Holy – good

UNO

cine hollywood

Cine Hollywood. Fuente: blog “Colombia & България

En los años setenta y ochenta, anacondas humanas se enroscaban alrededor de ese gigantesco cuerpo de cemento en cuyas entrañas habitaba el cine Hollywood.

Cada escama de la culebra tenía ojos, piernas y un sexo anhelante, pero, pese al prejuicio, los espectadores no eran perversos violadores o proxenetas en decadencia, más bien se trataba de empleados públicos a los que sus jefes, diputadillos o ministretes, opacaban hasta el punto de convertirlos en borrones del libro de la vida.

Por aquellos años había libre ingreso para las mujeres y ellas, como vetas de oro, sobresalían con sus faldas cortísimas entre el tropel de funcionarios con la corbata tan perfectamente anudada que parecía una horca.

Putas”, les decían las señoronas a aquellas vetas de oro y quizás era cierto, el caso es que nunca se pudo comprobar que una hiciera sus negocios dentro del cine o eso es lo que repetían hasta el cansancio administradores y porteros.

En pleno siglo veintiuno las mujeres dejaron de ser admitidas para evitar líos con la policía. Las beatas de los setenta hubieran estado felices, pero su victoria llegó tan tarde que, si estaban vivas, ya ni siquiera les importaba.

Antes, en los sesenta, no solo que podían ingresar las féminas, sino que vedettes colombianas o argentinas preparaban presentaciones para el Hollywood provocando felicidad inenarrable en solitarios onanistas y grises funcionarios que buscaban combatir su estrés laboral con piernas y nalgas.

Las anacondas humanas reptaban sobre las diminutas veredas de las calles Guayaquil y Espejo a cualquier hora, pero entre las doce y las cinco de la tarde era el momento preferido para hundirse en las butacas.

Pasadas las seis, el voyeur, si quería quedarse, debía mutar en masoquista, pues el sector se llenaba de malandros incapaces de respetar el éxtasis ajeno.

Para el hombre de la taquilla casi ninguno de sus visitantes era un misterio. Desconocía sus nombres, pero sus caras eran muy familiares: los amantes del Hollywood eran asiduos.

Algunos sufrían de timidez. Casi siempre sus ojos miraban el piso, entregando la boleta sin levantar la cara. Otros, desafiantes, contemplaban a los empleados con una sonrisa burlona, y también había indiferentes que, sin duda, eran los más llamativos porque no había sombra de felicidad, tristeza o vergüenza en sus expresiones.

Impenetrables, acudían al cine con la misma frialdad con que un contador despachaba una tarea desagradable. Era imposible no preguntarse sobre su vida: ¿serían infiltrados, gente contratada para averiguar si se producían actos ilícitos dentro del cine? O ¿era gente sin nada que hacer y que iba únicamente para no estar sola o, lo que es peor, acompañada por alguien a quien no querían?

Mientras tanto, en la sala de proyecciones, el encargado se aseguraba de que las cintas estuvieran en buen estado, pues, en caso de enredarse, se verían obligados a suspender la función por minutos u horas.

En medio de esos percances, la gente se volvía loca, era capaz de lanzarse por los pasillos iluminados con luces rojas en busca del técnico para hacerle pagar con su vida por el corte. Es natural, esas personas quedaban truncadas en su camino al éxtasis.

De todas maneras, aquello era una rareza. El encargado era un experto en manipular los rollos de película y si hubo suspensiones, ciertamente no fue por su ineficiencia.

La peor tarde se produjo cuando un anciano sufrió un infarto en medio de cierta función y los servicios médicos solo lograron llegar para verlo muerto sobre la alfombra sucia.

El resto de asistentes no le dieron asistencia al verlo colapsar, solo se pusieron a huir como si temiesen contagiarse con alguna peste.

“Es que temen ser reconocidos…”

Lea otra crónica sobre el cine Hollywood en Caja Negra.

DOS

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“La musa” pide cédula para entrar al cine. Fuente: Deskgram Cristhian Parrado.

El declive fue vertiginoso. Podría culparse al VHS, al DVD, al internet o a cualquier otro adminículo de origen extranjero capaz de reducir la distancia entre el sexo en audiovideo y los espectadores circunstanciales.

La razón, sin embargo, es el aburrimiento.

