Los enemigos del canon

Curzio Malaparte imitando a Humphrey Bogart en

Curzio Malaparte imitando a Humphrey Bogart en “Casablanca”.

Del matrimonio entre artistas y dictadores rara vez se ha obtenido algo bueno. Acaso esto se debe a que el arte es cuestionador, enemigo de una versión unívoca de la verdad o de los cánones éticos dictados por dudosos mesías.

En cualquier caso, los políticos son expertos en diezmar las filas de los artistas, atrayéndolos a las suyas, quizá con la esperanza de mejorar su discurso o mostrar una imagen superior y pulcra de los sistemas que defienden.

El 2 de enero de 1925, Curzio Malaparte – seudónimo de Kurt Erich Suckert – encabezaba una comitiva de fascistas radicales que visitó a Mussolini para instarle a desafiar al Parlamento que pretendía derrocarlo, por estar involucrado en el asesinato del diputado socialista Matteoti. El escritor quiso alcanzar con dicha acción un puesto influyente en la política italiana y apostó por el triunfo final de un Duce, quien aparentemente estaba condenado a la cárcel o al suicidio. La apuesta fue acertada pero el premio para Malaparte jamás llegó.

El fascismo italiano de los años treinta y cuarenta era diestro en provocar tanto amor como aversión entre los intelectuales, trasladando la pugna de las calles a periódicos, revistas y galerías. El fascismo fusionado con el futurismo del escritor Filippo Tomasso di Marinetti confrontaba a cualquiera que se opusiese a la idea de una nación poderosa y belicista.

Filippo Tomasso di Marinetti escribía porno gore, si no me cree lea

“, novela llena de sexo, guerra y robots. Algo así como una novela de Asimov protagonizada por Sasha Grey.

Mussolini era un genio de la propaganda. Había aprendido durante su período socialista la importancia de la información y de la desinformación. Por lo tanto, controlar a periodistas y escritores fue una de las primeras estrategias que aplicó. Los atrajo a su círculo, hizo que escribieran en su periódicoIl Popolo d’Italia”, financió revistas o simplemente los intimidó, logrando una maquinaria de propaganda oficial gigantesca y contra la que pocos audaces, como Gramsci, se atrevían a apuntar sus lanzas.

Lo cierto es que la mayoría de los intelectuales que formaron parte del círculo fascista, terminaron abandonándolo cuando el curso de la Segunda Guerra Mundial enfilaba hacia la derrota del Eje. Algunos se pasaron a la orilla comunista, convirtiéndose en implacables enemigos del partido al que habían apoyado – el propio Malaparte – y pocos – Marinetti, por ejemplo – se mantuvieron fieles hasta el final.

Los logros artísticos son más bien escuetos cuando se produce este matrimonio entre arte y política, básicamente porque al poder le interesa poco la fuerza creadora de aquel – el Renacimiento acaso es una de las excepciones que confirma la regla – y hasta lo teme, puesto que sabe que en su interior anida el germen de la crítica y la desobediencia a la sinrazón.

El propio Malaparte nos narra en su “Kaputt” que los nazis acantonados en Varsovia destruían los antiguos frescos de los palacios de la aristocracia polaca para reemplazarlos con las monstruosas pinturas que el régimen de Hitler propugnaba como el “verdadero arte”.

El problema no es que los artistas quieran hacer política, ni siquiera que los políticos pretendan hacer arte, pero sí que este se convierta en un mero instrumento de aquellos y que los artistas se entreguen al mejor postor, olvidando que su misión no es sentarse en un solio sino cuestionarlo, derribarlo si es necesario, evitando convertirse en marionetas o lo que es peor: en bastardos del canon.

(Lea este texto también en la web La Casa Ártica.)

 

Curzio Malaparte, su “Kaputt” y “La piel”.

La sombra de las “Cincuenta sombras de Grey”

Si no le pidieron el paquete con las esposas y el antifaz, usted no ha trabajado en una librería.

Si no le pidieron el paquete con las esposas y el antifaz, usted no ha trabajado en una librería.

Una pareja se acercó al mostrador de la librería; con tono misterioso, la mujer, una rubia de no más de veinticinco años, me dijo:

— ¿Tiene “Cincuenta sombras de Grey”?

Expliqué que solo me quedaba un ejemplar reservado para una cajera del Banco del Pacífico.

— ¡No importa! Lo que queremos es revisarlo, nada más, ¿se puede? Un ratiiiito…

Les entregué el libro y ambos se sentaron en el sillón de cuero rojo que se encuentra tras de la sección de autoayuda. Al poco, las carcajadas y los cuchicheos inundaban la tienda.

