2da. Mención Cuento Fantástico Concurso Equinoccio: “El sueño de la suerte”

Ron Mueck: "Máscara II"

“Máscara II” de Ron Mueck. Ilustración que acompaña a este relato publicado en la página CIENCIA FICCIÓN EN EL ECUADOR de Iván Rodrigo Mendizábal.

 

Por José Luis Barrera 

kirdzhali@gmail.com; hemingway_b@hotmail.com

2da. Mención, categoría Género Fantástico, I Concurso Equinoccio Ecuatoriano de Ciencia Ficción

(“Reblogueado” del sitio Ciencia Ficción en el Ecuador)

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José Luis Barrera. Nació en Quito el 16 de agosto de 1983. Participó en los Talleres Literarios de la Casa de la Cultura Ecuatoriana bajo la dirección del poeta Diego Velasco. En el año 2011 publicó un libro de relatos, El espejo de Mambruk (K-Oz), muchos de los cuales fueron escritos como parte de los ejercicios del taller. Otros de sus textos han sido publicados en antologías como Minimal (Efecto Alquimia, 2011). Actualmente mantiene un blog de literatura y humor titulado La rue Morgue.

(Originalmente publicado en el blog del escritor Fernando Naranjo Espinoza, Panóptico Galería Naranjo, Guayaquil, el 7 de mayo 2015)

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Benito Adolfo Gutiérrez fue entusiasmadísimo a la Conferencia de Jóvenes Naturalmente Estudiantes – COJONES –, en Ignorancia, la capital de la República de Estulticia, pero la primera ponencia era tan aburrida que se quedó dormido y no pudo volver a despertarse. Sus amigos probaron primero dándole ligeros empujones, luego violentos; echándole agua helada y caliente o propinándole puntapiés en la cara y en los genitales. Todo fue inútil: el otrora estudiante mediocre de Sociología de la Universidad Católica con aficiones políticas parecía un muerto; su cuerpo estaba completamente tieso y solo por sus ronquidos se podía alegar que la vida aún lo animaba.

La madre, una viuda de escasos recursos que había conseguido una beca para su vástago gracias a su empleo como jefa de limpieza de la universidad, clamó por ayuda para repatriar a su bello durmiente; nadie escuchaba sus ruegos, ni sus jesuíticos jefes ni los pocos familiares que la mujer tenía en Manabí. El drama estaba cobrando proporciones desastrosas porque un ministro de Estulticia dijo que: “la patria no puede hacerse cargo de un bulto que no es suyo”, ordenando que las autoridades policiales abandonasen al dormido en aguas internacionales si ninguno de sus compatriotas se hacía cargo de él en el transcurso de máximo setenta y dos horas.

El incidente se zanjó cuando el canciller ecuatoriano intervino ordenando que se sacaran fondos del erario nacional para repatriar al estudiante dormido “con el fin de que pueda reposar en el seno materno”.

La llegada de Benito Adolfo Gutiérrez a Quito fue un acontecimiento mediático de primer orden. La prensa local y extranjera se había dado cita en el nuevo aeropuerto de Tababela a las once en punto; sin embargo, no pudieron presenciar el arribo del avión hasta pasadas las doce por culpa del dios Eolo, quien tiene su mansión justo en esa zona del Ecuador.

La compuerta de pasajeros se abrió cuarto de hora antes de la una y, para decepción de los periodistas y de los curiosos en general, el dormido no hizo acto de presencia. Ante los gritos de protesta y enojo del público, tuvo que emerger de la aeronave el piloto para informar que Gutiérrez los estaba esperando en la sala de recepción de equipajes, pues él y su cama habían viajado con el resto de maletas.

Una multitud echó a correr en dirección de aquella sala encontrándose con una cama no mucho más grande que un ataúd en la que el joven de veintitrés años y piel cetrina reposaba plácidamente, ajeno a la gente y al ruido del aeropuerto. Las personas permanecieron estáticas frente al dormilón esperando quizá una reacción, mas, de repente, alguien los sacó de su éxtasis gritando: “¡es el Presidente!”

En efecto, en ese instante el primer mandatario se abría paso entre la multitud ayudado por sus cientos de miles de guardaespaldas y, levantando las manos para pedir que hicieran silencio, se puso a improvisar un hermoso discurso en el que se exhortaba a la juventud a seguir el ejemplo del joven Benito Adolfo Gutiérrez, “quien lucha incansablemente para mantener su sueño y al que ni las fuerzas anti–latinoamericanas lograrían someterlo a una vigilia vergonzosa”.

La gente allí reunida estalló en aplausos y luego voltearon a ver al estudiante con la esperanza de que aquel discurso hubiese tenido algún efecto sobre él. Este solo roncó. De todas maneras, el público luego de unos segundos de estupor bramó regocijado: era la pieza oratoria más excelsa de la historia.

Los alaridos de admiración y los aplausos no cesaron ni después de quince minutos y yo escuché que el presidente de la República, mientras salía discretamente, le ordenaba a uno de sus guardaespaldas que le pusiera “el ojo a ese mocoso porque puede cortar una pata del solio presidencial para que me vaya a la mierda…”

De la noche a la mañana, Gutiérrez se transformó en una celebridad. Lo invitaban a los programas de entrevistas serios y los no tan serios, le aparecieron amantes que él nunca había conocido e hijos que jamás engendró; incluso en una localidad de la provincia de Riobamba lo nombraron santo, endosándole milagros como curar ciegos o embarazar vírgenes sin tocarlas. Los empresarios nacionales también salieron beneficiados por la aparición del “Bello Durmiente” –como lo llamaban los periodistas en general desde su llegada a Quito–, manufacturando una gama de productos con su imagen que iban desde las camisetas y los “jabones para zonas íntimas” hasta unos cereales edulcorados que pretendían aniquilar el monopolio de Kellogg’s.

La madre de Benito Adolfo Gutiérrez, sin embargo, continuaba viviendo en medio de la pobreza sin que jamás hubiera visto un céntimo de toda la fortuna que hacían otros a costa de su hijo.

A este, por otra parte, los políticos, ávidos por conquistarlo para su bando, lo mantenían a cuerpo de rey sobre su cama aunque él solo respondiera con un ronquido despectivo a cualquier intento de seducción.

Si bien los placeres del poder no parecían llamar su atención, los de la carne sí: en varias ocasiones, damas de toda clase y reputación fueron sorprendidas saliendo de su cuarto en el Hotel Majestic –donde un miembro del partido de gobierno lo había encerrado en su anhelo de atraparlo para las próximas elecciones– y no era infrecuente que estas se enfrascaran en auténticos combates gatunos si es que se cruzaban en alguno de los pasillos.

Cierta mañana una comisión de miembros de un partido –cuya ideología era de derecha izquierdista central– se presentaron en la habitación de Benito Adolfo Gutiérrez con la propuesta de convertirlo en el próximo presidente de “la malhadada República del Ecuador”. Con un discurso lleno de circunloquios y palabras ridículamente anacrónicas le hicieron ver al durmiente que su participación representaba un hito en la historia de la patria y que no había existido desde los tiempos del general Eloy Alfaro una figura tan decisiva y con un porvenir tan brillante como el suyo. El homenajeado roncó y los políticos tomaron aquello como una aprobación sin condiciones.

A partir de ese instante el estudiante dormido y su cama fueron traslados de un rincón a otro de la República en el balde de camiones vetustos donde quedaba cubierto de esmog y, de vez en cuando, de lluvia, tierra y piedras.

