Biografía apócrifa: el socialismo bolivariano

"Marx me envidia porque soy sexy y divertido (y, además, tengo un buen peluquero). Dar FAV y RT."

“Marx me envidia porque soy sexy y divertido (y, además, tengo un buen peluquero). Dar FAV y RT.”

Como todos sabemos, desde que la sabiduría revolucionaria del siglo veintiuno llegó al poder para hacer de este un mundo honesto, democrático y culto, Bolívar tuvo un hijo y fue un mal padre; no cabe, de todas formas, juzgarlo porque con un primogénito tan feo como el suyo, lo menos que se puede ser es malo.

En efecto, Bolívar, el Libertador, ya había engendrado el socialismo científico mucho antes de que Marx siquiera naciese y este, envidioso del creador de aquel Frankenstein ideológico, esbozó, varios años más tarde, una amorosa y comedida biografía suya para la New American Cyclopedia en 1858[1].

No conviene, sin embargo, apresurarse, por lo que dividiremos esta tierna historia en tres partes que facilitarán la comprensión sobre la vida del Comandante – la verdad es que no sabemos el nombre de la creatura bolivariana – marxista, pero como esa gente siempre se concede a sí misma rangos militares de tal guisa, optamos por no desairarlos –, correspondiendo la primera a la concepción, la segunda a la infancia y la última a la pubertad y adultez. Sobre su descendencia no hablaremos porque sería un trabajo interminable, teniendo en cuenta que esta sigue reproduciéndose con cada babosada que se dice en cadenas de radio y televisión o en discursos oficiales.

Primera parte: el huevo                                                           

 

Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios Ponte – Andrade y Blanco zarpó con rumbo a Europa, por primera vez, en 1798, regresando de allá completamente enamorado y con un nuevo estado civil: el de esposado. Todo indica que fue esta situación, como toda experiencia traumática, la que terminaría por generar al monstruito socialista – liberal – conservador que hoy emociona tanto a grandes y chicos.

María Teresa del Toro apenas llegó a Venezuela, dijo: "¡joder, Simoncito! Para ver estos pantanos, mejor nos hubiéramos ido a Italia..."

María Teresa del Toro apenas llegó a Venezuela, dijo: “¡joder, Simoncito! Para ver estos pantanos, mejor nos hubiéramos ido a Italia…”

En efecto, el joven Bolívar se enamoró, igual que todos, como un pendejo y, desoyendo a los adultos, hizo todo lo posible por traer consigo a América a una españolita de ascendencia venezolana – algo que es mucho más de lo que pueden decir la mayoría de emigrantes latinoamericanos, muy dados a la endogamia –; la muchacha en cuestión se llamaba María – Teresa Josefa Antonia Joaquina Rodríguez del Toro y Alayza y solo para colocar en el papel del contrato matrimonial los nombres de ambas víctimas fue necesario deforestar toda la Sierra Morena.

Simón Bolívar, sin embargo, no tuvo tiempo para disfrutar de las mieles del amor y, apenas ocho meses después de las nupcias, enviudó, quedando devastado y al borde de una crisis existencial que a otro pudo significarle la muerte, pero a él lo empujó a un sino aún más fatal: el socialismo del siglo XXI.

Bolívar se embarcaría, una vez más, hacia Europa y, tras un conmovedor encuentro con su suegro, viajó a Francia, donde, luego de probar los placeres que la Ciudad que da a Luz podía ofrecerle, emprendió un peregrinaje hacia Roma junto con su maestro de la infancia, el rousseauniano de los mil nombres, Simón Rodríguez o Carreño o Robinson.

Maestro y alumno subieron al monte Palatino y, ante el esplendor de la ciudad donde el comunista Julio César fue asesinado, juraron la independencia de la América hispana. El huevo del socialismo había aparecido.

Fuentes de la época nos dicen que aquel era grande y gordo como un bien alimentado miembro del politburó soviético y que Carreño/Rodríguez/Robinson lo cuidaba con esmero. Él que nunca había sido un hombre de familia se puso “chocho” con la llegada del Comandante.

Bolívar, por otro lado, estaba mucho más interesado en la gloria que en la paternidad, por lo que, pronto, se olvidó del huevo, marchando a América para encontrarse con su destino.

El peluquero de Marx es Jorge Russinsky.

El peluquero de Marx es Jorge Russinsky.

Así, el Comandante, a pesar de no haber empollado, terminaría alimentando una admiración especial hacia el padre ausente que lo empujaba a creer que este era perfecto.

Segunda parte: infancia.

 

Los primeros años del Comandante – ex huevo – los pasó apaciblemente en la capital francesa, bebiendo vino en vez de leche, al tiempo que observaba a los grandes personajes de Francia entrar y salir de los salones cubiertos de una rara amalgama de frivolidad y genio. El hijo del Libertador – igual que la mayoría de “revolucionarios” – se reveló contra la primera, pero revistiéndose con ella.

