BiblioRecreo: el bus que promueve la lectura (II)

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El bus del BiblioRecreo se encuentra en el parqueadero externo del Centro Comercial El Recreo, al sur de Quito.

“El BiblioRecreo fue concebido como una biblioteca que funcionaría para el deleite de la lectura”. Así define Claudia Bugueño, actual encargada, a un proyecto que ha roto esquemas dentro del mundo de lectores quiteños.

La biblioteca empezó a operar en octubre de 2013, pero decidieron convertir al 23 de abril, Día Internacional del Libro, en su fecha de cumpleaños oficial.

La iniciativa fue del Centro Comercial El Recreo con el apoyo del Estado a través de la Casa de la Cultura Ecuatoriana “Benjamín Carrión”. Entidad que entregó, en comodato, el bus Ford de los años setenta en el que ahora hay cientos de libros y un nuevo tipo de viajeros…

“El objetivo principal de la biblioteca es incentivar la lectura, poniendo énfasis en los primeros lectores, además de acercar, con libros, un mundo de sueños a nuestros clientes”, explica Marienela Berrazueta, administradora general del centro comercial.

Dentro del bus no hay descanso. Las bibliotecarias acomodan libros, los recomiendan, llenan fichas, redactan publicaciones para la fan page de la biblioteca en Facebook y hasta toman fotos para los carnés de los nuevos usuarios.

Los sábados, a media tarde, es frecuente que el bus esté abarrotado como en el tiempo en que era un medio de transporte. La temperatura aumenta. Por aquí o por allá, el visitante se cruza con un lector empeñado en llevarse Los diez negritos de Agatha Christie, otro que pide recomendaciones de autores ecuatorianos de ciencia ficción y hasta con una chica colorada que escarba entre las estantes buscando amores vampíricos.

Nadie juzga. Todos leen lo que quieren y son felices con sus libros.

“BiblioRecreo es un espacio cultural que incentiva la lectura y un punto de encuentro seguro que pone al alcance de todas las personas, en especial niños y jóvenes, los títulos literarios más destacados bajo el formato de estante abierto sin que los costos sean un limitante”, continúa Marianela Berrazueta.

Las estadísticas del BiblioRecreo están plagados de datos sobre el público capaces de aniquilar cualquier prejuicio. Por ejemplo: en el sur de Quito sí hay lectores, las mujeres son las que más leen y los adolescentes tienen interés en la lectura.

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Para Erika Guevara, una de las usuarias más frecuentes del BiblioRecreo, el secreto de la atracción que ejerce la biblioteca sobre sus usuarios es el ambiente acogedor y la variedad de géneros que se pueden encontrar.

Juan Romero Vinueza, poeta y lector, está de acuerdo con que la variedad es una de las cosas que le gustan, pero el hecho de que sacar un carné cueste menos de diez dólares al año y que, con él, se pueda acceder a cualquier libro y llevarlo a la casa por una semana, es crucial.

Él llegó al BiblioRecreo desde el norte de Quito, a bordo otro bus y recomendado por el escritor Adolfo Macías, quien fue uno de los autores invitados a la biblioteca.

“Alguna vez, en una conversación que tuvimos (con Adolfo Macías), estábamos hablando sobre las bibliotecas en Quito y (sobre) que casi todo estaba concentrado en la Universidad Católica, la San Francisco o en el Centro Cultural “Benjamín Carrión”, pero que no había más opciones que tuvieran cosas interesantes. Claro, está la de la Universidad Central, pero a su biblioteca no la han renovado hace mucho tiempo, sobre todo en el área que me interesa, que es la literatura. Adolfo me dijo que había un bus blanco en el Centro Comercial El Recreo que tenía cosas muy interesantes. Me recomendó que lo visitara para que lo viese con mis propios ojos.”

Pese a que los jóvenes son el público más numeroso, no es extraño encontrar gente de otras edades y ámbitos: amas de casa o profesionales de áreas tan distintas como las matemáticas y el arte.

Uno de ellos, Ramiro Castro es profesor y uno de los usuarios más antiguos:

“Me enteré (de su existencia) por publicidad dentro del Centro Comercial antes de que abrieran. La verdad es que estaba muy impaciente porque me pareció una idea genial. Ha superado mis expectativas”.

Al igual que otros lectores, el ambiente acogedor y la facilidad para sacar libros son las cosas que más le atraen, pero hay otro detalle: BiblioRecreo no es una institución acartonada que se dedica exclusivamente a prestar libros, sino un lugar en el que los lectores pueden interactuar e involucrarse en diversas actividades como talleres, sesiones de cine, clubes de lectura.

Ramiro Castro y Juan Romero Vinueza tuvieron la oportunidad de pasar del papel de usuarios al de expositores.

“La interacción con el público de esta biblioteca es distinta a la de otros lugares donde participé en talleres. En general, hubo gente bastante joven y que estaba interesada en la poesía, pero que no tenía una idea muy clara de qué era ni cómo se comía eso. No obstante, lo más interesante, para mí, fue que allí no importa quién eres (es decir, si se trata de un escritor consagrado, uno novel, un profesor o lo que sea), hay que ganarse la atención”, cuenta Juan Romero, quien dirigió, el 17 de marzo de este año, un taller sobre lenguaje poético a bordo del bus.

