Alejandro Sawa, el negro de Rubén Darío

Al señor don Rubén Darío,

¿Me impulsas a la violencia? Pues sea. Yo no soy el amigo herido por la desgracia que pide ayuda al que consideraba como un gran amigo suyo: soy un acreedor que presenta la cuenta de su trabajo.

Desde el mes de abril hasta el mes de agosto de 1905, yo he escrito por encargo tuyo hasta ocho cartas (de las cuales conservo en mi poder seis) que han aparecido con tu firma en el periódico de Buenos Aires ‘La Nación’…

Es el año 1908. En Madrid el aire está enrarecido por la derrota ante Estados Unidos, ya no hay colonias ni reino donde nunca se pone el sol. El pueblo, tambaleante entre decepción e indolencia, corre de arriba abajo a través de las calles empedradas evitando mirar los diarios donde quejas y agresiones son las notas musicales de un réquiem por el Imperio español.

Alejandro Sawa. Fotografía tomada de “El Imparcial“.

Entre ese tumulto camina un ciego. Sus cabellos están revueltos y la barba hirsuta. En sus pupilas lo único que brilla es la ausencia, mientras que en su levita asoman tímidamente los desgarrones. Traje y dueño resisten a la derrota con heroísmo.

Este “clochard español ha estado en París por años, pero oscuridad es lo único que ha importado desde la Ciudad de la Luz. Su nombre es Alejandro Sawa y su oficio es el de escritor.

Acaso llamarlo así resulte una afrenta para este personaje porque ni aquel sustantivo ni la influencia de los amigos, entre los que se encuentran Valle Inclán y Manuel Machado, le han permitido publicar una obra que él cree lo consagrará.

Está consciente de que la escritura nada tiene que ver con la publicación, pues ni todo el que escribe bien publica ni todo el que publica escribe bien, mas, ahora aquel aserto es apenas un consuelo de tontos para un Alejandro Sawa que ha llegado al punto de alquilar su pluma a varios Rubén Daríos por no morir de hambre.

Mientras el vate nicaragüense compone versos, Sawa ha garabateado cientos de hojas con artículos destinados a periódicos de ambos lados del Atlántico que si bien le permiten sobrevivir, no le reportan nombre o alegría.

Sawa jamás protestó por el acuerdo, al fin y al cabo, los “negros”, extras de la literatura que igual a los del cine hacen las piruetas que los famosos rehúsan, son habituales y no escandalizan.

No siempre hay luces en la bohemia. Siga los pasos de Alejandro Sawa por Europa.

No obstante, en cuanto su libro “Iluminaciones en la sombra” quedó terminado, el artista que habitualmente trabajaba entre sombras, quiso mostrarse en su máximo esplendor.

Empero, al no hallar alguien dispuesto a ayudarlo, el autofinanciamiento se presentó como última alternativa.

Desesperado, aruñó la cerámica de las alcancías y desfondó los bolsillos de sus trajes. Su esposa, que fue también su secretaria y que hacía milagros para llenar los pucheros, no consiguió estirar tanto las pesetas como para que cubriesen una edición.

Entonces, Sawa, Ájax furioso, se dedicó a arremeter no solo en contra de los enemigos, sino también en contra de los amigos y estos, que a menudo huyen del fracaso igual que de la peste convencidos de que la mala suerte se contagia, se esfumaron.

Breve documental sobre Alejandro Sawa en el canal UNED. Vea la web completa en este enlace.

Alejandro Sawa muta entonces en acreedor. Es su derecho: a los amigos se les puede regalar cualquier cosa, incluso el trabajo, pero ahora él está aislado.

Rubén Darío niega las deudas. Sawa insiste en ellas. Aquel dice que es la locura lo que afecta a su antiguo compañero, este responde que el otro es un sinvergüenza.

El “negro” del poeta nicaragüense es minucioso en su pobreza y sabe que lo adeudado es suficiente para cubrir una edición de “Iluminaciones en la sombra”, su canto final de cisne.

No importa comer, solo publicar.

La muerte de Alejandro Sawa. Foto tomada de la web Luis Antonio de Villena.

Pese a los esfuerzos, Odiseo ganó a Ájax: Sawa, ciego y loco, murió en su casita de la Calle Conde Duque número siete, en Madrid. Su testamento literario no pudo ver luz entre las sombras. Valle Inclán, conmovido por la majestuosidad de la desgracia, le escribió a Rubén Darío al poco de ver el cadáver de Sawa:

He llorado delante del muerto por él, por mí y por todos los pobres poetas. Yo no puedo hacer nada, usted tampoco, pero si nos juntamos unos cuantos algo podríamos hacer. Alejandro deja un libro inédito. Lo mejor que ha escrito. Un diario de esperanzas y tribulaciones. El fracaso de todos los intentos para publicarlo y una carta donde le retiraban una colaboración de sesenta pesetas que tenía en ‘El Liberal’, le volvieron loco durante los últimos días. Una locura desesperada. Quería matarse. Tuvo el fin de un rey de tragedia: murió loco, ciego y furioso.

Lea un artículo de “La Vanguardia” sobre la calle Conde Duque y el portal de la casa donde vivió Alejandro Sawa.

El único traidor de América

Una de las novelas de Kilgore Trout (¡imposible hallarla en Quitolandia!).

Una de las novelas de Kilgore Trout (¡imposible hallarla en Quitolandia!).

La entrevista al “único traidor de América”, Kilgore Trout, naufragó sobre la piel rosada de Marilyn Monroe.

