Holy – good

UNO

cine hollywood

Cine Hollywood. Fuente: blog “Colombia & България

En los años setenta y ochenta, anacondas humanas se enroscaban alrededor de ese gigantesco cuerpo de cemento en cuyas entrañas habitaba el cine Hollywood.

Cada escama de la culebra tenía ojos, piernas y un sexo anhelante, pero, pese al prejuicio, los espectadores no eran perversos violadores o proxenetas en decadencia, más bien se trataba de empleados públicos a los que sus jefes, diputadillos o ministretes, opacaban hasta el punto de convertirlos en borrones del libro de la vida.

Por aquellos años había libre ingreso para las mujeres y ellas, como vetas de oro, sobresalían con sus faldas cortísimas entre el tropel de funcionarios con la corbata tan perfectamente anudada que parecía una horca.

Putas”, les decían las señoronas a aquellas vetas de oro y quizás era cierto, el caso es que nunca se pudo comprobar que una hiciera sus negocios dentro del cine o eso es lo que repetían hasta el cansancio administradores y porteros.

En pleno siglo veintiuno las mujeres dejaron de ser admitidas para evitar líos con la policía. Las beatas de los setenta hubieran estado felices, pero su victoria llegó tan tarde que, si estaban vivas, ya ni siquiera les importaba.

Antes, en los sesenta, no solo que podían ingresar las féminas, sino que vedettes colombianas o argentinas preparaban presentaciones para el Hollywood provocando felicidad inenarrable en solitarios onanistas y grises funcionarios que buscaban combatir su estrés laboral con piernas y nalgas.

Las anacondas humanas reptaban sobre las diminutas veredas de las calles Guayaquil y Espejo a cualquier hora, pero entre las doce y las cinco de la tarde era el momento preferido para hundirse en las butacas.

Pasadas las seis, el voyeur, si quería quedarse, debía mutar en masoquista, pues el sector se llenaba de malandros incapaces de respetar el éxtasis ajeno.

Para el hombre de la taquilla casi ninguno de sus visitantes era un misterio. Desconocía sus nombres, pero sus caras eran muy familiares: los amantes del Hollywood eran asiduos.

Algunos sufrían de timidez. Casi siempre sus ojos miraban el piso, entregando la boleta sin levantar la cara. Otros, desafiantes, contemplaban a los empleados con una sonrisa burlona, y también había indiferentes que, sin duda, eran los más llamativos porque no había sombra de felicidad, tristeza o vergüenza en sus expresiones.

Impenetrables, acudían al cine con la misma frialdad con que un contador despachaba una tarea desagradable. Era imposible no preguntarse sobre su vida: ¿serían infiltrados, gente contratada para averiguar si se producían actos ilícitos dentro del cine? O ¿era gente sin nada que hacer y que iba únicamente para no estar sola o, lo que es peor, acompañada por alguien a quien no querían?

Mientras tanto, en la sala de proyecciones, el encargado se aseguraba de que las cintas estuvieran en buen estado, pues, en caso de enredarse, se verían obligados a suspender la función por minutos u horas.

En medio de esos percances, la gente se volvía loca, era capaz de lanzarse por los pasillos iluminados con luces rojas en busca del técnico para hacerle pagar con su vida por el corte. Es natural, esas personas quedaban truncadas en su camino al éxtasis.

De todas maneras, aquello era una rareza. El encargado era un experto en manipular los rollos de película y si hubo suspensiones, ciertamente no fue por su ineficiencia.

La peor tarde se produjo cuando un anciano sufrió un infarto en medio de cierta función y los servicios médicos solo lograron llegar para verlo muerto sobre la alfombra sucia.

El resto de asistentes no le dieron asistencia al verlo colapsar, solo se pusieron a huir como si temiesen contagiarse con alguna peste.

“Es que temen ser reconocidos…”

Lea otra crónica sobre el cine Hollywood en Caja Negra.

DOS

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“La musa” pide cédula para entrar al cine. Fuente: Deskgram Cristhian Parrado.

El declive fue vertiginoso. Podría culparse al VHS, al DVD, al internet o a cualquier otro adminículo de origen extranjero capaz de reducir la distancia entre el sexo en audiovideo y los espectadores circunstanciales.

La razón, sin embargo, es el aburrimiento.

En otro tiempo ir a ver pornografía en el cine era un acto de rebeldía, un escupitajo en la cara de los pacatos, pero, con el pasar de los años, lo que dijeran las beatas o los curas dejó de importar, tanto que ambas especies se convirtieron en fieras con peligro de extinguirse.

La gente, si bien seguía siendo hipócrita ante el sexo, ya no se tapaba sus ojitos para no disfrutar las delicias del pecado.

Por la ausencia de público, los dueños del cine Hollywood y de su primo hermano, el América, se vieron obligados a despedir empleados y la panza de la bestia de cemento y celuloide se vació.

El hombre de la boletería pasó a cumplir funciones de acomodador y hasta técnico de proyección. Empresarios y últimos empleados asistían con un silencio resignado a la derrota de su gigante.

Los espectadores eran una luz en el ocaso. Su número se redujo de forma considerable con el transcurso de los años, es cierto, pero unos veinte o quizá treinta se rehusaban a abandonar el barco, manteniéndose fieles desde los años sesenta.

Estos hombres, ahora vetustos como las alfombras del cine, parecían amantes que, víctimas de la costumbre, habían quedado ligados al celuloide y la llegada de internet o del blu – ray no consiguió librarlos de su maldición.

Estos hombres perdieron mucho tiempo atrás la vergüenza. Cuando alguien les plantaba conversación en el vestíbulo del cine, impasibles, respondían como en medio de un despacho del Ministerio de Comercio Exterior.

Se trataba de vejetes con anteojos gruesos y piel pálida que no se atrevían a comprar celulares por un pánico cerval a las  pantallas táctiles.

Por aquellos años, fue que las mujeres quedaron vetadas del cine. Los vecinos del sector se quejaban de que las prostitutas entraban con sus amantes de ocasión para ahorrarse el costo del motel o simplemente porque las urgencias no permitían llegar a ninguno.

“¡Eso un puterío!”, “¡este es un barrio decente!”, “¿adónde vamos a parar así?”

Lo cierto es que el cine había funcionado sin problema conviviendo con la decencia del barrio por seis décadas. Sobrevivió a las beatas y a las feministas new age, sin embargo, la pornografía en discos piratas cerraba poco a poco un lazo sobre el cuello de los dueños del cine y el escándalo con la policía habría sido el fin del fin.

