Carta del señor Darcy

(Lea este artículo también enla web La Casa Ártica.)

Queridos lectores:

 

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Tristán e Isolda (verdadero romance) por Rogelio Egusquiza

¡Cuántas cosas se han dicho y se dirán sobre el amor! Tal vez todas se parecen y es que ya se ha dicho tanto…

Prefiero hablarles de las novelas de romance. Escogí el nombre sugerido por Guillermo Cabrera Infante porque novela rosa o novela romántica me suene a dislate.

Para mí, las novelas, hablen de amor o de muerte, se publican sobre papel blanco. Rara vez he visto alguna con hojas de colores diferentes.

Es verdad que las tapas, ahora especialmente, pasan del magenta al negro con la misma facilidad que un político deja de ser honesto para convertirse en corrupto. No creo, sin embargo, que los colores sean apropiados cuando se resume un contenido, toda vez que el rojo puede usarse tanto para simbolizar el amor como la muerte.

Por otro lado, la novela romántica es el nombre con el que los doctos doctores se refieren a la literatura escrita durante el periodo del Romanticismo, en los siglos dieciocho y diecinueve.

Si bien es cierto que las historias escritas durante este tiempo solían tener cargas poderosas de amores frustrados y pasiones incontrolables, no sería justo decir que los europeos nos pasamos setenta años escribiendo melodramas… como Jane Austen.

Pasadas estas precisiones antipáticas, tan naturales en alguien como yo, el señor Darcy, es correcto que definamos cuáles creo que son las características de una novela de romance:

Uno punto y raya: debe haber besos.

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Ni Jane Austen lo conoció…

Dos punto y raya: la historia debe estar centrada en dos personas dispuestas a enfrentar una serie de obstáculos para estar juntas. La idea es que el amor siempre se abre camino y el libro debe comprobarlo.

Tres punto y raya: hay un final feliz. ¿Si el amor no vence qué clase de amor es?

Cuatro punto y raya: siempre hay buenos y malos. Los malos pierden al final y los buenos triunfan, resumiéndose esta victoria en la recompensa de amor eterno, justo, leal, dulce, maravilloso, perfecto, etcétera, etcétera, etcétera.

Esta estructura puede sonar a cliché, pero tiene sentido. Incluso una misteriosa logia llamada Romance Writers of America ha escrito un canon que incluye ingredientes parecidos a los mencionados (se puede consultar en su página web).

La novela de romance se ha cruzado siempre con otras variedades como la ciencia ficción, el terror y el erotismo. Los resultados a veces se ven como Frankenstein o la loca del muelle de San Blas.

Imagínense los poderosos logros económicos que consigue una editorial mezclando naves espaciales, mundos destruidos, látigos, esposas de terciopelo y besos franceses.

Pero existen historias de amor que no siguen este esquema, me dirán ustedes. Es verdad, precisamente de esas quiero hablarles.

El amor no es tan fácil como decir “vine, vi y vencí”. Hay romances insatisfechos, rechazos, engaños… De manera que reducir una trama a un simple “inicio, nudo y final” es imposible.

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Cumbres borrascosas by Luis Buñuel

Para ejemplificarlo acaso podríamos recurrir a tres novelas muy diferentes, pese a que el amor es el eje más o menos explícito: Cumbres borrascosas, Fiesta y La invención de Morel.

En el primer libro tenemos la historia de un hombre que decide vengarse de las familias que lo rechazaron, incluida la de la mujer que amaba, pero que lo abandonó para casarse con otro. El odio es tan poderoso que alcanza no solo a su generación, sino a la siguiente.

La novela, con los años, se convirtió en una referencia de la literatura inglesa, sin embargo, al principio fue vista con escepticismo por los críticos, especialmente por su estructura, tan poco frecuente en los libros de aquella época.

Se trata de un relato que usa la técnica de la matrioska o caja china, es decir que una historia contiene a otra.

Hay elementos que hacen de esta novela una pieza muy original: la estructura, el tema del odio (capaz de destruir a varias generaciones) y el escenario.

Las descripciones de las tierras de Yokshire y el paralelo que hace entre su clima y los sentimientos de los personajes son propios de un pintor impresionista.

Por otro lado, Fiesta de Ernest Hemingway cuenta la historia de dos personas que se aman profundamente, pero se rehúsan a estar juntas.

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Hemingway optó por el título “The sun also rises” porque el sentido taurino de “Fiesta” no lo comprendería el público estadounidense.

Casi durante sesenta páginas, en las que nos hemos topado con un desfile de borrachos, prostitutas, toreros y soldados de la Primera Guerra Mundial, no tenemos la menor idea del porqué estos dos espíritus se frustran y se embriagan, pero no hacen el amor.

