Holy – good

UNO

cine hollywood

Cine Hollywood. Fuente: blog “Colombia & България

En los años setenta y ochenta, anacondas humanas se enroscaban alrededor de ese gigantesco cuerpo de cemento en cuyas entrañas habitaba el cine Hollywood.

Cada escama de la culebra tenía ojos, piernas y un sexo anhelante, pero, pese al prejuicio, los espectadores no eran perversos violadores o proxenetas en decadencia, más bien se trataba de empleados públicos a los que sus jefes, diputadillos o ministretes, opacaban hasta el punto de convertirlos en borrones del libro de la vida.

Por aquellos años había libre ingreso para las mujeres y ellas, como vetas de oro, sobresalían con sus faldas cortísimas entre el tropel de funcionarios con la corbata tan perfectamente anudada que parecía una horca.

Putas”, les decían las señoronas a aquellas vetas de oro y quizás era cierto, el caso es que nunca se pudo comprobar que una hiciera sus negocios dentro del cine o eso es lo que repetían hasta el cansancio administradores y porteros.

En pleno siglo veintiuno las mujeres dejaron de ser admitidas para evitar líos con la policía. Las beatas de los setenta hubieran estado felices, pero su victoria llegó tan tarde que, si estaban vivas, ya ni siquiera les importaba.

Antes, en los sesenta, no solo que podían ingresar las féminas, sino que vedettes colombianas o argentinas preparaban presentaciones para el Hollywood provocando felicidad inenarrable en solitarios onanistas y grises funcionarios que buscaban combatir su estrés laboral con piernas y nalgas.

Las anacondas humanas reptaban sobre las diminutas veredas de las calles Guayaquil y Espejo a cualquier hora, pero entre las doce y las cinco de la tarde era el momento preferido para hundirse en las butacas.

Pasadas las seis, el voyeur, si quería quedarse, debía mutar en masoquista, pues el sector se llenaba de malandros incapaces de respetar el éxtasis ajeno.

Para el hombre de la taquilla casi ninguno de sus visitantes era un misterio. Desconocía sus nombres, pero sus caras eran muy familiares: los amantes del Hollywood eran asiduos.

Algunos sufrían de timidez. Casi siempre sus ojos miraban el piso, entregando la boleta sin levantar la cara. Otros, desafiantes, contemplaban a los empleados con una sonrisa burlona, y también había indiferentes que, sin duda, eran los más llamativos porque no había sombra de felicidad, tristeza o vergüenza en sus expresiones.

Impenetrables, acudían al cine con la misma frialdad con que un contador despachaba una tarea desagradable. Era imposible no preguntarse sobre su vida: ¿serían infiltrados, gente contratada para averiguar si se producían actos ilícitos dentro del cine? O ¿era gente sin nada que hacer y que iba únicamente para no estar sola o, lo que es peor, acompañada por alguien a quien no querían?

Mientras tanto, en la sala de proyecciones, el encargado se aseguraba de que las cintas estuvieran en buen estado, pues, en caso de enredarse, se verían obligados a suspender la función por minutos u horas.

En medio de esos percances, la gente se volvía loca, era capaz de lanzarse por los pasillos iluminados con luces rojas en busca del técnico para hacerle pagar con su vida por el corte. Es natural, esas personas quedaban truncadas en su camino al éxtasis.

De todas maneras, aquello era una rareza. El encargado era un experto en manipular los rollos de película y si hubo suspensiones, ciertamente no fue por su ineficiencia.

La peor tarde se produjo cuando un anciano sufrió un infarto en medio de cierta función y los servicios médicos solo lograron llegar para verlo muerto sobre la alfombra sucia.

El resto de asistentes no le dieron asistencia al verlo colapsar, solo se pusieron a huir como si temiesen contagiarse con alguna peste.

“Es que temen ser reconocidos…”

Lea otra crónica sobre el cine Hollywood en Caja Negra.

DOS

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“La musa” pide cédula para entrar al cine. Fuente: Deskgram Cristhian Parrado.

El declive fue vertiginoso. Podría culparse al VHS, al DVD, al internet o a cualquier otro adminículo de origen extranjero capaz de reducir la distancia entre el sexo en audiovideo y los espectadores circunstanciales.

La razón, sin embargo, es el aburrimiento.

En otro tiempo ir a ver pornografía en el cine era un acto de rebeldía, un escupitajo en la cara de los pacatos, pero, con el pasar de los años, lo que dijeran las beatas o los curas dejó de importar, tanto que ambas especies se convirtieron en fieras con peligro de extinguirse.

