El Telefunken de mi padre

Logo de Telefunken

Cuando en 1903 se creó la compañía alemana Telefunken, Georg Graf von Arco y Adolf Slaby, cabezas de las empresas cuya fusión la dio a luz, no se imaginaron que las torres gigantescas que edificaron en Estados Unidos y Europa retransmitirían las derrotas de Alemania en la Primera y la Segunda Guerra Mundial.

Empero, Telefunken no solo producía radios, sino también micrófonos y equipos de telecomunicación de uso militar. La marca llegó a ser tan confiable que, en los sesenta, los Beatles grabaron sus canciones usando el amplificador modelo V – 72S que había en la consola de los “Abbey Road Studios”.

Antes, entre 1942 y 1944, lejos de la londinense área de Westminster donde funcionaban dichos estudios, en la ciudad de Quito, Ecuador, un muchacho de nueve años se apresuraba a llenar sus cuadernos escolares.

Como si la vida se le fuera en ello, apuñalaba la hoja con el lápiz y de la herida brotaban letras y números como sangre. El niño, Pepe, hacía sus tareas deprisa, esperando terminarlas antes del boletín que emitiría la BBC a las siete de la tarde.

Su tío abuelo le dijo la noche anterior que le confiscaría las revistas de la Embajada de los Estados Unidos a las que lo suscribió para que estuviese al tanto de los avances de las tropas aliadas en el norte de África y en las islas del Océano Pacífico, si no era capaz de mejorar su desempeño en la escuela.

Audio original de la primera transmisión regular de entretenimiento en radio. Argentina, año 1920. Los responsables fueron “los locos de la azotea“, averigüe quiénes eran.

Tampoco podría encender el viejo y gigantesco Telefunken que, paradoja de la guerra, arribó al sur de América proveniente de Alemania solo para transmitir la voz de un locutor inglés, quien mal disimulaba la alegría tras cada derrota alemana.

El muchacho era un experto en maniobras envolventes, tanques y batallas aéreas. Sin embargo, en la escuela, cuando su maestro le pedía resolver ejercicios de aritmética o le sometían a una lección sobre el pretérito perfecto del subjuntivo, su silencio era infranqueable.

Hijo único, había convertido a las escobas en ametralladoras y al patio de la casa antigua donde vivía en un descampado de Francia. Con una pistola de madera acometía las misiones más peligrosas, cambiando su cariñoso “Pepe” (Pater Putativus) por el implacable “Patton”.

Primera parte de una serie de audios que contienen los boletines de radio durante la Segunda Guerra Mundial (en el listado se puede encontrar el resto de la serie). Compilación de la KCRW de Santa Mónica, California.

En el Telefunken, la voz del locutor truena narrando victorias y derrotas aliadas, mientras el muchacho de nueve años dispara con su palo de escoba a enemigos invisibles que tienen cabezas de florero y se esconden bajo los bancones de la sala.

“¡Ta – ta – ta – ta – ta!”, dispara su ametralladora imaginaria, al tiempo que los gatos (hay siete en la casa) huyen despavoridos del victorioso soldado enemigo de los nazis.

El asalto a la fortaleza o a la colina que imagina en medio de la sala termina cuando el locutor de la BBC hace silencio, pero solo para reiniciar al día siguiente junto con un nuevo boletín.

El fin de la guerra llegó al Telefunken a lomos de un “flash” informativo. El periodista apenas podía disimular su satisfacción mientras narraba. Por otro lado, de la Embajada estadounidense llegaron unos cuantos folletos y revistas antes de esfumarse a finales de 1945.

Sin embargo, el ocaso del gigantesco radio alemán solo se produjo en los tiempos de la crisis del canal de Suez.

Radio Telefunken de válvulas modelo Operette 6

Era uno de esos días frecuentes en Quito: en la mañana sol irreductible y en la tarde, diluvio. Había pasado el mediodía cuando recibió un sablazo desde el cielo.

El rayó se cebó en cables y antenas, siendo su última víctima el Telefunken que luego de lanzar un quejido de estática se apagó para siempre. Tenía más de veinte años y moría en América, a cientos de kilómetros de una Alemania que se había desmenuzado en varios pedazos rojos azules y blancos.

