Érase una vez el Reino de la Tuentifor

Por: Huilo Ruales Hualca

 

Texto publicado en Cartón Piedra de 16 de septiembre 2013 y en Mundo Diners 24 de diciembre 2007.

 

24mayo

Bulevar 24 de Mayo y Monumento a los Héroes Ignotos, Quito, 1922
Fuente: Archivo Histórico del Banco Central

Uno

Hace fú, cuando Kito tenía todavía esperanza y el norte no era una zona sagrada ni, más tarde, una forma de desesperación urbana, la Tuentifor era la meca del día y de la noche.

Como todo en esta vida, había nacido de la nada y, más precisamente, de una quebrada llamada Jerusalén, frontera sur de la apacible capital de los años 20. Con nostalgia modernista se la rellenó y se la transformó en una suerte de alameda. Pero esa etapa romántica no duró una vela y solamente quedó su nombre: Avenida 24 de Mayo.

Con el tiempo y las aguas y la multiplicación de sus habitantes, sobre todo hacia el Sur, se volvió una avenida trunca, de ancho torso y patas cortas. Como tobogán, bajaba a toda madre y al rato, es decir cuatro o cinco cuadras después, fenecía estampada en un inútil puentecito, hediondo a meado de borracho. Por último, desecha y sin nombre, se desparramaba hacia la Ronda, que era una calle colonial casi de cuento, pero malo.

Por su extensión, el título de Avenida le quedaba nadando. En cambio, por su comportamiento, merecía el de Campos Elíseos y no en alusión al magno bulevar de París, sino al del mito griego. La Tuentifor, como en el mito, se volvió el paraíso de las sombras donde vivían felices hasta los muertos de todo tipo. No por nada el cementerio San Diego estaba cada vez más vivo y con el tiempo se lo vería cruzando vías, pasos a desnivel, casi fundando nuevos barrios blancos para sus nuevos muertos. No por nada, la Tuentifor tenía a su diestra el Hospital y Moridero San Juan de Dios, y a su siniestra, la Cárcel Municipal y el Manicomio San Lázaro. No por nada, llegaba hasta el Dormidero Uno de Kito, que era el portal de Santo Domingo. No por nada, la Tuentifor tenía la custodia de una gigantesca virgen, que un día cualquiera amaneció mal atornillada sobre el Panecillo.

En medio de todo ello, que era un claro estigma, vivía la Tuentifor como una puñalada fresca. Era la zona candente de la ciudad y tenía dos caras como todo en ella, empezando por su gente .

La cara diurna era un mercado de veinte cuadras a la redonda. Naturalmente, el nervio de ese mercado, el más grande de Kito, era la avenida. Los alcaldes la odiaban, la querían muerta, pero la Tuentifor estaba rubicunda. Tanto, que a veces exageraba e iba a dar en los linderos del palacio de Carondelet. Eso ocurría, por ejemplo, en diciembre, que la locura andaba suelta. Se vendía, se compraba, se robaba. El sur entero, que no terminaba nunca, se tiraba a la Tuentifor como en busca del maná. Igual, el sur que vivía en el norte. Y el sur que vivía en el centro. Igual, los provincianos, los campesinos, todos caían en el remolino de la Tuentifor.

Empezaba por un mercado de varias cuadras llamado el de los Cachineros, en donde se vendía sin pestañear todo lo robado en Kitolandia. Se vendía incluso bajo pedido. Después, se expandía el mercado de muebles nuevos más baratos del mundo. Después, seguía hasta llegar a las comisuras de San Diego y de la Merced, el mercado de la ropa, el calzado, los medicamentos, los licores, todos oriundos del contrabando. Y, por último, un interminable mercado de alimentos que daba al Kito Viejo un tufo a pescado frito mezclado con incienso. Pero para que el paroxismo sea completo, la Tuentifor tenía algunos aditamentos claves : cada diez pasos la venta de música a mil decibeles, los charlatanes de feria cazando incautos con triple micrófono, los encorbatados anunciadores del Juicio Final, equipados con acordeón eléctrico y hasta con coro. Solamente los choros trabajaban con las uñas, en puntillas y en completo silencio.

Al final del día, ese montón de calles eran un basurero colosal escarbado por perros y vagabundos. Pisando sus talones, y de paso también escarbando, llegaba el pelotón de barrenderos municipales. Y a las siete de la noche, todo estaba limpio salvo el aire por el que circulaba como una legión de fantasmas el tufo de la Tuentifor. El tufo del que no se salvaba ni el Palacio de Gobierno, ni el Palacio Arzobispal, ni el Ilustre Municipio de Kito, ni el inmaculado Hotel Majestic.

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Foto tomada en diciembre de 1970 en la Plaza 24 de Mayo. Fuente: Diario Últimas Noticias.

