Malaparte o la mentira como arte

malaparte_2

Curzio Malaparte. Fuente:Biografías y Vidas“.

 

Lea este artículo en la web de La Casa Ártica, fantástica página cultural de España. 

 

Oscar Wilde se quejaba de que durante la era victoriana se había perdido la buena costumbre de decir mentiras. Tal vez si hubiera tenido la decencia de no morirse antes de atravesar las puertas del siglo veinte, habría pensado de manera distinta.

Así como el siglo veintiuno será el de los indiferentes, el veinte fue el de los mentirosos.

Los hubo de toda especie – demagogos, tiranos, artistas, ladrones – y de todo color – comunistas, fascistas

Kurt Erich Suckert fue uno de ellos. Escritor y artista de la propia vida, capaz de convertir la cotidianidad en una pintura a veces goyesca, a veces renacentista.

Muy pronto se percató de que su nombre, demasiado alemán para Italia, debía sacrificarse, optando por uno que satirizaba al más famoso de los corsos: Bonaparte. Así, en 1925, a sus veintisiete años, dio a luz a su primera gran mentira: Curzio Malaparte.

Sin embargo, un nombre no era suficiente. El siglo veinte estaba ávido de artistas que no solo escribieran o pintaran, sino de aquellos que fuesen capaces de hacer de su vida una leyenda. Héroes o villanos que bailaran alocados al ritmo del jazz.

Malaparte fue un bailarín de la política.

Amaba el poder y cuando en Italia fue necesario ser fascista, sin titubeos le ofreció su pluma a Mussolini, lo alabó y se entregó a él.

Luego, cuando el imperio de “Il Duce” naufragó, no tuvo reparo en convertirse en oficial de enlace con el ejército estadounidense y, más tarde, en comunista. Fue a la Unión Soviética y a la China maoísta, sin embargo, el secreto de su verdadero credo se fue con él a la tumba.

También bailó al ritmo del arte. Era principalmente escritor. No dudó en pasar del ensayo al periodismo, de este a la novela y al cuento, pero también se atrevió a diseñar junto con Adalberto Libera, arquitecto del movimiento moderno italiano, su casa. Una edificación que plasmaba su alma en piedra.

006 PLANOL I CASA 001

Casa Come Me“, refugio de Malaparte en Capri. Fuente: Dialéctica.

Kaputt” y “La piel” son acaso las obras más brillantes del italiano, pero son también mentiras contadas con lirismo.

“Kaputt” – que recoge capítulos de sus viajes a través de los diferentes escenarios del Frente Oriental durante la Segunda Guerra Mundial – es una novela que se cruza con la crónica y el relato de viaje.

Malaparte, corresponsal italiano del Corriere della Sera, nos habla con una mezcla de estupor, cinismo y tristeza de las atrocidades del frente, al tiempo que despliega una galería de personajes reales, aunque mejorados o empeorados con su cincel.

Algunos, como Agustín de Foxá, no le perdonaron la veracidad de su mentira. Otros, como Max Schmeling, admitieron que su mentira era una verdad.

Agustin de Foxa

Agustín de Foxá, amigo – enemigo de Malaparte. Fuente: El Mundo.

Lo cierto es que Malaparte nunca se propuso hacer una crónica impoluta. Comprendió que la literatura es más apropiada para mostrar el color del alma que la estampa costumbrista.

Igual que en “Kaputt”, en “La piel”, Malparte aumenta, disminuye, se burla de los humanos y los convierte en sus marionetas. Novela la realidad, la poetiza. Hace del horror una broma macabra. Se ríe, mas no como un cínico o un cretino, sino como un desencantado.

El italiano prefiere la mentira al absurdo del mundo. Se crea una identidad que termina siendo más humana que él mismo y la historia no lo recordará a él, sino a Malaparte porque la “Verdad” prefiere travestirse de novela.

Wilde despreciaba a la realidad por su mal gusto, pero Malaparte lo hacía por ser enemiga de la grandeza, de cualquier clase de grandeza: de la que Napoleón o Bolívar llamaban “gloria” o de aquella que él llamaba “piedad”.

Escribir para ser fidedigno no necesariamente obtiene los resultados esperados, usualmente la mentira del literato encierra más verdad porque no él ve con los ojos de la cara, sino con los del alma. Ese es el logro de este y otros grandes mentirosos.

