Variaciones de una demanda judicial

En 1947 Raymond Queneau publicó sus “Ejercicios de estilo”, libro en el que compilaba 99 variaciones de una escena opaca que presenció en un autobús parisino. A ese texto árido y desprovisto de detalles el escritor francés lo reconstruyó con diferentes tonos y técnicas.

Queneau era, aparte de literato, un matemático aficionado que perteneció a la Academia Francesa de aquella rama – además de la Academia Goncourt, la más prestigiosa de las letras galas – y un buen porcentaje de su trabajo se enfocó en la experimentación matemático – literaria.

 

Las mil caras de Raymond Queneau

Las mil caras de Queneau

Desde que actualicé este sitio, he recibido algunos correos preguntándome a qué me refiero con “perseguido por la justicia empresarial” en la sección donde explico quién soy.

Una simple crónica para explicarlo, sin embargo, no tendría sentido en un blog tan serio como La rue Morgue, de manera que, sin llegar a la estupenda cifra de 99, intentaré seguir el camino de Queneau, ofreciendo algunas variantes de lo ocurrido:

 

Notaciones.

Es mediodía. Un sujeto de piel cetrina pone un esferográfico y una carta de renuncia frente a otro de tez pálida, casi transparente. Este lo mira y le dice que no tiene pruebas para acusarlo de injurias. El sujeto de color cobrizo suda copiosamente y, tartamudeando, responde que no cabe la negación porque cualquiera puede comprobarlo en Twitter. El otro sonríe, toma la hoja y se dispone a salir con ella. Entonces, el de piel cetrina se pone a brincar a su lado, tratando de recuperar el papel que termina por romperse durante el forcejeo.

El pálido, dos semanas después, cambia de trabajo, aunque el nuevo es peligrosamente parecido al anterior.

 

Parábola de ciencia ficción.

Autómata.

Autómata con la misma vitalidad de un estudiante universitario que se alimenta con hamburguesas.

Al robot café se le fundió la tarjeta de procesamiento porque su dueño, un magnate de los váteres electrónicos, le exigió realizar una tarea demasiado compleja para su sistema: pensar por su propia cuenta.

El robot era prácticamente chatarra y solo por la exigencia del magnate, quien lo apreciaba tanto como a sus váteres, lograron convertirlo en mayordomo tras varios meses de composturas.

La última misión del autómata fue asesinar a un empleado de la fábrica de váteres. Al parecer, la sentencia se produjo porque a este se le ocurrió usar uno de los servicios higiénicos diseñados por el magnate y, al comprobar que no servía, lo publicó en la red holográfica.

El robot marrón fue a buscar a su víctima, pero antes de que pudiera cumplir su misión ordenó al empleado que le dejara ver el retrete. Su objetivo era destruir la evidencia del fracaso de su amo y al momento en que levantó la tapa, una poderosa descarga de electricidad proveniente del sistema de desagüe, terminó por fundir todos sus chips.

Lo último que se supo del empleado, después del incidente, es que fue a limpiar los retretes de otro magnate de los retretes.

 

Otra parábola (novela psicológica rusa).

Los duelos en Rusia, antes, tan populares; hoy, solo los practica Yugi Oh!

Los duelos en Rusia, antes tan populares; hoy, solo practicados por Yu-Gi-Oh!

Dimitri estaba frente a Volodia. Pocas horas antes había nevado y su aliento cálido salía de su boca transformado en neblina. Sentía una mezcla de miedo, odio y ansia. Miles de pensamientos se apiñaban en su cerebro y su corazón latía aceleradamente.

Recordó que el ermitaño Zósima le dijo, pocas horas antes, que la venganza no era el camino de un hombre que busca la redención… Pero ¿perdonar? ¿Acaso es admisible el perdón para un hombre que no fue capaz de aceptar una amistad desinteresada, cuyo único precio era agachar la cabeza y obedecer? A fin de cuentas, ¿no implica toda relación humana el renunciamiento a la dignidad individual a cambio del placer de no estar solo?