Dos

Por la noche, era otra historia llamada con todo derecho el Reino de la Tuentifor. A mediados del siglo veinte, todavía los señores acarreaban sus críos a la Tuentifor, con el fin de que se iniciaran en las artes amatorias. De paso, ellos se perfeccionaban, pues allí había auténticas escuelas de desfloramiento, perfeccionamiento y corrupción. Allí, forjaron su mitología varias putas divinas que fueron objeto del deseo y también amparo para preclaros patriotas, que a la final se fueron al carajo. Putas por las que muchos poetas perdieron la cabeza y hallaron el verso, cosa que de vez en vez mostraba la literatura ecuatoriana. Pero no solamente había putas y puteríos cinco estrellas y uno que otro templo hermético, donde el placer no conocía límites y tampoco su tarifa. El Reino de la Tuentifor tenía la vastedad del infierno y la variedad de un megamercado, de tal manera que todos hallaban la puta que se merecían. Unas, en la calle y en racimos cerca de los alegres puestos de flores para muertos. Otras, la mayoría, en el Infierno Azul Añil, que era el puterío más grande del mundo.

Putas por las que muchos poetas perdieron la cabeza y hallaron el verso, cosa que de vez en vez mostraba la literatura ecuatoriana. Pero no solamente había putas y puteríos cinco estrellas y uno que otro templo hermético, donde el placer no conocía límites y tampoco su tarifa.Estaba ubicado en la cresta de la avenida y a la distancia parecía un balcón florido, un retablo celestial en el templo de la Tuentifor. Desde cerca era una locura azul, un trasatlántico encallado en el asfalto. Ocupaba una manzana y tenía cuatro pisos de camarotes. Doscientos camarotes de cortina floreada y foco de luz azul. Y una silla en el umbral, para que cada una de las doscientas putas estirara las piernas. Y para que chismorreara con sus vecinas y se carcajeara de la puta vida porque en el trabajo no se lloraba, sino más tarde, cuando los gallos señalaban el final de la jornada.

Hacia allá, tambaleantes de tragos, acudían las almas necesitadas de un polvo barato y sin trámites burocráticos. Forasteros, estudiantes, conscriptos en franquicia, burócratas de segunda, tercera y última, poetas sin musa, pobres diablos salidos de no sé dónde.

En el primer piso, estaban las putas a punto de jubilación, o las que asumieron el oficio no por méritos, sino porque no había salida. Putas a precio de saldo. En el segundo, la mercadería era variopinta y cuestión de gustos y el precio se triplicaba. En el tercero, es decir, en la cumbre, en la superestructura de la nave, estaban las doncellas, las ninfas, las sílfides, las náyades y los hembrones, polvos de oro puro hasta en el costo. Claro que, salvo los urgidos clientes, todos desfilaban por el tercer piso. Con los ojos bizcos y la lengua afuera, admiraban los portentos y con el apetito ya incrementado, lo saciaban tristemente, más que nada en el primero. El boccato di cardinale del tercer piso era para privilegiados. Para chagras con plata, truhanes emergiendo de un buen golpe, emigrantes de vacaciones y kamikazes que por un polvo de lujo se jugaban el sueldo entero.

Pero no solamente de sexo vivía el Reino de la Tuentifor en esos tiempos, sino también del juego limpio y sucio. A lo largo y al través de la avenida chisporroteaban los salones, las cantinas de doble y triple fondo. Allí se jugaba rumi, poker, pinta y pase inglés de casino, apostando lo que se tenía y no se tenía, incluidas las mujeres propias.

Los nictálopes que sobrevolaban como cuervos en las tierras del Reino, rumoreaban sobre la existencia de antros inescrutables, como bóvedas bancarias, donde se jugaba la ruleta rusa y no siempre de manera voluntaria. Igualmente, en los entornos de la Tuentifor funcionaban sin horario y casi sin luz una tríada de empeñaderos pertenecientes a un viejo rata de corbata mugrienta. En una navidad, se lo encontró degollado al pie de una montaña de objetos empeñados. Ni la policía ni nadie pudo impedir la romería de clientes que cayeron encima con toda el hambre atrasada.

Por lo demás, en el Reino de la Tuentifor no se respiraba a sangre sino a bebida y comida y a música directo a la vena. Allí vivía a sus anchas la bohemia de cepa. Allí tenían sus “huecas” sacrosantas los dioses del olimpo nacional e internacional: Julio Jaramillo, Homero Hidrobo, los Benítez y Valencia, los Reales; y a veces, Daniel Santos y Lucho Gatica y alguna vez Agustín Lara y una sola vez, bien acompañada para que no se le confunda, su alteza, doña Celiacruz.

Fue en la Tuentifor, en el Gallo de Oro, que estuvo la punta de la madeja de un legendario alboroto de postín y de un gobierno derrocado. Un crimen que sacudió los cimientos del país porque se trataba de un affaire que en sobredosis iguales mezclaba droga, tercer sexo y cancillería. En esa ocasión, la fama de la Tuentifor se paseó por el mundo arrastrando como sucia cola de novia la mala fama del gobierno de turno. Y de su cuerpo diplomático, como una horda de maricones que se daban la gran vida con el erario nacional.