Evitar que las mujeres, putas o no, entraran al cine era una estrategia desesperada para prolongar la agonía del Hollywood, gigante de cemento que, huérfano de la anaconda, sobrevivía a trompicones entre burlas y saldos en rojo.

TRES

Su fin llegó al mismo tiempo que el auge de los cines de centro comercial. Aquel fue el puntillazo en el lomo de la bestia de celuloide que ya no podía adaptarse al nuevo tiempo.

Las autoridades exigían que los administradores instalaran parqueaderos gigantescos, con espacio para trescientos vehículos, pese a que los asistentes no llegaban ni a cien.

Querían múltiples puertas de escape cuando en el centro de la ciudad tumbar una pared hubiera significado el derrumbe de la construcción entera y acaso de las aledañas.

En octubre de 2017, mientras en los cines de centro comercial se estrenaba el último blockbuster de Marvel y la gente se apilaba en las salas con formato imax, los últimos trabajadores del Hollywood recibían los papeles de su liquidación.

Entre octubre y noviembre, los asistentes acudieron a ver viejísimas películas porno italianas de los setenta con la tristeza propia de un funeral. Eran los muñones de esa anaconda que, ahora, estaba cómodamente sentada en una sala con aire acondicionado y sonido estéreo viendo a un Thor convertido en esclavo después de la aniquilación de su planeta.

Los viejecitos no iban a abandonar a su creatura de celuloide (uno de los pocos cines de contenido puramente erótico en el país) hasta que respirara su última bocanada de aire.

Los gemidos de las italianas de la película parecían los de la sala entera que abandonaba la vida entre quejidos y erecciones como dicen que les sucede a los ahorcados. En este caso, el estrangulamiento no se hacía con sogas, sino con deudas.

El médico forense, sin embargo, habría de escribir en el parte mortuorio que la verdadera causa de muerte fue el paso del tiempo que aniquila a hombres y cosas que son incapaces de adaptarse al cambio.

El lector fugitivo

Aunque usted no lo crea, Marilyn Monroe leía mucho y estaba casada con un escritor famoso...

Aunque usted no lo crea, Marilyn Monroe leía mucho y estaba casada con un escritor famoso…

Lo bueno del Día del Trabajo, para mí – a riesgo de que quieran crucificarme los chamanes de lo políticamente correcto –, es, precisamente, que no tengo que trabajar y que, por lo mismo, puedo leer sin esconderme.

No les voy a mentir: no me gusta ganar el pan con el sudor de la frente – hace un año lo mencioné en este mismo blog –, pero acaso el problema es que no he encontrado un empleo en el que me paguen por leer libros, que es lo único que me interesa – fuera del vino y de las mujeres.

Cada día me levanto como un autómata, me visto y acudo al trabajo con una sensación de nostalgia porque, en vez de estar hojeando alguno de los volúmenes que pertenecieron a mi padre, debo dedicarme a cumplir meros “oficios de subsistencia” – la tipología es de Vargas Llosa.

José María Gironella, un autor que leía y debe ser leído.

José María Gironella, un autor que leía y debe ser leído.

Como el adicto que soy – lo confieso –, llevo una novela o un ensayo escondido en mi mochila. En el bus, mientras el conductor hace piruetas al son de una salsa o una bachata, extraigo el texto y me dedico a leerlo, intentando evitar que mi vecino averigüe qué es ese misterioso documento que tengo entre las manos. Noto que su mirada busca colarse dentro del hueco que forman mi clavícula, mi cráneo y el asiento del autobús. Yo, desesperado, cambio la hoja porque ¡esa droga es solo mía!

Al llegar al trabajo, entre los materiales necesarios, oculto mi volumen – a veces es Schiller, Malaparte, Thackeray, Gironella, Zweig, Borges… –, de forma que apenas alguien se descuida, me pongo a leer, dejando que mis tareas laborales se transforman en montañas interminables de cosas pendientes.

Muchas han sido las ocasiones desde que empecé mi vida profesional (sic),  en las que he recurrido al baño como un búnker donde nadie puede violar mis derechos de lector. Afuera, bramidos o portazos me presionan para que salga y yo, sudoroso y desesperado, apuro una, dos, tres, diez páginas porque acaso si no las leo hoy, no lograré hacerlo mañana.

En la calle, camino como esos monjes de claustro, con el libro entre las manos, mientras los conductores me insultan. No hay bar, tienda, incluso prostíbulo que no haya visitado con un texto bajo el brazo – por si acaso.

Sasha Grey lee y escribe libros (la calidad no está en discusión...)

Sasha Grey lee y escribe libros (la calidad no está en discusión…)

Soy un obsesivo, un adicto, lo sé. Incluso en mi teléfono móvil tengo “e – books” de Stephen Hawking y Bioy Casares. Si alguien me encuentra por la calle es más fácil que me vea desnudo que sin libro. Y es que todo puedo olvidar, menos eso.

Cuando, en alguna ocasión, dejé en casa la novela de Orwell que estaba leyendo, sentí que el mundo se venía abajo. El día completo fue una pesadilla: las palomas defecaron sobre mi cabeza, la pizza que comí estaba dañada, caí en un charco de agua sucia y, seguramente, si aquella pesadilla duraba más de nueve horas, habría muerto atropellado por una ambulancia. No es superstición, pero sin libro no salgo a ningún lado.

Unos marchan durante el Día del Trabajo, otros convocan a mítines o se van de vacaciones a la playa, yo solo leo porque es imperativo que aproveche uno de los pocos días que la esclavitud asalariada me permite consagrarlos a mi vicio.

¡Me voy a leer!

Orgasmos literarios de la mano de Stoya.

Gabriel García Marqués de Sade

Obviamente esta NO es la trilogía de María A. Nadie, (¡yo nunca osaría comparar esta obra cumbre con la de aquella mujer!) de hecho "es igual, pero diferente, lo mismo y en el sentido contrario".

Obviamente esta NO es la trilogía de María A. Nadie (¡yo nunca osaría comparar esta obra cumbre con la de aquella mujer!), de hecho “es igual, pero diferente, lo mismo y en el sentido contrario”.

Bajo el extravagante nombre de Gabriel García Marqués de Sade, exitosísimo escritor de novelas eróticas, se escondía la tímida y rubicunda figura de María A. Nadie, empleada de bajo rango en una compañía de seguros de la ciudad de Nueva York; quien pasó de la miseria y la insipidez a la riqueza y la fama del jet set mundial, tras la publicación de su trilogía de novelas – curiosa amalgama de El convidado de piedra con Justine y cualquier culebrón televisivo de Delia Fiallo.

