La noche que Curzio Malaparte le robó la novia a Marcelo Chiriboga

“Villa Malaparte” en Capri, una isla muy feliz, mucho antes de que Ibiza estuviese de moda.

El mes pasado el diario “El Comercio” de Quito publicó un artículo sobre el escritor ecuatoriano Marcelo Chiriboga. Me sorprendió mucho leer el texto, toda vez que en Ecuador es muy frecuente olvidar a sus leyendas artísticas y este escritor – el único premio Cervantes nacional –, poco a poco, ha quedado en el olvido, siendo que hasta “La caja sin secreto”, su novela cumbre, está exiliada de cualquier librería local.

Curzio Malaparte, polemista y literato fascinante.

Curzio Malaparte, polemista y literato fascinante.

Pensar en Chiriboga me provoca estrés. No es que tenga algo en contra del riobambeño fallecido en 2005, pero me recuerda el proyecto de un libro sobre su vida que sigue en forma de archivo digital en una de las carpetas de mi computador.

Lo cierto es que en 2007, cuando cierto amigo le dijo a la última mujer de Chiriboga que yo quería escribir sobre él, me contactó, entregándome una serie de documentos – varios paquetes de cartas y diez diarios que corresponden al período que va desde 1950 hasta 1956 –. La mujer murió pocos meses después, ventajosamente sin enterarse de mi falta de constancia.

La sorpresa fue mayor, puesto que leí el artículo de “El Comercio” justo en la semana en que un compañero de trabajo me había prestado el libro de relatosSodoma y Gomorra” del italiano Curzio Malaparte. Recordé entonces que en sus diarios, Chiriboga mencionaba un breve aunque nada agradable encuentro con el autor nacido en Prato.

En 1952, Malaparte – seudónimo de Kurt Erich Suckert – recibió una invitación del gobierno chileno del general Carlos Ibáñez del Campo para representar a Italia en el Congreso Mundial de Prensa y Literatura de Santiago, donde lo homenajearían a él junto con Pablo Neruda, Camilo José Cela e Ilyá Ehremburg.

Jorge Edwards y Pablo Neruda.

Jorge Edwards y Pablo Neruda.

El chileno Jorge Edwards, uno de los amigos de Chiriboga, contó que el italiano era un seductor nato, un dandi – acaso ahora lo llamarían metrosexual –, capaz de enloquecer a todas las mujeres. De hecho, la sobrina del chileno José Donoso, otro de los miembros del “Boom”, cayó en sus garras después de que Edwards los presentara.

En todo caso, mientras aquel romance estaba en pleno auge, el italiano tuvo un par de “affaires” con otras mujeres. En Argentina, mientras asistía a una conferencia sobre periodismo y literatura, una muchacha, un poco mayor que la sobrina de Donoso, se acercó a Curzio Malaparte acompañada de un joven de piel cetrina.

Ella se llamaba Victoria Sacheri y él, Marcelo Chiriboga, quien por aquel tiempo estaba redactando la primera versión de “La caja sin secreto”, titulada “Hombres sin pasado”. La argentina era su novia.

Los tres fueron a cenar en un restaurante de Buenos Aires y durante toda la noche, el italiano los sedujo con sus historias sobre la Segunda Guerra Mundial, los nazis, Mussolini, Rommel, el Conde de Foxá, los cazadores lapones, etc.

Chiriboga escribió en su diario: “Estaba tan embobado que no me di cuenta del brillo en los ojos de Victoria.  Solo cuando en la puerta de su hotel, Malaparte, sin la menor vergüenza, le dijo que estaba seguro de que ella sería el ángel que lo iba a salvar de perderse en Buenos Aires, comprendí mi situación”.

Marcelo Chiriboga no supo casi nada de Victoria durante los cinco días que el italiano permaneció en la capital argentina y es probable que ella lo habría seguido a Punta del Este y luego de regreso a Chile, si la sobrina de Donoso no se interponía.

“¡Victoria no se acuerda de mí! Nunca pensé que odiaría tanto a alguien como odio ahora a Malaparte… ¡Que él y su ‘Piel’ se larguen a Italia!”, escribió al segundo día de desaparición de su novia. La muchacha se paseaba por todos los cafés, librerías y teatros con el italiano, retirándose juntos al hotel poco antes de que amaneciera.

“Los vi en la fiesta de F…, ella hizo como si no se diese cuenta de mi presencia. Me emborraché. Por fortuna soy obediente y cuando quise armar un escándalo, un amigo ordenó que me largara a dormir”.