Aparte de esos antros exclusivos, había espacio para todo mundo, como en Chinatown. No se diga para los músicos de alquiler que eran un emporio. Maridos arrepentidos, novios con el corazón en la mano, hijos pródigos, los contrataban para serenatas. En grupos, al igual que las rameras, los músicos zarpullían en la Tuentifor. Los más solicitados eran los músicos ciegos, aunque costaban un ojo de la cara. Pero tocaban profesionalmente y cantaban con un sentido de la tragedia que resultaba efectivo.

Recién al alba cerraba sus párpados de loba de mil tetas, la Tuentifor. Solamente quedaba el Restaurante Luna llena, que no dormía nunca y vendía los mejores caldos de gallina del Hemisferio Sur. Y las luces moribundas de un par de puestos de comida callejera. El resto, eran sombras ovilladas dentro de sus ponchos. Y putitas sin techo y sin medio, cacareando solas por la avenida. Y borrachos, con el piloto automático casi dañado, tambaleando delante de ellas en busca de rebaja.

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Vista actual del Bulevar 24 de Mayo. Fuente: Archivo de El Comercio.

Tres

De urgencia y sin ayuda de nadie, salvo de la desesperación de la gente que llegaba en busca del Dorado, la ciudad entera se dedicó a crecer con saña. De día y de noche se paría, se mutaba, se multiplicaba, como si estuviera huyendo de sí misma o llegando perseguida por la peste. Tanto creció, que un día la Tuentifor se halló demasiado lejos. Además que apestaba, era fea y tenía mala suerte. Así es que en el Norte que era varios nortes, en el Sur que se hizo un montón de sures, en el Occidente que con las uñas se iba tomando el Pichincha y en el Oriente, que se desbocaba valle abajo, borbotearon sin ayuda de nadie los burdeles. Y los modernos abrevaderos para la bohemia y el desmadre. Porque había llegado el tiempo del desmadre. El tiempo de la Gran Crisis que se infló como un globo hasta que reventó y de él brotó el miasma.

Entonces, se puso de moda no solamente España sino la Muerte.

Recién al alba cerraba sus párpados de loba de mil tetas, la Tuentifor. Solamente quedaba el Restaurante
Luna llena, que no dormía nunca y vendía los mejores caldos de gallina del Hemisferio Sur. Y las luces moribundas de un par de puestos de comida callejera. El resto, eran sombras ovilladas dentro de sus ponchos.
El Reino de la Tuentifor se fue por el caño y por el caño surgió el Reino del Miedo. Y, aprovechando que bajó el costo de la vida humana, se fumigó el Kito Viejo de una sola. De paso, se lo dejó como nuevo y con el aire oliendo a palo de rosa y lubricante. El megamercado, comiéndose cemento, fue a dar en La Marín, donde se convirtió en un auténtico puerto. Y de los encantos de la noche no quedó nada, aparte de la desolación.

Por último, sin apuro ni proyecto, surgió el reino secreto de la Tuentifor. El de los falansterios en ruinas habitados por ratas, mendigos y enajenados indignos del Patrimonio de la Humanidad. El de las cantinas clausuradas por afuera y que en su interior acogían errabundos alcohólicos, hampones jubilados o en fuga, bohemios en la tercera orilla, músicos con la yugular abierta. Alguna mesalina legendaria con los cables sueltos penetrando en su decadencia. Alguna que otra ninfa oriunda del norte, que hastiada de la vida andaba en busca de la muerte. Poetas en llamas, cronistas de guerra, profetas del Akabóse, que con el tiempo y el desasosiego, serían los personajes fundadores de la meta-ciudad, titulada los Kitos Infiernos. Pero eso es otra historia. Además, está lloviendo como si fuera para siempre.

Los pasteles de Alicia

El mapa del mundo de Alicia. Descárguelo gratis aquí.

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No conocí a Alicia en el País de las Maravillas, sino en su colegio. Yo había conseguido empleo como profesor de escritura creativa y uno de los cursos que me asignaron fue el suyo. Desde el primer día sentí atracción hacia ella, acaso por su halo de fatalidad – estaba tratando de recuperarse de la adicción a los pasteles que hacen crecer, vicio, según las psicólogas del Departamento de Orientación, que resultó de los “avances poco decorosos” de su tío, el diácono Carroll, durante la infancia – que le daba un aire de “nínfula” de novela de Nabokov.

Alicia y su novio de la adolescencia.

Alicia y su novio de la adolescencia.

Supe por otros profesores que las tragedias de Alicia no terminaban con su adicción y su pasado sórdido, pues vivía con un sombrerero, pariente suyo, que había enloquecido después de que su negocio de venta de panamás se fue a la quiebra por culpa de las fábricas centroamericanas y que ahora se dedicaba a gastar su dinero en alcohol y prostitutas, llegando borracho casi todos los días a casa para concluir la jornada con sesiones de diverso contenido en compañía de la muchacha.

