Un café en la cripta

Crónica publicada originalmente en la Revista Mundo Diners de noviembre 2018.

UNO

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Calle de Carretas. Foto recuperada de la web “Secretos de Madrid“.

En 1920, Madrid también es una fiesta sin desastres anuales ni guerras civiles.

En una de sus calles, la de Carretas, donde lo que menos hay es carretas, transeúntes de cualquier estirpe se agolpaban en busca gelatinosas imitaciones de cerebros y corazones para estudiantes de la facultad de Medicina o sustitutos, más o menos ortopédicos, de piernas, manos y brazos para mutilados de la guerra hispano – estadounidense.

Aquel es el depósito de los miembros de goma, una isla absurda en el corazón de Madrid donde parece que el doctor Frankenstein desechó los sobrantes de su criatura con la finalidad de que funcionarios del correo, también ubicado allí, los entregasen a cualquier aficionado a las rarezas.

Precisamente, como náufragos, los carteros aparecen de pronto entre el mar de coleccionistas de muñones plásticos. Aún no los han dotado de bicicletas, de modo que trotan entre la multitud de forma incansable, abriéndose paso a veces con palabras, a veces con codazos. El caminante se pregunta al verlos si pronto no tendrán que cambiar sus pies de carne y hueso, desgastados e inservibles, por los de goma que se exhiben en las vitrinas.

Cercana a la Puerta del Sol, la calle de Carretas es una arteria de Madrid, oculta para aquellos que buscan la diversión banal.

Entre la multitud de paseantes camina un hombre vestido con traje negro. Es bajito y grueso, está peinado con brillantina y en su cara no asoma ni un solo vello. Es un hombre de sonrisa franca y mirada suspicaz al que todos conocen en la calle de Carretas, pues desde 1912, casi sin interrupciones, ha organizado en el Café y Botillería de Pombo, ubicado en el número 4 de esa vía, una tertulia sabatina.

 

En Madrid hay cientos de cafés, pero Pombo es un animal extraño al que la vanguardia del arte ha insuflado nueva vida. Convocados por el hombre bajito de terno negro (Ramón Gómez de la Serna), el pintor José Gutiérrez Solana, el filósofo Ortega y Gasset, escritores como Valery Larbaud, Valle Inclán, Grandmontagne y Antonio Machado se sentaron a las mesas de la vieja botillería transformándola en Sagrada Cripta.

De Pombo se sabe que el amanecer del alocado siglo veinte fue el responsable de disfrazarlo como café, haciendo desaparecer de forma definitiva su ropaje vetusto de fonda para viandantes. La especialidad era un sorbete de arroz, servido en temporada, que provocaba diarreas y que le valió el título nobiliario de “Café de los Cagones”.

Gómez de la Serna lo escogió porque sufría de una incontrolable pasión por las incongruencias y un sitio antiguo y tan castizo era el contraste perfecto para la que sería la sede de la vanguardia y el universalismo.

Los cofrades de Pombo eran variedades de rara avis que disfrutaban volar en contra del viento y que terminaron por acoplarse al café de igual forma que la anacrónica mesa donde se celebran los banquetes o la pintura de Gutiérrez Solana que capturó una de las tertulias y que acompañaría a los comensales hasta que el tiempo y las guerras la empujaron a un museo de nombre tan extenso que es mejor llamarlo solo Reina Sofía.

A Gómez de la Serna o Ramón, a secas, como prefería que lo llamasen, lo movió la idea de crear un refugio para los artistas libre de erudiciones y de pompa, capaz de acoger las ideas nuevas, pero también las antiguas que estuviesen dispuestas no a combatir al futuro, sino a coexistir y hasta participar en su marcha imparable.

Los invitados asistían exultantes a las reuniones, cumpliendo sus tareas de forma correcta durante el resto de la semana para que ninguna tarea se interpusiera en el disfrute de lecturas, recitales y charlas, pues a diferencia de otras, en la tertulia del Pombo no había alardes de grandeza, sino humor, audacia y poesía, la misma que era mucho más que una repetición de poemas enlatados, y guiaba cada segundo, cada actividad de la noche sabatina.

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La Sagrada Cripta del Pombo. Foto recuperada del blog “Descubriendo Ciudades“.

Sin embargo, a Pombo no solo llegaban los artistas. Desde el sótano donde se celebraban las tertulias, se podía divisar una fauna increíble compuesta por hipogrifos y salamandras que parecían haber escapado de la Puerta del Sol para entrar en la de la luna.

