Érase una vez el Reino de la Tuentifor

Por: Huilo Ruales Hualca

 

Texto publicado en Cartón Piedra de 16 de septiembre 2013 y en Mundo Diners 24 de diciembre 2007.

 

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Bulevar 24 de Mayo y Monumento a los Héroes Ignotos, Quito, 1922
Fuente: Archivo Histórico del Banco Central

Uno

Hace fú, cuando Kito tenía todavía esperanza y el norte no era una zona sagrada ni, más tarde, una forma de desesperación urbana, la Tuentifor era la meca del día y de la noche.

Como todo en esta vida, había nacido de la nada y, más precisamente, de una quebrada llamada Jerusalén, frontera sur de la apacible capital de los años 20. Con nostalgia modernista se la rellenó y se la transformó en una suerte de alameda. Pero esa etapa romántica no duró una vela y solamente quedó su nombre: Avenida 24 de Mayo.

Con el tiempo y las aguas y la multiplicación de sus habitantes, sobre todo hacia el Sur, se volvió una avenida trunca, de ancho torso y patas cortas. Como tobogán, bajaba a toda madre y al rato, es decir cuatro o cinco cuadras después, fenecía estampada en un inútil puentecito, hediondo a meado de borracho. Por último, desecha y sin nombre, se desparramaba hacia la Ronda, que era una calle colonial casi de cuento, pero malo.

Por su extensión, el título de Avenida le quedaba nadando. En cambio, por su comportamiento, merecía el de Campos Elíseos y no en alusión al magno bulevar de París, sino al del mito griego. La Tuentifor, como en el mito, se volvió el paraíso de las sombras donde vivían felices hasta los muertos de todo tipo. No por nada el cementerio San Diego estaba cada vez más vivo y con el tiempo se lo vería cruzando vías, pasos a desnivel, casi fundando nuevos barrios blancos para sus nuevos muertos. No por nada, la Tuentifor tenía a su diestra el Hospital y Moridero San Juan de Dios, y a su siniestra, la Cárcel Municipal y el Manicomio San Lázaro. No por nada, llegaba hasta el Dormidero Uno de Kito, que era el portal de Santo Domingo. No por nada, la Tuentifor tenía la custodia de una gigantesca virgen, que un día cualquiera amaneció mal atornillada sobre el Panecillo.

En medio de todo ello, que era un claro estigma, vivía la Tuentifor como una puñalada fresca. Era la zona candente de la ciudad y tenía dos caras como todo en ella, empezando por su gente .

La cara diurna era un mercado de veinte cuadras a la redonda. Naturalmente, el nervio de ese mercado, el más grande de Kito, era la avenida. Los alcaldes la odiaban, la querían muerta, pero la Tuentifor estaba rubicunda. Tanto, que a veces exageraba e iba a dar en los linderos del palacio de Carondelet. Eso ocurría, por ejemplo, en diciembre, que la locura andaba suelta. Se vendía, se compraba, se robaba. El sur entero, que no terminaba nunca, se tiraba a la Tuentifor como en busca del maná. Igual, el sur que vivía en el norte. Y el sur que vivía en el centro. Igual, los provincianos, los campesinos, todos caían en el remolino de la Tuentifor.

Empezaba por un mercado de varias cuadras llamado el de los Cachineros, en donde se vendía sin pestañear todo lo robado en Kitolandia. Se vendía incluso bajo pedido. Después, se expandía el mercado de muebles nuevos más baratos del mundo. Después, seguía hasta llegar a las comisuras de San Diego y de la Merced, el mercado de la ropa, el calzado, los medicamentos, los licores, todos oriundos del contrabando. Y, por último, un interminable mercado de alimentos que daba al Kito Viejo un tufo a pescado frito mezclado con incienso. Pero para que el paroxismo sea completo, la Tuentifor tenía algunos aditamentos claves : cada diez pasos la venta de música a mil decibeles, los charlatanes de feria cazando incautos con triple micrófono, los encorbatados anunciadores del Juicio Final, equipados con acordeón eléctrico y hasta con coro. Solamente los choros trabajaban con las uñas, en puntillas y en completo silencio.