Ante ese escenario, procuré que la literatura fuera un medio de escape, pero lo cierto es que Alicia tenía más interés en las matemáticas, a las que se dedicaba cada vez que salía de una nueva ingesta de pasteles para crecer. Los números, me explicó, eran su único consuelo para la depresión que le ocasionaban su adicción y el sombrerero loco.

— Quiero encontrar la cuadratura del círculo – me dijo –. ¡Mi tío, el diácono, murió intentándolo, profe!

Yo la escuchaba entre fascinado y compasivo.

Cierto día, salí del colegio cuando el sol ya se había puesto y cerca de la parada del autobús que utilizaba para volver a casa, encontré a Alicia.

— ¿Se siente bien?

Alicia acompaña a la presidenta de la Asamblea Nacional del Ecuador durante una de las más movidas sesiones del plenario.

Alicia acompaña a la presidenta de la Asamblea Nacional del Ecuador durante una de las más movidas sesiones del plenario.

Me miró con ojos enrojecidos y saltones. Supuse que había consumido pasteles y decidí llevarla a mi casa. Durante el camino dijo miles de incoherencias sobre conejos parlanchines y reinas de baraja. No entendí nada ni quise hacerlo, solo pensaba que era un caballero de armadura brillante y que la “nínfula” algún día – tal vez no ese, pero otro no muy lejano – sabría agradecérmelo.

Mientras la recostaba en mi cama, Alicia pareció tener un minuto de lucidez y me propuso probar los pasteles.

— Aún me queda uno, podemos compartirlo – sus ojos vidriosos me desarmaron.

Ella partió el pastel y me dio una mitad. Ambos engullimos la droga con sabor a vainilla y aunque al principio no sentí nada, con el transcurso de los minutos mi cuerpo sufrió una serie de mutaciones que me llevaron a tener la cabeza, las manos, los pies y, al final, el torso entero de dimensiones descomunales. Rompimos el techo y las paredes con nuestros cuerpos, cayendo luego en un sueño profundo.

Cuando desperté, los dos habíamos vuelto a la normalidad. Sentí sed, cansancio y tristeza, sin embargo, desde entonces no puedo parar de consumir los pasteles y siempre los acompaño con un licor que empequeñece.

Alicia y yo pasamos los días juntos, entre la menudencia y el gigantismo, convertidos en monstruos que intercambian ecuaciones y poemas de significado críptico para todos excepto nosotros.

Lea también este cuento en el blog de la Ciencia Ficción en el Ecuador de Iván Rodrigo..

Bambi y “El poder del ahora”

El bulevar de las Naciones, una obra crucial que ha demorado en estar lista poco más que la Muralla China.

Arriba se pueden ver claramente las tumbas de los pájaros que ya no cantan en el actual bulevar de las Naciones Unidas; aún persiste la duda de si la alcaldía pretendía transformar a Quito en un cráter de la luna.

Hace un par de meses me desperté, abrí la ventana de mi habitación y cuando los rayos del sol me iluminaron el rostro y el canto de los pájaros – los que aún no se han ahogado por el smog del bulevar de la Naciones Unidas – me alegraron el alma, pude sentir que surgía el espíritu altruista en mí, decidiendo en seguida hacer el bien sin mirar a quién.

Naturalmente no sabía por dónde empezar, esto era algo muy nuevo en mi vida, por lo que decidí buscar la iluminación en el sitio más apropiado para las epifanías: un prostíbulo.

Por el camino pasé por un puesto de revistas donde se exponía, entre otros libros pirateados, un ejemplar de El poder del ahora de Eckhart Tolle. Los que, como yo, están acostumbrados a los despertares místicos sabrán que una revelación se produce de repente, alimentada por un evento que en apariencia no es crucial, pero que resulta ser la puerta por la que se debe atravesar antes de convertirse en un buda. Por lo mismo, aquel libro tenía un significado especial, no en vano Oprah Winfrey y Ben Stiller, adalides de la cultura contemporánea, lo consideran una obra crucial de filosofía y autodescubrimiento.

Sin dudarlo más, lo compré aunque el precio me pareció excesivo – un dólar – considerando su verdadero valor – quiero decir que en librerías “jai lai” lo venden a casi veinticinco dólares, claro…

Orgulloso y con mi preciado tesoro bajo el brazo caminé al puticlub más cercano y, aunque no soy asiduo de esos lugares bochornosos y vulgares, fui recibido a cuerpo de rey en la mesa habitual, mientras Brandi, Mandi, Candi, Landi y Bambi – sí, todas con i latina – se contoneaban delante de mí. Escogí a la última empujado por la intuición – como todo iniciado –, la hice sentar a mi lado e instantáneamente me puse a predicar.

