Pablo Flores, poeta del paralelo cero

Pablo Flores Chávez estaba sentado en uno de esos sillones desgastados de la sala de talleres literarios. A su lado había otros diez o quince muchachos que, como él, habían respondido a una convocatoria de la Casa de la Cultura “Benjamín Carrión” para personas con inquietudes literarias que quisieran obtener “una suerte de beca por dos años” para perfeccionarse en el oficio de escribir.

Pablo sonreía escuchando las críticas que le soltaban a quemarropa varios de sus compañeros. Decían que su poesía era rara – aquella palabra tenía la pinta de un anatema – y se engolosinaban con quejas acerca de su estructura.

Diego Velasco, coordinador de los talleres, disfrazado del Argos de los cien ojos, miraba a todos en silencio. Solo cuando la mayoría de aprendices de escribidores hubo disparado, él, contemplando a Pablo Flores, le dijo: “sí, es diferente, pero eso no quiere decir que esté mal”.

 

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¿Cómo es un poeta de este paralelo cero, es igual al de otras partes del mundo o tiene alguna particularidad, producto acaso de complicaciones derivadas de la situación del país?

Un poeta de “la mitad del mundo” es como cualquier otro poeta en otra mitad de otro mundo: un referente simbólico de la vida, lo que equivale a salir del lugar común, como sería aquello de darse de “poeta”.

Vizinczey en sus diez mandamientos del escritor menciona que para ser escritor (poeta) hay que salir de esa casilla de no ser lo que el resto dice que eres: no ser, por ejemplo, una víctima de las circunstancias o las “complicaciones derivadas del país”. Y ahí me alejo enteramente de la escritura por compromiso social, ético, político, etcétera.

Tu poesía tiene mucho que ver con experimentación y acaso con desafiar a esos “bastardos del canon” de los que alguna vez habló cierto poeta ambateño de cuyo nombre no quiero acordarme, ¿sientes que es así?, ¿podrías ensayar una “definición” de tu poesía?

Eso de la esperanza del “más allá del canon” o las extremas advertencias del camino no me parece que deban tomarse en serio; por otro lado, ese luchar de Balzac contra las propias limitaciones o las creencias que se convierten en convicciones, sí.

Creo en la convicción de que el lenguaje experimental te da la opción de escoger otros caminos liberadores, vuelvo con Vizinczey “nada de lo que ya se ha hecho puede decirte cómo hacer algo nuevo”. Tienes que ir por la tangente, correr el riesgo, no repetir esas formulitas.

Ensayar mi arte poética sería un intento demasiado fútil por el momento, no creo en las interpretaciones del futuro o la cábala lingüística para definirme.

La filosofía aparece constantemente en tu poesía, ¿eres un lector que escribe? ¿Cuál es el papel de la lectura en tu proceso creativo?

Hay tantas formas de responder a esa pregunta (risas): es que es inevitable leer para escribir y escribir para leer, no hay manera de separarlas. Aquello te llega en miles de mensajes expositivos, panfletos, indirectas; videos como el que te mostré de Gamboa, en el que él mismo dice tanto porcentaje de lecturas clásicos, tanto porcentaje de poesía, tanto… etcétera, etcétera. (risas).

Además de que, antes de la escritura, disfruto mucho más leer: mezclo lecturas, hago libromancia y lectura creativa.

 

Los talleres literarios eran carreras de resistencia: había desertores que no pasaban los primeros cien metros planos u otros que aparecían, se esfumaban y volvían a aparecer…

Cada aprendiz se forjaba su camino como podía, con más dudas que certezas y, a veces y de casualidad, se escuchaba que alguno logró publicar un libro o que, en medio de crisis existenciales, había quemado sus garabatos para dedicarse a vender electrodomésticos.

Mas, de vez en cuando, alguien mencionaba el nombre de uno de los aprendices que había escapado del anonimato, ganando un concurso o una beca.

 

Hablando del Concurso de Poesía “Paralelo Cero”, Cesado el nombre, libro con el que lo ganaste, ¿fue escrito específicamente pensando en el certamen o era un trabajo que se había gestado mucho tiempo atrás?

Cuando empecé a tener noción seria de la escritura, sentía una obligación entera por escribir sin pensar en nadie y en nada más que el libro ni siquiera en el interlocutor o imposible lector del otro lado. De hecho, para mí no había otro lado, simplemente era materializar la certeza que me acompañó en todo ese proceso. Luego, claro, estuvo el sacarlo del horno y ver cuáles eran las posibilidades para publicarlo y ahí estuvo el último día de entrega para “Paralelo Cero”, sin haberle dado tanto meneo a la cuestión.

En tus palabras, ¿cómo describirías a Cesado el nombre?

¡Uy!, Cesado el nombre es un libro sobre mis lecturas de filosofía: de que había un camino silenciado pero presente entre la palabra poética y el decir filosófico, que el trajinar de la duda por el reto y la existencia de condiciones opuestas, varias son ese “todo es dudoso” de Pirrón.

Mencionar ese diálogo entre poesía y filosofía me dio mucha luz en el campo de la evocación del lugar y del objeto, de modo que terminé creando un mini tratado sobre eso.

La evolución es inevitable no solo biológica, sino artísticamente. En ese sentido, ¿hay cambios entre el poeta de Cesado el nombre y el de ahora?, ¿en qué ha variado?

Cambios progresivos, pero en un continuum de estar consciente del todo y de la nada, que me siguen rodeando y maravillando. Tengo ciclos, aunque no como las estaciones, sino de aquellos que no vuelven aparecer sino hasta después de unos años.