En otro tiempo ir a ver pornografía en el cine era un acto de rebeldía, un escupitajo en la cara de los pacatos, pero, con el pasar de los años, lo que dijeran las beatas o los curas dejó de importar, tanto que ambas especies se convirtieron en fieras con peligro de extinguirse.

La gente, si bien seguía siendo hipócrita ante el sexo, ya no se tapaba sus ojitos para no disfrutar las delicias del pecado.

Por la ausencia de público, los dueños del cine Hollywood y de su primo hermano, el América, se vieron obligados a despedir empleados y la panza de la bestia de cemento y celuloide se vació.

El hombre de la boletería pasó a cumplir funciones de acomodador y hasta técnico de proyección. Empresarios y últimos empleados asistían con un silencio resignado a la derrota de su gigante.

Los espectadores eran una luz en el ocaso. Su número se redujo de forma considerable con el transcurso de los años, es cierto, pero unos veinte o quizá treinta se rehusaban a abandonar el barco, manteniéndose fieles desde los años sesenta.

Estos hombres, ahora vetustos como las alfombras del cine, parecían amantes que, víctimas de la costumbre, habían quedado ligados al celuloide y la llegada de internet o del blu – ray no consiguió librarlos de su maldición.

Estos hombres perdieron mucho tiempo atrás la vergüenza. Cuando alguien les plantaba conversación en el vestíbulo del cine, impasibles, respondían como en medio de un despacho del Ministerio de Comercio Exterior.

Se trataba de vejetes con anteojos gruesos y piel pálida que no se atrevían a comprar celulares por un pánico cerval a las  pantallas táctiles.

Por aquellos años, fue que las mujeres quedaron vetadas del cine. Los vecinos del sector se quejaban de que las prostitutas entraban con sus amantes de ocasión para ahorrarse el costo del motel o simplemente porque las urgencias no permitían llegar a ninguno.

“¡Eso un puterío!”, “¡este es un barrio decente!”, “¿adónde vamos a parar así?”

Lo cierto es que el cine había funcionado sin problema conviviendo con la decencia del barrio por seis décadas. Sobrevivió a las beatas y a las feministas new age, sin embargo, la pornografía en discos piratas cerraba poco a poco un lazo sobre el cuello de los dueños del cine y el escándalo con la policía habría sido el fin del fin.

Evitar que las mujeres, putas o no, entraran al cine era una estrategia desesperada para prolongar la agonía del Hollywood, gigante de cemento que, huérfano de la anaconda, sobrevivía a trompicones entre burlas y saldos en rojo.

TRES

Su fin llegó al mismo tiempo que el auge de los cines de centro comercial. Aquel fue el puntillazo en el lomo de la bestia de celuloide que ya no podía adaptarse al nuevo tiempo.

Las autoridades exigían que los administradores instalaran parqueaderos gigantescos, con espacio para trescientos vehículos, pese a que los asistentes no llegaban ni a cien.

Querían múltiples puertas de escape cuando en el centro de la ciudad tumbar una pared hubiera significado el derrumbe de la construcción entera y acaso de las aledañas.

En octubre de 2017, mientras en los cines de centro comercial se estrenaba el último blockbuster de Marvel y la gente se apilaba en las salas con formato imax, los últimos trabajadores del Hollywood recibían los papeles de su liquidación.

Entre octubre y noviembre, los asistentes acudieron a ver viejísimas películas porno italianas de los setenta con la tristeza propia de un funeral. Eran los muñones de esa anaconda que, ahora, estaba cómodamente sentada en una sala con aire acondicionado y sonido estéreo viendo a un Thor convertido en esclavo después de la aniquilación de su planeta.

Los viejecitos no iban a abandonar a su creatura de celuloide (uno de los pocos cines de contenido puramente erótico en el país) hasta que respirara su última bocanada de aire.

Los gemidos de las italianas de la película parecían los de la sala entera que abandonaba la vida entre quejidos y erecciones como dicen que les sucede a los ahorcados. En este caso, el estrangulamiento no se hacía con sogas, sino con deudas.

El médico forense, sin embargo, habría de escribir en el parte mortuorio que la verdadera causa de muerte fue el paso del tiempo que aniquila a hombres y cosas que son incapaces de adaptarse al cambio.

Érase una vez el Reino de la Tuentifor

Por: Huilo Ruales Hualca

 

Texto publicado en Cartón Piedra de 16 de septiembre 2013 y en Mundo Diners 24 de diciembre 2007.

