Trasplante de gato

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Julián se despertó en el cuerpo del gato a eso de las tres de la tarde. La operación había durado cinco horas y varias veces estuvo a punto de morir en el quirófano, sin embargo siempre logró superar las crisis.

La idea la tuvo Carmen, una chica que lo rechazaba porque no era “tan dulce como un gato”.

Cierta mañana, le dijo que había visto en la televisión la historia de un médico de Kazajistán que estaba realizando en el país trasplantes de conciencias humanas a cuerpos de perros, burros, vacas, ovejas, etc.

Nadie sabe a ciencia cierta cómo funcionan aquellas operaciones, tampoco importa. El caso es que Julián terminó en el cuerpo de un gato persa de color marrón.

Pasado el tiempo de recuperación, Carmen llevó a su novio/mascota a su casa y el sueño de este se hizo realidad: ella le hacía caricias, le daba de comer y le permitía dormir a su lado.

Las primeras semanas fueron de ensueño. Ambos estaban completamente enamorados, aunque a veces surgían pequeños problemas, por ejemplo: Julián detestaba usar el arenero en vez del retrete y comer bolas con sabor a pescado y no bistec. De todas maneras, el amor lo sanaba todo.

Sin embargo, los líos empezaron precisamente por culpa de la pasión. Una noche, Carmen estaba dormida y su novio/mascota despertó de pronto, víctima de una libido insoportable. Se puso cariñoso, lamiendo la cara, el cuello y el pecho de la muchacha, sin lograr que despertase, pero, cuando intentó encaramarse sobre el pubis, el sueño dio paso a un alarido y un golpe. El gato Julián salió disparado, estampándose contra la pared.

Ese fue el fin de la luna de miel. Carmen, otrora muy cuidadosa, empezó a “olvidarse” que debía ponerle alimento, primero a la hora del desayuno, después en el desayuno y el almuerzo y finalmente durante todo el día.

No le permitía dormir en su cama y se encerraba en su habitación o a veces ni siquiera iba a dormir en casa.

El novio/mascota hizo lo posible por recuperar a Carmen, mas fue inútil. Ella no quería saber nada del “gato degenerado”.

Julián comprendió que solo quedaba una alternativa: buscar al médico para que le devolviese su cuerpo.

Escapó de la casa de Carmen y caminó casi hasta el amanecer buscando al médico, quien lo recibió furioso – no se levantaba antes de las diez, salvo que tuviera que hacer alguna cirugía –, aunque se calmó pronto ante la perspectiva de experimentar nuevamente sobre el gato Julián.

Admitió que jamás había intentado devolver la conciencia a su cuerpo original, pero que si el paciente estaba dispuesto a correr el riesgo y, sobre todo, los gastos – ¡elevadísimos! – lo intentaría. Julián aceptó.

La segunda operación duró el doble que la primera, pero fue un éxito o casi porque desde ese día Julián – con su cuerpo completamente humano – ya no tiene problemas para usar el arenero en vez del váter.

Los pasteles de Alicia

El mapa del mundo de Alicia. Descárguelo gratis aquí.

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No conocí a Alicia en el País de las Maravillas, sino en su colegio. Yo había conseguido empleo como profesor de escritura creativa y uno de los cursos que me asignaron fue el suyo. Desde el primer día sentí atracción hacia ella, acaso por su halo de fatalidad – estaba tratando de recuperarse de la adicción a los pasteles que hacen crecer, vicio, según las psicólogas del Departamento de Orientación, que resultó de los “avances poco decorosos” de su tío, el diácono Carroll, durante la infancia – que le daba un aire de “nínfula” de novela de Nabokov.

Alicia y su novio de la adolescencia.

Alicia y su novio de la adolescencia.

Supe por otros profesores que las tragedias de Alicia no terminaban con su adicción y su pasado sórdido, pues vivía con un sombrerero, pariente suyo, que había enloquecido después de que su negocio de venta de panamás se fue a la quiebra por culpa de las fábricas centroamericanas y que ahora se dedicaba a gastar su dinero en alcohol y prostitutas, llegando borracho casi todos los días a casa para concluir la jornada con sesiones de diverso contenido en compañía de la muchacha.

Ante ese escenario, procuré que la literatura fuera un medio de escape, pero lo cierto es que Alicia tenía más interés en las matemáticas, a las que se dedicaba cada vez que salía de una nueva ingesta de pasteles para crecer. Los números, me explicó, eran su único consuelo para la depresión que le ocasionaban su adicción y el sombrerero loco.