La gente, si bien seguía siendo hipócrita ante el sexo, ya no se tapaba sus ojitos para no disfrutar las delicias del pecado.

Por la ausencia de público, los dueños del cine Hollywood y de su primo hermano, el América, se vieron obligados a despedir empleados y la panza de la bestia de cemento y celuloide se vació.

El hombre de la boletería pasó a cumplir funciones de acomodador y hasta técnico de proyección. Empresarios y últimos empleados asistían con un silencio resignado a la derrota de su gigante.

Los espectadores eran una luz en el ocaso. Su número se redujo de forma considerable con el transcurso de los años, es cierto, pero unos veinte o quizá treinta se rehusaban a abandonar el barco, manteniéndose fieles desde los años sesenta.

Estos hombres, ahora vetustos como las alfombras del cine, parecían amantes que, víctimas de la costumbre, habían quedado ligados al celuloide y la llegada de internet o del blu – ray no consiguió librarlos de su maldición.

Estos hombres perdieron mucho tiempo atrás la vergüenza. Cuando alguien les plantaba conversación en el vestíbulo del cine, impasibles, respondían como en medio de un despacho del Ministerio de Comercio Exterior.

Se trataba de vejetes con anteojos gruesos y piel pálida que no se atrevían a comprar celulares por un pánico cerval a las  pantallas táctiles.

Por aquellos años, fue que las mujeres quedaron vetadas del cine. Los vecinos del sector se quejaban de que las prostitutas entraban con sus amantes de ocasión para ahorrarse el costo del motel o simplemente porque las urgencias no permitían llegar a ninguno.

“¡Eso un puterío!”, “¡este es un barrio decente!”, “¿adónde vamos a parar así?”

Lo cierto es que el cine había funcionado sin problema conviviendo con la decencia del barrio por seis décadas. Sobrevivió a las beatas y a las feministas new age, sin embargo, la pornografía en discos piratas cerraba poco a poco un lazo sobre el cuello de los dueños del cine y el escándalo con la policía habría sido el fin del fin.

Evitar que las mujeres, putas o no, entraran al cine era una estrategia desesperada para prolongar la agonía del Hollywood, gigante de cemento que, huérfano de la anaconda, sobrevivía a trompicones entre burlas y saldos en rojo.

TRES

Su fin llegó al mismo tiempo que el auge de los cines de centro comercial. Aquel fue el puntillazo en el lomo de la bestia de celuloide que ya no podía adaptarse al nuevo tiempo.

Las autoridades exigían que los administradores instalaran parqueaderos gigantescos, con espacio para trescientos vehículos, pese a que los asistentes no llegaban ni a cien.

Querían múltiples puertas de escape cuando en el centro de la ciudad tumbar una pared hubiera significado el derrumbe de la construcción entera y acaso de las aledañas.

En octubre de 2017, mientras en los cines de centro comercial se estrenaba el último blockbuster de Marvel y la gente se apilaba en las salas con formato imax, los últimos trabajadores del Hollywood recibían los papeles de su liquidación.

Entre octubre y noviembre, los asistentes acudieron a ver viejísimas películas porno italianas de los setenta con la tristeza propia de un funeral. Eran los muñones de esa anaconda que, ahora, estaba cómodamente sentada en una sala con aire acondicionado y sonido estéreo viendo a un Thor convertido en esclavo después de la aniquilación de su planeta.

Los viejecitos no iban a abandonar a su creatura de celuloide (uno de los pocos cines de contenido puramente erótico en el país) hasta que respirara su última bocanada de aire.

Los gemidos de las italianas de la película parecían los de la sala entera que abandonaba la vida entre quejidos y erecciones como dicen que les sucede a los ahorcados. En este caso, el estrangulamiento no se hacía con sogas, sino con deudas.

El médico forense, sin embargo, habría de escribir en el parte mortuorio que la verdadera causa de muerte fue el paso del tiempo que aniquila a hombres y cosas que son incapaces de adaptarse al cambio.

Diccionario enciclopédico de clientes de librerías

Así es como quedan las librerías cuando los empresarios se dan cuenta de que no son rentables...

Así es como quedan las librerías cuando los empresarios se dan cuenta de que no son rentables…

Más o menos tres años estuve encerrado en dos librerías de centro comercial a las que conocía con el sobrenombre de “La Cueva” (Cueva 1 y Cueva 2, en realidad), básicamente porque pasaba allí desde que salía el sol hasta que se ocultaba.

No es exageración decir que podría producirse una catástrofe nuclear o una invasión extraterrestre, mientras los libreros, totalmente ignorantes del destino del planeta, limpian los estantes polvorientos.