Crecer en el campo me hizo muy abierto a sentirme por dentro, explorarme en lo que puedo y no alcanzo a decir. En ese sentido, he cambiado en explorar más profundamente esa “vecindad del cielo, y el desierto, con la poesía de los espejismos” que decía Cioran sobre el corazón de uno mismo.

 

Por las calles de Quito, “a toda madre”, Pablo Flores se interna, sin importar la hora, a lomos de su caballo de metal: una bicicleta a la que ama como a su vida.

Con frecuencia, un conocido lo ve, a lo lejos, y tiene la impresión de que no es un poeta, sino un puñal con vida que penetra, veloz, en el cuero de esa mujer esquizoide y raquítica que es el Quito del siglo veintiuno.

Él, sin frenar su carrera y agitando la mano derecha, grita: “¡acabo de publicar en México!” o “¡volví ayer de España!”.

 

Después del premio “Paralelo Cero” varias puertas se abrieron, incluso conseguiste una residencia creativa con la Fundación Antonio Gala de España, ¿cómo fue ese año fuera de Ecuador?, ¿relacionarse con otros artistas jóvenes alimentó tu literatura?, ¿cambia mucho una experiencia de este tipo a los artistas?

Ese año, siento que me adelanté al Pablo que se hubiese quedado en Ecuador en formas que nunca antes había experimentado: lo registraba todo, no en un sentido de acumulación sino vivencial. El haberme permitido nutrirme de otros artistas que vivieron conmigo y que luego se hicieron mis hermanos y hermanas, fue maravilloso. Gracias a esa beca pude beber otras aguas, viajar.

¿El poeta termina amando u odiando a la tierra que lo vio nacer después de esos autoexilios?

Por ahí, hoy escuché que decían “cuando pierdes el techo, ganas las estrellas”, creo que el espejo de ese exilio, autoexilio, puede ser en cualquier parte, llámese Ecuador, llámese Nueva York, llámese Bangkok, llámese mi cuarto con la Bruma y el Ring.

Los premios, al menos en este “paralelo cero”, suelen ser la única forma de abrirse camino en el mundo del arte, sin embargo, es un fuego fatuo: los medios, el Estado, el público en general olvidan al ganador, quien termina en la indefensión total. ¿Sucedió así contigo o cómo fue la vida de Pablo Flores después del “Paralelo Cero” y de la beca de la Fundación Antonio Gala?

Siento que esos momentos de “olvido” son preciados que deben dedicarse a uno mismo. No me importó, como tampoco me importa el antes o el después.

Me encanta practicar el autosilencio o el silencio creativo que es más potente porque no se sabe de dónde viene o adónde va.

 

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Pablo Flores probó varias cosas: la carrera de Geografía, la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, la Universidad Central, la Facultad de Filosofía y Letras pero, perseguido por el sueño de Borges, se encerró en una biblioteca. Desempolvando tesis antiguas y textos despreciados por el común de los mortales. Es un poeta que busca su camino.

 

Al principio estudiaste en la carrera de Geografía de la Universidad Católica para luego abandonarla por la literatura. ¿En qué momento te diste cuenta que estabas en el sitio incorrecto?

No me acuerdo del momento, tal vez muchos, y las señales del mundo externo que me llamaban a la literatura y amarla hasta en mis sueños o pesadillas.

Lo que sí recuerdo es haberme enojado con un profesor cuando este me dijo: “oye, Pablo, este trabajo escrito es muy bueno como para ser tuyo, me huele a plagio”, en ese instante dije: “¿sabe qué?, si es plagio, me plagié a mí mismo, pero eso no lo va a entender”.

El resto fue liberarme de toda la cursilería y el padrinazgo que es estar en una universidad privada, dejarlo todo por la Central, donde me he sentido como en casa, donde respiras la “ecuatorianidad” en chiquito.

De la mano con tu poesía están tus estudios en la escuela de Lengua y Literatura de la Universidad Central y también el trabajo de bibliotecario, ¿es difícil compaginar esas actividades?, ¿el artista termina convertido en un subversivo que escribe para vengarse de ese mundo que le obliga a ganarse la vida “con el sudor de la frente”?

Siempre digo que vivo en la Central, estudiar y trabajar allí me permite hacer un proceso de inmersión, de escritura, de lectura, de lo que también siempre he sido que es un modelo 4×4, un estudiante producto de la educación pública desde pequeño (la de aquí, de Estados Unidos cuando estudiaba Electricidad en un colegio técnico, de cuando camellé en construcción en Danbury), y le saco el jugo a esa materia prima de condición social tan arraigada en mí porque a veces sé dejarme llevar por el yo que sigue viviendo en la “Yoni” como cualquier otro emigrante. Como te dije, no le devuelvo al mundo lo que arroja, tampoco lo que no me brinda.

En tu trabajo, por ser dentro de la universidad y, como tal, dentro del sector público, te toca lidiar con la burocracia, ¿cómo enfrenta el poeta ese mundo kafkiano, termina pareciéndose a un personaje del escritor checo?

(Risas.) Ciertamente es un mundo kafkaniano y en la Central, como en otras instituciones públicas análogas, creo que más, pero eso justamente hace que sea más temperamental el asunto de hasta qué punto mi 4×4 logra trascender esas limitaciones y las convierte en oportunidades “bellatinezcas”.

También has dirigido algunos talleres de literatura – como el “Cinegético de Excritura” –, ¿en qué consisten y en qué se diferencian de otros? ¿Aportan algo a tu proceso creativo?