No cabía duda, el pálido era un enemigo peligroso, mas, no se sentía capaz de eliminarlo. Dimitri, pese a que no dudaba de que su deber era aniquilar a Volodia, le tenía terror a las consecuencias. No era capaz de asumir el rol de juez y verdugo; las palabras del ermitaño le martillaban la cabeza y el corazón. “¡La venganza no es redención, la venganza no es redención! ¡LA VENGANZA…!” ¿Y qué es la redención? ¿Existe siquiera?

De pronto, Volodia tomó la hoja que contenía la venganza de su rival e intentó llevársela, sin embargo, Dimitri pudo detenerlo. Hubo un forcejeo entre ambos contrincantes hasta que el papel se hizo añicos. Fue un empate.

A Volodia, pocos días después, otro Dimitri lo empleó. Los hombres amamos el fracaso.

 

Subjetivo (un punto de vista).

Mi gato hoy, mañana, siempre...

Mi gato ayer, hoy, mañana, siempre…

El pálido es tonto y feo. Yo soy una maravilla: lindo, inteligente y, pese a que no he leído ningún libro, periódico o revista, trabajo en una librería porque soy tan sabio como Osho. Entre otras cosas, sé que puedo usar a Twitter para expulsar a ese huevón de una empresa que no es mía.

Pero, ese pendejo es atrevido. Cuando le presenté su carta de renuncia obligatoriamente voluntaria, se atrevió a decirme que YO le estaba chantajeando y que eso es mucho más grave que cualquier injuria, sobre todo porque YO no tenía pruebas. Encima, fue tan descarado que intentó llevarse la carta de renuncia obligatoriamente voluntaria para que la revise su abogada. ¡Hijo de puta!

Tuve que rebajarme a su nivel y perseguirlo hasta la puerta para que me entregara su carta de renuncia obligatoriamente voluntaria que me pertenece porque YO la escribí. Como es obvio, con mi súper fuerza lo sometí y sé – rumores que a mí nunca me han interesado – que trabaja en otra librería limpiando el polvo de los estantes.

 

Animismo.

Garabatean sobre mí sin pudor. Me aruñan con sus lápices y sus esferográficos, espadas que hacen que me desangre con pintura azul, roja o negra. Mis hermanas y yo estamos acostumbradas, pero lo que me indigna es que ahora encima me jalan, me arrugan y finalmente me desechan solo porque sus caprichos les impiden recordar que soy frágil y que me rompo.

 

Traslación léxica[1]:

Sí, el ubí es una planta trepadora y no tiene nada que ver con un rubí.

Sí, el ubí es una planta trepadora y no tiene nada que ver con un rubí.

Es un médium, un sulfato de pierna cetrina que pone un esforrocino y un cartapel de renuncio fresal sobre otro que tiene una tía pálida, casi transparente. Este lo mira y le dice que no tiene psicastenia para acusarlo de injusticia. El sulfato de colorete cobrizo suda copiosamente y, tartamudeando, responde que no cabe el negatón porque cualquiera puede verlo en un ubí. El otro sonríe, toma el hojaldre y se dispone a salir con él. Entonces, el de pierna cetrina se pone a brincar en el ladrillal, tratando de recuperar la papelería que termina por romperse durante la forestación.

El pálido, dos semasiologías después, cambia de trabazón, aunque la nueva es peligrosamente parecida a la anterior.

 


 

[1] La traslación léxica es un ejercicio que consiste en reemplazar una palabra por otra siguiendo un método específico. En este caso opté por los sustantivos; el sistema se resume así: Sustantivo + 7, es decir, que la palabra escogida es el sustantivo que sigue inmediatamente a la séptima entrada del diccionario después de aquel que será cambiado.

Comunicado navideño

santa-claus-papa-noel-borracho-alcohol-8

Papá Noel hizo lo mismo que ustedes en Navidad.

Papá Noel sabía lo que iba a pedirle sin necesidad de que le escribiese una carta. Él, una vez más, estaba condenado a poner en marcha su poderosa maquinaria de elfos y enanos para cumplir mis anhelos navideños.

“¡Libros es lo único que pide!”, debió gritar, compartiendo la frustración que sienten mi familia, mi novia y mi gato.