Bueno, sí hay una hipérbole: las paredes de los centros comerciales, fabricadas con cartón, no resisten ni a los clientes que se arriman en ellas, menos aún bombas atómicas o sofisticadas armas del espacio exterior, así que en cualquiera de los escenarios los libreros morirían, pero en la inopia.

Por otro lado, ese aislamiento exterior permite conocer a fondo las interioridades de los clientes, es decir la pata de la que cojean, no solo en cuanto a los hábitos de lectura, sino a su carácter y manías. En ese sentido, creo que estoy capacitado para bosquejar una tipología del “homo qui legit”.

Es conviene, en todo caso, advertir que los tipos mencionados a continuación corresponden a personas reales, no hay ni un ápice de ficción en ellos, por lo que tiene todo el derecho de sentirse ofendido si “le queda el guante”…

 Lea también la crónica de mi último día como librero.

La madre tiránica:

Es una mujer de convicciones fuertes, con principios lectores sólidos, ¡ilustradísima! Por lo general, es una feminista que se considera dueña de una sensibilidad artística sin límites porque ha visto en internet dos pinturas de Frida Kahlo, pero jamás ha escuchado de Benedetta Cappa o Remedios Varo.

Usted la puede encontrar en las secciones infantiles de las librerías despotricando contra su hija de cinco años porque quiere un libro de princesas de Disney y no “algo educativo”.

El curioso que observe la escena – incluida la perorata de quince minutos donde la madre habló, acomodándose sobre el hombro su cartera Louis Vuitton, en contra del capitalismo, Mickey Mouse, la sociedad, Dios, Belén, los pastores, el perro, el machismo, Alí Babá – no debe maravillarse cuando surja de atrás de un estante la MADRE de la madre tiránica, como un “deus ex machina”, para decir: “hijita, ¿por qué le gritas a la guagua? Cómprale lo que quiere, si vos tenías una colección de muñequitas de Disney…”

 

Los “otakus”:

Bueno, lo admito. A mí también me gustan los cómics. Sí, sí, sí...

Bueno, bueno, lo admito. A mí también me gustan los cómics…

Una mañana helada, mientras limpiaba la sección de fotografía, llegaron a la tienda tres chicos ataviados con enormes abrigos. Eran dos hombres y una mujer, ella sostenía una cadena en su mano derecha con la que arrastraba al más alto y flaco de ellos. Este sonreía, jadeaba y hasta ladraba. Una compañera me susurró: “¡es un ‘kemonomimi’!”

La chica arrastró a su pokemon por toda la tienda, dándole cariñosas nalgadas a veces, reprendiéndolo cuando no cumplía una orden o intercambiando con él y el otro muchacho besos franceses en la sección de literatura infantil.

Finalmente, se plantaron ante mí indignados al descubrir que no teníamos el paquete completo de las Cincuenta sombras de Grey con esposas de terciopelo y los demás juguetes.

Los otakus leen, aparte de los mangas, novelas juveniles y de terror. Pueden pasar horas metidos en la tienda y, por lo general, se marchan sin comprar nada (descargan los cómics de internet), llevándose sus diademas con orejas de gato a una convención de fanáticos de las historietas con entrada libre.

 

“Los que han leído todo”:

Primera foto de Puñetas junto a su sufrido padre.

García Márquez, víctima de la crítica especializada en Bukowski.

Estos personajes no solo se pasean por las librerías (pasear es el verbo adecuado porque jamás gastan un céntimo), también es posible hallarlos en los festivales de cine independiente (gratuitos), bares alternativos (donde intentan que otros gasten por ellos), conciertos de “trip hop” (gratuitos) o en cafés (en los que no consumen nada). Se la pasan hablando durante todo el día y no es raro que utilicen lenguaje rebuscado para seducir a chicas vestidas con camisetas espartanas cuyo único adorno consiste en dos símbolos del género femenino entrelazados.

No hay cosa que se escape a su amplísimo bagaje cultural. Según ellos, han leído TODOS los libros y ninguno se escapa a su crítica ácida.

Desde Sófocles hasta Vargas Llosa, la literatura del mundo está plagada de imbéciles a excepción de Bukowski, “el único escritor que vale la pena porque le vomitó en la cara a la moralina burguesa estadounidense después de una noche de putas y alcohol” (lo que suena bastante bien, salvo porque el vómito es la única metáfora que le calza a esos libros)…

Lea también “Los lectores se congelan en Quito”.

