El material de los sueños

UNO

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NORAD Santa Tracker. Imagen tomada de Express.co.uk.

30 de noviembre de 1955. En la base del Mando Norteamericano de Defensa Aeroespacial (NORAD) en Colorado, Estados Unidos, el teléfono suena con tal insistencia que parece estar reventándose.

— Buenas noches, señor, ¿podría decirme dónde está Papá Noel?

El coronel Harry Shoup, furioso, tira el teléfono después de incinerar con amenazas al niño que había llamado.

Los oficiales disimulan sus sonrisas. Alguien se atreve a decir que debió tratarse de una broma infantil, pero, al poco, empiezan a sucederse las llamadas y la pregunta que se escucha siempre es: “¿dónde está Papá Noel?”

El coronel comprendió que la seguridad de los Estados Unidos estaba en juego. ¿Y si los soviéticos eran los responsables de la broma? Se sabe que Santa Claus viste de rojo…

Mientras Shoup barajaba varias soluciones, uno de los oficiales bajo su mando lo interrumpió, había encontrado la razón de las llamadas en un anuncio que publicó cierta revista local: Sears, la tienda de  variedades, ofrecía dar a los niños, en tiempo real, la ubicación de Papá Noel a través de su hotline. El número estaba errado y coincidía con el de NORAD.

El militar que había resuelto el misterio, consiguió una imagen de Santa Claus y, al día siguiente, la colocó sobre el tablero donde marcaban las posiciones de objetos voladores no identificados. Shoup iba a estallar de indignación, pero comprendió que podía transformar esa broma en una oportunidad publicitaria.

Por orden suya, el coronel Barney Oldfield convocó a una pequeña rueda de prensa e informó que desde ese año el Mando Norteamericano de Defensa se encargaría de cuidar a Papá Noel durante su viaje para que regresase sano y salvo al Polo Norte después de haber entregado los regalos a todos los niños del mundo.

Ese y los años siguientes, NORAD empezó a recibir cartas y llamadas preguntando por la ubicación del trineo, los renos y el rojo Santa Claus. Los oficiales contestaban al instante: Delaware, Georgia, Tennessee, Nueva York…

Con la irrupción del internet, los computadores y las tablets, las llamadas telefónicas fueron reemplazadas por tuits o publicaciones en Facebook. NORAD tuvo que actualizarse, creando sitios web, perfiles de redes sociales y hasta aplicaciones para descargar en las tiendas de Mac y Google.

Ahora, pocos llaman a NORAD. Desde el primer día de diciembre, los niños del mundo activan el localizador de su teléfono móvil y, luego de posar su dedo sobre un icono donde se ve la casita de Santa Claus cubierta de nieve, escuchan la voz de él mismo diciéndoles: “¡estoy en Madrid, jo, jo, jo!”

 

DOS

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Casa y estatua de Julieta. Foto tomada de ABC de España.

Verona, Via Capello, número 23, año 1936. Antonio Avena, historiador y arquitecto nacido en la ciudad, mira la fachada de una mansión del siglo doce, en cuyo arco de entrada está esculpido un escudo de armas en el que puede leerse “Cappello”. A este apellido se lo ha identificado con Capuleto o, mejor dicho, Cappelletti, nombre de la familia que protagoniza la tragedia de Shakespeare, Romeo y Julieta.

El edificio se encuentra en estado calamitoso. Lo único del siglo doce que queda en pie es el arco de la entrada, el resto de paredes son parches de los siglos catorce, quince, diecisiete y diecinueve.

Aquellas piedras sucias han visto cómo el palacete aristocrático se travistió primero en hospicio y luego en posada de mala muerte.

Antonio Avena planea restaurar esta y otras construcciones antiguas, quiere proteger las tradiciones de la ciudad. Son años de fascismo y la historia es un fetiche que convierte a esos políticos en productivos: la municipalidad aprueba el plan de rescate.

El arquitecto – historiador trabaja durante cuatro años en la reconstrucción de “la casa de Julieta”. Coloca varios balcones de estilo gótico y dice que en uno de ellos la heroína escuchaba las palabras de amor de su Romeo.

Todos saben que aquello es mentira y, sin embargo, no lo ponen en duda.