Las damas de Paris lo miraban como a un pequeño díscolo y le decían: “Comandantito, ve a tomar el biberón y no nos molestes”; los hombres, por otro lado, simplemente lo ignoraban. Por lo demás, el consuelo siempre venía acompañado de una palmada amistosa de Carreño que, con una sonrisa, le indicaba que iba por el buen camino. Lástima que el pobre intelectual estaba al borde de una miseria tan paupérrima que apenas tenía tiempo para ocuparse de su alumno.

A Comandantito le gustaba jugar a la guerra – igual que a casi todos los “revolucionarios” – y fusilaba encantado a sus compañeros cuando se alzaba con la victoria; finalmente, al caer estos bajo el fuego de su justicia, los obligaba a ponerse de pie para volver a fusilarlos.

Con sus mejores amigos, a saber un borracho, un loco y un ladrón, conformó un tribunal de justicia y se puso a la tarea de juzgar a todos los niños por sus delitos anti – revolucionarios: que si había comido un plato de habichuelas era un burgués; que si tenía tutor, un aristócrata; que si era gordo, un corrupto; que si era flaco, un avaro; nadie se salvaba de sus fusilamientos y, cierta mañana, se le ocurrió hasta armar una guillotina, costándole la travesura el encierro en un orfanato con todo el tinte novelesco de Charles Dickens.

Un miembro de un Politburó (de cualquiera).

Un miembro de un Politburó (de cualquiera).

Algunos meses después, mientras pagaba cincuenta rosarios en la iglesia del orfelinato como penitencia por haber dicho que se debía confiscar los bienes de la iglesia porque – igual que casi todos “revolucionarios” – consideraba que los curas, per se, solo eran millonarios amantes de la pedofilia; tuvo una revelación: debía buscar a su padre.

Tercera parte: pubertad y adultez.

Emprendió su aventura – igual que casi todos los “revolucionarios” – en compañía del ladrón y el loco. Juntos se embarcaron en Marsella a bordo de un navío perteneciente a cierto capitán holandés que juró ser amante de la justicia y de la libertad.

Como era de esperarse, terminaron en Argel y en manos de un inescrupuloso comerciante árabe que decidió venderlos como esclavos al sultán otomano. Consiguieron salvar sus vidas únicamente porque el Comandante, en una jugada maestra que repetirían sus admiradores a lo largo de la historia, amenazó con expropiar el barco, los remos, el mar, las mujeres, la arena e incluso la esclavitud.

— ¡Expropie, expropie, expropie, expropie! – se puso a gritar enloquecido, mientras todos lo miraban con miedo reverencial, pues suponían que se trataba de la encarnación de algún demonio chiflado del Sahara.

No pasaron ni veinticuatro horas antes de que, arrepentidos de su adquisición, los mercaderes de esclavos lo devolvieron a Europa con un pago adicional para que a nadie se le ocurriese mandarlo donde ellos de nuevo. ¡La grandeza se manifiesta en los momentos difíciles!

Finalmente, el Comandante llegó a América, pero como en este continente lo que más había era comandantes, generales, coroneles, etcétera, etcétera, etcétera, pasó desapercibido y Bolívar, demasiado ocupado en la campaña de Boyacá, ni siquiera tuvo un minuto para su primogénito.

Este, sin embargo, se la pasaba hablando de su linaje a los borrachos y a cualquier otro ingenuo dispuesto a escuchar sandeces.

— Mi padre encarna a Pachacutik, Wayna Capac, Atahualpa, Huáscar, Lautaro, Tupac Amaru, Hércules, Juan el Bautista, los doce apóstoles, Darth Vader, Julio César, Bruto, Indiana Jones, fulano, zutano, mengano, perencejo, don Manuel que vende habas en la esquina y la chichera que gracias a un microcrédito del Banco Nacional de Fomento abrirá una sucursal de su antro en el sur de Quito dentro de doscientos años…

La gente lo consideraba un demente y solo tomaron conciencia de su verdadero carácter una noche que anunció, en plena plaza de Angostura – que estaba más infestada de plagas que de casas –, que iba a redactar la diezmillonésima constitución de la República, la única que representaría al pueblo, aunque este ni siquiera estaba consciente de tener la primera.

Los habitantes de Angostura no sentían el menor interés por la famosa constitución, pero cuando el Comandante se puso a confiscar desde las gallinas hasta los calzones, se indignaron tanto que, ni el recién conformado Tribunal Bolivariano del Pueblo Oprimido por la Dictadura de los Desgraciados Capitalistas Burgueses de la Nueva República de Venezuela – TBPODDCBNRV, por sus siglas en español – pudo disuadirlos de linchar al revolucionario.

