Alejandro Sawa, el negro de Rubén Darío

Al señor don Rubén Darío,

¿Me impulsas a la violencia? Pues sea. Yo no soy el amigo herido por la desgracia que pide ayuda al que consideraba como un gran amigo suyo: soy un acreedor que presenta la cuenta de su trabajo.

Desde el mes de abril hasta el mes de agosto de 1905, yo he escrito por encargo tuyo hasta ocho cartas (de las cuales conservo en mi poder seis) que han aparecido con tu firma en el periódico de Buenos Aires ‘La Nación’…

Es el año 1908. En Madrid el aire está enrarecido por la derrota ante Estados Unidos, ya no hay colonias ni reino donde nunca se pone el sol. El pueblo, tambaleante entre decepción e indolencia, corre de arriba abajo a través de las calles empedradas evitando mirar los diarios donde quejas y agresiones son las notas musicales de un réquiem por el Imperio español.

Alejandro Sawa. Fotografía tomada de “El Imparcial“.

Entre ese tumulto camina un ciego. Sus cabellos están revueltos y la barba hirsuta. En sus pupilas lo único que brilla es la ausencia, mientras que en su levita asoman tímidamente los desgarrones. Traje y dueño resisten a la derrota con heroísmo.

Este “clochard español ha estado en París por años, pero oscuridad es lo único que ha importado desde la Ciudad de la Luz. Su nombre es Alejandro Sawa y su oficio es el de escritor.

Acaso llamarlo así resulte una afrenta para este personaje porque ni aquel sustantivo ni la influencia de los amigos, entre los que se encuentran Valle Inclán y Manuel Machado, le han permitido publicar una obra que él cree lo consagrará.

Está consciente de que la escritura nada tiene que ver con la publicación, pues ni todo el que escribe bien publica ni todo el que publica escribe bien, mas, ahora aquel aserto es apenas un consuelo de tontos para un Alejandro Sawa que ha llegado al punto de alquilar su pluma a varios Rubén Daríos por no morir de hambre.

Mientras el vate nicaragüense compone versos, Sawa ha garabateado cientos de hojas con artículos destinados a periódicos de ambos lados del Atlántico que si bien le permiten sobrevivir, no le reportan nombre o alegría.

Sawa jamás protestó por el acuerdo, al fin y al cabo, los “negros”, extras de la literatura que igual a los del cine hacen las piruetas que los famosos rehúsan, son habituales y no escandalizan.

No siempre hay luces en la bohemia. Siga los pasos de Alejandro Sawa por Europa.

No obstante, en cuanto su libro “Iluminaciones en la sombra” quedó terminado, el artista que habitualmente trabajaba entre sombras, quiso mostrarse en su máximo esplendor.

Empero, al no hallar alguien dispuesto a ayudarlo, el autofinanciamiento se presentó como última alternativa.

Desesperado, aruñó la cerámica de las alcancías y desfondó los bolsillos de sus trajes. Su esposa, que fue también su secretaria y que hacía milagros para llenar los pucheros, no consiguió estirar tanto las pesetas como para que cubriesen una edición.

Entonces, Sawa, Ájax furioso, se dedicó a arremeter no solo en contra de los enemigos, sino también en contra de los amigos y estos, que a menudo huyen del fracaso igual que de la peste convencidos de que la mala suerte se contagia, se esfumaron.

Breve documental sobre Alejandro Sawa en el canal UNED. Vea la web completa en este enlace.

Alejandro Sawa muta entonces en acreedor. Es su derecho: a los amigos se les puede regalar cualquier cosa, incluso el trabajo, pero ahora él está aislado.

Rubén Darío niega las deudas. Sawa insiste en ellas. Aquel dice que es la locura lo que afecta a su antiguo compañero, este responde que el otro es un sinvergüenza.

El “negro” del poeta nicaragüense es minucioso en su pobreza y sabe que lo adeudado es suficiente para cubrir una edición de “Iluminaciones en la sombra”, su canto final de cisne.

No importa comer, solo publicar.

La muerte de Alejandro Sawa. Foto tomada de la web Luis Antonio de Villena.

Pese a los esfuerzos, Odiseo ganó a Ájax: Sawa, ciego y loco, murió en su casita de la Calle Conde Duque número siete, en Madrid. Su testamento literario no pudo ver luz entre las sombras. Valle Inclán, conmovido por la majestuosidad de la desgracia, le escribió a Rubén Darío al poco de ver el cadáver de Sawa:

He llorado delante del muerto por él, por mí y por todos los pobres poetas. Yo no puedo hacer nada, usted tampoco, pero si nos juntamos unos cuantos algo podríamos hacer. Alejandro deja un libro inédito. Lo mejor que ha escrito. Un diario de esperanzas y tribulaciones. El fracaso de todos los intentos para publicarlo y una carta donde le retiraban una colaboración de sesenta pesetas que tenía en ‘El Liberal’, le volvieron loco durante los últimos días. Una locura desesperada. Quería matarse. Tuvo el fin de un rey de tragedia: murió loco, ciego y furioso.

Lea un artículo de “La Vanguardia” sobre la calle Conde Duque y el portal de la casa donde vivió Alejandro Sawa.

EL OTRO BARRERA

UNO

Josés Barreras
A la izquierda, José Barrera, artesano. A la derecha, José Barrera, escribidor. Sobre el primero puede encontrar un video en Youtube como parte de la iniciativa #100HéroesEcuatorianos.

UNO

Soy José Barrera y la persona de la que se ocuparán las siguientes líneas, también.

Soy un escribidor y él un maestro artesano que trabaja con madera noble.

No somos parientes.

Hasta hace algunos meses, ninguno había oído hablar del otro, pero una casualidad (de esas que, según las inexactas ciencias exactas, no son tal) hizo que cierto día de febrero se me ocurriera visitar el barrio de San Marcos donde mantiene su taller.

La coincidencia es mayor: fui a ese barrio para buscar la casa donde mi padre, también José Barrera, vivió durante gran parte de su vida.

Encontré a José Barrera, el artesano, de sopetón y sin aviso previo.

Estaba caminando por la plaza de ese lugar que, en otro tiempo se conoció como la Loma Chica, mientras las incongruencias fulminaban mis ojos.

A la derecha, la casa que fue de Sebastián de Benalcázar y que, ahora, no tiene ni fantasmas. A la izquierda, la placita con una pileta que desborda palomas. En el centro, una iglesia en cuyo frontispicio cuelga un letrero, poético y colorado, con la leyenda: “¡SAN MARCOS SIN CACA!”

Me volteé y pude ver atrincherado en un pequeño local a cierto hombre de cabello gris y bigote frondoso. Detecté incluso el cristal de sus lentes brillando herido de muerte por la luz del opaco sol de las tardes supuestamente invernales de Quito y su concentración, idéntica a la de un neurocirujano frente a una masa encefálica.

Entré para curiosear y, naufragando entre cajitas, peines y piezas de ajedrez, todos hechos a mano, vi una tarjeta de presentación, de las que nadie usa ya, que anunciaba con letras negras a “JOSÉ BARRERA”.

Le pregunté si era ese su nombre y cuando lo hubo confirmado, le confesé cuál era el mío.

La escena no habrá igualado en dramatismo a la que protagonizaron Livingstone y Stanley en el Tanganica, pero me sentí en medio de un cuento de Borges en el que dobles del futuro enfrentan a los del pasado para recriminarse las torpezas.

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Iglesia de San Marcos con senda admonición en contra de los pecados escatológicos.

Desde entonces, varias veces lo he visitado. Su humor es de ébano. Se burla de alcaldes, políticos, viejos amigos, de mí, de él, de todo, pero esa ironía no esconde odio, solo añoranza por tiempos en los que la gente no pasaba por la vida con indiferencia.