 

Año 2016. La Vía Capello es turística. Frente a la casa de Julieta hay una óptica y a su lado una tienda de Emporio Armani. Los extranjeros se pasean entre los veroneses cargados de compras o comiendo alguna golosina.

Por allí, un sujeto, que carga bajo el brazo un drama de Shakespeare, comenta en inglés que Dante también mencionó a los Capelletti en su Divina comedia. Cerca, dos enamorados hablan en ese idioma que solo los amantes pueden comprender. El experto en literatura parece despreciarlos.

La casa de Julieta ahora cobra la entrada y se ha transformado en una Disneylandia para los enamorados que buscan inspiración en los versos de Shakespeare.

No hay señales de su pasado turbio, ya no huele a orines y los ebrios han sido reemplazados por extranjeros que, entre otras cosas, pagan para que un cura bendiga su matrimonio encaramados sobre el balcón de la más joven de los Capuleto.

En el patio, un turista japonés, nerviosísimo, toca el seno derecho de la esposa de Romeo. Frente a él, un grupo de muchachas estadounidenses se sacan decenas de fotografías con sus teléfonos inteligentes, impidiendo que el amigo del asiático consiga capturarlo dentro de su Samsung Galaxy con el ángulo preciso. Esa Julieta, sin embargo, no es de carne y hueso, sino de metal y vive sobre un podio y no dentro de la mansión.

El japonés finalmente suelta a su presa y enseguida se abalanzan sobre ella una pareja de daneses. Detrás, aguardan al menos una treintena de turistas de diversas nacionalidades, atraídos por la leyenda de que aquella teta les garantizará el amor eterno y un pronto regreso a Verona.

No lejos, un tal Klaus escribe afanosamente una carta de amor. El papel que usa es celeste y está perfumado. El mensaje va dirigido a su Julieta (que en realidad se llama Elsa y que seguramente nunca lo leerá). Al terminar, lo coloca junto a otros cientos que los turistas han dejado desde el catorce de febrero pegados en las paredes que se hallan en la entrada de la mansión.

La municipalidad retirará aquellas cartas el 17 de septiembre, supuesto día del cumpleaños de Julieta, para dejar espacio a una nueva colección que, a su vez, será retirada el Día de San Valentín del año siguiente.

Julieta perdió a su Montesco, pero a cambio ganó millones de amantes que a diario envían cartas, como la de Klaus, desde distintos lugares del planeta y, con frecuencia, hasta reciben una respuesta de una Julieta que nadie sabe si es hombre o mujer, adolescente o vieja…

 

TRES

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La casa de Sherlock Holmes y el inconguente incorrector de estilo de La rue Morgue.

A la salida de la estación del metro en Baker Street, un Sherlock Holmes de metal mira al transeúnte, pipa en mano, advirtiéndole que allí cualquier cosa puede suceder. Convertidos en Watson, los turistas se quedan al pie de la estatua observándola con asombro y a la espera de respuestas.

De repente, una mujer vestida de ama de llaves del siglo diecinueve se baja de un autobús de dos pisos y echa a correr hundiéndose como puñal dentro de Baker Street. A esa hora, olas de automóviles circulan por la calle y revientan en Marylebone Road.

Ejecutivos con el celular pegado a la oreja caminan deprisa, elegantísimas jóvenes de rasgos hindús entran y salen de las tiendas cargadas de paquetes, taxis negros cogen pasajeros por aquí o por allá y obreros con expresión adusta suturan el pavimento para evitar que el corazón de la ciudad, que late a mil pulsaciones por segundo, sufra un infarto. Londres hierve.

La mujer vestida de ama de llaves atraviesa la calle sin preocuparse por los autos que le pitan, es una excepción a la disciplina inglesa. Nadie, sin embargo, le da importancia a su vestimenta, salvo un grupo de turistas chinos que le toman fotos con sus smartphones de última generación.

La mujer llega a una casita de tres plantas de estilo eduardiano (es decir, de los años 1900 a 1918). Allí, se abre paso entre una treintena de turistas que hacen cola para entrar, saluda con un policía, también con uniforme del siglo diecinueve, y desaparece tras la puerta.

La gente de la cola intercambia risas y comentarios en japonés, español y tamil. El gendarme sonríe e invita a cinco personas a ingresar. Algunas le piden que pose para una fotografía y él, cortés, acepta entregándoles un gorro igual al suyo. La imagen seguramente terminará en un perfil de Facebook o de Instagram.

