El material de los sueños

UNO

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NORAD Santa Tracker. Imagen tomada de Express.co.uk.

30 de noviembre de 1955. En la base del Mando Norteamericano de Defensa Aeroespacial (NORAD) en Colorado, Estados Unidos, el teléfono suena con tal insistencia que parece estar reventándose.

— Buenas noches, señor, ¿podría decirme dónde está Papá Noel?

El coronel Harry Shoup, furioso, tira el teléfono después de incinerar con amenazas al niño que había llamado.

Los oficiales disimulan sus sonrisas. Alguien se atreve a decir que debió tratarse de una broma infantil, pero, al poco, empiezan a sucederse las llamadas y la pregunta que se escucha siempre es: “¿dónde está Papá Noel?”

El coronel comprendió que la seguridad de los Estados Unidos estaba en juego. ¿Y si los soviéticos eran los responsables de la broma? Se sabe que Santa Claus viste de rojo…

Mientras Shoup barajaba varias soluciones, uno de los oficiales bajo su mando lo interrumpió, había encontrado la razón de las llamadas en un anuncio que publicó cierta revista local: Sears, la tienda de  variedades, ofrecía dar a los niños, en tiempo real, la ubicación de Papá Noel a través de su hotline. El número estaba errado y coincidía con el de NORAD.

El militar que había resuelto el misterio, consiguió una imagen de Santa Claus y, al día siguiente, la colocó sobre el tablero donde marcaban las posiciones de objetos voladores no identificados. Shoup iba a estallar de indignación, pero comprendió que podía transformar esa broma en una oportunidad publicitaria.

Por orden suya, el coronel Barney Oldfield convocó a una pequeña rueda de prensa e informó que desde ese año el Mando Norteamericano de Defensa se encargaría de cuidar a Papá Noel durante su viaje para que regresase sano y salvo al Polo Norte después de haber entregado los regalos a todos los niños del mundo.

Ese y los años siguientes, NORAD empezó a recibir cartas y llamadas preguntando por la ubicación del trineo, los renos y el rojo Santa Claus. Los oficiales contestaban al instante: Delaware, Georgia, Tennessee, Nueva York…

Con la irrupción del internet, los computadores y las tablets, las llamadas telefónicas fueron reemplazadas por tuits o publicaciones en Facebook. NORAD tuvo que actualizarse, creando sitios web, perfiles de redes sociales y hasta aplicaciones para descargar en las tiendas de Mac y Google.

Ahora, pocos llaman a NORAD. Desde el primer día de diciembre, los niños del mundo activan el localizador de su teléfono móvil y, luego de posar su dedo sobre un icono donde se ve la casita de Santa Claus cubierta de nieve, escuchan la voz de él mismo diciéndoles: “¡estoy en Madrid, jo, jo, jo!”

 

DOS

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Casa y estatua de Julieta. Foto tomada de ABC de España.

Verona, Via Capello, número 23, año 1936. Antonio Avena, historiador y arquitecto nacido en la ciudad, mira la fachada de una mansión del siglo doce, en cuyo arco de entrada está esculpido un escudo de armas en el que puede leerse “Cappello”. A este apellido se lo ha identificado con Capuleto o, mejor dicho, Cappelletti, nombre de la familia que protagoniza la tragedia de Shakespeare, Romeo y Julieta.

El edificio se encuentra en estado calamitoso. Lo único del siglo doce que queda en pie es el arco de la entrada, el resto de paredes son parches de los siglos catorce, quince, diecisiete y diecinueve.

Aquellas piedras sucias han visto cómo el palacete aristocrático se travistió primero en hospicio y luego en posada de mala muerte.

Antonio Avena planea restaurar esta y otras construcciones antiguas, quiere proteger las tradiciones de la ciudad. Son años de fascismo y la historia es un fetiche que convierte a esos políticos en productivos: la municipalidad aprueba el plan de rescate.