Como quiera que sea, María A. Nadie era rica, famosa y su seudónimo no era más que una formalidad del marketing, pues no existía una sola mujer en el mundo que no conociese la verdadera identidad del autor de la trilogía de Los diez millones novecientos noventa y nueve mil novecientos noventa y nueve latigazos traviesos de Don Juan.

Sin embargo, la otrora fracasada agente de seguros no superaba su timidez y a pesar de que muchos hombres hubieran dado lo que fuera por descubrir si las proezas sexuales narradas en sus libros eran parte de su acervo erótico, ella era incapaz de hablar por mucho tiempo con otro ser humano. De hecho, si alguien tuviese la paciencia para cronometrar sus conversaciones se percataría de que estas nunca superaban los tres minutos con cuarenta y seis segundos y siete milésimas.

Todas las mañanas se levantaba de la cama dispuesta a cambiar y a conseguir al menos un amante del estilo de su Don Juan, pero, invariablemente, se acostaba al anochecer sola y decepcionada.

La literatura era su escape, el único método para vivir sus fantasías a plenitud, por eso escribía cientos y cientos de páginas como una posesa, derramando en ellas toda clase de anhelos insatisfechos y romances aburridos.

Cierta mañana las cosas cambiaron. La escritora ni siquiera se había levantado cuando alguien llamó a su puerta; ella, enfundada en una vieja salida de cama, abrió, encontrando fuera a un individuo atractivo y con traje español del siglo XVII.

— Mi señora, soy don Juan, vuestro esclavo.

María A. Nadie no supo qué responder y lo primero que se le ocurrió es que podía tratarse de una broma de mal gusto.

Don Juan cambió a la rellenita escritora por una dulce monjita de EWTN.

Don Juan cambió a la rellenita escritora por una dulce monjita de EWTN.

— Os equivocáis – le dijo el extraño anticipándose a sus palabras –, yo soy vuestro esclavo porque me creasteis y, hoy, por fin he venido a azotaros como siempre habíais soñado.

— Pero… pero… ¡Es absurdo!

—Absurdo es que este, vuestro servidor, haya esperado tanto para daros tal gustillo, después de todo, me habéis hecho el mayor de los regalos: la vida.

El supuesto Don Juan entró en la casa, conduciendo a la escritora hasta su habitación, que se había transformado en el frío calabozo de torturas de un castillo medieval.

— ¿Mi cama, mis cosas…?

— ¿Qué importancia tiene? ¡Dejaros llevar como Valerina, vuestra creatura!

María A. Nadie obedeció, pero no por placer, sino porque no se le ocurría otra forma de reaccionar. Así, la oronda escritora, de un momento a otro, quedó pendiendo por los brazos de cierto artefacto indescriptible, al tiempo que sus piernas se mantenían abiertas en un ángulo de casi ciento ochenta grados, gracias a unos arneses de cuero sin curtir.

— ¡Ahora sí tendréis lo que necesitáis! – dijo el español, mientras la azotaba con un látigo.

Los golpes, lejos de producirle satisfacción, le dolían cada vez más y su piel, en carne viva, discrepaba completamente de lo que ella misma había propuesto en sus libros.

El sado-masoquismo también puede llevarla al extremo de querer depilarse las cejas.

El sado-masoquismo también puede llevarla al extremo de querer depilarse las cejas.

— ¡Detente, me duele, me duele!

— ¡Callad! ¿No es esto lo que soñabais?

— ¡No, no, no!

— ¿No lo entendéis, verdad? ¡Este es vuestro castigo por hacerme un amante tan soso!

Permanecieron así por una hora hasta que María A. Nadie se desmayó. Al despertar, la escritora estaba en el suelo, desnuda y sobre un charco de agua maloliente.

La mujer se reincorporó, dirigiéndose en seguida hacia el baño, donde, después de lavarse, se puso a examinar su cuerpo; curiosamente, no había ni una sola marca de los azotes en él.

Esa mismo día, María A. Nadie dejó la literatura erótica para siempre.

 

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Nota necrológica de una diosa

atenea

¡El ‘look’ hipster hace ver muy sexy a Atenea!

Cierto día los mortales decidieron que no necesitaban más de nosotros, los dioses, declarándonos, luego de un juicio sumario, muertos.

Lo cierto es que nadie murió, solo salimos del Olimpo, empezando a vagar por la tierra como simples humanos. Algunos lo aceptamos mejor que otros, por ejemplo: Hércules se convirtió en campeón mundial de boxeo, Diana en activista del feminismo, Apolo en cantautor y yo, Palas Atenea, en periodista y escritora.

Por otro lado, Júpiter, Juno, Marte, Cupido y Venus no pudieron asimilar el cambio con dignidad. El primero espera la muerte en un asilo de ancianos, tratando de convencer a sus compañeros que alguna vez fue más grandioso que Napoleón.

Su esposa, en cambio, lo abandonó por un estudiante de antropología, con quien fue a vivir entre los pigmeos. Ambos murieron de disentería.

El antiguo dios de la guerra se unió a las filas de un ejército irregular en algún país del África Subsahariana pero con la desaparición de sus poderes, sus habilidades también mermaron, lo que lo llevó a ser degrado al rango de un simple soldadito encargado de la cocina.

Imagen del momento en que capturaron a ese pequeño bastardo (en realidad era bastardo, su padre nunca lo reconoció).

Imagen del momento en que capturaron a ese pequeño bastardo (en realidad era bastardo, su padre nunca lo reconoció).

Cupido, mientras caminaba por la calles de Nueva York con su carcaj en la espalda y su arco bajo el brazo, fue detenido por un piquete policial que buscaba a un terrorista árabe; lo condujeron a Guantánamo, donde, luego de permanecer algunos meses, fue asesinado en la cárcel durante un confuso incidente en el que otro preso se enfureció al saber que él era el responsable de su amor por una mujer que siempre lo vio como “un amigo”.

Finalmente, la historia de Venus quizá es la más lamentable porque ni su belleza ni sus habilidades de seducción le sirvieron para salir adelante en el competitivo mundo de los mortales de fines del siglo veinte.

En principio la carrera de modelo parecía la adecuada para ella; tuvo un impacto enorme en sus primeras campañas publicitarias, tanto que se convirtió en la fantasía de políticos, narcotraficantes y el resto de delincuentes poderosos.

Venus continuaba siendo bella y manipuladora, de manera que no le costó nada llevar al gobernante de Estulticia – un pequeño país sudamericano lleno solo de petróleo y necios – a su cama.

Venus fue la primera nudista de la historia.

Venus fue la primera nudista de la historia.