Carteros y carteristas, sordomudos y hermosos caballeros enamorados de la bohemia se reunían en torno a las mesas, mientras los vanguardistas hablaban sobre el cubismo.

Algunos se atrevían a bajar las gradas, introduciéndose en el mundo de Ramón de forma definitiva. Y es que él no era un hombre capaz de olvidar. Como mago o científico desquiciado, cada rostro y cada acción quedaba inmortalizada en forma de letras o dibujos que, con el tiempo, serían un ensayo, una novela, una greguería.

Así, entre todas estas criaturas, Gómez de la Serna adoptó a un mendigo para bautizarlo con el sobrenombre de “Pirandello”. Se distinguía de las demás por su humor, participando en cada juego de los pombianos como uno más.

Iba de aquí para allá con invitaciones a convites y hasta escribió, cierta noche, una carta para los artistas en la que les llamaba la atención sobre el absurdo de buscar un sentido a la vida.

Acabó sus días un domingo después de asistir a una tertulia en la Sagrada Cripta. La causa: insuficiencia mitral, problema cardiaco que resultó una auténtica paradoja, pues Ramón dijo alguna vez que aquel fue el hombre con el mejor corazón que había conocido.

 

DOS

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“La tertulia del Café Pombo” de Gutiérrez Solana. Cuadro del Museo Reina Sofía.

Con frecuencia, se organizaban banquetes en el Pombo para personajes extraordinarios.

José Ortega y Gasset, Francisco Grandmontagne, Enrique Diez – Canedo, Luis Bello y otras personalidades del mundo intelectual fueron homenajeadas en el sótano de la botillería. Sin embargo, el más llamativo es el que se hizo en honor de Don Nadie.

Ramón distribuyó una invitación a escritores de la generación española del 98 y también del 14 en la que se podía leer:

“Don Nadie, como su mismo nombre lo indica, no es nadie; pero no por esto debe creerse que no es nada (…) él no nos traicionará ni nos desdeñará. Cumplamos con este acto de creyentes, pues no podrán asistir a este banquete los que están proclamando siempre que ellos no creen en Nadie”.

Algunos, como Miguel de Unamuno declinaron el convite, arguyendo con elegancia que Don Nadie era peligroso porque escondía entre sus invisibles entrañas egoísmo y desvergüenza y su impersonalidad era la responsable de la corrupción que estaba corroyendo, según él, a la España de los años previos a la Segunda República.

La verdad es que en cada palabra de Unamuno se detecta un miedo o un repudio hacia la audacia burlona que el invento de Ramón contenía.

Él, en el discurso inaugural del banquete, defendió su idea explicando que era precisamente lo contrario: el problema no debía ser Don Nadie, sino Don Alguien o los cientos de “alguienes” que aparecen en cada esquina tratando de hacer que la gente se incline ante su falta de valor.

En el asiento que presidía el convite y que siempre se consagró al homenajeado, los pombianos sentaron a un simple paño blanco que cubría la invisible desnudez de Nadie.

Era una noche de invierno, cerca de fin de año.

 

TRES

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Ramón Gómez de la Serna. Fotografía recuperada de El Mundo.

Los años treinta y sus crisis hicieron que, poco a poco, cualquier tertulia en Madrid y España fuera inviable salvo que estuviese contaminada con política malsana.

Ya no había espacio para discusiones cúbicas sobre redondos movimientos literarios ni lecturas doradas de versos azules. En cada esquina de la ciudad se oían voces hablando de revolución “a la rusa” o nacionalismo “a la italiana” como si el mundo no fuera más que una receta de cocina.

La gente perdía el humor en el mismo momento en el que suscribía la papeleta de adhesión a cualquier movimiento político y, de manera paradójica, hombres como los cofrades de Pombo que habían criticado a aquellos que se resistían al avance feroz del tiempo, empezaron a convertirse en anacronismos.

Gómez de la Serna se marchó a Buenos Aires, encontrando argentinos que habían asistido alguna vez a su tertulia europea: Oliverio Girondo, Norah Borges y su hermano Jorge Luis…

Pese a que América lo recibió con admiración y cariño, el Ramón de la década pasada era una víctima del futuro que tanto amó. Había pasado de ser un agitador cultural audaz, punta de lanza de los nuevos creadores, a uno más de la legión de “viejos” a los que la juventud miran con sospecha, empeñándose en criticarlos sin importar si tienen o no razón.