“Villa Malaparte”, en Capri. Edificio ideado por el propio escritor.

Al día siguiente de la marcha de Malaparte, Victoria volvió a aparecer en la vida del ecuatoriano. Ambos fingieron que no había pasado nada. “Nos queremos, ¿qué vamos a hacer?”

Chiriboga supo después, por boca de Edwards, que el italiano regresó a su tierra durante los primeros meses de 1953, acompañado de Rebeca, la sobrina de José Donoso, y que nunca se mencionó a Victoria. No obstante, la chilena sufrió el mismo destino que su rival argentina: el olvido.

Chiriboga no volvió a encontrarse con el autor de “La Piel” y “Kaputt”, pero la admiración se había apagado. Incluso cuando Malaparte llevaba ya algunos años enterrado, el ecuatoriano dijo durante una visita a Capri – donde aquel tuvo una casa –, que lo único que arruinaba a la isla era precisamente “el repugnante espíritu de Curzio que merodea en las playas, dándoles un aire de lo más siniestro”.

Bioy Casares cruzó la Vía Láctea montado en una urraca

Bioy comprendía que el amor es una pasión que enceguece, empujando a los humanos a caer en pozos humillantes o encumbrándolos en cimas magníficas. Es una fuerza tal vez tan poderosa como la de la propia naturaleza, es quizá el único camino que nos queda, toda vez que la civilización se hunde en la guerra, la tiranía y la barbarie.

En aquellos tiempos el amor era una cosa mucho más complicada: había que conseguir la ayuda de las urracas; ahora basta con tener cuenta de Facebook.

En aquellos tiempos el amor era una cosa mucho más complicada: había que conseguir la ayuda de las urracas; ahora basta con tener cuenta de Facebook.

Cuenta cierta leyenda japonesa – hay una versión análoga en China – que la Princesa Tejedora, la estrella Vega, fabricaba para su padre, el Rey Celestial, telas preciosas, trabajando como esclava durante todo el día para tenerlas listas a tiempo. El trabajo es una de las causas principales de la infelicidad humana, y la muchacha, como la mayoría de los pobres, se veía obligada a hacerlo más horas de las que estipula el Código Laboral sin una remuneración justa y sobre todo sin la posibilidad de conocer a un compañero que haga su vida menos amarga.

Preocupado porque su mano de obra gratuita deje de rendir, el Rey Celestial invitó al pastor Hikoboshi, la estrella Altair, a tomarse unas copas en casa y el flechazo entre él y la tejedora fue instantáneo.

Ambos se casaron, pero no fueron felices para siempre. El fuego de la pasión calcina el cerebro de los esclavos, empujándolos a olvidar sus tareas; la flamante pareja no fue la excepción: ella abandonó el tejido, al tiempo que su cónyuge dejaba que el ganado de su suegro se desperdigara por los cuatro puntos cardinales del universo.

Furioso, el señor esclavista separó a los amantes, uno a cada lado del río Amanogawa, la Vía Láctea, pero los lloros de su pequeña lo conmovieron tanto que accedió a que, si los jóvenes terminaban sus tareas a tiempo, se encontraran una vez al año – el séptimo día del séptimo mes – para amarse. El problema, sin embargo, era que ambos tenían que atravesar el mencionado río y ni los gringos han sido capaces de construir un puente que cruce la vía Láctea; de manera que los lloros y los lamentos volvieron a entrar en escena hasta que, conmovidas, las urracas se ofrecieron a convertirse en el enlace sobre el que los amantes caminarían para estar juntos.

El anterior es el trasfondo mitológico que sustenta el festival de Tanabata, celebrado usualmente el 7 de julio de cada año en el Japón. Durante este los jóvenes enamorados cuelgan en árboles de bambú hojitas de papel llenas de deseos y al llegar la medianoche, mientras los fuegos artificiales iluminan el cielo, los echan al río con la esperanza de que los dioses los hagan realidad.

Si el diablo se ve como Elizabeth Hurley, para ¿qué quiere comprender al amor?

Si el diablo se ve como Elizabeth Hurley, para ¿qué quiere comprender al amor?

Es muy frecuente preguntarse por qué el amor es tan complicado como para que hasta Altair y Vega – ¡dos estrellas! – tengan que encaramarse sobre los lomos de unas aves de graznidos poco agradables para llegar a ser felices y supongo que, como escribió Dostoievski al respecto de las mujeres, “ni el diablo lo comprende”.