Turba enloquecida y peligrosa.

Turba enloquecida y peligrosa.

El pueblo, que siempre habla mal de la libertad hasta que se la quitan, salió a las calles con antorchas y azadones, dispuesta a lo peor. Este, infructuosamente, trató de expropiar aquellas armas y, cuando las amenazas fallaron, recurrió – igual que todo “revolucionario” – a culpar a la CIA de su trágico destino. De todas maneras, el hijo antinatural de Bolívar no fue asesinado esa noche; la gente se limitó a darle una buena azotaina en las nalgas por insolente y luego lo encerraron en un convento franciscano.

El socialista bolivariano nunca conoció al hombre que lo había inspirado – igual que todo “revolucionario” –, pero se pasaba hablando de él a diestra y siniestra hasta que una mujer, luego de enamorarlo, lo obligó a trabajar, con una tiranía que, según él, solo podía ser parte de una conspiración de los gringos imperialistas.

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[1] Leer el artículo de Marx sobre Bolívar (es en serio, ¡en serio!).

Biografía apócrifa: el pajarito chiquitico

Aclaración indispensable 

El problema al que se enfrenta todo biógrafo serio – como yo – es que al momento de escribir sobre un personaje célebre debe abordar tanto su psicología como el efecto que esta tuvo en sus acciones y en las personas que lo rodearon. Esta premisa se complica en el caso del sabio Hugo Chávez, quien después de ser enterrado como todo un socialista – es decir, con una modestísima ceremonia –, decidió resucitar como un ave, haciendo que crezcan geométricamente la cantidad de experiencias merecedoras de un capítulo especial en el libro de la vida de este extraordinario individuo.

En vista de lo anterior, opté por reducir el espectro investigativo a un periodo de tiempo tan corto como crucial y sobre el que seguramente nadie querrá trabajar, dado el prejuicio que siempre tiene la comunidad científica por cosas que se escapan a la “razón”; me refiero a los treinta días que demoró el Comandante para regresar a la Tierra desde el otro mundo.

En esta titánica tarea varias fuentes que van desde dioses griegos hasta enfermos de un sanatorio mental me han ayudado, a todos ellos les entrego mi reconocimiento.

 

En el capítulo especial de "Aló, presidente" desde el Tártaro no solo se habló del imperialismo yanqui, sino también del imperialismo, del imperialismo, del imperialismo y de la señora Zulema que "hace deliciosas arepas".

En el capítulo especial de “Aló, presidente” desde el Tártaro no solo se habló del imperialismo yanqui, sino también del imperialismo, del imperialismo, del imperialismo y de la señora Zulema que “hace deliciosas arepas”.

Hugo Chávez organizó una edición especial de “Aló, presidente” desde el Tártaro, adonde había ido a parar, según él, porque Minos, Éaco y Radamantis eran unos capitalistas asesinos. De hecho, durante la emisión de su programa televisivo dijo que los tres jueces de almas eran en realidad los mismos que destruyeron Marte y que, siglos más tarde, escondidos en un laboratorio de la CIA en Nevada, habían inventado el cáncer.

Hades y Perséfone estaban en medio de su cena cuando escucharon la acusación. El dios del Inframundo estaba cansado del bolivariano.

― Tráiganme al loco, quizá pueda hacerlo entrar en razón.

Chávez, sin embargo, no estaba dispuesto a negociar, él quería volver a la vida a cualquier costo, aunque eso significara organizar manifestaciones violentas, empuñar los fusiles, llamar a Rafael Correa o, lo que es peor, dejar en el aire el programa “Aló, presidente” por los siglos de los siglos…

En la imagen se puede ver a Perséfone desmayada en los brazos de Hades, mientras varios miembros de las milicias bolivarianas los acosan con toallas higiénicas reutilizables.

En la imagen se puede ver a Perséfone desmayada en los brazos de Hades, mientras varios miembros de las milicias bolivarianas los acosan con toallas higiénicas reutilizables.

Hades no hizo caso de las amenazas, supuso que un socialista como aquel no sería tan perverso como para cumplirlas, pero estaba en un error: esa misma noche el Comandante se apareció en los sueños de Rafael Correa, Evo Morales y Cristina Fernández; les dijo que debían bajar al Inframundo para rescatarlo porque los gringos imperialistas estaban conspirando contra la revolución, al tiempo que les autorizaba a utilizar cualquier medio que fuera necesario para cumplir con el cometido, aun si esto significaba sacar los 137 millones de dólares que su familia había ahorrado en bancos yanquis imperialistas para alimentar a los niños pobres que viven en la Fosa de las Marianas.