El sueño de Gutiérrez, sin embargo, permanecía imperturbable. Sin importar si lo colocaban en el escenario de algún teatro de la gran ciudad o en una tarima rodeada de gallinas cluecas en medio de un pueblo de cuyo nombre nadie ha querido acordarse, el “Bello Durmiente” no daba la menor señal de vida, excepto por sus fuertes… fuertísimos ronquidos.

En un caserío de la costa ecuatoriana alguien le preguntó por un plan de contingencia en el caso de que se produjera una sequía como la que el año anterior que aniquiló a los cultivos de arroz.

—¡AAAAAAARRRRRRRRR! – fue la respuesta.

En la capital le averiguaron su opinión sobre el nivel independencia que deben mantener los gobiernos seccionales con respecto del gobierno central.

—¡AAAAAAAAAARRRRRRRRRRR! ¡AAAAAARRRRRG! – contestó el interpelado.

En un mitin de los candidatos de la lista para asambleístas clamaron por su intervención.

—¡AAAAAAAAAAAAAARRRRRRRRRR! ¡AAAAAAAAAAAAAARRRRRRGG! – dijo el candidato estrella una vez más.

Y así la campaña transcurrió entre ronquidos, bostezos y cabezadas; ¡nunca había sido tan lúcida la política ecuatoriana como durante esos meses!

Cierto día la prensa gobiernista amaneció con una noticia a siete columnas y en primera página: “LOS ESTUDIANTES ESTÁN HARTOS DE LA DEMAGOGIA: SE ANUNCIA EL AMANECER DEL DURMIENTE”. El texto informaba que un grupo de universitarios, cansados de la campaña de Benito Adolfo Gutiérrez boicotearían un evento en el teatro de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central, sacando a la luz “los trapos sucios de ese corrupto”. En seguida el Presidente de la República proclamó su apoyo irrestricto a esos valientes defensores de la patria.

Sin embargo, durante los primeros treinta minutos del acto, los ronquidos armónicos del “Bello Durmiente” no fueron interrumpidos por nadie y muchos supusimos que esa publicación era el último intento de la Secretaría de Comunicación por vencer a un rival que las encuestas daban por ganador indiscutible.

Cuando la catarata de ronquidos iba a finalizar una muchacha lanzó un zapato contra el candidato de la derecha izquierdista central y, acto seguido, hicieron lo mismo treinta estudiantes, dejando a Gutiérrez literalmente sepultado bajo el cuero.

Sus coidearios se apresuraron a sacarlo, descubriendo consternados que el “Bello Durmiente” finalmente había despertado.

El despertar de un buen sueño transforma a la realidad en pesadilla y para Benito Adolfo Gutiérrez esa fue una realidad terrible: de la noche a la mañana pasó de ser una celebridad, un político brillante y el mejor amante del mundo a un donnadie. Todo su carisma había desaparecido con su despertar y la gente lo rechazaba, su popularidad se fue a pique y sus coidearios optaron por cambiar a su candidato presidencial.

Naturalmente fracasaron y el gobiernista, que criticaba la posición de derecha izquierdista central de su contendiente desde su línea de izquierda derechista central, avasalló a la oposición sin problemas.

Mientras tanto, el ex –“Bello Durmiente”, destrozado por su fracaso, buscaba refugio en las drogas y el licor, aunque nada parecía satisfacerlo.

Las mujeres ahora no solo que lo ignoraban, sino que le huían asqueadas, y tanto políticos como viejos amigos hacían lo posible por no cruzarse en su camino.

Una noche lo encontré en un bar ahogando sus penas con aguardiente.

—¿No quiere un trago? —me dijo con tono plañidero.

En otras circunstancias me hubiese negado, pero un ídolo en desgracia es un tema que mueve a la curiosidad. Me contó, pensando que no lo reconocía, toda su historia –fragmentaria para él gracias a su largo sueño– y, al final, dijo que barajaba la posibilidad del suicidio.

—No es justo que me pase esto; desde niño aspiré a la fama y el éxito y cuando por fin los conseguí ni siquiera pude disfrutarlos porque estaba dormido; es como un sueño o peor, porque esos, al menos mientras duran, proporcionan placer… ¡Yo no me acuerdo ni de las mujeres que me tiré!

Bebimos hasta las cuatro de la mañana, luego el cantinero nos echó.

—¡Me largo, ya es hora de que me vaya a dormir!

Su tono me hizo pensar que había tomado una decisión fatal e intenté disuadirlo, pero él me rechazó alegando que era incapaz de comprenderlo. En seguida se fue dándome un empujón.

Lo seguí. Parecía que caminaba sin un rumbo fijo, tambaleándose por la borrachera. De pronto, nos metimos por una callejuela que iba a dar en la loma del Itchimbía y, aún con el cerebro nublado por el aguardiente, me puse a reflexionar. ¿Vivía él allí? ¿O quizá su madre?

Mientras divagaba arribamos a una zona donde a un lado de la calle se encontraba un barranco. Comprendí todo: pretendía despeñarse.

—¡Deténgase!

—¡No se meta, pendejo! —exclamó, al tiempo que echaba a correr en medio de la calle—. ¡Es mi vida…!

En ese instante escuché una sirena, alcanzando apenas a lanzarme sobre la vereda antes de que una ambulancia, que bajaba de lo más alto de la loma a toda velocidad, me arrollara. Benito Adolfo Gutiérrez, en cambio, fue impulsado al menos unos veinte metros antes de caer al asfalto dando tumbos. Murió al instante.

Esa noche pasé en un retén policial rindiendo declaraciones, mientras una escritora de cierto periódico sensacionalista costeño –único medio interesado en la historia– me miraba de vez en cuando con expresión de repugnancia y apuntaba en su libreta lo que yo o el gendarme decíamos. Alcancé a leer en una de las hojas: “Posible título: ‘OTRO ALCOHÓLICO QUE NO DESCANSARÁ EN PAZ’ ”.

ruco

“Ruco”. Ilustración de Fernando Naranjo, organizador del concurso, para el cuento, originalmente publicado en su sitio PANÓPTICO GALERÍA NARANJO.

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ACTA DEL JURADO DEL I CONCURSO ECUATORIANO DE LITERATURA FANTÁSTICA Y CIENCIA FICCIÓN EQUINOCCIO 2014

El día 21.03.2015, en Guayaqui, República del Ecuador, Fernando Naranjo, co-organizador de la Tertulia Guayaquileña de Ciencia Ficción, Fantasía y Terror y coordinadora del Concurso Equinoccio, recibió y contabilizó el puntaje enviado por el jurado del I Concurso Ecuatoriano de Literatura Fantástica y Ciencia Ficción Equinoccio, conformado por (en orden alfabético):

Laura Ponce, República Argentina

José Miguel Sánchez “YOSS”, Cuba

Fernando Naranjo Espinoza, Ecuador

Tras la preselección de un total de 43 cuentos de fantasía y de ciencia ficción enviados a este buzón, se llegó a un total de 3 finalistas para cada modalidad. Dando como resultado el siguiente veredicto:

CATEGORÍA CIENCIA FICCIÓN

Ganador: YA NADIE CREE EN SUPERHÉROES / Daniel F. Benavides Cornejo (danielbenavides@gmail.com)

1era. Mención: EL MECÁNICO / Antonio José Zapater Cardoso (dys_ec@yahoo.com)

2da. Mención: BOTONES ROTOS / Dumany Omar Chapi Enríquez (paul_renato32@hotmail.com, donomardelamancha@gmail.com)

CATEGORÍA GÉNERO FANTÁSTICO

Ganador: LA TRAVESÍA DEL ALMA / Bryan Andrés Pico Mayorga (andres.beak@gmail.com)

1era. Mención: HUGO, NUESTRO ROJO SEÑOR / Gabriel Noriega Ormaza (gabriel.nrg@gmail.com)

2da. Mención: EL SUEÑO DE LA SUERTE / José Luis Barrera (kirdzhali@gmail.com; hemingway_b@hotmail.com)

Agradecemos a todos los escritores presentados su participación e interés y les invitamos a posteriores ediciones de este concurso. Agradecemos también especialmente a Raúl Aguiar de Cuba, quien colaboró efectivamente en la etapa de motivación para la estructuración de este concurso.

