BIOGRAFÍA APÓCRIFA: LA RARA BESTIA QUE COMPRA LIBROS

libro-animales-4
Ilustración de “El libro de los animales”, parte de la colección “Cuenta Cuentos” de Salvat.

Usualmente, el vendedor (si no es un librero por convicción) cree que una persona que compra libros es igual a la que adquiere medias o salchichas, pero no es cierto: el bibliófilo es una bestia veleidosa.

Es erróneo pensar que el comprador de libros trata de adquirir un título o un autor específico, pues, al entrar en la librería, con frecuencia no tiene claro qué es lo que quiere. Sabe que desea un libro, pero no cuál, de modo que curiosea entre los estantes pellizcando por aquí y por allá hasta que una frase o una palabra llaman su atención.

Entonces, se detiene, hojea, huele, disfruta del ejemplar que tiene entre sus manos porque para el bibliófilo no solo se trata de satisfacer una burda sed de conocimiento, sino de un placer como el vino o el amor.

¿Cómo describir a esta clase de comprador? No siempre es un erudito universitario. Sí, los hay por supuesto, pero un gran porcentaje de amantes de libros no ha terminado una carrera de tercero o cuarto nivel.

En realidad, es un personaje elusivo que se interesa más en el goce silencioso de aprender sin interferencias de terceros, por lo que usualmente deja inconclusa su carrera para abstraerse en lecturas interminables.

Es culto. A veces irónico y presumido. Generalmente, vive en las ciudades (a las que dice detestar, pese a que sin ellas no puede vivir). Su edad varía: los más jóvenes suelen estar entre los veinte años y los más viejos, pasan de los setenta. Su pasión es genética, la heredaron de padres, abuelos o tíos con monstruosas bibliotecas. Llueva o truene, nunca les falta un libro bajo el brazo o dentro de la mochila y casi siempre se los puede ver leyendo en buses, cafeterías e incluso váteres.

El comprador de libros es un lector desde luego, pero también es un coleccionista. Ama leer, aunque también es un fanático del objeto libro. Necesita tanto el contenido como el continente.

A diferencia de otras clases de compradores, el que adquiere libros se siente atraído por los más antiguos y extravagantes, por eso es que rara vez acude a una librería con una idea clara de lo que se llevará.

No le gusta que le hagan recomendaciones porque, como es un aventurero que jamás se sometería a una aventura, sabe que el buceo dentro de los estantes es el único deporte extremo que practicará. Además, tiene la certeza de que lo que se promociona con ahínco es oropel y lo que se esconde es diamante.

La búsqueda de libros es una forma de sinestesia. Siempre alguno trae a la memoria la voz de Fulano o el perfume de Zutana. Por eso, cuando el bibliófilo toca una pasta de cuero piensa en la abuela y cuando ve una edición de Moby Dick, en el padre… Pese a su carácter en apariencia burlón, es sensible, las letras lo han vuelto así.

En definitiva, se compran libros por necesidad de saber, pero también por pasión, por saudade, porque algunas ilustraciones son maravillosas o por la rareza de ciertos ejemplares… No hay un solo motivo, la bestia que compra libros es irracional, pues está dispuesta a gastarse todo el sueldo en una librería aunque aquello signifique penuria.

Para comprar, lo más corriente es meterse en decenas de librerías para terminar volviendo a la de siempre, a la de aquel librero en el que se confía a ojo cerrado.

Este, como cazador ante la fiera, sabe que es inútil recomendar, así que recurre a la charla y entre chiste y chiste desliza comentarios sobre algún autor que cree podría interesarle a su víctima.

Ella a veces cae y otras sonríe indeciso, mientras pasa sus ojos por los estantes a la espera de hallar algo curioso. Casi siempre lo consigue y regresa a casa con un libro, que a veces se resiste a esperar para ser leído, seduciéndolo sobre la mesa de una cafetería o sobre la sucia banca de una estación de buses.

Al llegar a casa, tarde y desconcertado, alguien, una esposa o un hijo, miran al comprador de libros con suspicacia porque saben que aunque intente ocultarlo aquel libro que carga no es “uno de los viejos”, sino el culpable de otra quincena sin carne.

Contrabandista de órganos

trasplante_de_corazon

Siempre he imaginado que la frase “¡te entrego mi corazón!” se refiere a esto.

La costumbre era regalar corazones de chocolate hasta que estalló la plaga que aniquiló todos los cultivos de cacao. Desde entonces los amantes optaron por arrancarse su propio corazón – verdadera prueba de amor – para obsequiarlo durante el día de San Valentín.

El único problema fue que, con el transcurso de los meses y el declive del amor entre las parejas, el corazón se pudría.

Al principio, a nadie parecía importarle pero, poco a poco, la gente capaz de donar escaseó, creándose una necesidad que la ciencia y el Estado eran incapaces de suplir.