"El poder del ahora". Debe leerlo, a menos que haya leído antes la Biblia (porque hay muchos versículos), el Bhagavad Gita (también hay muchos versos de este libro), los sutras budistas (también hay citas de ellos), las películas Matrix y el Rey León (también hay citas).

“El poder del ahora”. Debe revisarlo, a menos que haya leído antes la Biblia (porque hay muchos versículos citados), el Bhagavad Gita (también hay muchos versos de este libro), los sutras budistas (también hay citas de ellos), las películas Matrix y el Rey León (también hay citas).

— Debes cambiar tu vida y buscar la realización espiritual, hija mía; noto que te estás hundiendo en el mundo de las apariencias, en el de la carne… Todo esto, ¡TODO!, es una falacia, un engaño de los sentidos.

— Sí, sí, papi, ¿ya no’ vamo’ al cuarto? ¡Rrrrrrico!

Como es natural, tuve que ignorar las tentaciones a las que me sometía su espíritu poco evolucionado e incapaz de pronunciar las eses.

— El maestro Tolle – proseguí – dice que la felicidad que trata de alcanzarse a través de los placeres físicos es fugaz, banal y que surge de la insatisfacción o la insuficiencia…

— ¡Claro, papi, que lo’ que vienen pa’ acá son insatifecho’ y también uno que otro son insuficiente’, pero yo le’ hago alcanzar la felicidad, no e’ mi culpa si son fugace’ pa’ acabar!

— ¡Silencio, Satanás! No quiero saber más de tus historias llenas de pecado; escucha: debes conectarte con tu “cuerpo interior”, sentirte…

— ¿O sea, papi, que quiere’ verme cuando me toco?

— ¡Eres un caso perdido, un alma condenada a miles de reencarnaciones! Sin embargo, te voy a regalar este libro, ojalá lo leas y cambies… ¡Por tu bien!

Luego fuimos al cuarto.

Hace un par de días, mientras trataba de terminar una crónica sobre las espiritualmente evolucionadas cadenas sabatinas del Mashi, encontré a Bambi en el Parque La Carolina; estaba cubierta con harapos y parecía desencajada, fuera de lugar.

— Hola, Bambi, ¿qué haces aquí? ¿Estás bien? – le pregunté.

— ¡Calla, calla, no me dejas escuchar!

— ¿Qué cosa?

— ¡A ella!

— ¿Quién es ella? Me estás asustando…

— ¿Por qué? Mira, allá viene – señaló con el dedo índice un árbol de raíces enormes.

— ¿De qué hablas, Bambi? Eso es un árbol.

Eckhart Tolle te dice: "¡ve a dormir en un parque; allá te robarán, desnudarán, violarán y te harán alcanzar la iluminación!"

Eckhart Tolle te dice: “¡ve a dormir en un parque; allá te robarán, desnudarán, violarán y te harán alcanzar la iluminación!”

— ¡No, e’ mi yo verdadero, no el yo chiquitico, el del ego, sino el YO, el único! Lo acabo de encontrar gracia’ a tu ayuda, oh maestro – y en seguida se abrazó al tronco.

Me sentí incómodo y mi estado de vergüenza ajena se iba incrementando a medida que Bambi – quien me aclaró que ahora se llamaba Madre Germinadora De la Madre Tierra – empezaba a despojarse de sus harapos, al tiempo que se frotaba contra el tronco del árbol, lo besaba o le decía palabras dulces. Mi estupor era compartido por un creciente grupo de quiteños que, entre la broma y el susto, permanecían mirando la escena en estado de un éxtasis escatológico.

— Ven, oh maestro, para que disfrutes de mi yo – me dijo, invitándome a participar de su rito de “sobamiento” –; tú me descubriste al iluminado Eckhart Tolle y mereces participar de la unión con mi YO.

Huí despavorido y por el camino me preguntaba si ese sería el final que le espera a todo lector de Eckhart Tolle – en el fondo, muy en el fondo, estaba preocupadísimo por la salud mental de ciertos empresarios que lo leen con absoluta devoción.

 

Otra lectora de Eckhart Tolle se pone en contacto con su YO en EE. UU.

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Papá Noel es un chulo

Papá Noel disfrazado de Papá Noel en el Quicentro Shopping.

Papá Noel disfrazado de Papá Noel en el Quicentro Shopping.

Me costó mucho contactar a Papá Noel; sabía, gracias a cierto amigo, que él abandonó el Polo Norte y a los cazadores lapones para vivir en el barrio de La Mariscal de Quito, entre transexuales esmeraldeños y “dealers” o “brujos” de Guayaquil.

Acordé el encuentro para la mañana del 26 de diciembre, justo después de Navidad, convencido de que, pasadas las fiestas, el hombre estaría más abierto a entablar un diálogo distendido conmigo.