El ama de llaves, ahora más relajada y sonriente, recibe a los turistas al pie de las escaleras que conducen al primer piso, donde vivió Sherlock Holmes.

“Me atrasaba, sir”, contesta con irresistible acento británico a un hombre que quiso saber el motivo de su apuro.

Los turistas trepan por la escalera angosta y desembocan en el estudio del “más grande de los detectives”. Al fondo, hay una chimenea y dos sillones individuales separados por una mesa sobre la que reposa un sombrero de cazador y una lupa, pertenecientes a Holmes. Otros turistas aguardan con impaciencia la oportunidad de tomarse una nueva foto para Facebook.

El resto de la habitación contiene alfombras antiguas, estantes cargados de libros de medicina, brujería y ciencias en general, también hay vitrinas llenas de objetos que pertenecieron al detective, paquetes de cartas de admiradores, ídolos africanos y objetos arrancados de la escena de algún crimen.

Los turistas trepan hacia la segunda planta por gradas que pegan alaridos por cada pisotón.

En esa parte, vivió Watson. Hay estantes con libros, un escritorio e instrumentos médicos. Tanto en este como en el resto de pisos, los adornos son de fines del siglo diecinueve y principios del veinte. No hay nada fuera de lugar, aunque el ama de llaves admite que uno u otro objeto fueron fabricados en esta década, pero siguiendo estrictamente el estilo del periodo eduardiano. “¡Por más que los busque, no podrá distinguirlos, sir!”

En el tercer piso, existe un pequeño museo de cera que recrea a los criminales y casos más conocidos de los cuentos que protagonizó el detective de Arthur Conan Doyle. En las escenas del crimen nada se deja al azar, como si fuera el propio Holmes el que hubiera encargado su reconstrucción.

Una muchacha vestida de sirvienta explica a un curioso que el museo fue creado por cierta Sociedad de Amigos de Sherlock Holmes, ilusionados con las miles de cartas dirigidas a él que recibía la gente de la zona.

“El 221B de Baker Street no existe, por eso todos los mensajes iban a parar en los negocios de los alrededores…”

Los dueños de las tiendas, con su humor inglés, escribían respuestas para personas que no solo buscaban la solución a un crimen, sino consejos sobre amores no correspondidos y la crianza de los hijos.

La Sociedad de Amigos de Holmes compró una casa antigua de estilo eduardiano y la adecuó siguiendo las pistas dejadas por Arthur Conan Doyle en sus relatos. Ahora, cada carta recibida llega a este lugar y termina en el escritorio de un amigo de Holmes, quien enseguida remite una respuesta.

Al salir de la casa, el policía del siglo diecinueve se quita el sombrero y hace una reverencia, mientras el ama de llaves indica que puede pasar una nueva camada de turistas.

Algunos de los que salieron se meten en la tienda de suvenires, otros enfilan hacia la estación del metro y uno que otro va a parar en la gran librería que se encuentra al lado.

Sus vitrinas están plagadas de libros del detective y del mago Harry Potter. Hay muñecos de peluche con su cara, varitas mágicas y hasta un kit con gorra de cazador, lupa y pipa. Entre todos aquellos objetos, huérfana, aparece la novela negra de Dashiell Hammett, El halcón maltés.

La portada del libro consiste en un fotograma de la película homónima, en el que se puede ver a Humphrey Bogart rompiendo la pequeña estatua del ave que da nombre a la historia y que no contiene tesoro alguno como esperaban los personajes. Al pie de la imagen, con letras rojas, se lee: “¡ESTE ES EL MATERIAL DEL QUE ESTÁN HECHOS LOS SUEÑOS!”

 

Comunicado navideño

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Papá Noel hizo lo mismo que ustedes en Navidad.

Papá Noel sabía lo que iba a pedirle sin necesidad de que le escribiese una carta. Él, una vez más, estaba condenado a poner en marcha su poderosa maquinaria de elfos y enanos para cumplir mis anhelos navideños.

“¡Libros es lo único que pide!”, debió gritar, compartiendo la frustración que sienten mi familia, mi novia y mi gato.