El Jerarca, como le gustaba ser llamado, era un sujeto peculiar sin belleza o inteligencia, pero con una cualidad muy atractiva para la ex – divinidad: desperdiciaba el dinero en sandeces. “Si no le importa – reflexionó ella – gastarse tanta plata en ridículas propagandas televisivas, ¿qué problema va a tener en regalármela a mí para que compre un par de zapatos?”

Lo que no se imaginó fue que el Jerarca era un sujeto con un vicio superior a la libido: el poder. A media mañana ordenaba al criado del Palacio de Gobierno que le trajera una botella llena de poder del bar más cercano y, desde ese momento, no paraba de beber hasta que, borracho como una cuba, se desplomaba en su cama, incapaz de amar a nadie, excepto a sí mismo y al solio presidencial.

El Jerarca, enceguecido por el vicio, se dedicaba a insultar y a agredir a cualquiera que pudiera sugerir que necesitaba revisar su comportamiento; incluso Venus trató de salvarlo, pero era imposible, nada lo hacía más feliz que embriagarse mientras una camarilla de hipócritas le servía el licor y lo alaba.

Venus nunca lo amó, es verdad, sin embargo no podía soportar que la relegaran a segundo plano, así que decidió poner un ultimátum: el vicio o ella.

El Jerarca durante sus borracheras de poder organizaba orgías, durante las cuales hasta la Justicia era víctima de sus desviaciones sádicas.

El Jerarca, en sus borracheras de poder, organizaba orgías, durante las cuales hasta la Justicia era víctima de sus desviaciones sádicas.

El Jerarca ni siquiera lo pensó: “es mejor que te largues – le dijo –, mientras tenga poder no necesito nada más.”

Esta vez la suerte no iba a sonreírle a la antigua diosa y nadie quiso contratarla como modelo nuevamente; ¿quién necesitaba en sus filas a una arribista?

Al borde de la pobreza, recibió la llamada de un francés que dijo ser director de cine.

― Quiero ofrecerle un papel en mi nueva película, la he visto en fotos y creo que es perfecta, espero que no tenga escrúpulos…

Venus ni siquiera sabía el significado de esa palabra.

Para trabajar tuvo que trasladarse a Los Ángeles, donde su nuevo jefe, un famoso director de cine porno, le dijo que la necesitaba para hacer un filme erótico sobre la vida de Baco; ella, con tanta experiencia en el mundo de las divinidades greco – romanas, podía interpretar perfectamente a Ariadna, la mujer que, después de ser abandonada por Teseo, se convirtió en la esposa del dios del vino.

Sasha Grey, sorprendida, le pregunta a Stoya: "¿era la diosa del sexo y no sabe qué es un 'strap-on'?"

Sasha Grey, sorprendida, le pregunta a Stoya: “¿era la diosa del sexo y no sabe qué es un ‘strap-on’?”

Venus consideraba degradante su papel y no porque tuviera que ejecutar extrañas proezas sexuales, sino porque reducían a un rol tan elemental a quien justamente había sido la diosa del amor, la belleza y el sexo.

De todas maneras, ahora ya no poseía manzanas de oro o algún hechizo que pudiera ayudarla, así que tuvo que resignarse a ese papel y su desempeño fue tan perfecto que después de esa película la bombardearon con ofertas de toda índole – siempre en el mundo del porno, claro –, experimentando un sinnúmero de cosas que ni siquiera en sus años de diosa de la sexualidad tuvo idea de que existían.

Vestida así tuitea Atenea, aunque sea muy "mainstream" (¡seguro ahora todo el mundo querrá imitarla!).

Vestida así tuitea Atenea, aunque sea muy “mainstream” (¡seguro ahora todo el mundo querrá imitarla!).

De todas maneras, la riqueza vino acompañada de una terrible presión y su carácter, que nunca fue muy estable, terminó por quebrarse, cayendo en las drogas. Primero la mariguana, luego la cocaína, el crac y la heroína. Su carrera declinó tanto que el director que la había descubierto le dijo:

― El problema son tus medidas, 93 – 61 – 94 no es lo adecuado para esta industria, quizá si te operases para llegar a 110 – 51 – 100…

Venus accedió, sin embargo su precario estado de salud y la poca asepsia de la clínica ilegal donde fue operada la liquidaron. La noche del 1 de mayo de 1996 murió víctima de una terrible infección en un quirófano pútrido de un suburbio de Los Ángeles.

La verdad es que yo nunca me llevé bien con ella – era demasiado mainstream para mí –, aunque no puedo negar que algunos de los consejos de belleza que me enseñó mientras estábamos en el Olimpo intercambiando opiniones acerca de su hijo Eneas, me han servido hasta hoy, por eso – y porque la señal de internet se cayó, impidiendo que pueda conectarme a Twitter – decidí escribir esta nada tendenciosa nota necrológica. Paz en su tumba.

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Biografía apócrifa: la vida secreta de Chewbacca

Dolph Lundgren dice: “¡devuélveme mi osito de peluche o te parto la cara!”

Puede sonar a clisé pero lo cierto es que la ficción siempre termina por subyugar a la realidad. La prueba está en la vida de muchos artistas – desde actores hasta músicos –, que han terminado opacándose ante el brillo de sus creaciones. Pocos saben quién fue Tirso de Molina, sin embargo, casi todos han oído hablar de don Juan Tenorio, y es más fácil recordar al frío Iván Drago de Rocky IV que al ingeniero químico y ganador de 1983 de la beca en matemáticas del Programa Fulbright, Dolph Lundgren, quien lo interpretó.

Asimismo, los geeks y los cinéfilos en general admiran al personaje de la saga de Star Wars llamado Chewbacca, mas, nadie conoce la historia dura y llena de sufrimiento del hombre – perro que lo encarnaría en la pantalla grande.

El verdadero nombre de esta extraña criatura fue Dmitri Sobaka y nació el 30 de agosto de 1945 – apenas quince días después de la rendición del Japón en la Segunda Guerra Mundial –, en una alejada región de Siberia; era el último sobreviviente de una antigua raza de hombres – perro que habitaban en las estepas rusas desde tiempos inmemoriales.

Retrato del niño-perro durante su estancia en el orfanato estatal. Aparentemente el artista que lo dibujó era un campesino ebrio que se creía Iván el Terrible.

Su infancia fue dura, marcada sobre todo por la prematura muerte de sus padres en la explosión de una fábrica de cueros en la ciudad de Tiumén y por el rechazo de sus compañeros “normales” en un orfanato comunista; en efecto, estos se burlaban de su cara, vello corporal, mal aliento y nariz húmeda. Incluso los profesores lo despreciaban alegando que su incapacidad para homogeneizarse era el primer síntoma del revisionismo trotskista y/o de los vicios del sistema pequeñoburgués anglo – estadounidense.