― Antes, era un enemigo declarado de cualquier viejo que se atrevía a decir “todo tiempo pasado fue mejor”; ahora, soy uno de ellos.

Su discurso salta, como las piezas de ajedrez que fabrica, de un lugar a otro: le pregunto cómo empezó en el oficio y habla de la historia de los artesanos quiteños, digo que me gustan las cajas que diseña y me responde que le fastidia la programación de la radio los fines semana…

― En los años sesenta, las esposas de los carpinteros eran las que charolaban y el material utilizado para ello se hacía mezclando goma laca con alcohol metílico (no el que te tomas el viernes), pero esa sustancia manchaba los dedos, dándoles una tonalidad amarilla y fea.

Aquella cicatriz de guerra, lejos de avergonzarlas, era un motivo de orgullo. Las mujeres de los artesanos aseguraban que ese hecho es el que había inspirado a los europeos para inventar los pintauñas.

― A propósito, el charol se pasaba sobre la madera con una tela de algodón y, antes, la ropa interior era de ese material. Entonces, las mujeres de los artesanos iban a pedir a los vecinos, quienes eran igual de pobres que sus maridos, los calzoncillos y las camisetas para trabajar. Ahora, he mejorado el proceso: compro la tela (es cierto que Quito sigue siendo una ciudad de gente pobre, pero ya nadie usa interiores de algodón).

Su diálogo está cargado de humor, pero, como es propio del quiteño, esconde tristeza.

En el caso de José Barrera ese sentimiento se produce porque ha visto transformarse a Quito, su Quito, en una vieja raquítica capaz de engullir a cada uno de los habitantes para satisfacer su insaciable apetito de progreso. Seguramente, al final, esa voracidad la llevará a tragarse a sí misma como una culebra que se muerde la cola.

Su decepción también es por ese joven que acude a los barrios antiguos para aniquilar su tranquilidad con ideas únicas que ya se le habían ocurrido a uno, dos, tres, quince individuos parecidos a él.

― Quito es la ciudad del emprendimiento del vecino: si se te ocurre una idea, mañana aparecerá otro que querrá hacer lo mismo que vos una cuadra más abajo y luego otro y otro y otro…

Da una chupada a su cigarrillo y continúa:

― Es una ciudad anárquica, sin identidad, de fácil conquista: nuestros viejos eran idénticos unos de otros, unos Gardeles impecables que bailaban tango, más argentinos que el asado…

El celular de su compañera, Alejita, suena y nos hace saltar a los tres. Ambos tenían un almuerzo pactado, pero mi impertinencia les arruinó el plan.

De todas maneras, José Barrera es un Atila imperturbable. Fuma y habla como si fuese un lunes y no uno de esos domingos en los que ni Dios quiere trabajar:

― En mi generación, la llegada de los chilenos por la caída de Allende, transformó la ciudad: todos empezamos a uniformarnos “a la chilena”; cierto es que creció también la industria porque hasta entonces era casi nula en Quito, ciudad que lo único que producía era fieros burócratas, pero nos disfrazamos de chilenos y hasta los curas nos cambiaron el uniforme del colegio para estar a la moda del sur.

Cuando alguien entra en su taller y le dice “¡qué lindo esto!”, los mira con suspicacia porque sabe que a esa frase la seguirá el “ya regreso, voy a sacar dinero del banco”, equivalente a un “¡hasta nunca!”

― Tendría que operarme de las rodillas si los esperase parado…

Sin embargo, hay una luz que lo ilumina cuando empuña el cincel para trabajar la madera.

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Peine fabricado por José Barrera, artesano, que José Barrera, escribidor, nunca usará por su prematura alopecia.

― Esto, para mí, es un oficio de vida, pero, claro, se convirtió en aquello porque, al asumirlo, ya no tenía compromisos financieros fuertes como el estudio de mis hijos o sostener económicamente la casa. Al fin y al cabo, el artesano siempre es pobre, mal visto, la última rueda del coche.

De pronto, recuerda a Eugenio Espejo, quien definió al quiteño como un individuo “nacido en la oscuridad, educado en la desdicha y destinado a vivir en la pobreza”.

Siento que habla de sí mismo o de sus compañeros de armas…

― Quito es una ciudad de artesanos, pero nadie se acuerda de que sus manos fueron las que la construyeron. En una conferencia que tuve la oportunidad de dar, les dije que debían estar conscientes de todo lo que les deben, algo que es muy difícil considerando que siempre han visto los nombres de alcaldes, ingenieros, arquitectos y demás personalidades en las placas conmemorativas, jamás el suyo y el de otros hombres que hicieron posible aquello.

José Barrera es un personaje del Romanticismo. Pintaba para médico, pero un día se dio cuenta de que empuñar escalpelos no era lo suyo y los cambió por las herramientas del ebanista.

La madera lo llamaba.

La especialidad que escogió en sus años de estudiante de medicina fue la ginecoobstetricia y, pronto, fue a trabajar como ayudante de su maestro el doctor, Alfredo Jijón, en la Maternidad Isidro Ayora.

Él era el médico de las monjas de claustro y el único autorizado para visitarlas. Mientras lo esperaba, el futuro artesano se ponía a curiosear entre las reliquias guardadas en los conventos y museos. Esas piezas de madera habían sido trabajadas por las manos, casi siempre anónimas, de la gente de la Escuela Quiteña. El enamoramiento por su futuro oficio había empezado.

― Pero antes, hace sesenta años más o menos, fui a vivir en Cayambe, donde nació mi padre. En nuestro barrio, y probablemente en todo el pueblo, había un solo carpintero que se llamaba Elías Páez, el famoso “Elías Paiz”, quien vivía cerca de la casa. Yo solía jugar con los maderas y virutas que encontraba en su taller y, una vez, por pedido de mi abuela, él nos hizo un carro gigante, todo de madera. Probablemente aquello despertó mi interés por el oficio, pues me di cuenta de que la madera es un material tan noble que puedes crear cualquier cosa con ella.

La taracea, especialidad de José Barrera, es un arte en peligro de extinción. Conozca más sobre ella en este video de la Agencia EFE.

Ahora, el reconocimiento a su trabajo ha llegado. Las cajas de madera noble que crea viajan por lugares del mundo que no hubiera imaginado en otro tiempo.

Cierta mañana, varios años atrás, el alcalde apareció y quiso refundirlo en un cuartito en la calle de La Ronda junto con otros maestros de diversos oficios.

Le dijo que no. A él le interesa trabajar en paz y no ser un espectáculo.

― Hasta para ver a las fieras en los circos se tiene que pagar entrada – sonríe.

Su conocimiento sobre la ciudad también es uno de sus sellos. Cuando habla de Quito y de sus rincones desconocidos, embelesa.

― Pero a los extranjeros – aclara – no a los locales, porque la gente de aquí no conoce Quito y es imposible amar lo desconocido.

Le hago notar que Goethe escribió algo muy parecido y responde con un guiño de ojo:

― ¡Seguramente tu alemán me copió!

Apenas hubo terminado el colegio, José Barrera se fue a Colombia con un par de amigos. La Universidad Central había sido clausurada por Velasco Ibarra y no quedaba más que ir al vecino del norte para hablar del vecino del sur.

Sin embargo, allí, no supo qué decir.

Viajando entre Bogotá y Cartagena, se percató de que había caminado, durante años, por las calles de su ciudad sin conocerla, mientras que en Colombia los niños hablaban de las piedras y las paredes con una familiaridad increíble.

A su regreso, se propuso conocer Quito a fondo, visitando los rincones más bellos y los más terribles.

Fue a las chicherías de La Ronda donde los borrachos se bebían la vida en vasos llenos de naranjilla y canela fermentadas que, según los rumores, solían adobarse usando huesos humanos y magia negra.

En medio de esas correrías, cayó en San Marcos, el sitio adonde trasladó su taller.