Guayaquil, 21.03.2015

Fernando Naranjo Espinoza

Co-Organizador de la Tertulia Guayaquileña de Ciencia Ficción, Fantasía y Terror

Coordinador General del I Concurso Ecuatoriano de Literatura Fantástica y Ciencia Ficción Solsticios

Guareschi y las tres narices de los comunistas

Guareschi filosofando sobre la identidad de la primera viuda que protestará por este artículo.

Guareschi filosofando sobre la identidad de la primera viuda que protestará por este artículo.

Cuando El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado lanza sus invectivas y sus dictámenes nadie tiene el derecho de opinar, de lo contrario se arriesga a caer fulminado por el florido verbo de aquel. Cerrando los párpados hasta convertirlos en los ojos rasgados de un Gengis Khan de la línea ecuatorial y sonriendo sardónicamente, como un Guasón costeño, dispara el terrible epíteto: “¡corrupto!”, “¡vende-patria!”, “¡partidocracia!”, “¡gordita horrorosa!” o – el peor de todos – “¡periodista!”.

La reacción tanto de sus detractores como de sus partidarios nunca es la adecuada – es decir, la indiferencia ante la ridícula vulgaridad –; los primeros se exasperan, se sienten ofendidos, anonadados y si fuese posible recurrirían hasta a un duelo para reparar el honor ofendido; los segundos, en cambio, aplauden, festejan, ríen, bailan, cantan, escriben elogios – desde la cómoda trinchera de un escritorio de alguna de las cientos de millones de secretarías que se reproducen por mitosis y que, por arte de birlibirloque o, mejor dicho, por obra y gracia del petróleo caro y abundante, serán publicados en revistas, periódicos o aparecerán durante la retransmisión de partidos de fútbol, telenovelas, etc., etc., etc. –  y HASTA REPITEN orgullosos la ocurrencia soez.

De cualquier forma, que una autoridad pública diga groserías y pavadas no debe admirar a nadie, al fin y al cabo, la bobada de los políticos es algo tan legendario como los pelos de Sansón; pero que el arribismo y la ambición lleguen hasta el punto de haber transformado en tontos sin criterio a toneladas de académicos que antes fustigaban a “los autoritarismos” sin piedad desde las aulas universitarias o las revistas especializadas – en dislates –, ¡es imperdonable!

Don Camillo suplica piedad después  del ataque de las tres narices verdes.

Don Camillo suplica piedad después del ataque de las tres narices verdes.

No me malentiendan, en realidad no estoy juzgando a Fulano, Zutano o Mengano en específico – me encuentro un poco aburrido de las amenazas y de las demandas (por paternidad), así que me conviene aclarar –, mas, al que le quede el guante que se lo chante.

Por lo demás, el “esbirrismo” es algo ridículo y mal visto en toda zona y en todo tiempo. Hace más de sesenta años un escritor y periodista satírico italiano llamado Giovannino Guareschi se burlaba de los comunistas, quienes, en pleno auge del estalinismo, obedecían sin exigir factura cualquier dictamen de la directiva del partido – y a través de esta, de Moscú – por más absurdo que fuese.

Desde la revista Cándido se mofó de que hasta los errores tipográficos eran aceptados como verdad absoluta y de que solo mediante la intervención de algún camarada que, por casualidad, se percató del error, se lograba corregir, pues el resto de entusiastas miembros del partido bailaban con cualquier música – o sin ella, de ser necesario.

Peppone reacciona indignado porque don Camillo se atrevió a afirmar que los monstruos verdes se dicen a sí mismos "socialistas".

Peppone reacciona indignado porque don Camillo se atrevió a afirmar que los monstruos verdes se dicen a sí mismos “socialistas”.

El desprecio hacia la servidumbre intelectual que tenía Guareschi lo llevó hasta el punto de hacer una afirmación que nosotros, los latinoamericanos del siglo XXI, debemos tomar muy en serio, aplicándola a las “nuevas” ideologías de “avanzada”: los militantes son “trinarigudos”; su primera nariz sirve para respirar, la segunda para expulsar el cerebro y la tercera para sorber los dictámenes del politburó.

Yo, convencido de que esta observación inaugurará una nueva concepción evolucionista, cada vez que paso por las sedes de cierto partido – que tampoco debe ser nombrado –, me dedico a observar las morros de esas criaturas verdes e incluso estoy tentado de darles unos golpecitos en sus cráneos para averiguar si aún poseen masa encefálica o si ya es hora de hacer un velatorio.

En cualquier caso, Guareschi nos ha dejado cosas interesantes: desde esa mordaz saga del clérigo don Camillo, quien sostiene tenaces, aunque en el fondo amistosos, combates con Peppone, el edil comunista de cierta localidad imaginaria de Italia; hasta lecciones sobre la mutación nasal humana y, principalmente, una crítica acertada contra aquellos que están dispuestos a renunciar a sus ideales y, sobre todo, a su inteligencia en aras de una obediencia incondicional y, quizá, inmoral.

El diablo paga mal a sus devotos, mis queridos trinarigudos, recuérdenlo…

Aclaración indispensable: no hay ninguna alusión mal intencionada sobre el apéndice nasal de El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado – todos sabemos que Voldemort (¡oh no!, ¡ya lo nombré!) no tenía ni una nariz – o sobre su parecido físico con el gordinflón Peppone o con la cara de caballo de don Camillo, pues, como es de conocimiento público, El Innombrable es una estatua de dios griego esculpida por Miguel Ángel.

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El Macondo de Gaby (la bobada del 2013)

Gaby sonríe tímidamente después de haber recibido la noticia de que García Márquez tuvo un derrame cerebral cuando escuchó la definición de Macondo improvisada por ella.

Gaby sonríe tímidamente después de haber recibido la noticia de que García Márquez tuvo un derrame cerebral cuando escuchó la definición de Macondo improvisada por ella.

Gaby salió de su casa para ir a la Asamblea, sin embargo al atravesar el umbral pudo ver que la calle pavimentada había desaparecido, siendo reemplazada repentinamente por un viejo empedrado, al tiempo que los modernos edificios daban lugar a viejas casitas blancas con techos anaranjados y patios internos.

“¡Uy, parece que estoy en Ibarra!”, pensó. De todas maneras pronto desechó la idea, al percatarse de la humedad y el calor tropical. “Pero ¿dónde estoy? ¿Será que anoche bebimos mucha guayusa con los camaradas de Arrasa País?”