El joven Dmitri se sometía al fuerte régimen de entrenamiento preparado por los médicos del partido. La receta era: matarse de hambre, drogarse con anabólicos y bailar canciones de Danza Kuduro (en la imagen justamente lo vemos con “la mano arriba, la cintura sola, la media vuelta”).

Unos años antes de cumplir la mayoría de edad, Dmitri se mudó a Moscú para unirse al equipo nacional de baloncesto que iba a participar en los Juegos Olímpicos de Tokio 1964, su enorme estatura – 2.25 metros – era la única esperanza que le quedaba para sobresalir y ser aceptado, pues la soledad y el desprecio de la gente lo tenían al borde del suicidio. Al principio, el joven – perro tuvo éxito y sus entrenadores comprendieron que era innecesario usar cualquier clase de droga estimulante porque su velocidad y fuerza estaban más allá de lo normal.

“¡Es un animal!”, había exclamado, luego de conocerlo, Vasili Alexandrovich Petrov, un anciano de sesenta años que por aquel tiempo era el utilero del equipo.

Llegó el verano de 1964 y, con él, las Olimpiadas. Como de costumbre, los dos polos políticos del mundo, es decir Estados Unidos y la Unión Soviética, eran los grandes antagonistas y cada uno trataba de llevarse el mayor número de medallas. Su lógica era la siguiente: “si te puedo ganar en el waterpolo ¿cómo no te voy a ganar en capacidad productiva, educación o, mejor aún, en potencial destructivo?”

Joe Caldwell sonriendo socarronamente cuando, en medio del partido, Dmitri le exigió que le devolviese sus vellos púbicos.

En baloncesto, como en cualquiera de las otras disciplinas, el nivel competitivo era altísimo e incluso hoy los nostálgicos de ese deporte pueden recordar, no sin estremecerse de emoción, las lágrimas de impotencia que derramó Dmitri en el juego final, cuando el equipo estadounidense se alzó con la victoria por 73 a 59, en un partido durante el que el atleta peludo dejó literalmente la piel, porque el escolta Joe Caldwell, mientras lo marcaba, le arrancó un buen porcentaje de su dotación capilar en el área del bikini.

Decepcionado por la derrota, el joven – perro renunció al deporte, enrolándose como voluntario para transportar armamento obsoleto de la Segunda Guerra Mundial – el valioso aporte de los soviéticos para la defensa del comunismo – a Vietnam. De todas maneras, no era la ideología la que impulsaba a Dmitri; su motivación para viajar al teatro de la guerra era el escape. Estaba tan cansado de la segregación racial y el menosprecio, que había decidido pasarse, a la primera oportunidad, al lado de los vietnamitas del sur para luego huir a los Estados Unidos.

Era una acción arriesgada, pero ya no tenía nada que perder. “Cuando la vida se convierte en una carga – comentaría años más tarde en una entrevista para The New York Times –, la muerte deja de importar.”

Foto de Dmitri tomada en las selvas de Vietnam. El arma que porta es una modernísma ballesta de la Edad Media, parte del cargamento que la Unión Soviética envió a los vietnamitas para ayudarlos a luchar por el comunismo internacional.

Por lo demás, el plan tuvo éxito gracias a la colaboración de un cantinero de Hanoi que se hacía llamar “Dick Nixon”, quien, encantado con la pinta del “yanqui ruso” – como decidió apodarlo “porque solo los hippies yanquis son peludos” – lo hizo pasar al sur, atravesando el país por los lugares más selváticos e inhóspitos, además de obligarle a casarse con su hija, una chica vietnamita con una belleza tan exótica que espantaba – de cariño, su padre le decía: “mi pequeña con mandíbula de hipopótamo” –.

Durante casi un año, ambos vivieron en Saigón, ciudad en la que Dmitri se dedicaba a contrabandear licor, tabaco y abarrotes con la ayuda de un sargento estadounidense corrupto, el mismo que no tenía ningún reparo en robar provisiones al ejército y venderlas a tres veces su valor, todo con el fin de conseguir opio, droga de la que era un entusiasta.

Por otra parte, en la vida matrimonial el hombre – perro y su mujer vietnamita eran completamente infelices; ambos se quejaban de la cara de animal de su compañero, concluyendo que no hay peor cianuro para el apetito sexual que ser feo.

La primera esposa de Dmitri. Por esta época, él empezó a consumir drogas.

Cierto vecino de la pareja que actualmente dirige un restaurante de comida vietnamita en Central Park, chocheando, comenta: “siempre los vi pelear; que ¿por qué no te afeitas?, que ¿por qué no te compras un espejo? Todos los días con el mismo cuento, hasta que ella le dijo que se había hartado y se largó; parece que se fue con un amante ciego a Camboya y ambos murieron en un campo de reeducación de los jemeres rojos.”

Dmitri, contento de haberse librado de su mujer, hizo que su amigo y compinche, el sargento del ejército estadounidense, le consiguiera un salvoconducto para viajar a los Estados Unidos, seguro de que allí encontraría la felicidad que tanto buscaba.

Los primeros años vivió en Nueva York, pero como no conseguía empleo se hizo hippie y se puso a vagabundear por las Rocallosas consumiendo hongos y otras plantas alucinógenas.  Fuera de garrapatas, piojos, tifus y sífilis, durante estos años, consiguió el amor de Maggie.

El amor de Dmitri y Maggie era mal visto por la sociedad, pero a ellos no les importaba. Las plantas alucinógenas y la sífilis les permitían vivir en un mundo imaginario, donde nadie criticaba su amor.

“Ella es una mujer maravillosa – explicaba Dmitri en la misma entrevista para The New York Times citada líneas arriba –. Recuerdo que nos enamoramos cuando me contó que había abandonado a sus padres cuáqueros para convertirse en sacerdotisa suprema de la fertilidad y que no le daba asco mi vello corporal porque hacía juego con el suyo.”

La pareja, acompañada de cincuenta “hermanos”, se paseaba por bosques y ciudades predicando el amor libre, al tiempo que compartían todo, incluso los gérmenes y las enfermedades venéreas. Eran muy felices, mas, con la renuncia de Nixon, sobrevino el fin de su vida idílica, viéndose obligados a buscar empleo.

Dejaron las Rocallosas donde paseaban desnudos celebrando extraños ritos orgiásticos, por la célibe ciudad de Los Ángeles. Maggie consiguió un empleo como dependiente en una tienda de abarrotes y Dmitri hizo lo propio en una peluquería italiana.

