Malaparte o la mentira como arte

malaparte_2

Curzio Malaparte. Fuente:Biografías y Vidas“.

 

Lea este artículo en la web de La Casa Ártica, fantástica página cultural de España. 

 

Oscar Wilde se quejaba de que durante la era victoriana se había perdido la buena costumbre de decir mentiras. Tal vez si hubiera tenido la decencia de no morirse antes de atravesar las puertas del siglo veinte, habría pensado de manera distinta.

Así como el siglo veintiuno será el de los indiferentes, el veinte fue el de los mentirosos.

Los hubo de toda especie – demagogos, tiranos, artistas, ladrones – y de todo color – comunistas, fascistas

Kurt Erich Suckert fue uno de ellos. Escritor y artista de la propia vida, capaz de convertir la cotidianidad en una pintura a veces goyesca, a veces renacentista.

Muy pronto se percató de que su nombre, demasiado alemán para Italia, debía sacrificarse, optando por uno que satirizaba al más famoso de los corsos: Bonaparte. Así, en 1925, a sus veintisiete años, dio a luz a su primera gran mentira: Curzio Malaparte.

Sin embargo, un nombre no era suficiente. El siglo veinte estaba ávido de artistas que no solo escribieran o pintaran, sino de aquellos que fuesen capaces de hacer de su vida una leyenda. Héroes o villanos que bailaran alocados al ritmo del jazz.

Malaparte fue un bailarín de la política.

Amaba el poder y cuando en Italia fue necesario ser fascista, sin titubeos le ofreció su pluma a Mussolini, lo alabó y se entregó a él.

Luego, cuando el imperio de “Il Duce” naufragó, no tuvo reparo en convertirse en oficial de enlace con el ejército estadounidense y, más tarde, en comunista. Fue a la Unión Soviética y a la China maoísta, sin embargo, el secreto de su verdadero credo se fue con él a la tumba.

También bailó al ritmo del arte. Era principalmente escritor. No dudó en pasar del ensayo al periodismo, de este a la novela y al cuento, pero también se atrevió a diseñar junto con Adalberto Libera, arquitecto del movimiento moderno italiano, su casa. Una edificación que plasmaba su alma en piedra.

006 PLANOL I CASA 001

Casa Come Me“, refugio de Malaparte en Capri. Fuente: Dialéctica.

Kaputt” y “La piel” son acaso las obras más brillantes del italiano, pero son también mentiras contadas con lirismo.

“Kaputt” – que recoge capítulos de sus viajes a través de los diferentes escenarios del Frente Oriental durante la Segunda Guerra Mundial – es una novela que se cruza con la crónica y el relato de viaje.

Malaparte, corresponsal italiano del Corriere della Sera, nos habla con una mezcla de estupor, cinismo y tristeza de las atrocidades del frente, al tiempo que despliega una galería de personajes reales, aunque mejorados o empeorados con su cincel.

Algunos, como Agustín de Foxá, no le perdonaron la veracidad de su mentira. Otros, como Max Schmeling, admitieron que su mentira era una verdad.

Agustin de Foxa

Agustín de Foxá, amigo – enemigo de Malaparte. Fuente: El Mundo.

Lo cierto es que Malaparte nunca se propuso hacer una crónica impoluta. Comprendió que la literatura es más apropiada para mostrar el color del alma que la estampa costumbrista.

Igual que en “Kaputt”, en “La piel”, Malparte aumenta, disminuye, se burla de los humanos y los convierte en sus marionetas. Novela la realidad, la poetiza. Hace del horror una broma macabra. Se ríe, mas no como un cínico o un cretino, sino como un desencantado.

El italiano prefiere la mentira al absurdo del mundo. Se crea una identidad que termina siendo más humana que él mismo y la historia no lo recordará a él, sino a Malaparte porque la “Verdad” prefiere travestirse de novela.

Wilde despreciaba a la realidad por su mal gusto, pero Malaparte lo hacía por ser enemiga de la grandeza, de cualquier clase de grandeza: de la que Napoleón o Bolívar llamaban “gloria” o de aquella que él llamaba “piedad”.

Escribir para ser fidedigno no necesariamente obtiene los resultados esperados, usualmente la mentira del literato encierra más verdad porque no él ve con los ojos de la cara, sino con los del alma. Ese es el logro de este y otros grandes mentirosos.

Linaje de asesino

Nathalia Pushkina

Nathalia Pushkina

Le entregaron la carta a Pushkin después del desayuno. Decía que su mujer era una puta.

Intentaron convencerlo de ignorar el anónimo. Era imposible porque él estaba seguro de la identidad del autor.

Se trataba de Georges D’Anthès, militar alsaciano al servicio de la corte rusa y un seductor en toda regla.

Natalia Pushkina lo había rechazado, pero él jamás toleraba un no por respuesta.

En la guerra y la política, aceptar una negativa es sinónimo de fracaso. ¿Por qué el amor iba a ser diferente?

D’Anthes y sus compinches divulgaron entonces una serie de cartas en las que humillaban a los Pushkin. El poeta quedaba como un pusilánime y su mujer como una prostituta.

El duelo fue inevitable.

Sin ánimo de evitar los clichés, se hizo al amanecer, luego  de una noche nevada. Escogieron las pistolas para batirse.