El arquitecto – historiador trabaja durante cuatro años en la reconstrucción de “la casa de Julieta”. Coloca varios balcones de estilo gótico y dice que en uno de ellos la heroína escuchaba las palabras de amor de su Romeo.

Todos saben que aquello es mentira y, sin embargo, no lo ponen en duda.

 

Año 2016. La Vía Capello es turística. Frente a la casa de Julieta hay una óptica y a su lado una tienda de Emporio Armani. Los extranjeros se pasean entre los veroneses cargados de compras o comiendo alguna golosina.

Por allí, un sujeto, que carga bajo el brazo un drama de Shakespeare, comenta en inglés que Dante también mencionó a los Capelletti en su Divina comedia. Cerca, dos enamorados hablan en ese idioma que solo los amantes pueden comprender. El experto en literatura parece despreciarlos.

La casa de Julieta ahora cobra la entrada y se ha transformado en una Disneylandia para los enamorados que buscan inspiración en los versos de Shakespeare.

No hay señales de su pasado turbio, ya no huele a orines y los ebrios han sido reemplazados por extranjeros que, entre otras cosas, pagan para que un cura bendiga su matrimonio encaramados sobre el balcón de la más joven de los Capuleto.

En el patio, un turista japonés, nerviosísimo, toca el seno derecho de la esposa de Romeo. Frente a él, un grupo de muchachas estadounidenses se sacan decenas de fotografías con sus teléfonos inteligentes, impidiendo que el amigo del asiático consiga capturarlo dentro de su Samsung Galaxy con el ángulo preciso. Esa Julieta, sin embargo, no es de carne y hueso, sino de metal y vive sobre un podio y no dentro de la mansión.

El japonés finalmente suelta a su presa y enseguida se abalanzan sobre ella una pareja de daneses. Detrás, aguardan al menos una treintena de turistas de diversas nacionalidades, atraídos por la leyenda de que aquella teta les garantizará el amor eterno y un pronto regreso a Verona.

No lejos, un tal Klaus escribe afanosamente una carta de amor. El papel que usa es celeste y está perfumado. El mensaje va dirigido a su Julieta (que en realidad se llama Elsa y que seguramente nunca lo leerá). Al terminar, lo coloca junto a otros cientos que los turistas han dejado desde el catorce de febrero pegados en las paredes que se hallan en la entrada de la mansión.

La municipalidad retirará aquellas cartas el 17 de septiembre, supuesto día del cumpleaños de Julieta, para dejar espacio a una nueva colección que, a su vez, será retirada el Día de San Valentín del año siguiente.

Julieta perdió a su Montesco, pero a cambio ganó millones de amantes que a diario envían cartas, como la de Klaus, desde distintos lugares del planeta y, con frecuencia, hasta reciben una respuesta de una Julieta que nadie sabe si es hombre o mujer, adolescente o vieja…

 

TRES

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La casa de Sherlock Holmes y el inconguente incorrector de estilo de La rue Morgue.

A la salida de la estación del metro en Baker Street, un Sherlock Holmes de metal mira al transeúnte, pipa en mano, advirtiéndole que allí cualquier cosa puede suceder. Convertidos en Watson, los turistas se quedan al pie de la estatua observándola con asombro y a la espera de respuestas.

De repente, una mujer vestida de ama de llaves del siglo diecinueve se baja de un autobús de dos pisos y echa a correr hundiéndose como puñal dentro de Baker Street. A esa hora, olas de automóviles circulan por la calle y revientan en Marylebone Road.

Ejecutivos con el celular pegado a la oreja caminan deprisa, elegantísimas jóvenes de rasgos hindús entran y salen de las tiendas cargadas de paquetes, taxis negros cogen pasajeros por aquí o por allá y obreros con expresión adusta suturan el pavimento para evitar que el corazón de la ciudad, que late a mil pulsaciones por segundo, sufra un infarto. Londres hierve.