Sangre entre nosotros

Hoy me da la gana de escribir sobre el amor, pero sobre el que nace entre máquinas de escribir y cámaras de fotos: el de los artistas.

Igual que el nuestro – es decir, de la gente “común” – no está exento de dramas, aunque, por la chifladura de sus protagonistas, alcanzan proporciones trágicas.

De Borges, por ejemplo, se tiene una imagen antiséptica, como si se tratase de un anacoreta que, asqueado, huía del sexo y de cualquier pasión excepto la intelectual. Un absurdo.

En su cuento “El Aleph”, el narrador – o sea, Borges – inicia relatando su encuentro con el poeta Carlos Argentino Daneri, rival que le arrebató el amor de Beatriz Viterbo. Ella ya ha muerto, pero el odio y los celos entre ambos, no.

La historia deriva, poco a poco, hacia lo fantástico y esa Beatriz, que recuerda a la Dante, termina por convertirse en el camino hacia el “punto que contiene todos los puntos y todas las líneas del universo”.

Daneri y Beatriz tienen las características de dos personajes extraídos de una biografía de Borges.

Él tenía 27 años y estaba enamorado de una muchacha mucho menor, Norah Lange, pelirroja de ojos profundos y con ancestros sacados de las tundras del norte de Europa.

En aquel tiempo, Borges todavía era ultraísta y, sobre todo, un obseso del mundo gaucho, las literaturas nacionales y otras monstruosidades, se emborrachaba y hay quienes dicen que hasta bailaba tangos. Pero era tímido hasta la médula.

Él y la muchacha – quien ya había publicado un libro, por supuesto, con prólogo de Borges – paseaban por las calles del Buenos Aires de los años veinte, hablando de poesía, vanguardias, de todo, menos de amor.

La tragedia se produjo una noche de verano, es decir, en noviembre como sucede en las antípodas. El escenario fue la Sociedad Rural Argentina, nombre apropiado para un anticlímax más que para un melodrama.

A Borges se le había ocurrido llevar a Norah al banquete organizado allí en honor de Ricardo Güiraldes y su “Don Segundo Sombra”. Entre los invitados estaba el Daneri de este cuento: Oliverio Girondo.

La Fortuna, diosa miserable, quiso que la pelirroja se sentase al lado de este y no del otro poeta. En medio de la cena, la muchacha golpeó involuntariamente una botella de vino tinto que pertenecía a Girondo y la hizo añicos.

― ¡Parece que va a correr sangre entre nosotros! – le dijo él con “voz de caoba”, mientras el vino se desparramaba.

La sangre fluyó de un Borges hecho añicos para el amor, pero que nació para la Literatura. Sus textos cambiaron el romance trasnochado por el color del misticismo, las matemáticas y la fantasía.

La pareja Lange – Girondo no se separó desde esa noche.

 

Rebeca Yanez

Rebeca Yánez Echaurren. Foto tomade de “El Mercurio”.

Chile, década de los 50. Curzio Malaparte, autor italiano al que debemos “Kaputt” y “La piel”, crónicas noveladas de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, llegó al país invitado por el gobierno para un agasajo junto a Neruda y Camilo José Cela.

Todo el mundillo intelectual y aristocrático se disputaba a ese encantador europeo que tenía respuestas ingeniosas en francés para cualquier pregunta que le hicieran. Las mujeres, sin importar la edad, se rendían ante sus palabras y su elegancia.

Una de las paradas de Malaparte durante esa gira fue la librería El Pacífico, entre cuyos estantes vagaba una dama de poco más de 30 años, rubísima y tan menuda como hermosa: Rebeca Yánez Echaurren.

Su familia era de prosapia – el escritor José Donoso se contaba entre sus primos – y ella se complacía en burlarse de su condición y de los “qué dirán” que venían con ese paquete.

El escándalo no era una de sus preocupaciones y cuando Curzio Malaparte apareció, no tuvo reparos en irse con él a Italia, abandonando aun a sus hijos.

Rebequita Yánez se había esfumado. La familia estaba desconcertada. No hubo cartas ni señales de vida por meses.

Es poco lo que se sabe de ese tiempo, salvo que el italiano era tan terrible con su verbo como con sus pasiones. Para él, el amor era una conquista; la amante, una propiedad.