Yo, disimuladamente, me puse a escuchar su conversación:

— ¡Ja, ja, ja! ¿Te das cuenta de las pendejadas que lee tu mamá, mi amor? ¡Ja, ja, ja! ¡Cochinota! – decía ella mientras el muchacho, rojo como un tomate y sin dejar de sonreír, se tapaba los ojos tratando de no ver una realidad con la cara de su madre amarrada a un potro de torturas, esperando los azotes de Christian Grey en las nalgas.

Lo cierto es que más allá de las brillantes y siempre productivas discusiones sobre el valor cultural de este “best – seller”, lo cierto es que se trata de un fenómeno que ha impactado a una generación, la misma que pasó de no leer ni el periódico a devorar tres libros de seiscientas páginas con una avidez propia de un famélico, quien, después de no comer por semanas, encuentra un plato de macarrones con queso.

Las “Cincuenta sombras de Grey” para unos es maltrato hacia la mujer; para otros, una promesa de placeres secretos, basura, un tabú que hay que romper, romance o cursilería, pero la autora, E. L. James – un ama de casa nacida hace más de cincuenta años –, seguramente ve la trilogía con los mismos ojos con los que Pizarro contempló el cuarto lleno de oro entregado por Atahualpa.

Yo, por otro lado, al pensar en “Las sombras” recuerdo que justo cuando llegaron a Ecuador, empecé a trabajar en una librería y un buen porcentaje de los dodos literarios que he visto están relacionados con míster Grey y su esclava.

Sí, el escenario era algo así...

Sí, el escenario era algo así…

Cierta mañana, mientras me afanaba en el utilísimo trabajo de enfundar libros, un grupo de adolescentes disfrazados de personajes de cómic japonés entraron en la tienda; eran tres chicos, dos hombres y una mujer. Ella sostenía – literalmente – con una cadena a su novio, se acercaron al mostrador donde yo destruía la naturaleza con plástico y me preguntaron por una serie de “mangas” de cuyos nombres solo recuerdo que terminaban en “okoto” o “inata”. Luego del interrogatorio, la que llevaba al “perrito” – de metro ochenta de estatura – me dijo:

— ¿Y el paquete completo de las “Cincuenta sombras de Grey” cuánto cuesta?  Dicen que viene con un cuarto libro que cuenta la versión de la chica

Otro día, una seguidora de míster Grey me atrapó colgado de una lámpara cambiando un foco.

— Verá: no es para mí… O sea, una amiga me mandó a preguntar… O sea… A ver: ¿cuántos años debo, ejem… debe tener para comprar el libro? ¿Se puede con doce? ¿Le dije que era para una amiga, no?

Kamasutra de Grey

Sí, realmente existe “El kamasutra de Grey” y es casi tan aburrido como el libro que lo inspiró.

Y eso por no hablar de la ocasión en la que cuatro colegialas me acorralaron contra el estante de libros de Osho preguntándome si había leído “El kamasutra de Grey” y si creía que una chica aún virgen podría utilizarlo con su novio en la “primera vez”.

La leyenda dice que muchos libreros murieron aplastados cuando amas de casa desesperadas acudían como una manada de ñus a las tiendas para destruir los estantes en su desesperada búsqueda de las tangas de míster Grey; mientras que en la internet se publicaban anuncios solicitando sombríos príncipes grises que pudieran suplir la falta de carne en el nuevo héroe de papel.

La señora James utiliza esposas para frenar los ataques epilépticos que se producen en sus lectores por el exceso de azúcar que llega a sus cerebros.

La señora James utiliza esposas para frenar los ataques epilépticos que se producen en sus lectores por el exceso de azúcar que llega a sus cerebros.

Imagino que en poco tiempo, todos – excepto los “hipsters” y las feministas que todavía tienen aproximadamente unos quince millones de años para seguir quejándose del machismo y de la futilidad del libro – olvidaremos al azotador de E. L. James, pero lo que nunca pasará de moda será el sonrojo de las cajeras de supermercado que pedían el libro con voz casi inaudible, como si se tratase de una ametralladora en un vuelo a Nueva York o las adolescentes que luego de preguntar por lo menos doce títulos diferentes, se atrevían a solicitar un descuento por la trilogía entera o los tipos que siempre se veían en la necesidad de aclarar que el libro era “para una amiga” o, por último, las chicas que no estaban interesadas en las “Cincuenta sombras de Grey”, sino solo en “Filthy Shades of Grey”…

Yo no pasé de la página cincuenta y seis. Me aburrió. Jamás fui adepto a Corín Tellado ni a sus émulos – voluntarios o involuntarios –, además me parece un crimen gastar sesenta dólares en “softporn” cuando puedo conseguir “hardcore porn” en la internet sin pagar un centavo.