Hubo un disparo y Pushkin cayó. La sangre brotaba de su vientre, pero pudo reincorporarse, hiriendo en el brazo a su rival…

Unas horas más tarde, dos oficiales llegaron a la casa de Georges D’Anthès, llevaban una carta de Pushkin y su orden de arresto.

El poeta lo perdonó antes de morir.

Georges D'Anthès

Georges D’Anthès

— Ese es D’Anthès, el biznieto del hombre que mató a Pushkin – le dijeron a Neruda en París.

Quiso conocerlo.

Era encantador. Amante de las intrigas políticas – como su ancestro –, pero reacio a hablar del “incidente ruso”.

— ¡Calumnias, fue un santo!

El poeta insistió

— Mire, señor Neruda: mi bisabuela prohibió hablar del tema y ni después de muerte nos atrevemos a contrariarla; recuerde que Natalia Pushkina era su hermana.

Nuevo empedrado para “La rue Morgue”

El nuevo tapiz de La rue Morgue es rojo porque roja tengo el alma y contigo perdí hasta mi calma... ¡Ejem, así no era!

El nuevo tapiz de La rue Morgue es rojo porque roja tengo el alma y contigo perdí hasta mi calma… ¡Ejem, así no era!

Este blog surgió de las cenizas del anterior, al que decidí incinerar cuando me percaté de que tanto sus textos como su título eran deficientes y kitsch.

De todas maneras, como no me resignaba a dejar el mundo bloguero di a luz a “La rue Morgue” – también deficiente y kitsch –. Al principio, convivieron ambas páginas pero, paulatinamente, abandoné la antigua para enfocarme en la nueva, aceptando, con más indiferencia que pena, que “Junto a la montaña y bajo la lluvia” había exhalado su último suspiro.

Un blog, sin importar el tema, es el reflejo de su autor y acaso esa sea la clave de aquel abandono.

Yo involucioné mucho – de hecho, aún lo hago – desde mayo de 2010, mes de creación de mi primera bitácora digital, hasta diciembre de 2011, cuando inventé “La rue Morgue”. Por ejemplo, había pasado de ser un lector de clásicos griegos y romanos, teatro isabelino, historia, Borges y novelas del siglo XIX a un morboso interesado en las crónicas españolas, las vanguardias europeas de los años veinte y treinta, Hoffmann y la mecánica cuántica. Había enfermado gravemente y, ahora lo sé, no tengo cura.

Naturalmente, todos los venenos consumidos se reflejaron en las cosas que escribía. El humor, alimentado por la patafísica, Queneau y Gómez de la Serna, impregnó mis textos, lo que me hizo abandonar el relato sobrio con aroma realista por la burla y el absurdo.

Luego apareció un veneno peor: la política. Me dediqué a escribir artículos de sátira donde los grandísimos… líderes latinoamericanos eran los protagonistas, pero, como es natural, pronto me aburrí y re – creé a “La rue Morgue”, fusionando el relato, la crónica y el artículo de opinión con la ironía y el absurdo.

Como el autor de esta crítica es tan considerado se dedicaba a insultarme en español e inglés para asegurarse de que lo entienda en cualquier idioma (faltó el esperanto, en todo caso).

Como el autor de esta crítica es tan considerado se dedicaba a insultarme en español e inglés para asegurarse de que lo entienda en cualquier idioma (faltó el esperanto, en todo caso).

Al principio de esta última etapa, los (per) seguidores, nacidos durante el periodo político, me dijeron varias cosas: mediocre, corrupto, arrogante, hijito de la “alta suciedad” – y de las putas – de la muy noble y leal ciudad de Quito, etcétera. De todas maneras, solo la pereza pudo detener por un tiempo la publicación de textos en “La rue Morgue”, contrario a la lluvia ácida de adjetivos y las posibles demandas judiciales, inocuas ante mi tozudez.

Desde hace unas semanas, los lectores frecuentes se habrán percatado de algunos cambios en este blog: colores, fuentes y diseño en general. En realidad todo eso solo es la punta del iceberg, no un simple capricho estético.

“La rue Morgue”, como fue diseñada originalmente, debe continuar pero se han vuelto necesarias algunas modificaciones para que la página siga siendo atractiva. Si bien se trata de un sitio personal, estoy convencido de que la aparición de voces foráneas – “actores invitados” – mejorarán mucho la calidad con perspectivas diferentes y, muchas veces, contrapuestas a las mías.

No se trata de un ejercicio democrático – ¡qué feo! –, sino de una idea que ha rondado por mi cabeza desde hace tiempo, una suerte de reto: pretendo que las “voces foráneas” asuman el desafío de escribir sobre temas a los que no están acostumbrados, sacándolos de la zona de confort. No sería justo, sin embargo, si yo no me someto al mismo reto, por lo que, una vez al mes, propondré un tema al invitado y el desafiado hará lo mismo conmigo.

Es un juego, pero también una oportunidad para convertir a “La rue Morgue” en un sitio interactivo y más interesante – además es el primer avance de un proyecto grande en el que estoy trabajando desde mi Baticueva. Por lo demás, no dejaré de publicar las sandeces a las que los he acostumbrado el resto de los días…

Finalmente, las personas que quieran participar pueden enviarme un mensaje explicando el porqué. La convocatoria estará abierta hasta el 28 de febrero y el primer texto se publicará en la segunda semana de marzo.

