fin de año

Hasta Mark Zuckergberg se pregunta qué carajos estaba pensando durante todo este año.

Hasta Mark Zuckergberg se pregunta qué carajos estaba pensando durante todo este año.

Estoy parado frente a un monigote de año viejo. Mientras las llamas lo consumen, pienso en mi “resumen del año” que hace cinco minutos apareció en mi teléfono celular transformado en una notificación de Facebook. Es pobre, vergonzoso.

Quiero pensar que se trata de una jugarreta de Mark Zuckerberg y su perro “Beast”, por lo que, mientras el monigote lanza alaridos de camaretas, me pongo a recordar aquellos detalles que no se publicaron en la red social:

Cambié de trabajo tres veces en el 2015, pasando de librero a profesor y luego a cobrador de cuentas en mora. Lo adecuado en estas fechas sería agradecer estas experiencias y afirmar que he aprendido mucho de ellas, pues, parafraseando a Coelho, me han permitido ser el héroe de mi propia aventura vital. Mas, la verdad es que la única frase aplicable a los tres empleos es la de Bartleby: “preferiría no hacerlo”.

La librería donde empecé el año como administrador quebró. No fue mi culpa – creo –. Tal vez el error fue del dueño de la empresa, quien optó por colocar su tienda más importante al lado de uno de los baños del centro comercial Quicentro. Falla estratégica imperdonable, pues las estadísticas indican que en el Ecuador la gente no lee ni en el váter.

Antes de que naufragara la librería, me marché para dar clases en un colegio católico. Me recibieron como un rey, es decir, como a Luis XVI. De todas maneras, no fue necesario que me cortasen la cabeza, casi la pierdo sin necesidad de guillotina alguna cuando descubrí que los profesores tienen más de policías antidisturbios que de maestros.

Después de que salí, la librería quedó, literalmente, empapelada hasta en las puertas...

Después de que salí, la librería quedó, literalmente, empapelada hasta en las puertas…

Del colegio me sacaron por ineficiente o por ateo o por ineficiente ateo. El caso es que terminé en un centro de cobranzas, donde descubrí que una cartera no es de cuero ni sirve para guardar dinero o tarjetas de crédito, sino… En realidad, no sé qué es, pero está relacionada con banqueros y no se la consigue en una tienda de Louis Vuitton o de Carolina Herrera.

Entre el despido y el cambio de trabajo, viajé a Cuenca dos veces. En la primera ocasión, conocí a un belga que abandonó su vida en los Himalayas por una cuencana. El europeo es tan popular en el sur de este país como desconocido en el suyo, quiza su éxito se debe a que es un gran conversador en una lengua que habla mal o a su prodigalidad con la cerveza.

En la segunda, NO pude conocer a Sara, mujer apasionada de la bohemia cuencana y a quien sueño bella, inefable como una hurí, aunque mis amigos, que sí la vieron, afirman que se parece más a una vikinga robusta obsesionada con parecerse a la Siempreviva de Andrés Caicedo.

Por otro lado, obtuve una mención de honor en un concurso de relatos fantásticos. Acaso esto me habría evitado demasiadas “aventuras vitales” si, en vez de aquel género literario, hubiese optado por el de los lucrativos vampiros diabéticos o de las secretarias ninfómanas.

Finalmente, tengo un gato que me tiraniza, un libro de cuentos que no termino de escribir, un sueldo que no me alcanza, un país que me aburre y un presidente que no elegí.

"Pushkin", el gato tirano. Evidencias científicas contundentes sostienen que se trata de la reencarnación de Gengis Khan.

“Pushkin”, el gato tirano. Evidencias científicas contundentes sostienen que se trata de la reencarnación de Gengis Khan. :3

En la escala social soy como un futbolista polaco en un campo de concentración nazi durante la Segunda Guerra Mundial, pero sin temor a equivocarme, estoy seguro de que pronto me promoverán a la categoría de judío en el gueto de Varsovia.

Este sí es el resumen de mi año, básicamente…

Primer día como profesor

Dos caras de la misma moneda (parte 2).

Arnold antes de quedar obeso por comerse todo el estado de California.

Arnold antes de quedar obeso por comerse todo el estado de California.

Llegué a las seis y media de la mañana. No madrugaba desde hace siete años – mis trabajos anteriores no empezaban antes de las nueve –, así que se trataba de una horrorosa nueva experiencia.