Quince años atrás, había participado en la formación de un grupo de mujeres para convertirlas en microempresarias y dueñas de un restaurante (“salón” o “fonda”) de comida quiteña.

Él, para apoyarlas, iba a almorzar en el sitio y también a leer en la plaza. Entonces, encontró la ubicación perfecta para su taller.

― Me di cuenta de que San Marcos es el único barrio por el que no se pasa, hay que entrar, o sea, ir con la intención específica de visitarlo. Antes, al norte y al sur había quebradas, de modo que el barrio era una isla y, a pesar del paso del tiempo, sigue siendo así, lo que lo ha convertido en un sitio independiente del resto del centro histórico, uno en el que se mantiene la vecindad que ya no hay en otros lugares.

Cuando se le pregunta sobre las generaciones contemporáneas y su falta de identificación con Quito, sonríe.

― El quiteño siempre ha tenido un comportamiento barroco, pero, claro, vive entre montañas y quebradas, está encerrado en una suerte de fortaleza natural (alguna vez parece que la gente pensó en amurallar la ciudad, desistiendo al darse cuenta del sinsentido), entonces su actitud es la del trickster, un burlador divino empeñado en escapar de su encierro como esa Virgen del Panecillo que solo tiene alas para irse volando…

A medida que avanza la tarde, Alejita, su compañera, lo mira apremiante y me hace un gesto para que los deje marchar.

La admonición gestual no logró detener mi ímpetu y le suelto a quemarropa una última pregunta, permitida solamente a los malos periodistas:

― ¿Cómo te imaginas que estarás dentro de diez años?

 ― Diez años significaría que soy demasiado optimista… En cinco, espero mantenerme bien, seguir haciendo esto que es lo que me ha permitido, a los casi setenta años, estar sano. Creo que hay que morirse cuando uno quiera, no cuando Dios disponga y estoy preparándome para eso. Me encantaría que me entierren en El Tejar porque en ese cementerio, la primera tumba a la izquierda de la puerta principal es la de Eugenio Espejo y deseo estar a su lado para conversar con él en la otra vida y preguntarle cómo era ese Quito maravilloso que ya no existe y que no merece el destino que le tocó vivir.

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Fragmento de la carta de Gonzalo Arango a Ulises Estrella.

José Barrera enciende su cigarrillo veinte mil, mientras leo la leyenda que hay en un cuadrito colgado cerca de la puerta del taller, es un fragmento de cierta carta que el nadaísta Gonzalo Arango le escribió al tzánzico Ulises Estrella:

“Sigo creyendo en los hombres que se juegan la vida hasta los huesos por un pan ganado con la dignidad de su trabajo y con sabor a paraíso”.

Lea la entrevista de Edwin Madrid a Ulises Estrella en La Barra Espaciadora donde se menciona la carta de Gonzalo Arango.

Suele suceder…

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Ilustración de Ramón Gómez de la Serna. Fuente: El País Cultura.

Iba con la cabeza pegada al cristal de la ventana. Afuera, en las calles de la zona rosa, las notas de salsa se mezclaban con las de vallenatos y, juntas y revueltas, se empeñaban en abrir a patadas las puertas del taxi que a toda velocidad me conducía al hospitalAndrade Marín”.

Era la crisis veinte mil que sufría mi padre o, mejor dicho, la sombra de mi padre, pues de aquel hombre que se levantaba los domingos a leer periódicos y revistas no quedaba más que un despojo.

La muerte no tiene cara de futuro, sino de pasado: las escenas de la infancia acudían a su cama disfrazadas de monstruos legendarios y el miedo no era a lo desconocido, más bien, era a repetir eternamente pesadillas viejas.

El taxi frenó a raya y yo salí de la modorra medio desnudo, con la cara de asombro que pone todo individuo al que lo sacan del sueño a la fuerza. El conductor balbuceó una disculpa y yo un “no se preocupe”.

Vi entre sueños que nuestra carrera casi cobró dos víctimas: una pareja de borrachitos que cantaban a gritos.

Llegamos al hospital poco después. Un guardia sonámbulo me dijo que no podía pasar, que no eran horas de visita. Me enredé en una discusión en la que se habló de todo, incluso de la profesión de nuestras madres, pero nunca de agonías. Una cortesía que entonces no fui capaz de comprender.

Finalmente, conseguí que un médico de guardia (uno de esos universitarios que dormitan en las crisálidas de los hospitales públicos durante un año) me permitiese pasar.

Trotando fui hasta el área de medicina interna. Allí, cuarenta viejecitos se ahogaban entre gemidos y olor a orina. Algunos estaban acompañados por hijos o nietos con cara de fracaso. Ellos provocaban más pena que los enfermos, al fin y al cabo, eran personajes extraídos de una película distinta y que, a la fuerza y desenfocados, un director novato los había metido en aquella escena.

Pregunté por mi padre a una enfermera. Me miró como si no comprendiera, como si yo fuese una alucinación del cansancio.

“¡Ah, sí, sí!”, dijo suspirando después de escuchar cuatro veces el nombre del paciente y me señaló a otro médico en crisálida que jugaba con su celular en la estación de enfermeras.

Él contestó enseguida, su cerebro nadaba en café. Dijo que la crisis había pasado, que otro anciano despertó por los gritos de mi padre, que un moribundo del área de enfermedades infecto – contagiosas (contigua a la de medicina interna y solo separada de aquella por una puerta azulada), estaba agonizando y que otro llamaba a su hijo y que otro más se había lavado en orina sanguinolenta…

Lo dejé enumerando sus cuasi – muertos y entré en el cuarto de mi padre. Él miraba el techo con los ojos tan desmesuradamente abiertos que creí que iba a caer dentro. Le pregunté cómo estaba, pero no respondió.

Alrededor suyo había cinco camas. Sus habitantes eran un par de viejos tan silenciosos que parecían muertos, dos que agonizaban entre toses negras y un último, amarrado para que no intentase huir, que se la pasaba pidiendo libertad.

“¡Amiguito, amiguito, amiguito…!”, gritaba y uno sentía ganas de ahorcarle o de ahorcarse. “Aquí, van a matar a su ‘abuelito’… ¡a todos nos van a matar, amiguito!”

Una de las enfermeras entró y le dijo que no debía “hablar pendejadas”. Dirigiéndose a mí, mientras miraba el estado de los sueros y de las máquinas de oxígeno, explicó que ella y dos enfermeras estaban a cargo de cuarenta pacientes en el área de medicina interna y doce más en la de enfermedades infecto – contagiosas.

“¡Ni siquiera se ponen trajes especiales, amiguito, quieren matarnos!”

La enfermera dejó su sonrisa colgada entre las bolsas de suero y se fue a seguir su ronda, advirtiéndome que debía regresar a casa, pues nada podría hacer allí.

Pregunté a mi padre que si quería que me quedase, pero él siguió enamorado de las manchas marrones del techo.

Me fui a bordo de otro taxi que también sonaba a salsa.

“En los años mil seiscientos, tun, tun, tun…”

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Ilustración de Ramón Gómez de la Serna. Fuente: oocities.

Al llegar a casa, me desplomé sobre la cama y me puse a llenar el silencio con ruido televisivo. Mi cerebro no entendía nada y solo contemplaba, drogado, la sucesión de imágenes hasta que el teléfono sonó.

Salté como un resorte.

“¿Es mi papá?”, dije a quemarropa y la persona al otro lado de la línea solo preguntó si yo era el hijo de José Barrera. Me necesitaban en el hospital.

Fui con mis tías y mi hermana. La salsa y el vallenato seguían acuchillando la zona rosa (es necesario atravesarla para ir al “Andrade Marín”).

Llegamos y, esta vez, el guardia no discutió. Mi expresión era una verdad irrefutable.