Las socias del club de lectura:

“¡Soy amiga de [inserte el nombre de cualquier político, empresario o famoso hijo de vecina], atiéndame primero!”; “¿cómo que no hay descuento?, soy del club del libro ‘El desgraciado hijo de Orión’;  “¿cómo se atreve?”; “¿no me conoce?”; ¡llamaré a mi marido para que le cante sus tres verdades!”; “¿o sea que no puede devolverme el dinero solo porque compré el libro hace dos años, no tengo factura, está arrugado y le faltan dos páginas?, ¡es nuevito!”; “¡pésimo servicio!”; “¡nunca más volveré a esta librería!”

Estas frases definen a la típica socia de un club de lectura. Nunca quieren pagar el precio completo del libro, aunque usualmente les sobra el dinero y no tienen empacho en despilfarrarlo en una tienda de ropa, pero por UN libro, jamás querrán pagar el precio justo. Invocarán a todo el santoral de empresarios del mundo librero o a sus amigos, esposos y amantes, solo para obligar al librero a cumplir con sus designios.

Son peligrosísimas y no precisamente por sus influencias, sino porque han provocado que los escritores de novelitas y novelotas rosas e insustanciales ahora se reproduzcan como gremlins en una lavacara de agua helada.

 

Los sexualmente NO explícitos:

Siempre se debe ordenar con lógica (sexual) una librería (¿?)...

Siempre se debe ordenar con lógica (sexual) una librería (¿?)…

“Señor, ¿puede prestarnos ese libro de ‘Las cincuenta sombras de Grey’? De verdad no vamos a comprarlo… Es que queremos saber de qué se trata…” Con estas frases se acercaron a mí una pareja de jóvenes. Les entregué el libro mirándoles con una expresión que seguramente era producto de la risa contenida y la incredulidad.

Al poco, los vi sentados con los rostros colorados y carcajeándose mientras leían. Yo, un voyerista consagrado, me aproximé con disimulo, esperando algún escenario pornográfico, mas, mis esperanzas se fueron al tarro de la basura al escuchar que la mujer, acalorada, decía: “amor, ¿te das cuenta de las pendejadas que lee tu mamá?”

En este grupo también están los adolescentes que piden “El principito”, pero terminan comprando “El kamasutra de la masturbación” o “Sea una puta en la cama”…

Lea un crónica de estas y otras lindezas acerca de los lectores de las Cincuenta sombras de Grey…

 

Este artículo se ha prolongado demasiado y podría hacerlo aún más, teniendo en cuenta que faltan categorías como: “adolescentes que leen biografías de OTROS adolescentes con cuenta de YouTube”, “niñas obsesionadas con las novelas románticas”, “escritores que compran sus propios libros para regalar”, “viejitas adictas a las revistas de tejido”, “profesores universitarios enamorados de Foucault”, “aprendices de empresarios que quieren alcanzar el éxito en una semana”, etcétera, etcétera, etcétera…

El caso es que si bien el tópico de “dime qué amigos tienes y te diré quién eres” es dudoso, aquel de  “dime que libros lees y te diré cómo eres” es indiscutible. Fin.

El lector fugitivo

Aunque usted no lo crea, Marilyn Monroe leía mucho y estaba casada con un escritor famoso...

Aunque usted no lo crea, Marilyn Monroe leía mucho y estaba casada con un escritor famoso…

Lo bueno del Día del Trabajo, para mí – a riesgo de que quieran crucificarme los chamanes de lo políticamente correcto –, es, precisamente, que no tengo que trabajar y que, por lo mismo, puedo leer sin esconderme.

No les voy a mentir: no me gusta ganar el pan con el sudor de la frente – hace un año lo mencioné en este mismo blog –, pero acaso el problema es que no he encontrado un empleo en el que me paguen por leer libros, que es lo único que me interesa – fuera del vino y de las mujeres.

Cada día me levanto como un autómata, me visto y acudo al trabajo con una sensación de nostalgia porque, en vez de estar hojeando alguno de los volúmenes que pertenecieron a mi padre, debo dedicarme a cumplir meros “oficios de subsistencia” – la tipología es de Vargas Llosa.

José María Gironella, un autor que leía y debe ser leído.

José María Gironella, un autor que leía y debe ser leído.

Como el adicto que soy – lo confieso –, llevo una novela o un ensayo escondido en mi mochila. En el bus, mientras el conductor hace piruetas al son de una salsa o una bachata, extraigo el texto y me dedico a leerlo, intentando evitar que mi vecino averigüe qué es ese misterioso documento que tengo entre las manos. Noto que su mirada busca colarse dentro del hueco que forman mi clavícula, mi cráneo y el asiento del autobús. Yo, desesperado, cambio la hoja porque ¡esa droga es solo mía!