Las bandas criminales se dedicaron, entonces , a secuestrar personas para arrancarles el órgano y venderlo en el mercado negro a los adictos del placer efímero. Yo fui uno de los que sucumbió a este negocio.

Cuando vendí el corazón de mi mujer a nadie pareció importarle. Sin embargo, a medida que crecía la demanda, mis colegas y yo notamos que era imperativo conseguir más donantes, toda vez que no alcanzaba solo con los miembros de nuestras familias.

Capturamos las pocas colegialas con corazón que quedaban y, al terminarse, optamos por secuestrar bebés. Al poco tiempo, se acabaron las existencias dentro del país y seguir el negocio en otro era imposible porque las bandas locales cuidaban violentamente sus territorios.

Todo se agravó el día en que los científicos declararon que, en un giro lamarckiano, la nueva generación de humanos nacería sin corazón.

Aquel evento nos obligó a cambiar las perspectivas de nuestra empresa. Hoy, somos perfectamente legales y estamos clonando gente para arrancarle ese músculo. No es grave: se toma lo útil y se desecha lo demás.

Mientras escribo estas líneas aguardo a que uno de mis colegas me extraiga una muestra de ADN para producir una nueva camada de donantes.

En realidad me siento muy feliz: a fin de cuentas, ahora millones de personas poseen mi corazón.

La Historia a través de los ojos de Asimov

Texto originalmente publicado en el sitio Ciencia Ficción en Ecuador de Iván Rodrigo Mendizábal el 11 de enero de 2016.

Disponible también en La Casa Ártica.

∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞∞

No descubrí a Isaac Asimov gracias a la Ciencia Ficción. De hecho, el primer libro suyo que toqué fue una historia de Grecia antigua, The Greeks: A Great Adventure, que mi padre y yo devoramos en un fin de semana.

Russian-born American author Isaac Asimov is seen in 1974. (AP Photo)

Cuando te dicen que no vas a dejar de ser virgen porque te gusta la Ciencia Ficción. 😦

Pese a que muchos desconocen esta faceta, lo cierto es que leer un libro de Historia escrito por Asimov es un regalo que todos deberíamos hacernos al menos una vez en la vida. Los exquisitos dirán que se trata de libros incompletos o demasiado simples, pero precisamente la sencillez es su mayor cualidad.

Comúnmente conocida como “Historia universal Asimov”, consta de catorce volúmenes ilustrados con mapas y líneas cronológicas. Está escrita en un lenguaje sencillo y resume los acontecimientos políticos y militares más importantes de diversos periodos, desde el surgimiento de la civilización en Mesopotamia y Egipto hasta los Estados Unidos de la Primera Guerra Mundial.

Como un buen maestro, Asimov describe las conquistas de Julio César como si se tratara de una novela de aventuras. El lector jamás siente el paso de las páginas, pues su lenguaje es tan agradable como atrapante y la misma cualidad de sus cuentos se refleja en la Historia, es decir, uno se deja llevar tranquilamente por cada tomo, al tiempo que es impulsado a investigar más.

Cuando terminé con esta colección, leí otras obras de Asimov. Vinieron entonces sus relatos de robots y de civilizaciones extraordinarias, pero este fue un placer al que solo llegué a través de sus libros menos conocidos.

Su obra de ficción es maravillosa, sin embargo, hay algo mucho más importante: su fe en el progreso intelectual del ser humano.

Asimov comprendió pronto que los especialistas transformaban –en realidad, aún hoy lo hacen– a las ciencias exactas y sociales en misterios descifrables únicamente para una casta de iniciados, a la que cualquier individuo común y corriente no debe acceder.

Alianza Editorial y sus aciertos (sin sarcasmo, ¡de verdad, en serio, sí, verídico!).

Alianza Editorial y sus aciertos (sin sarcasmo, ¡de verdad, en serio, sí, verídico!).

Su intelecto superior comprendió que aquello era un despropósito e hizo todo lo que estuvo a su alcance para, desde una revista o desde sus libros, combatir la ignorancia. Comprendía que nadie, ni él mismo, llegaría a “saber todo”, pero el objetivo de su cruzada era desconocer menos.

Escribió sobre Historia con la misma pasión que puso en la Física o la Química. Era un adelantado a su tiempo y como tal, sabía que entender el pasado es una obligación de aquellos que aspiran a un mejor futuro y que las naves espaciales del siglo veintiuno son el resultado de la primera chispa de fuego que un grupo de homínidos encendió hace cientos de miles de años en un lugar ya olvidado.