“Intenté que no sea tan ‘magistral’ el taller, sino que mediante las lecturas, los mismos asistentes lograsen obtener una perspectiva de lo que había pasado con la poesía en esos años. No fue una cuestión extremadamente teórica, sino más bien una aproximación lectora a las obras en sí, un acercamiento – el primero, en muchos casos – a textos que, a mi parecer, fueron notables en la primera mitad del siglo”.

Por otro lado, Ramiro Castro saltó al ruedo en el “CinEncuentro” de mayo, evento que busca atraer nuevo público lector a través de la exhibición de películas inspiradas en obras literarias. Comparando ambos lenguajes, el de las imágenes y el de las palabras, se pretende desarrollar el gusto por el arte y una comprensión más profunda de los libros.

Usualmente esta actividad ha contado con invitados que van desde escritores hasta blogueros, pero en esta ocasión se ensayó algo distinto: invitar a uno de los espectadores a convertirse en moderador.

Ramiro Castro se sintió satisfecho con el resultado: el público le abrió los brazos y fue una experiencia nueva y grata.

BiblioRecreo no es una biblioteca ordinaria como aquellas que se ven en las películas antiguas. No hay un mostrador separando a bibliotecarios del público y tampoco empleados con mandiles negros de polvo. Lo que sí hay es estantes expuestos para que la gente pueda manipular los libros a su gusto.

Además, si bien es cierto que su primer objetivo apunta al préstamo de libros, la gestión cultural es clave. Claudia Bugueño es asidua en ferias y demás actos culturales.

Igual que un cazador, busca una nueva presa que pueda llevar sus conocimientos a la biblioteca,  promoviendo talleres, charlas o incluso la presentación de nuevas obras.

“En el BiblioRecreo, los escritores van a cautivar a sus futuros lectores, no tienen conocidos ni está a su alrededor el mundo literario e intelectual que siempre los sigue, simplemente se encuentran frente a potenciales lectores y punto. Por tanto, para ellos resulta un reto también”.

Clau BusLEA LA ENTREVISTA COMPLETA A CLAUDIA BUGUEÑO SOBRE EL BIBLIORECREO DANDO CLIC EN ESTA FOTO…

La imagen de la biblioteca le ha abierto puertas, los autores van gustosos y se despojan de sus medallas para hablar con gente que no necesariamente los conoce, sobre todo, en un país que, como dice Claudia, los autores locales no atraen porque se los promociona poco.

Álex Vicente es otro usuario antiguo. Llegó al BiblioRecreo al poco de que empezara a funcionar por una tarea del colegio. El proyecto entonces estaba liderado por Adriano Valarezo, quien es un gran conocedor de literatura y cuyas recomendaciones atraparon a un buen porcentaje de gente.

“La primera vez que llegué fue una experiencia muy interesante. No había visto en años una biblioteca con tantas novedades, una amplia selección de libros, además del servicio de préstamo a domicilio y la gran personalidad de Adriano, un hombre muy preparado que supo desde el inicio darme grandes recomendaciones que hicieron que siempre desee volver.”

Sobre aquella época, la bibliotecaria más antigua, Sonia Ortega, explica que la iniciativa surgió gracias al ingeniero Mantilla, dueño del C. C. El Recreo, quien es un conocido amante del mundo de los libros. Luego, la Casa de la Cultura entregó el bus y el centro comercial se esforzó por darle una segunda vida.

Claudia Bugueño apunta a que una de los principales logros de Adriano fue la capacidad para elegir el fondo de libros adecuado, lo que implica tener un conocimiento amplio de literatura y además arriesgarse, toda vez que era imposible conocer de entrada cuáles iban a ser las lecturas capaces de provocar interés. Además, con su mística de trabajo, pasión y conocimiento, atrajo a mucha gente.

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Sonia Ortega es la bibliotecaria más antigua. Antes trabajó en la extinta librería “Libro Express” (Q.E.P.D.).

Según Claudia, la tarea de ahora es distinta: se trata de una etapa de consolidación, la biblioteca ha dejado de ser una novedad y, por lo mismo, ya no atrae tanto a los medios y al nuevo público, así que requiere un esfuerzo especial.  “Hoy, mi función es sostener el proyecto y hacerlo crecer”.

Para cumplir con esto, se procura descentralizar las funciones, evitando que todo dependa de una sola persona y se prepara a las bibliotecarias para que respondan a cualquier necesidad que se presente. Al fin y al cabo, “la gente no es eterna en las instituciones y lo que debe prevalecer es el proyecto por sí solo, de modo que la biblioteca siga funcionando aunque hayan salido una, dos o más personas”, dice Claudia.

En los últimos meses, el BiblioRecreo se dividió en dos áreas: la infantil y la de adolescentes y adultos, esta última permanece dentro del bus, mientras que la otra se ha mudado al centro comercial, a pocos metros de uno de los patios de comidas.