Al llegar al trabajo, entre los materiales necesarios, oculto mi volumen – a veces es Schiller, Malaparte, Thackeray, Gironella, Zweig, Borges… –, de forma que apenas alguien se descuida, me pongo a leer, dejando que mis tareas laborales se transforman en montañas interminables de cosas pendientes.

Muchas han sido las ocasiones desde que empecé mi vida profesional (sic),  en las que he recurrido al baño como un búnker donde nadie puede violar mis derechos de lector. Afuera, bramidos o portazos me presionan para que salga y yo, sudoroso y desesperado, apuro una, dos, tres, diez páginas porque acaso si no las leo hoy, no lograré hacerlo mañana.

En la calle, camino como esos monjes de claustro, con el libro entre las manos, mientras los conductores me insultan. No hay bar, tienda, incluso prostíbulo que no haya visitado con un texto bajo el brazo – por si acaso.

Sasha Grey lee y escribe libros (la calidad no está en discusión...)

Sasha Grey lee y escribe libros (la calidad no está en discusión…)

Soy un obsesivo, un adicto, lo sé. Incluso en mi teléfono móvil tengo “e – books” de Stephen Hawking y Bioy Casares. Si alguien me encuentra por la calle es más fácil que me vea desnudo que sin libro. Y es que todo puedo olvidar, menos eso.

Cuando, en alguna ocasión, dejé en casa la novela de Orwell que estaba leyendo, sentí que el mundo se venía abajo. El día completo fue una pesadilla: las palomas defecaron sobre mi cabeza, la pizza que comí estaba dañada, caí en un charco de agua sucia y, seguramente, si aquella pesadilla duraba más de nueve horas, habría muerto atropellado por una ambulancia. No es superstición, pero sin libro no salgo a ningún lado.

Unos marchan durante el Día del Trabajo, otros convocan a mítines o se van de vacaciones a la playa, yo solo leo porque es imperativo que aproveche uno de los pocos días que la esclavitud asalariada me permite consagrarlos a mi vicio.

¡Me voy a leer!

Orgasmos literarios de la mano de Stoya.

Los enemigos del canon

Curzio Malaparte imitando a Humphrey Bogart en

Curzio Malaparte imitando a Humphrey Bogart en “Casablanca”.

Del matrimonio entre artistas y dictadores rara vez se ha obtenido algo bueno. Acaso esto se debe a que el arte es cuestionador, enemigo de una versión unívoca de la verdad o de los cánones éticos dictados por dudosos mesías.

En cualquier caso, los políticos son expertos en diezmar las filas de los artistas, atrayéndolos a las suyas, quizá con la esperanza de mejorar su discurso o mostrar una imagen superior y pulcra de los sistemas que defienden.

El 2 de enero de 1925, Curzio Malaparte – seudónimo de Kurt Erich Suckert – encabezaba una comitiva de fascistas radicales que visitó a Mussolini para instarle a desafiar al Parlamento que pretendía derrocarlo, por estar involucrado en el asesinato del diputado socialista Matteoti. El escritor quiso alcanzar con dicha acción un puesto influyente en la política italiana y apostó por el triunfo final de un Duce, quien aparentemente estaba condenado a la cárcel o al suicidio. La apuesta fue acertada pero el premio para Malaparte jamás llegó.

El fascismo italiano de los años treinta y cuarenta era diestro en provocar tanto amor como aversión entre los intelectuales, trasladando la pugna de las calles a periódicos, revistas y galerías. El fascismo fusionado con el futurismo del escritor Filippo Tomasso di Marinetti confrontaba a cualquiera que se opusiese a la idea de una nación poderosa y belicista.

Filippo Tomasso di Marinetti escribía porno gore, si no me cree lea

“, novela llena de sexo, guerra y robots. Algo así como una novela de Asimov protagonizada por Sasha Grey.

Mussolini era un genio de la propaganda. Había aprendido durante su período socialista la importancia de la información y de la desinformación. Por lo tanto, controlar a periodistas y escritores fue una de las primeras estrategias que aplicó. Los atrajo a su círculo, hizo que escribieran en su periódicoIl Popolo d’Italia”, financió revistas o simplemente los intimidó, logrando una maquinaria de propaganda oficial gigantesca y contra la que pocos audaces, como Gramsci, se atrevían a apuntar sus lanzas.

Lo cierto es que la mayoría de los intelectuales que formaron parte del círculo fascista, terminaron abandonándolo cuando el curso de la Segunda Guerra Mundial enfilaba hacia la derrota del Eje. Algunos se pasaron a la orilla comunista, convirtiéndose en implacables enemigos del partido al que habían apoyado – el propio Malaparte – y pocos – Marinetti, por ejemplo – se mantuvieron fieles hasta el final.