 

24mayo

Bulevar 24 de Mayo y Monumento a los Héroes Ignotos, Quito, 1922
Fuente: Archivo Histórico del Banco Central

Uno

Hace fú, cuando Kito tenía todavía esperanza y el norte no era una zona sagrada ni, más tarde, una forma de desesperación urbana, la Tuentifor era la meca del día y de la noche.

Como todo en esta vida, había nacido de la nada y, más precisamente, de una quebrada llamada Jerusalén, frontera sur de la apacible capital de los años 20. Con nostalgia modernista se la rellenó y se la transformó en una suerte de alameda. Pero esa etapa romántica no duró una vela y solamente quedó su nombre: Avenida 24 de Mayo.

Con el tiempo y las aguas y la multiplicación de sus habitantes, sobre todo hacia el Sur, se volvió una avenida trunca, de ancho torso y patas cortas. Como tobogán, bajaba a toda madre y al rato, es decir cuatro o cinco cuadras después, fenecía estampada en un inútil puentecito, hediondo a meado de borracho. Por último, desecha y sin nombre, se desparramaba hacia la Ronda, que era una calle colonial casi de cuento, pero malo.

Por su extensión, el título de Avenida le quedaba nadando. En cambio, por su comportamiento, merecía el de Campos Elíseos y no en alusión al magno bulevar de París, sino al del mito griego. La Tuentifor, como en el mito, se volvió el paraíso de las sombras donde vivían felices hasta los muertos de todo tipo. No por nada el cementerio San Diego estaba cada vez más vivo y con el tiempo se lo vería cruzando vías, pasos a desnivel, casi fundando nuevos barrios blancos para sus nuevos muertos. No por nada, la Tuentifor tenía a su diestra el Hospital y Moridero San Juan de Dios, y a su siniestra, la Cárcel Municipal y el Manicomio San Lázaro. No por nada, llegaba hasta el Dormidero Uno de Kito, que era el portal de Santo Domingo. No por nada, la Tuentifor tenía la custodia de una gigantesca virgen, que un día cualquiera amaneció mal atornillada sobre el Panecillo.

En medio de todo ello, que era un claro estigma, vivía la Tuentifor como una puñalada fresca. Era la zona candente de la ciudad y tenía dos caras como todo en ella, empezando por su gente .

La cara diurna era un mercado de veinte cuadras a la redonda. Naturalmente, el nervio de ese mercado, el más grande de Kito, era la avenida. Los alcaldes la odiaban, la querían muerta, pero la Tuentifor estaba rubicunda. Tanto, que a veces exageraba e iba a dar en los linderos del palacio de Carondelet. Eso ocurría, por ejemplo, en diciembre, que la locura andaba suelta. Se vendía, se compraba, se robaba. El sur entero, que no terminaba nunca, se tiraba a la Tuentifor como en busca del maná. Igual, el sur que vivía en el norte. Y el sur que vivía en el centro. Igual, los provincianos, los campesinos, todos caían en el remolino de la Tuentifor.

Empezaba por un mercado de varias cuadras llamado el de los Cachineros, en donde se vendía sin pestañear todo lo robado en Kitolandia. Se vendía incluso bajo pedido. Después, se expandía el mercado de muebles nuevos más baratos del mundo. Después, seguía hasta llegar a las comisuras de San Diego y de la Merced, el mercado de la ropa, el calzado, los medicamentos, los licores, todos oriundos del contrabando. Y, por último, un interminable mercado de alimentos que daba al Kito Viejo un tufo a pescado frito mezclado con incienso. Pero para que el paroxismo sea completo, la Tuentifor tenía algunos aditamentos claves : cada diez pasos la venta de música a mil decibeles, los charlatanes de feria cazando incautos con triple micrófono, los encorbatados anunciadores del Juicio Final, equipados con acordeón eléctrico y hasta con coro. Solamente los choros trabajaban con las uñas, en puntillas y en completo silencio.

Al final del día, ese montón de calles eran un basurero colosal escarbado por perros y vagabundos. Pisando sus talones, y de paso también escarbando, llegaba el pelotón de barrenderos municipales. Y a las siete de la noche, todo estaba limpio salvo el aire por el que circulaba como una legión de fantasmas el tufo de la Tuentifor. El tufo del que no se salvaba ni el Palacio de Gobierno, ni el Palacio Arzobispal, ni el Ilustre Municipio de Kito, ni el inmaculado Hotel Majestic.