Al final del día, ese montón de calles eran un basurero colosal escarbado por perros y vagabundos. Pisando sus talones, y de paso también escarbando, llegaba el pelotón de barrenderos municipales. Y a las siete de la noche, todo estaba limpio salvo el aire por el que circulaba como una legión de fantasmas el tufo de la Tuentifor. El tufo del que no se salvaba ni el Palacio de Gobierno, ni el Palacio Arzobispal, ni el Ilustre Municipio de Kito, ni el inmaculado Hotel Majestic.

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Foto tomada en diciembre de 1970 en la Plaza 24 de Mayo. Fuente: Diario Últimas Noticias.

Dos

Por la noche, era otra historia llamada con todo derecho el Reino de la Tuentifor. A mediados del siglo veinte, todavía los señores acarreaban sus críos a la Tuentifor, con el fin de que se iniciaran en las artes amatorias. De paso, ellos se perfeccionaban, pues allí había auténticas escuelas de desfloramiento, perfeccionamiento y corrupción. Allí, forjaron su mitología varias putas divinas que fueron objeto del deseo y también amparo para preclaros patriotas, que a la final se fueron al carajo. Putas por las que muchos poetas perdieron la cabeza y hallaron el verso, cosa que de vez en vez mostraba la literatura ecuatoriana. Pero no solamente había putas y puteríos cinco estrellas y uno que otro templo hermético, donde el placer no conocía límites y tampoco su tarifa. El Reino de la Tuentifor tenía la vastedad del infierno y la variedad de un megamercado, de tal manera que todos hallaban la puta que se merecían. Unas, en la calle y en racimos cerca de los alegres puestos de flores para muertos. Otras, la mayoría, en el Infierno Azul Añil, que era el puterío más grande del mundo.

Putas por las que muchos poetas perdieron la cabeza y hallaron el verso, cosa que de vez en vez mostraba la literatura ecuatoriana. Pero no solamente había putas y puteríos cinco estrellas y uno que otro templo hermético, donde el placer no conocía límites y tampoco su tarifa.Estaba ubicado en la cresta de la avenida y a la distancia parecía un balcón florido, un retablo celestial en el templo de la Tuentifor. Desde cerca era una locura azul, un trasatlántico encallado en el asfalto. Ocupaba una manzana y tenía cuatro pisos de camarotes. Doscientos camarotes de cortina floreada y foco de luz azul. Y una silla en el umbral, para que cada una de las doscientas putas estirara las piernas. Y para que chismorreara con sus vecinas y se carcajeara de la puta vida porque en el trabajo no se lloraba, sino más tarde, cuando los gallos señalaban el final de la jornada.

Hacia allá, tambaleantes de tragos, acudían las almas necesitadas de un polvo barato y sin trámites burocráticos. Forasteros, estudiantes, conscriptos en franquicia, burócratas de segunda, tercera y última, poetas sin musa, pobres diablos salidos de no sé dónde.

En el primer piso, estaban las putas a punto de jubilación, o las que asumieron el oficio no por méritos, sino porque no había salida. Putas a precio de saldo. En el segundo, la mercadería era variopinta y cuestión de gustos y el precio se triplicaba. En el tercero, es decir, en la cumbre, en la superestructura de la nave, estaban las doncellas, las ninfas, las sílfides, las náyades y los hembrones, polvos de oro puro hasta en el costo. Claro que, salvo los urgidos clientes, todos desfilaban por el tercer piso. Con los ojos bizcos y la lengua afuera, admiraban los portentos y con el apetito ya incrementado, lo saciaban tristemente, más que nada en el primero. El boccato di cardinale del tercer piso era para privilegiados. Para chagras con plata, truhanes emergiendo de un buen golpe, emigrantes de vacaciones y kamikazes que por un polvo de lujo se jugaban el sueldo entero.

Pero no solamente de sexo vivía el Reino de la Tuentifor en esos tiempos, sino también del juego limpio y sucio. A lo largo y al través de la avenida chisporroteaban los salones, las cantinas de doble y triple fondo. Allí se jugaba rumi, poker, pinta y pase inglés de casino, apostando lo que se tenía y no se tenía, incluidas las mujeres propias.