Igual que en Europa, Gómez de la Serna se ganaba la vida escribiendo a mil por hora. Revistas, prensa y editoriales le solicitaban obras, ya no como una novedad, sino como la voz de otra época.

Mientras tanto, en España la Guerra Civil había aniquilado cualquier luz de bohemia y la gente se pasaba los días buscando pan o, castigada por el triunfante franquismo, construyendo absurdos mausoleos que solo la locura de un siglo que aspiraba a volver al tiempo de los faraones se podía dar el lujo de permitir.

Madrid ya no era una fiesta y París tampoco, pues mientras esta caía en las manos de Hitler, la otra se dedicaba a sortear la pobreza, moral y económica, que sobreviene a cualquier guerra.

Como a desagradables costras, la gente retiraba los carteles con las leyendas de “NO PASARÁN” o “¡ARRIBA, ESPAÑA!” para apilarlos junto a los muros caídos. Los palacios que en otro siglo eran símbolo del poder de un imperio donde no se ponía el sol, no eran más que un humo tan espeso que impedía ver cualquier estrella.

La Sagrada Cripta del Pombo desapareció y sus paredes se convirtieron en el refugio de prostitutas terriblemente delgadas que acudían después de una noche de “faena” para tomarse un café cortado o comer un sorbete de arroz. Los carteros, que ahora caminaban con el puño levantado hacia el cielo, las veían llegar desde la Puerta del Sol y el Café Zaragoza al que en son de burla, lo conocían como “el de la sífilis”.

En 1942, con un Ramón ausente y una serie de cofrades desperdigados por el mundo, el Pombo cerró sus puertas y un peletero compró el lugar llenándolo de pieles de animal que parecían ser las de la propia Sagrada Cripta a la que, por un ritual antiquísimo, alguien había despellejado.

 

CUATRO

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La Calle de Carretas hoy. Foto tomada de “El País“.

Jovencitas cargadas de paquetes salen de la tienda de Zara que se encuentra junto al lugar donde, por años, funcionó el Café y Botillería de Pombo.

Ahora, el sótano donde se reunían los cofrades de la Sagrada Cripta alberga un modernísimo garaje y el edificio en sí es una fachada tan actual que, forrada con vidrios y piedras, parece una pecera gigantesca.

Por la calle de Carretas todavía desfilan los carteros, pero ahora van en camioncitos y ya no hay mutilados que buscan piernas y manos de goma, sino adolescentes comprando hamburguesas en Burguer King para no ir con el estómago vacío a la cita que los aguarda en la Puerta del Sol.

Hay hostales, tiendas de ropa, joyerías, pequeñas agencias de banco, contenedores plásticos de basura, edificios en reparación y, a lo lejos, se ve el eterno anuncio del jerez Tío Pepe que se resiste a seguir el camino del Pombo.

No hay inscripciones, no hay placas que hablen de la Sagrada Cripta y en un puesto de libros usados que, por azar, el paseante encontrará no hay uno solo de los que Ramón publicó en honor a su café.

― ¿De Gómez de la Serna? – Responde una andaluza de ojos negrísimos –. ¡Nada! No me queda un solo libro, alguna vez tuve algo, pero no recuerdo qué…

Parece que esa frase es un dictamen: el único destino de los hombres es el olvido y el tiempo es su ejecutor implacable.

 

Mire un monólogo de Ramón Gómez de la Serna sobre la oratoria:

BIOGRAFÍA APÓCRIFA DE UN GALLINAZO

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Gallinazo vigilante de Lima. Fuente: El Comercio.

 

Esa mañana el cielo permanecía encapotado, pero el sol acribillaba con balas de fuego perforando nubes y cuerpos.

Nuestro coche avanzó sobre los caminitos de tierra que, como riachuelos lodosos, desembocan en la torrentosa carretera de cemento que une los balnearios de Esmeraldas.

Llegamos a Tonchigüe. La playa no estaba manchada de turistas y el pueblo entero, con casas y gentes, se hundía en la modorra de media mañana.

A pocas cuadras de la plaza central, una res destazada daba la bienvenida a los extranjeros con sus muñones cubiertos de moscas verdes. Las gargantas se llenaban de nudos o los nudos de gargantas.

Por fin, el coche llegó a la plaza y un garrotazo de olor a podredumbre hizo añicos el parabrisas. A la izquierda, un Everest de bolsas de basura de Dios sabe qué época agonizaba por los picotazos de cuatro gallinazos.

Las aves eran gordas y azabaches. Batían sus alas y se atragantaban como aristócratas cenando luego de la ópera.