En todo caso, el amor es una fuerza motora tan poderosa que ha alcanzado, por obvias razones, a la más sofisticada de las creaciones humanas: el arte. Es tan cierto que incluso campos tan increíbles como la literatura, el cine y el teatro de ciencia ficción en algún momento mencionan a un romance enquistado en las membranas de la historia de una invasión extraterrestre o de un apocalipsis cibernético.

Adolfo Bioy Casares – escritor argentino injustamente relegado a segundo plano por la gigantesca figura de su amigo y cómplice Jorge Luis Borges –, por ejemplo, era un entusiasta tanto de la literatura fantástica como de la literatura de temas amatorios y no sorprende que aseverara en cierto momento que estos dos géneros eran los únicos que merecían la pena de ser escritos.

Bioy dice: "solo porque soy exitoso con las mujeres, pudiente y talentoso -I'm sexy and I know it!-, este sujeto me mete en su blog; ¡arribista!"

Bioy dice: “solo porque soy exitoso con las mujeres, pudiente y talentoso -I’m sexy and I know it!-, este sujeto me mete en su blog; ¡arribista!”

Tal vez la explicación de este gusto pueda hallarse en su propia personalidad. Por principio, Bioy era un hombre muy exitoso con las mujeres, pudiente y de extraordinario talento literario – tres cosas que ni usted, mi querido lector, ni yo seremos nunca –, además, educado en una civilización argentina de principios del siglo veinte que era reconocida por rivalizar en cultura con la propia París y en cuyas editoriales, escritores de Europa como Ramón Gómez de la Serna, no dudaban en publicar encantados.

Bioy, premio Cervantes de 1990, amaba el amor y, como Borges, amaba la literatura fantástica. Varias veces se dejó seducir por la idea de unificar ambas temáticas y en la mayoría de los casos tuvo éxito. Uno de sus experimentos más geniales es La invención de Morel.

La influencia de La isla del doctor Moreau de Wells se puede detectar más allá de la simple analogía entre títulos, pues el héroe de la historia es un personaje que huye de la civilización occidental por haber cometido un crimen – del que se desconocerán siempre los detalles –, recalando en una isla a la que todos los marineros temen ir porque cierta peste terrible – cuyos síntomas son similares a los de la radiación – ha aniquilado tanto a los habitantes como a los turistas que de tiempo en tiempo acudían a descansar en sus playas.

Al principio, el fugitivo piensa que se encuentra solo pero eventualmente se percata que hay varias personas vacacionando aún allí. Entre los turistas descubre a una mujer y, después de espiarla por algún periodo, termina enamorándose de ella; la investiga, sale de su escondite entre los pantanos de la isla, internándose en el museo donde habitan sus ignorantes compañeros. Estos aparecen y desaparecen, un instante están al alcance de las manos del fugitivo y casi en seguida se esfuman.

El misterio envalentona al héroe, empujándolo a ensayar un acercamiento con la mujer que ama para salvarla de las garras del infame doctor Morel, quien la acosa con su insistencia amorosa todas las tardes a vista y paciencia del fugitivo.

"La invención de Morel", una alternativa loable para los que leen a Osho o "Cincuenta sombras de Grey".

“La invención de Morel”, una alternativa loable para los que leen a Osho o “Cincuenta sombras de Grey”.

Su sorpresa es mayúscula cuando, decido a jugarse toda la baraja por su gran amor, descubre que ni ella ni ninguno de los vacacionistas existen en realidad y que solo son imágenes proyectadas por un reproductor de cine, inventado por el monstruoso Morel para atraparse a sí mismo y a la mujer que tantas veces lo rechazó dentro de una película; esta, cuando las mareas suben, se pone en acción reproduciendo a la pareja unida para siempre. El doctor había descubierto la manera de hacer que lo amen eternamente aunque sea dentro de un filme.

El fugitivo opta entonces por hacer lo mismo y se graba superponiéndose en la cinta sobre la imagen del malvado inventor, salvando así a su amada de una eternidad espantosa, al tiempo que se condena él mismo a otra igual.

Bioy comprendía que el amor es una pasión que enceguece, empujando a los humanos a caer en pozos humillantes o encumbrándolos en cimas magníficas. Es una fuerza tal vez tan poderosa como la de la propia naturaleza, es quizá el único camino que nos queda, toda vez que la civilización se hunde en la guerra, la tiranía y la barbarie. El amor, parafraseando a Pessoa, nos hace caer en el ridículo, pero qué criaturas tan ridículas seríamos si no caemos en el amor.