Es inevitable: para mí, la Navidad significa una edición de lujo de los cuentos de Hoffmann o un volumen de la “Vida Nueva” de Dante en editorial Siruela y Papá Noel lo tiene claro.

Por desgracia, su fábrica no produce libros porque a poquísimos nos interesa leer, la mayoría prefiere vestir de luto horroroso marca Zara o calzar botines fosforescentes promocionados por Neymar. Por eso, siempre que el santo de los niños se topa con el niño que escribe esta columna, sufre una apoplejía.

Como en el Polo Norte no abundan las librerías – menos de libros en español –, Papá Noel aproximadamente entre el 10 y el 20 de diciembre viene a visitar las que aún existen en Ecuador. Este año, por fortuna para él, se han reducido las opciones y de las cadenas grandes, solo quedan Mr. Books y LibriMundi, que en teoría son diferentes, pero en la práctica, absoluta y desastrosamente iguales.

Santa Claus encontró muchos libros en el local de la primera ubicado en el Mall El Jardín, pero eran tantos que sumados no llegaban a uno, o, bueno, tal vez a uno, pero no mucho más. Claro, si lo que yo le exigía al anciano hubiera sido filosofía para el váter – autoayuda –, alguna sombra de Grey o de Xavier Moro, seguramente no habría existido problema alguno, mas como lo que yo solicitaba era un libro de Romain Gary o de Raymond Queneau, la situación se complicó.

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El Monstruo de las Galletas se come la galleta de la mala fortuna de leer “After”.

El hombre vestido de rojo se puso a recorrer los mil y un estantes en busca de buenos libros y claro que los encontró: estaban sepultados bajo kilos de hojas por las que el sacrificio de un árbol es un pecado nefando. A una bonita edición de las obras completas de Onetti, Papá Noel la halló entre el libro de los secretos de Steve Jobs para ser exitoso en la cama y el CUARTO volumen de la trilogía de la “Cincuenta sombras de Grey” que contiene la versión nunca antes contada por el Monstruo de las Galletas; a Homero, en cambió lo vio junto a un cuaderno de Homero Simpson para pintar y a Shakespeare no lo encontró, quizá estaba detrás de la biografía de Andre Agassi y hasta ese tenebroso sitio, ni el santo carmesí quiso llegar…

En todo caso, los ayudantes de Santa Claus contactaron a mis amigos libreros, quienes recomendaron muy buenos libros, lástima que costaban entre 40 y 90 dólares, bajos precios que el monopolio imperial de La Favorita, dueña de casi toda librería grande, ha impuesto sin el menor pudor en la capital.

Mr Books

La leyenda dice que entre estos estantes se ocultaba el Fantasma de las Navidades Pasadas, pero lo vendieron.

Afortunadamente, Papá Noel tuvo la opción de las librerías de viejo, donde con 10 dólares se pueden comprar aproximadamente 8 libros si se sabe negociar, todos en estado aceptable y de autores que los dueños de los grandes locales ni siquiera han escuchado de casualidad, pese a que sí están en el catálogo de Random House Mondadori, que es la editorial que abunda en la comarca, pero que corresponden a la categoría “no se venden”, un anatema inventado por el inefable conocedor que administra aquella empresa. Eso en cuanto a Mr. Books.

De LibriMundi no hay mucho más que decir, salvo que de la aventura que casi hunde al barco – los capitanes anteriores sabían navegar solo en la laguna artificial del parque de La Alameda – lo sacaron a flote los dueños de su antaño competidor para convertirla en una bodega con casi las mismas cosas aunque con estanterías de diseño más elegante.

Por fortuna, Papá Noel y sus enanos encontraron algunos libros usados y uno que otro nuevo a tiempo para colocarlos bajo las ruinas del árbol de Navidad que mi gato tumbó antes del 25 de diciembre.

Supongo que el santo de los niños pensará dos veces el próximo año antes de emprender la tarea de conseguir los regalos que yo quiero, no solamente por la dificultad que entraña, sino porque mi sevicia es tan inmunda que ni siquiera se me ocurrió dejarle un plato de galletas y un vaso de leche como agradecimiento. Fin del comunicado.

Papá Noel es un chulo

Papá Noel disfrazado de Papá Noel en el Quicentro Shopping.

Papá Noel disfrazado de Papá Noel en el Quicentro Shopping.