Las vísceras de las bolsas se esparcían por aquí y por allá, pasando del suelo a las barrigas de los pajarracos. Uno, sin duda el que lideraba, con un movimiento de sus extremidades se puso a controlar la gula de sus compinches. Sus picotazos eran los privilegiados, pues la carne descompuesta era suya, solo suya.

Frente a la escena del banquete pajaril, a nuestra derecha, cuatro hombres reposaban sobre hamacas. En el suelo, doce o quince botellas de cerveza hervían por acción del sol furibundo.

Indiferentes, se abalanzaban cada cierto tiempo sobre la cerveza caliente. Sin embargo, uno, el que permanecía sentado, era el líder, el encargado de repartir la bebida. Los demás le obedecían y si alguno hubiese tenido la audacia de coger una botella sin su autorización, el castigo habría sido ejemplar.

Aquel hombre transpiraba poder, aun dentro del auto y a varios metros de distancia era posible sentirlo.

Hipnotizados por su influjo, dejamos de acelerar hasta que el motor, en medio de toses y corcoveos, se apagó. Hoy seguiríamos plantados en aquel sitio si un aleteo feroz, el del gallinazo jefe, no nos hubiera obligado a reaccionar.

El ave se elevó seguida de una de sus compañeras, mientras las otras permanecían en tierra devorando lo que quedaba de basura en medio de una estela de plumas azabaches.

Arrancamos el coche y lo último que pude ver fue que también tres de los hombres se habían esfumado. Solo quedaba uno, quien, desde la hamaca de su jefe, bebía de a poco lo que quedaba en cada una de las botellas de cerveza abandonadas.

Esa fue la primera vez que vi un gallinazo cara a cara y, ahora, por todo lo que ha ocurrido, comprendo que esa experiencia estuvo ligada con mi transformación.

 


 

Temprano el calor había sido tan fuerte como el de aquella mañana en Tonchigüe, sin embargo, en la tarde, cuando tuve el primer síntoma de mi cambio, el cielo empezó a sudar frío como si el planeta estuviese tratando de equilibrar su temperatura con transpiraciones de granizo.

Yo estaba acostado, meses atrás se había publicado mi primer libro y aunque me sentía contento, estaba inseguro. De repente, sentí una comezón incontrolable sobre los labios. Me rasqué casi hasta arrancarme el cuero y, al borde de la demencia, corrí al baño y me miré en el espejo: mi boca estaba hinchada, había empezado a crecer hasta formar un pico, al tiempo que mis labios se tornaban grises.

Quise pedir ayuda y solo fui capaz de proferir un suave gruñido, pero la vergüenza me alejó para siempre de los médicos.

Las transformaciones, en los días siguientes, no se detuvieron y tampoco se circunscribían a lo físico: psicológicamente cada vez me parecía más a un ave carroñera.

En la calle (a la que salía solo cubierto con capuchas y bufandas), cada persona, cada objeto incluso, me provocaba un apetito voraz incitándome a arrancarle pedazos con mi recién adquirido pico gris.

Las situaciones extrañas, los traumas, las malas costumbres de la gente hacían que mi estómago gruñera ansioso e incontrolable. Pero también lo hermoso…

Mientras los humanos comunes huían de los monstruos o de los agonizantes, yo me pegaba a ellos para destriparlos y, luego, en el silencio de mi cueva, los digería en forma de cuentos.

Ya nada me escandalizaba, al contrario, exacerbaba mi hambre. La hez, lo hediondo, lo cruel de la humanidad solo conseguía que la bestia interior aflorara chillando llena de gozo.

Con el pasar de los meses, dejé de sentir la necesidad de ocultarme. Era un gallinazo y ya no me importaba.

Me divertía cuando los niños, en esas reuniones familiares, se paraban a mirarme con estupor. Sus madres (mis tías, primas, hermanas) los alejaban tapándoles la boca y la nariz para evitar un posible contagio.

Mis brazos se convirtieron en alas, mis piernas en garras y mi piel se cubrió de plumas negras, mientras mis ojos aguados mejoraron su visión hasta el punto de que podía detectar una víctima a kilómetros de distancia.

Mi alimento era la novedad y, al digerirla, excretaba poemas, novelas, crónicas, ensayos.

Descubrí que no era el único, que otros como yo vivían semiocultos dentro de bares o refundidos entre funcionarios de cualquier clase de ministerio. Algunos procreaban belleza, otros, monstruosidad.

