La Historia a través de los ojos de Asimov

Texto originalmente publicado en el sitio Ciencia Ficción en Ecuador de Iván Rodrigo Mendizábal el 11 de enero de 2016.

Disponible también en La Casa Ártica.

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No descubrí a Isaac Asimov gracias a la Ciencia Ficción. De hecho, el primer libro suyo que toqué fue una historia de Grecia antigua, The Greeks: A Great Adventure, que mi padre y yo devoramos en un fin de semana.

Russian-born American author Isaac Asimov is seen in 1974. (AP Photo)

Cuando te dicen que no vas a dejar de ser virgen porque te gusta la Ciencia Ficción. 😦

Pese a que muchos desconocen esta faceta, lo cierto es que leer un libro de Historia escrito por Asimov es un regalo que todos deberíamos hacernos al menos una vez en la vida. Los exquisitos dirán que se trata de libros incompletos o demasiado simples, pero precisamente la sencillez es su mayor cualidad.

Comúnmente conocida como “Historia universal Asimov”, consta de catorce volúmenes ilustrados con mapas y líneas cronológicas. Está escrita en un lenguaje sencillo y resume los acontecimientos políticos y militares más importantes de diversos periodos, desde el surgimiento de la civilización en Mesopotamia y Egipto hasta los Estados Unidos de la Primera Guerra Mundial.

Como un buen maestro, Asimov describe las conquistas de Julio César como si se tratara de una novela de aventuras. El lector jamás siente el paso de las páginas, pues su lenguaje es tan agradable como atrapante y la misma cualidad de sus cuentos se refleja en la Historia, es decir, uno se deja llevar tranquilamente por cada tomo, al tiempo que es impulsado a investigar más.

Cuando terminé con esta colección, leí otras obras de Asimov. Vinieron entonces sus relatos de robots y de civilizaciones extraordinarias, pero este fue un placer al que solo llegué a través de sus libros menos conocidos.

Su obra de ficción es maravillosa, sin embargo, hay algo mucho más importante: su fe en el progreso intelectual del ser humano.

Asimov comprendió pronto que los especialistas transformaban –en realidad, aún hoy lo hacen– a las ciencias exactas y sociales en misterios descifrables únicamente para una casta de iniciados, a la que cualquier individuo común y corriente no debe acceder.

Alianza Editorial y sus aciertos (sin sarcasmo, ¡de verdad, en serio, sí, verídico!).

Alianza Editorial y sus aciertos (sin sarcasmo, ¡de verdad, en serio, sí, verídico!).

Su intelecto superior comprendió que aquello era un despropósito e hizo todo lo que estuvo a su alcance para, desde una revista o desde sus libros, combatir la ignorancia. Comprendía que nadie, ni él mismo, llegaría a “saber todo”, pero el objetivo de su cruzada era desconocer menos.

Escribió sobre Historia con la misma pasión que puso en la Física o la Química. Era un adelantado a su tiempo y como tal, sabía que entender el pasado es una obligación de aquellos que aspiran a un mejor futuro y que las naves espaciales del siglo veintiuno son el resultado de la primera chispa de fuego que un grupo de homínidos encendió hace cientos de miles de años en un lugar ya olvidado.

Asimov era un escritor de Ciencia Ficción sin duda, pero sobre todo era un cerebro universal y acaso, él mismo, un personaje de ficción especulativa, toda vez que, viviendo en un mundo obsesionado con la especialización, donde los matemáticos se rehúsan a leer a Shakespeare y los sociólogos a Gödel; se adelantó a su tiempo y abrazó todos los campos que pudo con humildad y no con el fin egocéntrico de solo él saber más, sino con el grande, el altruista: ser el catalizador para que los otros, sus congéneres, crezcan espiritualmente y lleguen a las estrellas.

Los enemigos del canon

Curzio Malaparte imitando a Humphrey Bogart en

Curzio Malaparte imitando a Humphrey Bogart en “Casablanca”.

Del matrimonio entre artistas y dictadores rara vez se ha obtenido algo bueno. Acaso esto se debe a que el arte es cuestionador, enemigo de una versión unívoca de la verdad o de los cánones éticos dictados por dudosos mesías.

En cualquier caso, los políticos son expertos en diezmar las filas de los artistas, atrayéndolos a las suyas, quizá con la esperanza de mejorar su discurso o mostrar una imagen superior y pulcra de los sistemas que defienden.