La mujer vestida de ama de llaves atraviesa la calle sin preocuparse por los autos que le pitan, es una excepción a la disciplina inglesa. Nadie, sin embargo, le da importancia a su vestimenta, salvo un grupo de turistas chinos que le toman fotos con sus smartphones de última generación.

La mujer llega a una casita de tres plantas de estilo eduardiano (es decir, de los años 1900 a 1918). Allí, se abre paso entre una treintena de turistas que hacen cola para entrar, saluda con un policía, también con uniforme del siglo diecinueve, y desaparece tras la puerta.

La gente de la cola intercambia risas y comentarios en japonés, español y tamil. El gendarme sonríe e invita a cinco personas a ingresar. Algunas le piden que pose para una fotografía y él, cortés, acepta entregándoles un gorro igual al suyo. La imagen seguramente terminará en un perfil de Facebook o de Instagram.

El ama de llaves, ahora más relajada y sonriente, recibe a los turistas al pie de las escaleras que conducen al primer piso, donde vivió Sherlock Holmes.

“Me atrasaba, sir”, contesta con irresistible acento británico a un hombre que quiso saber el motivo de su apuro.

Los turistas trepan por la escalera angosta y desembocan en el estudio del “más grande de los detectives”. Al fondo, hay una chimenea y dos sillones individuales separados por una mesa sobre la que reposa un sombrero de cazador y una lupa, pertenecientes a Holmes. Otros turistas aguardan con impaciencia la oportunidad de tomarse una nueva foto para Facebook.

El resto de la habitación contiene alfombras antiguas, estantes cargados de libros de medicina, brujería y ciencias en general, también hay vitrinas llenas de objetos que pertenecieron al detective, paquetes de cartas de admiradores, ídolos africanos y objetos arrancados de la escena de algún crimen.

Los turistas trepan hacia la segunda planta por gradas que pegan alaridos por cada pisotón.

En esa parte, vivió Watson. Hay estantes con libros, un escritorio e instrumentos médicos. Tanto en este como en el resto de pisos, los adornos son de fines del siglo diecinueve y principios del veinte. No hay nada fuera de lugar, aunque el ama de llaves admite que uno u otro objeto fueron fabricados en esta década, pero siguiendo estrictamente el estilo del periodo eduardiano. “¡Por más que los busque, no podrá distinguirlos, sir!”

En el tercer piso, existe un pequeño museo de cera que recrea a los criminales y casos más conocidos de los cuentos que protagonizó el detective de Arthur Conan Doyle. En las escenas del crimen nada se deja al azar, como si fuera el propio Holmes el que hubiera encargado su reconstrucción.

Una muchacha vestida de sirvienta explica a un curioso que el museo fue creado por cierta Sociedad de Amigos de Sherlock Holmes, ilusionados con las miles de cartas dirigidas a él que recibía la gente de la zona.

“El 221B de Baker Street no existe, por eso todos los mensajes iban a parar en los negocios de los alrededores…”

Los dueños de las tiendas, con su humor inglés, escribían respuestas para personas que no solo buscaban la solución a un crimen, sino consejos sobre amores no correspondidos y la crianza de los hijos.

La Sociedad de Amigos de Holmes compró una casa antigua de estilo eduardiano y la adecuó siguiendo las pistas dejadas por Arthur Conan Doyle en sus relatos. Ahora, cada carta recibida llega a este lugar y termina en el escritorio de un amigo de Holmes, quien enseguida remite una respuesta.

Al salir de la casa, el policía del siglo diecinueve se quita el sombrero y hace una reverencia, mientras el ama de llaves indica que puede pasar una nueva camada de turistas.

Algunos de los que salieron se meten en la tienda de suvenires, otros enfilan hacia la estación del metro y uno que otro va a parar en la gran librería que se encuentra al lado.

Sus vitrinas están plagadas de libros del detective y del mago Harry Potter. Hay muñecos de peluche con su cara, varitas mágicas y hasta un kit con gorra de cazador, lupa y pipa. Entre todos aquellos objetos, huérfana, aparece la novela negra de Dashiell Hammett, El halcón maltés.