— ¡No, lady Gaby! – dijo un hombre vestido con extraños ropajes que se había acercado a ella de repente –. Estáis en el Macondo de vuestros sueños, el de la utopía del que hablasteis hace casi un año.

— ¿Qué dice? ¿Está loco? Por su puta madre, ¿quién es usted?

— Oh, lamento informaros que cometisteis dos errores: ni estoy loco ni mi madre era una puta…

— Perdóneme, es que a veces tuiteo usando esas palabras y me olvido que suenan peor de lo que se ven; pero dígame de una vez: ¿quién es usted?

— Soy Tomás Moro, el hombre al que cortaron la cabeza no por oponerse a la reforma religiosa de Enrique VIII, sino por escribir Utopía y enfrentar a los poderes fácticos de la burguesía capitalista como vos tuvisteis la bondad de informar al mundo.

Gaby dudó por unos instantes.

— ¿Cómo llegué a este lugar? Ayer estaba pegándome los tragos en la Asamblea por Navidad y estoy segura de haber regresado a casa… De hecho, creo haber desayunado un encebollado allí…

— La forma cómo llegasteis tiene poca importancia, lo que quiero es que me acompañéis, pues dado que sois una defensora acérrima de la utopía del Macondo en la Mitad del Mundo, creo que tenéis el derecho de ser la primera extranjera en verla de cerca.

Tomás Moro se enfureció cuando le informaron que tenía que escuchar a Gaby; dijo, indignado, que prefería las "putadas de Ana Bolena".

Tomás Moro se enfureció cuando le informaron que tenía que escuchar a Gaby; dijo, indignado, que prefería las “putadas de Ana Bolena”.

Tomás Moro, convertido en un Virgilio del Socialismo del Siglo XXI, tomó de la mano a Gaby y la condujo por las calles del pueblo de los cien años de soledad.

— Os llevaré primero a la casa de los coprófagos.

— ¡Qué lindo! ¿Una banda local de música protesta?

— No, un grupo de ricos que están condenados a comer estiércol.

— ¡“Bienhechito”!

Después de caminar diez minutos a través de una calle ancha, llegaron a una antigua mansión. Sin anunciarse, Tomás Moro abrió la puerta.

— Deben estar cenando – dijo al tiempo que la conducía al comedor.

Apenas entraron el olor a excrementos hizo que Gaby tuviera náuseas.

— Hola, Tomás – exclamó uno de los comensales – ¿quieres un poco de mierda?

El erudito, luego de rechazar el delicioso ofrecimiento, presentó a su acompañante, ordenando que le explicaran las razones que los llevaron a consumir a diario aquellas viandas.

En el Macondo de Gaby nadie se convierte en cerdo por ser incestuoso, pero sí en "hijo de puta" por no ser correísta.

En el Macondo de Gaby nadie se convierte en cerdo por ser incestuoso, pero sí en “hijo de puta” por no ser correísta.

— Verá: antes éramos profesores, intelectualoides de segundo orden que no ganábamos más de quinientos dólares al mes, pero, un día, llegó al poder un jerarca caritativo que nos trata como nos lo merecemos y, de la noche a la mañana, pasamos a ganar tres mil dólares por hacer larguísimos informes con títulos rimbombantes y aplaudir al gobernante inefable aunque hable pendejadas o nos humille como a gusanos. Dado que la premisa básica del Macondo utópico es que los ricos deben comer caca, desde entonces nos vemos obligados a alimentarnos con ella…

Gaby no pudo comprender, naturalmente, y Tomás Moro prefirió sacarla de la casa pestilente, llevándola a la plaza principal donde había una tarima sobre la que un payaso se dedicaba a hacer bromas absurdas. Los espectadores con el rostro lleno de disgusto le gritaban toda clase de improperios, arrojándole al mismo tiempo fruta podrida.

— ¿Por qué me trajiste a ver esto?

— En el Macondo utópico los tiranos no asumen el poder por la fuerza, sino por voto popular, sin embargo deben pasar una prueba después de ganar las elecciones: vestirse con su verdadero traje, es decir, el de payasos.

— No entiendo.

Un político cualquiera - de preferencia joven - robando.

Un político cualquiera – de preferencia joven – robando.

— Es más sencillo de lo que pensáis: todo tirano se pone la máscara de sabiduría, decencia y dignidad, cuando en realidad es ridículo, vanidoso, ignorante y torpe; por lo mismo, el pueblo de Macondo ha instaurado la “ley de andar sin disfraz por un día” para todo aquel que quiere gobernar; durante este periodo la gente tiene derecho a golpearlo, insultarlo, humillarlo, pues esto es lo que él hará después con ellos mientras gobierne, es como un impuesto que tiene que pagar.

Gaby tampoco comprendió, naturalmente.

Tomás Moro le dijo a su acompañante que la llevaría a un último sitio y, de la mano, la condujo hacia una casa enorme donde, según decía el letrero de la entrada, funcionaba el Ministerio de Propaganda. Dentro, bajaron por una escalera casi interminable hasta una habitación helada en la que no había otra cosa aparte de un sofá y una televisión con estéreo.

Esta es la cara que puso Gaby cuando se entero de que tenía que escucharse a sí misma.

Esta es la cara que puso Gaby cuando se entero de que tenía que escucharse a sí misma.

— Tomad asiento, os lo ruego; esta es vuestra última parada.

Gaby hizo lo que le pedían y, en seguida, el erudito puso un DVD y encendió el televisor.

— Hay otra tradición entre la gente de Macondo: los políticos usualmente se aprovechan del desconocimiento del pueblo y hablan sandeces sin el menor pudor, por eso creamos un castigo que consiste en hacer que escuchen cada tontería dicha por ellos una y otra vez por espacio de cinco años, sin pausas y a todo volumen. En realidad nosotros lo vemos como una purificación más que como una tortura, incluso creemos que es el único método para que aprendan a hablar con prudencia.

Gaby enrojeció y, antes de que pudiera responder, Tomás Moro puso en acción el reproductor, marchándose sin decir una sola palabra más.

Al mirar la pantalla, la mujer horrorizada pudo verse a sí misma antes de empezar su discurso el día que asumió la presidencia de la Asamblea; la esperaban cinco años terribles…

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24: el bulevar de la avenida Naciones Unidas

 Esta historia es en tiempo real; los eventos narrados corresponden a lo ocurrido la mañana del viernes 5 de julio de 2013, entre las 8:51 y las 9:15 A.M.

 

Ni Jack Bauer podría sobrevivir a Augusto Barrera.

Ni Jack Bauer podría sobrevivir a Augusto Barrera.

8:51

Salí apresuradamente de mi casa, la misma que se encuentra a seis cuadras del Quicentro Shopping, convencido de que en menos de 10 minutos podría llegar.

Vivo en el séptimo piso de un edificio y usualmente prefiero bajar por las gradas, pero aquella mañana decidí hacerlo usando el ascensor que, casualmente, estaba un piso más arriba. Al abrirse la puerta vi dentro a una gitana con los brazos cruzados.

La gitana, a pesar de verse tan femenina, era ASÍ de fea.

La gitana, a pesar de verse tan femenina, era ASÍ de fea.

— Chico – me dijo apenas hube entrado –, hoy te atrasarás al trabajo, así que mejor no corras.

La ignoré; el fuerte olor a tabaco – o a sudor – hacía que sintiese un instintivo rechazo para con sus vaticinios. Cuando la puerta se abrió en la planta baja, me puse caminar con rapidez, dejando atrás a la adivina que soltó una carcajada.

