Una poetisa a la picota

PoetisaTodas las noches Jaime llegaba a su casa con la sensación de que había cometido un delito, sin embargo le pagaban para eso y el sueldo no era nada deleznable. “¿Es preferible condenar a muerte a un par de poetas y periodistas – se preguntaba – o no hacerlo y perder el automóvil de último modelo, las vacaciones semestrales al Caribe y los almuerzos en el Hotel Hilton?”

El funcionario tenía cuatro posgrados, dos maestrías y un doctorado, todos en Ciencias Sociales y cuando presentó su currículo para el cargo de Secretario Observador y Calificador de Contenidos de Medios Escritos, Audiovisuales y Electrónicos del Ministerio de Propaganda de la República Nacional y Soberana de Estulticia, lo aceptaron inmediatamente – el sustantivo “censor” se eliminó en una reforma de ley para que quede claro a nivel internacional que en el país nunca se censura.

El proceso de selección para cualquier puesto burocrático en Estulticia dependía de la cantidad de títulos del aspirante y, sobre todo, de su adhesión incondicional al Régimen. Dichas cualidades le sobraban a Jaime, pues era imposible que faltase a un mitin político o un curso para obtener un nuevo diploma; de hecho sus familiares sostenían orgullosos que en vez de tapiz, las paredes estaban cubiertas de títulos y banderas del partido. En pocas palabras: era un genio de la tecnocracia y, por ende, un gigante de la mediocridad.

Aquel día el trabajo fue mucho más duro que de costumbre, tuvo que condenar a las brasas la obra completa de una joven y bellísima poetisa porque estaba en contra del canon estético de la República. La muchacha se había atrevido a escribir sobre el amor, sin importarle que el Jerarca dijo, en uno de sus miles de millones de enlaces televisivos, que ese sentimiento es el germen de la sedición. “¡No hay peor rebeldía que querer a otro ser humano!”

De todos modos Jaime sintió compasión por ella, al fin y al cabo la quema de sus libros significaba, en el mejor de los escenarios, la cárcel. Y era tan hermosa…

La mañana siguiente, lo primero que hizo fue llamar a sus contactos para averiguar el estado de la muchacha, al tiempo que preguntaba si había algo que se pudiese hacer para librarla del escarnio y la muerte. Finalmente, cuando le informaron que todo era inútil porque el Jerarca había dado la orden de ejecutarla por sediciosa, se encaminó a la prisión.

Muy poco es lo que ella le dijo, estaba reacia a cualquier clase de contacto con un “esclavo del tirano”. Sin embargo Jaime no se resignó, visitándola a diario desde entonces.

Pasaron algunas semanas y justo la tarde previa a la ejecución de la poetisa, esta pareció rendirse y se puso a conversar por horas con él, confesándole incluso su miedo a la muerte y su certeza de que debía existir un mundo mejor.

Jaime volvió al Ministerio víctima de la pasión y la tristeza, mas, no tuvo tiempo para pensar en alguna solución porque un par de policías le franquearon la entrada a su oficina, al mismo tiempo que le entregaban una orden de arresto firmada por el Jerarca. Lo acusaba de haberse enamorado de una sediciosa, convirtiéndose él también en uno.

Enseguida lo encerraron, aislándolo de todos – hasta los guardias tenían prohibido hablarle – y con una alimentación exigua, pero sufría más por el destino de su poetisa y por el miedo a su propia muerte.

1Un día – era imposible saber cuántos transcurrieron durante ese cautiverio – uno de los guardias de la cárcel le dijo que saliese y que, en un juicio sumario, se había resuelto su situación: su condena no era la muerte, era peor, al menos para él: lo degradaban a limpia – letrinas del Ministerio, quitándole todos sus títulos y diplomas.

Luego de obligarle a enfundarse un viejo overol, lo llevaron a una de los baños más inmundos del edificio.

— ¡Limpia! – le dijo el guardia –. Y si te interesa saber, la poetita está muerta y disfrutamos mucho al degollarla.

— ¡No me importa! – respondió Jaime con sinceridad.

Zorrita

Cuando me enamoré – con ese primer amor siempre torpe e insubstancial –, ella era una hermosa pelirroja, sus caderas invitaban a soñar, a pensar en todo menos en la misa del domingo.

Yo hacía lo posible para llamar su atención, casi mendigaba por una palabra amable, una sonrisa, lo que fuera… pero Juliana me ignoraba, como ignoraba a todos los que babeamos por sus senos.

Por mi hermana, que era compañera suya en el colegio, supe que la pelirroja se había prometido a sí misma despreciar a los hombres, al sexo, a la carne, convirtiéndose en una suerte de Artemisa de país latinoamericano atrasado. Esta noticia me hizo aborrecer a las monjas del colegio, directas responsables según mis deducciones, de ese atentado contra la naturaleza.

Mi deseo frustrado me impulsó a perseguir a Juliana, aunque sólo fuera para sentirme cerca de ella y seguir amando su silencio. A media tarde, yo, corriendo, iba en su búsqueda y la perseguía desde el colegio de esas malditas monjas hasta su casa, unas diez cuadras al norte. Ese mes de noviembre transcurrió con rapidez.