Mi sorpresa fue mayúscula al descubrir que el lugar donde pernoctaba era un motel de mala muerte, ubicado entre una discoteca que solo vendía ron Caney y un bar de un hindú cuyo secreto para el éxito era la amalgama de la cerveza con los chibuquíes (pipas) y los shawarmas.

Su habitación era la número 69; lo curioso es que no existía ni la 68, ni la 67 y peor la 66, pues el tugurio constaba de cinco cuartos y a excepción del ocupado por Santa, los demás se rentaban por un par de horas a lo sumo.

Golpeé la puerta varias veces y como no hubo respuesta, decidí comprobar si el seguro estaba puesto. No era así y, después de entrar, pude ver al otrora candoroso Papá Noel acostado sobre el piso y con la cabeza arrimada a una pared; de su brazo derecho manaba un hilillo de sangre y su mano izquierda sostenía una jeringuilla usada. “Heroína”, pensé.

El director de Hogwarts también esnifaba polvo de estrellas de Campanita y además estuvo casado con Laura Bozzo.

El director de Hogwarts también esnifaba polvo de estrellas de Campanita y además estuvo casado con Laura Bozzo.

— No… no… no es lo que usted cree – me corrigió el anciano –, es solo elíxir para producir euforia; lo probé por primera vez cuando Albus Dumbledore me la regaló poco antes de la Primera Guerra Mágica y ahora la consigo gracias a un haitiano que la trae de Hogwarts para venderlo con bazuco, anfetaminas y polvo de estrellas de Campanita en la esquina de la Juan León Mera y Jorge Washington… no crea que soy adicto… no… es que me gusta meterme un poquito antes del desayuno…

En seguida, Papá Noel se puso a corretear de un lado a otro hablando de vampiros, renos, enanos y mujerzuelas, todo sin la menor coherencia, así que me senté en la cama y esperé a que los efectos del elíxir pasaran para poder conversar tranquilamente con aquel fantasma de las navidades pasadas.

Luego de una hora, durante la que revisé dos revistas pornográficas y un ejemplar de El Telégrafo – este vale exactamente lo que se paga por él: nada –, que encontré esparcidos por el suelo; Santa Claus reaccionó amenazándome con violencia pues supuso que yo era uno de los agentes de la KGB que querían secuestrarlo desde la época de la Guerra Fría.

Luego de calmarlo y recordarle nuestra entrevista, me dijo que me invitaba a desayunar en su restaurante predilecto. Admito que no esperaba que me llevase al Swiss Hotel, mas, cuando diez minutos después se puso a escarbar en un contenedor de basura en plena Plaza del Quinde, pidiéndome que escogiera entre unos restos de pizza envueltos en papel higiénico y una hamburguesa a medio comer con un extraño olor agridulce, me sentí orgulloso de mí mismo y de mi trabajo periodístico.

La Mariscal, el lugar donde los transexuales, las prostitutas, los borrachos y los traficantes se unen para protagonizar un capítulo más de la "Dimensión desconocida"

La Mariscal, el lugar donde los transexuales, las prostitutas, los borrachos y los traficantes se unen para protagonizar un capítulo más de la “Dimensión desconocida”

Mientras el anciano devoraba las dos suculentas viandas – yo me excusé por cuestiones de salud –, conversamos sobre su vida pasada y me dijo con cara de fastidio que renunció a ella solo porque odiaba cinco cosas: los renos, los regalos, los enanos, los trineos y los niños.

— Imagínate lo fastidioso que es recibir todas esas cartas mal escritas en las que me piden pendejadas: “Querido Papá Noel: quiero una muñeca, un perro, un tamagotchi, una computadora, un iPhone ‘como el de mi papi’, la señorita Robinson, ‘mi profe de primer grado’, etcétera, etcétera, etcétera”. Después, ese reno inmundo con la nariz roja que me recuerda todos los resfriados que he pescado por culpa del frío; el traje ridículo que tengo que usar y mi trasero quemado cuando a cierto payaso se le ocurría dejar la chimenea encendida. Finalmente, al llegar a casa luego de tanta miseria, siempre me encontraba con la vieja de mi mujer borracha y recriminándome el hecho de haber abandonado a un turco musculoso por mi obesidad y el hielo polar.

"Roxy" de Balzar tiene su "tumbao" griego, tailandés, cubano, usted solo pida.

“Roxy” de Balzar tiene su “tumbao” griego, tailandés, cubano, usted solo pida.

Terminado el desayuno fuimos a comprar polvo de estrellas de Campanita y a buscar a una prostituta de Balzar que se hacía llamar Roxy – Papá Noel era su chulo –. La morena en cuestión nos recibió con una sonrisa misteriosa y preguntándome si yo era otro de los “socios” de su “marido”; negué y dije que era periodista. La mujer, enloquecida de repente, amenazó con “sacarme la madre” si la fotografiaba. Por fortuna, Santa vino en mi ayuda al decir que a mí poco podía importarme una “pinche puta”.