Como escritor en formación, nunca me gustaron los talleres de creación literaria regidos por aquello que ha sido constante en la historia de la literatura: la seriedad y el intelecto sumado con el esfuerzo de la tradición. Me refiero a, por llamarlo de alguna forma, ese “ente” al cual le dices: “a ver, sólo ha existido ese camino de concebir un taller literario, es decir, trabajo duro y de oficio, de taller y mucha lectura y mucha corrección, duro, duro, duro…”

Creo que la pedagogía de un taller literario debe darte otro tipo de posibilidades de aprendizaje, lejos de lo que imponga la imagen de un “escritor”. En ese sentido, el “Cinegético de Excritura” se apartaba de esas prácticas ya normadas y proponía lo opuesto.

Hay otros esfuerzos mucho más amplios, incluso con cátedras de creación literaria y de prácticas relacionadas con este concebir distinto de la práctica escritural. Por ejemplo: la cátedra de la Universidad Diego Portales que basa sus estudios en la experimentación o la “Escuela Dinámica de Escritores” de Mario Bellatin que existió en México.

 

Ahora, Pablo Flores vive en su búnker con un gato y dos perros. Se trata de un pequeño departamento en la planta baja de cierto edificio a medio construir ubicado en el norte de Quito.

Aparte de la cama, el baño y la cocina hay libros. Muchos libros. Los Bellatines, Borges y otros dioses y semidioses del Olimpo literario se encuentran apilados junto a la pared, sobre el escritorio, y al lado de la computadora.

Los visitantes deben brincar sobre los montoncitos de libros y, si la suerte los acompaña, el poeta les mostrará, como dando a luz un ángel, cierto texto que ha armado durante meses (literalmente porque, además de escribirlo, él ha pegado y cosido las hojas de cada uno de los ejemplares existentes). La creatura se llama Res Extensa.

 

¿Qué es Res Extensa?

Res Extensa es el principio (una de las partes) de un libro – código madre que se autoreproduce y muta en otros libros, respondiendo a un fin experimental.

Es un libro experimental que no completa un pensamiento o una frase, sino que, a manera de un río, va a parar donde tenga que parar.

Al leerlo creo que es inevitable pensar en la poesía japonesa antigua, donde tanto el texto como los ideogramas buscaban provocar un efecto sobre el lector, haciendo imposible la separación del “fondo” y de la “forma”, ¿es correcta la comparación o es otra la idea que esconde el libro?

Hay algunas ideas sobre el principio mentor – rizomático de la Res, pero sí, la forma compositiva del libro opera igual que los ideogramas en esa proyección de las letras hacia el infinito. Además de plantear, después de terminado este mega proyecto, que los libros puedan adquirir un espacio como exposición artística de la escritura conceptual.

Publicar en Ecuador – y, sobre todo, publicar poesía – es muy complejo, sin embargo, actualmente estás luchando para que Res Extensa aparezca en las librerías, ¿cómo ha sido tu relación con esa suerte de circo romano que es el mundo editorial?

Es la primera vez que me enfrento a eso de “buscar editorial” porque los anteriores libros se publicaron por premios y el primero, de hecho, por un vínculo con los agentes de la red de poetas salvajes de México.

Entonces todavía soy un inexperto, pero siento que hay una fuerte movida de editoriales independientes dentro del país que, a través de la autogestión y la unidad entre ellas, generan un panorama distinto para el lector.

 

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Pablo sonríe cuando estamos a punto de despedirnos: piensa en su querido Mario Bellatin, los talleres de experimentación literaria, los libros y otros bellos demonios.

Unos minutos antes, su novia, quien hasta ese momento ha escuchado la charla con la indulgencia del médico que ya se ha acostumbrado a los desatinos de sus pacientes hipocondriacos, le critica por no beber el café negro, fuerte y sin azúcar. Él, luego de rascarse la cabeza, dice que es algo más que le falta aprender y ríe con esa risa tranquila que solo he escuchado en las personas que viven en paz.

Sangre entre nosotros

Hoy me da la gana de escribir sobre el amor, pero sobre el que nace entre máquinas de escribir y cámaras de fotos: el de los artistas.

Igual que el nuestro – es decir, de la gente “común” – no está exento de dramas, aunque, por la chifladura de sus protagonistas, alcanzan proporciones trágicas.

De Borges, por ejemplo, se tiene una imagen antiséptica, como si se tratase de un anacoreta que, asqueado, huía del sexo y de cualquier pasión excepto la intelectual. Un absurdo.

En su cuento “El Aleph”, el narrador – o sea, Borges – inicia relatando su encuentro con el poeta Carlos Argentino Daneri, rival que le arrebató el amor de Beatriz Viterbo. Ella ya ha muerto, pero el odio y los celos entre ambos, no.

La historia deriva, poco a poco, hacia lo fantástico y esa Beatriz, que recuerda a la Dante, termina por convertirse en el camino hacia el “punto que contiene todos los puntos y todas las líneas del universo”.

Daneri y Beatriz tienen las características de dos personajes extraídos de una biografía de Borges.

Él tenía 27 años y estaba enamorado de una muchacha mucho menor, Norah Lange, pelirroja de ojos profundos y con ancestros sacados de las tundras del norte de Europa.

En aquel tiempo, Borges todavía era ultraísta y, sobre todo, un obseso del mundo gaucho, las literaturas nacionales y otras monstruosidades, se emborrachaba y hay quienes dicen que hasta bailaba tangos. Pero era tímido hasta la médula.