Allí, una nueva camada de bibliotecarias se esfuerza por atraer a los más pequeños. “A diferencia del otro Biblio, aquí la gente no se queda mucho tiempo y rara vez se lleva los libros, pero hay mayor afluencia, especialmente los fines de semana”, según Gina Ruiz, una de las encargadas de esa sección.

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El neonato BiblioRecreo infantil, dentro del Centro Comercial El Recreo.

Ella, como Claudia y Sonia, fue librera antes y tiene alguna experiencia en recomendar, aunque admite que es muy distinto el ambiente. “Aquí no hay la presión de vender, lo que importa es que la gente disfrute de su lectura y que se relacione con los libros”.

Gina menciona que uno de los esfuerzos en los que el BiblioRecreo se encuentra empeñado es su articulación con la Agenda 2030 para el desarrollo sostenible de las Naciones Unidas. La idea es convertir a las bibliotecas en grandes emporios de conocimiento para que el público pueda capacitarse y enfrentar los desafíos de una sociedad mucho más compleja con problemas ambientales, sociales y económicos.

Claudia Bugueño dice que el BiblioRecreo es la prueba de que se puede hacer un trabajo conjunto entre Estado y empresa privada para promover la cultura. No es cierto que a ellos no les interesa la gente, es solo que falta gestión y acaso aquello es responsabilidad de los propios actores culturales, quienes no comprenden que “si la comunidad no viene a uno, hay que salir en su búsqueda, tratando de fomentar redes de apoyo sostenible con educadores, directores o autoridades que representen al mundo educativo o que estén destinados a hacer políticas públicas para mejorar el nivel de educación y cultura en el país”.

Mientras registra una pila de libros recién devueltos, Claudia explica, casi como si estuviese hablando consigo misma, que su objetivo es establecer parámetros de calidad, de manera que si otra persona llega a encargarse, podrá entender sin problema todos los procesos, pero sobre todo procurando “hacer de la biblioteca un lugar en el que la gente se sienta cómoda, acogida, respetada y escuchada”.

Pablo Flores, poeta del paralelo cero

Pablo Flores Chávez estaba sentado en uno de esos sillones desgastados de la sala de talleres literarios. A su lado había otros diez o quince muchachos que, como él, habían respondido a una convocatoria de la Casa de la Cultura “Benjamín Carrión” para personas con inquietudes literarias que quisieran obtener “una suerte de beca por dos años” para perfeccionarse en el oficio de escribir.

Pablo sonreía escuchando las críticas que le soltaban a quemarropa varios de sus compañeros. Decían que su poesía era rara – aquella palabra tenía la pinta de un anatema – y se engolosinaban con quejas acerca de su estructura.

Diego Velasco, coordinador de los talleres, disfrazado del Argos de los cien ojos, miraba a todos en silencio. Solo cuando la mayoría de aprendices de escribidores hubo disparado, él, contemplando a Pablo Flores, le dijo: “sí, es diferente, pero eso no quiere decir que esté mal”.

 

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¿Cómo es un poeta de este paralelo cero, es igual al de otras partes del mundo o tiene alguna particularidad, producto acaso de complicaciones derivadas de la situación del país?

Un poeta de “la mitad del mundo” es como cualquier otro poeta en otra mitad de otro mundo: un referente simbólico de la vida, lo que equivale a salir del lugar común, como sería aquello de darse de “poeta”.

Vizinczey en sus diez mandamientos del escritor menciona que para ser escritor (poeta) hay que salir de esa casilla de no ser lo que el resto dice que eres: no ser, por ejemplo, una víctima de las circunstancias o las “complicaciones derivadas del país”. Y ahí me alejo enteramente de la escritura por compromiso social, ético, político, etcétera.

Tu poesía tiene mucho que ver con experimentación y acaso con desafiar a esos “bastardos del canon” de los que alguna vez habló cierto poeta ambateño de cuyo nombre no quiero acordarme, ¿sientes que es así?, ¿podrías ensayar una “definición” de tu poesía?

Eso de la esperanza del “más allá del canon” o las extremas advertencias del camino no me parece que deban tomarse en serio; por otro lado, ese luchar de Balzac contra las propias limitaciones o las creencias que se convierten en convicciones, sí.

Creo en la convicción de que el lenguaje experimental te da la opción de escoger otros caminos liberadores, vuelvo con Vizinczey “nada de lo que ya se ha hecho puede decirte cómo hacer algo nuevo”. Tienes que ir por la tangente, correr el riesgo, no repetir esas formulitas.

Ensayar mi arte poética sería un intento demasiado fútil por el momento, no creo en las interpretaciones del futuro o la cábala lingüística para definirme.

La filosofía aparece constantemente en tu poesía, ¿eres un lector que escribe? ¿Cuál es el papel de la lectura en tu proceso creativo?

Hay tantas formas de responder a esa pregunta (risas): es que es inevitable leer para escribir y escribir para leer, no hay manera de separarlas. Aquello te llega en miles de mensajes expositivos, panfletos, indirectas; videos como el que te mostré de Gamboa, en el que él mismo dice tanto porcentaje de lecturas clásicos, tanto porcentaje de poesía, tanto… etcétera, etcétera. (risas).