Los tres mandones[1], víctimas del desasosiego, se pusieron a cumplir con su misión, acudiendo a la UNASUR y “a la” ALBA. Se denunció a las organizaciones de derechos humanos, a la prensa y hasta a Dios por haber creado la muerte con el fin de destruir al socialismo. Durante esta épica lucha, Cristina se compró carteras Louis Vuitton, Rafael encerró a dos fulanos  por conspiradores y Evo se puso a experimentar con pollos para encontrar la cura de la calvicie.

Los culpables de la calvicie y la homosexualidad de los europeos, según Evo (¡!).

Los culpables de la calvicie y la homosexualidad de los europeos, según Evo (¡!).

De todas maneras, ver en televisión las caras de estos tres adalides no fue lo que hizo que Hades se doblegara – aunque sí le provocaron una subida de tensión que por poco termina en un derrame cerebral –, sino las interminables arengas de Hugo que casi siempre iban seguidas de una cadena de expropiaciones.

― ¡Lárgate, Chávez, lárgate y no vuelvas por aquí! ¡Ni al transformarme en el snack de Crono, mi padre, sufrí tanto como ahora!

En seguida, el bolivariano espíritu se puso a cantar una ranchera de Vicente Fernández, al tiempo que se preparaba para su regreso.

― Sin embargo – le dijo el dios del Inframundo con una sonrisa imperceptible –, no podrás volver como humano, eso es imposible; lo máximo que puedo ofrecerte es que lo hagas como roedor o pájaro. Tú decides.

El comandante, comprendiendo que esa era su única opción, optó por el ave porque rata ya había sido.

Así, el espíritu bolivariano – en este caso es literal – fue hasta las orillas del Aqueronte, donde un barquero aguardaba para llevar a los muertos de un lado a otro. Como Chávez no poseía un óbolo[2] para pagar el viaje, se quedó varado.

Caronte luchando contra la correntosa retórica de Chávez, casi muere ahogado.

Caronte luchando contra la correntosa retórica de Chávez, casi muere ahogado.

Caronte fue inflexible. La promesa de regalarle una lata de caviar iraní si lo dejaba cruzar la primera vez nunca se cumplió, así que no volvería a engañarlo.

― Chico, pareces un imperialista yanqui, ¡déjame pasar, cónchale vale!

El aludido ni siquiera se molestó en contestar.

― Ya sé quién tú eres, a mí no me engañas… Eres míster Danger, por eso me impides salir, lo que quieres es matarme de nuevo, ¡terrorista, capitalista!

El barquero, harto de la perorata, dijo:

― ¡Está bien, te llevaré, pero cállate!

El Comandante, fulminado por el miedo, solo se atrevió a murmurar: “¡expropie!” Por lo demás, finalmente pudo comprender que su retórica era un poderoso instrumento de tortura.

El barquero y Hugo emergieron en la región de Epiro, en Grecia. Apenas la luz del sol se hizo presente, el alma encarnó en un nuevo cuerpo bolivariano, el de un pájaro llamado “tapaculo” (Scytalopus latrans); era pequeño, negro y, por fortuna, no podía hablar.

Decepcionado de su suerte, voló sin descanso hasta llegar a Venezuela y apenas estuvo en Margarita, supo que su Delfín se hallaba en aprietos porque, otra vez, los imperialistas intentaban acabar con el mayor logro del socialismo bolivariano: las toallas higiénicas reutilizables.

El pajarito chiquitico. el tapaculo se supone que es experto en tapar orificios como el de Maduro (me refiero al de la cabeza).

El pajarito chiquitico. El tapaculo es un tipo de ave que se supone que es experta en tapar orificios como el de Maduro (me refiero al de la cabeza).

El 3 de abril de 2013, Chávez – tapaculo fue a encontrarse con su destino en Barinas, apareciéndose ante su sucesor, Nicolás Maduro, y, encaramado en una viga de madera de una capilla donde este hacía algo, no se sabe con certeza qué – ¿rezar? –, se puso a silbar. El tono inconfundible lo detectó el Delfín, respondiendo de la misma forma.

“¡Que me des alpiste! – repetía el tapaculo desesperado sin lograr que lo comprendiera –. ¡Deja de silbar, pendejo!”

El Comandante pajarito se dio cuenta, entonces, que la única forma de salvar a la revolución era quedarse al lado de Maduro y, sin pensarlo, se puso a anidar en su cabeza, al fin y al cabo era un lugar completamente vacío y oscuro donde los capitalistas conspiradores jamás lo buscarían para asesinarlo, inoculándole el cáncer de nuevo.

 

Maduro nos conmueve con su revelación.

Llegada de Chávez al Inframundo. La desazón de los que lo recibieron se puede ver en sus rostros.
No es una suela de zapato, no es una simple toalla higiénica, ¡es el origen del agua de rosas!
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[1] Mandatarios, fue un lapsus lingüístico.

[2] Antigua moneda imperialista con la que los imperialistas del imperialista Inframundo impedían que los pobres descansen en paz.