Él y la muchacha – quien ya había publicado un libro, por supuesto, con prólogo de Borges – paseaban por las calles del Buenos Aires de los años veinte, hablando de poesía, vanguardias, de todo, menos de amor.

La tragedia se produjo una noche de verano, es decir, en noviembre como sucede en las antípodas. El escenario fue la Sociedad Rural Argentina, nombre apropiado para un anticlímax más que para un melodrama.

A Borges se le había ocurrido llevar a Norah al banquete organizado allí en honor de Ricardo Güiraldes y su “Don Segundo Sombra”. Entre los invitados estaba el Daneri de este cuento: Oliverio Girondo.

La Fortuna, diosa miserable, quiso que la pelirroja se sentase al lado de este y no del otro poeta. En medio de la cena, la muchacha golpeó involuntariamente una botella de vino tinto que pertenecía a Girondo y la hizo añicos.

― ¡Parece que va a correr sangre entre nosotros! – le dijo él con “voz de caoba”, mientras el vino se desparramaba.

La sangre fluyó de un Borges hecho añicos para el amor, pero que nació para la Literatura. Sus textos cambiaron el romance trasnochado por el color del misticismo, las matemáticas y la fantasía.

La pareja Lange – Girondo no se separó desde esa noche.

 

Rebeca Yanez

Rebeca Yánez Echaurren. Foto tomade de “El Mercurio”.

Chile, década de los 50. Curzio Malaparte, autor italiano al que debemos “Kaputt” y “La piel”, crónicas noveladas de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, llegó al país invitado por el gobierno para un agasajo junto a Neruda y Camilo José Cela.

Todo el mundillo intelectual y aristocrático se disputaba a ese encantador europeo que tenía respuestas ingeniosas en francés para cualquier pregunta que le hicieran. Las mujeres, sin importar la edad, se rendían ante sus palabras y su elegancia.

Una de las paradas de Malaparte durante esa gira fue la librería El Pacífico, entre cuyos estantes vagaba una dama de poco más de 30 años, rubísima y tan menuda como hermosa: Rebeca Yánez Echaurren.

Su familia era de prosapia – el escritor José Donoso se contaba entre sus primos – y ella se complacía en burlarse de su condición y de los “qué dirán” que venían con ese paquete.

El escándalo no era una de sus preocupaciones y cuando Curzio Malaparte apareció, no tuvo reparos en irse con él a Italia, abandonando aun a sus hijos.

Rebequita Yánez se había esfumado. La familia estaba desconcertada. No hubo cartas ni señales de vida por meses.

Es poco lo que se sabe de ese tiempo, salvo que el italiano era tan terrible con su verbo como con sus pasiones. Para él, el amor era una conquista; la amante, una propiedad.

Rebeca Yánez huyó – algunos dicen que lo hizo fugándose en bicicleta después de robarle un par de botas al mayordomo –, aunque decidió quedarse en Italia para aprender fotografía con Carlo Cisventi, fotoperiodista del neorrealismo.

“Rebechita”, como la llamaba Malaparte, se convirtió, pese y gracias a él – de forma involuntaria, desde luego – en la primera fotoperiodista chilena. Durante su carrera, capturó con su cámara a celebridades como Sofía Loren, Brigitte Bardot y Lucía Bosé.

En el libro “Los círculos morados”, Jorge Edwards recuerda el incidente de Rebeca Yánez y Curzio con estas palabras: “(a ella) la literatura, en buenas cuentas, le gustaba mucho, y eso no excluía, ni tenía por qué excluir, el gusto por los escritores”. Declaración de alguna manera emparentada con la analogía de Girondo entre el vino y la sangre de los enamorados, al fin y al cabo, el amor, sea entre poetas o simples mortales, está entre la admiración y la muerte.

La caza grande de Cepeda Samudio

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Álvaro Cepeda Samudio. Fuente: El Tiempo.

Álvaro Cepeda Samudio (Barranquilla, 1926) fue un Bartleby. Escribió poco o, de plano, prefirió no hacerlo. Sus amigos, incluido García Márquez, le recriminaban la supuesta pereza que lo llevó a publicar apenas tres libros – fuera de varios relatos desperdigados en las páginas de los periódicos –: “Todos estábamos a la espera”, “La casa grande” y “Los cuentos de Juana”, con doce y diez años de distancia entre uno y otro.

Carmen Balcells, la mente maestra tras del Boom, varias veces intentó convertirlo en otro más de esa hojarasca de escritores latinoamericanos que habían conquistado Europa, pero él se excusaba “porque lo que es el amor eterno sigue…”

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Álvaro Cepeda Samudio y García Márquez en el aeropuerto de Barranquilla. Fuente: Ver Bien Magazín.

Cepeda era como pocos. Hombre de lecturas, admirador de los escritores estadounidenses contemporáneos suyos y un convencido de que la literatura colombiana debía tomar un nuevo derrotero de silencios al estilo de Hemingway y de grandes epopeyas al estilo de Faulkner.

Pero el barranquillero no solo era un Bartleby, también era un sobreviviente. Toreaba la necesidad como podía: si era necesario hacer una campaña para las cervecerías de los Santo Domingo, multimillonarios de la costa atlántica, él ideaba un eslogan que decía cerveza “Águila, sin igual y siempre igual” o no dudaba en largarse a los Estados Unidos para estudiar periodismo aunque, dos años después, regresara sin título bajo el brazo.