Los nictálopes que sobrevolaban como cuervos en las tierras del Reino, rumoreaban sobre la existencia de antros inescrutables, como bóvedas bancarias, donde se jugaba la ruleta rusa y no siempre de manera voluntaria. Igualmente, en los entornos de la Tuentifor funcionaban sin horario y casi sin luz una tríada de empeñaderos pertenecientes a un viejo rata de corbata mugrienta. En una navidad, se lo encontró degollado al pie de una montaña de objetos empeñados. Ni la policía ni nadie pudo impedir la romería de clientes que cayeron encima con toda el hambre atrasada.

Por lo demás, en el Reino de la Tuentifor no se respiraba a sangre sino a bebida y comida y a música directo a la vena. Allí vivía a sus anchas la bohemia de cepa. Allí tenían sus “huecas” sacrosantas los dioses del olimpo nacional e internacional: Julio Jaramillo, Homero Hidrobo, los Benítez y Valencia, los Reales; y a veces, Daniel Santos y Lucho Gatica y alguna vez Agustín Lara y una sola vez, bien acompañada para que no se le confunda, su alteza, doña Celiacruz.

Fue en la Tuentifor, en el Gallo de Oro, que estuvo la punta de la madeja de un legendario alboroto de postín y de un gobierno derrocado. Un crimen que sacudió los cimientos del país porque se trataba de un affaire que en sobredosis iguales mezclaba droga, tercer sexo y cancillería. En esa ocasión, la fama de la Tuentifor se paseó por el mundo arrastrando como sucia cola de novia la mala fama del gobierno de turno. Y de su cuerpo diplomático, como una horda de maricones que se daban la gran vida con el erario nacional.

Aparte de esos antros exclusivos, había espacio para todo mundo, como en Chinatown. No se diga para los músicos de alquiler que eran un emporio. Maridos arrepentidos, novios con el corazón en la mano, hijos pródigos, los contrataban para serenatas. En grupos, al igual que las rameras, los músicos zarpullían en la Tuentifor. Los más solicitados eran los músicos ciegos, aunque costaban un ojo de la cara. Pero tocaban profesionalmente y cantaban con un sentido de la tragedia que resultaba efectivo.

Recién al alba cerraba sus párpados de loba de mil tetas, la Tuentifor. Solamente quedaba el Restaurante Luna llena, que no dormía nunca y vendía los mejores caldos de gallina del Hemisferio Sur. Y las luces moribundas de un par de puestos de comida callejera. El resto, eran sombras ovilladas dentro de sus ponchos. Y putitas sin techo y sin medio, cacareando solas por la avenida. Y borrachos, con el piloto automático casi dañado, tambaleando delante de ellas en busca de rebaja.

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Vista actual del Bulevar 24 de Mayo. Fuente: Archivo de El Comercio.

Tres

De urgencia y sin ayuda de nadie, salvo de la desesperación de la gente que llegaba en busca del Dorado, la ciudad entera se dedicó a crecer con saña. De día y de noche se paría, se mutaba, se multiplicaba, como si estuviera huyendo de sí misma o llegando perseguida por la peste. Tanto creció, que un día la Tuentifor se halló demasiado lejos. Además que apestaba, era fea y tenía mala suerte. Así es que en el Norte que era varios nortes, en el Sur que se hizo un montón de sures, en el Occidente que con las uñas se iba tomando el Pichincha y en el Oriente, que se desbocaba valle abajo, borbotearon sin ayuda de nadie los burdeles. Y los modernos abrevaderos para la bohemia y el desmadre. Porque había llegado el tiempo del desmadre. El tiempo de la Gran Crisis que se infló como un globo hasta que reventó y de él brotó el miasma.

Entonces, se puso de moda no solamente España sino la Muerte.

Recién al alba cerraba sus párpados de loba de mil tetas, la Tuentifor. Solamente quedaba el Restaurante
Luna llena, que no dormía nunca y vendía los mejores caldos de gallina del Hemisferio Sur. Y las luces moribundas de un par de puestos de comida callejera. El resto, eran sombras ovilladas dentro de sus ponchos.
El Reino de la Tuentifor se fue por el caño y por el caño surgió el Reino del Miedo. Y, aprovechando que bajó el costo de la vida humana, se fumigó el Kito Viejo de una sola. De paso, se lo dejó como nuevo y con el aire oliendo a palo de rosa y lubricante. El megamercado, comiéndose cemento, fue a dar en La Marín, donde se convirtió en un auténtico puerto. Y de los encantos de la noche no quedó nada, aparte de la desolación.