Los logros artísticos son más bien escuetos cuando se produce este matrimonio entre arte y política, básicamente porque al poder le interesa poco la fuerza creadora de aquel – el Renacimiento acaso es una de las excepciones que confirma la regla – y hasta lo teme, puesto que sabe que en su interior anida el germen de la crítica y la desobediencia a la sinrazón.

El propio Malaparte nos narra en su “Kaputt” que los nazis acantonados en Varsovia destruían los antiguos frescos de los palacios de la aristocracia polaca para reemplazarlos con las monstruosas pinturas que el régimen de Hitler propugnaba como el “verdadero arte”.

El problema no es que los artistas quieran hacer política, ni siquiera que los políticos pretendan hacer arte, pero sí que este se convierta en un mero instrumento de aquellos y que los artistas se entreguen al mejor postor, olvidando que su misión no es sentarse en un solio sino cuestionarlo, derribarlo si es necesario, evitando convertirse en marionetas o lo que es peor: en bastardos del canon.

(Lea este texto también en la web La Casa Ártica.)

 

Curzio Malaparte, su “Kaputt” y “La piel”.

Gabriel García Marqués de Sade

Obviamente esta NO es la trilogía de María A. Nadie, (¡yo nunca osaría comparar esta obra cumbre con la de aquella mujer!) de hecho "es igual, pero diferente, lo mismo y en el sentido contrario".

Obviamente esta NO es la trilogía de María A. Nadie (¡yo nunca osaría comparar esta obra cumbre con la de aquella mujer!), de hecho “es igual, pero diferente, lo mismo y en el sentido contrario”.

Bajo el extravagante nombre de Gabriel García Marqués de Sade, exitosísimo escritor de novelas eróticas, se escondía la tímida y rubicunda figura de María A. Nadie, empleada de bajo rango en una compañía de seguros de la ciudad de Nueva York; quien pasó de la miseria y la insipidez a la riqueza y la fama del jet set mundial, tras la publicación de su trilogía de novelas – curiosa amalgama de El convidado de piedra con Justine y cualquier culebrón televisivo de Delia Fiallo.

Como quiera que sea, María A. Nadie era rica, famosa y su seudónimo no era más que una formalidad del marketing, pues no existía una sola mujer en el mundo que no conociese la verdadera identidad del autor de la trilogía de Los diez millones novecientos noventa y nueve mil novecientos noventa y nueve latigazos traviesos de Don Juan.

Sin embargo, la otrora fracasada agente de seguros no superaba su timidez y a pesar de que muchos hombres hubieran dado lo que fuera por descubrir si las proezas sexuales narradas en sus libros eran parte de su acervo erótico, ella era incapaz de hablar por mucho tiempo con otro ser humano. De hecho, si alguien tuviese la paciencia para cronometrar sus conversaciones se percataría de que estas nunca superaban los tres minutos con cuarenta y seis segundos y siete milésimas.

Todas las mañanas se levantaba de la cama dispuesta a cambiar y a conseguir al menos un amante del estilo de su Don Juan, pero, invariablemente, se acostaba al anochecer sola y decepcionada.

La literatura era su escape, el único método para vivir sus fantasías a plenitud, por eso escribía cientos y cientos de páginas como una posesa, derramando en ellas toda clase de anhelos insatisfechos y romances aburridos.

Cierta mañana las cosas cambiaron. La escritora ni siquiera se había levantado cuando alguien llamó a su puerta; ella, enfundada en una vieja salida de cama, abrió, encontrando fuera a un individuo atractivo y con traje español del siglo XVII.

— Mi señora, soy don Juan, vuestro esclavo.

María A. Nadie no supo qué responder y lo primero que se le ocurrió es que podía tratarse de una broma de mal gusto.

Don Juan cambió a la rellenita escritora por una dulce monjita de EWTN.

Don Juan cambió a la rellenita escritora por una dulce monjita de EWTN.

— Os equivocáis – le dijo el extraño anticipándose a sus palabras –, yo soy vuestro esclavo porque me creasteis y, hoy, por fin he venido a azotaros como siempre habíais soñado.

— Pero… pero… ¡Es absurdo!

—Absurdo es que este, vuestro servidor, haya esperado tanto para daros tal gustillo, después de todo, me habéis hecho el mayor de los regalos: la vida.

El supuesto Don Juan entró en la casa, conduciendo a la escritora hasta su habitación, que se había transformado en el frío calabozo de torturas de un castillo medieval.