La morena, calmada con el aplastante razonamiento de su chulo, nos invitó a pasar a su cuarto para tomar un café con pinta de agua sucia. Mientras yo degustaba la bebida, ellos se dedicaron a esnifar el polvo de estrellas de Campanita, sobreviniendo otras dos horas en las que revisé unas nuevas revistas pornográficas y un ejemplar de Familia hallados bajo la cama de Roxy.

Ella fue la primera en reaccionar ofreciéndome unos “masajitos griegos y tailandeses” porque estaba “de buen genio”. Acepté sin comprender a lo que se refería, pero tengo que admitir que ahora sé que son muy divertidos siempre y cuando a uno no lo atemorice el sida.

Al terminar, Papá Noel que nos había estado mirando con una sonrisa divertida dibujada en su rostro, me entregó mi ropa.

Parece que una chica como la de la foto fue la espía que amó a Papá Noel y lo llevó a la perdición.

Parece que una chica como la de la foto fue la espía que amó a Papá Noel y lo llevó a la perdición.

— Verás – me dijo –: decidí dejar esa vida asquerosa hace un año, cuando pasaba mis últimos días de vacaciones disfrazado de Papá Noel en un centro comercial de esta ciudad, una chica de veintitrés años quiso tomarse fotos conmigo y me gustó tanto que me sentí miserable pensando que al llegar a casa vería a esa vieja fea y amargada con la que estaba casado; me fui a vivir con la chica en cuestión pero ella, pronto, me dejó. Después de varios meses de excesos en La Mariscal me quedé sin un dólar, por lo que tuve que dedicarme a esta profesión para sobrevivir.

Quise saber sobre el fin que tuvieron Mamá Noel, los enanos, Rodolfo y el resto de renos; él, sonriendo burlonamente, me dijo que los cazadores lapones ya se habían comido a Rodolfo, literalmente, y que su ex mujer estaba amancebada con los enanos, subsistiendo de la venta de carne de rangífero.

Ya con la ropa puesta, estreché la mano de Santa y recibí un sonoro beso de Roxy como despedida. Cuando atravesaba el umbral de la puerta, el anciano me dijo que volviera a visitarlo, pues él y su morena me enseñarían a esnifar polvos de estrellas y a inyectarme el elíxir de la euforia como es debido.

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Mi tarjeta de Navidad para todos ustedes. 🙂

Transmitiendo desde el “otro” fin del mundo

El infierno de Bosco, ¡así que prepárate, maldito pecador!

Escribo esta entrada en mi blog justo al cuarto día del último año del mundo (¡por fin se acaba!), y tiene que admitirlo, lector optimista, esto es un motivo de alegría, porque al paso que va el planeta, lo MENOS malo que nos puede pasar a los humanos es la extinción.

En todo caso, este fin del mundo no es el primero al que se va a enfrentar la humanidad. Precisamente hoy escribo sobre uno que ocurrió en el 999 d.C., y del que tenemos noticia gracias a los historiadores decimonónicos, quienes nos legaron una reconstrucción terrible de aquel tiempo (sus colegas del siglo veintiuno, más aburridos y más petulantes, la refutan, pero, eso a nadie le interesa), en la que los nobles peregrinaban a Jerusalén para pedir clemencia, los avaros se arrepentían de sus mezquindades; las prostitutas, de su lujuria; los pobres, de su pobreza; el trigo, de convertirse en pan; y los burros, de ser burros.

Sin embargo, usted, lector optimista, que siempre anda bien informado, que conoce a fondo los avances de la ciencia y la tecnología y que es un catador refinado de las artes más exquisitas, se preguntará por qué carajo se les ocurrió a esos medievales que en el año mil se acabaría todo. Al parecer, el malentendido se originó en La Biblia, en el libro del Apocalipsis, pues en el capítulo veinte, versículos siete y ocho, está escrito:

“Y cuando se cumplan los mil años [de la venida de Cristo], Satanás será liberado de su prisión, saliendo a engañar a las naciones de los cuatro extremos de la tierra, a Gog y Magog. Los juntará para la guerra y su número será tan grande como las arenas de la orilla del mar.”

¿Un cientólogo medieval? ¡Peor, es Santo Tomás de Aquino!

No es difícil creer que la prédica enfebrecida de ciertos sacerdotes (más papistas que el Papa), la mala interpretación de los pasajes bíblicos antes citados y la elevadísima educación de la gente produjeron un cóctel Molotov de resultados harto peligrosos… Imagínense a un proto – cientólogo gritando en las afueras de alguna iglesia de un pueblo de Polonia: “¡vienen los alienígenas, vienen los alienígenas y matarán al diablo con sus espadas de láser, así que arrepiéntase y donen el ADN de su alma para que los clonen en Ganímedes!”.

Lastimosamente, en aquellos tiempos la televisión aún no se había inventado (me pregunto qué diablos hacía esta gente para suplir sus falencias culturales, pues todos sabemos que, sin ella, el mundo estaría lleno de ignorantes), de otra manera el cuadro que probablemente hubiéramos presenciado sería el siguiente:

(Suena una cantata de treinta segundos y aparece el presentador.)