— Quiero encontrar la cuadratura del círculo – me dijo –. ¡Mi tío, el diácono, murió intentándolo, profe!

Yo la escuchaba entre fascinado y compasivo.

Cierto día, salí del colegio cuando el sol ya se había puesto y cerca de la parada del autobús que utilizaba para volver a casa, encontré a Alicia.

— ¿Se siente bien?

Alicia acompaña a la presidenta de la Asamblea Nacional del Ecuador durante una de las más movidas sesiones del plenario.

Alicia acompaña a la presidenta de la Asamblea Nacional del Ecuador durante una de las más movidas sesiones del plenario.

Me miró con ojos enrojecidos y saltones. Supuse que había consumido pasteles y decidí llevarla a mi casa. Durante el camino dijo miles de incoherencias sobre conejos parlanchines y reinas de baraja. No entendí nada ni quise hacerlo, solo pensaba que era un caballero de armadura brillante y que la “nínfula” algún día – tal vez no ese, pero otro no muy lejano – sabría agradecérmelo.

Mientras la recostaba en mi cama, Alicia pareció tener un minuto de lucidez y me propuso probar los pasteles.

— Aún me queda uno, podemos compartirlo – sus ojos vidriosos me desarmaron.

Ella partió el pastel y me dio una mitad. Ambos engullimos la droga con sabor a vainilla y aunque al principio no sentí nada, con el transcurso de los minutos mi cuerpo sufrió una serie de mutaciones que me llevaron a tener la cabeza, las manos, los pies y, al final, el torso entero de dimensiones descomunales. Rompimos el techo y las paredes con nuestros cuerpos, cayendo luego en un sueño profundo.

Cuando desperté, los dos habíamos vuelto a la normalidad. Sentí sed, cansancio y tristeza, sin embargo, desde entonces no puedo parar de consumir los pasteles y siempre los acompaño con un licor que empequeñece.

Alicia y yo pasamos los días juntos, entre la menudencia y el gigantismo, convertidos en monstruos que intercambian ecuaciones y poemas de significado críptico para todos excepto nosotros.

Lea también este cuento en el blog de la Ciencia Ficción en el Ecuador de Iván Rodrigo..

Helena de Troya, viajera del tiempo

Una Helena de Troya así te gustaría que te regalen por Navidad, ¿verdad?

Después de leer a Hesíodo, Eurípides, Sófocles, Virgilio y Ovidio[1], concluí que estaba enamorado de Helena de Troya y que nada me haría más feliz que casarme con ella.

Nunca pude superar esa obsesión y, anoche, tuve un sueño en el que esta se concretaba gracias a algún tipo de encantamiento efectuado por las brujas de Macbeth o por Walter Mercado – ese detalle no lo tengo muy claro –. A continuación, lo repito tal como lo recuerdo:

Mientras reposábamos desnudos en nuestro lecho, me puse a reflexionar sobre la ropa de Helena y pensé: “ya no debe vestirse más con ese peplo; con él, evidentemente, se verá muy ridícula, a menos que lo utilice para asistir a una fiesta de fraternidad universitaria[2]”. Por esta razón, antes de iniciar nuestra vida juntos, decidí llevarla al centro comercial.

Esa misma tarde, entramos a un mall – lo llamo así para sonar aburguesadamente agringado –; al principio, todo era alegría, caminábamos tomados de la mano, haciendo chistes y besándonos a la menor oportunidad, pero, de pronto, la enorme aglomeración de gente que estaba cubriendo de saliva las vitrinas, la grosería de las dependientes y la indecisión de mi acompañante[3], terminaron por conducirme a una peligrosa subida de tensión, cercana al derrame cerebral.

Ya con una buena cantidad de paquetes y endeudado por diez generaciones, la llevé a la zona de los restaurantes, donde descubrimos que no existía vino, pan griego y, menos aun, ciervo, lo que fue el detonante para que Helena perdiera, finalmente, la paciencia, haciéndola estallar en una rabieta de proporciones homéricas:

— ¿Cómo se te ocurre traerme a esta pocilga? ¡Ay, si no hubiera huido de mi Menelao para venir a vivir contigo! Bien que me lo advirtió Zeus, mi padre… “Ese hombre no te conviene, no tiene futuro”, me dijo, pero yo, como una tonta, me dejé llevar por un par de palabras bonitas y varias promesas que seguramente nunca vas a cumplir… ¿No dices nada? ¿Por qué te quedas callado mirándome como un pendejo?