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Foto tomada en diciembre de 1970 en la Plaza 24 de Mayo. Fuente: Diario Últimas Noticias.

Dos

Por la noche, era otra historia llamada con todo derecho el Reino de la Tuentifor. A mediados del siglo veinte, todavía los señores acarreaban sus críos a la Tuentifor, con el fin de que se iniciaran en las artes amatorias. De paso, ellos se perfeccionaban, pues allí había auténticas escuelas de desfloramiento, perfeccionamiento y corrupción. Allí, forjaron su mitología varias putas divinas que fueron objeto del deseo y también amparo para preclaros patriotas, que a la final se fueron al carajo. Putas por las que muchos poetas perdieron la cabeza y hallaron el verso, cosa que de vez en vez mostraba la literatura ecuatoriana. Pero no solamente había putas y puteríos cinco estrellas y uno que otro templo hermético, donde el placer no conocía límites y tampoco su tarifa. El Reino de la Tuentifor tenía la vastedad del infierno y la variedad de un megamercado, de tal manera que todos hallaban la puta que se merecían. Unas, en la calle y en racimos cerca de los alegres puestos de flores para muertos. Otras, la mayoría, en el Infierno Azul Añil, que era el puterío más grande del mundo.

Putas por las que muchos poetas perdieron la cabeza y hallaron el verso, cosa que de vez en vez mostraba la literatura ecuatoriana. Pero no solamente había putas y puteríos cinco estrellas y uno que otro templo hermético, donde el placer no conocía límites y tampoco su tarifa.Estaba ubicado en la cresta de la avenida y a la distancia parecía un balcón florido, un retablo celestial en el templo de la Tuentifor. Desde cerca era una locura azul, un trasatlántico encallado en el asfalto. Ocupaba una manzana y tenía cuatro pisos de camarotes. Doscientos camarotes de cortina floreada y foco de luz azul. Y una silla en el umbral, para que cada una de las doscientas putas estirara las piernas. Y para que chismorreara con sus vecinas y se carcajeara de la puta vida porque en el trabajo no se lloraba, sino más tarde, cuando los gallos señalaban el final de la jornada.

Hacia allá, tambaleantes de tragos, acudían las almas necesitadas de un polvo barato y sin trámites burocráticos. Forasteros, estudiantes, conscriptos en franquicia, burócratas de segunda, tercera y última, poetas sin musa, pobres diablos salidos de no sé dónde.

En el primer piso, estaban las putas a punto de jubilación, o las que asumieron el oficio no por méritos, sino porque no había salida. Putas a precio de saldo. En el segundo, la mercadería era variopinta y cuestión de gustos y el precio se triplicaba. En el tercero, es decir, en la cumbre, en la superestructura de la nave, estaban las doncellas, las ninfas, las sílfides, las náyades y los hembrones, polvos de oro puro hasta en el costo. Claro que, salvo los urgidos clientes, todos desfilaban por el tercer piso. Con los ojos bizcos y la lengua afuera, admiraban los portentos y con el apetito ya incrementado, lo saciaban tristemente, más que nada en el primero. El boccato di cardinale del tercer piso era para privilegiados. Para chagras con plata, truhanes emergiendo de un buen golpe, emigrantes de vacaciones y kamikazes que por un polvo de lujo se jugaban el sueldo entero.

Pero no solamente de sexo vivía el Reino de la Tuentifor en esos tiempos, sino también del juego limpio y sucio. A lo largo y al través de la avenida chisporroteaban los salones, las cantinas de doble y triple fondo. Allí se jugaba rumi, poker, pinta y pase inglés de casino, apostando lo que se tenía y no se tenía, incluidas las mujeres propias.

Los nictálopes que sobrevolaban como cuervos en las tierras del Reino, rumoreaban sobre la existencia de antros inescrutables, como bóvedas bancarias, donde se jugaba la ruleta rusa y no siempre de manera voluntaria. Igualmente, en los entornos de la Tuentifor funcionaban sin horario y casi sin luz una tríada de empeñaderos pertenecientes a un viejo rata de corbata mugrienta. En una navidad, se lo encontró degollado al pie de una montaña de objetos empeñados. Ni la policía ni nadie pudo impedir la romería de clientes que cayeron encima con toda el hambre atrasada.