Además de que, antes de la escritura, disfruto mucho más leer: mezclo lecturas, hago libromancia y lectura creativa.

 

Los talleres literarios eran carreras de resistencia: había desertores que no pasaban los primeros cien metros planos u otros que aparecían, se esfumaban y volvían a aparecer…

Cada aprendiz se forjaba su camino como podía, con más dudas que certezas y, a veces y de casualidad, se escuchaba que alguno logró publicar un libro o que, en medio de crisis existenciales, había quemado sus garabatos para dedicarse a vender electrodomésticos.

Mas, de vez en cuando, alguien mencionaba el nombre de uno de los aprendices que había escapado del anonimato, ganando un concurso o una beca.

 

Hablando del Concurso de Poesía “Paralelo Cero”, Cesado el nombre, libro con el que lo ganaste, ¿fue escrito específicamente pensando en el certamen o era un trabajo que se había gestado mucho tiempo atrás?

Cuando empecé a tener noción seria de la escritura, sentía una obligación entera por escribir sin pensar en nadie y en nada más que el libro ni siquiera en el interlocutor o imposible lector del otro lado. De hecho, para mí no había otro lado, simplemente era materializar la certeza que me acompañó en todo ese proceso. Luego, claro, estuvo el sacarlo del horno y ver cuáles eran las posibilidades para publicarlo y ahí estuvo el último día de entrega para “Paralelo Cero”, sin haberle dado tanto meneo a la cuestión.

En tus palabras, ¿cómo describirías a Cesado el nombre?

¡Uy!, Cesado el nombre es un libro sobre mis lecturas de filosofía: de que había un camino silenciado pero presente entre la palabra poética y el decir filosófico, que el trajinar de la duda por el reto y la existencia de condiciones opuestas, varias son ese “todo es dudoso” de Pirrón.

Mencionar ese diálogo entre poesía y filosofía me dio mucha luz en el campo de la evocación del lugar y del objeto, de modo que terminé creando un mini tratado sobre eso.

La evolución es inevitable no solo biológica, sino artísticamente. En ese sentido, ¿hay cambios entre el poeta de Cesado el nombre y el de ahora?, ¿en qué ha variado?

Cambios progresivos, pero en un continuum de estar consciente del todo y de la nada, que me siguen rodeando y maravillando. Tengo ciclos, aunque no como las estaciones, sino de aquellos que no vuelven aparecer sino hasta después de unos años.

Crecer en el campo me hizo muy abierto a sentirme por dentro, explorarme en lo que puedo y no alcanzo a decir. En ese sentido, he cambiado en explorar más profundamente esa “vecindad del cielo, y el desierto, con la poesía de los espejismos” que decía Cioran sobre el corazón de uno mismo.

 

Por las calles de Quito, “a toda madre”, Pablo Flores se interna, sin importar la hora, a lomos de su caballo de metal: una bicicleta a la que ama como a su vida.

Con frecuencia, un conocido lo ve, a lo lejos, y tiene la impresión de que no es un poeta, sino un puñal con vida que penetra, veloz, en el cuero de esa mujer esquizoide y raquítica que es el Quito del siglo veintiuno.

Él, sin frenar su carrera y agitando la mano derecha, grita: “¡acabo de publicar en México!” o “¡volví ayer de España!”.

 

Después del premio “Paralelo Cero” varias puertas se abrieron, incluso conseguiste una residencia creativa con la Fundación Antonio Gala de España, ¿cómo fue ese año fuera de Ecuador?, ¿relacionarse con otros artistas jóvenes alimentó tu literatura?, ¿cambia mucho una experiencia de este tipo a los artistas?

Ese año, siento que me adelanté al Pablo que se hubiese quedado en Ecuador en formas que nunca antes había experimentado: lo registraba todo, no en un sentido de acumulación sino vivencial. El haberme permitido nutrirme de otros artistas que vivieron conmigo y que luego se hicieron mis hermanos y hermanas, fue maravilloso. Gracias a esa beca pude beber otras aguas, viajar.

¿El poeta termina amando u odiando a la tierra que lo vio nacer después de esos autoexilios?

Por ahí, hoy escuché que decían “cuando pierdes el techo, ganas las estrellas”, creo que el espejo de ese exilio, autoexilio, puede ser en cualquier parte, llámese Ecuador, llámese Nueva York, llámese Bangkok, llámese mi cuarto con la Bruma y el Ring.

Los premios, al menos en este “paralelo cero”, suelen ser la única forma de abrirse camino en el mundo del arte, sin embargo, es un fuego fatuo: los medios, el Estado, el público en general olvidan al ganador, quien termina en la indefensión total. ¿Sucedió así contigo o cómo fue la vida de Pablo Flores después del “Paralelo Cero” y de la beca de la Fundación Antonio Gala?

Siento que esos momentos de “olvido” son preciados que deben dedicarse a uno mismo. No me importó, como tampoco me importa el antes o el después.

Me encanta practicar el autosilencio o el silencio creativo que es más potente porque no se sabe de dónde viene o adónde va.