Los “hermanos” celebrando un extraño ritual de sexo en las montañas Rocallosas. Aparentemente, era un grupo tan hermético que ni los piojos lograban penetrar en estas reuniones.

No obstante, su aspecto espantaba a los clientes, quienes se preguntaban cómo era posible que un tipo tan peludo pudiera trabajar en un lugar encargado de quitar el exceso de pelo – que por aquellos años no era demasiado, pues a todo el mundo le encantaba llevar enormes copetes, cubiertos de grasa, para emular a Elvis Presley –, así que fue despedido. Sin embargo, entre los clientes que acudían periódicamente a ese local se hallaba un director de cine llamado George Lucas, quien comprendió que el hombre – perro soviético era el individuo adecuado para encarnar a uno de los personajes de su futura película sobre imperios extraterrestres. Ironías de la vida: ¡el horrible aspecto de Dmitri lo llevaba a la fama!

La guerra de las galaxias fue el bálsamo que lo ayudó a salir de las drogas y, tanto él como Maggie, se convirtieron en la pareja de moda. Vogue, Vanity Fair, hasta Playboy se disputaban por tener fotografías, entrevistas, lo que fuera sobre estos debutantes en la Meca del Cine.

Durante la filmación de la Guerra de las Galaxias, Dmitri tuvo que evadir varios escándalos. Uno de ellos lo ligaba con la actriz Carrie Fisher; la foto de arriba fue tomada por un paparazzi y, aunque es más que sugestiva, ambas celebridades siempre negaron cualquier tipo de relación que no fuera la profesional.

De todas maneras, con la fama vinieron los escándalos y, aun a pesar de que Dmitri tuvo éxito en evadirlos durante el periodo de filmación de las tres primeras películas de la saga, finalmente, la noche del estreno de la última, una joven de dieciocho años acudió a un periódico amarillista de Los Ángeles para declarar que había sido violada por el hombre – perro y que quería que este fuese encarcelado por su crimen.

Nunca hubo una denuncia oficial, pero el escándalo minó tanto la relación de Dmitri con Maggie – apenas unos meses después ella exigió el divorcio – como su carrera en el cine. Solo y arruinado, tuvo que aceptar papeles en películas porno de línea hardcore, en las que casi siempre interpretaba a un repartidor de pizzas extraterrestre con desviaciones sexuales.

El último brillo de Dmitri. Después de casi veinte años de ausencia regresa a las marquesinas y se muere de un infarto. Las drogas, el sexo tántrico, el tifus y la sífilis son un escollo insuperable en la vida de todo actor. Antes de morir, el hombre-perro dijo: “¡ojalá Lindsay Lohan aprenda de mis errores!”

El bache moral fue tan largo que únicamente llegó a su fin casi veinte años después, cuando su viejo amigo George Lucas junto con Maggie – madre, en su segundo matrimonio con un granjero de Iowa, de cinco hijos – lo sacaron de un fumadero de opio para proponerle que volviese a interpretar a Chewbacca, en una de las precuelas de la saga de La guerra de las galaxias.

“Se entregó al proyecto con una pasión de adolescente, parecía comprender que ese, para él, era el último canto del cisne”, dijo Maggie en uno de los programas de Oprah, emitido un par de semanas después de que el hombre – perro falleciese de un infarto en la premier de La venganza de los Sith.

“Siempre quiso ser aceptado – dijo Oprah antes de enviar a comerciales – y creo que lo consiguió, ojalá que nos ladré con amor desde allá arriba. ¡El Señor lo bendiga![1]

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[1] Dedicado a la memoria de Dmitri Sobaka, conocido como Chewbacca, 1945 – 2005.

Biografía apócrifa: la próstata de Enrique VIII

Retrato de la próstata de Enrique VIII pintado por Dalí, siguiendo los testimonios escritos por algunos contemporáneos de aquélla, quienes supuestamente la habrían conocido.

La próstata de Enrique VIII vio la luz – expresión que debe ser tomada como un recurso literario porque, para felicidad del monarca, esta parte de su anatomía JAMÁS vio la luz – en el año de 1491. Su infancia estuvo marcada por la inocencia, la equitación, la caza y uno que otro golpe de pelota de royal tennis, que afectó más al resto de órganos genitales que a ella misma.

La joven próstata, testigo del enorme interés que mostraba Enrique por las letras, la filosofía, la ciencia, los idiomas, el deporte y la guerra; jamás supuso que tanto la política como el pudor sexual del siglo XVI se interpondrían en su camino de una manera tan emocionante como cruel e insólita.

♫♪♫ I’m Henry and I’m sexy and I know it! ♫♪♫

Cuando contaba con apenas diez años y aún no había alcanzado la madurez física y psicológica, se enteró que una de sus homólogas estaba a punto de contraer nupcias con un útero de origen español. En efecto, al hermano de Enrique, Arturo, de quince años, le habían arreglado un matrimonio con una joven de la casa de los Trastamara, una familia poderosa que unificó España y que, en ese momento, trataba de perpetuarse políticamente fomentando alianzas maritales con otras monarquías europeas.

Naturalmente, la próstata Enriqueta no dio importancia a la suerte de su hermana Arturina, pues, además de la despreocupación propia de la niñez, su tiempo era absorbido por los deportes, las lecciones de baile, de espada y los molestísimos paseos a caballo que la mareaban demasiado y que, sólo por pudor, no concluían con aquel extraño vómito blanco y espeso que en las caliginosas noches de verano empapaba los calzones de Enrique.

Sin embargo, Arturina y Arturo no pudieron disfrutar de la compañía de Catalina – que era el nombre de la infanta española – y su útero, ya que apenas cinco meses después del enlace aquéllos murieron, dejando aparentemente intacto el cuerpo de la princesa.

Catalina de Aragón era de signo sagitario, adoraba el jamón serrano y el flamenco, aunque prefería bailar salsa con sus amigos, y su pasatiempo predilecto era tomar mojitos durante los calurosos días ingleses.

La política siempre fue un poderoso afrodisiaco para reyes y emperadores europeos, por lo mismo, el padre de Enrique decidió que su nuevo heredero debía ocupar el espacio vacío en el lecho de su hermano e inició, secundado por los reyes españoles, un engorroso proceso, con el fin de asegurarse una dispensa papal para que nadie, en el futuro, pudiese discutir la validez del matrimonio. Hay que tener en cuenta que en el siglo dieciséis la industria del porno no estaba tan desarrollada, razón por la cual la gente no tenía mucha educación y pensaba que acostarse con una excuñada era equivalente a hacerlo con la hermana.