Parece razonable creer que Cepeda no se convirtió en un narrador de tiempo completo porque la necesidad de ganarse la vida le obligaba a dejar que se desvanezca – paradoja contemporánea –, sin embargo, eso no es más que un error de perspectiva.

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Algunos de los integrantes del Grupo de Barranquilla en El Heraldo. Fuente: El Heraldo.

Él era un adelantado y, como tal, se percató de algo que recién en los últimos veinte o treinta años los latinoamericanos hemos aceptado: el periodismo ES la nueva literatura.

Sí, los García Márquez, los Vargas Llosa y casi todos los autores de éxito desde México hasta la Patagonia han recaído con mayor o menor fortuna en las redes del periodismo, pero, en la mayoría de los casos, lo han hecho como si se tratase de una actividad subsidiaria capaz de permitirles sobrevivir, mientras descifraban el misterio de cómo pasar los días sin morirse de hambre mientras se fabrican ficciones.

En cambio, Cepeda Samudio conoció de primera mano, gracias a su paso por las aulas de los Estados Unidos, el caldo de cultivo del “nuevo periodismo”, ese que ahora está de moda, ese que usa las “técnicas” de la literatura para describir el mundo “real”.

Desde las páginas de Crónica – revista en la que colaboraron además de Cepeda, García Márquez, Alfonso Fuenmayor, entre otros – El Heraldo, El Nacional, Sporting News y Diario del Caribe empezó a instaurar una nueva forma de narrar la realidad a través del humor inteligente, la anécdota y la belleza literaria.

Lea el reportaje de Cepeda Samudio sobre el futbolista brasileño Garrincha: “Yo vivo la vida, la vida no me vive a mí“.

Pero eso no es todo.

Lo esencial del escritor barranquillero es que fue un cazador de experiencias tan audaz que hizo algo que pocos se atreven: vivió su vida como le dio la gana.

Escribió cuando quiso, estudió cuando quiso, se murió cuando quiso. Se fue del planeta sin quedar en deuda con nadie porque comprendió que la literatura no solo se hace escribiendo sobre una cuartilla de papel, se hace sobre todo en la calle, en la vida, tomando decisiones que a muchos les pueden parecer absurdas, pero que a uno lo hacen feliz.

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Portada del libro editado por Alfaguara.

Hace un par de meses, compré la recopilación de todos los textos de ficción de Álvaro Cepeda Samudio a cargo de la editorial Alfaguara. Se trata de un viaje que lleva al lector desde la matanza de trabajadores dentro de una bananera gringa en la costa caribeña de Colombia hasta un bar del sur de los Estados Unidos, para mostrarnos la soledad, la miseria – espiritual más que económica –, así como también la grandeza que se esconde en el alma humana. En todos sus relatos, está el ojo clínico del periodista que usa la historia – reciente y no tanto – para aquilatar el cuento.

En definitiva, al cerrar el libro uno se queda con la sensación de que este escritor, hoy casi olvidado, es uno de los pocos que comprendió lo que Novalis había advertido más de un siglo antes: “al final todo será poesía“.

“El poeta tiene la obligación de cantar”

Entrevista publicada originalmente en la revista digital “Libro de Arena“.

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Jorge Humberto Chávez es autor del poemario “Te diría que fuéramos al río Bravo a llorar pero debes saber que ya no hay río ni llanto” (foto: Luis Pegut).

Con el telón de fondo de la Feria Internacional de Libro de Quito 2016, Jorge Humberto Chávez aterrizó en Ecuador para presentar su libro “Te diría que fuéramos al río Bravo a llorar pero debes saber que ya no hay río ni llanto” y dirigir un breve taller sobre creación literaria en el Centro Cultural Carlos Fuentes del Fondo de Cultura Económica.

El día de la presentación del poemario, el cielo estaba oscuro. La lluvia había ahuyentado a la gente durante toda la mañana.

Faltando cinco minutos para el inicio del acto, estábamos ocho personas  –cinco eran amigos y familiares del autor–. Iván Oñate se levantó para arrancar con la presentación y nos anticipó que estábamos ante un poeta de gran fuerza. No mintió.

Apenas unos versos más tarde nos dimos cuenta de que Chávez – nacido en Ciudad Juárez en 1959 y ganador del Premio Nacional de Poesía de Aguascalientes de 2013 – era un poeta poco convencional, capaz de convertir el lenguaje periodístico en versos de potencia abrumadora.

Gracias a la poesía, a esa poesía, la sala terminó abarrotada hasta la bandera.

El poeta, profesor y enólogo – como le gusta definirse – tuvo la amabilidad de responder algunas de nuestras preguntas, pese a las complejidades de las agendas, la distancia entre los Andes y México y al gélido mundo de los correos electrónicos.

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El poeta junto a su esposa Rosy Zamora (foto: Efraín Benavente).

¿Ya “no hay río ni llanto” en México?

Este verso emblemático esconde algunas realidades sombrías. En su peor momento Ciudad Juárez aportaba 15 muertos por día a la guerra del narco. Eso – pensaba yo – es una cuota que no puede durar mucho: no hay tanto llanto para esa hecatombe. El río Bravo, por su parte, dejó de correr. Lamentablemente, nadie vio venir que la violencia permearía a todo el país como ocurre ahora.

Es frecuente escuchar que la única respuesta a la violencia es más violencia, pero ¿es cierto?, ¿qué posición debe tomar un artista al respecto?