Gracias y fin del comunicado.

2da. Mención Cuento Fantástico Concurso Equinoccio: “El sueño de la suerte”

Ron Mueck: "Máscara II"

“Máscara II” de Ron Mueck. Ilustración que acompaña a este relato publicado en la página CIENCIA FICCIÓN EN EL ECUADOR de Iván Rodrigo Mendizábal.

 

Por José Luis Barrera 

kirdzhali@gmail.com; hemingway_b@hotmail.com

2da. Mención, categoría Género Fantástico, I Concurso Equinoccio Ecuatoriano de Ciencia Ficción

(“Reblogueado” del sitio Ciencia Ficción en el Ecuador)

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

José Luis Barrera. Nació en Quito el 16 de agosto de 1983. Participó en los Talleres Literarios de la Casa de la Cultura Ecuatoriana bajo la dirección del poeta Diego Velasco. En el año 2011 publicó un libro de relatos, El espejo de Mambruk (K-Oz), muchos de los cuales fueron escritos como parte de los ejercicios del taller. Otros de sus textos han sido publicados en antologías como Minimal (Efecto Alquimia, 2011). Actualmente mantiene un blog de literatura y humor titulado La rue Morgue.

(Originalmente publicado en el blog del escritor Fernando Naranjo Espinoza, Panóptico Galería Naranjo, Guayaquil, el 7 de mayo 2015)

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

Benito Adolfo Gutiérrez fue entusiasmadísimo a la Conferencia de Jóvenes Naturalmente Estudiantes – COJONES –, en Ignorancia, la capital de la República de Estulticia, pero la primera ponencia era tan aburrida que se quedó dormido y no pudo volver a despertarse. Sus amigos probaron primero dándole ligeros empujones, luego violentos; echándole agua helada y caliente o propinándole puntapiés en la cara y en los genitales. Todo fue inútil: el otrora estudiante mediocre de Sociología de la Universidad Católica con aficiones políticas parecía un muerto; su cuerpo estaba completamente tieso y solo por sus ronquidos se podía alegar que la vida aún lo animaba.

La madre, una viuda de escasos recursos que había conseguido una beca para su vástago gracias a su empleo como jefa de limpieza de la universidad, clamó por ayuda para repatriar a su bello durmiente; nadie escuchaba sus ruegos, ni sus jesuíticos jefes ni los pocos familiares que la mujer tenía en Manabí. El drama estaba cobrando proporciones desastrosas porque un ministro de Estulticia dijo que: “la patria no puede hacerse cargo de un bulto que no es suyo”, ordenando que las autoridades policiales abandonasen al dormido en aguas internacionales si ninguno de sus compatriotas se hacía cargo de él en el transcurso de máximo setenta y dos horas.

El incidente se zanjó cuando el canciller ecuatoriano intervino ordenando que se sacaran fondos del erario nacional para repatriar al estudiante dormido “con el fin de que pueda reposar en el seno materno”.

La llegada de Benito Adolfo Gutiérrez a Quito fue un acontecimiento mediático de primer orden. La prensa local y extranjera se había dado cita en el nuevo aeropuerto de Tababela a las once en punto; sin embargo, no pudieron presenciar el arribo del avión hasta pasadas las doce por culpa del dios Eolo, quien tiene su mansión justo en esa zona del Ecuador.

La compuerta de pasajeros se abrió cuarto de hora antes de la una y, para decepción de los periodistas y de los curiosos en general, el dormido no hizo acto de presencia. Ante los gritos de protesta y enojo del público, tuvo que emerger de la aeronave el piloto para informar que Gutiérrez los estaba esperando en la sala de recepción de equipajes, pues él y su cama habían viajado con el resto de maletas.

Una multitud echó a correr en dirección de aquella sala encontrándose con una cama no mucho más grande que un ataúd en la que el joven de veintitrés años y piel cetrina reposaba plácidamente, ajeno a la gente y al ruido del aeropuerto. Las personas permanecieron estáticas frente al dormilón esperando quizá una reacción, mas, de repente, alguien los sacó de su éxtasis gritando: “¡es el Presidente!”

En efecto, en ese instante el primer mandatario se abría paso entre la multitud ayudado por sus cientos de miles de guardaespaldas y, levantando las manos para pedir que hicieran silencio, se puso a improvisar un hermoso discurso en el que se exhortaba a la juventud a seguir el ejemplo del joven Benito Adolfo Gutiérrez, “quien lucha incansablemente para mantener su sueño y al que ni las fuerzas anti–latinoamericanas lograrían someterlo a una vigilia vergonzosa”.

La gente allí reunida estalló en aplausos y luego voltearon a ver al estudiante con la esperanza de que aquel discurso hubiese tenido algún efecto sobre él. Este solo roncó. De todas maneras, el público luego de unos segundos de estupor bramó regocijado: era la pieza oratoria más excelsa de la historia.