En la mañana, antes de las siete, todo se ve diferente en Quito: no hay tráfico, smog o gente, solo deportistas matutinos y perros.

Yo, a esa hora, apenas soy una sombra de mí mismo, por lo que el viaje desde mi cama hasta el colegio, pasando por la ducha y el autobús, equivale a atravesar el Amazonas montado en un monociclo. Más por miedo a dejar una mala imagen que por integridad, llegué media hora antes del inicio de las clases y creo que no me dormí en alguna de las aulas únicamente porque me preocupaba despertar con la cara cubierta de pinturas como le ocurrió a Arnold Schwarzenegger en un “kindergarden”.

Llegué al colegio con la convicción de ser un general de brigada, capaz de controlar a las hordas de adolescentes a punta de discursos altisonantes y alaridos propios de un sargento Guachamín a sus reclutas.

En el primer curso que me tocó en suerte, antes de que pudiera decir palabra, una estudiante me disparó a quemarropa: “¡no nos dé clases, la literatura no sirve!”.

Los adolescentes de hoy necesitan que los escuchen, pero hacerlo es la peor decisión que uno puede tomar: “profe, he ‘volvido’”, “licen, ¿toca leer el relato para saber de qué se trata?”, “¿para ser futbolista también necesito la literatura?”,

Un día normal de

Un día normal de “selfies” y WhatsApp ilimitado… en clases.

“¿puedo copiar en el examen?”, “¿hito se escribe con ge o con jota?”, “¿qué tiene de malo que me tome un ‘selfie’ en clase?”, “si los niños de África se mueren de hambre ¿por qué no nacen sin estómago?”

Al llegar al segundo curso con el que me premió el destino, sentí que los estudiantes me analizaban de pies a cabeza. Supongo que estaban ocupados en practicar un escaneo de rayos equis sobre mi cuerpo porque mientras más hablaba, menos atención me ponían. Les interesaba mi traje azul oscuro y mis zapatos, no la vida de Quevedo, ni siquiera les llamó la atención que este hubiera tenido la costumbre de huir de su encierro clerical para entregarse a los placeres de las tabernas españolas del Siglo de Oro. Solo cuando mencioné el “vino” que se consumía en ellas, me contestaron que seguramente “el Zhumir es más rico”.

Terminada la clase, mientras me dirigía a la sala de profesores, resbalé con una cáscara y alguien acertó a decir: “¡se cae la literatura!” Enrojecido y con la dignidad más estropeada que la pierna, me senté a comer un sándwich mientras escuchaba a varios colegas quejarse de que a los “educandos” no les interesan las matemáticas, el inglés, la biología, la química…

 ****

Tras cuatro meses, sin embargo, una de mis compañeras me reclamó indignada porque algunas estudiantes estaban leyendo durante su clase un libro que yo les regalé, descuidando, gracias a la literatura, las teorías de Paul Watzlawick sobre la comunicación humana… No lo puedo negar: al final, me sentí satisfecho.

Lea la primera parte de esta crónica: “Último día como librero“.

El lector fugitivo

Aunque usted no lo crea, Marilyn Monroe leía mucho y estaba casada con un escritor famoso...

Aunque usted no lo crea, Marilyn Monroe leía mucho y estaba casada con un escritor famoso…

Lo bueno del Día del Trabajo, para mí – a riesgo de que quieran crucificarme los chamanes de lo políticamente correcto –, es, precisamente, que no tengo que trabajar y que, por lo mismo, puedo leer sin esconderme.

No les voy a mentir: no me gusta ganar el pan con el sudor de la frente – hace un año lo mencioné en este mismo blog –, pero acaso el problema es que no he encontrado un empleo en el que me paguen por leer libros, que es lo único que me interesa – fuera del vino y de las mujeres.

Cada día me levanto como un autómata, me visto y acudo al trabajo con una sensación de nostalgia porque, en vez de estar hojeando alguno de los volúmenes que pertenecieron a mi padre, debo dedicarme a cumplir meros “oficios de subsistencia” – la tipología es de Vargas Llosa.

José María Gironella, un autor que leía y debe ser leído.

José María Gironella, un autor que leía y debe ser leído.