Asimov era un escritor de Ciencia Ficción sin duda, pero sobre todo era un cerebro universal y acaso, él mismo, un personaje de ficción especulativa, toda vez que, viviendo en un mundo obsesionado con la especialización, donde los matemáticos se rehúsan a leer a Shakespeare y los sociólogos a Gödel; se adelantó a su tiempo y abrazó todos los campos que pudo con humildad y no con el fin egocéntrico de solo él saber más, sino con el grande, el altruista: ser el catalizador para que los otros, sus congéneres, crezcan espiritualmente y lleguen a las estrellas.

FINDING SARA

Cuenca desde las nubes...

Cuenca desde las nubes…

Sonaba un vallenato cuando la esfinge rubia de ojos azules se acercó y le preguntó a Uvedoble, uno de mis amigos, por el paradero de Sara. Todos nos miramos consternados, sintiendo que la identidad y el destino de aquella mujer era la base sobre la que se asentaba el equilibrio cósmico.

Al descubrir nuestro desconcierto, la esfinge bermeja se marchó, perdiéndose entre la marea humana que inundaba cada rincón del bar Zoociedad, mientras los tres nos dedicábamos a buscar a Sara, tratando de descubrir en las facciones de las mujeres que bailaban a nuestro alrededor algo que indicara que podía tratarse de ella.

Desde esa noche, llena de ritmos afroestadounidenses, sajones y caribeños, nuestra estadía en Cuenca no volvió a ser pacífica. La obsesión por la identidad de Sara no nos dejaba dormir ni comer con tranquilidad. En cada bar, restaurante y cafetería preguntamos por ella.

Uvedoble estaba especialmente preocupado, acaso porque fue el primero en escuchar el enigma de boca de la esfinge.

Vagábamos perseguidos por la sombra de aquella mujer. Las calles de la ciudad sonreían burlonamente, mirándonos caminar solitarios en medio de una multitud de cuerpos ávidos de alcohol y placer.

Sara era la respuesta. Sara era la pregunta.

Hasta aquí nos trajo la Zoociedad...

Hasta aquí nos trajo la Zoociedad

La noche estaba acabándose sin que apareciera la solución del enigma. Uvedoble insistía en buscarla entre las gringas, en las puertas de una iglesia, sobre un banco del parque Calderón o en la calle, tras la cortina de humo producida por algún vendedor ambulante de carne asada.

Dos días después, regresamos al bar donde todo empezó. Igual que la primera noche, estaba atestado, la cerveza animaba a los rumberos que se movían indistintamente al ritmo de quebraditas, cumbias argentinas o hip hop.

Zoociedad es un bar de Cuenca en el que es más fácil encontrar patagones o tuaregs que cuencanos.

Con los ojos inflamados por el humo del tabaco – intenso, pese a que se fuma fuera, a orillas del Tomebamba –, mirábamos a un lado y a otro sin descubrir a una persona que tuviera pinta de Sara.

El Puente Roto de Cuenca.

El Puente Roto de Cuenca.

Iba al baño, abriéndome paso entre la multitud, cuando un africano con turbante me dijo indignado que no debía cruzarme con él. Lo encaré CASI sin contratiempos. Una prueba más antes de hallar a Sara, pensé.

Asimismo, Uvedoble y Langosta, otro amigo, enfrentaron sus propios obstáculos: una mujer coqueta a la que, durante las tres noches, se referían indistintamente usando tanto el pronombre masculino como el femenino; una interminable cola para entrar al baño y un pésimo flujo de caja, horror del dipsómano.

De repente, atravesando una cortina de humo, aparecieron la esfinge rubia y un grupo de extranjeras. Langosta salió del sopor y exclamó: “¡Sara!”, dirigiendose a la multitud de féminas como si estuviera pescando con dinamita.

Uvedoble, quien los dos días anteriores no conoció el miedo, en esta ocasión se acobardó ante lo desconocido, pero Langosta no estaba dispuesto a irse sin respuestas. Una de las gringas se volteó…Luego otra, otra, otra, otra y otra más…

Sentí miedo. Habíamos encontrado una legión de Saras – o acaso ninguna.

Tal vez debimos huir, pero el viento helado que soplaba desde el río congeló nuestra voluntad. La esfinge y las Saras, sin embargo, simplemente nos ignoraron, dedicándose a bailar salsa.

La noche se esfumó y con ella, Sara, la esfinge rubia, el africano del turbante, la mujer de los pronombres masculino y femenino, así como toda la fauna – incluidos nosotros – que solo aparece en la noche, durante los patrios, sagrados o profanos feriados.

Ser puta es grave

Preparándose para la sabatina...

Preparándose para la sabatina…

Ser puta es grave, pero ser cliente es peor. ¿Qué derecho hay de buscar placer? El Estado, con el Ministerio de Educación a la cabeza, nos explicó desde la escuela que los cuerpos que se entregan al deseo son primitivos.

Encontrar prostitutas es más difícil que conseguir platino, sin embargo, durante una noche de borrachera, uno de mis amigos del colegio me dijo mientras ingería su décima botella de cerveza: ¡vamos de putas!