Por lo demás, en el Reino de la Tuentifor no se respiraba a sangre sino a bebida y comida y a música directo a la vena. Allí vivía a sus anchas la bohemia de cepa. Allí tenían sus “huecas” sacrosantas los dioses del olimpo nacional e internacional: Julio Jaramillo, Homero Hidrobo, los Benítez y Valencia, los Reales; y a veces, Daniel Santos y Lucho Gatica y alguna vez Agustín Lara y una sola vez, bien acompañada para que no se le confunda, su alteza, doña Celiacruz.

Fue en la Tuentifor, en el Gallo de Oro, que estuvo la punta de la madeja de un legendario alboroto de postín y de un gobierno derrocado. Un crimen que sacudió los cimientos del país porque se trataba de un affaire que en sobredosis iguales mezclaba droga, tercer sexo y cancillería. En esa ocasión, la fama de la Tuentifor se paseó por el mundo arrastrando como sucia cola de novia la mala fama del gobierno de turno. Y de su cuerpo diplomático, como una horda de maricones que se daban la gran vida con el erario nacional.

Aparte de esos antros exclusivos, había espacio para todo mundo, como en Chinatown. No se diga para los músicos de alquiler que eran un emporio. Maridos arrepentidos, novios con el corazón en la mano, hijos pródigos, los contrataban para serenatas. En grupos, al igual que las rameras, los músicos zarpullían en la Tuentifor. Los más solicitados eran los músicos ciegos, aunque costaban un ojo de la cara. Pero tocaban profesionalmente y cantaban con un sentido de la tragedia que resultaba efectivo.

Recién al alba cerraba sus párpados de loba de mil tetas, la Tuentifor. Solamente quedaba el Restaurante Luna llena, que no dormía nunca y vendía los mejores caldos de gallina del Hemisferio Sur. Y las luces moribundas de un par de puestos de comida callejera. El resto, eran sombras ovilladas dentro de sus ponchos. Y putitas sin techo y sin medio, cacareando solas por la avenida. Y borrachos, con el piloto automático casi dañado, tambaleando delante de ellas en busca de rebaja.

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Vista actual del Bulevar 24 de Mayo. Fuente: Archivo de El Comercio.

Tres

De urgencia y sin ayuda de nadie, salvo de la desesperación de la gente que llegaba en busca del Dorado, la ciudad entera se dedicó a crecer con saña. De día y de noche se paría, se mutaba, se multiplicaba, como si estuviera huyendo de sí misma o llegando perseguida por la peste. Tanto creció, que un día la Tuentifor se halló demasiado lejos. Además que apestaba, era fea y tenía mala suerte. Así es que en el Norte que era varios nortes, en el Sur que se hizo un montón de sures, en el Occidente que con las uñas se iba tomando el Pichincha y en el Oriente, que se desbocaba valle abajo, borbotearon sin ayuda de nadie los burdeles. Y los modernos abrevaderos para la bohemia y el desmadre. Porque había llegado el tiempo del desmadre. El tiempo de la Gran Crisis que se infló como un globo hasta que reventó y de él brotó el miasma.

Entonces, se puso de moda no solamente España sino la Muerte.

Recién al alba cerraba sus párpados de loba de mil tetas, la Tuentifor. Solamente quedaba el Restaurante
Luna llena, que no dormía nunca y vendía los mejores caldos de gallina del Hemisferio Sur. Y las luces moribundas de un par de puestos de comida callejera. El resto, eran sombras ovilladas dentro de sus ponchos.
El Reino de la Tuentifor se fue por el caño y por el caño surgió el Reino del Miedo. Y, aprovechando que bajó el costo de la vida humana, se fumigó el Kito Viejo de una sola. De paso, se lo dejó como nuevo y con el aire oliendo a palo de rosa y lubricante. El megamercado, comiéndose cemento, fue a dar en La Marín, donde se convirtió en un auténtico puerto. Y de los encantos de la noche no quedó nada, aparte de la desolación.

Por último, sin apuro ni proyecto, surgió el reino secreto de la Tuentifor. El de los falansterios en ruinas habitados por ratas, mendigos y enajenados indignos del Patrimonio de la Humanidad. El de las cantinas clausuradas por afuera y que en su interior acogían errabundos alcohólicos, hampones jubilados o en fuga, bohemios en la tercera orilla, músicos con la yugular abierta. Alguna mesalina legendaria con los cables sueltos penetrando en su decadencia. Alguna que otra ninfa oriunda del norte, que hastiada de la vida andaba en busca de la muerte. Poetas en llamas, cronistas de guerra, profetas del Akabóse, que con el tiempo y el desasosiego, serían los personajes fundadores de la meta-ciudad, titulada los Kitos Infiernos. Pero eso es otra historia. Además, está lloviendo como si fuera para siempre.