Los alaridos de admiración y los aplausos no cesaron ni después de quince minutos y yo escuché que el presidente de la República, mientras salía discretamente, le ordenaba a uno de sus guardaespaldas que le pusiera “el ojo a ese mocoso porque puede cortar una pata del solio presidencial para que me vaya a la mierda…”

De la noche a la mañana, Gutiérrez se transformó en una celebridad. Lo invitaban a los programas de entrevistas serios y los no tan serios, le aparecieron amantes que él nunca había conocido e hijos que jamás engendró; incluso en una localidad de la provincia de Riobamba lo nombraron santo, endosándole milagros como curar ciegos o embarazar vírgenes sin tocarlas. Los empresarios nacionales también salieron beneficiados por la aparición del “Bello Durmiente” –como lo llamaban los periodistas en general desde su llegada a Quito–, manufacturando una gama de productos con su imagen que iban desde las camisetas y los “jabones para zonas íntimas” hasta unos cereales edulcorados que pretendían aniquilar el monopolio de Kellogg’s.

La madre de Benito Adolfo Gutiérrez, sin embargo, continuaba viviendo en medio de la pobreza sin que jamás hubiera visto un céntimo de toda la fortuna que hacían otros a costa de su hijo.

A este, por otra parte, los políticos, ávidos por conquistarlo para su bando, lo mantenían a cuerpo de rey sobre su cama aunque él solo respondiera con un ronquido despectivo a cualquier intento de seducción.

Si bien los placeres del poder no parecían llamar su atención, los de la carne sí: en varias ocasiones, damas de toda clase y reputación fueron sorprendidas saliendo de su cuarto en el Hotel Majestic –donde un miembro del partido de gobierno lo había encerrado en su anhelo de atraparlo para las próximas elecciones– y no era infrecuente que estas se enfrascaran en auténticos combates gatunos si es que se cruzaban en alguno de los pasillos.

Cierta mañana una comisión de miembros de un partido –cuya ideología era de derecha izquierdista central– se presentaron en la habitación de Benito Adolfo Gutiérrez con la propuesta de convertirlo en el próximo presidente de “la malhadada República del Ecuador”. Con un discurso lleno de circunloquios y palabras ridículamente anacrónicas le hicieron ver al durmiente que su participación representaba un hito en la historia de la patria y que no había existido desde los tiempos del general Eloy Alfaro una figura tan decisiva y con un porvenir tan brillante como el suyo. El homenajeado roncó y los políticos tomaron aquello como una aprobación sin condiciones.

A partir de ese instante el estudiante dormido y su cama fueron traslados de un rincón a otro de la República en el balde de camiones vetustos donde quedaba cubierto de esmog y, de vez en cuando, de lluvia, tierra y piedras.

El sueño de Gutiérrez, sin embargo, permanecía imperturbable. Sin importar si lo colocaban en el escenario de algún teatro de la gran ciudad o en una tarima rodeada de gallinas cluecas en medio de un pueblo de cuyo nombre nadie ha querido acordarse, el “Bello Durmiente” no daba la menor señal de vida, excepto por sus fuertes… fuertísimos ronquidos.

En un caserío de la costa ecuatoriana alguien le preguntó por un plan de contingencia en el caso de que se produjera una sequía como la que el año anterior que aniquiló a los cultivos de arroz.

—¡AAAAAAARRRRRRRRR! – fue la respuesta.

En la capital le averiguaron su opinión sobre el nivel independencia que deben mantener los gobiernos seccionales con respecto del gobierno central.

—¡AAAAAAAAAARRRRRRRRRRR! ¡AAAAAARRRRRG! – contestó el interpelado.

En un mitin de los candidatos de la lista para asambleístas clamaron por su intervención.

—¡AAAAAAAAAAAAAARRRRRRRRRR! ¡AAAAAAAAAAAAAARRRRRRGG! – dijo el candidato estrella una vez más.

Y así la campaña transcurrió entre ronquidos, bostezos y cabezadas; ¡nunca había sido tan lúcida la política ecuatoriana como durante esos meses!

Cierto día la prensa gobiernista amaneció con una noticia a siete columnas y en primera página: “LOS ESTUDIANTES ESTÁN HARTOS DE LA DEMAGOGIA: SE ANUNCIA EL AMANECER DEL DURMIENTE”. El texto informaba que un grupo de universitarios, cansados de la campaña de Benito Adolfo Gutiérrez boicotearían un evento en el teatro de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central, sacando a la luz “los trapos sucios de ese corrupto”. En seguida el Presidente de la República proclamó su apoyo irrestricto a esos valientes defensores de la patria.

Sin embargo, durante los primeros treinta minutos del acto, los ronquidos armónicos del “Bello Durmiente” no fueron interrumpidos por nadie y muchos supusimos que esa publicación era el último intento de la Secretaría de Comunicación por vencer a un rival que las encuestas daban por ganador indiscutible.

Cuando la catarata de ronquidos iba a finalizar una muchacha lanzó un zapato contra el candidato de la derecha izquierdista central y, acto seguido, hicieron lo mismo treinta estudiantes, dejando a Gutiérrez literalmente sepultado bajo el cuero.

Sus coidearios se apresuraron a sacarlo, descubriendo consternados que el “Bello Durmiente” finalmente había despertado.

El despertar de un buen sueño transforma a la realidad en pesadilla y para Benito Adolfo Gutiérrez esa fue una realidad terrible: de la noche a la mañana pasó de ser una celebridad, un político brillante y el mejor amante del mundo a un donnadie. Todo su carisma había desaparecido con su despertar y la gente lo rechazaba, su popularidad se fue a pique y sus coidearios optaron por cambiar a su candidato presidencial.