No es miedo lo que tuve. O sí… no sé. En cualquier caso, no fuimos.

Sin embargo, las semanas siguientes solo pensé en sexo y prostitutas. En la cama me daba vueltas como un endemoniado, preguntándome cómo se sentía el cuerpo de una mujer. Había conversado con ellas y en la escuela los maestros me explicaron cuáles eran las diferencias entre un niño y una niña, pero en la práctica, yo, igual que cientos de miles de hombres, no vi jamás una muchacha desnuda y, peor, la toqué.

Al borde de la desesperación, telefoneé a mi amigo. Al principio, dijo que no me entendía, que él jamás estuvo con una prostituta ni con mujer alguna, que es un pecado contra la patria, contra Dios y no sé qué más.

No permití que siguiera echándome cuentos. Le hice ver que no era un mocoso y que deseaba estar con una mujer, no mañana, no pasado, ¡ya!

“¿Siquiera sabes lo que es un liguero?”

Llegó a mi casa con un “six pack” de cervezas para darse ánimo. No era tan experimentado como pretendía, supongo.

Durante el camino no cruzamos palabra. El viaje en taxi duró una hora y llegamos, algo borrachos, a un galpón enorme en medio de la nada. Tuve la impresión de que alguien acechaba en la oscuridad – no se veía nada, los únicas luces eran las de los carros que pasaban por la carretera de vez en cuando –, pero estaba demasiado bebido como para que me importara.

Mi amigo golpeó en una pequeña puerta lateral hasta que una voz, desde dentro, hizo cierta pregunta que no pude comprender. “El virgen”, fue la respuesta.

Casi vomito por las carcajadas.

Al poco, un hombre alto y con aliento repulsivo abrió. “Solo están la Camila, la Sandy y la Lucero”. Pagué por la última, su nombre me pareció bonito.

El galpón oscuro y el tufo a cigarrillo, sudor y trago me provocaron un nuevo acceso de náuseas. Mi amigo se sentó, explicándome que la Lucero se iba a demorar un poco, el cuidador le había dicho que estaba con un burócrata, “de esos que hacen las leyes contra las putas”.

Le pregunté qué era un liguero, temiendo que pudiese arruinar el encuentro si no lo averiguaba, pero él no pudo contestarme porque una mujer, que había salido de entre la nube de humo de cigarrillo, me tomó de la mano y me arrastró hacia una puerta, tras del escenario donde otras putas – la Camila y la Sandy – bailaban quitándose sus bikinis.

Al entrar al cuarto, tuve miedo. No del sexo, no de la mujer, solo del liguero. ¿Podía enfermarme por su culpa? ¿O ir a la cárcel? Le pedí a Lucero que me explicase.

Risas.

El amor sin amor...

El amor sin amor…

Terminé de bruces en la cama, con el cuarto convertido en un carrusel. El edredón de la cama estaba húmedo, creo que por el sudor del fulano que había entrado primero.

Más náusea.

Lucero – por fin pude verla: era horrible, tan horrible que resultaba hermosa – empezó a quitarse la blusa – estaba disfrazada de enfermera –, mientras yo pensaba con desesperación en el liguero.

“¿El liguero te liga a alguien? ¿A Lucero, a las putas?”

Una sirena sonó de repente y luego un par de balazos. Un breve silencio y, al final, golpes, gritos, maldiciones.

“¡Puta madre!”, dijo la puta y yo volví a preguntar sobre el liguero. Lucero me abofeteó por pendejo y en seguida entraron los policías.

La chilena

La chilena...

La chilena…

Amaba tanto a la chilena que llegué a odiarla.

Todos la querían. Una noche la encontré conversando con el cargador del mercado en la puerta de mi casa; a la mañana siguiente, con el vecino; y en la tarde, con su confesor. Los mocosos del barrio me llamaban “chivito”.

Empecé a viajar frecuentemente, no por mi profesión – soy médico  –, sino para evitar cruzarme con ella, olerla, sentir su aroma a sexo, a traición. Quise irme o cometer suicidio, pero el deseo de volver a tocar a la chilena hacía que me arrastrara para lamer sus pies. Después: la vergüenza.

Finalmente, una noche, llegué a casa algunas horas antes de lo previsto. Estaba oscuro. Sigiloso y convencido de que el silencio se interrumpía con gemidos de placer, subí a mi habitación; al abrir la puerta, vi a la chilena que, sudorosa y jadeante, se había entregado a su cura confesor.

En la cómoda había una tijera…

Luego, mis recuerdos son borrosos, solo tengo claro que mucha sangre se escurría por mis manos, mientras un viejo – vagamente conocido – gritaba: “¡hijita, hijita, aquí no hay ningún doctor! Te suplico: ¡deja las tijeras!”