8:53

Atravesé la puerta del edificio con tal descuido que estuve a punto de tumbar a una mujer mayor que iba acompañada de dos jóvenes de turgentes figuras, cuyo acento me hizo suponer que eran colombianas.

— ¡Papi, relájate! – dijo una de ellas, mientras la mayor me miraba con cara de pocos amigos –; se te ve muy estresado, deberías visitarnos en nuestro trabajo para darte un masajito rrrrrico… Es cerquita de aquí…

Reí nerviosamente y, balbuceando una disculpa, continué caminando.

El ruido de taladros, tractores y maquinaria pesada fue el ave de malagüero que anunciaba las eternas obras del bulevar de la avenida Naciones Unidas. Sin ánimo de ser prejuicioso pensé: “¡estoy jodido!”

8:56:42

Una columna de polvo me recibió en la esquina de la Naciones Unidas y Amazonas. Convertido en una víctima de la tosferina, me di modos para saltar sobre un agujero gigantesco que habían abierto entre los adoquines nuevos para colocar los cables de luz, sin embargo fui incapaz de evadir una piedra que, harta también del Ilustre Municipio de Quito y de sus trabajadores, se elevó con rebeldía del piso, al tiempo que desquitaba toda su ira contra mi entrepierna.

Caí de rodillas como un soldado de la Primera Guerra Mundial herido por las esquirlas de una granada, barbotando toda clase de improperios y juramentos. Un trabajador dijo con voz arrastrada:

— Es tu culpa, ve, por pasar por aquí cuando estamos trabajando.

8:59:15

El bulevar de la Naciones Unidas, una obra crucial que ha demorado en estar lista poco más que la Muralla China.

El bulevar de la Naciones Unidas, una obra crucial que ha demorado en estar lista poco más que la Muralla China.

Crucé la Amazonas sin percatarme que el semáforo aún estaba en amarillo – como todos sabemos, lo adecuado en esos casos es que los conductores aceleren a 100 kilómetros por segundo en vez de frenar o disminuir la velocidad –, salvándome por poco de morir aplastado. No pude evitar, de todas maneras, el florido lenguaje del chófer ecuatoriano, quien, en pocas palabras, vaticinó que moriría de sífilis, al tiempo que mencionaba con cariño tres veces a mi madre.

Dos turistas japoneses que habían presenciado la escena aplaudieron encantados, regalándome luego varias reverencias, seguramente satisfechos por el espectáculo criollo de un transeúnte que escapa de la muerte como un lobo marino de circo saltando a través de aros de fuego.

9:03:01

A la altura del Centro Comercial Naciones Unidas una columna de diez ciclistas estuvo a punto de atropellarme; igual que un torero me puse a evadirlos con sendos naturales, chicuelinas y pases de pecho. El “ole, ole, ole” parecía escucharse a lo lejos, aunque después me percaté de que en realidad se trataba de los gritos desaforados de un vendedor de agua con sábila y miel, quien, desde su cochecito de lata, trataba de llamar la atención de los caminantes:

— ¡Oye, oye, oye, sí tú, tienes cara de borrachito! ¡El agüita de sábila hasta te puede salvar del cáncer de estómago! ¡Oye, oye, oye!

9:06

No había terminado de escapar de los carruajes de dos ruedas, cuando, sin percatarme metí el pie en otro hueco. Caí estrepitosamente al suelo, al tiempo que varios ciclistas, peatones y uno que otro taxista se reían de mi desgracia y de mi falta de savoir – faire quiteño.

El pueblo quiteño atravesando el bulevar en época lluviosa. Sobre una piedra se puede ver al burgomaestre hablando de la "sociabilización de espacios".

El pueblo quiteño atravesando el bulevar en época lluviosa. Sobre una piedra se puede ver al burgomaestre hablando de la “sociabilización de espacios”.

Mientras me ponía en pie con un dolor agudo de nalgas y ego – que para entonces ya estaba más abajo que mis nalgas – observé una de aquellas fotografías que coloca el municipio en el bulevar para solaz del caminante; el gordo de la gigantografía, orondo, sonreía recostado al borde de una piscina, vengándose así de todas las veces que yo me burlé de él.

9:10:25

Oficialmente estaba atrasado, cojo, cubierto de polvo, indignado y probablemente estéril por el piedrazo en mis partes pudendas, sin embargo, hice un último esfuerzo para llegar a mi trabajo.

De pronto, una rana gigante y dos tipos con zancos me cerraron el paso. Me sentí como uno de los caballeros de la Mesa Redonda, solo que sin espada y con un sueldo mínimo y sin demasiados descuentos como único Grial.

Don Augusto nos explica que poco después del Apocalipsis estará terminado el bulevar; adicionalmente afirma que en el caso de verse bonito será obra de él y del Mashi, pero que si, por otra parte, quedase mal, será obra de las administraciones anteriores.

Don Augusto nos explica que poco después del Apocalipsis estará terminado el bulevar; adicionalmente afirma que en el caso de verse bonito será obra de él y del Mashi, pero que si, por otra parte, quedase mal, será obra de las administraciones anteriores.

— ¡Hoy nos volvimos locos! – gritó uno de los zanqueros mientras la rana me escupía cientos de panfletos de colores chillones –. ¡Cincuenta por ciento de descuento en todas las medicinas y veinticinco en artículos para el hogar! ¡Aprovecha, aprovecha, aprovecha ya!

Ni la mala cara, los empujones y la blasfemia espantaron a la rana gigante o a los demonios de patas de palo. El cruzado estaba vencido.

9:15:01

Llegué a mi trabajo cargado de panfletos, con el pantalón roto y cubierto de polvo; resignado a la multa, revisé mi bolsillo y, en seguida, un sudor frío me recorrió la espalda: mi billetera había desaparecido. Al parecer la rana no solo era un batracio capaz de escupir papeles, sino un hábil carterista.

La gitana seguramente debe estar riéndose de mí, mientras mira en su bola de cristal la cara de pendejo que tenía aquella mañana.

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La bobada de junio: Ecuador, “capacitador” en derechos humanos

Para cumplir con la nueva Ley de Comunicación, desde este mes La rue Morgue cuenta con un nuevo articulista y “observador” estatal que nos dará su “opinión” sobre los textos a publicarse. Naturalmente, como no se trata de un censor, su función consiste en decirnos lo que debemos y lo que no debemos subir al blog, nada más; adicionalmente cooperará con un artículo para alguna de nuestras secciones.

Yo me encuentro encantado con la llegada de este compañerito, el señor Kléber Tontazo – portador de seis maestrías y un doctorado –, sobre todo porque me exigió una oficina con todos los aderezos necesarios, tres asistentes y seis asistentes para sus asistentes, una secretaria “multiuso”, computadoras con una excelente memoria RAM y un teléfono rojo para comunicarse directamente con la presidencia – entidad con la que, obviamente, nada tiene que ver –; gastos que – palabras más, palabras menos – me tienen jodido. Sin embargo, cumpliendo con la ley, dejo a mis lectores en buenas manos y con la esperanza de que no nos abandonen.

El Ecuador, representado por un poderoso gato negro, defiende su soberanía de los embates de Assange, el inocente conejito.

El Ecuador, representado por un poderoso gato negro, defiende su soberanía de los embates de Assange, el inocente conejito.