Ser puta es grave

Preparándose para la sabatina...

Preparándose para la sabatina…

Ser puta es grave, pero ser cliente es peor. ¿Qué derecho hay de buscar placer? El Estado, con el Ministerio de Educación a la cabeza, nos explicó desde la escuela que los cuerpos que se entregan al deseo son primitivos.

Encontrar prostitutas es más difícil que conseguir platino, sin embargo, durante una noche de borrachera, uno de mis amigos del colegio me dijo mientras ingería su décima botella de cerveza: ¡vamos de putas!

No es miedo lo que tuve. O sí… no sé. En cualquier caso, no fuimos.

Sin embargo, las semanas siguientes solo pensé en sexo y prostitutas. En la cama me daba vueltas como un endemoniado, preguntándome cómo se sentía el cuerpo de una mujer. Había conversado con ellas y en la escuela los maestros me explicaron cuáles eran las diferencias entre un niño y una niña, pero en la práctica, yo, igual que cientos de miles de hombres, no vi jamás una muchacha desnuda y, peor, la toqué.

Al borde de la desesperación, telefoneé a mi amigo. Al principio, dijo que no me entendía, que él jamás estuvo con una prostituta ni con mujer alguna, que es un pecado contra la patria, contra Dios y no sé qué más.

No permití que siguiera echándome cuentos. Le hice ver que no era un mocoso y que deseaba estar con una mujer, no mañana, no pasado, ¡ya!

“¿Siquiera sabes lo que es un liguero?”

Llegó a mi casa con un “six pack” de cervezas para darse ánimo. No era tan experimentado como pretendía, supongo.

Durante el camino no cruzamos palabra. El viaje en taxi duró una hora y llegamos, algo borrachos, a un galpón enorme en medio de la nada. Tuve la impresión de que alguien acechaba en la oscuridad – no se veía nada, los únicas luces eran las de los carros que pasaban por la carretera de vez en cuando –, pero estaba demasiado bebido como para que me importara.

Mi amigo golpeó en una pequeña puerta lateral hasta que una voz, desde dentro, hizo cierta pregunta que no pude comprender. “El virgen”, fue la respuesta.

Casi vomito por las carcajadas.

Al poco, un hombre alto y con aliento repulsivo abrió. “Solo están la Camila, la Sandy y la Lucero”. Pagué por la última, su nombre me pareció bonito.

El galpón oscuro y el tufo a cigarrillo, sudor y trago me provocaron un nuevo acceso de náuseas. Mi amigo se sentó, explicándome que la Lucero se iba a demorar un poco, el cuidador le había dicho que estaba con un burócrata, “de esos que hacen las leyes contra las putas”.

Le pregunté qué era un liguero, temiendo que pudiese arruinar el encuentro si no lo averiguaba, pero él no pudo contestarme porque una mujer, que había salido de entre la nube de humo de cigarrillo, me tomó de la mano y me arrastró hacia una puerta, tras del escenario donde otras putas – la Camila y la Sandy – bailaban quitándose sus bikinis.

Al entrar al cuarto, tuve miedo. No del sexo, no de la mujer, solo del liguero. ¿Podía enfermarme por su culpa? ¿O ir a la cárcel? Le pedí a Lucero que me explicase.

Risas.

El amor sin amor...

El amor sin amor…

Terminé de bruces en la cama, con el cuarto convertido en un carrusel. El edredón de la cama estaba húmedo, creo que por el sudor del fulano que había entrado primero.

Más náusea.

Lucero – por fin pude verla: era horrible, tan horrible que resultaba hermosa – empezó a quitarse la blusa – estaba disfrazada de enfermera –, mientras yo pensaba con desesperación en el liguero.

“¿El liguero te liga a alguien? ¿A Lucero, a las putas?”

Una sirena sonó de repente y luego un par de balazos. Un breve silencio y, al final, golpes, gritos, maldiciones.

“¡Puta madre!”, dijo la puta y yo volví a preguntar sobre el liguero. Lucero me abofeteó por pendejo y en seguida entraron los policías.