El poeta tiene la obligación de cantar. Ese es su trabajo. El periodismo produce textos de corta duración en el imaginario de las personas: las noticias se olvidan para dar paso a las nuevas notas del día. La poesía está montada sobre un soporte estético, está hecha para durar más tiempo que el poeta o que la misma sociedad que la genera.

En las décadas de los sesenta y setenta, las palabras escritor y político prácticamente eran  sinónimas. ¿Esa idea se sostiene hoy o ha cambiado?

No estoy seguro de la verdad de esta afirmación. Desde luego distingo casos como los de Dalton, Cardenal, Jara. Pero había otros poetas actuando en la literatura en español que no se ajustaban al modelo. Paz era poeta, pensador y diplomático; Chumacero y Bonifaz Nuño, eran poetas al cien. Casos así hay muchos en Argentina, Chile, Colombia y Cuba.

¿Es posible el “arte por el arte”?

No sé. Ignoro el contexto de esta frase. Cuando enseñaba estética en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez decía a mis estudiantes que la pura intención declarada por un artista nos obligaba a tomar su obra como una obra de arte, independientemente de que ejerciéramos o no una crítica. Eso es la base del arte conceptual. En lo personal, pienso que el arte debe trascender la forma inmediata y que debe extender un nexo interpretativo –no escribí significativo- para los demás.

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Jorge Humberto Chávez (d) y el poeta Iván Oñate (i) en en la Feria Internacional del Libro de Quito 2016 (foto: José Luis Barrera).

¿Cómo empezó a escribir poesía Jorge Humberto Chávez? ¿Era una rebelión en contra del medio violento en el que le tocó vivir?

Nunca fue así. Mis primeros textos eran el resultado de la poderosa atracción que la poesía, leída en mis libros escolares, ejercía sobre mí. Mis últimos poemas son el resultado de la poderosa atracción que ejerce sobre mí el cantar, a pesar de que la canción sea muy triste. Pero no olvido que canto para mí y también para todos los otros.

El estilo de sus versos es seco, casi periodístico, pero de una fuerza poco vista. ¿Se trata de una característica innata de Jorge Humberto Chávez o es el resultado de una disciplina autoimpuesta?

Fui periodista cultural entre 1984 y 1994. Escribí dos columnas: “Cuaderno de Jonás”, con textos sobre sociedad y cultura; y “Del recreo al Reforma”, donde combinaba mi conocimiento de la vida nocturna de la frontera con temas de arte y actualidad. Mi formato predilecto era la crónica. En “Te diría que fuéramos al río Bravo a llorar pero debes saber que ya no hay río ni llanto” me propuse usar la crónica, construir poemas sólidamente narrativos y utilizar un lenguaje preciso y sin ornamentos líricos: como escribir con un bisturí. Y no hay nada de innato en mi poesía actual: tengo algunos poemas tan horrorosamente lindos que dan malestar.

Jorge Humberto Chávez dirigió un taller para jóvenes poetas en Quito y lo ha hecho también en México, lo que le ha permitido conocer a las nuevas voces de Latinoamérica que quieren entrar en el mundo de la poesía. ¿Tienen alguna característica en común que le haya llamado la atención? ¿El “Boom” ha sido superado o es el “padre que aún no hemos matado”?

Nada de eso. Impartí un taller en Ciudad Juárez durante 11 años. Fundé el Encuentro Nacional de Escritores Jóvenes de Tierra Adentro en México y lo dirigí por 7 años. Aún hoy doy talleres donde me lo piden –cobro en cajas de tinto- por dos razones: me cuido de mantener vigente mi capacidad crítica y autocrítica, como lo recomendaban Miguel Donoso Pareja y David Ojeda; y porque leer a los autores jóvenes te obliga a mantenerte en su nivel.

El color de los tulipanes

Amaterasu, la diosa del sol

Amaterasu, la diosa del sol

El estudiante japonés era brillante. La Sorbona lo becó para que obtuviera un doctorado en literatura inglesa.

Los profesores lo admiraban por su capacidad para los idiomas y su gran cultura.

Con frecuencia hipnotizaba a sus compañeros con historias sobre Japón, plagadas de máscaras demoniacas, festivales de fertilidad, guerreros y haikus.

Las mujeres lo veían como a un ser mitológico: feo, pero misteriosamente atractivo.

La noche en que la estudiante holandesa fue a su casa para cenar, el cielo estaba despejado en París. Era junio, la primavera daba paso al verano.

Ella se sentó a la mesa. El estudiante japonés le había ofrecido comida típica.

Hablaron de Amaterasu, la diosa del sol.

— Se encerró en la Cueva Celestial y el mundo quedó en penumbras.

Le dijo que todo moría por la falta de luz.

La holandesa quiso saber cómo hicieron para que la diosa saliera de la cueva.

El japonés fue a la cocina y ella volvió a preguntar.

— Con un espejo – dijo al fin.

De pronto, un estruendo y luego, silencio.

Días más tarde, la policía descubrió a un hombre intentando sumergir dos maletas en el lago del Bosque de Bolonia.

Lo detuvieron.

En la estación, declaró que la carne humana era suave como el atún y la grasa, amarilla como el maíz o ciertos tulipanes.

— Me llamo Issei Sagawa y soy poeta – concluyó.

Muerte al atardecer

“¡Escribo para mí!”, se defendió el joven poeta peruano antes de que alguien pensara siquiera en hablarle durante el recital.

Su paisano era diferente. Hablaba con soltura de cervezas, musas, vagabundos y hasta se reía, esforzándose en bajar del pedestal de la Universidad San Marcos.