El 2 de enero de 1925, Curzio Malaparte – seudónimo de Kurt Erich Suckert – encabezaba una comitiva de fascistas radicales que visitó a Mussolini para instarle a desafiar al Parlamento que pretendía derrocarlo, por estar involucrado en el asesinato del diputado socialista Matteoti. El escritor quiso alcanzar con dicha acción un puesto influyente en la política italiana y apostó por el triunfo final de un Duce, quien aparentemente estaba condenado a la cárcel o al suicidio. La apuesta fue acertada pero el premio para Malaparte jamás llegó.

El fascismo italiano de los años treinta y cuarenta era diestro en provocar tanto amor como aversión entre los intelectuales, trasladando la pugna de las calles a periódicos, revistas y galerías. El fascismo fusionado con el futurismo del escritor Filippo Tomasso di Marinetti confrontaba a cualquiera que se opusiese a la idea de una nación poderosa y belicista.

Filippo Tomasso di Marinetti escribía porno gore, si no me cree lea

“, novela llena de sexo, guerra y robots. Algo así como una novela de Asimov protagonizada por Sasha Grey.

Mussolini era un genio de la propaganda. Había aprendido durante su período socialista la importancia de la información y de la desinformación. Por lo tanto, controlar a periodistas y escritores fue una de las primeras estrategias que aplicó. Los atrajo a su círculo, hizo que escribieran en su periódicoIl Popolo d’Italia”, financió revistas o simplemente los intimidó, logrando una maquinaria de propaganda oficial gigantesca y contra la que pocos audaces, como Gramsci, se atrevían a apuntar sus lanzas.

Lo cierto es que la mayoría de los intelectuales que formaron parte del círculo fascista, terminaron abandonándolo cuando el curso de la Segunda Guerra Mundial enfilaba hacia la derrota del Eje. Algunos se pasaron a la orilla comunista, convirtiéndose en implacables enemigos del partido al que habían apoyado – el propio Malaparte – y pocos – Marinetti, por ejemplo – se mantuvieron fieles hasta el final.

Los logros artísticos son más bien escuetos cuando se produce este matrimonio entre arte y política, básicamente porque al poder le interesa poco la fuerza creadora de aquel – el Renacimiento acaso es una de las excepciones que confirma la regla – y hasta lo teme, puesto que sabe que en su interior anida el germen de la crítica y la desobediencia a la sinrazón.

El propio Malaparte nos narra en su “Kaputt” que los nazis acantonados en Varsovia destruían los antiguos frescos de los palacios de la aristocracia polaca para reemplazarlos con las monstruosas pinturas que el régimen de Hitler propugnaba como el “verdadero arte”.

El problema no es que los artistas quieran hacer política, ni siquiera que los políticos pretendan hacer arte, pero sí que este se convierta en un mero instrumento de aquellos y que los artistas se entreguen al mejor postor, olvidando que su misión no es sentarse en un solio sino cuestionarlo, derribarlo si es necesario, evitando convertirse en marionetas o lo que es peor: en bastardos del canon.

(Lea este texto también en la web La Casa Ártica.)

 

Curzio Malaparte, su “Kaputt” y “La piel”.

Cortocircuito

Luigi Pirandello, Marta Abba y Massimo Bontempelli leen este blog absolutamente consternados.

Luigi Pirandello, Marta Abba y Massimo Bontempelli leen este blog absolutamente consternados.

Le dijimos que había robots entre nosotros y ella se desconectó. No era una broma: en realidad la gente de carne y hueso no existe.

El cerebro es un procesador lleno de chips; el nervio, un circuito; y la energía que activa músculos y articulaciones, un impulso eléctrico.

La culpa me corroía – somos máquinas con conciencia – y era frecuente que huyese de mi casa para refugiarme en un bar de mala muerte.

Cierta noche un amigo me visitó.

— Somos imbéciles, ella sabía la verdad.

No comprendí.

— Es evidente: no existen los robots, somos humanos.

Quise creer que bromeaba.

— Piénsalo: si te lastimas ¿brota aceite?, ¿se puede curar la vejez actualizando el sistema o eliminar las enfermedades con softwares?

Hasta entonces sentía remordimiento, aunque sin perder la esperanza de que, tarde o temprano, algún laboratorio me la devolvería reconstruida.

La revelación de mi amigo me aniquiló.

1 de mayo, el día de los autómatas de Čapek

No, no es Nosferatu, el vampiro demonio. Es Karel Čapek.