Los gallinazos empezamos a reunirnos y, pronto, se volvió evidente que algunos eran muy fuertes. Los débiles o los novatos huían bajo un aguacero de reverencias, mientras los demás desollaban primero a las presas. Los mejores cuentos salían de los picos de estas fieras terribles.

Solo un lugarteniente, un plumífero tan audaz y duro como su jefe, se atrevía a desafiar la autoridad de vez en cuando. Producía textos tan brillantes que los líderes temían perder su posición.

Por eso, el equilibrio de poder dentro de la comunidad de gallinazos siempre ha sido inestable: cualquier cosa puede acabar con el orden jerárquico. Hay tanta hambre de arte que algún día terminaremos por despellejarnos en busca de alguna joya que se encuentre incrustada dentro de nuestras tripas.

Esta clase de gula es por pura estética. No importa a quién o a qué haya que sacrificar, lo único que interesa es la creación y cuestionarlo todo, incluso a uno mismo.

Cuando vi los gallinazos en Tonchigüe no imaginé que un virus se inocularía dentro de mí. Tampoco sospechaba que, más temprano que tarde, me transformaría en un ave carroñera capaz de devorarlo todo, incluso a mi padre…

El día que murió, sin dudarlo, me lancé sobre su cuerpo helado y me puse a exprimir sus entrañas para hacer literatura. Quizá algún día, con el pico manchado de libros, me convertiré en el rey de los gallinazos.

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Busque el relato con ilustraciones magníficas de Majo Rodríguez en la edición especial de aves de Terra Incognita (agosto 2018).

Calle Larga

Calle larga

Crónica publicado en REVISTA MUNDO DINERS, edición de noviembre 2017.

UNO

Gregor es un belga que vino a Ecuador para buscar lo que no se le perdió.

Lo conocimos una noche dentro de cierto restaurante del centro de Cuenca. Mis amigos le habían invitado a sentarse a nuestra mesa después de verlo naufragando solo en un mar de alcohol.

Al principio no dijo su nombre, se limitó a presumirnos doscientas once fotos de su novia cuencana que guardaba en la memoria de un iPad. Deslizando su dedo por la pantalla, se quejaba de que los padres de la chica no les permitían pasear pasadas las seis de la tarde.

Salimos del restaurante como grandes amigos, a tiempo para ver el río de vendedores de carne en palito que fluía por la Calle Larga para desembocar en la plaza de La Merced. Allí, juerguistas caníbales se reúnen para armar picnics a la sombra de la luna.

La Calle Larga es una coleccionista de siglos: los atrapa, juguetea y al final obliga a que se amalgamen. A cada trecho las piedras incas se confunden con el bahareque y los adobes. Los restaurantes de nombres mexicanos se cruzan con discotecas en las que la gente se preocupa más por el canto que por el baile. Alegres y tristes saltan de un lugar a otro gritando los goles de algún equipo de fútbol europeo que por milagro de la física terminó atrapado en el televisor gigante de una tienda cuya supervivencia depende del humo de los cigarros.

El guía de nuestra troupe era un riobambeño que, como el belga, se hizo cuencano por amor. Nos llevó de karaokes a cervecerías y discotecas sin que alguno fuese capaz de encontrar su lugar en el espacio.

El guía decidió, entonces, que el único destino posible era una discoteca underground.

Nosotros, criaturas antediluvianas salidas del supuesto centro del planeta, seguro nos encontraríamos a gusto allí. Gregor – quien al fin mencionó su nombre – se dejó llevar sin discusión, preocupado por domar sus erres guturales y no por lo que podría depararle el destino.

Por el camino veíamos a oficinistas de treinta y tantos retozando con universitarios de veinte o a extranjeros la caza de nacionales.

Seguimos por la Calle Larga hasta alcanzar la Benigno Malo y luego la avenida 12 de Abril. Allí, a orillas del río Tomebamba, están instalados cuatro bares, tres visibles y uno invisible.

A nosotros nos interesaba el invisible.

El viento helado de la rivera nos azotó cuando saltamos la baranda del puente que separa la calle de la ribera donde está instalado el bar. Atravesamos un caminito de tierra resbalosa hasta encontrar la entrada, en la que dos hombres delgados pero con expresión amenazante hacían el cacheo de rutina.

Alguien preguntó cuánto costaba ingresar. “Nada – le dijeron –, el problema no es la entrada, sino la salida.”