Rebeca Yánez huyó – algunos dicen que lo hizo fugándose en bicicleta después de robarle un par de botas al mayordomo –, aunque decidió quedarse en Italia para aprender fotografía con Carlo Cisventi, fotoperiodista del neorrealismo.

“Rebechita”, como la llamaba Malaparte, se convirtió, pese y gracias a él – de forma involuntaria, desde luego – en la primera fotoperiodista chilena. Durante su carrera, capturó con su cámara a celebridades como Sofía Loren, Brigitte Bardot y Lucía Bosé.

En el libro “Los círculos morados”, Jorge Edwards recuerda el incidente de Rebeca Yánez y Curzio con estas palabras: “(a ella) la literatura, en buenas cuentas, le gustaba mucho, y eso no excluía, ni tenía por qué excluir, el gusto por los escritores”. Declaración de alguna manera emparentada con la analogía de Girondo entre el vino y la sangre de los enamorados, al fin y al cabo, el amor, sea entre poetas o simples mortales, está entre la admiración y la muerte.

Malaparte o la mentira como arte

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Curzio Malaparte. Fuente:Biografías y Vidas“.

 

Lea este artículo en la web de La Casa Ártica, fantástica página cultural de España. 

 

Oscar Wilde se quejaba de que durante la era victoriana se había perdido la buena costumbre de decir mentiras. Tal vez si hubiera tenido la decencia de no morirse antes de atravesar las puertas del siglo veinte, habría pensado de manera distinta.

Así como el siglo veintiuno será el de los indiferentes, el veinte fue el de los mentirosos.

Los hubo de toda especie – demagogos, tiranos, artistas, ladrones – y de todo color – comunistas, fascistas

Kurt Erich Suckert fue uno de ellos. Escritor y artista de la propia vida, capaz de convertir la cotidianidad en una pintura a veces goyesca, a veces renacentista.

Muy pronto se percató de que su nombre, demasiado alemán para Italia, debía sacrificarse, optando por uno que satirizaba al más famoso de los corsos: Bonaparte. Así, en 1925, a sus veintisiete años, dio a luz a su primera gran mentira: Curzio Malaparte.

Sin embargo, un nombre no era suficiente. El siglo veinte estaba ávido de artistas que no solo escribieran o pintaran, sino de aquellos que fuesen capaces de hacer de su vida una leyenda. Héroes o villanos que bailaran alocados al ritmo del jazz.

Malaparte fue un bailarín de la política.

Amaba el poder y cuando en Italia fue necesario ser fascista, sin titubeos le ofreció su pluma a Mussolini, lo alabó y se entregó a él.

Luego, cuando el imperio de “Il Duce” naufragó, no tuvo reparo en convertirse en oficial de enlace con el ejército estadounidense y, más tarde, en comunista. Fue a la Unión Soviética y a la China maoísta, sin embargo, el secreto de su verdadero credo se fue con él a la tumba.

También bailó al ritmo del arte. Era principalmente escritor. No dudó en pasar del ensayo al periodismo, de este a la novela y al cuento, pero también se atrevió a diseñar junto con Adalberto Libera, arquitecto del movimiento moderno italiano, su casa. Una edificación que plasmaba su alma en piedra.

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Casa Come Me“, refugio de Malaparte en Capri. Fuente: Dialéctica.

Kaputt” y “La piel” son acaso las obras más brillantes del italiano, pero son también mentiras contadas con lirismo.

“Kaputt” – que recoge capítulos de sus viajes a través de los diferentes escenarios del Frente Oriental durante la Segunda Guerra Mundial – es una novela que se cruza con la crónica y el relato de viaje.

Malaparte, corresponsal italiano del Corriere della Sera, nos habla con una mezcla de estupor, cinismo y tristeza de las atrocidades del frente, al tiempo que despliega una galería de personajes reales, aunque mejorados o empeorados con su cincel.

Algunos, como Agustín de Foxá, no le perdonaron la veracidad de su mentira. Otros, como Max Schmeling, admitieron que su mentira era una verdad.

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Agustín de Foxá, amigo – enemigo de Malaparte. Fuente: El Mundo.

Lo cierto es que Malaparte nunca se propuso hacer una crónica impoluta. Comprendió que la literatura es más apropiada para mostrar el color del alma que la estampa costumbrista.