Subí las gradas a toda velocidad. En el pasillo de medicina interna la enfermera dijo que no sabía nada, pero su expresión era la de alguien que sabe todo.

El residente en crisálida habló de un accidente, de una nueva crisis y de que un médico, ya no de crisálida, nos esperaba para explicar con detalle lo ocurrido.

En una sala morada por el frío nos sentamos y el doctor No Importa Cómo Se Llama disparó: “una de las enfermeras olvidó subir la reja de la cama y su padre (aterrado por fantasmas) quiso bajarse, tropezando con la sábana. Su cabeza se golpeó primero con la pared y luego con el velador”.

El médico sin crisálida repitió mil veces “accidente”, “suele suceder”, “error”… Ya no lo escuchaba, me había ahogado en el recuerdo de esos ojos desmesuradamente abiertos.

BiblioRecreo, un bus que promueve la lectura

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El bus del BiblioRecreo se encuentra en uno de los parqueaderos del Centro Comercial El Recreo.

 

BiblioRecreo es una biblioteca, sí, pero también es el punto de encuentro de escritores y artistas con la comunidad.

Se trata de un proyecto que ha cumplido, oficialmente, cuatro años y en el que el Estado, a través de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, y la empresa privada, liderada por el Centro Comercial El Recreo, se aliaron para el desarrollo cultural de Quito, en especial la zona sur.

Claudia Bugueño, actual encargada del proyecto, es una comunicadora social que ha ejercido de todo menos de comunicadora social (salvo por un breve desliz al inicio de su vida laboral). Librera y ahora biblotecaria, cree que su objetivo es fortalecer los lazos, convirtiéndose en una facilitadora que reduzca la separación entre los artistas y el público en general.

Conversamos con ella sobre bibliotecas, cultura y otros demonios maravillosos.

 

¿Qué es el BiblioRecreo? ¿Cómo se puede definir a este proyecto?

BiblioRecreo es el proyecto de responsabilidad social permanente del Centro Comercial El Recreo, cuyo principal objetivo es satisfacer la necesidad de ocio constructivo en el sur de Quito, es además un centro de difusión cultural que realiza actividades permanentes enfocadas en difundir la lectura, siendo un mediador entre el mundo artístico y cultural de la ciudad.

Su principal servicio es el préstamo de libros a casa, previo la inscripción.

Tu profesión es la de comunicadora, en BiblioRecreo te has transformado en bibliotecaria y en gestora cultural, ¿tu formación ha sido un aporte para tu trabajo actual o te ha tocado hacer un borrón y cuenta nueva por las exigencias actuales?

Afortunadamente mi formación es la de comunicadora social para el desarrollo, lo cual implicó que aprendiese metodología de planificación y evaluación de proyectos, aspectos que he podido aplicar en mi actual trabajo. Sin embargo, la formación de bibliotecaria ha debido ser en un inicio empírica. Ayudó mucho mi oficio de librera durante siete años, de aquella experiencia aprendí sobre el mundo del libro en aspectos como autores que no estaban en mi registro lector, editoriales, importaciones, manejo de inventario, elaboración de pedidos y formación de personal librero. Este último aspecto es el más demandante.

En cuanto a la formación como gestora cultural, apenas siento que estoy iniciando, es un oficio que requiere de constante preparación y creatividad, pero nada es nuevo, las actividades que he ido implementando en BiblioRecreo son producto de constantes lecturas e investigación de actividades culturales exitosas en otras bibliotecas; es un constante ir probando, ajustando, mediando, pero sobre todo muchas de las ideas vienen del contacto constante con lectores y con personas vinculadas con el medio cultural.

Otro de los buenos retos de este oficio, es la demanda profesional que ha significado para mí y mi equipo de trabajo: capacitarme para capacitar luego, demostrar que este oficio requiere de constante auto formación. Como no existe una carrera oficial de bibliotecología en la ciudad, salvo en provincias y no ofrecen la modalidad de estudios a distancia, la opción es prepararse con talleres, cursos, diplomados, etc.

¿Qué tan receptivo es el público de Quito a los eventos que promueve el BiblioRecreo? ¿Hay interés en la literatura y el mundo del libro?

En un inicio, hay interés por probar, involucrarse con el mundo de la lectura, especialmente en los jóvenes, impulsados por la novedad de leer las sagas best – seller o libros que han sido adaptados a películas o series. Luego, poco a poco, las motivaciones van cambiando y es nuestra misión bibliotecaria que así sea, proponiendo nuevas  lecturas, creando lazos amistosos y cordiales con los lectores, es de esta manera que los convencemos y los seducimos para participar de las actividades culturales que proponemos y que ellos, con su participación exigua o masiva, nos dejen saber sus preferencias, pero si no se les propone distintas actividades no puedes saber qué funciona y que no.

No es un paraíso, hay que ser muy recursivo y apostar a varios frentes para atraer a la gente hacia los eventos, especialmente cuando se invita a escritores locales, ya que la literatura ecuatoriana en general no produce mucho interés entre la gente. Solo si pudiésemos revivir a un Pablo Palacio, a un César Dávila o a un Medardo Ángel Silva, los lectores vendrían sin tanta logística de por medio.

Sin embargo, cuando logras que vengan (después de explicarles con discursos, apelando al compromiso con el BiblioRecreo, después de llamadas, mensajes, etc.), cuando al fin lo logramos, digo, se sientan frente a los autores y lo disfrutan.

 

 

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BiblioRecreo ahora tiene un área, fuera del bus y dentro del centro comercial, dedicada exclusivamente al público infantil. Claudia Bugueño lidera el proyecto.

 

Hay un prejuicio en Quito: “en el sur de la ciudad no hay lectores”. Desde tu perspectiva, ¿es verdad esa afirmación o, más bien, el problema es que esa idea ha impedido la apertura de espacios para que los posibles interesados visiten y se reúnan?

En el sur se lee y yo diría que mucho, no en vano BiblioRecreo tiene un promedio de prestaciones de 600 a 800 libros al mes. Este dato es importante, vamos a los 3400 usuarios.

Creo que esa idea falsa de que en el sur no se lee, se fue repitiendo como un estigma negativo y ha sido necesario que pasen casi cinco años de funcionamiento del BiblioRecreo para que una librería decidiese abrir sus puertas y vender sus libros en el mismo centro comercial, así como para que un proyecto particular que lleva el nombre de biblioteca, pero que en realidad funciona como librería, porque vende libros, se posicionase en otro centro comercial del sur.

 

¿Los artistas e intelectuales son accesibles y colaboran para atraer a la gente o, por el contrario, convierten a la literatura en una cosa hermética?

Son accesibles cuando los invitas. Debo decir que BiblioRecreo ha ido construyendo una imagen de posicionamiento en el mundo cultural e intelectual, lo reconocen y le tienen estima y los que no lo han conocido, tratamos de que lo hagan a través de una agradable experiencia como invitados especiales en nuestro espacio, los tratamos con respeto y consideración.

Somos conscientes de que nuestras mejores referencias las dan los mismos usuarios y los actores culturales que se han acercado como invitados especiales. Ellos son nuestros promotores.

En el BiblioRecreo, los escritores van a cautivar a sus futuros lectores, no tienen conocidos ni está a su alrededor el mundo literario e intelectual que siempre los sigue, simplemente se encuentran frente a sus potenciales lectores y punto. Por tanto, para ellos resulta un reto también.

Además, como la sala es pequeña, el contacto es más íntimo, no se puede rehuir la mirada ni los gestos.

¿Qué hace que el BiblioRecreo sea diferente de otras bibliotecas?

Desde su presentación es distinto. La biblioteca se encuentra instalada o montada sobre un bus Ford de los años 70 que pertenecía a la Casa de la Cultura y que fue entregado bajo la figura de Comodato al Centro Comercial El Recreo.