Una bala en el ojo de la luna

La bala de cañón que se aprecia en el fotograma es la misma que destruyó el poderoso satélite ecuatoriano "Pegaso".

La bala de cañón que se aprecia en el fotograma es la misma que destruyó el poderoso satélite ecuatoriano “Pegaso”.

Yo no descubrí al cine gracias a Bambi o El rey león. Fue el fotograma de Méliès, ese de la bala incrustada en el ojo derecho de la luna, el que me animó a entrar, por primera vez – a los cinco años más o menos –, en una sala de cine.

Me refiero al fotograma en específico porque no vi el cortometraje Le voyage dans la Lune completo hasta la adolescencia, sin embargo, a aquel lo hallé plasmado en una página de la Enciclopedia Monitor que mi padre guardaba con cariño en su biblioteca.

A partir de entonces, la luna tuerta fue la protagonista de mis sueños. La veía, sin exageración, cada noche en el telón de mi mente, dedicándome, a la mañana siguiente, a construir con bloques de plástico naves espaciales que me permitieran llegar al satélite, cuya superficie, imaginaba – gracias a un relato incluido en la colección Cuenta Cuentos de Salvat –, debía ser de queso.

Imagino que Méliès, mago y admirador de Houdini, igual que yo se maravillaba con la idea de plasmar en imágenes las ficciones de Verne – a quien leía con avidez –, tratando de usar sus trucos de prestidigitador para que las estrellas pudieran sonreír, mientras la luna se quejaba por una herida en el ojo.

Después de haber visto el fotograma en la enciclopedia, estuve asomándome, por meses, a la ventana de mi casa con la esperanza de encontrar los ojos del satélite y mi padre requirió mucho esfuerzo para explicarme que solo se trataba de una película, no de la realidad. El cine, desde ese momento, tuvo significado para mí.

Igual que la literatura y que el arte en general, su finalidad es estimular la mente, la imaginación. Hacer que los niños quieran viajar a la luna o construir los “puentes de Madison”. Muchos científicos han confesado que se interesaron en la física por las serie de Viaje a las estrellas o los libros de Asimov. Entonces ¿sería aventurado decir que Gagarin o Armstrong fueron los hijos de Méliès? Creo que no.

Georges Méliès se pregunta en qué estaban pensando cuando le propusieron a Christian Bale hacer el papel de Moisés.

Georges Méliès se pregunta en qué estaban pensando cuando le propusieron a Christian Bale hacer el papel de Moisés.

Este hombre fue inventor, zapatero, industrial, mago y cineasta, una de las primeras víctimas de la piratería – perpetrada nada más y nada menos que por los acólitos de Thomas Alva Edison –. También es el responsable de introducir la ficción en el cine – los hermanos Lumière solo grababan escenas reales –, así como la superposición de imágenes, los fundidos y hasta el estudio de filmación.

Las generaciones contemporáneas ya no se conmueven por las películas del cineasta mago, muchos se burlan de los rudimentos de la tecnología que usó y miran con aire de superioridad los montajes, pues, luego de la era digital, nada es sorprendente para ellos. Sin embargo, los zombis, las naves espaciales y los monstruos generados por computadora no serían nada si este personaje que se quedó en la miseria por amor al cine, no hubiera dado el primer paso.

Méliès fue un artista y un inventor que, acaso sin percatarse, propició el auge del arte que es más cercano a la ciencia ficción, pues mientras la literatura es el resultado de la fantasía humana y funciona perfectamente solo con su intervención, el cine requiere aunar al hombre y sus ensueños con la cámara y el reproductor, artilugios mecánicos que, solo un siglo antes, eran tan fantásticos como lo es ahora un viaje a través del tiempo.

Todos deberíamos sentarnos a ver de nuevo sus películas. El hecho es que Méliès nació en una época en la que todo era nuevo y experimental. Por ello, la verdadera ciencia ficción – y el mérito, sobre todo – no está en las historias que contaban sus cortometrajes, sino en la manufactura de tantos artilugios que permitieron que aquellas llegaran a los ojos del espectador de principios del siglo veinte como una verdad indiscutible.

¬¬