Igual que en “Kaputt”, en “La piel”, Malparte aumenta, disminuye, se burla de los humanos y los convierte en sus marionetas. Novela la realidad, la poetiza. Hace del horror una broma macabra. Se ríe, mas no como un cínico o un cretino, sino como un desencantado.

El italiano prefiere la mentira al absurdo del mundo. Se crea una identidad que termina siendo más humana que él mismo y la historia no lo recordará a él, sino a Malaparte porque la “Verdad” prefiere travestirse de novela.

Wilde despreciaba a la realidad por su mal gusto, pero Malaparte lo hacía por ser enemiga de la grandeza, de cualquier clase de grandeza: de la que Napoleón o Bolívar llamaban “gloria” o de aquella que él llamaba “piedad”.

Escribir para ser fidedigno no necesariamente obtiene los resultados esperados, usualmente la mentira del literato encierra más verdad porque no él ve con los ojos de la cara, sino con los del alma. Ese es el logro de este y otros grandes mentirosos.

Resumen de fin de año

Hasta Mark Zuckergberg se pregunta qué carajos estaba pensando durante todo este año.

Hasta Mark Zuckergberg se pregunta qué carajos estaba pensando durante todo este año.

Estoy parado frente a un monigote de año viejo. Mientras las llamas lo consumen, pienso en mi “resumen del año” que hace cinco minutos apareció en mi teléfono celular transformado en una notificación de Facebook. Es pobre, vergonzoso.

Quiero pensar que se trata de una jugarreta de Mark Zuckerberg y su perro “Beast”, por lo que, mientras el monigote lanza alaridos de camaretas, me pongo a recordar aquellos detalles que no se publicaron en la red social:

Cambié de trabajo tres veces en el 2015, pasando de librero a profesor y luego a cobrador de cuentas en mora. Lo adecuado en estas fechas sería agradecer estas experiencias y afirmar que he aprendido mucho de ellas, pues, parafraseando a Coelho, me han permitido ser el héroe de mi propia aventura vital. Mas, la verdad es que la única frase aplicable a los tres empleos es la de Bartleby: “preferiría no hacerlo”.

La librería donde empecé el año como administrador quebró. No fue mi culpa – creo –. Tal vez el error fue del dueño de la empresa, quien optó por colocar su tienda más importante al lado de uno de los baños del centro comercial Quicentro. Falla estratégica imperdonable, pues las estadísticas indican que en el Ecuador la gente no lee ni en el váter.

Antes de que naufragara la librería, me marché para dar clases en un colegio católico. Me recibieron como un rey, es decir, como a Luis XVI. De todas maneras, no fue necesario que me cortasen la cabeza, casi la pierdo sin necesidad de guillotina alguna cuando descubrí que los profesores tienen más de policías antidisturbios que de maestros.

Después de que salí, la librería quedó, literalmente, empapelada hasta en las puertas...

Después de que salí, la librería quedó, literalmente, empapelada hasta en las puertas…

Del colegio me sacaron por ineficiente o por ateo o por ineficiente ateo. El caso es que terminé en un centro de cobranzas, donde descubrí que una cartera no es de cuero ni sirve para guardar dinero o tarjetas de crédito, sino… En realidad, no sé qué es, pero está relacionada con banqueros y no se la consigue en una tienda de Louis Vuitton o de Carolina Herrera.

Entre el despido y el cambio de trabajo, viajé a Cuenca dos veces. En la primera ocasión, conocí a un belga que abandonó su vida en los Himalayas por una cuencana. El europeo es tan popular en el sur de este país como desconocido en el suyo, quiza su éxito se debe a que es un gran conversador en una lengua que habla mal o a su prodigalidad con la cerveza.

En la segunda, NO pude conocer a Sara, mujer apasionada de la bohemia cuencana y a quien sueño bella, inefable como una hurí, aunque mis amigos, que sí la vieron, afirman que se parece más a una vikinga robusta obsesionada con parecerse a la Siempreviva de Andrés Caicedo.

Por otro lado, obtuve una mención de honor en un concurso de relatos fantásticos. Acaso esto me habría evitado demasiadas “aventuras vitales” si, en vez de aquel género literario, hubiese optado por el de los lucrativos vampiros diabéticos o de las secretarias ninfómanas.

Finalmente, tengo un gato que me tiraniza, un libro de cuentos que no termino de escribir, un sueldo que no me alcanza, un país que me aburre y un presidente que no elegí.