Naturalmente fracasaron y el gobiernista, que criticaba la posición de derecha izquierdista central de su contendiente desde su línea de izquierda derechista central, avasalló a la oposición sin problemas.

Mientras tanto, el ex –“Bello Durmiente”, destrozado por su fracaso, buscaba refugio en las drogas y el licor, aunque nada parecía satisfacerlo.

Las mujeres ahora no solo que lo ignoraban, sino que le huían asqueadas, y tanto políticos como viejos amigos hacían lo posible por no cruzarse en su camino.

Una noche lo encontré en un bar ahogando sus penas con aguardiente.

—¿No quiere un trago? —me dijo con tono plañidero.

En otras circunstancias me hubiese negado, pero un ídolo en desgracia es un tema que mueve a la curiosidad. Me contó, pensando que no lo reconocía, toda su historia –fragmentaria para él gracias a su largo sueño– y, al final, dijo que barajaba la posibilidad del suicidio.

—No es justo que me pase esto; desde niño aspiré a la fama y el éxito y cuando por fin los conseguí ni siquiera pude disfrutarlos porque estaba dormido; es como un sueño o peor, porque esos, al menos mientras duran, proporcionan placer… ¡Yo no me acuerdo ni de las mujeres que me tiré!

Bebimos hasta las cuatro de la mañana, luego el cantinero nos echó.

—¡Me largo, ya es hora de que me vaya a dormir!

Su tono me hizo pensar que había tomado una decisión fatal e intenté disuadirlo, pero él me rechazó alegando que era incapaz de comprenderlo. En seguida se fue dándome un empujón.

Lo seguí. Parecía que caminaba sin un rumbo fijo, tambaleándose por la borrachera. De pronto, nos metimos por una callejuela que iba a dar en la loma del Itchimbía y, aún con el cerebro nublado por el aguardiente, me puse a reflexionar. ¿Vivía él allí? ¿O quizá su madre?

Mientras divagaba arribamos a una zona donde a un lado de la calle se encontraba un barranco. Comprendí todo: pretendía despeñarse.

—¡Deténgase!

—¡No se meta, pendejo! —exclamó, al tiempo que echaba a correr en medio de la calle—. ¡Es mi vida…!

En ese instante escuché una sirena, alcanzando apenas a lanzarme sobre la vereda antes de que una ambulancia, que bajaba de lo más alto de la loma a toda velocidad, me arrollara. Benito Adolfo Gutiérrez, en cambio, fue impulsado al menos unos veinte metros antes de caer al asfalto dando tumbos. Murió al instante.

Esa noche pasé en un retén policial rindiendo declaraciones, mientras una escritora de cierto periódico sensacionalista costeño –único medio interesado en la historia– me miraba de vez en cuando con expresión de repugnancia y apuntaba en su libreta lo que yo o el gendarme decíamos. Alcancé a leer en una de las hojas: “Posible título: ‘OTRO ALCOHÓLICO QUE NO DESCANSARÁ EN PAZ’ ”.

ruco

“Ruco”. Ilustración de Fernando Naranjo, organizador del concurso, para el cuento, originalmente publicado en su sitio PANÓPTICO GALERÍA NARANJO.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

ACTA DEL JURADO DEL I CONCURSO ECUATORIANO DE LITERATURA FANTÁSTICA Y CIENCIA FICCIÓN EQUINOCCIO 2014

El día 21.03.2015, en Guayaqui, República del Ecuador, Fernando Naranjo, co-organizador de la Tertulia Guayaquileña de Ciencia Ficción, Fantasía y Terror y coordinadora del Concurso Equinoccio, recibió y contabilizó el puntaje enviado por el jurado del I Concurso Ecuatoriano de Literatura Fantástica y Ciencia Ficción Equinoccio, conformado por (en orden alfabético):

Laura Ponce, República Argentina

José Miguel Sánchez “YOSS”, Cuba

Fernando Naranjo Espinoza, Ecuador

Tras la preselección de un total de 43 cuentos de fantasía y de ciencia ficción enviados a este buzón, se llegó a un total de 3 finalistas para cada modalidad. Dando como resultado el siguiente veredicto:

CATEGORÍA CIENCIA FICCIÓN

Ganador: YA NADIE CREE EN SUPERHÉROES / Daniel F. Benavides Cornejo (danielbenavides@gmail.com)

1era. Mención: EL MECÁNICO / Antonio José Zapater Cardoso (dys_ec@yahoo.com)

2da. Mención: BOTONES ROTOS / Dumany Omar Chapi Enríquez (paul_renato32@hotmail.com, donomardelamancha@gmail.com)

CATEGORÍA GÉNERO FANTÁSTICO

Ganador: LA TRAVESÍA DEL ALMA / Bryan Andrés Pico Mayorga (andres.beak@gmail.com)

1era. Mención: HUGO, NUESTRO ROJO SEÑOR / Gabriel Noriega Ormaza (gabriel.nrg@gmail.com)

2da. Mención: EL SUEÑO DE LA SUERTE / José Luis Barrera (kirdzhali@gmail.com; hemingway_b@hotmail.com)

Agradecemos a todos los escritores presentados su participación e interés y les invitamos a posteriores ediciones de este concurso. Agradecemos también especialmente a Raúl Aguiar de Cuba, quien colaboró efectivamente en la etapa de motivación para la estructuración de este concurso.