El Ecuador es tierno como un gatito dormido, pero, cuando alguien se atreve a mancillar su soberanía, se transforma en una terrible pantera africana, de esas que salen en el canal gringo de animales, Penthouse. En efecto, los ecuatorianos somos gente amable y pacífica que se indigna contra aquellos que intentan pisotear su independencia – aunque sean BFFs como el Assange, quien solo nos molestó un poquito.

Así que ¡cuidado, imperialistas del mundo! Nunca permitiremos que se aprovechen de nosotros, a menos que quienes lo hagan sean chinos o venezolanos, porque la dignidad no se compra con dólares sino con yuanes o bolívares.

Tres funcionarios que muestran la mejor cara posible.

Tres funcionarios que muestran la mejor cara posible.

El mes pasado, el país fue titular en la mayoría de periódicos corruptos por una decisión histórica: entregar ayuda financiera para la capacitación de los Estados Unidos en materia de derechos humanos. Aún recuerdo el momento en que escuché la noticia en uno de los canales independientes e incautados por el gobierno; mi corazón ardiente por poco se incinera de la emoción y mis manos limpias casi se ensucian con un torrente de lágrimas. No era para menos, pues ¿quién se ha atrevido antes a dar una bofetada de dignidad a los gringos imperialistas? ¡NADIE!

Mi amigo Alvarado, con la frente en alto, demostró al mundo que “sí se puede” dejar a la diplomacia internacional, literalmente, boquiabierta usando una sola cosa: el cinismo.

Quiero, sin embargo, analizar detenidamente todo lo que nos convierte en el ejemplo a seguir en derechos humanos:

La policía y cincuenta y dos diputados destituidos jugando a "las cogidas".

La policía y cincuenta y dos diputados destituidos jugando a “las cogidas”.

1)      Nunca hemos violado la constitución, impidiendo que diputados elegidos por el pueblo ingresen al Congreso, al tiempo que negociábamos con sus suplentes para que ocupen su lugar. ¡NEVER!

2)      Jamás se nos ha pasado por la cabeza sacar cuarenta millones de dólares a un periodista que no gana ni mil al mes. ¡NEVER!

3)      Nadie ha escuchado a nuestro presidente denigrando a una persona por su condición física o intelectual. ¡NEVER!

4)      Nuestro sistema legal es tan justo y eficiente que “nunca de los nuncas” ha encerrado en la cárcel a una mujer porque “es fea y cae mal a todo el mundo”. ¡NEVER!

5)      Never in the life se ha escuchado que medios de comunicación incautados sigan funcionando por más de un año en manos del Estado, sin ser vendidos para pagar a la gente que, víctima de la corrupción de algunos banqueros, se quedó en la calle.

6)      Y jamás, jamás, jamás, entiéndase bien: J – A – M – Á – S se nos ha ocurrido bailar y cantar música protesta mientras nuestros compatriotas se matan a tiros.

¿Se pondría en esas carnes?

¿Se pondría en esas carnes?

Con todas estas cualidades, es evidente que somos los indicados para dar cátedra en derechos humanos. Mas ¿cuál es el plan que proponemos a los Estados Unidos para mejorar en esta área? No soy la persona indicada para responder una pregunta tan técnica, se necesitan un par de doctorados más para eso; aunque sí creo, modestamente, que puedo hacer un bosquejo:

En primer lugar debemos enseñarles a los gringos a escuchar las canciones de Fito Páez y Facundo Cabral, ya que no hay nada más criminal y antihumano que los temas de Lady Gaga.

También es importante que los yanquis dejen el fútbol americano y se dediquen a la macateta, deporte que los ecuatorianos – que somos medio boludos – dominamos desde la tierna infancia y que nos prepara para soportar los pelotazos de la política con la mayor alegría e ingenuidad.

Es adecuado explicarles a los gringos que las torturas en Guantánamo son obsoletas y basta con reemplazarlas con cadenas sabatinas de cuatro horas. Pruebas científicas realizadas en los invisibles laboratorios de la Universidad Central demuestran que el sufrimiento es infinitamente mayor.

Otra opción es desviar el dinero que se utilizaba en el espionaje de gente inocente hacia un programa para desarrollar el arte y la ciencia, el mismo que consiste en usar los recursos en la creación de  muchísimos ministerios, en vez de ofrecer becas para los artistas; al fin que “esas cosas no sirven para nada”.

Finalmente, debemos sugerir a los imperialistas que compren camisas estilo Zuleta, ya que esto es una prueba de respeto y admiración por los pueblos ancestrales que están llenos de indios de poncho de oro.

Kléber Fermín Tontazo

PhD y magister en Comunicación aplicada a la incomunicación de masas.

Biografía apócrifa: el socialismo bolivariano

"Marx me envidia porque soy sexy y divertido (y, además, tengo un buen peluquero). Dar FAV y RT."

“Marx me envidia porque soy sexy y divertido (y, además, tengo un buen peluquero). Dar FAV y RT.”

Como todos sabemos, desde que la sabiduría revolucionaria del siglo veintiuno llegó al poder para hacer de este un mundo honesto, democrático y culto, Bolívar tuvo un hijo y fue un mal padre; no cabe, de todas formas, juzgarlo porque con un primogénito tan feo como el suyo, lo menos que se puede ser es malo.

En efecto, Bolívar, el Libertador, ya había engendrado el socialismo científico mucho antes de que Marx siquiera naciese y este, envidioso del creador de aquel Frankenstein ideológico, esbozó, varios años más tarde, una amorosa y comedida biografía suya para la New American Cyclopedia en 1858[1].

No conviene, sin embargo, apresurarse, por lo que dividiremos esta tierna historia en tres partes que facilitarán la comprensión sobre la vida del Comandante – la verdad es que no sabemos el nombre de la creatura bolivariana – marxista, pero como esa gente siempre se concede a sí misma rangos militares de tal guisa, optamos por no desairarlos –, correspondiendo la primera a la concepción, la segunda a la infancia y la última a la pubertad y adultez. Sobre su descendencia no hablaremos porque sería un trabajo interminable, teniendo en cuenta que esta sigue reproduciéndose con cada babosada que se dice en cadenas de radio y televisión o en discursos oficiales.

Primera parte: el huevo                                                           

 

Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios Ponte – Andrade y Blanco zarpó con rumbo a Europa, por primera vez, en 1798, regresando de allá completamente enamorado y con un nuevo estado civil: el de esposado. Todo indica que fue esta situación, como toda experiencia traumática, la que terminaría por generar al monstruito socialista – liberal – conservador que hoy emociona tanto a grandes y chicos.

María Teresa del Toro apenas llegó a Venezuela, dijo: "¡joder, Simoncito! Para ver estos pantanos, mejor nos hubiéramos ido a Italia..."

María Teresa del Toro apenas llegó a Venezuela, dijo: “¡joder, Simoncito! Para ver estos pantanos, mejor nos hubiéramos ido a Italia…”

En efecto, el joven Bolívar se enamoró, igual que todos, como un pendejo y, desoyendo a los adultos, hizo todo lo posible por traer consigo a América a una españolita de ascendencia venezolana – algo que es mucho más de lo que pueden decir la mayoría de emigrantes latinoamericanos, muy dados a la endogamia –; la muchacha en cuestión se llamaba María – Teresa Josefa Antonia Joaquina Rodríguez del Toro y Alayza y solo para colocar en el papel del contrato matrimonial los nombres de ambas víctimas fue necesario deforestar toda la Sierra Morena.