 

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Pablo Flores probó varias cosas: la carrera de Geografía, la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, la Universidad Central, la Facultad de Filosofía y Letras pero, perseguido por el sueño de Borges, se encerró en una biblioteca. Desempolvando tesis antiguas y textos despreciados por el común de los mortales. Es un poeta que busca su camino.

 

Al principio estudiaste en la carrera de Geografía de la Universidad Católica para luego abandonarla por la literatura. ¿En qué momento te diste cuenta que estabas en el sitio incorrecto?

No me acuerdo del momento, tal vez muchos, y las señales del mundo externo que me llamaban a la literatura y amarla hasta en mis sueños o pesadillas.

Lo que sí recuerdo es haberme enojado con un profesor cuando este me dijo: “oye, Pablo, este trabajo escrito es muy bueno como para ser tuyo, me huele a plagio”, en ese instante dije: “¿sabe qué?, si es plagio, me plagié a mí mismo, pero eso no lo va a entender”.

El resto fue liberarme de toda la cursilería y el padrinazgo que es estar en una universidad privada, dejarlo todo por la Central, donde me he sentido como en casa, donde respiras la “ecuatorianidad” en chiquito.

De la mano con tu poesía están tus estudios en la escuela de Lengua y Literatura de la Universidad Central y también el trabajo de bibliotecario, ¿es difícil compaginar esas actividades?, ¿el artista termina convertido en un subversivo que escribe para vengarse de ese mundo que le obliga a ganarse la vida “con el sudor de la frente”?

Siempre digo que vivo en la Central, estudiar y trabajar allí me permite hacer un proceso de inmersión, de escritura, de lectura, de lo que también siempre he sido que es un modelo 4×4, un estudiante producto de la educación pública desde pequeño (la de aquí, de Estados Unidos cuando estudiaba Electricidad en un colegio técnico, de cuando camellé en construcción en Danbury), y le saco el jugo a esa materia prima de condición social tan arraigada en mí porque a veces sé dejarme llevar por el yo que sigue viviendo en la “Yoni” como cualquier otro emigrante. Como te dije, no le devuelvo al mundo lo que arroja, tampoco lo que no me brinda.

En tu trabajo, por ser dentro de la universidad y, como tal, dentro del sector público, te toca lidiar con la burocracia, ¿cómo enfrenta el poeta ese mundo kafkiano, termina pareciéndose a un personaje del escritor checo?

(Risas.) Ciertamente es un mundo kafkaniano y en la Central, como en otras instituciones públicas análogas, creo que más, pero eso justamente hace que sea más temperamental el asunto de hasta qué punto mi 4×4 logra trascender esas limitaciones y las convierte en oportunidades “bellatinezcas”.

También has dirigido algunos talleres de literatura – como el “Cinegético de Excritura” –, ¿en qué consisten y en qué se diferencian de otros? ¿Aportan algo a tu proceso creativo?

Como escritor en formación, nunca me gustaron los talleres de creación literaria regidos por aquello que ha sido constante en la historia de la literatura: la seriedad y el intelecto sumado con el esfuerzo de la tradición. Me refiero a, por llamarlo de alguna forma, ese “ente” al cual le dices: “a ver, sólo ha existido ese camino de concebir un taller literario, es decir, trabajo duro y de oficio, de taller y mucha lectura y mucha corrección, duro, duro, duro…”

Creo que la pedagogía de un taller literario debe darte otro tipo de posibilidades de aprendizaje, lejos de lo que imponga la imagen de un “escritor”. En ese sentido, el “Cinegético de Excritura” se apartaba de esas prácticas ya normadas y proponía lo opuesto.

Hay otros esfuerzos mucho más amplios, incluso con cátedras de creación literaria y de prácticas relacionadas con este concebir distinto de la práctica escritural. Por ejemplo: la cátedra de la Universidad Diego Portales que basa sus estudios en la experimentación o la “Escuela Dinámica de Escritores” de Mario Bellatin que existió en México.

 

Ahora, Pablo Flores vive en su búnker con un gato y dos perros. Se trata de un pequeño departamento en la planta baja de cierto edificio a medio construir ubicado en el norte de Quito.

Aparte de la cama, el baño y la cocina hay libros. Muchos libros. Los Bellatines, Borges y otros dioses y semidioses del Olimpo literario se encuentran apilados junto a la pared, sobre el escritorio, y al lado de la computadora.

Los visitantes deben brincar sobre los montoncitos de libros y, si la suerte los acompaña, el poeta les mostrará, como dando a luz un ángel, cierto texto que ha armado durante meses (literalmente porque, además de escribirlo, él ha pegado y cosido las hojas de cada uno de los ejemplares existentes). La creatura se llama Res Extensa.

 

¿Qué es Res Extensa?

Res Extensa es el principio (una de las partes) de un libro – código madre que se autoreproduce y muta en otros libros, respondiendo a un fin experimental.

Es un libro experimental que no completa un pensamiento o una frase, sino que, a manera de un río, va a parar donde tenga que parar.

Al leerlo creo que es inevitable pensar en la poesía japonesa antigua, donde tanto el texto como los ideogramas buscaban provocar un efecto sobre el lector, haciendo imposible la separación del “fondo” y de la “forma”, ¿es correcta la comparación o es otra la idea que esconde el libro?