La portada del libro consiste en un fotograma de la película homónima, en el que se puede ver a Humphrey Bogart rompiendo la pequeña estatua del ave que da nombre a la historia y que no contiene tesoro alguno como esperaban los personajes. Al pie de la imagen, con letras rojas, se lee: “¡ESTE ES EL MATERIAL DEL QUE ESTÁN HECHOS LOS SUEÑOS!”

 

¡Elemental, mi querido lector!

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Dick Tracy

Cuando usted se acerca a un estante de una librería o una biblioteca donde han colocado novelas de detectives, usualmente se enfrenta a un caldero de brujas donde el encargado, a manera de un Merlín empobrecido, ha metido una mezcla incomprensible de libros de gamas tan amplias como el thriller de suspenso, las novelas negras y, en efecto, también la novelas policiales.

Desde luego, no es culpa del librero o del bibliotecario. Lo que sucede en realidad es que hay diferencias que acaso solo un aficionado al género o un académico podrá comprender. En cualquier caso, vale la pena conocerlas para que, al momento de escoger un texto, sepamos en qué nos estamos metiendo y si es eso lo que queremos leer de verdad.

¿Qué es entonces la novela policial o de detectives? En palabras sencillas: una historia en la que un héroe, que puede ser un gendarme, un investigador privado o un aficionado a la investigación, se dedica a resolver un crimen usando herramientas como su inteligencia, su capacidad de observación y la recolección de pequeñas pistas que el criminal deja abandonadas en el lugar del crimen.

Para Jorge Luis Borges, el escritor que inauguró este género fue Edgar Allan Poe, quien en sus cuentos Los crímenes de la calle Morgue, El misterio de Marie Roget y La carta robada nos presentó a Charles Auguste Dupin, un tipo tan brillante que no necesitaba ensuciarse el traje, saliendo de su casa para resolver un delito. Su única herramienta era la inteligencia, es decir, su inigualable capacidad deductiva.

En una conferencia sobre el cuento policial, pronunciada en 1978, Borges dijo:

“Aquí tenemos otra tradición del cuento policial: el hecho de un misterio descubierto por obra de la inteligencia, por una operación intelectual. Este hecho está ejecutado por un hombre muy inteligente que se llama Dupin, que se llamará después Sherlock Holmes, que se llamará más tarde Padre Brown, que tendrá otros nombres, otros nombres famosos sin duda. El primero de todos ellos, el modelo, el arquetipo podemos decir, es el caballero Charles Auguste Dupin.”

Sherlock Holmes fue el “hijo” de Arthur Conan Doyle y el Padre Brown, el de Chesterton, pero ellos y el Poirot de Agatha Christie, así como todos los detectives posteriores no son más que máscaras usadas por una suerte inteligencia colectiva diseñada para atrapar a los criminales (que no siempre son del todo malos) con el súper poder de su “materia gris”.

Por otro lado, la novela negra se caracteriza por ser una historia mucho más oscura que no necesariamente implica a un investigador resolviendo problemas. Más bien se enfoca en la corrupción del sistema, en la perversión de los humanos, en la crueldad.

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El Sherlock Holmes contemporáneo también es un vengador y tiene superpoderes…

En esta clase de historias es frecuente que ni los malos sean completamente malos, ni los buenos completamente buenos. Me explico: más que héroes existen antihéroes, personajes conflictivos, con un pasado más o menos oscuro que sí, enfrentan al crimen, mas, las líneas divisorias entre ellos y sus enemigos son borrosas.

Estos textos no se enfocan en la resolución del enigma, sino en la forma de abordarlo, en el mundo que rodea al “héroe” y a los “criminales”. Son quizá mucho más violentas y transcurren en ambientes marginales.