Por último, sin apuro ni proyecto, surgió el reino secreto de la Tuentifor. El de los falansterios en ruinas habitados por ratas, mendigos y enajenados indignos del Patrimonio de la Humanidad. El de las cantinas clausuradas por afuera y que en su interior acogían errabundos alcohólicos, hampones jubilados o en fuga, bohemios en la tercera orilla, músicos con la yugular abierta. Alguna mesalina legendaria con los cables sueltos penetrando en su decadencia. Alguna que otra ninfa oriunda del norte, que hastiada de la vida andaba en busca de la muerte. Poetas en llamas, cronistas de guerra, profetas del Akabóse, que con el tiempo y el desasosiego, serían los personajes fundadores de la meta-ciudad, titulada los Kitos Infiernos. Pero eso es otra historia. Además, está lloviendo como si fuera para siempre.

Ser puta es grave

Preparándose para la sabatina...

Preparándose para la sabatina…

Ser puta es grave, pero ser cliente es peor. ¿Qué derecho hay de buscar placer? El Estado, con el Ministerio de Educación a la cabeza, nos explicó desde la escuela que los cuerpos que se entregan al deseo son primitivos.

Encontrar prostitutas es más difícil que conseguir platino, sin embargo, durante una noche de borrachera, uno de mis amigos del colegio me dijo mientras ingería su décima botella de cerveza: ¡vamos de putas!

No es miedo lo que tuve. O sí… no sé. En cualquier caso, no fuimos.

Sin embargo, las semanas siguientes solo pensé en sexo y prostitutas. En la cama me daba vueltas como un endemoniado, preguntándome cómo se sentía el cuerpo de una mujer. Había conversado con ellas y en la escuela los maestros me explicaron cuáles eran las diferencias entre un niño y una niña, pero en la práctica, yo, igual que cientos de miles de hombres, no vi jamás una muchacha desnuda y, peor, la toqué.

Al borde de la desesperación, telefoneé a mi amigo. Al principio, dijo que no me entendía, que él jamás estuvo con una prostituta ni con mujer alguna, que es un pecado contra la patria, contra Dios y no sé qué más.

No permití que siguiera echándome cuentos. Le hice ver que no era un mocoso y que deseaba estar con una mujer, no mañana, no pasado, ¡ya!

“¿Siquiera sabes lo que es un liguero?”

Llegó a mi casa con un “six pack” de cervezas para darse ánimo. No era tan experimentado como pretendía, supongo.

Durante el camino no cruzamos palabra. El viaje en taxi duró una hora y llegamos, algo borrachos, a un galpón enorme en medio de la nada. Tuve la impresión de que alguien acechaba en la oscuridad – no se veía nada, los únicas luces eran las de los carros que pasaban por la carretera de vez en cuando –, pero estaba demasiado bebido como para que me importara.

Mi amigo golpeó en una pequeña puerta lateral hasta que una voz, desde dentro, hizo cierta pregunta que no pude comprender. “El virgen”, fue la respuesta.

Casi vomito por las carcajadas.

Al poco, un hombre alto y con aliento repulsivo abrió. “Solo están la Camila, la Sandy y la Lucero”. Pagué por la última, su nombre me pareció bonito.

El galpón oscuro y el tufo a cigarrillo, sudor y trago me provocaron un nuevo acceso de náuseas. Mi amigo se sentó, explicándome que la Lucero se iba a demorar un poco, el cuidador le había dicho que estaba con un burócrata, “de esos que hacen las leyes contra las putas”.

Le pregunté qué era un liguero, temiendo que pudiese arruinar el encuentro si no lo averiguaba, pero él no pudo contestarme porque una mujer, que había salido de entre la nube de humo de cigarrillo, me tomó de la mano y me arrastró hacia una puerta, tras del escenario donde otras putas – la Camila y la Sandy – bailaban quitándose sus bikinis.

Al entrar al cuarto, tuve miedo. No del sexo, no de la mujer, solo del liguero. ¿Podía enfermarme por su culpa? ¿O ir a la cárcel? Le pedí a Lucero que me explicase.

Risas.

El amor sin amor...

El amor sin amor…

Terminé de bruces en la cama, con el cuarto convertido en un carrusel. El edredón de la cama estaba húmedo, creo que por el sudor del fulano que había entrado primero.

Más náusea.