Como el adicto que soy – lo confieso –, llevo una novela o un ensayo escondido en mi mochila. En el bus, mientras el conductor hace piruetas al son de una salsa o una bachata, extraigo el texto y me dedico a leerlo, intentando evitar que mi vecino averigüe qué es ese misterioso documento que tengo entre las manos. Noto que su mirada busca colarse dentro del hueco que forman mi clavícula, mi cráneo y el asiento del autobús. Yo, desesperado, cambio la hoja porque ¡esa droga es solo mía!

Al llegar al trabajo, entre los materiales necesarios, oculto mi volumen – a veces es Schiller, Malaparte, Thackeray, Gironella, Zweig, Borges… –, de forma que apenas alguien se descuida, me pongo a leer, dejando que mis tareas laborales se transforman en montañas interminables de cosas pendientes.

Muchas han sido las ocasiones desde que empecé mi vida profesional (sic),  en las que he recurrido al baño como un búnker donde nadie puede violar mis derechos de lector. Afuera, bramidos o portazos me presionan para que salga y yo, sudoroso y desesperado, apuro una, dos, tres, diez páginas porque acaso si no las leo hoy, no lograré hacerlo mañana.

En la calle, camino como esos monjes de claustro, con el libro entre las manos, mientras los conductores me insultan. No hay bar, tienda, incluso prostíbulo que no haya visitado con un texto bajo el brazo – por si acaso.

Sasha Grey lee y escribe libros (la calidad no está en discusión...)

Sasha Grey lee y escribe libros (la calidad no está en discusión…)

Soy un obsesivo, un adicto, lo sé. Incluso en mi teléfono móvil tengo “e – books” de Stephen Hawking y Bioy Casares. Si alguien me encuentra por la calle es más fácil que me vea desnudo que sin libro. Y es que todo puedo olvidar, menos eso.

Cuando, en alguna ocasión, dejé en casa la novela de Orwell que estaba leyendo, sentí que el mundo se venía abajo. El día completo fue una pesadilla: las palomas defecaron sobre mi cabeza, la pizza que comí estaba dañada, caí en un charco de agua sucia y, seguramente, si aquella pesadilla duraba más de nueve horas, habría muerto atropellado por una ambulancia. No es superstición, pero sin libro no salgo a ningún lado.

Unos marchan durante el Día del Trabajo, otros convocan a mítines o se van de vacaciones a la playa, yo solo leo porque es imperativo que aproveche uno de los pocos días que la esclavitud asalariada me permite consagrarlos a mi vicio.

¡Me voy a leer!

Orgasmos literarios de la mano de Stoya.

La sombra de las “Cincuenta sombras de Grey”

Si no le pidieron el paquete con las esposas y el antifaz, usted no ha trabajado en una librería.

Si no le pidieron el paquete con las esposas y el antifaz, usted no ha trabajado en una librería.

Una pareja se acercó al mostrador de la librería; con tono misterioso, la mujer, una rubia de no más de veinticinco años, me dijo:

— ¿Tiene “Cincuenta sombras de Grey”?

Expliqué que solo me quedaba un ejemplar reservado para una cajera del Banco del Pacífico.

— ¡No importa! Lo que queremos es revisarlo, nada más, ¿se puede? Un ratiiiito…

Les entregué el libro y ambos se sentaron en el sillón de cuero rojo que se encuentra tras de la sección de autoayuda. Al poco, las carcajadas y los cuchicheos inundaban la tienda.

Yo, disimuladamente, me puse a escuchar su conversación:

— ¡Ja, ja, ja! ¿Te das cuenta de las pendejadas que lee tu mamá, mi amor? ¡Ja, ja, ja! ¡Cochinota! – decía ella mientras el muchacho, rojo como un tomate y sin dejar de sonreír, se tapaba los ojos tratando de no ver una realidad con la cara de su madre amarrada a un potro de torturas, esperando los azotes de Christian Grey en las nalgas.

Lo cierto es que más allá de las brillantes y siempre productivas discusiones sobre el valor cultural de este “best – seller”, lo cierto es que se trata de un fenómeno que ha impactado a una generación, la misma que pasó de no leer ni el periódico a devorar tres libros de seiscientas páginas con una avidez propia de un famélico, quien, después de no comer por semanas, encuentra un plato de macarrones con queso.