Simón Bolívar, sin embargo, no tuvo tiempo para disfrutar de las mieles del amor y, apenas ocho meses después de las nupcias, enviudó, quedando devastado y al borde de una crisis existencial que a otro pudo significarle la muerte, pero a él lo empujó a un sino aún más fatal: el socialismo del siglo XXI.

Bolívar se embarcaría, una vez más, hacia Europa y, tras un conmovedor encuentro con su suegro, viajó a Francia, donde, luego de probar los placeres que la Ciudad que da a Luz podía ofrecerle, emprendió un peregrinaje hacia Roma junto con su maestro de la infancia, el rousseauniano de los mil nombres, Simón Rodríguez o Carreño o Robinson.

Maestro y alumno subieron al monte Palatino y, ante el esplendor de la ciudad donde el comunista Julio César fue asesinado, juraron la independencia de la América hispana. El huevo del socialismo había aparecido.

Fuentes de la época nos dicen que aquel era grande y gordo como un bien alimentado miembro del politburó soviético y que Carreño/Rodríguez/Robinson lo cuidaba con esmero. Él que nunca había sido un hombre de familia se puso “chocho” con la llegada del Comandante.

Bolívar, por otro lado, estaba mucho más interesado en la gloria que en la paternidad, por lo que, pronto, se olvidó del huevo, marchando a América para encontrarse con su destino.

El peluquero de Marx es Jorge Russinsky.

El peluquero de Marx es Jorge Russinsky.

Así, el Comandante, a pesar de no haber empollado, terminaría alimentando una admiración especial hacia el padre ausente que lo empujaba a creer que este era perfecto.

Segunda parte: infancia.

 

Los primeros años del Comandante – ex huevo – los pasó apaciblemente en la capital francesa, bebiendo vino en vez de leche, al tiempo que observaba a los grandes personajes de Francia entrar y salir de los salones cubiertos de una rara amalgama de frivolidad y genio. El hijo del Libertador – igual que la mayoría de “revolucionarios” – se reveló contra la primera, pero revistiéndose con ella.

Las damas de Paris lo miraban como a un pequeño díscolo y le decían: “Comandantito, ve a tomar el biberón y no nos molestes”; los hombres, por otro lado, simplemente lo ignoraban. Por lo demás, el consuelo siempre venía acompañado de una palmada amistosa de Carreño que, con una sonrisa, le indicaba que iba por el buen camino. Lástima que el pobre intelectual estaba al borde de una miseria tan paupérrima que apenas tenía tiempo para ocuparse de su alumno.

A Comandantito le gustaba jugar a la guerra – igual que a casi todos los “revolucionarios” – y fusilaba encantado a sus compañeros cuando se alzaba con la victoria; finalmente, al caer estos bajo el fuego de su justicia, los obligaba a ponerse de pie para volver a fusilarlos.

Con sus mejores amigos, a saber un borracho, un loco y un ladrón, conformó un tribunal de justicia y se puso a la tarea de juzgar a todos los niños por sus delitos anti – revolucionarios: que si había comido un plato de habichuelas era un burgués; que si tenía tutor, un aristócrata; que si era gordo, un corrupto; que si era flaco, un avaro; nadie se salvaba de sus fusilamientos y, cierta mañana, se le ocurrió hasta armar una guillotina, costándole la travesura el encierro en un orfanato con todo el tinte novelesco de Charles Dickens.

Un miembro de un Politburó (de cualquiera).

Un miembro de un Politburó (de cualquiera).

Algunos meses después, mientras pagaba cincuenta rosarios en la iglesia del orfelinato como penitencia por haber dicho que se debía confiscar los bienes de la iglesia porque – igual que casi todos “revolucionarios” – consideraba que los curas, per se, solo eran millonarios amantes de la pedofilia; tuvo una revelación: debía buscar a su padre.

Tercera parte: pubertad y adultez.

Emprendió su aventura – igual que casi todos los “revolucionarios” – en compañía del ladrón y el loco. Juntos se embarcaron en Marsella a bordo de un navío perteneciente a cierto capitán holandés que juró ser amante de la justicia y de la libertad.

Como era de esperarse, terminaron en Argel y en manos de un inescrupuloso comerciante árabe que decidió venderlos como esclavos al sultán otomano. Consiguieron salvar sus vidas únicamente porque el Comandante, en una jugada maestra que repetirían sus admiradores a lo largo de la historia, amenazó con expropiar el barco, los remos, el mar, las mujeres, la arena e incluso la esclavitud.

— ¡Expropie, expropie, expropie, expropie! – se puso a gritar enloquecido, mientras todos lo miraban con miedo reverencial, pues suponían que se trataba de la encarnación de algún demonio chiflado del Sahara.

No pasaron ni veinticuatro horas antes de que, arrepentidos de su adquisición, los mercaderes de esclavos lo devolvieron a Europa con un pago adicional para que a nadie se le ocurriese mandarlo donde ellos de nuevo. ¡La grandeza se manifiesta en los momentos difíciles!

Finalmente, el Comandante llegó a América, pero como en este continente lo que más había era comandantes, generales, coroneles, etcétera, etcétera, etcétera, pasó desapercibido y Bolívar, demasiado ocupado en la campaña de Boyacá, ni siquiera tuvo un minuto para su primogénito.

Este, sin embargo, se la pasaba hablando de su linaje a los borrachos y a cualquier otro ingenuo dispuesto a escuchar sandeces.

— Mi padre encarna a Pachacutik, Wayna Capac, Atahualpa, Huáscar, Lautaro, Tupac Amaru, Hércules, Juan el Bautista, los doce apóstoles, Darth Vader, Julio César, Bruto, Indiana Jones, fulano, zutano, mengano, perencejo, don Manuel que vende habas en la esquina y la chichera que gracias a un microcrédito del Banco Nacional de Fomento abrirá una sucursal de su antro en el sur de Quito dentro de doscientos años…

La gente lo consideraba un demente y solo tomaron conciencia de su verdadero carácter una noche que anunció, en plena plaza de Angostura – que estaba más infestada de plagas que de casas –, que iba a redactar la diezmillonésima constitución de la República, la única que representaría al pueblo, aunque este ni siquiera estaba consciente de tener la primera.

Los habitantes de Angostura no sentían el menor interés por la famosa constitución, pero cuando el Comandante se puso a confiscar desde las gallinas hasta los calzones, se indignaron tanto que, ni el recién conformado Tribunal Bolivariano del Pueblo Oprimido por la Dictadura de los Desgraciados Capitalistas Burgueses de la Nueva República de Venezuela – TBPODDCBNRV, por sus siglas en español – pudo disuadirlos de linchar al revolucionario.

Turba enloquecida y peligrosa.

Turba enloquecida y peligrosa.

El pueblo, que siempre habla mal de la libertad hasta que se la quitan, salió a las calles con antorchas y azadones, dispuesta a lo peor. Este, infructuosamente, trató de expropiar aquellas armas y, cuando las amenazas fallaron, recurrió – igual que todo “revolucionario” – a culpar a la CIA de su trágico destino. De todas maneras, el hijo antinatural de Bolívar no fue asesinado esa noche; la gente se limitó a darle una buena azotaina en las nalgas por insolente y luego lo encerraron en un convento franciscano.

El socialista bolivariano nunca conoció al hombre que lo había inspirado – igual que todo “revolucionario” –, pero se pasaba hablando de él a diestra y siniestra hasta que una mujer, luego de enamorarlo, lo obligó a trabajar, con una tiranía que, según él, solo podía ser parte de una conspiración de los gringos imperialistas.