Me costó mucho contactar a Papá Noel; sabía, gracias a cierto amigo, que él abandonó el Polo Norte y a los cazadores lapones para vivir en el barrio de La Mariscal de Quito, entre transexuales esmeraldeños y “dealers” o “brujos” de Guayaquil.

Acordé el encuentro para la mañana del 26 de diciembre, justo después de Navidad, convencido de que, pasadas las fiestas, el hombre estaría más abierto a entablar un diálogo distendido conmigo.

Mi sorpresa fue mayúscula al descubrir que el lugar donde pernoctaba era un motel de mala muerte, ubicado entre una discoteca que solo vendía ron Caney y un bar de un hindú cuyo secreto para el éxito era la amalgama de la cerveza con los chibuquíes (pipas) y los shawarmas.

Su habitación era la número 69; lo curioso es que no existía ni la 68, ni la 67 y peor la 66, pues el tugurio constaba de cinco cuartos y a excepción del ocupado por Santa, los demás se rentaban por un par de horas a lo sumo.

Golpeé la puerta varias veces y como no hubo respuesta, decidí comprobar si el seguro estaba puesto. No era así y, después de entrar, pude ver al otrora candoroso Papá Noel acostado sobre el piso y con la cabeza arrimada a una pared; de su brazo derecho manaba un hilillo de sangre y su mano izquierda sostenía una jeringuilla usada. “Heroína”, pensé.

El director de Hogwarts también esnifaba polvo de estrellas de Campanita y además estuvo casado con Laura Bozzo.

El director de Hogwarts también esnifaba polvo de estrellas de Campanita y además estuvo casado con Laura Bozzo.

— No… no… no es lo que usted cree – me corrigió el anciano –, es solo elíxir para producir euforia; lo probé por primera vez cuando Albus Dumbledore me la regaló poco antes de la Primera Guerra Mágica y ahora la consigo gracias a un haitiano que la trae de Hogwarts para venderlo con bazuco, anfetaminas y polvo de estrellas de Campanita en la esquina de la Juan León Mera y Jorge Washington… no crea que soy adicto… no… es que me gusta meterme un poquito antes del desayuno…

En seguida, Papá Noel se puso a corretear de un lado a otro hablando de vampiros, renos, enanos y mujerzuelas, todo sin la menor coherencia, así que me senté en la cama y esperé a que los efectos del elíxir pasaran para poder conversar tranquilamente con aquel fantasma de las navidades pasadas.

Luego de una hora, durante la que revisé dos revistas pornográficas y un ejemplar de El Telégrafo – este vale exactamente lo que se paga por él: nada –, que encontré esparcidos por el suelo; Santa Claus reaccionó amenazándome con violencia pues supuso que yo era uno de los agentes de la KGB que querían secuestrarlo desde la época de la Guerra Fría.

Luego de calmarlo y recordarle nuestra entrevista, me dijo que me invitaba a desayunar en su restaurante predilecto. Admito que no esperaba que me llevase al Swiss Hotel, mas, cuando diez minutos después se puso a escarbar en un contenedor de basura en plena Plaza del Quinde, pidiéndome que escogiera entre unos restos de pizza envueltos en papel higiénico y una hamburguesa a medio comer con un extraño olor agridulce, me sentí orgulloso de mí mismo y de mi trabajo periodístico.

La Mariscal, el lugar donde los transexuales, las prostitutas, los borrachos y los traficantes se unen para protagonizar un capítulo más de la "Dimensión desconocida"

La Mariscal, el lugar donde los transexuales, las prostitutas, los borrachos y los traficantes se unen para protagonizar un capítulo más de la “Dimensión desconocida”

Mientras el anciano devoraba las dos suculentas viandas – yo me excusé por cuestiones de salud –, conversamos sobre su vida pasada y me dijo con cara de fastidio que renunció a ella solo porque odiaba cinco cosas: los renos, los regalos, los enanos, los trineos y los niños.