Gregor no había parado de hablar en español desfigurado y, en ese momento, contaba que hasta un par de meses atrás, había sido un exitoso guía de turistas europeos que visitaban India, Nepal y Tíbet en busca de la nieve perpetua del Himalaya. La mayoría de sus clientes eran suizos y alemanes, pero no escaladores profesionales – “esos nunca buscan guías” –. Se trataba más bien de gente cansada de la rutina y desesperada por protagonizar su propia película de aventuras.

“Pero todo aburre, hasta lo bueno”, me dijo mientras los guardias terminaban su inspección.

Un año antes, su hermano, sin explicaciones de por medio, había dejado su trabajo en Bélgica para marcharse a Sudamérica. La familia no tuvo noticias de él por un tiempo hasta que, cierto día, envió un correo electrónico para decirles que vivía en Cuenca, Ecuador, aunque sin mencionar el porqué o con quién.

Gregor decidió entonces rechazar la propuesta de un grupo de europeos interesados en visitar Nepal para seguir los pasos de su hermano. No tenía una dirección exacta, solo números de teléfono.

Abriéndonos paso entre una multitud de bailarines con olor a humo de tabaco, penetramos en el corazón de la discoteca invisible.

James Brown gritó “¡sex machine!” y el belga se quedó con el resto de la historia atrancada en la garganta.

Una mesa al costado de la pista de baile estaba vacía. Era, en realidad, un búnker excavado en la pared, dentro del que no se podía ver a nadie ni nadie podía verlo a uno. Optamos por quedarnos de pie.

El riobambeño – cuencano me hizo un gesto para que comprara cerveza.

Fui a la caja y mientras esperaba las bebidas, vi un cartel pegado junto a la máquina registradora: “LAS MUJERES PERDIDAS SON… LAS MÁS BUSCADAS”.

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Ilustración de Revista Mundo Diners. Por: Tito Martínez.

DOS

Las cervezas salieron heladas del refrigerador y llegaron calientes a la mesa, en la discoteca imperaba un clima tropical, acaso por los cuerpos hacinados y las pasiones contenidas.

Gregor saludaba a diestra con una chica de porcelana y a siniestra con un bailarín de hip hop. A cada parpadeo seguía una inclinación de cabeza o un choque de manos. Todos lo conocían.

Como buen anfitrión, nos repartió vasos de cerveza caliente mientras hablaba de su hermano.

“Cali Pachanguero” no quiso que nos enteráramos cómo lo halló o en qué estado, pero sí de que durante sus correrías por el centro de la ciudad conoció en un café bohemio a la mujer que, según él, sería la última.

Una muchacha diminuta lo interrumpió estampándole un beso en la mejilla. Luego lo arrastró a la pista de baile.

Solo después de que sonaran “Blurred Lines”, “La colegiala”, “Boogie Down” y “En los años 1600”, reapareció, sin embargo, sirviendo dos vasos de cerveza y sin prestarnos la menor atención, volvió a meterse entre la marea de gente.

Alcanzamos a ver que se los entregaba a la chica diminuta y a su pareja, quienes, luego de beber, se esfumaron.

Gregor regresó sonriente.

Se puso a sacar fotos de la multitud como si quisiera vengarse capturándola dentro del iPad.

“Al viajar solo se conoce a mucha gente, pero eso no significa que se deja de estar solo”.

El riobambeño – cuencano no estaba dispuesto a cederle terreno a la melancolía, así que le embutió al belga tres vasos de cerveza para que hablara del Himalaya.

Los ojos de Gregor volvieron a brillar y el ambiente pareció contagiarse de su entusiasmo renovado.

La voz de Rubén Blades hizo que varios salseros saltaran a la pista con “gringas” (europeas, japonesas, estadounidenses, pero con la particularidad de no hablar español) que hacían lo posible por seguir el ritmo. Luego sonaron mambo, cumbia argentina y hip hop.

Nadie se preocupaba por mantener el compás en ese instante, solo importaba moverse, olvidar todo y entregarse al frenesí de la noche.

Gregor dijo algunas frases más sobre su cuencana y sobre las montañas heladas del Asia pero, poco a poco, fue hundiéndose en la felicidad amnésica de los bailarines.

Dejó de pronunciar palabras y sus ojos se quedaron clavados sobre la multitud. El iPad volvió a su estuche.

Le hice un chiste que no entendió o no quiso entender. Su única respuesta fue irse a bailar.

Mis amigos lo siguieron y yo quedé arrimado a la pared del búnker.

La música sonaba cada vez más alto. Los oídos titilaban. Las manos hurgaban cuerpos ajenos. Las bocas chupaban cigarrillos, picos de botellas u otras bocas.