Luego, BiblioRecreo asumió el riesgo de prestar libros a casa sin mayores trabas, ni requisitos para inscribirse. Solo pedimos un valor simbólico de $3 para menores de 12 años y $5 para mayores de 12 años anual como inscripción y referencias telefónicas de familiares. Nada más.

Es una biblioteca dedicada al placer de la literatura, no funcionamos con textos escolares ni académicos y su presentación es a stand abierto. El lema es: “el libro debe estar cerca y accesible para los lectores – usuarios”.

BiblioRecreo funciona como un organismo vivo, es decir, los lectores pueden conversar, reír, intercambiar ideas con otros y siempre están pasando cosas nuevas: eventos, actividades, movimiento, cambios. Así deben operar las bibliotecas hoy por hoy.

 

Precisamente, ¿Quito es una ciudad con suficientes bibliotecas, responden a las necesidades de la gente o, de plano, la gente no las visita y, por lo mismo, el Estado no las ve como una necesidad?

Creo que no se han levantado estadísticas actualizadas del número de lectores y tampoco se sabe qué tipo de bibliotecas son las que requieren (temáticamente hablando). Frente a esta situación creo que no se podría determinar si son suficientes o no.

La red Metropolitana de Bibliotecas atiende a un público más académico, la biblioteca Eugenio Espejo, maneja títulos históricos y opera más como archivología que como biblioteca.

No tenemos una biblioteca nacional, creo que desde allí ya puedes tener un diagnóstico de que el movimiento bibliotecario ha sido replegado y que el acceso a la información y educación, ha sido escaso.

Quizás las personas no visitan mucho las bibliotecas porque ahora tienen acceso directo a información, lo importante es saber separar la que vale de la que no. Creo que si las bibliotecas cumplen con la función de ofrecer un espacio de acceso a información o entretenimiento, pero que además logren convertirse en un sitio de encuentro para que personas con similares intereses se puedan compartir sus experiencias, serán más visitadas y valoradas por la comunidad.

 

 

Bibliotecarias

Claudia Bugueño, Sonia Ortega y Helen Mora son tres de las bibliotecarias que dan vida al proyecto “BiblioRecreo”.

 

Cuando se visita el BiblioRecreo, es frecuente encontrar muchos jóvenes solicitando libros, ¿se cae con esto la frase “los chicos de ahora no leen”? ¿Cuál es el principal público del BiblioRecreo?

Nuestro grupo cautivo son los jóvenes de entre 13 y 18 años, quienes representan el 38% de nuestros usuarios frecuentes y, mes a mes, son el grupo del que más solicitudes recibimos. Luego viene el grupo joven adulto que está entre los 19 y 25 años y que corresponden al 32% de usuarios activos. Otra dato interesante es que siempre hay más mujeres registrándose en el BiblioRecreo.

 

BiblioRecreo no solo es una biblioteca, también es una suerte de centro cultural donde se organizan eventos relacionados con cine y literatura, ¿cómo recibe el público dichos eventos? ¿Cuáles son las principales dificultades que presenta esta doble función del BiblioRecreo?

Creo que la nueva concepción de bibliotecas va enfocada a ser un centro de mediación lectora y difusión cultural, es el nuevo esquema que una biblioteca debe manejar para difundir lectura y cultura.

Requiere de planificación llevar la tarea de manejar operativamente la biblioteca, es decir, llevar control de inventario, estar al tanto de las novedades literarias, atención personalizada a los usuarios y planificar trimestralmente una agenda adecuada para pulirla mes a mes.

Es importante que la biblioteca se difunda a través de redes sociales, interactuando con ese público también para difundir asertivamente y masivamente nuestro servicio y agenda cultural.

Puedes tener muchas ideas, pero lo importante es probar con los usuarios cuáles son las actividades que les gustan. El tiempo nos ha demostrado que lo que más aprecian son aquellas actividades que los involucran activamente como los clubes de libro, por ejemplo.

Los “CinEncuentros”, se han establecido con la finalidad de comparar el lenguaje literario con el cinematográfico y tener una visión amplia y completa de las artes, entendiendo que se alimentan entre ellas, cada una con sus propias características. Es una forma de impulsar la lectura y hacerla más atractiva.

 

En septiembre de 2015, los Estados miembros de las Naciones Unidas adoptaron la nueva Agenda 2030 para el desarrollo sostenible, entre los temas que incluye, se expone el concepto de las bibliotecas como motores del cambio, ¿en Ecuador se está poniendo en práctica esta iniciativa o ha quedado en papeles?

Desafortunadamente, estamos muy retrasados en comparación a otros países de la región como Colombia, Chile y, claro, Argentina.

No aparecemos en el mapa de levantamiento de información de las bibliotecas, lo que quiere decir que no estamos trabajando en red, tampoco existe un organismo de regulación bibliotecaria, no tenemos un dato concreto de cuántas bibliotecas operan en el país y a cuántos usuarios benefician.

Hay mucho por hacer todavía. Por fortuna, existe una comunidad bibliotecaria que, por pequeña que parezca, está interesada en mejorar sus espacios de trabajo, a través de la permanente formación.

 

¿Cómo puede promoverse el desarrollo sustentable desde las bibliotecas y cómo se articulan estas dentro de los planes nacionales de desarrollo, considerando que la cultura usualmente es el rubro más descuidado del presupuesto nacional?

Las bibliotecas deben convertirse en organismos vivos en los que la comunidad pueda encontrar tanto información, como entretenimiento y un vínculo para relacionarse con sus pares.

Por ejemplo: existe la idea de que las bibliotecas en Ecuador se conviertan en centros de capacitación para educar en la manera de afrontar las emergencias.

En BiblioRecreo, queremos además apoyar a nuestros usuarios, lectores y profesores, en la realización de talleres de comprensión lectora, creación literaria, que los motiven a seguir relacionados con la lectura.

Otro de los conceptos que las bibliotecas y, por ende, los bibliotecarios debemos tener claro es que si la comunidad no viene a ti, hay que salir en su búsqueda, tratando de fomentar redes de apoyo sostenible con educadores, directores o autoridades que representen al mundo educativo o que estén destinados a hacer políticas públicas para mejorar el nivel de educación y cultura en el país.

BiblioRecreo, en su momento, hizo una alianza estratégica con una institución pública, la Casa de la Cultura, y con la empresa privada, marcas comerciales reconocidas, para lograr sacar adelante al proyecto y entregárselo a la comunidad del sur de Quito. Eso es el verdadero desarrollo sostenible, hacer todas las alianzas posibles en torno a un bien común.

 

Finalmente, ¿piensas que el BiblioRecreo es la prueba de que empresa privada y comunidad pueden trabajar juntos para el desarrollo del arte y la cultura?

Absolutamente, para el Centro Comercial, el BiblioRecreo es su proyecto estrella, una forma de relacionarse con sus clientes de una manera constructiva y alternativa, cambiando la “alteridad” del sector, ese concepto del que nos hablan tanto en sociología y comunicación, pero que es absolutamente viable y concreto en este proyecto: un antiguo bus blanco en medio del ajetreo diario al que muchos se acercan por curiosidad y otros porque es su espacio especial.

BiblioRecreo es la manera que encontró el C.C. El Recreo para hacer “marketing social” o de amor, el mismo que consiste en promocionar una marca a partir de proyectos nobles, innovadores y útiles para la gente.

Sangre entre nosotros

Hoy me da la gana de escribir sobre el amor, pero sobre el que nace entre máquinas de escribir y cámaras de fotos: el de los artistas.

Igual que el nuestro – es decir, de la gente “común” – no está exento de dramas, aunque, por la chifladura de sus protagonistas, alcanzan proporciones trágicas.

De Borges, por ejemplo, se tiene una imagen antiséptica, como si se tratase de un anacoreta que, asqueado, huía del sexo y de cualquier pasión excepto la intelectual. Un absurdo.