En diciembre de 1953, Playboy publicaba su primer número con los desnudos de la estrella de “Some Like It Hot”. Solo “America’s worst enemy” podía competir con ella.

El autor de la entrevista fue un periodista desconocido que visitó a Trout en la prisión federal de Finletter, Georgia.

Hefner, igual que había hecho con las fotografías de Marilyn Monroe, compró el artículo para publicarlo como exclusiva.

“¿Siente arrepentimiento por haber traicionado a los Estados Unidos de América?”

“No tengo patria, vendo periódicos.”

Durante la entrevista, jamás se menciona que Trout había publicado un centenar de novelas de ciencia ficción y miles de relatos.

Para el entrevistador y el público en general, era un pobre diablo que se ganaba la vida repartiendo periódicos.

“¿Usted es comunista?”

“No. Más bien me gusta el aislamiento.”

“Muchos dicen que no es un criminal, sino un loco…”

“Como usted y todos los que dicen eso.”

La entrevista fue publicada poco después del estancamiento de la Guerra de Corea. El escritor se oponía a la intervención estadounidense.

Marilyn Monroe en Playboy.

Marilyn Monroe en Playboy.

Trout fue liberado un par de meses después, pero debía asistir al siquiatra una vez por semana y hacer trabajos comunitarios.

Nunca cumplió su sentencia y a nadie le importó.

En 2006, el escritor tuvo un infarto. Cierto adivino le dijo, horas antes, que George Bush volvería a ser presidente de los Estados Unidos.

La noticia del futuro lo mató.

Para cerrar la entrevista de 1953, el periodista soltó:

“Usted dijo que si el país se involucraba en la guerra, debía desaparecer…”

“Dije que debía irse a la mierda.”

En la página siguiente un pezón de Marilyn Monroe se erguía, indiferente a las sutilezas de la política.

Los enemigos del canon

Curzio Malaparte imitando a Humphrey Bogart en

Curzio Malaparte imitando a Humphrey Bogart en “Casablanca”.

Del matrimonio entre artistas y dictadores rara vez se ha obtenido algo bueno. Acaso esto se debe a que el arte es cuestionador, enemigo de una versión unívoca de la verdad o de los cánones éticos dictados por dudosos mesías.

En cualquier caso, los políticos son expertos en diezmar las filas de los artistas, atrayéndolos a las suyas, quizá con la esperanza de mejorar su discurso o mostrar una imagen superior y pulcra de los sistemas que defienden.

El 2 de enero de 1925, Curzio Malaparte – seudónimo de Kurt Erich Suckert – encabezaba una comitiva de fascistas radicales que visitó a Mussolini para instarle a desafiar al Parlamento que pretendía derrocarlo, por estar involucrado en el asesinato del diputado socialista Matteoti. El escritor quiso alcanzar con dicha acción un puesto influyente en la política italiana y apostó por el triunfo final de un Duce, quien aparentemente estaba condenado a la cárcel o al suicidio. La apuesta fue acertada pero el premio para Malaparte jamás llegó.

El fascismo italiano de los años treinta y cuarenta era diestro en provocar tanto amor como aversión entre los intelectuales, trasladando la pugna de las calles a periódicos, revistas y galerías. El fascismo fusionado con el futurismo del escritor Filippo Tomasso di Marinetti confrontaba a cualquiera que se opusiese a la idea de una nación poderosa y belicista.

Filippo Tomasso di Marinetti escribía porno gore, si no me cree lea

“, novela llena de sexo, guerra y robots. Algo así como una novela de Asimov protagonizada por Sasha Grey.

Mussolini era un genio de la propaganda. Había aprendido durante su período socialista la importancia de la información y de la desinformación. Por lo tanto, controlar a periodistas y escritores fue una de las primeras estrategias que aplicó. Los atrajo a su círculo, hizo que escribieran en su periódicoIl Popolo d’Italia”, financió revistas o simplemente los intimidó, logrando una maquinaria de propaganda oficial gigantesca y contra la que pocos audaces, como Gramsci, se atrevían a apuntar sus lanzas.

Lo cierto es que la mayoría de los intelectuales que formaron parte del círculo fascista, terminaron abandonándolo cuando el curso de la Segunda Guerra Mundial enfilaba hacia la derrota del Eje. Algunos se pasaron a la orilla comunista, convirtiéndose en implacables enemigos del partido al que habían apoyado – el propio Malaparte – y pocos – Marinetti, por ejemplo – se mantuvieron fieles hasta el final.

Los logros artísticos son más bien escuetos cuando se produce este matrimonio entre arte y política, básicamente porque al poder le interesa poco la fuerza creadora de aquel – el Renacimiento acaso es una de las excepciones que confirma la regla – y hasta lo teme, puesto que sabe que en su interior anida el germen de la crítica y la desobediencia a la sinrazón.

El propio Malaparte nos narra en su “Kaputt” que los nazis acantonados en Varsovia destruían los antiguos frescos de los palacios de la aristocracia polaca para reemplazarlos con las monstruosas pinturas que el régimen de Hitler propugnaba como el “verdadero arte”.

El problema no es que los artistas quieran hacer política, ni siquiera que los políticos pretendan hacer arte, pero sí que este se convierta en un mero instrumento de aquellos y que los artistas se entreguen al mejor postor, olvidando que su misión no es sentarse en un solio sino cuestionarlo, derribarlo si es necesario, evitando convertirse en marionetas o lo que es peor: en bastardos del canon.

(Lea este texto también en la web La Casa Ártica.)

 

Curzio Malaparte, su “Kaputt” y “La piel”.