— ¿Mi cama, mis cosas…?

— ¿Qué importancia tiene? ¡Dejaros llevar como Valerina, vuestra creatura!

María A. Nadie obedeció, pero no por placer, sino porque no se le ocurría otra forma de reaccionar. Así, la oronda escritora, de un momento a otro, quedó pendiendo por los brazos de cierto artefacto indescriptible, al tiempo que sus piernas se mantenían abiertas en un ángulo de casi ciento ochenta grados, gracias a unos arneses de cuero sin curtir.

— ¡Ahora sí tendréis lo que necesitáis! – dijo el español, mientras la azotaba con un látigo.

Los golpes, lejos de producirle satisfacción, le dolían cada vez más y su piel, en carne viva, discrepaba completamente de lo que ella misma había propuesto en sus libros.

El sado-masoquismo también puede llevarla al extremo de querer depilarse las cejas.

El sado-masoquismo también puede llevarla al extremo de querer depilarse las cejas.

— ¡Detente, me duele, me duele!

— ¡Callad! ¿No es esto lo que soñabais?

— ¡No, no, no!

— ¿No lo entendéis, verdad? ¡Este es vuestro castigo por hacerme un amante tan soso!

Permanecieron así por una hora hasta que María A. Nadie se desmayó. Al despertar, la escritora estaba en el suelo, desnuda y sobre un charco de agua maloliente.

La mujer se reincorporó, dirigiéndose en seguida hacia el baño, donde, después de lavarse, se puso a examinar su cuerpo; curiosamente, no había ni una sola marca de los azotes en él.

Esa mismo día, María A. Nadie dejó la literatura erótica para siempre.

 

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Nota necrológica de una diosa

atenea

¡El ‘look’ hipster hace ver muy sexy a Atenea!

Cierto día los mortales decidieron que no necesitaban más de nosotros, los dioses, declarándonos, luego de un juicio sumario, muertos.

Lo cierto es que nadie murió, solo salimos del Olimpo, empezando a vagar por la tierra como simples humanos. Algunos lo aceptamos mejor que otros, por ejemplo: Hércules se convirtió en campeón mundial de boxeo, Diana en activista del feminismo, Apolo en cantautor y yo, Palas Atenea, en periodista y escritora.

Por otro lado, Júpiter, Juno, Marte, Cupido y Venus no pudieron asimilar el cambio con dignidad. El primero espera la muerte en un asilo de ancianos, tratando de convencer a sus compañeros que alguna vez fue más grandioso que Napoleón.

Su esposa, en cambio, lo abandonó por un estudiante de antropología, con quien fue a vivir entre los pigmeos. Ambos murieron de disentería.

El antiguo dios de la guerra se unió a las filas de un ejército irregular en algún país del África Subsahariana pero con la desaparición de sus poderes, sus habilidades también mermaron, lo que lo llevó a ser degrado al rango de un simple soldadito encargado de la cocina.

Imagen del momento en que capturaron a ese pequeño bastardo (en realidad era bastardo, su padre nunca lo reconoció).

Imagen del momento en que capturaron a ese pequeño bastardo (en realidad era bastardo, su padre nunca lo reconoció).

Cupido, mientras caminaba por la calles de Nueva York con su carcaj en la espalda y su arco bajo el brazo, fue detenido por un piquete policial que buscaba a un terrorista árabe; lo condujeron a Guantánamo, donde, luego de permanecer algunos meses, fue asesinado en la cárcel durante un confuso incidente en el que otro preso se enfureció al saber que él era el responsable de su amor por una mujer que siempre lo vio como “un amigo”.

Finalmente, la historia de Venus quizá es la más lamentable porque ni su belleza ni sus habilidades de seducción le sirvieron para salir adelante en el competitivo mundo de los mortales de fines del siglo veinte.

En principio la carrera de modelo parecía la adecuada para ella; tuvo un impacto enorme en sus primeras campañas publicitarias, tanto que se convirtió en la fantasía de políticos, narcotraficantes y el resto de delincuentes poderosos.

Venus continuaba siendo bella y manipuladora, de manera que no le costó nada llevar al gobernante de Estulticia – un pequeño país sudamericano lleno solo de petróleo y necios – a su cama.

Venus fue la primera nudista de la historia.

Venus fue la primera nudista de la historia.

El Jerarca, como le gustaba ser llamado, era un sujeto peculiar sin belleza o inteligencia, pero con una cualidad muy atractiva para la ex – divinidad: desperdiciaba el dinero en sandeces. “Si no le importa – reflexionó ella – gastarse tanta plata en ridículas propagandas televisivas, ¿qué problema va a tener en regalármela a mí para que compre un par de zapatos?”