Lucero – por fin pude verla: era horrible, tan horrible que resultaba hermosa – empezó a quitarse la blusa – estaba disfrazada de enfermera –, mientras yo pensaba con desesperación en el liguero.

“¿El liguero te liga a alguien? ¿A Lucero, a las putas?”

Una sirena sonó de repente y luego un par de balazos. Un breve silencio y, al final, golpes, gritos, maldiciones.

“¡Puta madre!”, dijo la puta y yo volví a preguntar sobre el liguero. Lucero me abofeteó por pendejo y en seguida entraron los policías.

El lector fugitivo

Aunque usted no lo crea, Marilyn Monroe leía mucho y estaba casada con un escritor famoso...

Aunque usted no lo crea, Marilyn Monroe leía mucho y estaba casada con un escritor famoso…

Lo bueno del Día del Trabajo, para mí – a riesgo de que quieran crucificarme los chamanes de lo políticamente correcto –, es, precisamente, que no tengo que trabajar y que, por lo mismo, puedo leer sin esconderme.

No les voy a mentir: no me gusta ganar el pan con el sudor de la frente – hace un año lo mencioné en este mismo blog –, pero acaso el problema es que no he encontrado un empleo en el que me paguen por leer libros, que es lo único que me interesa – fuera del vino y de las mujeres.

Cada día me levanto como un autómata, me visto y acudo al trabajo con una sensación de nostalgia porque, en vez de estar hojeando alguno de los volúmenes que pertenecieron a mi padre, debo dedicarme a cumplir meros “oficios de subsistencia” – la tipología es de Vargas Llosa.

José María Gironella, un autor que leía y debe ser leído.

José María Gironella, un autor que leía y debe ser leído.

Como el adicto que soy – lo confieso –, llevo una novela o un ensayo escondido en mi mochila. En el bus, mientras el conductor hace piruetas al son de una salsa o una bachata, extraigo el texto y me dedico a leerlo, intentando evitar que mi vecino averigüe qué es ese misterioso documento que tengo entre las manos. Noto que su mirada busca colarse dentro del hueco que forman mi clavícula, mi cráneo y el asiento del autobús. Yo, desesperado, cambio la hoja porque ¡esa droga es solo mía!

Al llegar al trabajo, entre los materiales necesarios, oculto mi volumen – a veces es Schiller, Malaparte, Thackeray, Gironella, Zweig, Borges… –, de forma que apenas alguien se descuida, me pongo a leer, dejando que mis tareas laborales se transforman en montañas interminables de cosas pendientes.

Muchas han sido las ocasiones desde que empecé mi vida profesional (sic),  en las que he recurrido al baño como un búnker donde nadie puede violar mis derechos de lector. Afuera, bramidos o portazos me presionan para que salga y yo, sudoroso y desesperado, apuro una, dos, tres, diez páginas porque acaso si no las leo hoy, no lograré hacerlo mañana.

En la calle, camino como esos monjes de claustro, con el libro entre las manos, mientras los conductores me insultan. No hay bar, tienda, incluso prostíbulo que no haya visitado con un texto bajo el brazo – por si acaso.

Sasha Grey lee y escribe libros (la calidad no está en discusión...)

Sasha Grey lee y escribe libros (la calidad no está en discusión…)

Soy un obsesivo, un adicto, lo sé. Incluso en mi teléfono móvil tengo “e – books” de Stephen Hawking y Bioy Casares. Si alguien me encuentra por la calle es más fácil que me vea desnudo que sin libro. Y es que todo puedo olvidar, menos eso.

Cuando, en alguna ocasión, dejé en casa la novela de Orwell que estaba leyendo, sentí que el mundo se venía abajo. El día completo fue una pesadilla: las palomas defecaron sobre mi cabeza, la pizza que comí estaba dañada, caí en un charco de agua sucia y, seguramente, si aquella pesadilla duraba más de nueve horas, habría muerto atropellado por una ambulancia. No es superstición, pero sin libro no salgo a ningún lado.

Unos marchan durante el Día del Trabajo, otros convocan a mítines o se van de vacaciones a la playa, yo solo leo porque es imperativo que aproveche uno de los pocos días que la esclavitud asalariada me permite consagrarlos a mi vicio.

¡Me voy a leer!

Orgasmos literarios de la mano de Stoya.