— Imagínate lo fastidioso que es recibir todas esas cartas mal escritas en las que me piden pendejadas: “Querido Papá Noel: quiero una muñeca, un perro, un tamagotchi, una computadora, un iPhone ‘como el de mi papi’, la señorita Robinson, ‘mi profe de primer grado’, etcétera, etcétera, etcétera”. Después, ese reno inmundo con la nariz roja que me recuerda todos los resfriados que he pescado por culpa del frío; el traje ridículo que tengo que usar y mi trasero quemado cuando a cierto payaso se le ocurría dejar la chimenea encendida. Finalmente, al llegar a casa luego de tanta miseria, siempre me encontraba con la vieja de mi mujer borracha y recriminándome el hecho de haber abandonado a un turco musculoso por mi obesidad y el hielo polar.

"Roxy" de Balzar tiene su "tumbao" griego, tailandés, cubano, usted solo pida.

“Roxy” de Balzar tiene su “tumbao” griego, tailandés, cubano, usted solo pida.

Terminado el desayuno fuimos a comprar polvo de estrellas de Campanita y a buscar a una prostituta de Balzar que se hacía llamar Roxy – Papá Noel era su chulo –. La morena en cuestión nos recibió con una sonrisa misteriosa y preguntándome si yo era otro de los “socios” de su “marido”; negué y dije que era periodista. La mujer, enloquecida de repente, amenazó con “sacarme la madre” si la fotografiaba. Por fortuna, Santa vino en mi ayuda al decir que a mí poco podía importarme una “pinche puta”.

La morena, calmada con el aplastante razonamiento de su chulo, nos invitó a pasar a su cuarto para tomar un café con pinta de agua sucia. Mientras yo degustaba la bebida, ellos se dedicaron a esnifar el polvo de estrellas de Campanita, sobreviniendo otras dos horas en las que revisé unas nuevas revistas pornográficas y un ejemplar de Familia hallados bajo la cama de Roxy.

Ella fue la primera en reaccionar ofreciéndome unos “masajitos griegos y tailandeses” porque estaba “de buen genio”. Acepté sin comprender a lo que se refería, pero tengo que admitir que ahora sé que son muy divertidos siempre y cuando a uno no lo atemorice el sida.

Al terminar, Papá Noel que nos había estado mirando con una sonrisa divertida dibujada en su rostro, me entregó mi ropa.

Parece que una chica como la de la foto fue la espía que amó a Papá Noel y lo llevó a la perdición.

Parece que una chica como la de la foto fue la espía que amó a Papá Noel y lo llevó a la perdición.

— Verás – me dijo –: decidí dejar esa vida asquerosa hace un año, cuando pasaba mis últimos días de vacaciones disfrazado de Papá Noel en un centro comercial de esta ciudad, una chica de veintitrés años quiso tomarse fotos conmigo y me gustó tanto que me sentí miserable pensando que al llegar a casa vería a esa vieja fea y amargada con la que estaba casado; me fui a vivir con la chica en cuestión pero ella, pronto, me dejó. Después de varios meses de excesos en La Mariscal me quedé sin un dólar, por lo que tuve que dedicarme a esta profesión para sobrevivir.

Quise saber sobre el fin que tuvieron Mamá Noel, los enanos, Rodolfo y el resto de renos; él, sonriendo burlonamente, me dijo que los cazadores lapones ya se habían comido a Rodolfo, literalmente, y que su ex mujer estaba amancebada con los enanos, subsistiendo de la venta de carne de rangífero.

Ya con la ropa puesta, estreché la mano de Santa y recibí un sonoro beso de Roxy como despedida. Cuando atravesaba el umbral de la puerta, el anciano me dijo que volviera a visitarlo, pues él y su morena me enseñarían a esnifar polvos de estrellas y a inyectarme el elíxir de la euforia como es debido.

¬¬

Mi tarjeta de Navidad para todos ustedes. 🙂

El extraño caso del señor Noel, muerto en el Machángara

Las cenas de Navidad son una porquería. Admítanlo: a ustedes les fastidia, tanto como a mí, mantener esos incómodos diálogos – supremamente educativos y tiernos – con parientes a los que no han visto en siglos y que se creen la fuente del saber universal.

— ¿Ya conseguiste empleo? ¿NO?

— Es que estoy dedicado al arte…

— ¿Artista? Eso no es un trabajo, hijito, solo pendejadas de comunistas o hippies vagos.

— Es que yo creo…

— No, tú no tienes que creer nada, debes trabajar, T-R-A-B-A-J-A-R, ¡TRABAJAR!, ¿ENTIENDES?