Después, se revela un secreto terrible, de la época de la Gran Guerra, que impedirá el triunfo del amor.

Él se resigna a amarla en silencio. Ella a buscar en otros hombres lo que perdió en él.

Ambos están condenados al fracaso.

La estructura de la novela es crucial. La técnica del “dato oculto” hace que una historia aparentemente trivial de expatriados estadounidenses en París se transforme en un drama opresivo y frustrante.

Por último, La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares es una novela de ciencia ficción, pero también de amor imposible.

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Bioy Casares era un entusiasta del cine. En esta novela se evidencia cuánto…

Al principio, el narrador – protagonista parece conducirnos a través de los derroteros de un relato fantástico hasta que aparecen una mujer y un rival perverso.

El héroe se empeña en salvarla, sin embargo, su abulia lo obliga a posponer cualquier acción.

Cuando finalmente decide intervenir se da cuenta de que es imposible porque la ciencia, Dios y el hombre están en su contra.

El descubrimiento lo transforma. El otrora cobarde “náufrago” se condena a una eternidad al lado de la mujer que ama. De ninguna manera, hay un triunfo del amor.

Solo el lector de la novela podrá comprender el sentido de este absurdo.

Bioy Casares era playboy, millonario y gran escritor. Tres cosas que yo, mister Darcy, jamás llegaré a ser.

Quizá en su carácter estaba la respuesta a la paradoja que nos plantean estas novelas: se puede tener a todos los amantes del mundo, mas, en la medida en que no sintamos la plenitud individualmente, siempre quedarán el vacío y la insatisfacción.

29 de febrero

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Jugando al ajedrez con la muerte. Fotograma de “El séptimo sello” de Ingmar Bergman.

Única conoció a mi abuela cuando ambas tenían 15 años.

Ella murió un par semanas después de cumplir 80 y su amiga de toda la vida fue al velorio. Era una mulata bellísima a la que nadie dejaba de mirar. Tenía 31.

La primera vez que la vi fue en mi décima fiesta de cumpleaños. No lograba comprender que mi abuela hablara de ella como una conocida de la infancia pese a su juventud.

“¡Hijito, nació en 29 de febrero!”. No comprendí.

Cuando yo estaba camino a los 33 y ella a los 36, aún la amaba, sin atreverme a confesárselo. Era evidente que solo le provocaba esa lástima con olor a naftalina que sienten los viejos por los adolescentes que pierden su vida entre bares y putas.

Cumplir un año cada cuatro es más una desventaja que una ventaja. Claro que ella había visto mucho – no voy a caer en ridículos catálogos históricos –, pero así como conoció gente, tuvo que enterrarla. Amigos, familia, siempre era igual.

Sus biznietos ni siquiera la recordaban, vivían como si Única hubiese muerto años atrás, obligándola a arrimarse a cualquier amigo nuevo, a sabiendas de que también lo iba a perder.

Una tarde lluviosa, me invitó a visitarla en su casa para mostrarme un álbum donde aparecían ella y mi abuela durante unas vacaciones en la playa. Al llegar, la encontré bebiendo una botella de whisky, estaba borracha y apenas entré, me arrinconó contra la puerta y dijo que sabía muy bien las ganas que le tenía. “Esta será la primera y última oportunidad que le daré a un mocoso como tú”.

Si piensan que voy a narrarles una aventura eróticoromántica se equivocan. Tuvimos sexo, pero con torpeza. Yo estaba más nervioso que excitado y ella más arrepentida que feliz.

En todo caso, cumplimos con la faena lo mejor posible y luego dormimos, acaso para evitar las conversaciones embarazosas y las caricias por compromiso.

Al despertar, tuve la sensación de haber dormido por años. Durante unos instantes permanecí en silencio, con la mirada fija en el techo y sin mover un solo músculo para evitar que Única despertase, pero como no escuché ni siquiera su respiración volteé a mirarla. Solté un alarido.

Estaba muerta.

Lo supe de inmediato porque la escultural mulata ahora era una pasa arrugada y amarillenta, casi sin cabello y más cercana a una momia que a la mujer que penetré.

Tal vez debí llamar a la policía en seguida o a una ambulancia o a la morgue, no sé, pero lo único que hice fue sentarme en silencio con las piernas cruzadas al estilo de un yogui, pensando que mi amor, o tal vez el amor en general, fue lo único capaz de acabar con su eternidad.

Romain Gary o el suicida que se mató varias veces

Romain Gary escribió: “Émile Ajar soy yo” y luego se voló los sesos con una pistola.