— Me parece que…

— “Me parece, me parece…” – repitió, haciendo muecas y una burda imitación de mi voz melodiosa –, TODOS los hombres son iguales, viven del “me parece” y no son capaces de preguntar nunca lo que una quiere…

— ¿Qué es lo que quieres, mi vida? – suspiré.

— ¡Deberías saberlo! ¿No dices que me amas? ¡ESTO ES EL COLMO! ¡INSENSIBLE!

Polígono de Willis, donde se puede apreciar la exacta ubicación de la arteria basilar, que, en mi caso, estaba al borde del colapso.

En ese instante, mientras mi arteria basilar estaba luchando contra un coágulo recién formado, un sujeto, a paso de hiena[4], se acercó a la mesa con el perverso deseo de aprovecharse de la situación.

— ¡Señorita, tiene unas facciones tan perfectas que ni la ira puede deformarlas!

— ¡Ah…! ¿Enserio? ¿Usted cree?

— Sí, sí, y se lo puedo garantizar, porque soy representante de modelos.

— ¿Modelos?

— En efecto, si me acompaña, le explico mejor.

— No sé, es que yo…

— No lo piense demasiado, ¡puedo hacerla millonaria!

Esta frase fue lapidaria – para mí, claro –, y mientras Helena salía del mall junto con el desgraciado petimetre con cara de Brad Pitt venido a menos, yo iba camino al hospital con una trombosis en una de las arterias de mi cerebro.

Al despertar de un coma de varias meses – medio idiota y con el lado izquierdo del cuerpo paralizado –, me enteré, por la televisión, de que Helena, luego de colocarse unos implantes de mala calidad en los senos y en las nalgas, había ganado un concurso de belleza, pero que fue incapaz de ostentar el cetro por más dos horas, debido a que tuvo que ser intervenida de emergencia cuando las prótesis estallaron, en plena fiesta de coronación.

Chifa “de la patada”, perteneciente al señor Nifú Nifá, actual pareja de Helena de Troya.

— … Miss Troya actualmente vive con el dueño de un restaurante chino, el señor Nifú Nifá. Fuentes cercanas a la exmodelo dicen que esta se rehúsa a ser fotografiada porque ha engordado cien kilos y se halla en medio de una crisis depresiva grave – concluyó la presentadora de televisión, mientras yo hacía esfuerzos sobrehumanos para coger una cuchara y comer un pudín de pan.

En ese momento, sonó la alarma del reloj y desperté; mientras me secaba el sudor de la frente, me dije a mí mismo que no volvería a enamorarme, ni en sueños, de una reina griega.

¬¬


[1] Enumeración absolutamente innecesaria, pero que la pongo para recalcar mi profundísimo conocimiento de los clásicos (¿?).

[2] Eso tal vez la hubiese alegrado, si tenemos en cuenta que la degradación y decadencia de los estudiantes universitarios es equivalente o quizás hasta superior que la de su exmarido y sus “colegas”.

[3] Comprensible, ya que el mal gusto de las últimas décadas del siglo veinte y de la primera del veintiuno es incluso más mitológico que la belleza de la propia Helena.

[4] Véase Animal Planet para una comprensión clara de esta metáfora.

El Caballero

Finalmente, el Caballero se desplomó en la arena, estaba vencido, su cuerpo no podía moverse más. De la nada surgieron dos buitres que empezaron a volar en círculos sobre él. Todavía recordaba a Diotima – la mujer con la que prometió casarse –, su piel tersa, sus labios dulces y su mirada penetrante, pero todas eran imágenes nebulosas, como las de un sueño. Suspirando, hizo una plegaria y se durmió.

Al despertar, sin embargo, el infinito desierto había desaparecido para dar paso a un valle con frondosos árboles frutales, pájaros de múltiples variedades y un cristalino riachuelo que fluía a pocos pasos de él. Como un loco, se lanzó con las fuerzas que le quedaban, bebiendo hasta quedar saciado.

Se recostó satisfecho y mientras empezaba a dormirse, agradeció a Dios por aquel milagro.

La mañana siguiente, se puso a la tarea de explorar la campiña y, repentinamente, encontró lo que tanto buscaba: la rosa azul, la cual se hallaba en el centro de una pequeña meseta, rodeada de cientos o miles de flores de tipos inimaginables, desde claveles hasta violetas.

Lloró, al tiempo que se abría paso por el mágico bosquecillo, y luego, tras coger la rosa, la contempló por unos instantes, hasta que un rugido le hizo volverse: una horrible criatura con cuerpo de león y cabeza de hombre lo acechaba.