Poetas urbanos contemporáneos...

Poetas urbanos contemporáneos…

El primer poeta respondía con un no sé categórico a cualquier pregunta que le formularan, perplejidad socrática tan admirable como banal. Si le decían “¿por qué empezó a escribir?”, respondía “no sé”; si le cuestionaban sobre el amor o la guerra, “no sé”. ¿La poesía, el arte, su vida?, “¡no sé, no sé, no sé!”.

Acaso Odiseo debió sentirse igual cuando enfrentó a la esfinge.

Esa actitud hierática provocaba en el público complejo de enanismo, como si fuésemos parte de una jungla microbiana a la que ese gigante de 1 metro 65 centímetros y no más de veinte años se acercaba con microscopio y forrado con preservativos de látex ultra resistente.

El otro poeta nos dijo que el día anterior estuvieron en una fiesta con su editor ecuatoriano y otros colegas. Había corrido la cerveza y ambos tenían resaca. En la cara de alguno de los asistentes se pudo detectar la sorpresa: “¿beben los poetas?, ¿no dice la ‘profe de lite del cole’ que los escritores son angelitos pulcros y castos que predican moralidad y buenas costumbres?”

En medio de estas lindezas, el editor sugirió que leyesen sus poemas. La sensación general fue que la biblioteca se transformaba en una plaza de toros y que aquella había sido la llamada al ruedo para el inicio de la faena.

El más joven acometió al primer toro de la tarde con desgano, sin arrimarse al pitón de la bestia poética. Era un torero diva en plaza de pueblo. Luego de dos o tres desplantes exagerados y de poco brillo, despachó al animal sin pena ni gloria y solo después de que su editor le tocara tres avisos, indicándole que debía pegar el micrófono a la boca, pues no se le escuchaba.

Su colega entró con más enjundia al ruedo. Se notaba cierta torpeza en sus lances, pero había audacia y entrega. Resolvió el último tercio de la lidia con un par de versos efectivos aunque no extraordinarios.

Machado te dice: "quiero una big mac sin cebollas, papas y cola agrandadas, un McFlurry y una orden nuggets para llevar".

Machado te dice: “quiero una Big Mac sin cebollas, con papas y gaseosa agrandadas, un McFlurry y una orden de nuggets para llevar”.

Este matador no era frío. Por el contrario, vigoroso y eso que hablaba de temas mucho más distantes de los que habitaban en la poesía de su compañero, quien escribía de la madre, el amor y el sexo con la misma frialdad con que un profesor de matemáticas dicta a los colegiales: “en un bus viajan x número de estudiantes…”

El tercero y el cuarto de la tarde llegaron después de una confusa rueda de preguntas en las que se escucharon cuestionamientos del tenor de “¿cómo se llama la chica que te inspira?” o “¿por qué los poetas escriben difícil y no sencillo para que entendamos?”.

No hay mucho que decir de la faena de ambos matadores en esta ocasión, salvo que al más joven casi no entra al ruedo. Solo la invitación un tanto indignada de su editor lo persuadió.

El penúltimo de la tarde fue el mejor. Al poeta más joven por fin le llegó el estro. Probablemente quiso cortar un par de orejas con su faena y por la expresión de los asistentes es evidente que hubieran colaborado con él, emulando todos a Van Gogh.

El caso es que el matador acometió a la fiera poética con bravura, con los desplantes propios de un Manolete literario y remates de pecho, gaoneras y una que otra chicuelina. La bestia, no obstante, se resistía y los versos sonaban a veces a bufidos o a quejas desesperadas.

El público de la plaza contemplaba maravillado la faena, incapaz de escoger una reacción adecuada: espanto (al empezar), alivio (al concluir) o indignación (en cualquier momento). El otro matador intentó arrancar con la lidia del sexto de la tarde, pero desistió al notar que, en medio del frenesí, su compañero no solo había despachado a su bestia poética, sino también a la de él.

Como no había botellas o almohadones que lanzar al ruedo, salimos todos en silencio del coso – biblioteca como en un velorio y acaso era lógico, al fin y al cabo “algo” había muerto ese atardecer.

El incongruente Ramón Gómez de la Serna

 

Ramón Gómez de la Serna explica cómo ser un orador.

Sobre mi escritorio reposan tres libros escritos por Ramón Gómez de la Serna: una novela titulada “El incongruente” y dos ensayos, “Ismos” y “Pombo. Biografía del célebre café y de otros cafés famosos”.

Sobre este escritor es tanto lo que se ha dicho, pero muy poco lo que se recuerda. Ramón, como le gustaba que lo llamaran, fue un agitador cultural, un escritor de cepa y un prócer de las vanguardias del siglo veinte.

No le hizo malas caras a ningún género y salió avante en todos: ensayo, novela, cuentopoesía, oratoria – incluso se dio el lujo de crear uno nuevo, la greguería, que es un híbrido entre el humor y la metáfora.

"¡Te noto muy fría, muñeca!"

“¡Te noto muy fría, muñeca!”

Gómez de la Serna nació en Madrid en 1888, aunque fue un hombre universal y adelantado a su época. Pronto se dio cuenta de que el siglo veinte llegaba con avidez de transformaciones culturales y políticas, que estaría lleno de sobresaltos y que era importante que los artistas estuviesen listos para no ahogarse en la marejada del futuro. Comprendió con rapidez que el humor era lo último que le quedaba al género humano y que era la única respuesta lógica para una generación de políticos que no dudaron en arrastrar a millones de personas a morir en las trincheras, satisfaciendo así sus ambiciones mezquinas.