— Sí, pero…

— ¿Y ya te casaste?

— No, yo…

— ¿Hasta cuándo piensas esperar? ¡Ya sienta cabeza! Ese connubio con la gallina que compraste hace un año no va hacia ningún lado, ¡ES UN ANIMAL, CARAJO, NO UNA MUJER!

(Mi relación con Juliana la gallina es algo que se debe respetar, ¡nos amamos y no hay nada malo en eso!)

Sin embargo, este año la reunión de Navidad fue diferente, hasta interesante. Yo, como de costumbre, acudí con el soberbio propósito de embriagarme y apenas entré en la cocina para buscar una botella de vino, pude ver a un viejo flaco y barbudo, quien, más borracho que una cuba, insultaba a todo aquel que quería acercársele.

— Oye, viejo – dije engrosando la voz como me enseñaron en las cantinas de mala muerte –, ese es MI trago.

El hombre me miró con una sonrisa burlona.

— Tú pareces de los míos, ¿por qué, en vez de quitarme el vino, no bebemos juntos?

Primero supuse que se trataba de un pervertido, pero como mi alcoholismo es más poderoso que mi instinto de conservación, acepté.

— ¿Sabes? Mi nombre es Papá Noel

— ¿Ah, sí? ¡Qué bueno!

— Papá Noel, Santa Claus, San Nicolás ¿no te suena familiar?

— No, ni idea.

— El sujeto que regala juguetes en Navidad…

Me puse a reflexionar y, de pronto, recordé.

— ¿En serio? ¡No te creo! Solamente eres un viejo flaco, borracho y amargado; el verdadero Santa es un gordo bonachón.

— No, no, soy Papá Noel y si me encuentro en este estado, es por culpa de ustedes…

— ¿Por qué? Yo no te he hecho nada… al menos sobrio.

— Me refiero a los humanos en general. Verás: hace mucho tiempo los niños creían en mí sin discutir, esperaban alegres, durante meses, mi llegada, soñaban en Rodolfo el reno, el trineo y la bolsa de juguetes, pero, de un tiempo a esta parte, una corriente de gente inteligentísima se ha propuesto hacerme la guerra, dicen que no existo, que “la Navidad es una invención de los capitalistas burgueses, quienes alimentan el consumismo de la gente para enriquecerse indiscriminadamente”, o que soy “una figura de la que se apropió una transnacional para hacer propaganda por su asqueroso producto” y otras cosas por el estilo; ¡ya nadie disfruta de esta fecha, y ni siquiera los niños me escriben cartas para pedirme regalos! ¡Estoy acabado!

— Bueno, la verdad es que yo tampoco soy fanático de la Navidad, sin embargo, me da lo mismo si la gente cree en ella o si tú bajas cada año por las chimeneas para robarte la ropa interior de las universitarias, al fin y al cabo, suelo hacer lo mismo.

— Ojalá todos fueran tan comprensivos como tú, mi querido y borracho amigo; te confieso que la pena me ha empujado a tomar una decisión fatal: ¡me voy a suicidar!

— ¡No puedes hacer eso, Rodolfo se quedaría sin nadie que le dé la cena!

— Ya puse en adopción al reno, lo acogió una familia de ecologistas radicales; la última vez que nos vimos, lo estaban pelando porque ni ÉL debe llevar encima un abrigo fabricado con pelaje animal.

— Ya veo, ¿entonces estás decidido?

— Sí, por eso estoy en Quito, quiero ahogarme en el Machángara.

— ¡Qué asco! ¿Por qué?

— Es que deseo una muerte denigrante y no se me ocurrió un río más sucio e inmundo que ese – hizo una pausa para beber un último trago y luego concluyó –: bueno, me despido, fue un gusto haberte conocido.

Enseguida, extendiéndome la mano, se marchó.

Hace unas horas, encendí el televisor – aún tenía resaca por los excesos de la noche –, y en cierto canal estaban transmitiendo el noticiario. La presentadora hablaba de un hombre al que habían hallado flotando entre los desechos del río Machángara, la madrugada del 25 de diciembre.

— Entre sus pertenencias – dijo la mujer –, se halló una tarjeta, cuyo texto decía: “Papá Noel, Polo Norte, 00001.”

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