En su cuento “El Aleph”, el narrador – o sea, Borges – inicia relatando su encuentro con el poeta Carlos Argentino Daneri, rival que le arrebató el amor de Beatriz Viterbo. Ella ya ha muerto, pero el odio y los celos entre ambos, no.

La historia deriva, poco a poco, hacia lo fantástico y esa Beatriz, que recuerda a la Dante, termina por convertirse en el camino hacia el “punto que contiene todos los puntos y todas las líneas del universo”.

Daneri y Beatriz tienen las características de dos personajes extraídos de una biografía de Borges.

Él tenía 27 años y estaba enamorado de una muchacha mucho menor, Norah Lange, pelirroja de ojos profundos y con ancestros sacados de las tundras del norte de Europa.

En aquel tiempo, Borges todavía era ultraísta y, sobre todo, un obseso del mundo gaucho, las literaturas nacionales y otras monstruosidades, se emborrachaba y hay quienes dicen que hasta bailaba tangos. Pero era tímido hasta la médula.

Él y la muchacha – quien ya había publicado un libro, por supuesto, con prólogo de Borges – paseaban por las calles del Buenos Aires de los años veinte, hablando de poesía, vanguardias, de todo, menos de amor.

La tragedia se produjo una noche de verano, es decir, en noviembre como sucede en las antípodas. El escenario fue la Sociedad Rural Argentina, nombre apropiado para un anticlímax más que para un melodrama.

A Borges se le había ocurrido llevar a Norah al banquete organizado allí en honor de Ricardo Güiraldes y su “Don Segundo Sombra”. Entre los invitados estaba el Daneri de este cuento: Oliverio Girondo.

La Fortuna, diosa miserable, quiso que la pelirroja se sentase al lado de este y no del otro poeta. En medio de la cena, la muchacha golpeó involuntariamente una botella de vino tinto que pertenecía a Girondo y la hizo añicos.

― ¡Parece que va a correr sangre entre nosotros! – le dijo él con “voz de caoba”, mientras el vino se desparramaba.

La sangre fluyó de un Borges hecho añicos para el amor, pero que nació para la Literatura. Sus textos cambiaron el romance trasnochado por el color del misticismo, las matemáticas y la fantasía.

La pareja Lange – Girondo no se separó desde esa noche.

 

Rebeca Yanez

Rebeca Yánez Echaurren. Foto tomade de “El Mercurio”.

Chile, década de los 50. Curzio Malaparte, autor italiano al que debemos “Kaputt” y “La piel”, crónicas noveladas de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, llegó al país invitado por el gobierno para un agasajo junto a Neruda y Camilo José Cela.

Todo el mundillo intelectual y aristocrático se disputaba a ese encantador europeo que tenía respuestas ingeniosas en francés para cualquier pregunta que le hicieran. Las mujeres, sin importar la edad, se rendían ante sus palabras y su elegancia.

Una de las paradas de Malaparte durante esa gira fue la librería El Pacífico, entre cuyos estantes vagaba una dama de poco más de 30 años, rubísima y tan menuda como hermosa: Rebeca Yánez Echaurren.

Su familia era de prosapia – el escritor José Donoso se contaba entre sus primos – y ella se complacía en burlarse de su condición y de los “qué dirán” que venían con ese paquete.

El escándalo no era una de sus preocupaciones y cuando Curzio Malaparte apareció, no tuvo reparos en irse con él a Italia, abandonando aun a sus hijos.

Rebequita Yánez se había esfumado. La familia estaba desconcertada. No hubo cartas ni señales de vida por meses.

Es poco lo que se sabe de ese tiempo, salvo que el italiano era tan terrible con su verbo como con sus pasiones. Para él, el amor era una conquista; la amante, una propiedad.

Rebeca Yánez huyó – algunos dicen que lo hizo fugándose en bicicleta después de robarle un par de botas al mayordomo –, aunque decidió quedarse en Italia para aprender fotografía con Carlo Cisventi, fotoperiodista del neorrealismo.

“Rebechita”, como la llamaba Malaparte, se convirtió, pese y gracias a él – de forma involuntaria, desde luego – en la primera fotoperiodista chilena. Durante su carrera, capturó con su cámara a celebridades como Sofía Loren, Brigitte Bardot y Lucía Bosé.

En el libro “Los círculos morados”, Jorge Edwards recuerda el incidente de Rebeca Yánez y Curzio con estas palabras: “(a ella) la literatura, en buenas cuentas, le gustaba mucho, y eso no excluía, ni tenía por qué excluir, el gusto por los escritores”. Declaración de alguna manera emparentada con la analogía de Girondo entre el vino y la sangre de los enamorados, al fin y al cabo, el amor, sea entre poetas o simples mortales, está entre la admiración y la muerte.

El material de los sueños

UNO

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NORAD Santa Tracker. Imagen tomada de Express.co.uk.

30 de noviembre de 1955. En la base del Mando Norteamericano de Defensa Aeroespacial (NORAD) en Colorado, Estados Unidos, el teléfono suena con tal insistencia que parece estar reventándose.

— Buenas noches, señor, ¿podría decirme dónde está Papá Noel?

El coronel Harry Shoup, furioso, tira el teléfono después de incinerar con amenazas al niño que había llamado.

Los oficiales disimulan sus sonrisas. Alguien se atreve a decir que debió tratarse de una broma infantil, pero, al poco, empiezan a sucederse las llamadas y la pregunta que se escucha siempre es: “¿dónde está Papá Noel?”

El coronel comprendió que la seguridad de los Estados Unidos estaba en juego. ¿Y si los soviéticos eran los responsables de la broma? Se sabe que Santa Claus viste de rojo…

Mientras Shoup barajaba varias soluciones, uno de los oficiales bajo su mando lo interrumpió, había encontrado la razón de las llamadas en un anuncio que publicó cierta revista local: Sears, la tienda de  variedades, ofrecía dar a los niños, en tiempo real, la ubicación de Papá Noel a través de su hotline. El número estaba errado y coincidía con el de NORAD.

El militar que había resuelto el misterio, consiguió una imagen de Santa Claus y, al día siguiente, la colocó sobre el tablero donde marcaban las posiciones de objetos voladores no identificados. Shoup iba a estallar de indignación, pero comprendió que podía transformar esa broma en una oportunidad publicitaria.

Por orden suya, el coronel Barney Oldfield convocó a una pequeña rueda de prensa e informó que desde ese año el Mando Norteamericano de Defensa se encargaría de cuidar a Papá Noel durante su viaje para que regresase sano y salvo al Polo Norte después de haber entregado los regalos a todos los niños del mundo.

Ese y los años siguientes, NORAD empezó a recibir cartas y llamadas preguntando por la ubicación del trineo, los renos y el rojo Santa Claus. Los oficiales contestaban al instante: Delaware, Georgia, Tennessee, Nueva York…

Con la irrupción del internet, los computadores y las tablets, las llamadas telefónicas fueron reemplazadas por tuits o publicaciones en Facebook. NORAD tuvo que actualizarse, creando sitios web, perfiles de redes sociales y hasta aplicaciones para descargar en las tiendas de Mac y Google.

Ahora, pocos llaman a NORAD. Desde el primer día de diciembre, los niños del mundo activan el localizador de su teléfono móvil y, luego de posar su dedo sobre un icono donde se ve la casita de Santa Claus cubierta de nieve, escuchan la voz de él mismo diciéndoles: “¡estoy en Madrid, jo, jo, jo!”

 

DOS

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Casa y estatua de Julieta. Foto tomada de ABC de España.

Verona, Via Capello, número 23, año 1936. Antonio Avena, historiador y arquitecto nacido en la ciudad, mira la fachada de una mansión del siglo doce, en cuyo arco de entrada está esculpido un escudo de armas en el que puede leerse “Cappello”. A este apellido se lo ha identificado con Capuleto o, mejor dicho, Cappelletti, nombre de la familia que protagoniza la tragedia de Shakespeare, Romeo y Julieta.