Las “Cincuenta sombras de Grey” para unos es maltrato hacia la mujer; para otros, una promesa de placeres secretos, basura, un tabú que hay que romper, romance o cursilería, pero la autora, E. L. James – un ama de casa nacida hace más de cincuenta años –, seguramente ve la trilogía con los mismos ojos con los que Pizarro contempló el cuarto lleno de oro entregado por Atahualpa.

Yo, por otro lado, al pensar en “Las sombras” recuerdo que justo cuando llegaron a Ecuador, empecé a trabajar en una librería y un buen porcentaje de los dodos literarios que he visto están relacionados con míster Grey y su esclava.

Sí, el escenario era algo así...

Sí, el escenario era algo así…

Cierta mañana, mientras me afanaba en el utilísimo trabajo de enfundar libros, un grupo de adolescentes disfrazados de personajes de cómic japonés entraron en la tienda; eran tres chicos, dos hombres y una mujer. Ella sostenía – literalmente – con una cadena a su novio, se acercaron al mostrador donde yo destruía la naturaleza con plástico y me preguntaron por una serie de “mangas” de cuyos nombres solo recuerdo que terminaban en “okoto” o “inata”. Luego del interrogatorio, la que llevaba al “perrito” – de metro ochenta de estatura – me dijo:

— ¿Y el paquete completo de las “Cincuenta sombras de Grey” cuánto cuesta?  Dicen que viene con un cuarto libro que cuenta la versión de la chica

Otro día, una seguidora de míster Grey me atrapó colgado de una lámpara cambiando un foco.

— Verá: no es para mí… O sea, una amiga me mandó a preguntar… O sea… A ver: ¿cuántos años debo, ejem… debe tener para comprar el libro? ¿Se puede con doce? ¿Le dije que era para una amiga, no?

Kamasutra de Grey

Sí, realmente existe “El kamasutra de Grey” y es casi tan aburrido como el libro que lo inspiró.

Y eso por no hablar de la ocasión en la que cuatro colegialas me acorralaron contra el estante de libros de Osho preguntándome si había leído “El kamasutra de Grey” y si creía que una chica aún virgen podría utilizarlo con su novio en la “primera vez”.

La leyenda dice que muchos libreros murieron aplastados cuando amas de casa desesperadas acudían como una manada de ñus a las tiendas para destruir los estantes en su desesperada búsqueda de las tangas de míster Grey; mientras que en la internet se publicaban anuncios solicitando sombríos príncipes grises que pudieran suplir la falta de carne en el nuevo héroe de papel.

La señora James utiliza esposas para frenar los ataques epilépticos que se producen en sus lectores por el exceso de azúcar que llega a sus cerebros.

La señora James utiliza esposas para frenar los ataques epilépticos que se producen en sus lectores por el exceso de azúcar que llega a sus cerebros.

Imagino que en poco tiempo, todos – excepto los “hipsters” y las feministas que todavía tienen aproximadamente unos quince millones de años para seguir quejándose del machismo y de la futilidad del libro – olvidaremos al azotador de E. L. James, pero lo que nunca pasará de moda será el sonrojo de las cajeras de supermercado que pedían el libro con voz casi inaudible, como si se tratase de una ametralladora en un vuelo a Nueva York o las adolescentes que luego de preguntar por lo menos doce títulos diferentes, se atrevían a solicitar un descuento por la trilogía entera o los tipos que siempre se veían en la necesidad de aclarar que el libro era “para una amiga” o, por último, las chicas que no estaban interesadas en las “Cincuenta sombras de Grey”, sino solo en “Filthy Shades of Grey”…

Yo no pasé de la página cincuenta y seis. Me aburrió. Jamás fui adepto a Corín Tellado ni a sus émulos – voluntarios o involuntarios –, además me parece un crimen gastar sesenta dólares en “softporn” cuando puedo conseguir “hardcore porn” en la internet sin pagar un centavo.

Por suerte, siempre tendremos a Sasha Grey

El “trailer” de la adaptación cinematográfica de “Cincuenta sombras de Grey”.

1 de mayo, el día de los autómatas de Čapek

No, no es Nosferatu, el vampiro demonio. Es Karel Čapek.

No, no es Nosferatu, el vampiro demonio. Es Karel Čapek.