Es inevitable: para mí, la Navidad significa una edición de lujo de los cuentos de Hoffmann o un volumen de la “Vida Nueva” de Dante en editorial Siruela y Papá Noel lo tiene claro.

Por desgracia, su fábrica no produce libros porque a poquísimos nos interesa leer, la mayoría prefiere vestir de luto horroroso marca Zara o calzar botines fosforescentes promocionados por Neymar. Por eso, siempre que el santo de los niños se topa con el niño que escribe esta columna, sufre una apoplejía.

Como en el Polo Norte no abundan las librerías – menos de libros en español –, Papá Noel aproximadamente entre el 10 y el 20 de diciembre viene a visitar las que aún existen en Ecuador. Este año, por fortuna para él, se han reducido las opciones y de las cadenas grandes, solo quedan Mr. Books y LibriMundi, que en teoría son diferentes, pero en la práctica, absoluta y desastrosamente iguales.

Santa Claus encontró muchos libros en el local de la primera ubicado en el Mall El Jardín, pero eran tantos que sumados no llegaban a uno, o, bueno, tal vez a uno, pero no mucho más. Claro, si lo que yo le exigía al anciano hubiera sido filosofía para el váter – autoayuda –, alguna sombra de Grey o de Xavier Moro, seguramente no habría existido problema alguno, mas como lo que yo solicitaba era un libro de Romain Gary o de Raymond Queneau, la situación se complicó.

Come-galletas

El Monstruo de las Galletas se come la galleta de la mala fortuna de leer “After”.

El hombre vestido de rojo se puso a recorrer los mil y un estantes en busca de buenos libros y claro que los encontró: estaban sepultados bajo kilos de hojas por las que el sacrificio de un árbol es un pecado nefando. A una bonita edición de las obras completas de Onetti, Papá Noel la halló entre el libro de los secretos de Steve Jobs para ser exitoso en la cama y el CUARTO volumen de la trilogía de la “Cincuenta sombras de Grey” que contiene la versión nunca antes contada por el Monstruo de las Galletas; a Homero, en cambió lo vio junto a un cuaderno de Homero Simpson para pintar y a Shakespeare no lo encontró, quizá estaba detrás de la biografía de Andre Agassi y hasta ese tenebroso sitio, ni el santo carmesí quiso llegar…

En todo caso, los ayudantes de Santa Claus contactaron a mis amigos libreros, quienes recomendaron muy buenos libros, lástima que costaban entre 40 y 90 dólares, bajos precios que el monopolio imperial de La Favorita, dueña de casi toda librería grande, ha impuesto sin el menor pudor en la capital.

Mr Books

La leyenda dice que entre estos estantes se ocultaba el Fantasma de las Navidades Pasadas, pero lo vendieron.

Afortunadamente, Papá Noel tuvo la opción de las librerías de viejo, donde con 10 dólares se pueden comprar aproximadamente 8 libros si se sabe negociar, todos en estado aceptable y de autores que los dueños de los grandes locales ni siquiera han escuchado de casualidad, pese a que sí están en el catálogo de Random House Mondadori, que es la editorial que abunda en la comarca, pero que corresponden a la categoría “no se venden”, un anatema inventado por el inefable conocedor que administra aquella empresa. Eso en cuanto a Mr. Books.

De LibriMundi no hay mucho más que decir, salvo que de la aventura que casi hunde al barco – los capitanes anteriores sabían navegar solo en la laguna artificial del parque de La Alameda – lo sacaron a flote los dueños de su antaño competidor para convertirla en una bodega con casi las mismas cosas aunque con estanterías de diseño más elegante.

Por fortuna, Papá Noel y sus enanos encontraron algunos libros usados y uno que otro nuevo a tiempo para colocarlos bajo las ruinas del árbol de Navidad que mi gato tumbó antes del 25 de diciembre.

Supongo que el santo de los niños pensará dos veces el próximo año antes de emprender la tarea de conseguir los regalos que yo quiero, no solamente por la dificultad que entraña, sino porque mi sevicia es tan inmunda que ni siquiera se me ocurrió dejarle un plato de galletas y un vaso de leche como agradecimiento. Fin del comunicado.