Por suerte, siempre tendremos a Sasha Grey

El “trailer” de la adaptación cinematográfica de “Cincuenta sombras de Grey”.

¡Marcianos en Quito! ¡Marcianos en Quito!

Viejas chuchumecas deseándole lo mejor a todos los hombres de buena voluntad...
Viejas chuchumecas deseándole lo mejor a todos los hombres de buena voluntad…
Fuente: “Crítica y opinión cultural“.

Fue el 12 de febrero de 1949. Sábado. ¿Recuerdas? ¡El radioteatro encantaba a los quiteños! En una ciudad en la que la única diversión eran los sermones de los curas, cualquier cuenta cuentos como vos podía triunfar.

Conseguiste que trajeran a la radio al chileno que infartó a sus compatriotas para que infartara a las viejas chuchumecas que se persignaban quince millones de veces cada vez que se mencionaba la nueva película de Ava Gardner, “el animal más bello del mundo” con el que soñabas acostarte alguna vez.

La ciudad se congelaba – ¡como siempre! – y había llovido en la tarde. En la cabina de la radio los cantantes favoritos del público entonaban boleros o pasillos, mientras el chileno, el locutor de noticias y tú pulían los últimos detalles para salir al aire.

— ¡Es hora! – dijiste; ellos asintieron.

En seguida, con una señal mandaste a callar a los cantantes y el chileno se apoderó del micrófono:

— Buenas noches, radioescuchas, interrumpimos nuestra programación habitual para informarles que funcionarios del Observatorio Nacional han detectado unas extrañas explosiones en la superficie del planeta Marte. Por el momento no hay motivos para alarmarse; estaremos reportando durante el transcurso de la noche cualquier novedad. Hasta entonces continúen disfrutando de este sábado musical auspiciado por la Colonia Amarilla de los Peluqueros.

Los cantantes se miraron consternados; no sabían nada de su pequeña conspiración ¿cierto? Jijijijiji.

Ordenaste que retomaran los boleros. El chileno, por otro lado, permanecía completamente calmado, era un experto en el universo de las radionovelas, los extraterrestres y la hazaña que puso a Orson Welles en la palestra.

Sonaba un pasillo conocidísimo cuando volviste a interrumpir a los músicos para que el locutor anunciara que una nave espacial fue avistada sobre las islas Galápagos – ¡cómo se asustarían las tortugas! ¡Jojojojojo! –, dirigiéndose hacia la porción continental del Ecuador. Quizá la capital estaba en peligro, lo mejor era prepararse…

Las viejas chuchumecas se persignaron quince millones de veces más que cuando oían hablar de Ava Gardner y se pudieron a rezar a todos los santos. “¿Se parecerán los marcianos a Clark Gable?” Suspiritos, rezos a San Judas Tadeo, suspiritos…

— Damas y caballeros, los marcianos aterrizaron en Cotocollao y tenemos noticias de que la que población de Latacunga ha sido exterminada con algún tipo de gas letal, además huestes de criaturas verdes marchan sobre Otavalo. ¡Nos invaden, compatriotas, nos invaden!, ¡el país está perdido! – exclamó el locutor.

Los cantantes se pusieron a temblar.

— ¡No sean cojudos, cholitos! – les dijiste mientras el chileno fingía ser don Galito Plaza, el presidente, quien, desde la clandestinidad, pedía a los ecuatorianos luchar con tesón en contra del formidable adversario que amenazaba con aniquilar a la patria –. Es solo radioteatro, ¡qué marcianos ni que ocho cuartos! ¡Canten, pajaritos, canten!

— Ahora, una conexión con radio La Voz del Tomebamba – informó el locutor.

El chileno se puso a imitar el acento morlaco:

— En Cuenca no se han reportado ataques, pero las autoridades desplazaron dos destacamentos del ejército para afrontar cualquier eventualidad. Según parece, el presidente de la República ha ordenado trasladar, por el momento, la capital hasta nuestra ciudad; continuaremos informando.

Las comunicaciones desde el sur del país, Guayaquil y Ambato siguieron por varios minutos hasta que el locutor exclamó:

— ¡Damas y caballeros, los marcianos se encuentran aquí…! ¡Sí, aquí, dentro de la radio! ¡Estamos perdidos!