Guayaquil, 21.03.2015

Fernando Naranjo Espinoza

Co-Organizador de la Tertulia Guayaquileña de Ciencia Ficción, Fantasía y Terror

Coordinador General del I Concurso Ecuatoriano de Literatura Fantástica y Ciencia Ficción Solsticios

El oscuro doctor en Letras

La

La “Divina comedia” en la edición preparada por don Enrique de Montalbán.

La primera vez que escuché hablar de don Enrique de Montalbán, doctor en Letras, fue por mi padre, quien me presentó uno de los volúmenes más preciados de su biblioteca: la “Divina comedia” de Dante, editada, según parece, en 1888 por la Librería Española de Garnier hermanos en París.

En aquel tiempo – yo tenía doce años –, estaba más interesado en los videojuegos, por lo que no compartí el entusiasmo de papá por el libro, el mismo que había llegado a sus manos como parte de la herencia de su tío abuelo, quien lo adquirió en la desaparecida Librería Sucre de la Plaza de la Independencia.

Mi padre sostenía que aparte de las ilustraciones de Yan D’Argent y los estudios introductorios, su mayor mérito eran las notas explicativas elaboradas por Montalbán.

La “Divina comedia” es un libro que, para ser apreciado en su justa medida, requiere aclaraciones acerca de la multitud de personajes citados por Dante, pues sus personalidades y conflictos con el poeta italiano son los que aportan sentido al poema.

Aproximadamente unos diez años más tarde, al leer la epopeya por primera vez, comprendí lo que papá había querido explicarme en el instante en que yo estaba ocupado con la nueva aventura de Donkey Kong para Game Boy.

Por las páginas de aquel volumen rojo desfilaban los Montesco y los Capuleto, acompañados de papas, reyes, filósofos griegos. Hombres y mujeres, alineados con los güelfos o los gibelinos. Homosexuales, genios, ninfómanas, corruptos, santos y asesinos, en pocas palabras, un mosaico completo de los principados italianos del Medioevo. Sin las notas de don Enrique de Montalbán solo un erudito historiador – y acaso ni él – podría entender las razones por las que las puertas infernales se abrían para unos y se cerraban para otros.

Bice Portinari, probable modelo de la Beatriz de Dante.

Bice Portinari, probable modelo de la Beatriz de Dante.

Leer solo las notas del doctor en Letras español es una aventura literaria e histórica. Cada nombre mencionado resume las pasiones de Dante y los prejuicios de la Edad Media. A través de aquellas descubrimos que el príncipe de los poetas italianos era un hombre como nosotros, a quien la política había marcado hasta el punto de convertirlo en un insultador exquisito, al tiempo que su alma de poeta le hizo consagrarse a una mujer, Beatriz, con la que, si existió, acaso jamás llegó a materializar su amor.

Pero ¿quién era don Enrique de Montalbán, doctor en Letras? Cuando terminé de leer el libro emprendí su búsqueda en internet, pero lo que encontré fue mucho más sorprendente que su conocimiento de la Edad Media italiana: ¡nada! Montalbán era un fantasma.

Por otro lado, la editorial que publicó el libro, Garnier Frères, había sufrido una serie de avatares, incluida la quiebra en 1983 y su posterior reubicación del número 6 de la calle de los Saints-Pères al número 6 de la calle de la Sorbonne. Mas, no existían datos en el sitio de internet sobre sus libros antiguos en español.

En noviembre de 2004, perdida ya la esperanza de hallar algún rastro de Montalbán, el Centro Virtual Cervantes colocó en su página web un artículo de Fernando Sorrentino sobre el doctor en Letras. La casualidad quiso que yo lo descubriera una mañana mientras buscaba cierta imagen del infierno de Dante para un texto en preparación. La sorpresa fue mayúscula: aquel jamás existió.

Antiguo edificio de la editorial de los hermanos Garnier en París.

Antiguo edificio de la editorial de los hermanos Garnier en París.

Los hermanos Garnier, vendedores astutos, decidieron fabricar a este erudito, convirtiéndolo en el autor de unas notas que no eran otra cosa que un plagio de la edición de la “Divina comedia” preparada por Manuel Aranda Sanjuán en 1868. La del doctor en Letras contiene variaciones mínimas que se reducen a cambios de palabras – parecido a lo que hacen algunos de mis estudiantes de Literatura al descargar información de internet para una tarea –, pero en esencia es la misma. Montalbán resultó ser un personaje más del libro de Dante.

En cuanto a los Garnier – quienes para sus ediciones españolas contrataron a figuras de la talla de los hermanos Machado –, sus colecciones de clásicos eran magníficas y aun hoy se siguen publicando en una versiónreload” de la editorial parisina, que ha abierto su mercado a los libros digitales y se dedica a la difusión y rescate de las obras antiguas en su biblioteca virtual.

Me pregunto qué habría pensado Borges sobre el caso de don Enrique de Montalbán y los editores parisinos. ¿Acaso aquello habría generado un cuento? No lo dudo.

Los enemigos del canon

Curzio Malaparte imitando a Humphrey Bogart en

Curzio Malaparte imitando a Humphrey Bogart en “Casablanca”.