Hay algunas ideas sobre el principio mentor – rizomático de la Res, pero sí, la forma compositiva del libro opera igual que los ideogramas en esa proyección de las letras hacia el infinito. Además de plantear, después de terminado este mega proyecto, que los libros puedan adquirir un espacio como exposición artística de la escritura conceptual.

Publicar en Ecuador – y, sobre todo, publicar poesía – es muy complejo, sin embargo, actualmente estás luchando para que Res Extensa aparezca en las librerías, ¿cómo ha sido tu relación con esa suerte de circo romano que es el mundo editorial?

Es la primera vez que me enfrento a eso de “buscar editorial” porque los anteriores libros se publicaron por premios y el primero, de hecho, por un vínculo con los agentes de la red de poetas salvajes de México.

Entonces todavía soy un inexperto, pero siento que hay una fuerte movida de editoriales independientes dentro del país que, a través de la autogestión y la unidad entre ellas, generan un panorama distinto para el lector.

 

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Pablo sonríe cuando estamos a punto de despedirnos: piensa en su querido Mario Bellatin, los talleres de experimentación literaria, los libros y otros bellos demonios.

Unos minutos antes, su novia, quien hasta ese momento ha escuchado la charla con la indulgencia del médico que ya se ha acostumbrado a los desatinos de sus pacientes hipocondriacos, le critica por no beber el café negro, fuerte y sin azúcar. Él, luego de rascarse la cabeza, dice que es algo más que le falta aprender y ríe con esa risa tranquila que solo he escuchado en las personas que viven en paz.

Cuervos

Llevaba varios meses sin probar alcohol, pero aquellas semanas habían sido duras: delirios, ruptura de su compromiso matrimonial, enfermedades.

El gordo entró en la taberna cuando él ingería su tercer vaso de bourbon. El recién llegado, sentándose a su lado, le preguntó su nombre y al escucharlo, dijo que era un admirador de SU OBRA (subrayaba las palabras) y le estrechó la mano varias veces mientras se deshacía en elogios y sonrisas.

Empezaron a desfilar los vasos y luego las botellas hasta que el admirado casi no lograba mantenerse en pie. Entonces el admirador hizo desaparecer su borrachera mágicamente y abrazando al ebrio lo sacó de la taberna.

Fueron en coche hasta un centro electoral. Allí, el ebrio estampó una raya y su rúbrica. Luego, fueron a otro centro y después a otro y otro más, votando siempre por el mismo candidato…

El cielo estaba oscuro cuando el obeso abandonó al borracho tras una taberna de la ciudad de Baltimore.

Al encontrarlo, nadie fue capaz de precisar cuánto tiempo había permanecido en esa calle.

A instancias de cierto amigo lo trasladaron al hospital. Agonizaba.

En sus delirios repetía el nombre de una tía y la palabra “cuervo”.

— Es que es poeta – repetía el amigo como justificándolo.

Murió un domingo 7. En los periódicos, las esquelas lo tildaban de borracho, opiómano, depravado y solo de vez en cuando mencionaban a su “Arthur Gordon Pym” y a su “Eureka”.

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Poe dijo: “nevermore!” Fuente: “Una casa de palabras.

El doctor que lo atendió dijo a los periodistas que antes de morir había hablado de “cielos arqueados” y “decretos celestiales”, pero lo más seguro es que Edgar Allan Poe optó por el silencio.

Algunos días después, un tal Griswold publicó una crítica terrible sobre la obra y el hombre recién fallecido.

Hubo revuelo, luego olvido: hoy nadie recuerda a Griswold ni al político al que Poe favoreció varias veces con su voto.

“El poeta tiene la obligación de cantar”

Entrevista publicada originalmente en la revista digital “Libro de Arena“.

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Jorge Humberto Chávez es autor del poemario “Te diría que fuéramos al río Bravo a llorar pero debes saber que ya no hay río ni llanto” (foto: Luis Pegut).

Con el telón de fondo de la Feria Internacional de Libro de Quito 2016, Jorge Humberto Chávez aterrizó en Ecuador para presentar su libro “Te diría que fuéramos al río Bravo a llorar pero debes saber que ya no hay río ni llanto” y dirigir un breve taller sobre creación literaria en el Centro Cultural Carlos Fuentes del Fondo de Cultura Económica.

El día de la presentación del poemario, el cielo estaba oscuro. La lluvia había ahuyentado a la gente durante toda la mañana.

Faltando cinco minutos para el inicio del acto, estábamos ocho personas  –cinco eran amigos y familiares del autor–. Iván Oñate se levantó para arrancar con la presentación y nos anticipó que estábamos ante un poeta de gran fuerza. No mintió.

Apenas unos versos más tarde nos dimos cuenta de que Chávez – nacido en Ciudad Juárez en 1959 y ganador del Premio Nacional de Poesía de Aguascalientes de 2013 – era un poeta poco convencional, capaz de convertir el lenguaje periodístico en versos de potencia abrumadora.