El personaje principal casi siempre se enreda con las personas equivocadas (que por lo general son mujeres peligrosas), tienen problemas con alcohol o drogas y sufren crisis morales porque en un pasado lejano, o no tanto, cometieron alguna acción similar o idéntica a la que ahora combaten.

En ese sentido, no es atrevido afirmar que la novela de detectives es un juego de inteligencia, mientras que la novela negra es una radiografía social que usa al crimen y al investigador como pretextos o, más bien, detonantes de la historia.

¿Y el thriller de suspenso dónde queda? Esta es una categoría todavía mucho más amplia que las anteriores, pues se trata de una serie de relatos en los que hay acción y en la que sí, en efecto, pueden estar implicados detectives, antihéroes, pero también espías, arqueólogos, terroristas, agentes de la policía metropolitana de Quito, el presidente de la República de los Cocos y hasta el cadáver de Jesucristo.

La narración se mueve a mil quilómetros por segundo, el lector siente que tiene el corazón en la mano y que en cualquier momento algo terrible sucederá. Hay viajes, aventuras, crímenes, un malo todopoderoso y un héroe (o antihéroe) que trata de derrotarlo.

A veces hay enigmas, pero el autor no recurre a profundos análisis deductivos, pues lo importante no es la solución del acertijo, sino el viaje que este implica.

Son relatos centrados en la acción y el suspenso. Buscan conmover, emocionar (de hecho, eso significa a palabra thrill de la que deriva thriller).

Sin embargo, ahora igual que antes y seguramente en el futuro, las líneas divisorias entre uno y otro género son tan borrosas como la del héroe y del antihéroe en la novela negra, de modo que es muy frecuente encontrar thrillers detectivescos, novelas negras thriller y cuentos policiales negros, amarillos, rojos, y azules.

Por lo que le recomiendo que no se estrese, las clasificaciones solo sirven para una cosa: para nada.

Vaya al sofá más confortable que tenga en casa, siéntese y lea, disfrute, aprenda lo que haya aprender o desaprenda lo que haya que desaprender, al final, la literatura, más allá de los géneros y las clasificaciones, no tiene otro objetivo que el de sacar al lector de su indiferencia.

Eso es elemental, ¿no, mi querido Watson?

La metamorfosis de Gregorio Tzantza

Un “homenaje” a Franz Kafka por la conmemoración de su nacimiento.

Kafka creía que los chinos son escarabajos que se alimentan de petróleo. Algunos aún opinan eso.

Kafka creía que los chinos son escarabajos que se alimentan de petróleo. Algunos aún opinan eso.

Los antiguos chinos creían que era necesario escoger con precaución el nombre de los niños, pues este definiría sus vidas; por lo demás, no sé si aquella opinión es correcta, pero el hecho es que en el caso de mi amigo Gregorio Tzantza se cumplió.

Lo conocí cuando frecuentaba un círculo de poetas e intelectuales cuya finalidad era transformar el mundo, mejorarlo a punta de cerveza, güisqui y malos versos. Él, lo recuerdo claramente, siempre se sentaba en un sofá sucio en la parte más oscura de la habitación donde nos reuníamos y solo escribía poemas tristes sobre “su maldición” – como llamaba él a su cabeza del tamaño de una naranja.

Lo cierto es que Gregorio nos aburría a todos, sin embargo, su cráneo minúsculo nos fascinaba tanto que nunca nos atrevimos a echarlo a puntapiés. Cierto día, cuando nos encontrábamos cerca del coma etílico, me contó el génesis de sus desgracias.

Su padre, un ingeniero checoslovaco que vino al país para trabajar con la Texaco – Gulf en la construcción del Oleoducto Transecuatoriano en la década de los setenta, decidió permanecer en Quito luego de enamorarse de una joven comunista que se hacía llamar camarada Tatiana Ivanova – su nombre real era Juana Marroquín –; con la que se casó, a pesar de las protestas de los miembros del partido, quienes alegaban que el matrimonio era una institución pequeñoburguesa, pero que, en realidad, sufrían porque ella los había rechazado en repetidas oportunidades.