— Buenas completas[1] a todos los televidentes fieles del mundo (a los infieles y a los posibles habitantes de las antípodas, de cuya redención dudamos y hasta renegamos, les deseamos el mayor tormento del infierno); interrumpimos la programación habitual para dar una noticia de última hora: durante la nona[2] se avistó a un horrible monstruo, que se presume es el diablo, aparecer en los bosques de Carintia, los habitantes de esa región han informado que la bestia se encontraba aterrorizando a los siervos, al tiempo que armaba un poderoso ejército del mal y fornicaba. Para más detalles, nos comunicamos con nuestro enviado especial, Johannes Morbosorger. Adelante, Johannes, te escuchamos…

Una foto de McDonald’s, tomada en el año 1012, en Salzburgo… Un momento… WTF?!

(Un tipo vestido de burgués – no de los que vamos a McDonald’s, sino de los de la Alta Edad Media – sonríe nerviosamente, mientras un enorme dragón escupe fuego y fornica con unas mujeres medio vulgares – presumiblemente putas – a sus espaldas.)

— Como pueden ver, queridos televidentes, a unos pocos codos de distancia, se encuentra Satanás… Hemos tratado de entrevistarlo, pero él, después de rehusarse, se dedicó a pronunciar el nombre de Dios, Yahvé, en vano… ¡Mierda, creo que ya hice la misma pendejada…! Volvemos al estudioooooooooo…

(El periodista es consumido por las llamas infernales – que siempre serán menos peligrosas que las persecuciones políticas –. Poco después, aparece de nuevo el presentador.)

— ¡Ejem…! Tenemos problemas técnicos, pero desde otro lugar de Europa, recibimos información importantísima (a pesar de que proviene de una mujer), vamos con Hildegard Ninfomaniainsoportableg, desde Augsburgo.

(Aparece una mujer con cofia y vestido verde.)

Nuevamente el movimiento feminista de España luchando en contra de la degradación sexual de la que se hace apología en este blog y de la falo – dependencia gramatical.

— Gracias, Friederich (por cierto ese chistecito sobre la inferioridad de las mujeres me tiene un poquito harta, ya verás como en mil años el feminismo estará tan adelantado en su lucha contra la falo – dependencia que les obligaremos a hacer destrozos en la gramática para que se coloquen lo artículos femeninos en todo lado, ¡PEDAZO DE IDIOTA!)… ¡ejem…! Sí, televidentes, el fin del mundo, en efecto, se acerca, nadie tiene dudas, pues en las afueras de esta ciudad han aparecido cuatro caballeros, quienes afirmaron llamarse Peste, Hambre, Guerra y Muerte, lo que nos hace presumir que son los Cuatro Jinetes del Apocalipsis. Actualmente, estos personajes se encuentran relajándose en la taberna de la ciudad con cerveza y vino, y, según nos dijeron, no harán ninguna cosa hasta que el Diablo deje de fornicar y hacer el tonto, empezando a “tomarse enserio esta huevonada”. Por el momento es todo lo que podemos informarles desde Suabia, volvemos contigo, imbécil… digo, Friederich.

— Agradecemos a la acomplejada y comunista (perdón, eso todavía no existe) Hildegard. En el estudio se encuentra un musulmán, natural del Califato de Córdoba, capturado por los leoneses hace veinticuatro años en el cerco de Gormaz. Señor Muhammad, ¿qué opina del fin del mundo?

— ¡Ay, hermanos, los cristianos son unos infieles y deben morir! ¡Alá, que se haga tu voluntad, o sea, que se mueran estos miserables (y los judíos también)!

— Con esta declaración, nos despedimos de ustedes y quizás nos veamos en una mejor vida o durante el tormento eterno. ¡Gracias por su compañía y feliz año nuevo!

El infierno, en él están puestas todas mis esperanzas (¿?).

Como quiera que sea, lo que sí debe quedarles claro, mis pervertidos, optimistas, razonables y educados lectores, es que deben disfrutar de este año como si fuera el último (porque quizás lo sea), sin preocuparse de la salvación de su alma, ya que el paraíso está demasiado lejos para todos sin importar su índole; por ejemplo, si el Edén es comunista, ni los comunistas podrían entrar, si es capitalista, solo los dólares ingresarían, si, por otro lado, pertenece al socialismo del siglo XXI… bueno, nadie con sentido común quiere entrar en ese, así que no importa… El caso es que lo mejor que pueden hacer es entregarse a una vida hedonista de placeres y degradación moral para pagar sus pecados en la otra vida, a cómodas cuotas de tormentos infernales.

¡FELIZ 2012!

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[1] Forma de referirse a las seis de la tarde en los monasterios del medioevo.

[2] Entre las dos y las tres de la tarde.