"Pushkin", el gato tirano. Evidencias científicas contundentes sostienen que se trata de la reencarnación de Gengis Khan.

“Pushkin”, el gato tirano. Evidencias científicas contundentes sostienen que se trata de la reencarnación de Gengis Khan. :3

En la escala social soy como un futbolista polaco en un campo de concentración nazi durante la Segunda Guerra Mundial, pero sin temor a equivocarme, estoy seguro de que pronto me promoverán a la categoría de judío en el gueto de Varsovia.

Este sí es el resumen de mi año, básicamente…

Hombres sin relleno

"Aquí, buscando el alma de esta mujer".

“Aquí, buscando el alma de esta mujer”.

El médico nos explicó que el procedimiento que iban a practicarle a Carla lo usaron durante la Segunda Guerra Mundial. Médicos del partido nazi fueron los pioneros en este tipo de intervenciones y, pese a eso, actualmente es una práctica aprobada por la Organización Mundial de Salud.

El médico pidió que nos mantuviéramos calmados y le dijo a Carla que la cirugía no era riesgosa.

Se ofreció, luego, a mostrarme la sala donde se recuperaban los pacientes con enfermedades análogas.

— Usted, mientras tanto, descanse – le dijo a ella.

Salimos de la habitación. Yo ni siquiera entendía a fondo el procedimiento al que iban a someter a Carla y cada vez que le pedía al médico que me explicara, este me arrojaba una catarata de palabras incomprensibles en tono neutro y exasperante.

En la sala de recuperación había un baño y seis camas sobre las que reposaban pacientes pálidos, casi transparentes.

El médico me condujo hacia uno de ellos, explicando con una sonrisa que se trataba de su mayor éxito. Aquel hombre permanecía con los ojos fijos en el techo; la delgadez, su piel pálida y las ojeras le daban el aire de un muerto viviente.

Saludamos, pero la única contestación fue un silbido nasal.

— No es nada… Todo procedimiento médico es invasivo, ¿comprende?

Mi guía se justificaba igual que un colegial al que atraparon cometiendo una falta.

— ¿Quedan cicatrices?

— ¡Oh, no, no! Bueno, nada fuera de lo normal…

Exigí ver alguna.

El médico recuperó repentinamente la calma y haciendo un gesto con el brazo, me señaló una puerta al fondo de la habitación.

— ¡Pase, pase! Allá está el paciente.

Entramos.

Sentí un escalofrío. En el rincón donde casi no llegaba la luz, una mujer dormitaba cubierta con una manta de la que solo sobresalía su cabeza.

El médico la destapó. Mis ojos, al instante, se posaron sobre el pecho de la enferma, observando un corte que iba desde el cuello hasta el pubis, al tiempo que varias tenazas de metal mantenían separada la piel.

Quise vomitar.

— ¿Y el corazón, las vísceras? – alcancé a decir.

— Congelados, no podemos ponerlos hasta extirpar el alma… Es que está debajo de todo, ¿sabe?

Las náuseas se hicieron insoportables. Eché a correr, iba a ir al baño, pero me detuve al recordar que Carla se encontraba sola. Tenía que sacarla antes de que le quitaran el alma.

Al llegar a su habitación, encontré a una enfermera.

— ¿Dónde está? ¿Qué le hicieron?

— ¿Quién? ¿De qué habla?

— ¡De Carla!

— ¡Ah, la enferma! Hace diez minutos que la llevaron al quirófano – me dijo con indiferencia.

Los enemigos del canon

Curzio Malaparte imitando a Humphrey Bogart en

Curzio Malaparte imitando a Humphrey Bogart en “Casablanca”.

Del matrimonio entre artistas y dictadores rara vez se ha obtenido algo bueno. Acaso esto se debe a que el arte es cuestionador, enemigo de una versión unívoca de la verdad o de los cánones éticos dictados por dudosos mesías.

En cualquier caso, los políticos son expertos en diezmar las filas de los artistas, atrayéndolos a las suyas, quizá con la esperanza de mejorar su discurso o mostrar una imagen superior y pulcra de los sistemas que defienden.