Romain Gary

Romain Gary

Tanto Gary como Ajar habían ganado el premio Goncourt, el más importante de las letras francesas y el mismo que solo se puede recibir una vez en la vida.

Sin embargo, ambos eran la misma persona. Aquellos nombres no eran más que los seudónimos – o los heterónimos – del lituano de origen judío, Roman Kacew.

Durante su juventud, él y su madre vivieron en diversas ciudades. Desde Vilna – en la que nació – hasta Varsovia y Niza, donde llegó a dominar el francés y decidió ser escritor.

Su madre le dijo que un nombre tan eslavo como el suyo no era adecuado si quería convertirse en una estrella de las letras francesas, por lo que durante meses, el joven buscó el seudónimo adecuado. Con los años, esta necesidad se convirtió en un placer, en un juego con el que el artista se escondía de los críticos y de los lectores para burlarse, desde una trinchera, de la banal crueldad de estos.

Romain Gary fue la primera máscara que adoptó Kacew y con ella publicó “Les racines du ciel” en 1956, novela que le hizo acreedor al premio Goncourt.

Se convirtió en un icono de las letras, pero, con el tiempo, los críticos y los lectores lo abandonaron, interesándose más en su vida personal, llena de vaivenes y escándalos por sus ideas políticas o por su matrimonio con la trágica actriz, Jean Seberg.

Jean Seberg también fue la protagonista de "Diana o la cazadora solitaria", una autobiografía novelada de Carlos Fuentes, quien fue su amante por un tiempo en México...

Jean Seberg también fue la protagonista de “Diana o la cazadora solitaria”, una autobiografía novelada de Carlos Fuentes, quien fue su amante por un tiempo en México…

La crítica, implacable, calificó a su literatura de trasnochada – “con aroma a romanticismo rancio” –, al tiempo que se entregaba a los encantos de un misterioso y joven escritor que, desde Río de Janeiro, enviaba sus novelas a la editorial Gallimard.

Nadie, ni sus editores, sabía una palabra de la vida de este joven escritor que se hacía llamar Émile Ajar y, pronto, muchos intelectuales sospecharon que él no era más que un disfraz tras el que se escondía algún autor consagrado como Raymond Queneau o Louis Aragon.

Lo cierto es que nadie imaginó que el trasnochado Gary se había puesto de sombrero a los críticos, a Francia y al mundo entero, transformándose en un genio adolescente de origen exótico.

Pero el triunfo definitivo de Kacew/Gary/Ajar – entre otros seudónimos – se produjo cuando los críticos que menospreciaban al escritor trasnochado otorgaron el Goncourt al misterioso Émile. Rabo y orejas se llevó el lituano nacionalizado francés, pues había violado el primer mandamiento del premio, poseyéndolo dos veces.

Las risas, sin embargo, duraron poco. Romain Gary ahora debía cargar sobre su espalda con el peso no solo de uno, sino de dos escritores famosos que competían entre sí. Incluso tuvo que convencer a un familiar suyo para que prestara su cara a Emile Ajar.

Su escape se transformó en una cárcel.

"Mimos" una novela escrita en forma de anillos (léala y comprenderá).

“Mimos” una novela escrita en forma de anillos (léala y comprenderá).

En 1979, Jean Seberg, su exesposa, se mató. Al parecer se había suicidado con una sobredosis de barbitúricos, incapaz de soportar la pérdida de su bebé y el acoso del FBI, que organizó una serie de campañas en su contra por considerarla simpatizante de los Panteras Negras, activistas afroamericanos.

Romain Gary no pudo superar la pérdida y apenas unos meses después decidió seguir aquel camino.

Hace unas semanas terminé de leer la novelaMimos” que lleva la firma de Emile Ajar. En esta, un hombre insignificante busca salvarse del anonimato a través del amor. Todos los días, espera con alegría la salida de la señorita Dreyfus, una compañera de trabajo, para verla aunque sea unos instantes, perdiéndose en sueños románticos que jamás pasan de eso.

Su hambre de amor lo empuja a adoptar una pitón para que su abrazo violento le haga sentirse amado. Eventualmente, el hombre insignificante se funde con el reptil hasta el punto de ser absorbido y termina en un manicomio, incapaz de detectar las diferencias entre el hombre y la fiera.

Acaso el fin de aquella novela es una alegoría de la vida del autor y de cualquier individuo de clase media o alta que ha vivido en la segunda mitad del siglo veinte: las comodidades, el lujo y la fama se utilizan como sustitutos sintéticos para la falta de amor. Son como el abrazo de la pitón que saca de la invisibilidad, pero solo para conducir al aislamiento, la demencia y el abandono.

(Lea este texto también en la web La Casa Ártica.)