De todas maneras, el tiempo desperdiciado en papeleos, acabó por matar la pasión y el romance, haciendo que Enrique VII desistiera de la alianza con sus pares ibéricos. Enriqueta pudo descansar unos siete años más – con una que otra interrupción de menor importancia – hasta la muerte del rey. Entonces, el joven sucesor se dio cuenta de que una de las formas de asegurar su tranquilidad en el trono era neutralizando a Francia y que el matrimonio con Catalina le garantizaba un fuerte aliado en ese sentido.

El casamiento se efectuó poco antes de la coronación del nuevo monarca y ni las advertencias del papa Julio II acerca de un posible incesto lo detuvieron. Enseguida, el desenfrenado apetito sexual de Enrique hizo su aparición; “yo no quiero otra Guerra de las Rosas, ¡necesito hijos varones, muchos hijos varones!”, exclamaba, zahiriendo a Catalina, su útero, Catalisio, y sobre todo a la próstata Enriqueta, que ya empezaba a figurarse que su vida se iba a transformar en un calvario, propio de culebrón venezolano.

Útero de Catalina de Aragón; Dalí, a falta de fuentes, se inspiró en otro útero para crear este retrato.

Ni Enriqueta ni Catalisio, que entre zarandeos forjaron una hermosa amistad, sabían que sus esfuerzos por complacer a sus amos siempre serían infructuosos, pues una enfermedad, bautizada apenas en el siglo veinte con el nombre de Síndrome de McLeod, habitaba en los genes del joven rey, condenándolo a una pobre descendencia, a la ceguera y a la idiotez.

Los años pasaron y el único vástago que sobrevivió de este matrimonio fue una niña que por su candidez y dulzura sería conocida en el futuro como “Bloody Mary” – sí, el trago que usted toma los sábados lleva ese nombre en recuerdo de su sensibilidad –; situación nada satisfactoria para Enrique, que buscó la solución en los úteros de las damas de compañía de la reina, Isabel Blount y María Bolena, la primera cumplió con los anhelos reales, dándole un hijo que lamentablemente fallecería de tuberculosis diecisiete años después; y de la segunda solamente se puede decir que fue piropeada por Francisco I de Francia, quien la llamó: “una gran puta”, de manera que nadie puede asegurar que alguno de sus hijos no tuviera cromosomas de Enrique VIII.

Ana Bolena apareció en un vídeo de Pitbull, esa cochinada le costó la cabeza.

Mientras en nuestro tiempo el embarazo casi siempre es indeseado, en el Renacimiento era un noble anhelo, por lo que es comprensible la frustración del rey por los constantes fracasos. Harto, se propuso conseguir la anulación del matrimonio con Catalina – ¡casi veinticinco años de felicidad! – para poder desposar a una de sus damas, Ana Bolena, casualmente hermana de la “gran puta”, y de la que se encaprichó como adolescente porque se rehusaba a abrir las piernas cuando a él se le antojaba – al parecer más por ambición que por pudor[1] –.

La próstata Enriqueta, que se había acostumbrado a la tierna amistad de Catalisio, el útero, sufrió mucho cuando, en el parlamento, el tema de la “cuestión real” – es decir el derecho del rey para hacer lo que le dé la gana en la mayoría de aspectos –, quedó resuelto en favor de Enrique y la separación se hubo consumado.

Los eventos se precipitaron de tal forma que la antigua reina no terminaba de recoger sus cachivaches, cuando la Bolena ya estaba embarazándose de Isabel, al tiempo que adquiría un poder tan grande como ninguna otra reina hasta entonces.

La “gran puta” María Bolena. Su falda era el Triángulo de las Bermudas del siglo XVI.

El nuevo útero, X – hemos optado por este nombre para evitar los extraños malentendidos a los que podría conducir “Ano” –, no confraternizó muy bien con Enriqueta, pues era muy presuntuoso, vanidoso, egoísta y, lo peor de todo: testigo de Jehová. Así, mientras Ana y Enrique se la pasaban “de ataque” en alcobas, parques, plazas, caballerizas, etc.; X no paraba de hablar de Dios, la moral, las nuevas ideas de Lutero y Calvino – un viejo antipático que fastidiaba particularmente a Enriqueta – y lo hijo de tuta que era el Papa.

Por más profundos que fueran todos estos temas, le tenían sin el menor cuidado a la próstata de Enrique, ya que mientras ella era víctima de los, cada vez más frecuentes, mareos y vómitos, la filosofía, Lutero, Calvino y la moral podían irse al carajo. Ventajosamente, esta convivencia no supero los tres años y tanto X como Ana fueron a parar en la Torre de Londres y luego en la picota.

El príncipe azul y sus seis ilusionadas novias. Dos murieron decapitadas, una con cáncer al corazón (en serio), otra de infección puerperal y la última probablemente envenenada por su cuarto esposo. (¡Nunca dejen de buscar a su príncipe azul!)

Pocos días después de que la Bolena perdiera su cabeza – literalmente –, Enrique y su próstata consumaban un nuevo matrimonio con Jane Seymour, una dama de la que no hay mucho que decir salvo que fue la única en engendrar un príncipe y, por lo mismo, en convertirse en la más querida de las reinas de este Romeo sádico.

No se sabe con exactitud el momento en que Enrique atrapó la sífilis, pero lo más probable es que fuera entre el período de la “gran puta” y su putísima quinta esposa, Catalina Howard – la cuarta fue una alemana, que por parecer “una yegua” no tuvo oportunidad de disfrutar del “placer conyugal” –, una adolescente atractiva y coqueta con un útero amable, dicharachero y dispuesto a entablar amistad con cualquier próstata que se pusiera al frente. Catarinito, como se llamaba el útero en cuestión, pronto se ganó la simpatía de Enriqueta, contándole chistes de pastusos y políticos ecuatorianos. Lastimosamente, su fin fue el mismo que el de X.

Hans Holbein, antes de empezar este retrato de Enrique, visitó a Botero en Medellín para que le enseñase a pintar gordos feos.

Decepcionado de las mujeres jóvenes, Enrique se refugió en los brazos de una viuda madura, muy religiosa y que se escapó de perder la cabeza sólo porque la sífilis, el Síndrome de McLeod y una vieja lesión deportiva – un caballo le rompió los huesos de la pierna en una justa – había suavizado el corazón del brioso rey, aunque también es probable que la ceguera le impidiera firmar el decreto necesario. En cualquier caso, Enriqueta vivió sus últimos años sin tanto ajetreo y pudo descansar en soledad, ya que su amo, completamente chalado, se dedicaba más a quemar luteranos y calvinistas que a perseguir faldas de doncellas.