Con ayuda de tubos el chileno simuló el sonido de los disparos, cayendo en seguida fulminado el locutor. Silencio y luego una propaganda de cierto refresco gaseoso.

Incendiar el diario El Comercio no es una innovación del socialismo del siglo XXI, ya estaba de moda hace sesenta años.
Incendiar el diario El Comercio no es una innovación del socialismo del siglo XXI, ya estaba de moda hace sesenta años.

Lo que tú no sabías es que una turba de sastres, carpinteros, borrachos, señoras y señores de bien y no tan bien y viejas chuchumecas que se santiguan cuando oyen algo sobre Ava Gardner, suspiran por Clark Gable y rezan a la Virgen María, ya habían preparado colchones, orinales, periódicos y vituallas para huir a las laderas del Pichincha con la esperanza de que los marcianos le tengan miedo al soroche, disuadiéndose de perseguirlos hasta semejantes alturas.

Uno de los periodistas del diario que funcionaba en la otra planta apareció de pronto e hizo señales para que salieras de la cabina.

— ¡Los policías se movilizaron y la gente está enloquecida! ¡Avise de una buena vez que esto solo era teatro si no quiere que lo cuelguen!

Una secreta felicidad recorrió tu cuerpo, ¿no? ¡Engañaste a todos, igual que Orson Welles! Y, como él, intentaste salir del aprieto con un comentario divertido en el que advertías que lo anterior no fue otra cosa que una producción para amenizar la fría noche del sábado.

El humor quiteño, en todo caso, no se lo tomó muy bien. Las viejas chuchumecas dejaron los bacinicas y junto a los indignados chóferes de taxis, damas y caballeros de bien y no tan bien se encaminaron hacia el edificio de la radio y el periódico.

— ¡EXPLICACIONES, QUEREMOS EXPLICACIONES!

Los jefes de policía y ejército, indignados porque también los habían burlado, se hicieron de la vista gorda, encerrándose en los cuarteles para que “los artistitas chistositos arreglen por su cuenta sus enredos”.

Lo cierto es que, aterrado, ordenaste que cerraran las puertas de la cabina; los colegas del periódico hicieron lo propio con los demás accesos. Lejos de disuadir a la turba, esto la enardeció y uno de esos locos que nunca desperdician la oportunidad, sugirió cocinarlos vivos.

Al poco, el edificio ardía. El personal intentaba huir por las ventanas, lanzándose a los tejados de las casas vecinas. Uno de los locutores se quemó la mitad del rostro y una secretaria se desmayó por el humo. El papel, la tinta y los demás materiales inflamables hicieron el resto del trabajo que las viejas chuchumecas, las señoras y los señores de bien no se atrevían. Solo una amenaza de bomba en el edificio de correos, contiguo al tuyo, hizo reaccionar a las fuerzas del orden

Para entonces, ya habías saltado hacia un techo vecino, escapando del linchamiento. Las monjas de Santa Catalina te ocultaron esa noche y, al día siguiente, huiste igual que un criminal hacia Ibarra. El chileno, al que le horrorizaban las alturas, tuvo que entregarse.

¡Ocho personas murieron por tu chiste! Pero valió la pena, ¿no? Jejejejeje.

Leonardo Páez, el personaje real que inspiró este relato.
Leonardo Páez, el personaje real que inspiró este relato.

En Venezuela volviste a trabajar en radio, logrando alcanzar la fama y ahora eres un viejo – no verde, como los marcianos –, que se columpia en su mecedora, recordando la juventud gloriosa.

Pero ¿quieres saber algo? Yo no soy una voz en tu cabeza, un efecto de la demencia senil. Soy real, ¡muy real! Soy uno de esos marcianitos de los que hablabas en tu programa de radio, el caso es que no tengo piel fosforescente; más bien tengo cierto parecido con un virus: incubo en las cabezas de afortunados hombres como tú y, poco a poco, los someto a mi voluntad, sin que jamás se percaten de mi existencia. Los curo, los enfermo, los rejuvenezco, los mato, los revivo; hago con ustedes lo que me da la gana y me transmito a otros por la saliva o cualquier tipo de secreción corporal.

El mundo, tu mundo, está lleno de otros como yo. Tu mujer, tus hijos, el presidente de Venezuela, todos son  víctimas silenciosas y falta poco para que la conquista esté completa, entonces no quedará nada…

¿Por qué me revelo ante ti? Quizá porque tengo simpatía por los cuenta cuentos. Por lo demás, aunque intentaras advertir a tus congéneres, nadie te creería porque para ellos no eres más que un viejo gagá. Jijijijiji…

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