El 2 de enero de 1925, Curzio Malaparte – seudónimo de Kurt Erich Suckert – encabezaba una comitiva de fascistas radicales que visitó a Mussolini para instarle a desafiar al Parlamento que pretendía derrocarlo, por estar involucrado en el asesinato del diputado socialista Matteoti. El escritor quiso alcanzar con dicha acción un puesto influyente en la política italiana y apostó por el triunfo final de un Duce, quien aparentemente estaba condenado a la cárcel o al suicidio. La apuesta fue acertada pero el premio para Malaparte jamás llegó.

El fascismo italiano de los años treinta y cuarenta era diestro en provocar tanto amor como aversión entre los intelectuales, trasladando la pugna de las calles a periódicos, revistas y galerías. El fascismo fusionado con el futurismo del escritor Filippo Tomasso di Marinetti confrontaba a cualquiera que se opusiese a la idea de una nación poderosa y belicista.

Filippo Tomasso di Marinetti escribía porno gore, si no me cree lea

“, novela llena de sexo, guerra y robots. Algo así como una novela de Asimov protagonizada por Sasha Grey.

Mussolini era un genio de la propaganda. Había aprendido durante su período socialista la importancia de la información y de la desinformación. Por lo tanto, controlar a periodistas y escritores fue una de las primeras estrategias que aplicó. Los atrajo a su círculo, hizo que escribieran en su periódicoIl Popolo d’Italia”, financió revistas o simplemente los intimidó, logrando una maquinaria de propaganda oficial gigantesca y contra la que pocos audaces, como Gramsci, se atrevían a apuntar sus lanzas.

Lo cierto es que la mayoría de los intelectuales que formaron parte del círculo fascista, terminaron abandonándolo cuando el curso de la Segunda Guerra Mundial enfilaba hacia la derrota del Eje. Algunos se pasaron a la orilla comunista, convirtiéndose en implacables enemigos del partido al que habían apoyado – el propio Malaparte – y pocos – Marinetti, por ejemplo – se mantuvieron fieles hasta el final.

Los logros artísticos son más bien escuetos cuando se produce este matrimonio entre arte y política, básicamente porque al poder le interesa poco la fuerza creadora de aquel – el Renacimiento acaso es una de las excepciones que confirma la regla – y hasta lo teme, puesto que sabe que en su interior anida el germen de la crítica y la desobediencia a la sinrazón.

El propio Malaparte nos narra en su “Kaputt” que los nazis acantonados en Varsovia destruían los antiguos frescos de los palacios de la aristocracia polaca para reemplazarlos con las monstruosas pinturas que el régimen de Hitler propugnaba como el “verdadero arte”.

El problema no es que los artistas quieran hacer política, ni siquiera que los políticos pretendan hacer arte, pero sí que este se convierta en un mero instrumento de aquellos y que los artistas se entreguen al mejor postor, olvidando que su misión no es sentarse en un solio sino cuestionarlo, derribarlo si es necesario, evitando convertirse en marionetas o lo que es peor: en bastardos del canon.

(Lea este texto también en la web La Casa Ártica.)

 

Curzio Malaparte, su “Kaputt” y “La piel”.

La noche que Curzio Malaparte le robó la novia a Marcelo Chiriboga

“Villa Malaparte” en Capri, una isla muy feliz, mucho antes de que Ibiza estuviese de moda.

El mes pasado el diario “El Comercio” de Quito publicó un artículo sobre el escritor ecuatoriano Marcelo Chiriboga. Me sorprendió mucho leer el texto, toda vez que en Ecuador es muy frecuente olvidar a sus leyendas artísticas y este escritor – el único premio Cervantes nacional –, poco a poco, ha quedado en el olvido, siendo que hasta “La caja sin secreto”, su novela cumbre, está exiliada de cualquier librería local.

Curzio Malaparte, polemista y literato fascinante.

Curzio Malaparte, polemista y literato fascinante.

Pensar en Chiriboga me provoca estrés. No es que tenga algo en contra del riobambeño fallecido en 2005, pero me recuerda el proyecto de un libro sobre su vida que sigue en forma de archivo digital en una de las carpetas de mi computador.

Lo cierto es que en 2007, cuando cierto amigo le dijo a la última mujer de Chiriboga que yo quería escribir sobre él, me contactó, entregándome una serie de documentos – varios paquetes de cartas y diez diarios que corresponden al período que va desde 1950 hasta 1956 –. La mujer murió pocos meses después, ventajosamente sin enterarse de mi falta de constancia.