Lo que no se imaginó fue que el Jerarca era un sujeto con un vicio superior a la libido: el poder. A media mañana ordenaba al criado del Palacio de Gobierno que le trajera una botella llena de poder del bar más cercano y, desde ese momento, no paraba de beber hasta que, borracho como una cuba, se desplomaba en su cama, incapaz de amar a nadie, excepto a sí mismo y al solio presidencial.

El Jerarca, enceguecido por el vicio, se dedicaba a insultar y a agredir a cualquiera que pudiera sugerir que necesitaba revisar su comportamiento; incluso Venus trató de salvarlo, pero era imposible, nada lo hacía más feliz que embriagarse mientras una camarilla de hipócritas le servía el licor y lo alaba.

Venus nunca lo amó, es verdad, sin embargo no podía soportar que la relegaran a segundo plano, así que decidió poner un ultimátum: el vicio o ella.

El Jerarca durante sus borracheras de poder organizaba orgías, durante las cuales hasta la Justicia era víctima de sus desviaciones sádicas.

El Jerarca, en sus borracheras de poder, organizaba orgías, durante las cuales hasta la Justicia era víctima de sus desviaciones sádicas.

El Jerarca ni siquiera lo pensó: “es mejor que te largues – le dijo –, mientras tenga poder no necesito nada más.”

Esta vez la suerte no iba a sonreírle a la antigua diosa y nadie quiso contratarla como modelo nuevamente; ¿quién necesitaba en sus filas a una arribista?

Al borde de la pobreza, recibió la llamada de un francés que dijo ser director de cine.

― Quiero ofrecerle un papel en mi nueva película, la he visto en fotos y creo que es perfecta, espero que no tenga escrúpulos…

Venus ni siquiera sabía el significado de esa palabra.

Para trabajar tuvo que trasladarse a Los Ángeles, donde su nuevo jefe, un famoso director de cine porno, le dijo que la necesitaba para hacer un filme erótico sobre la vida de Baco; ella, con tanta experiencia en el mundo de las divinidades greco – romanas, podía interpretar perfectamente a Ariadna, la mujer que, después de ser abandonada por Teseo, se convirtió en la esposa del dios del vino.

Sasha Grey, sorprendida, le pregunta a Stoya: "¿era la diosa del sexo y no sabe qué es un 'strap-on'?"

Sasha Grey, sorprendida, le pregunta a Stoya: “¿era la diosa del sexo y no sabe qué es un ‘strap-on’?”

Venus consideraba degradante su papel y no porque tuviera que ejecutar extrañas proezas sexuales, sino porque reducían a un rol tan elemental a quien justamente había sido la diosa del amor, la belleza y el sexo.

De todas maneras, ahora ya no poseía manzanas de oro o algún hechizo que pudiera ayudarla, así que tuvo que resignarse a ese papel y su desempeño fue tan perfecto que después de esa película la bombardearon con ofertas de toda índole – siempre en el mundo del porno, claro –, experimentando un sinnúmero de cosas que ni siquiera en sus años de diosa de la sexualidad tuvo idea de que existían.

Vestida así tuitea Atenea, aunque sea muy "mainstream" (¡seguro ahora todo el mundo querrá imitarla!).

Vestida así tuitea Atenea, aunque sea muy “mainstream” (¡seguro ahora todo el mundo querrá imitarla!).

De todas maneras, la riqueza vino acompañada de una terrible presión y su carácter, que nunca fue muy estable, terminó por quebrarse, cayendo en las drogas. Primero la mariguana, luego la cocaína, el crac y la heroína. Su carrera declinó tanto que el director que la había descubierto le dijo:

― El problema son tus medidas, 93 – 61 – 94 no es lo adecuado para esta industria, quizá si te operases para llegar a 110 – 51 – 100…

Venus accedió, sin embargo su precario estado de salud y la poca asepsia de la clínica ilegal donde fue operada la liquidaron. La noche del 1 de mayo de 1996 murió víctima de una terrible infección en un quirófano pútrido de un suburbio de Los Ángeles.

La verdad es que yo nunca me llevé bien con ella – era demasiado mainstream para mí –, aunque no puedo negar que algunos de los consejos de belleza que me enseñó mientras estábamos en el Olimpo intercambiando opiniones acerca de su hijo Eneas, me han servido hasta hoy, por eso – y porque la señal de internet se cayó, impidiendo que pueda conectarme a Twitter – decidí escribir esta nada tendenciosa nota necrológica. Paz en su tumba.

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