En 1547, tanto Enrique como su próstata pasaron a mejor vida. La gente lloró, las mujeres respiraron aliviadas, los protestantes y los católicos se frotaron las manos y luego irguieron las lanzas, y el mundo nunca volvió a ser el mismo, porque la próstata de Enrique VIII “eyaculó” una nueva iglesia.

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[1] Con tanta obstinación rechazaba cualquier acercamiento masculino que Thomas Wyatt, poeta de aquella época, escribió: “Whoso list to hunt, I know where is a hind,/ But as for me, alas!  I may no more,/ The vain travail hath wearied me so sore;/ I am of them that furthest come behind./ Yet may I by no means my wearied mind/ Draw from the deer; but as she fleeth afore/ Fainting I follow; I leave off therefore,/ Since in a net I seek to hold the wind./ Who list her hunt, I put him out of doubt/ As well as I, may spend his time in vain!/ And graven with diamonds in letters plain,/ There is written her fair neck round about;/ ‘Noli me tangere; for Cæsar’s I am,/ And wild for to hold, though I seem tame’”.

La pornografía, esa sabia maestra

La Grande Epidemie de Pornographie

Sí, lector pervertido, leyó bien: hoy hablaré (¡sí, sí, sí, “escribir” es el verbo apropiado, sabihondos de porquería!) de aquel entretenimiento al que casi todos se han sometido, al menos, una vez en sus vidas, pero que pocos admiten haberlo hecho.

De atenernos al significado etimológico (al escribir esto me pongo unos lentes con marco ancho, carraspeo un par de veces hasta sonar como un sicólogo alemán o un sociólogo francés y me acaricio la barbilla, en un claro acto de desafío a las concepciones epistemológicas clásicas de la realidad), casi nada de lo que vemos o leemos es pornografía, ya que esta palabra procede de los vocablos porne, prostituta, y grafía, descripción; es decir que, en sentido estricto, aquella debería ser una reconstrucción cuasi detectivesca (muy al estilo de CSI) del noble oficio de esas damas conocidas con el nombre genérico de “putas”.

El hecho es que al leer una revista pornográfica o ver una película de ese género, usted sí puede encontrarse con prostitución, pero también con pasteles de manzana, pilotos, azafatas, fontaneros, amas de casa millonarias, pobres y de clase media, vírgenes, vividores, repartidores de pizza, pizzas, burros, perros, física nuclear, Aristóteles, Blanca Nieves, los siete enanos, Alicia, el País de las Maravillas, falos de plástico, ninjas, húngaras, látex, silicona (mucha), zombies, Carlomagno, sushi, etcétera, etcétera, etcétera…

Por lo demás, el porno (nombre cariñoso con el que nos referimos a la pornografía) ha desatado profundísimos debates, en los que, tanto defensores como acusadores, esgrimen argumentos sesudos, y bastante abstrusos, sobre su validez e importancia.

Tori Black, estrella porno y el recién descubierto amor de la ‘mia vita’.

Por un lado, productores, aficionados y actores sostienen que la pornografía, tal como la entendemos hoy, es una nueva forma de arte que permite que el ser humano se desahogue, liberándose de sus represiones en una suerte de catarsis, capaz de elevarlo a inmarcesibles paraísos de silicona.

Cierta línea de sicólogos[1], además de grupos feministas[2] y religiosos[3] (sí, degenerado lector, ¡juntos! ¡JUNTOS…! Bueno, algo así…), por otra parte, piensan que lo único que hace el porno es degradar tanto al ser humano como al sexo, ya que este es un acto bello, noble y puro, encaminado a la suprema complementación espiritual del hombre con la mujer, que produce como resultado la “gratificación” (o sea, el placer, rico, rico, rico)… ¡ah, cierto!, y también sirve para tener hijos.

Yo, como soy todo un Salomón, le recomiendo que haga lo que le dé la santa gana; si es un poquito morboso y voyerista, vaya a su tienda favorita y compre la película más cochina que tengan en stock (no se baje la versión pirata del Internet porque puede adquirir una enfermedad venérea… su computador), y, si, en cambio, piensa que el sexo es sagrado, funde un culto, similar a la Iglesia Marodoniana, donde se adoren falos y vaginas (¡en la India ya se le adelantaron en más de dos mil años!).

Movimiento feminista de España protestando contra la degradación sexual de la que se hace apología en este blog.

Para finalizar esta erupción de majaderías, quiero hacerle caer en cuenta que la pornografía nos ha enseñado mucho y que el valor de dichas enseñanzas quedará para la posteridad, igual que la invención de la escritura o la rueda. Por eso, a continuación publico una lista de las cinco cosas más importantes que hemos aprendido del porno:

1)   Siempre que quiera tener sexo, pida una pizza o llame a un fontanero.

2)   Es imposible (y léase bien: I-M-P-O-S-I-B-L-E) tener relaciones sexuales si el hombre se saca los calcetines y la mujer, los zapatos.

Esta es la cara que puso Tori Black cuando le dije que la amaba (lo siento, no pude contenerme, ¡tenía que subir otra foto…!)

3)   La mujer que quiera entablar un “escarceo erótico” debe usar botas o zapatos TRANSPARENTES y con taco muy, muy, muy alto.

4)   Si usted, lector, desea que su pareja le haga una felación, es necesario, ¡INEVITABLE!, que compre una buena colección de discos del hip – hop más vulgar o del techno más extraño, pues NUNCA se ha visto una escena de sexo oral que no tenga música.

5)   Engañe a su pareja, pero siempre asegurándose de que ella – o él – lo capture con las manos en la masa porque el resultado SIEMPRE será el mejor ménage à trois de su vida.

 

 

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[1] Si usted es de los que pierde el tiempo en cosas largas y aburridas aquí está el texto respectivo. De todas maneras, me veo en obligación de advertirle que si lo lee, corre el riesgo de decepcionarse de la “sexualidad”, abandonándola para hacerse monje en los montes Athos.

[2] Aunque incluso ellos tienen criterios muy divergentes, aquí un artículo sobre el tema.

[3] En el caso de la religión no se puede generalizar (seguramente habrán oído hablar del Tantrismo, donde el sexo, ¡en realidad!, es una forma de elevación cósmica – yo siempre lo supuse pero nunca lo dije –), sin embargo, les dejo un video sobre la posición islámica (no esperen mucho porque la mujer que lo “protagoniza” divaga demasiado), y un texto sobre la posición católica.