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[1] Leer el artículo de Marx sobre Bolívar (es en serio, ¡en serio!).

La estulticia de mayo: el discurso de Gaby Rivadeneira

Discurso de Gaby; se recomienda verlo completo solo si no tiene diabetes.

Demóstenes creía que la buena preparación era el secreto del éxito de un orador. Él, se cree, memorizaba al revés y al derecho el texto que iba a decir en un ágora porque consideraba un fracaso olvidar aunque fuese una sola frase.

Demóstenes también quiso usar vaqueros rotos en el "cole", pero el licenciado Guachamín lo amenazó con un cero en conducta si lo hacía.

Demóstenes también quiso usar vaqueros rotos en el “cole”, pero el licenciado Guachamín lo amenazó con un cero en conducta si lo hacía.

¡Eran otros tiempos! La gente – más cool que la de hoy – se vestía con túnicas, hacía el amor con dioses y ninfas, iba al gimnasio desnuda y no la apresaban por hacer escándalo en estado de ebriedad, siempre y cuando fuera en honor a Dionisio.

Hoy, por otro lado, nos vestimos con vaqueros rotos y desteñidos, hacemos el amor con Viagra, vamos a Burguer King en vez de al gimnasio y retozamos ebrios en la acera de una zona roja donde Dionisio no pondría un pie por miedo a que le roben hasta los calzoncillos; en esas condiciones ¿a quién le importa hablar con conocimiento de causa?

Vivimos tiempos donde la clave no es ser culto sino un completo ignorante con mucha autoconfianza; no es necesario saber quién fue Homero, pero sí recitar los versos de la Ilíada en los que aparece Napoleón Bonaparte (¿?).

Los políticos son un ejemplo a seguir en este campo; sus bocas son matrices donde reposan cientos de fetos de idiotez prestos a salir y dar un zarpazo sobre las orejas del ingenuo que los escucha.

Considerando que la sociedad contemporánea, especialmente la hispanoamericana, está ansiosa por escuchar verborrea y banalidad adornada de la sabiduría de Perogrullo, he decidido crear una breve guía for dummies de lo que se debe hacer para convertirse en un orador capaz de hablar por una hora sin decir una sola cosa que valga la pena y, aun así, recibir todos los aplausos del mundo.

Maquiavelo sonriendo porque lo confundieron con Psy, el coreano que canta el Gangnam Style.

Maquiavelo sonriendo porque lo confundieron con Psy, el coreano que canta el Gangnam Style.

Igual que Maquiavelo, quien tomó a César Borgia y a Fernando de Aragón como modelos para El príncipe, yo decidí utilizar a Gabriela Rivadeneira como mi arquetipo de orador estrella (do).

Usemos la imaginación para ubicarnos en el salón del plenario del Congreso – quiero decir: Asamblea[1] –, el 24 de mayo de 2013; es una mañana soleada y varios mandatarios del mundo, resignados,  piensan que deberán soportar cinco horas de bobadas antes de ir a sentarse en el Palacio de Carondelet para engullir el almuerzo que ha preparado el chef belga – de Bélgica – en su honor.

La ceremonia de posesión del presidente Correa, de todos modos, probó ser cualquier cosa menos aburrida. Los gags aparecieron a cada instante, por ejemplo: la camisa de bordados Zuleta que usó el Posesionado – siempre con mayúscula como les gusta a los minúsculos – que no combinaba con su terno pero sí con el hermosísimo mural que hizo Guayasamín para el plenario y que, por un capricho morboso y cruel del hado, se salvó del incendio de hace diez años; la incapacidad de los presentes para comprender el significado del protocolo (mención aparte merece la bandera, pues fue la única que lo entendía); el teleprompter que era capaz de solucionar los problemas de memoria, pero no los de inteligencia; etcétera.

Luego de los sui generis eventos musicales – incluido el canto del Himno Nacional sin acompañamiento que dio el empujón a Paulina Aguirre para ingresar en el lista de desastres naturales –, Gabriela Rivadeneira, quien llegaba con los membretes de bella, culta, preparada – al terminar, se marchó sin membretes –,  subió al estrado para obnubilarnos con su verbo. No lo consiguió, sin embargo, los brillos de su blusa casi nos destruyen la retina, así que obtuvo un logro similar.

Gaby dice que aprendió en Coquito que nunca hay que avergonzarse de ser uno mismo porque no hay que ser envidiosos.

Gaby dice que aprendió en Coquito que nunca hay que avergonzarse de ser uno mismo porque no hay que ser envidiosos.

Se preguntarán qué es lo que dijo. Pues bien, habló de todo: pensadores ingleses del Renacimiento, decapitaciones, Macondo, discapacidades, héroes liberales, anti – liberalismo, socialismo, Simón Bolívar, Sucre, Neruda, largas noches, amaneceres, poesía, amor, odio, compañerismo, cooperación, bien, mal, proyectos educativos… Escrito de esta forma, parece que era un insulso galimatías y, en efecto, así fue. Mas, como expliqué anteriormente, el secreto no consiste en decir algo interesante sino en llenar horas, días, meses, años con cosas insubstanciales; es este el primer secreto de un orador del siglo veintiuno: NO PIENSE PARA HABLAR, SOLO HABLE MUCHO.

Algunos filósofos afirmarán que esto es un contrasentido, pues para decir cualquier cosa, hay, necesariamente, que acudir al pensamiento, pero eso es porque ellos jamás han llegado al nivel de sofisticación intelectual de un político ecuatoriano joven, ese manantial de esperanzas para la nación.

El segundo secreto es HABLAR DE UN LIBRO FAMOSO QUE POCOS HAN LEÍDO. En esto, Gaby es una experta: trapeó el suelo de la Asamblea con cada página de Utopía y hasta se dio el lujo de mezclarla con Macondo, de manera que los cerdos incestuosos de esta última terminaron por ser los artífices de la felicidad de Tomás Moro.

El desastre natural Paulina Aguirre. Este es el momento en que desataba el Apocalipsis y hacía revolcar en su tumba a Juan León Mera.

El desastre natural Paulina Aguirre. Este es el momento en que desataba el Apocalipsis y hacía revolcar en su tumba a Juan León Mera.

La tercera clave, quizás la más importante, es SIEMPRE SONREÍR, eso le da al hablador la imagen de alguien noble, seguro de sí mismo y lleno de dulzura. Si está hablando de desastres naturales sonría, igual si lo hace de Dios, la guerra en Palestina, el amor, la sonrisa, el holocausto. Sonría, sonría, sonría ¡S – O – N – R – Í – A! E ignore siempre aquel adagio que dice que la sonrisa abunda en la boca del idiota porque seguro lo dijo algún idiota (¿?).

En resumen, la receta para ser un gran orador es hablar mucho, decir poco, salpicar cada oración con referencias pseudo – eruditas, buscar en Wikipedia cualquier tópico manoseado que pueda servir para parchar los vacíos en el discurso, usar una que otra palabra griega o latina para fingir conocimiento y finalmente tener una bonita dentadura porque no hay nada más grotesco que ver una sonrisa nacarada y llena de caries por cincuenta minutos.

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[1] Este cambio de nombre ha incidido enormemente en el mejoramiento de la calidad; antes no se hacía nada, ahora se hace mucho pero es como si no se hiciera nada.