El Caballero comprendió que su viaje había sido en vano, que  no estaba destinado a poseer la flor. Sin armas, era incapaz de defenderse, así que cerró los ojos, preparándose para morir.

— ¡Despierta, Friederich, despierta! – dijo alguien, repentinamente.

Despegó los párpados. Estaba en una pequeña habitación, recostado en un camastro duro y un desconocido lo contemplaba con extrañeza.

— ¿Quién soy?, ¿dónde me encuentro? – preguntó.

— Eres Friederich, Friederich Hölderlin y ésta es la torre donde has vivido por cinco años.

El sueño soñado

Siempre estuve enamorado de Cristina, por eso, cuando me telefoneó, invitándome a su casa; no dudé en aceptar. Sin embargo, había algo extraño en su voz, algo indefinible que me dejó perplejo.

— Necesito hablar contigo, es importante.

Pregunté de qué se trataba, pero, sin responderme, se puso a narrar un sueño que tuvo la noche anterior.

— … Yo era Chuang Tzu que soñaba que era una mariposa, la cual, en su vuelo, recorría una verde pradera, llena de rosas y tulipanes; de pronto, abría los ojos, convertida, otra vez, en el pensador chino, quien, desesperado, dijo algo que soy incapaz de recordar, pero que me puso tan nerviosa que desperté… Más tarde te cuento todo con detalle, no demores…

Llegué a su casa puntualmente. La puerta estaba abierta. Me dirigí a su habitación; no había la menor señal de Cristina, sin embargo, una mariposa roja apareció, posándose por unos segundos en mi hombro. Luego, aleteando con tristeza, se marchó…

El puma plateado

Nunca antes había cazado, pero acepté unirme a la partida cuando Pablo, un antiguo amigo, me informó que lo que perseguíamos era a un extraño puma plateado. Animal que, para Benítez, jefe de la expedición, era la única razón para vivir.

En la selva, nos dedicamos a buscar algún rastro. Fue inútil, y transcurridos cinco días, el cansancio hizo mella en cada uno de los miembros del grupo. Pensé que desistiríamos, pero la voluntad de Benítez siempre terminaba por imponerse, obligándonos a continuar.

Al anochecer del sexto día, el jefe se confinó en su tienda. Mientras tanto, el calor y los mosquinos nos atacaban sin piedad. Noté en los ojos de mis compañeros, incluso en los de  Pablo, una enorme ira reprimida, nadie toleraba a su vecino y cualquier pequeña chispa desataría un incendio. Decidí, entonces, acostarme y, después de mucho esfuerzo, logré conciliar el  sueño, aunque éste era turbio y lleno de pesadillas.

En la madrugada, un grito me despertó. Permanecí recostado unos minutos, antes de atreverme a salir y, cuando lo hice, llevé  mi escopeta apretada contra en el pecho para que su frío y duro metal me diera valor.

— Creo que fue una pesadilla – me dije, después de avanzar unos pasos –; aquí, no hay nada.

Los ruidos de la selva me reconfortaron y opté por volver a mi carpa.

— Tú también lo oíste, ¿verdad? – Dijo, repentinamente, un hombre al que la oscuridad me impedía ver.

— Sí… – Asentí, elevando el cañón de la escopeta.

— Soy yo, Pablo; ¡baja el arma!

Mi corazón latía con demasiada fuerza, como si quisiera salirse del pecho.

— ¿El grito? – Pregunté con voz casi inaudible.

— ¡Ajá! – Hizo una pausa y luego prosiguió –. Creo que debemos buscar al…

Un nuevo alarido no lo dejó terminar; esta vez fue claro y proveniente de la carpa de Benítez, que, aún, estaba iluminada.

— ¡Él está aquí… Él…! – Dijo apenas nos vio.

— ¿Quién, el puma?

— Sí, ¡mire! – Señaló el fondo de la tienda.

— Señor, no hay nada, excepto su sombra.

El jefe se levantó enfurecido, abalanzándose sobre Pablo; ambos cayeron al suelo. Al poco tiempo, alertados por el ruido, llegaron el médico y tres hombres más.

— Voy a suministrarle un tranquilizante, es lo mejor – afirmó aquél, después de que le expliqué lo sucedido. Luego, volvimos a nuestras tiendas para descansar un poco.

A la mañana siguiente, el médico, que permaneció velando a Benítez, fue a despertarnos aterrado.

— Señores, algo terrible ocurrió…

— ¿Qué, hable, hombre?

— Me quedé dormido y, al despertar, el jefe había desaparecido.

— ¿No hay alguna señal de adónde pudo ir?