Un día para olvidar pero que no se puede olvidar

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Subiste al autobús agotado. En ese tiempo aún eras librero y creo que te gustaba. En la radio, un locutor leía las noticias, haciendo énfasis en la liquidación de miles de médicos y enfermeras pertenecientes al Seguro Social, el gobierno alegaba que eran viejos y que se traería a cubanos para reemplazarlos. Sacaste un libro de la mochila.
En casa todo estaba oscuro y silencioso. No había ni un perro que te ladre.
Desnudo – completamente – te metiste en la cama y antes de prender el televisor permaneciste en silencio unos minutos, escuchando, a lo lejos, la parranda vallenata de algún vecino.
En la televisión pasaban solo películas aburridas y algún episodio viejo de Friends. Apagaste todo y acurrucado en las sábanas heladas seguiste escuchando los vallenatos.
El teléfono sonó. Dijeron tu nombre y algo sobre una emergencia. Debías ir en seguida.
Por unos minutos, permaneciste estático en medio de la penumbra – más desnudo que antes –. Lo primero era llamar a alguien, pero te sentías solo. Existían tu hermana, tus tías… Sí, pero estabas desnudo
Llegaron al poco tiempo. En el automóvil te interrogaron y solo pudiste decir que no sabías nada, excepto que era grave. La voz del médico que llamó sonaba nerviosa.
Por el camino, viste que en la “zona rosa” la gente bailaba, bebía. Salsa, trago, putas, lo usual. Tú, mientras tanto, pensabas en el inicio del Quijote: “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…” ¿Quién sabe el porqué?
Reaccionaste cuando el carro se detuvo.
En el piso tres del hospital, dos practicantes dijeron que el jefe de Terapia Intensiva quería tener una reunión. Nada más. Creo que uno de ellos fue el que habló contigo por teléfono.
El médico explicó que había ocurrido un accidente, que la enfermera no subió el riel de seguridad de la cama – “no es que eso sea negligencia, además hay una sola persona para más de treinta pacientes, por lo de los despidos” – y que el enfermo, desesperado por quién sabe cuáles delirios, se puso de pie, mas, como estaba tan débil, resbaló golpeándose la cabeza contra la pared y el velador. Luego un aneurisma y el coma.
Llovieron frases del tipo: “se hizo lo que estuvo en nuestras manos”, “errores humanos”. Lo usual.
Fuera de la sala de reuniones, le dijiste a una de tus tías que al día siguiente hubieras ido a visitar a tu padre. “Ayer y hoy trabajé todo el día”, balbuceaste a modo de excusa. Es probable que no hayan escuchado.

Bambi y “El poder del ahora”

El bulevar de las Naciones, una obra crucial que ha demorado en estar lista poco más que la Muralla China.

Arriba se pueden ver claramente las tumbas de los pájaros que ya no cantan en el actual bulevar de las Naciones Unidas; aún persiste la duda de si la alcaldía pretendía transformar a Quito en un cráter de la luna.

Hace un par de meses me desperté, abrí la ventana de mi habitación y cuando los rayos del sol me iluminaron el rostro y el canto de los pájaros – los que aún no se han ahogado por el smog del bulevar de la Naciones Unidas – me alegraron el alma, pude sentir que surgía el espíritu altruista en mí, decidiendo en seguida hacer el bien sin mirar a quién.

Naturalmente no sabía por dónde empezar, esto era algo muy nuevo en mi vida, por lo que decidí buscar la iluminación en el sitio más apropiado para las epifanías: un prostíbulo.

Por el camino pasé por un puesto de revistas donde se exponía, entre otros libros pirateados, un ejemplar de El poder del ahora de Eckhart Tolle. Los que, como yo, están acostumbrados a los despertares místicos sabrán que una revelación se produce de repente, alimentada por un evento que en apariencia no es crucial, pero que resulta ser la puerta por la que se debe atravesar antes de convertirse en un buda. Por lo mismo, aquel libro tenía un significado especial, no en vano Oprah Winfrey y Ben Stiller, adalides de la cultura contemporánea, lo consideran una obra crucial de filosofía y autodescubrimiento.

Sin dudarlo más, lo compré aunque el precio me pareció excesivo – un dólar – considerando su verdadero valor – quiero decir que en librerías “jai lai” lo venden a casi veinticinco dólares, claro…

Orgulloso y con mi preciado tesoro bajo el brazo caminé al puticlub más cercano y, aunque no soy asiduo de esos lugares bochornosos y vulgares, fui recibido a cuerpo de rey en la mesa habitual, mientras Brandi, Mandi, Candi, Landi y Bambi – sí, todas con i latina – se contoneaban delante de mí. Escogí a la última empujado por la intuición – como todo iniciado –, la hice sentar a mi lado e instantáneamente me puse a predicar.