La pareja fue de luna de miel, por pedido expreso de la mujer, a visitar a los indígenas shuar y luego continuaron haciéndolo hasta que Gregorio, el primogénito, tuvo nueve años y se convirtió en la víctima de un brujo de la tribu que, para vengarse de la humillación a la que lo sometió la camarada rechazando sus avances sexuales, redujo la cabeza del niño.

Poco tiempo después, la mamá lo abandonó para ir a una cruzada anti – yanqui en la Conchinchina, matando de tristeza al padre. Gregorio, huérfano y adolescente, se dedicó a sobrevivir trabajando en cualquier cosa, mientras en las noches escribía poemas y buscaba en internet algún médico capaz de curarlo de su maldición.

Mi amigo Gregorio Tzantza durmiendo una borrachera en El Aguijón.

Mi amigo Gregorio Tzantza durmiendo una borrachera en El Aguijón.

Finalmente, lo consiguió; un doctor recién llegado de Cuba le dijo que tenía el tratamiento adecuado: una droga cuyo efecto era inflar, literalmente, la cabeza del que la ingería.

― Seré sincero – le dijo –: el tratamiento aún es experimental, pero uno de mis pacientes ha llegado a tener una cabezota gracias a él.

― Yo solo quiero tenerla de tamaño normal…

― Sí, sí, pero, como le expliqué, esta medicina está en etapa de pruebas, así que no puedo garantizarle nada.

― ¿Y no hay otro método?

― Bueno, podríamos hacerle un trasplante de cabeza, pero esta solución es incluso más peligrosa que la anterior.

Gregorio se decidió por la droga.

― No obstante – le dijo el médico – debe tomar una sola pastilla por semana, de otro modo los efectos pueden ser contraproducentes.

Los medicamentos funcionaron tan bien que después de la primera dosis la cabeza de mi amigo había casi duplicado su tamaño original y él estaba tan contento que decidió arriesgarse a tomar una pastilla cada tres días, luego una diaria y hasta dos.

Foto que le tomaron a Gregorio Tzantza unos turistas japoneses poco antes de que aquel perdiera la cabeza.

Foto que le tomaron a Gregorio Tzantza unos turistas japoneses poco antes de que aquel perdiera la cabeza.

Quise hacerle comprender que corría un riesgo grave, mas, Gregorio, convertido en un adicto, no escuchaba a nadie. Dejó de escribir y, aislándose en su casa, prácticamente no comía.

Una mañana, fui a visitarlo y, al entrar, me quedé congelado  por la imagen que vi: Gregorio Tzantza había cambiado su diminuto cráneo por uno gigantesco que le impedía moverse.

― Voy a tomar otra… – murmuró, refiriéndose a las pastillas.

― ¡No seas pendejo! – exclamé –. ¿No te das cuenta de lo que has hecho?

― Sí, ahora tengo una cabeza enorme, brillante… Mira cómo brilla con la luz del foco…

Me abstuve de comentar.

― Una más…

Tras efectuar un movimiento rápido con la mano Gregorio se tomó la medicina y, en seguida, escuché un estruendo similar al que produce el estallido de una bomba. La cabeza de mi amigo había reventado.

De todas maneras, los policías que acudieron a hacer el levantamiento del cadáver no parecían sorprendidos por la historia – “en estos tiempos hay demasiada gente con cabeza diminuta que pretende agrandarla” –, mas se quedaron muy extrañados por no encontrar ni un pedazo de seso o una gota de sangre.

― Este individuo tenía la cabeza hueca – concluyó un investigador con aire de Sherlock Holmes.

Marylin Monroe dice: "Happy birthday, mister Kafka, happy birthday to youuuuuu!"

Marylin Monroe dice: “Happy birthday, mister Kafka, happy birthday to youuuuuu! :* :* :*” 

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