— No, pero… ¡Véanlo ustedes mismos! – Exclamó, señalando la carpa.

Levantamos el toldo y, en el suelo, junto al catre, vimos una gran mancha de sangre. Enseguida, el hombre de confianza de Benítez ordenó emprender la búsqueda y, siguiendo el rastro, arribamos a un descampado.

— ¡Encontré algo! – Gritó uno de los hombres.

Se trataba de la madriguera de una zarigüeya, donde aquel animalillo se lamía tranquilamente las patas traseras, que al igual que su morro, estaban untadas de sangre.

El pueblo de los endemoniados

Anochecía cuando llegué. Llevaba mi cámara de fotos, una grabadora, lápiz y mi vieja libreta con pasta de cuero; caminé por una calle de tierra – realmente, de lodo, por las últimas lluvias –, única vía que conectaba ambos extremos del pueblo. A ambos lados, se alineaban unas cuantas casitas de adobe con techos de madera y paja, en las que no se podía detectar la menor señal de vida. Ni luces ni ruido, sólo un inquietante silencio.

Una extraña opresión en el pecho me acompañó durante todo el trayecto y pensé que lo mejor era marcharme, al fin y al cabo, aquel lugar estaba desierto. Cuando emprendía el regreso a la carretera principal, alcancé a ver un brillo saliendo de la más alejada de las viviendas. Indeciso, permanecí de pie unos instantes. A lo lejos, en las montañas, una fiera aullaba lastimeramente.

La curiosidad, sin embargo, me empujó hasta la casita y golpeé tímidamente la puerta, maltrecha por el tiempo y el clima. Casi enseguida, una mujer descuidada, de aspecto montaraz y sucio, apareció.

— ¿Quién eres? – Dijo, al tiempo que sus ojos negros me escrutaban de pies a cabeza.

— Tuve un accidente en la carretera y como este pueblo es el más cercano…

— A mí, eso no me importa.

— Es que no hay a quién más acudir.

La mujer reflexionó.

— Tienes razón, entra.

El interior de la casa era bastante miserable. Al fondo, había un catre viejo; junto a la puerta, una cocineta con una tetera encima; y, frente a ésta, dos banquitos de madera.

— Siéntate.

Obedecí y ambos permanecimos en silencio, escuchando embobados el ruido que hacía el agua al hervir. Mi corazón latía a una velocidad inusitada; algo minúsculo, que escapaba a mis sentidos pero no a mi inconsciente, estaba por ocurrir.

— No te sorprendas de que el pueblo esté vacío – dijo, de pronto, la mujer –, todos están muertos.

— ¿Muertos, por qué? – Pregunté con un mal disimulado terror.

— Los han matado.

— ¿Qué… quiénes?

— ¿Quién va a ser? ¡Los demonios, imbécil!

La miré fijamente; sus facciones adquirieron cierto matiz y ya no eran tan groseras sino de una belleza críptica y descuidada.

— Si quieres verlos, señor periodista, ve hacia el río, se halla a cincuenta metros de esta casa.

— ¿Cómo supo que yo…?

— Tienes una cámara, pero no pinta de turista; así que es obvio – hizo una pausa y luego agregó –; ahora, ¡lárgate y déjame en paz!

Me levanté y antes de salir, volteé a ver, una vez más, a la mujer; su rostro había vuelto a ser feo.

Afuera, la noche era oscura, la luna casi no iluminaba. Caminé hasta el río y me puse a otear, en busca de algo, cualquier cosa que me permitiera escribir un artículo.

Una nueva serie de aullidos me dio la bienvenida. “Me tomó el pelo”, pensé. En ese instante algo duro golpeó mi pie. “¿Un cadáver?” Sí. Un hilillo de sangre salía de él e iba a parar en una diminuta isla, treinta metros río arriba. Caminé hasta allí. Un chacal se había encaramado sobre ella, sus ojos brillantes me miraron, retándome. Enseguida, abrió las fauces y tomó algo del suelo, ¡una  cabeza! Sobresaltado, miré la isla y descubrí una serie de brazos, piernas y cráneos.

— ¡No es de tierra sino de cuerpos amontonados! – Grité, echando a correr.

Al día siguiente, la policía fue al pueblo. Yo, que había realizado la denuncia, no quise acompañarlos. Sentado en el despacho del capitán, esperaba el resultado de las pesquisas.

De pronto, sonó el teléfono y un gendarme contestó.

— ¿Cómo? – Dijo, mirándome burlonamente –. ¿No hay pueblo ni muertos? Sí, yo hago el informe.