No, no es Nosferatu, el vampiro demonio. Es Karel Čapek.

Aquel día era feriado, pero tuve que trabajar. Igual que durante sus homólogos de los años 2012 y 2011, antes no porque estaba becado por mi padre – situación que extraño profundamente –.  Durante las trágicas horas en las que sudaba la “gota gorda” en mi empleo mientras otros dormían la resaca en sus casas, me puse a reflexionar sobre el porqué existen vacaciones en los días consagrados a la celebración del trabajo.

Cabría pensar que el 1 de mayo todos debemos trabajar, literalmente, como esclavos, es decir subyugados por sujetos musculosos que nos azoten sin piedad mientras marchamos cadenciosamente sobre el lodo para hacer los ladrillos con los que se construirá la pirámide del faraón Mashi I.

¡Es que en el Día del Trabajo hay que trabajar! Nosotros, los empleados, pasamos el resto del año rascándonos el ombligo. Son aproximadamente 364 días de pereza e inutilidad; ¡qué descaro!

Esta reflexión actuó igual que un desinflamante sobre mi ánimo abatido. Comprendí que yo era uno de los pocos hombres honestos que cumple con su trabajo como un esclavo decente. ¡El resto son Espartacos!

Por lo demás, necesitaba encontrar un camino más rápido hacia la vileza que el simple hecho de trabajar hasta en vacaciones. “¡Eureka!”, me dije, “debo crear un método para que los demás compartan mi entusiasmo por la servidumbre voluntaria”.

Los trabajadores que usualmente se rascan el ombligo, en la obra de Čapek, deciden que ya es hora rascar el ombligo de sus jefes.

Los trabajadores que usualmente se rascan el ombligo, en la obra de Čapek, deciden que ya es hora rascar el ombligo de sus jefes.

Un idea me llevó a otra, recayendo repentinamente sobre el escritor checo Karel Čapek, actualmente un casi desconocido dramaturgo que se las ingenió para crear, contando con la cooperación de su hermano, el término “robot”. No obstante, este no se refería a aquellos artefactos de acero con la capacidad de cumplir toda clase de tareas y a los que, en cualquier momento, se los puede apagar apretando un simple botón. El autor pensaba en realidad en criaturas de carne y hueso diseñadas en una fábrica a imagen y semejanza de los humanos, mas sin la capacidad de soñar o razonar. Eran esclavos armados en un laboratorio.

Čapek visualizó a sus robots – etimológicamente aquella palabra proviene del checo “robota” que significa trabajo – como seres incansables aunque faltos de criterio que, en cierto momento, llegaron a obtenerlo, evidenciando su recién adquirido talento de la forma más brillante: no volvieron a trabajar.

Como es obvio la situación deriva en una guerra civil en la que los jefes esclavistas… quiero decir: jefes – a secas – son liquidados por sus otrora siervos, mientras la mujer que desató el pandemonio al revelarles, cual Prometeo, el valor del raciocinio, funda una nueva raza de criaturas decentes que también tendrán que trabajar como esclavos.

La robótica ofrenda a Čapek.

La robótica ofrenda a Čapek.

El dramaturgo checo fue olvidado poco a poco e incluso maestros de la ciencia ficción como Isaac Asimov le restaron importancia al criticar su incapacidad para definir de forma adecuada las características psicológicas de sus personajes, olvidando quizá que esa era la idea que el autor checo nos quería transmitir – un declarado enemigo del nazismo –: los sistemas económicos y sociales que se consagran a un trabajo exagerado e irreflexivo están condenados al fracaso porque evitan que la gente se cultive, reduciendo a los humanos al nivel de máquinas huecas, sin espíritu e incapaces de crear. ¿Qué profundidad espiritual pretendía hallar Asimov en esclavos idiotizados por la servidumbre? Lo más probable es que su optimismo positivista lo haya empujado a olvidar los riesgos de un mundo lleno de “robots[1]”.

En cualquier caso, cuando viaje a República Checa visitaré la tumba de Čapek para dejar sobre ella un robot de juguete, siguiendo el homenaje que la costumbre a impuesto para con el creador de aquel término, ahora tan manido.

Por lo pronto, sin embargo, me voy a dormir porque mañana tengo que trabajar…

 

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[1]En la novela La hora veinticinco el escritor rumano Virgil Gheorghiu nos da una escalofriante idea de un mundo sometido a esta clase de “progreso”.