Del matrimonio entre artistas y dictadores rara vez se ha obtenido algo bueno. Acaso esto se debe a que el arte es cuestionador, enemigo de una versión unívoca de la verdad o de los cánones éticos dictados por dudosos mesías.

En cualquier caso, los políticos son expertos en diezmar las filas de los artistas, atrayéndolos a las suyas, quizá con la esperanza de mejorar su discurso o mostrar una imagen superior y pulcra de los sistemas que defienden.

El 2 de enero de 1925, Curzio Malaparte – seudónimo de Kurt Erich Suckert – encabezaba una comitiva de fascistas radicales que visitó a Mussolini para instarle a desafiar al Parlamento que pretendía derrocarlo, por estar involucrado en el asesinato del diputado socialista Matteoti. El escritor quiso alcanzar con dicha acción un puesto influyente en la política italiana y apostó por el triunfo final de un Duce, quien aparentemente estaba condenado a la cárcel o al suicidio. La apuesta fue acertada pero el premio para Malaparte jamás llegó.

El fascismo italiano de los años treinta y cuarenta era diestro en provocar tanto amor como aversión entre los intelectuales, trasladando la pugna de las calles a periódicos, revistas y galerías. El fascismo fusionado con el futurismo del escritor Filippo Tomasso di Marinetti confrontaba a cualquiera que se opusiese a la idea de una nación poderosa y belicista.

Filippo Tomasso di Marinetti escribía porno gore, si no me cree lea

“, novela llena de sexo, guerra y robots. Algo así como una novela de Asimov protagonizada por Sasha Grey.

Mussolini era un genio de la propaganda. Había aprendido durante su período socialista la importancia de la información y de la desinformación. Por lo tanto, controlar a periodistas y escritores fue una de las primeras estrategias que aplicó. Los atrajo a su círculo, hizo que escribieran en su periódicoIl Popolo d’Italia”, financió revistas o simplemente los intimidó, logrando una maquinaria de propaganda oficial gigantesca y contra la que pocos audaces, como Gramsci, se atrevían a apuntar sus lanzas.

Lo cierto es que la mayoría de los intelectuales que formaron parte del círculo fascista, terminaron abandonándolo cuando el curso de la Segunda Guerra Mundial enfilaba hacia la derrota del Eje. Algunos se pasaron a la orilla comunista, convirtiéndose en implacables enemigos del partido al que habían apoyado – el propio Malaparte – y pocos – Marinetti, por ejemplo – se mantuvieron fieles hasta el final.

Los logros artísticos son más bien escuetos cuando se produce este matrimonio entre arte y política, básicamente porque al poder le interesa poco la fuerza creadora de aquel – el Renacimiento acaso es una de las excepciones que confirma la regla – y hasta lo teme, puesto que sabe que en su interior anida el germen de la crítica y la desobediencia a la sinrazón.

El propio Malaparte nos narra en su “Kaputt” que los nazis acantonados en Varsovia destruían los antiguos frescos de los palacios de la aristocracia polaca para reemplazarlos con las monstruosas pinturas que el régimen de Hitler propugnaba como el “verdadero arte”.

El problema no es que los artistas quieran hacer política, ni siquiera que los políticos pretendan hacer arte, pero sí que este se convierta en un mero instrumento de aquellos y que los artistas se entreguen al mejor postor, olvidando que su misión no es sentarse en un solio sino cuestionarlo, derribarlo si es necesario, evitando convertirse en marionetas o lo que es peor: en bastardos del canon.

(Lea este texto también en la web La Casa Ártica.)

 

Curzio Malaparte, su “Kaputt” y “La piel”.

Sobre el amor y otras distopías de Orwell

Amar es desafiar al líder; amar es humano y una sociedad que cree que la gente debe dejar de serlo no puede permitirse el lujo de que haya individuos enamorados y dispuestos a sacrificarlo todo por algo que no sea el sistema. El amour fou de los surrealistas es un crimen nefando en el mundo de 1984.

 

George Orwell no era vidente, pero sabía lo que le esperaba al mundo.

George Orwell no era vidente, pero sabía lo que le esperaba al mundo.

Mis lectores reincidentes habrán notado que cada vez que personas sin la menor importancia – los políticos – dicen cosas que a pocos interesan pero que a todos nos arruinan, escribo una crónica sobre literatura. No me malinterpreten: no pretendo huir de la realidad, desgraciadamente ni escribiendo guiones pornográficos se puede evitar el horror de esta dimensión desconocida que es la política del siglo veintiuno. Sin embargo creo que las sandeces que escupe el remolino de Maelstrom que tienen los políticos en la cara actúan como un catalizador literario, haciendo que recuerde algún libro leído o que surja en mí la necesidad de escribir.

Esta semana, por ejemplo, el acicate vino de las filas gobiernistas. El Mundial de fútbol ha opacado el ingenioso – y, ¡SIN DUDA!, tergiversado por la prensa “corrrrrrrucccccta” – símil entre el Ecuador socialista del siglo veintiuno y las España e Italia fascistas del siglo veinte, que improvisó el inefable Vinicio Alvarado. Las sabatinas del otro inefable, que son expertas en reproducir y producir cantinfladas, en todo caso optaron por hacer un muletazo con verónica, pase de pecho y olé, olvidándose de que sí existen desocupados que oyeron la entrevista completa y saben que ni los tuits mal escritos salvan a aquel que disparó la flecha o dijo la pavada sin medir las consecuencias.