La sorpresa fue mayor, puesto que leí el artículo de “El Comercio” justo en la semana en que un compañero de trabajo me había prestado el libro de relatosSodoma y Gomorra” del italiano Curzio Malaparte. Recordé entonces que en sus diarios, Chiriboga mencionaba un breve aunque nada agradable encuentro con el autor nacido en Prato.

En 1952, Malaparte – seudónimo de Kurt Erich Suckert – recibió una invitación del gobierno chileno del general Carlos Ibáñez del Campo para representar a Italia en el Congreso Mundial de Prensa y Literatura de Santiago, donde lo homenajearían a él junto con Pablo Neruda, Camilo José Cela e Ilyá Ehremburg.

Jorge Edwards y Pablo Neruda.

Jorge Edwards y Pablo Neruda.

El chileno Jorge Edwards, uno de los amigos de Chiriboga, contó que el italiano era un seductor nato, un dandi – acaso ahora lo llamarían metrosexual –, capaz de enloquecer a todas las mujeres. De hecho, la sobrina del chileno José Donoso, otro de los miembros del “Boom”, cayó en sus garras después de que Edwards los presentara.

En todo caso, mientras aquel romance estaba en pleno auge, el italiano tuvo un par de “affaires” con otras mujeres. En Argentina, mientras asistía a una conferencia sobre periodismo y literatura, una muchacha, un poco mayor que la sobrina de Donoso, se acercó a Curzio Malaparte acompañada de un joven de piel cetrina.

Ella se llamaba Victoria Sacheri y él, Marcelo Chiriboga, quien por aquel tiempo estaba redactando la primera versión de “La caja sin secreto”, titulada “Hombres sin pasado”. La argentina era su novia.

Los tres fueron a cenar en un restaurante de Buenos Aires y durante toda la noche, el italiano los sedujo con sus historias sobre la Segunda Guerra Mundial, los nazis, Mussolini, Rommel, el Conde de Foxá, los cazadores lapones, etc.

Chiriboga escribió en su diario: “Estaba tan embobado que no me di cuenta del brillo en los ojos de Victoria.  Solo cuando en la puerta de su hotel, Malaparte, sin la menor vergüenza, le dijo que estaba seguro de que ella sería el ángel que lo iba a salvar de perderse en Buenos Aires, comprendí mi situación”.

Marcelo Chiriboga no supo casi nada de Victoria durante los cinco días que el italiano permaneció en la capital argentina y es probable que ella lo habría seguido a Punta del Este y luego de regreso a Chile, si la sobrina de Donoso no se interponía.

“¡Victoria no se acuerda de mí! Nunca pensé que odiaría tanto a alguien como odio ahora a Malaparte… ¡Que él y su ‘Piel’ se larguen a Italia!”, escribió al segundo día de desaparición de su novia. La muchacha se paseaba por todos los cafés, librerías y teatros con el italiano, retirándose juntos al hotel poco antes de que amaneciera.

“Los vi en la fiesta de F…, ella hizo como si no se diese cuenta de mi presencia. Me emborraché. Por fortuna soy obediente y cuando quise armar un escándalo, un amigo ordenó que me largara a dormir”.

“Villa Malaparte”, en Capri. Edificio ideado por el propio escritor.

Al día siguiente de la marcha de Malaparte, Victoria volvió a aparecer en la vida del ecuatoriano. Ambos fingieron que no había pasado nada. “Nos queremos, ¿qué vamos a hacer?”

Chiriboga supo después, por boca de Edwards, que el italiano regresó a su tierra durante los primeros meses de 1953, acompañado de Rebeca, la sobrina de José Donoso, y que nunca se mencionó a Victoria. No obstante, la chilena sufrió el mismo destino que su rival argentina: el olvido.

Chiriboga no volvió a encontrarse con el autor de “La Piel” y “Kaputt”, pero la admiración se había apagado. Incluso cuando Malaparte llevaba ya algunos años enterrado, el ecuatoriano dijo durante una visita a Capri – donde aquel tuvo una casa –, que lo único que arruinaba a la isla era precisamente “el repugnante espíritu de Curzio que merodea en las playas, dándoles un aire de lo más siniestro”.