Y fue en medio de ese remolino que Stevie Wonder empezó a cantar “Part-Time Lover”.

Y fue en medio de ese remolino que vi por última vez a Gregor.

Creo que sonreía.

O quizá lloraba.

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TRES

A las tres de la mañana, los trapeadores nos sacaron a patadas.

Salimos poco después de la manada de bailarines que, con el cese de la música, se habían transformado en maniquís. Entre ellos caminaba la menuda amiga de Gregor tomada de la mano de un muchacho.

Al principio no nos vieron, pero al llegar a la Calle Larga, pasamos a su lado y ella disparó a quemarropa: “¿dónde dejaron a Sara?”

“¿Cuál Sara?”, dijo el riobambeño – cuencano, “¿y tú, dónde dejaste a Gregor?”

“¿Gregor, cuál Gregor?”, respondió ella, caminando hacia los puestos de carne en palito de la Plaza de la Merced.

Cuando Eva Green se desnudó para el doctor Frankenstein

Artículo publicado en colaboración con la web de la Ciencia Ficción en Ecuador de Iván Rodrigo Mendizábal.

Disponible también en La Casa Ártica.

La industrialización transformó a Londres en una ciudad tuberculosa.

La tecnología había despuntado, pero mientras los eruditos especulaban sobre el éter en sus mansiones, una masa de menesterosos se arrastraba por las calles.

Imagen para promocionar Penny Dreadful de Showtime.

Imagen para promocionar Penny Dreadful de Showtime.

Los Jack the Ripper acechaban en los callejones para arrancar las vísceras de las putas y los campesinos sentían recelo por esos científicos que conservaban monstruos africanos en sus laboratorios.

Entonces, el terror se puso de moda, surgiendo una publicación que entregaba espantos a cambio de un penique: “Penny Dreadful”.

El siglo veintiuno, igual que el diecinueve, está marcado por el miedo.

Las amenazas de antes son parecidas a las de hoy. El cáncer ha reemplazado a la tuberculosis y los ataques suicidas a la artillería alemana.

Los gustos también son similares.

Poe y los marcianos de Wells se han desempolvado y el cine y la televisión se apropian de ellos para satisfacer una remozada erótica de la sangre.

Showtime, marca de televisión conocida por producciones transgresoras, empezó a transmitir, desde mayo del 2014, una serie que extrae los personajes de las novelas de terror victorianas adaptándolos al mundo contemporáneo.

El resultado está cargado de sexo, humor negro y una trama tan perturbadora como original.

La inocencia del siglo diecinueve que se mantenía gracias a las cadenas de la moral, se quiebra, desnudando el gigantismo o la menudencia de las creaturas de Mary Shelley u Oscar Wilde.

La serie, como no podía ser de otra manera, se llama “Penny Dreadful”.

Eva Green está poseída por un demonio. Literalmente.

Eva Green está poseída por un demonio. Literalmente.

La trama, en apariencia, es sencilla: la vidente Vanessa Ives (Eva Green) y sir Malcolm Murray (Timothy Dalton) contratan a un pistolero estadounidense (Josh Harnett) y al doctor Frankenstein (Harry Treadaway) para rescatar a Mina Murray que ha sido secuestrada por vampiros.

Sin embargo, estos personajes son mucho más complejos y aterradores que los literarios porque comparten nuestras pasiones. Son más sinceros: sienten miedo, sangran y se consumen en libido.

El doctor Frankenstein de Showtime.

El doctor Frankenstein de Showtime.

La serie está infectada por ese virus contemporáneo cuyo síntoma más claro es el anhelo de desacralizar.

Víctor Frankenstein es uno de los más intrigantes. Es un hombre que sufre por el anhelo de crear a otro ser que lo entienda. No lo mueve la curiosidad científica, sino el pánico a la soledad.

Acepta cazar monstruos para conseguir dinero. No le interesa la lucha contra el mal.

Con el avance de la serie nos enteramos que su criatura, a la que da vida por azar, no es la primera. El primogénito también vive y termina asesinando a su hermano, como Caín a Abel.

Frankenstein, el dios fracasado que ha repudiado a su primer monstruo, comprende que está ligado a él y se convierte en su cómplice.

Lo ama. Lo odia. Mata por él. Crea por él. En la relación de ambos hay mucho más que la resignación de un padre para con su hijo, hay erotismo, atracción por la oscuridad.