El caso es que Franco y Mussolini sí hicieron transformaciones; basta con leer a José María Gironella y su novela Un millón de muertos o a Curzio Malaparte y su La piel para saber que el costo de las bien amadas carreteras fue el bombardeo de Guernica o la dialéctica de los puños y las balas que se le aplicó a Federico García Lorca.

Uno de mis placeres secretos – por todos conocido – es la ciencia ficción, por lo que he recordado que muchos escritores como Bradbury, Huxley, Wells y Orwell se han inspirado en los actualmente tan admirados constructores de carreteras – fascistas y comunistas – para presentarnos historias donde la bella e idílica Utopía de Tomás Moro se pone de cabeza para dar lugar a un infierno tiránico, donde dictadores, que queman libros o solo aparecen en carteles, son los Deus ex machina que cambian para siempre – y para mal – los destinos de los protagonistas de las novelas.

El mundo según "1984". Aún no se ve así, pero el 99% de las republiquetas y/o similares tienen su gran hermano más o menos drástico.

El mundo según “1984”. Aún no se ve así, pero el 99% de las republiquetas y/o similares tienen su gran hermano más o menos drástico.

Precisamente George Orwell o Eric Arthur Blair, como lo llamó su mamita, nos legó la maravillosa 1984, resultado de su decepción del comunismo y su aterradora experiencia en la Guerra Civil Española, donde pudo ver de primera mano las atrocidades que cometían los comunistas – empujados por papá Stalin desde la Unión soviética – y los fascistas – apadrinados por Mussolini, desde Italia, y Hitler, desde Alemania, –; supo de las torturas que agentes de la OGPU, ancestro no menos siniestro de la KGB, administraban a trotskistas y anarquistas, y también de las barbaridades cometidas por la Falange y los moros que invadieron con Franco desde África la España de la Segunda República.

En 1984 el mundo se ha dividido en tres superpotencias – Oceanía, Eurasia y Estasia, es decir, el Asia oriental – que alternan entre la guerra y la alianza, al tiempo que manejan a su antojo la vida de millones de seres humanos que desconocen por completo los mecanismos y engranajes que mueven los hilos de sus vidas.

Winston Smith, el protagonista de la novela, vive en Oceanía, no sabe con certeza cuál es su edad y trabaja para el partido de gobierno – el único – y, por ende, para el líder, el Gran Hermano; su obligación es reescribir, literalmente, la historia al antojo de la política oficial – hoy se está poniendo de moda este proceder –, de forma que nadie tiene una idea clara de cómo es el mundo. Solo se puede saber lo que el gran jerarca quiere que se sepa.

Winston Smith trabajando para la SECOM y la Secretaría de la Presidencia del Ecuador (retratado mientras reescribía la historia para que Eloy Alfaro fuera linchado por el diario El Comercio).

Winston Smith trabajando para la SECOM y la Secretaría de la Presidencia del Ecuador (retratado mientras reescribía la historia para que Eloy Alfaro fuera linchado por el diario El Comercio).

Smith, en todo caso, es un hombre sensible, curioso y melancólico que prueba el fruto prohibido del conocimiento y arrastra consigo a una Eva – Julia es su nombre – que, en apariencia es una fanática del sistema, pero que en el fondo lo único que necesita es otro ser humano que le permita huir de la soledad en la que viven todos los ciudadanos de ese mundo.

Ambos sucumben al amor, al placer y, a través de ellos, a la rebelión. En el universo totalitario de 1984 el primero está proscrito porque no hay mayor y más peligrosa forma de rebeldía que querer a otro, y el sexo es solo una actividad reproductiva.

Amar es desafiar al líder; amar es humano y una sociedad que cree que la gente debe dejar de serlo no puede permitirse el lujo de que haya individuos enamorados y dispuestos a sacrificarlo todo por algo que no sea el sistema. El amour fou de los surrealistas es un crimen nefando en el mundo de 1984.

A Winston Smith le gustaban más los libros de política que el sexo. Se cree que su vocación era la sociología.

A Winston Smith le gustaban más los libros de política que el sexo. Se cree que su vocación era la sociología.

Al final, el sistema doblega a los amantes, sometiéndolos a torturas físicas y psicológicas espantosas, cuyo objetivo es que los monstruos del amor, la inteligencia y el pensamiento individual mueran o, por lo menos, se callen para siempre. Winston Smith y Julia se vuelven a ver poco antes de que concluya la novela, pero se ignoran, casi no se reconocen porque el Gran Hermano, si es que existe – algunos sospechan que solo es una imagen para encubrir a un aparato burocrático nefasto –, ha logrado su cometido: aniquilar el amor con proclamas patrióticas y con la crueldad animal de todo tirano que aborrece y teme al discernimiento, la inteligencia y la pasión creadora.

Por lo demás, Orwell renunció definitivamente a cualquier ideología capaz de auspiciar a la tiranía y al autoritarismo, convencido de que los humanos no necesitamos padres abusivos que nos digan qué debemos leer, cómo tenemos que pensar o a quién es apropiado amar; no importan las carreteras o los lindos edificios que se construyan, pues no hay bienestar económico que valga si el costo es la esclavitud moral e intelectual.

¿Será que algún día nos prohibirán el amor? Ojalá que no.

 

¬¬