El edificio se encuentra en estado calamitoso. Lo único del siglo doce que queda en pie es el arco de la entrada, el resto de paredes son parches de los siglos catorce, quince, diecisiete y diecinueve.

Aquellas piedras sucias han visto cómo el palacete aristocrático se travistió primero en hospicio y luego en posada de mala muerte.

Antonio Avena planea restaurar esta y otras construcciones antiguas, quiere proteger las tradiciones de la ciudad. Son años de fascismo y la historia es un fetiche que convierte a esos políticos en productivos: la municipalidad aprueba el plan de rescate.

El arquitecto – historiador trabaja durante cuatro años en la reconstrucción de “la casa de Julieta”. Coloca varios balcones de estilo gótico y dice que en uno de ellos la heroína escuchaba las palabras de amor de su Romeo.

Todos saben que aquello es mentira y, sin embargo, no lo ponen en duda.

 

Año 2016. La Vía Capello es turística. Frente a la casa de Julieta hay una óptica y a su lado una tienda de Emporio Armani. Los extranjeros se pasean entre los veroneses cargados de compras o comiendo alguna golosina.

Por allí, un sujeto, que carga bajo el brazo un drama de Shakespeare, comenta en inglés que Dante también mencionó a los Capelletti en su Divina comedia. Cerca, dos enamorados hablan en ese idioma que solo los amantes pueden comprender. El experto en literatura parece despreciarlos.

La casa de Julieta ahora cobra la entrada y se ha transformado en una Disneylandia para los enamorados que buscan inspiración en los versos de Shakespeare.

No hay señales de su pasado turbio, ya no huele a orines y los ebrios han sido reemplazados por extranjeros que, entre otras cosas, pagan para que un cura bendiga su matrimonio encaramados sobre el balcón de la más joven de los Capuleto.

En el patio, un turista japonés, nerviosísimo, toca el seno derecho de la esposa de Romeo. Frente a él, un grupo de muchachas estadounidenses se sacan decenas de fotografías con sus teléfonos inteligentes, impidiendo que el amigo del asiático consiga capturarlo dentro de su Samsung Galaxy con el ángulo preciso. Esa Julieta, sin embargo, no es de carne y hueso, sino de metal y vive sobre un podio y no dentro de la mansión.

El japonés finalmente suelta a su presa y enseguida se abalanzan sobre ella una pareja de daneses. Detrás, aguardan al menos una treintena de turistas de diversas nacionalidades, atraídos por la leyenda de que aquella teta les garantizará el amor eterno y un pronto regreso a Verona.

No lejos, un tal Klaus escribe afanosamente una carta de amor. El papel que usa es celeste y está perfumado. El mensaje va dirigido a su Julieta (que en realidad se llama Elsa y que seguramente nunca lo leerá). Al terminar, lo coloca junto a otros cientos que los turistas han dejado desde el catorce de febrero pegados en las paredes que se hallan en la entrada de la mansión.

La municipalidad retirará aquellas cartas el 17 de septiembre, supuesto día del cumpleaños de Julieta, para dejar espacio a una nueva colección que, a su vez, será retirada el Día de San Valentín del año siguiente.

Julieta perdió a su Montesco, pero a cambio ganó millones de amantes que a diario envían cartas, como la de Klaus, desde distintos lugares del planeta y, con frecuencia, hasta reciben una respuesta de una Julieta que nadie sabe si es hombre o mujer, adolescente o vieja…

 

TRES

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La casa de Sherlock Holmes y el inconguente incorrector de estilo de La rue Morgue.

A la salida de la estación del metro en Baker Street, un Sherlock Holmes de metal mira al transeúnte, pipa en mano, advirtiéndole que allí cualquier cosa puede suceder. Convertidos en Watson, los turistas se quedan al pie de la estatua observándola con asombro y a la espera de respuestas.

De repente, una mujer vestida de ama de llaves del siglo diecinueve se baja de un autobús de dos pisos y echa a correr hundiéndose como puñal dentro de Baker Street. A esa hora, olas de automóviles circulan por la calle y revientan en Marylebone Road.

Ejecutivos con el celular pegado a la oreja caminan deprisa, elegantísimas jóvenes de rasgos hindús entran y salen de las tiendas cargadas de paquetes, taxis negros cogen pasajeros por aquí o por allá y obreros con expresión adusta suturan el pavimento para evitar que el corazón de la ciudad, que late a mil pulsaciones por segundo, sufra un infarto. Londres hierve.

La mujer vestida de ama de llaves atraviesa la calle sin preocuparse por los autos que le pitan, es una excepción a la disciplina inglesa. Nadie, sin embargo, le da importancia a su vestimenta, salvo un grupo de turistas chinos que le toman fotos con sus smartphones de última generación.

La mujer llega a una casita de tres plantas de estilo eduardiano (es decir, de los años 1900 a 1918). Allí, se abre paso entre una treintena de turistas que hacen cola para entrar, saluda con un policía, también con uniforme del siglo diecinueve, y desaparece tras la puerta.

La gente de la cola intercambia risas y comentarios en japonés, español y tamil. El gendarme sonríe e invita a cinco personas a ingresar. Algunas le piden que pose para una fotografía y él, cortés, acepta entregándoles un gorro igual al suyo. La imagen seguramente terminará en un perfil de Facebook o de Instagram.

El ama de llaves, ahora más relajada y sonriente, recibe a los turistas al pie de las escaleras que conducen al primer piso, donde vivió Sherlock Holmes.

“Me atrasaba, sir”, contesta con irresistible acento británico a un hombre que quiso saber el motivo de su apuro.

Los turistas trepan por la escalera angosta y desembocan en el estudio del “más grande de los detectives”. Al fondo, hay una chimenea y dos sillones individuales separados por una mesa sobre la que reposa un sombrero de cazador y una lupa, pertenecientes a Holmes. Otros turistas aguardan con impaciencia la oportunidad de tomarse una nueva foto para Facebook.

El resto de la habitación contiene alfombras antiguas, estantes cargados de libros de medicina, brujería y ciencias en general, también hay vitrinas llenas de objetos que pertenecieron al detective, paquetes de cartas de admiradores, ídolos africanos y objetos arrancados de la escena de algún crimen.

Los turistas trepan hacia la segunda planta por gradas que pegan alaridos por cada pisotón.

En esa parte, vivió Watson. Hay estantes con libros, un escritorio e instrumentos médicos. Tanto en este como en el resto de pisos, los adornos son de fines del siglo diecinueve y principios del veinte. No hay nada fuera de lugar, aunque el ama de llaves admite que uno u otro objeto fueron fabricados en esta década, pero siguiendo estrictamente el estilo del periodo eduardiano. “¡Por más que los busque, no podrá distinguirlos, sir!”

En el tercer piso, existe un pequeño museo de cera que recrea a los criminales y casos más conocidos de los cuentos que protagonizó el detective de Arthur Conan Doyle. En las escenas del crimen nada se deja al azar, como si fuera el propio Holmes el que hubiera encargado su reconstrucción.

Una muchacha vestida de sirvienta explica a un curioso que el museo fue creado por cierta Sociedad de Amigos de Sherlock Holmes, ilusionados con las miles de cartas dirigidas a él que recibía la gente de la zona.

“El 221B de Baker Street no existe, por eso todos los mensajes iban a parar en los negocios de los alrededores…”

Los dueños de las tiendas, con su humor inglés, escribían respuestas para personas que no solo buscaban la solución a un crimen, sino consejos sobre amores no correspondidos y la crianza de los hijos.