Hasta aquí el texto de esta semana, los dejo antes de que mi novia me maltrate por llegar tarde a nuestra cita…

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El secreto de la caja de Marcelo Chiriboga

Póster promocional de “El secreto de la caja”, con un comentario de Carlos Fuentes, amigo de Marcelo Chiriboga.

Era una caja común y corriente,

sin embargo, la  miramos estupefactos,

como si, de un momento a otro, fueran a salir de ella

todos los males del mundo. 

Marcelo Chiriboga

El secreto de la caja

El año pasado publiqué en mi blog Junto a la montaña y bajo la lluvia una ponencia que escribí para el Encuentro de Talleres Literarios “Gustavo Garzón”, desde entonces he recibido de ustedes, mis queridos lectores, una serie de correos electrónicos preguntándome sobre la vida y obra de Marcelo Chiriboga, aquel escritor tan magnífico como desconocido.

Portada de El secreto de la caja de Marcelo Chiriboga, libro extremadamente recomendado.

Su enorme interés – producto, probablemente, de un grave TDAH[1] – es el que me lleva a tocar de nuevo el tema, aunque la verdad es que mi abulia me impide volver a escribir sobre este personaje del que se ha dicho tanto durante tres décadas, por eso prefiero dejarles una reseña sobre su novela póstuma, El secreto de la caja.

Dicho texto permaneció varios años en el olvido, confinado a una gaveta donde el escritor había guardado cientos de hojas con apuntes e historias a medio terminar, las mismas que solo fueron exhumadas por el empuje de la catalana Nuria Monclùs, amiga y exagente del literato, pues la esposa de Chiriboga, quien, por entonces, se dedicaba al despilfarro y a la seducción de jóvenes efebos, había olvidado por completo tanto a la literatura como a su marido.

La catalana, percatándose enseguida del potencial de El secreto de la caja – único relato finalizado dentro de esa maraña de papeles –, lo ofreció a varias editoriales de renombre en el mundo de las letras hispanas. Alfaguara, Planeta, entre otras, la rechazaron, argumentando principalmente que era “un absurdo sacar a la luz el libro de un escritor muerto del que nadie se acuerda, ya que ni su obra principal, la que lo catapultó al Premio Cervantes [La caja sin secreto], encuentra acogida en los estantes de las librerías.”

De todas maneras, Monclùs, convencida de que la publicación de la novela era un deber para con su amigo fallecido y, principalmente, para con su cuenta de banco, recurrió a sus contactos y a su amplia experiencia como agente literario, consiguiendo que Plaza & Janés se hiciera cargo de editarla. Decisión acertada si tenemos en cuenta que la obra se transformó, en España y América Latina, en un instantáneo best – seller y que críticos de diversos lugares del globo han afirmado que El secreto de la caja está destinada a ser la obra más importante de la literatura universal.

Gavin Menzies, en una entrevista realizada por la BBC, afirmó que Marcelo Chiriboga sabía que los chinos de la dinastía Ming fueron los primeros en explorar Ganímedes, satélite al que llegaron montados en unicornios de Arcadia.

Tal ha sido el revuelo provocado por el libro que incluso investigadores de temas paranormales o conspirativos como J. J. Benítez y Gavin Menzies se han interesado en él, afirmando que la novela guarda un misterio que Chiriboga dejó codificado en forma de un mensaje cabalístico entre sus 777 páginas – “el número de la perfección… ¡de Dios!”, ha dicho Menzies –.

Pero ¿qué es El secreto de la caja? Un libro supremamente largo – y fascinante, claro… –. La historia empieza la noche del sábado 20 de agosto de 1921, en el Café Pombo de Madrid, donde varios intelectuales se han reunido, como de costumbre, para participar en la tertulia liderada por Ramón Gómez de la Serna; de repente, obedeciendo a una señal de este, don Eduardo Lamela, dueño del local, les presenta a los tertulianos una antigua caja de madera vacía. Todos, estupefactos, guardan silencio sin saber cómo reaccionar, mientras el narrador, un joven poeta sudamericano, explica que siente una mezcla de pavor y atracción por aquel objeto.