Gracias a la poesía, a esa poesía, la sala terminó abarrotada hasta la bandera.

El poeta, profesor y enólogo – como le gusta definirse – tuvo la amabilidad de responder algunas de nuestras preguntas, pese a las complejidades de las agendas, la distancia entre los Andes y México y al gélido mundo de los correos electrónicos.

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El poeta junto a su esposa Rosy Zamora (foto: Efraín Benavente).

¿Ya “no hay río ni llanto” en México?

Este verso emblemático esconde algunas realidades sombrías. En su peor momento Ciudad Juárez aportaba 15 muertos por día a la guerra del narco. Eso – pensaba yo – es una cuota que no puede durar mucho: no hay tanto llanto para esa hecatombe. El río Bravo, por su parte, dejó de correr. Lamentablemente, nadie vio venir que la violencia permearía a todo el país como ocurre ahora.

Es frecuente escuchar que la única respuesta a la violencia es más violencia, pero ¿es cierto?, ¿qué posición debe tomar un artista al respecto?

El poeta tiene la obligación de cantar. Ese es su trabajo. El periodismo produce textos de corta duración en el imaginario de las personas: las noticias se olvidan para dar paso a las nuevas notas del día. La poesía está montada sobre un soporte estético, está hecha para durar más tiempo que el poeta o que la misma sociedad que la genera.

En las décadas de los sesenta y setenta, las palabras escritor y político prácticamente eran  sinónimas. ¿Esa idea se sostiene hoy o ha cambiado?

No estoy seguro de la verdad de esta afirmación. Desde luego distingo casos como los de Dalton, Cardenal, Jara. Pero había otros poetas actuando en la literatura en español que no se ajustaban al modelo. Paz era poeta, pensador y diplomático; Chumacero y Bonifaz Nuño, eran poetas al cien. Casos así hay muchos en Argentina, Chile, Colombia y Cuba.

¿Es posible el “arte por el arte”?

No sé. Ignoro el contexto de esta frase. Cuando enseñaba estética en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez decía a mis estudiantes que la pura intención declarada por un artista nos obligaba a tomar su obra como una obra de arte, independientemente de que ejerciéramos o no una crítica. Eso es la base del arte conceptual. En lo personal, pienso que el arte debe trascender la forma inmediata y que debe extender un nexo interpretativo –no escribí significativo- para los demás.

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Jorge Humberto Chávez (d) y el poeta Iván Oñate (i) en en la Feria Internacional del Libro de Quito 2016 (foto: José Luis Barrera).

¿Cómo empezó a escribir poesía Jorge Humberto Chávez? ¿Era una rebelión en contra del medio violento en el que le tocó vivir?

Nunca fue así. Mis primeros textos eran el resultado de la poderosa atracción que la poesía, leída en mis libros escolares, ejercía sobre mí. Mis últimos poemas son el resultado de la poderosa atracción que ejerce sobre mí el cantar, a pesar de que la canción sea muy triste. Pero no olvido que canto para mí y también para todos los otros.

El estilo de sus versos es seco, casi periodístico, pero de una fuerza poco vista. ¿Se trata de una característica innata de Jorge Humberto Chávez o es el resultado de una disciplina autoimpuesta?

Fui periodista cultural entre 1984 y 1994. Escribí dos columnas: “Cuaderno de Jonás”, con textos sobre sociedad y cultura; y “Del recreo al Reforma”, donde combinaba mi conocimiento de la vida nocturna de la frontera con temas de arte y actualidad. Mi formato predilecto era la crónica. En “Te diría que fuéramos al río Bravo a llorar pero debes saber que ya no hay río ni llanto” me propuse usar la crónica, construir poemas sólidamente narrativos y utilizar un lenguaje preciso y sin ornamentos líricos: como escribir con un bisturí. Y no hay nada de innato en mi poesía actual: tengo algunos poemas tan horrorosamente lindos que dan malestar.

Jorge Humberto Chávez dirigió un taller para jóvenes poetas en Quito y lo ha hecho también en México, lo que le ha permitido conocer a las nuevas voces de Latinoamérica que quieren entrar en el mundo de la poesía. ¿Tienen alguna característica en común que le haya llamado la atención? ¿El “Boom” ha sido superado o es el “padre que aún no hemos matado”?

Nada de eso. Impartí un taller en Ciudad Juárez durante 11 años. Fundé el Encuentro Nacional de Escritores Jóvenes de Tierra Adentro en México y lo dirigí por 7 años. Aún hoy doy talleres donde me lo piden –cobro en cajas de tinto- por dos razones: me cuido de mantener vigente mi capacidad crítica y autocrítica, como lo recomendaban Miguel Donoso Pareja y David Ojeda; y porque leer a los autores jóvenes te obliga a mantenerte en su nivel.

El pie de Lord Byron

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Lord Byron con traje albano. Imagen extraída de Wikipedia.

Edward Trelawny llegó tarde, Lord Byron había muerto de fiebre seis días antes. Su cuerpo estaba embalsamado.

Se había borrado la marca que la pasión imprime en la piel. Su rostro blanquísimo, como cincelado en mármol, no tenía arrugas y su expresión era serena.