Sabía que la risa era la verdadera revolución, mientras que el comunismo y el fascismo solo eran tragicomedias totalitarias que la historia se encargaría de ridiculizar, pero contra las que el intelectual, el hombre sensibilizado por el arte, debía lanzar guantes blancos de burla y menosprecio.

Precisamente, la novela “El incongruente” nos muestra a un personaje que es el prototipo de un hombre del siglo veinte: incapaz de tomar una decisión definitiva, cayendo siempre en la falta de concordancia entre palabras y acciones. Es un tipo que no quiere comprometerse con nada y al que la falta de precisión, en la que no vive por convencimiento sino porque fue su destino – acaso si hubiese nacido en otro tiempo habría sido diferente –, le impide incluso alcanzar la satisfacción de sus anhelos y sus pulsiones.

Ama a muchas mujeres, incluso una de cera – ¡como el propio Gómez de la Serna! –, pero con ninguna llega a nada más que a un breve enamoramiento que pronto decae en tedio y olvido; viaja en su moto sin saber cuál es el freno; se moja con tormentas que le atacan en medio de días soleados y se tuesta durante los aguaceros. La fortuna lo empuja a caminar como un equilibrista sobre la soga del éxito y el fracaso, sin caer jamás en uno u otro. Es tan insípido como sabroso.

En resumen, se trata de un personaje que bien podría haberlo dado a luz Kafka, pero varios años antes de este.

A Ramón también lo apresaron por ser una bestia salvaje y un sicario de tinta.

A Ramón también lo apresaron por ser una bestia salvaje y un sicario de tinta.

Ismos”, por otro lado, es un ensayo que desnuda a las vanguardias. Es un lúcido estudio sobre los movimientos artísticos que estaban a punto de cambiar al mundo más de lo que los Stalin, los Mussolini y toda esa caterva de criminales tan letales como ridículos, lograrían jamás.

En efecto, en su ensayo “El puño invisible”, Carlos Granés concuerda en que los intentos descabellados de colectivización y cambio político fueron tan efímeros – en el caso del nazismo no superó los veinte años y en el comunismo los ochenta –, mientras que las transformaciones que empezaron en el Cabaret Voltaire aún hoy subsisten – con modificaciones – y han terminado por cambiar no solo el arte, sino a la civilización en general.

Ismos” describe al Futurismo y a Marinetti, al Dadaísmo y a Tristan Tzara… En ninguno de los casos cae en el tedio; al contrario, su entusiasmo nos contagia y su prosa elegante es un aliciente adicional.

Por último, en el “Pombo. Biografía del célebre café y de otros cafés famosos”, Ramón hace acopio de todo su humor e ingenio para narrarnos cómo era asistir a una de sus tertulias en aquel café madrileño del que solo subsiste una mesa – el escritor se hizo famoso por sus monólogos y por los banquetes que organizaba en honor de personajes reales o inverosímiles.

Nos narra la respuesta de Unamuno a su invitación para el ágape organizado en honor de Nadie, entablándose entre este par de gigantes un combate de ingenio y sutiliza. O cómo, por otro lado, Ortega y Gasset acudió con entusiasmo a la “Sagrada Cripta del Pombo”, transformándose en uno de los miembros honorarios de esta orden de artistas burlones.

Jorge Luis Borges también estuvo en aquellos convites, pero jamás logró encajar. Ambos escritores se respetaban, aunque contemplándose a distancia con un poco de ironía y desgano. La explicación acaso la dio el argentino al definir a las dos clases de escritores que, según él, existen: el primero es un asceta, un intelectual dedicado al estudio y a la lectura como una religión; el segundo es el carnal, el que vive con pasión y sus triunfos y fracasos son el alimento de sus escritos. Gómez de la Serna estaba en el segundo tipo y Borges en el primero.

En cualquier caso, ambos se volvieron a cruzar varias veces cuando Ramón tuvo que abandonar Madrid por la Guerra Civil, mudándose a Buenos Aires. El Pombo había quedado atrás, pero tanto el español como el argentino movieron a sus amigos comunes para publicar textos de uno y otro en revistas de ambos lados del Atlántico.

Pintura de Solana que nos muestra a Ramón y a sus contertulios en el Café Pombo (todos bebían agua).

Pintura de Solana que nos muestra a Ramón y a sus contertulios en el Café Pombo (todos bebían agua).

¿Vale la pena leer a este prócer de las vanguardias en el siglo veintiuno? La respuesta es sí. Jóvenes artistas aparecen cada día y nos invaden con libros plagados de experimentación, convencidos de que ser innovadores, pero desconociendo que nada nuevo hay bajo el sol y que, antes, hombres como Ramón Gómez de la Serna ya habían intentado lo mismo y con mucha mayor fortuna.

Es importante tener a mano el bagaje cultural, sin decir con esto que se debe perder el estilo propio. Por el contrario, el pasado sirve para enriquecerse, para mejorar.

Ramón fue un erudito, podía escribir sobre Moratín con la misma suficiencia que sobre Marinetti o la luna, convirtiéndose en una pastilla de Alka – Seltzer al caer en el mar. Era capaz de innovar sin atrancarse en el tonto desprecio para con sus ancestros: mataba al padre para luego revivirlo a punta de carcajadas

Gómez de la Serna fue un genio incongruente, un personaje de una sus novelas, un prestidigitador que usaba la máscara de la superficialidad para regalarnos ese truco de espejos llamado literatura.