Gómez de la Serna bebe un trago de absenta y luego dice con sencillez: “… es una caja como cualquier otra, lo único interesante en ella es que tiene un secreto, uno muy estúpido pero que durante siglos ha torturado a las mentes más lúcidas… ¡Bueno, hasta que cayó en mis manos, mis queridos amigos! ¡Así es! Yo he resuelto el acertijo y voy a compartirlo con vosotros, a condición de que lo guardéis para siempre.

Revólver Colt Python calibre 357; a estas alturas usted debe tener muchas ganas de usarlo contra el dueño de este blog.

Enseguida, la novela hace un flashforward, que nos lleva al instante en que el protagonista de La caja sin secreto – posteriormente descubrimos que es el primogénito del joven poeta del Café Pombo – decide suicidarse porque su hijo optó ser hincha del FC Barcelona y vegano. Según mi criterio, se trata del momento más excelso de este relato, ya que el personaje, un ecuatoriano autoexiliado – sin duda, el álter ego del autor – amante de los churrascos y convertido en un acérrimo madridista después de llegar a España, se siente devastado por las decisiones de su hijo e increpa a Dios, culpándolo por la desgracia de su progenie, mientras sostiene el cañón de su viejo revólver de marca Colt contra la sien.

Por lo demás, no llegamos a presenciar el suicidio de aquel hombre porque un nuevo salto en el tiempo nos muestra a su hijo, Fulgencio, convertido en un famoso guionista de telenovelas mexicanas, quien durante la filmación del capítulo final de su nuevo éxito Yo no te puedo amar porque soy de Lesbos, recuerda que su abuelo le regaló en el lecho de muerte una caja de madera que en apriencia había recorrido el mundo durante varios siglos, en busca de alguien que fuera capaz de develar su secreto. A continuación se producen una serie de flashbacks y flashforwards, en los que varios narradores nos bombardean con soliloquios tan profundos como incomprensibles y que lo único que consiguen es abrumar al lector con la genialidad de Chiriboga o perderlo en un laberinto del que solamente sale para percatarse de que está leyendo la crónica de un momento en la vida de un viejo y sarnoso perro – exactamente veintisiete páginas, correspondientes a dos minutos y medio de la agonía del animal –, que muere en la más patética miseria.

Galería de arte conceptual, entrada al infierno, ¡en serio!

Muchas son los capítulos que merecen ser mencionados, por ejemplo aquel en el que Fulgencio baja al infierno – al cual se excede por la puerta trasera de una galería neoyorquina de arte conceptual –, para pedirle a su padre que le revele el secreto de la caja, o aquella memorable escena donde ese mismo personaje, cumplidos los trece años, descubre que no quedó embarazado por masturbarse en la ducha.

Esta novela recorre, a saltos y brincos, innumerables generaciones, desde el ancestro del guionista de telenovelas, un extremeño que arribó a América con Hernán Cortés, hasta la extinción de la humanidad, en el año 2017, por una epidemia de obesidad mórbida y el aburrimiento de Dios.

Al final, en el último párrafo reaparece Ramón Gómez de la Serna – aunque también puede ser la divinidad o el Teletubbie morado – diciéndonos: “¡Eh – oh! ¿Cómo puede haber alguien capaz de pagar cuarenta dólares por casi ochocientas páginas de un cuento sobre una caja cuyo único secreto es que no tiene ninguno…?

Es claro que esta última declaración es un bulo, un guiño del autor que pretende escondernos la Verdad tras un sutil velo de ironía.

Ramón Gómez de la Serna le pregunta a su novia/maniquí: “¿qué mierda es un blog y qué diablos es un José Luis Barrera?”

En resumen, El secreto de la caja es una novela de aprendizaje, al estilo de aquellas que nos legó el racionalismo del siglo dieciocho, pero salpicada por leyendas propias del Realismo Mágico y escrita en un estilo más cercano a los relatos subjetivistas que a cualquier otra cosa.

Finalmente, ¿qué fue lo que incentivó a Marcelo Chiriboga para que escribiera esta obra maestra? Quizás la respuesta se halle escondida dentro de la caja, pues en uno de los momentos culminantes, Fulgencio dice: “… cuando vi que ese par de cerdos se transformaron en humanos como castigo divino al incesto cometido, me pregunté: ‘¿es este el significado de la vida: amar lo prohibido… amar a un puerco?’[2]

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[1] Trastorno por déficit de atención con hiperactividad, si usted cree padecerlo, debe leer esto.

[2] Hollywood ya ha comprado los derechos de este libro y todo parece indicar que el estreno de la adaptación cinematográfica será en junio del 2013, estaremos atentos ante cualquier adelanto.