Griegos e ingleses se empeñaban en desmembrar el cadáver. Trelawny debía protegerlo, pero fue el primero en violarlo.

Descorrió la sábana y miró esos pies que, por pudor, se evitaban mencionar.

El poeta había vivido con una deformidad congénita: las piernas no eran simétricas y los pies estaban torcidos. Sus dedos se cerraban, tratando de hacer puño.

Los deseos del poeta no se cumplieron: el velo que cubría su deformidad se descorrió y, además, el cadáver fue abierto.

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La tumba de Lord Byron en Notthinghamshire. Foto tomada del sitio Tokitan.tv.

Los ingleses solo consiguieron sacar de Grecia un cuerpo sin corazón.

Dos meses después, el muerto llegó a Londres, pero el deán de la Abadía de Westminster se opuso a que enterraran a un libertino en tierra sagrada.

La peregrinación terminó en Nottinghamshire, feudo de los Byron.

En 1938, un canónigo profanó la tumba para demostrar a los incrédulos que nadie había tocado al muerto por más de un siglo.

Por efectos del embalsamamiento, el cadáver estaba en buen estado, solo su pierna se había desprendido. El cuerpo aún no se resignaba a su deformidad.

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Lápida en Westminster. Foto original en el sitio Poets’ Graves.

Hace unas semanas visité el Poets’ Corner en la Abadía de Westminster y mientras contemplaba la tumba de Chaucer y la del Matusalén inglés, Thomas Parr, pisé una lápida. Pertenecía a Lord Byron.

Un guía turístico pasó a mi lado. Dijo que la absolución inglesa para el poeta llegó en 1969.

Lo dejaron en su sepultura original, pero dándole un espacio en Westminster, cerca de donde reposan varios deanes como el que quiso impedir su ingreso en esa tierra sagrada.

Apócrifo

Toledo, 12-09-2006.- Imagen de una de las obras que componen la exposición sobre Dalí que se inaugura mañana en Cuenca. ©Salvador Dalí, Fundació Gala-Salvador Dalí, Cuenca, 2006

El Quijote a través de los ojos de Dalí. ©Salvador Dalí, Fundació Gala-Salvador Dalí, Cuenca, 2006

La segunda parte de la novela cayó en sus manos cuando aún estaba inconclusa y solo la muerte podía vengarlo.

Buscó al plagiario entre escritores y escribidores, amigos y enemigos, pero hasta su nombre era apócrifo.

— Debe ser un poeta

— Pero el libro tiene errores que un escritor no cometería.

— Es una trampa para desviar la atención.

El autor, entonces, decidió ejecutar su venganza – el nombre del enemigo aparecería tarde o temprano, sin duda –. Se sentó frente a la mesa y se puso a garabatear sin pausa, despreciando la llegada del alba o de la noche.

Meses después, la venganza estaba lista:

… suplico a los dichos señores, mis albaceas, que si la buena suerte les trujere a conocer al autor que dicen que compuso una historia que anda por ahí con el título de Segunda parte de las hazañas de don Quijote de la Mancha, de mi parte le pidan, cuan encarecidamente ser pueda, perdone la ocasión que sin yo pensarlo le di de haber escrito tantos y tan grandes disparates como en ella escribe, porque parto desta vida con escrúpulo de haberle dado motivo para escribirlos.

Era el año 1615. El autor que se escondía bajo el seudónimo de Alonso Fernández de Avellaneda, el plagiario, jamás apareció y Cervantes había comprendido que la única forma de vencerlo – a él y a cualquier otro impostor – era matando al Quijote.

El color de los tulipanes

Amaterasu, la diosa del sol

Amaterasu, la diosa del sol

El estudiante japonés era brillante. La Sorbona lo becó para que obtuviera un doctorado en literatura inglesa.

Los profesores lo admiraban por su capacidad para los idiomas y su gran cultura.

Con frecuencia hipnotizaba a sus compañeros con historias sobre Japón, plagadas de máscaras demoniacas, festivales de fertilidad, guerreros y haikus.

Las mujeres lo veían como a un ser mitológico: feo, pero misteriosamente atractivo.

La noche en que la estudiante holandesa fue a su casa para cenar, el cielo estaba despejado en París. Era junio, la primavera daba paso al verano.

Ella se sentó a la mesa. El estudiante japonés le había ofrecido comida típica.

Hablaron de Amaterasu, la diosa del sol.

— Se encerró en la Cueva Celestial y el mundo quedó en penumbras.

Le dijo que todo moría por la falta de luz.

La holandesa quiso saber cómo hicieron para que la diosa saliera de la cueva.

El japonés fue a la cocina y ella volvió a preguntar.

— Con un espejo – dijo al fin.

De pronto, un estruendo y luego, silencio.

Días más tarde, la policía descubrió a un hombre intentando sumergir dos maletas en el lago del Bosque de Bolonia.

Lo detuvieron.

En la estación, declaró que la carne humana era suave como el atún y la grasa, amarilla como el maíz o ciertos tulipanes.

— Me llamo Issei Sagawa y soy poeta – concluyó.