Aquel día era feriado, pero tuve que trabajar. Igual que durante sus homólogos de los años 2012 y 2011, antes no porque estaba becado por mi padre – situación que extraño profundamente –.  Durante las trágicas horas en las que sudaba la “gota gorda” en mi empleo mientras otros dormían la resaca en sus casas, me puse a reflexionar sobre el porqué existen vacaciones en los días consagrados a la celebración del trabajo.

Cabría pensar que el 1 de mayo todos debemos trabajar, literalmente, como esclavos, es decir subyugados por sujetos musculosos que nos azoten sin piedad mientras marchamos cadenciosamente sobre el lodo para hacer los ladrillos con los que se construirá la pirámide del faraón Mashi I.

¡Es que en el Día del Trabajo hay que trabajar! Nosotros, los empleados, pasamos el resto del año rascándonos el ombligo. Son aproximadamente 364 días de pereza e inutilidad; ¡qué descaro!

Esta reflexión actuó igual que un desinflamante sobre mi ánimo abatido. Comprendí que yo era uno de los pocos hombres honestos que cumple con su trabajo como un esclavo decente. ¡El resto son Espartacos!

Por lo demás, necesitaba encontrar un camino más rápido hacia la vileza que el simple hecho de trabajar hasta en vacaciones. “¡Eureka!”, me dije, “debo crear un método para que los demás compartan mi entusiasmo por la servidumbre voluntaria”.

Los trabajadores que usualmente se rascan el ombligo, en la obra de Čapek, deciden que ya es hora rascar el ombligo de sus jefes.

Los trabajadores que usualmente se rascan el ombligo, en la obra de Čapek, deciden que ya es hora rascar el ombligo de sus jefes.

Un idea me llevó a otra, recayendo repentinamente sobre el escritor checo Karel Čapek, actualmente un casi desconocido dramaturgo que se las ingenió para crear, contando con la cooperación de su hermano, el término “robot”. No obstante, este no se refería a aquellos artefactos de acero con la capacidad de cumplir toda clase de tareas y a los que, en cualquier momento, se los puede apagar apretando un simple botón. El autor pensaba en realidad en criaturas de carne y hueso diseñadas en una fábrica a imagen y semejanza de los humanos, mas sin la capacidad de soñar o razonar. Eran esclavos armados en un laboratorio.

Čapek visualizó a sus robots – etimológicamente aquella palabra proviene del checo “robota” que significa trabajo – como seres incansables aunque faltos de criterio que, en cierto momento, llegaron a obtenerlo, evidenciando su recién adquirido talento de la forma más brillante: no volvieron a trabajar.

Como es obvio la situación deriva en una guerra civil en la que los jefes esclavistas… quiero decir: jefes – a secas – son liquidados por sus otrora siervos, mientras la mujer que desató el pandemonio al revelarles, cual Prometeo, el valor del raciocinio, funda una nueva raza de criaturas decentes que también tendrán que trabajar como esclavos.

La robótica ofrenda a Čapek.

La robótica ofrenda a Čapek.

El dramaturgo checo fue olvidado poco a poco e incluso maestros de la ciencia ficción como Isaac Asimov le restaron importancia al criticar su incapacidad para definir de forma adecuada las características psicológicas de sus personajes, olvidando quizá que esa era la idea que el autor checo nos quería transmitir – un declarado enemigo del nazismo –: los sistemas económicos y sociales que se consagran a un trabajo exagerado e irreflexivo están condenados al fracaso porque evitan que la gente se cultive, reduciendo a los humanos al nivel de máquinas huecas, sin espíritu e incapaces de crear. ¿Qué profundidad espiritual pretendía hallar Asimov en esclavos idiotizados por la servidumbre? Lo más probable es que su optimismo positivista lo haya empujado a olvidar los riesgos de un mundo lleno de “robots[1]”.

En cualquier caso, cuando viaje a República Checa visitaré la tumba de Čapek para dejar sobre ella un robot de juguete, siguiendo el homenaje que la costumbre a impuesto para con el creador de aquel término, ahora tan manido.

Por lo pronto, sin embargo, me voy a dormir porque mañana tengo que trabajar…

 

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[1]En la novela La hora veinticinco el escritor rumano Virgil Gheorghiu nos da una escalofriante idea de un mundo sometido a esta clase de “progreso”.