La Sociedad de Amigos de Holmes compró una casa antigua de estilo eduardiano y la adecuó siguiendo las pistas dejadas por Arthur Conan Doyle en sus relatos. Ahora, cada carta recibida llega a este lugar y termina en el escritorio de un amigo de Holmes, quien enseguida remite una respuesta.

Al salir de la casa, el policía del siglo diecinueve se quita el sombrero y hace una reverencia, mientras el ama de llaves indica que puede pasar una nueva camada de turistas.

Algunos de los que salieron se meten en la tienda de suvenires, otros enfilan hacia la estación del metro y uno que otro va a parar en la gran librería que se encuentra al lado.

Sus vitrinas están plagadas de libros del detective y del mago Harry Potter. Hay muñecos de peluche con su cara, varitas mágicas y hasta un kit con gorra de cazador, lupa y pipa. Entre todos aquellos objetos, huérfana, aparece la novela negra de Dashiell Hammett, El halcón maltés.

La portada del libro consiste en un fotograma de la película homónima, en el que se puede ver a Humphrey Bogart rompiendo la pequeña estatua del ave que da nombre a la historia y que no contiene tesoro alguno como esperaban los personajes. Al pie de la imagen, con letras rojas, se lee: “¡ESTE ES EL MATERIAL DEL QUE ESTÁN HECHOS LOS SUEÑOS!”

 

77

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Cuando llego, los 30 cubículos de la oficina – distribuidos en filas de seis – todavía están vacíos.

Fabricados con madera y vidrio, no deben tener adornos. Solo se admite una computadora, un par de auriculares, un micrófono, dos lápices y diez hojas de papel.

A medida que llega el resto de números, el microclima de la oficina se vuelve tórrido. El resto rehúsa abrir ventanas o prender el aire acondicionado.

―Hace mucho frío – dicen.

Han pasado diez minutos y empiezo a ahogarme. Me abanico con una hoja llena de cifras mágicas que encuentro en uno de los cajones. Su significado olvidé hace mucho tiempo, hay sumas, restas y sobre todo un número que se repite: 77.

Enciendo el computador y antes de que consiga acomodarme sobre la silla, aparecen en la pantalla tres correos: “asigne cita al cliente 1025”, “llamar al señor 900”, “atienda la queja de la señorita 68”.

El espacio dentro del cubículo parece contraerse. El aire está enrarecido, huele a huevos podridos.

―Hay dos problemas en tres tuberías – me dijo alguna vez 19, mi jefe inmediato.

Escapo a la cocina, que colinda con el baño, y me preparo una taza de café. Lo bebo despacio, a sorbitos, mientras el fétido olor invade el lugar.

Para cuando regreso al cubículo, mis vecinos – el 132 y las 227, 116 y 81 – han llegado.

El calor aumenta y tengo la impresión de que el cubículo se ha hecho minúsculo, como una cajita de fósforos.

Hasta hace poco trabajó con nosotros la 28, pero fue ascendida. Nadie recuerda su nombre.

Me pongo a responder los correos de manera mecánica.

“La cita de 1025  será el viernes”. “El teléfono de 901 está apagado”. “la señorita 68 desea que reprogramen sus cuotas en mora”.

Año y medio atrás, cuando empecé acá, cualquier mensaje me aterraba. Temía equivocarme, fallar y convertirme en un 0, un despedido.

Durante la capacitación, sin embargo, solo me enseñaron los números de jefes y subalternos. Tema crucial porque los correos no van dirigidos a Fulano o Zutano, sino a 2, el gerente, 3, el subgerente, 19, mi supervisor, etcétera.

Al único que no se le escribe jamás es al 1. Él es el dueño.

Ahora, así como se multiplican las cifras, se multiplican los correos electrónicos. No interesa que nadie los lea, lo importante es que se escriban, que se inunden los servidores informáticos.

Son pruebas potenciales que en cualquier momento pueden salir a la luz para borrar un número de la plantilla laboral.


―Tus números no hacen suficientes llamadas, solo 70 por día, deberían superar las 200 – dice el 2 al 19.

Un mes atrás, la estrategia para mejorarnos fue eliminar, primero, las distracciones – al entrar, los celulares deben depositarse en una caja de cartón susceptible de chequeo en cualquier momento – y, segundo, los tiempos libres, es decir, visitas frecuentes al váter o periodos de silencio que pasen de los tres minutos.

Al notar que las medidas no surtieron efecto, 2 puso un supervisor – el 6 – para el 19. Su misión consiste en asegurarse de que nosotros, los números poco relevantes, mejoremos el porcentaje de llamadas.

Según el 2, el jefe del call center es demasiado laxo, no exige a sus subalternos y necesita un supervisor que le exija a él.

El 6 es un ingeniero en sistemas que ama el éxito – palabra clave en los manuales y en la misión de cualquier empresa – y no duda que el mundo binario de las computadoras puede ser la solución para cualquier conflicto.

Apenas asumió su cargo llamó a un especialista de una compañía de software para suprimir las marcaciones manuales, de manera que las computadoras hagan esa tarea. Así, apenas termina una llamada, empieza otra y luego otra y otra más…

Ingresan automáticamente enormes archivos de Excel con los nombres de los clientes deudores en la computadora central y el resto es magia en gigabytes.

La única forma de parar es con el botón de pausa, pero los descansos implican una alerta al 19 y al 6 que termina con amonestaciones a los agentes de call center. Además, el sistema califica a cada número con colores: el que habla sin detenerse tiene luz verde; el que demora, amarilla; y el que calla, roja.

La cantidad de llamadas que se debe tener para ser verde es un misterio porque desde que se implementó el sistema en la computadora de un recién contratado agente de telemercadeo, el 199, no ha conseguido pasar del color amarillo, pese a que él casi nunca se calla.


―77 ha vuelto a timbrar con éxito.

Poco después de la hora del almuerzo, entre las tres y las cinco de la tarde, todos los números vuelven a hablar.

― Buenas tardes, ¿en qué le puedo ayudar?

― Su carro está en la mecánica, señor 2000…

― No, por el momento no se encuentra el 77, ¿le puedo ayudar en algo? Soy la 207.

― Buenas tardes… ¡colgó!

― No, no desbloqueamos tarjetas de débito.

Las voces se mezclan.

Las palabras y los números se escupen y diluyen enseguida.

Es un maremágnum en el que se habla tanto y se dice poco.

227, 106, 81, 132 y el resto de los números, incluido yo, hablamos, lanzamos alaridos.

Somos un montón de cifras desesperadas por multiplicar las cifras en los libros de cifras del 1.


A las seis de la tarde los números del primer turno deben timbrar la hora de salida. Se quedan cuatro que pertenecen al segundo.

Hoy, último viernes de abril, no me tocó a mí.

Justo cuando pongo el dedo sobre la máquina que registra la salida descubro que 2 está a mi lado y me mira fijamente. Ha aparecido, de pronto, sin previo aviso.

El olor a huevos podridos vuelve a invadir la oficina. El tiempo parece atrancarse.

― Ya es hora de salir – de inmediato me arrepiento de la justificación.

El 2 va a responder, pero la máquina de timbrado, indignada, se adelanta:

― ¡77 ya había timbrado con éxito su salida!

Balbuceo un número y salgo.

Huyo calle abajo. Tengo la impresión de que 2 o 6 me persiguen.

En la avenida principal, me meto en la parada de buses articulados –había acordado encontrarme allí con mi novia–. Por unos instantes pienso que estoy a salvo, que los números han desaparecido, que el 77 se llama José Luis y los demás Luciana, Mario, Bernardo…

Llega un bus y mi novia baja de él. Palidezco. A su lado no hay personas, hay cifras rojas, amarillas y verdes.

― ¿Amor, qué te pasa?

― Nada, nada – digo –, ¿cenamos, 88?

 

los cronistas

Publicado originalmente en el portal Los Cronistas.