De todas maneras, el sexo no parece interesarle – ignora los acercamientos de Vanessa Ives –, pero no porque sea impermeable al placer, sino porque el orgasmo biológico ha sido sustituido por el creativo.

La serie de Showtime tiene varios puntos altos – los actores, por ejemplo –, pero lo principal es la perspectiva del relato.

Eva Green se come a Dorian Grey...

Eva Green abusa de Dorian Grey…

No se trata de un simple cuento de fantasmas, tampoco de una historia de amor adolescente escondida entre la mitología vampírica, es un retrato de los tiempos actuales, con humanos mucho más terroríficos que las criaturas fantásticas.

En el siglo diecinueve los monstruos espantaban porque eran el arquetipo de lo desconocido. Hoy asustan precisamente por lo contrario: son nuestra imagen reflejada en un espejo.

La Historia a través de los ojos de Asimov

Texto originalmente publicado en el sitio Ciencia Ficción en Ecuador de Iván Rodrigo Mendizábal el 11 de enero de 2016.

Disponible también en La Casa Ártica.

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No descubrí a Isaac Asimov gracias a la Ciencia Ficción. De hecho, el primer libro suyo que toqué fue una historia de Grecia antigua, The Greeks: A Great Adventure, que mi padre y yo devoramos en un fin de semana.

Russian-born American author Isaac Asimov is seen in 1974. (AP Photo)

Cuando te dicen que no vas a dejar de ser virgen porque te gusta la Ciencia Ficción. 😦

Pese a que muchos desconocen esta faceta, lo cierto es que leer un libro de Historia escrito por Asimov es un regalo que todos deberíamos hacernos al menos una vez en la vida. Los exquisitos dirán que se trata de libros incompletos o demasiado simples, pero precisamente la sencillez es su mayor cualidad.

Comúnmente conocida como “Historia universal Asimov”, consta de catorce volúmenes ilustrados con mapas y líneas cronológicas. Está escrita en un lenguaje sencillo y resume los acontecimientos políticos y militares más importantes de diversos periodos, desde el surgimiento de la civilización en Mesopotamia y Egipto hasta los Estados Unidos de la Primera Guerra Mundial.

Como un buen maestro, Asimov describe las conquistas de Julio César como si se tratara de una novela de aventuras. El lector jamás siente el paso de las páginas, pues su lenguaje es tan agradable como atrapante y la misma cualidad de sus cuentos se refleja en la Historia, es decir, uno se deja llevar tranquilamente por cada tomo, al tiempo que es impulsado a investigar más.

Cuando terminé con esta colección, leí otras obras de Asimov. Vinieron entonces sus relatos de robots y de civilizaciones extraordinarias, pero este fue un placer al que solo llegué a través de sus libros menos conocidos.

Su obra de ficción es maravillosa, sin embargo, hay algo mucho más importante: su fe en el progreso intelectual del ser humano.

Asimov comprendió pronto que los especialistas transformaban –en realidad, aún hoy lo hacen– a las ciencias exactas y sociales en misterios descifrables únicamente para una casta de iniciados, a la que cualquier individuo común y corriente no debe acceder.

Alianza Editorial y sus aciertos (sin sarcasmo, ¡de verdad, en serio, sí, verídico!).

Alianza Editorial y sus aciertos (sin sarcasmo, ¡de verdad, en serio, sí, verídico!).

Su intelecto superior comprendió que aquello era un despropósito e hizo todo lo que estuvo a su alcance para, desde una revista o desde sus libros, combatir la ignorancia. Comprendía que nadie, ni él mismo, llegaría a “saber todo”, pero el objetivo de su cruzada era desconocer menos.

Escribió sobre Historia con la misma pasión que puso en la Física o la Química. Era un adelantado a su tiempo y como tal, sabía que entender el pasado es una obligación de aquellos que aspiran a un mejor futuro y que las naves espaciales del siglo veintiuno son el resultado de la primera chispa de fuego que un grupo de homínidos encendió hace cientos de miles de años en un lugar ya olvidado.

Asimov era un escritor de Ciencia Ficción sin duda, pero sobre todo era un cerebro universal y acaso, él mismo, un personaje de ficción especulativa, toda vez que, viviendo en un mundo obsesionado con la especialización, donde los matemáticos se rehúsan a leer a Shakespeare y los sociólogos a Gödel; se adelantó a su tiempo y abrazó todos los campos que pudo con humildad y no con el fin egocéntrico de solo él saber más, sino con el grande, el altruista: ser el catalizador para que los otros, sus congéneres, crezcan espiritualmente y lleguen a las estrellas.