"El poder del ahora". Debe leerlo, a menos que haya leído antes la Biblia (porque hay muchos versículos), el Bhagavad Gita (también hay muchos versos de este libro), los sutras budistas (también hay citas de ellos), las películas Matrix y el Rey León (también hay citas).

“El poder del ahora”. Debe revisarlo, a menos que haya leído antes la Biblia (porque hay muchos versículos citados), el Bhagavad Gita (también hay muchos versos de este libro), los sutras budistas (también hay citas de ellos), las películas Matrix y el Rey León (también hay citas).

— Debes cambiar tu vida y buscar la realización espiritual, hija mía; noto que te estás hundiendo en el mundo de las apariencias, en el de la carne… Todo esto, ¡TODO!, es una falacia, un engaño de los sentidos.

— Sí, sí, papi, ¿ya no’ vamo’ al cuarto? ¡Rrrrrrico!

Como es natural, tuve que ignorar las tentaciones a las que me sometía su espíritu poco evolucionado e incapaz de pronunciar las eses.

— El maestro Tolle – proseguí – dice que la felicidad que trata de alcanzarse a través de los placeres físicos es fugaz, banal y que surge de la insatisfacción o la insuficiencia…

— ¡Claro, papi, que lo’ que vienen pa’ acá son insatifecho’ y también uno que otro son insuficiente’, pero yo le’ hago alcanzar la felicidad, no e’ mi culpa si son fugace’ pa’ acabar!

— ¡Silencio, Satanás! No quiero saber más de tus historias llenas de pecado; escucha: debes conectarte con tu “cuerpo interior”, sentirte…

— ¿O sea, papi, que quiere’ verme cuando me toco?

— ¡Eres un caso perdido, un alma condenada a miles de reencarnaciones! Sin embargo, te voy a regalar este libro, ojalá lo leas y cambies… ¡Por tu bien!

Luego fuimos al cuarto.

Hace un par de días, mientras trataba de terminar una crónica sobre las espiritualmente evolucionadas cadenas sabatinas del Mashi, encontré a Bambi en el Parque La Carolina; estaba cubierta con harapos y parecía desencajada, fuera de lugar.

— Hola, Bambi, ¿qué haces aquí? ¿Estás bien? – le pregunté.

— ¡Calla, calla, no me dejas escuchar!

— ¿Qué cosa?

— ¡A ella!

— ¿Quién es ella? Me estás asustando…

— ¿Por qué? Mira, allá viene – señaló con el dedo índice un árbol de raíces enormes.

— ¿De qué hablas, Bambi? Eso es un árbol.

Eckhart Tolle te dice: "¡ve a dormir en un parque; allá te robarán, desnudarán, violarán y te harán alcanzar la iluminación!"

Eckhart Tolle te dice: “¡ve a dormir en un parque; allá te robarán, desnudarán, violarán y te harán alcanzar la iluminación!”

— ¡No, e’ mi yo verdadero, no el yo chiquitico, el del ego, sino el YO, el único! Lo acabo de encontrar gracia’ a tu ayuda, oh maestro – y en seguida se abrazó al tronco.

Me sentí incómodo y mi estado de vergüenza ajena se iba incrementando a medida que Bambi – quien me aclaró que ahora se llamaba Madre Germinadora De la Madre Tierra – empezaba a despojarse de sus harapos, al tiempo que se frotaba contra el tronco del árbol, lo besaba o le decía palabras dulces. Mi estupor era compartido por un creciente grupo de quiteños que, entre la broma y el susto, permanecían mirando la escena en estado de un éxtasis escatológico.

— Ven, oh maestro, para que disfrutes de mi yo – me dijo, invitándome a participar de su rito de “sobamiento” –; tú me descubriste al iluminado Eckhart Tolle y mereces participar de la unión con mi YO.

Huí despavorido y por el camino me preguntaba si ese sería el final que le espera a todo lector de Eckhart Tolle – en el fondo, muy en el fondo, estaba preocupadísimo por la salud mental de ciertos empresarios que lo leen con absoluta devoción.

 

Otra lectora de Eckhart Tolle se pone en contacto con su YO en EE. UU.

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