Cierto día, sin embargo, noté que Juliana estaba diferente: sus labios, ligeramente plegados en una mueca, expresaban fastidio y quizá hasta asco. Además, no se dirigió, como de costumbre, del colegio a su casa, sino que, desviándose, fue a parar en una banquita en el centro de un parque poco concurrido.

La miré protegido por la silueta de un pino, sin atreverme a decir nada hasta que Juliana pegó un alarido, desmayándose, enseguida, sobre el césped mal cortado. Acudí a socorrerla, pero mis métodos de rehabilitación eran tan ridículos como mis tentativas románticas.

— ¿Qué haces aquí? – fueron las palabras de agradecimiento de mi “damisela en apuros”.

— Estaba… estaba jugando fútbol y te vi caída…

— ¿Y la pelota?

— ¿Qué pelota? ¡Ah! La de fútbol… la de fútbol…

— No importa; estoy bien, ¡déjame tranquila! – me levanté para irme, pero sentí que su mano, repentinamente, se aferraba a la mía –. ¡Espera! Tengo un horrible problema y no sé qué hacer, tal vez tú puedas ayudarme.

Asentí titubeando.

— Desde esta mañana – continuó Juliana – algo raro me está pasando, creo que es en mi cabeza o tal vez en mis ojos, no estoy segura… Lo que pasa es que veo… veo sexo en todos lados…

— ¿Qué? – mis ojos se abrieron como dos platos de sopa.

— Sí; cuando me levanté, me pereció ver que detrás de la cortina de la ducha una pareja fornicaba con violencia; en el desayuno, que mi hermano mayor se masturbaba; en el baño del colegio, que dos niñas tenían sexo oral… en la clase, en la comida, en los libros, aquí, en todo lugar … ¡Sexo, sexo, sexo…! ¡Ya no puedo soportarlo!

Una parte de mí quería aprovecharse, sin embargo, mi torpeza y mi cobardía me superaron, haciendo que no fuera capaz de formular ni siquiera una frase coherente. Por otra parte, mientras intentaba reaccionar, ella ya se había olvidado de mí y sus ojos vidriosos miraban a su alrededor con ansiedad, perdidos en quién sabe qué pensamientos.

Esa noche, regresé a casa y no pude dormir. No pensaba en sexo, más bien me sentía avergonzado de mi incapacidad de reaccionar como el caballero que había jurado ser para Juliana. Desde entonces, no volví a perseguirla.

Dos semanas después, mi hermana contó mientras cenábamos que mi “damisela en apuros” había adquirido una enfermedad extraña y que era tan grave que sus padres optaron por internarla en un hospital para desahuciados.

— ¿Qué tiene? – dije, simulando indiferencia.

— Nadie sabe cómo se llama la enfermedad, pero durante los primeros síntomas empezó a salirle una cola con pelos anaranjados, luego un hocico y garras. Esta mañana la vimos y era una zorra completa, no quedaba nada de la niña de la que te enamoraste como pendejo, hermanito; aunque seguía siendo un animalito encantador…

Nunca me atreví a visitarla. Mi amor por ella duró un par de meses más hasta que viajé a Paris; allí, la literatura y mi trabajo como secretario de don Marcelo Chiriboga me absorbieron por completo, convirtiendo a Juliana en un espejismo del que sólo supe, por la carta de un amigo, que vivía felizmente en un refugio para animales salvajes en las afueras de Quito.

La Venus del cuadro

Botticelli

La esposa de López veía con preocupación como su marido se encerraba en el estudio hasta altas horas de la noche para trabajar en una misteriosa pintura. Ahora el arrepentimiento la consumía, pues fue ella misma la que lo alentó un par de meses atrás a retomar sus obras, largo tiempo abandonadas por una crisis creativa.

— Emilio – le dijo un día mientras desayunaban –, ¿por qué no descansas un poco? Desde que empezaste a pintar ese cuadro, casi no nos vemos.

— Laura, no exageres; comemos juntos y en la noche…

— Claro, pero te acuestas tan tarde que, por lo general, ya me he dormido cuando subes a la habitación.

El artista guardó silencio. Comprendía la amargura de su mujer, mas, estaba atrapado… Ella lo había atrapado.

— No te preocupes – aventuró, al fin –, pronto la pintura estará terminada.

— ¿Cuándo?

— No sé; hoy o mañana.

Laura hubiera querido creerle. «¡Dios!, ¿por qué tiene que ser tan transparente?»

El resto del desayuno se fue entre agudos silencios y miradas opacas. Luego, López volvió a desaparecer tras la puerta del sótano que utilizaba como estudio.

«Tengo que hacer algo o lo voy a perder, estoy segura», pensó Laura, sin saber a ciencia cierta qué era lo que le ocasionaba esa mezcla de celos, curiosidad y dolor.

Tratando de hacer el menor ruido posible, apegó la oreja a la puerta del sótano, empeñada en escuchar algo que le permitiera comprender la obsesión de su marido.

Al principio, silencio; luego, pudo oír algunas palabras entrecortadas, exclamaciones y gemidos. «¿Qué? ¡Maldita sea! ¡No entiendo bien!»

— … Es que siento pena – se escuchó.

— ¿Pena? ¿De ella? – dijo una voz dulce, femenina.

«¿Con quién habla? Debo saber quién es esa mujer?»  Suavemente, giró el picaporte – el seguro no estaba puesto –, y deslizando la cabeza por un resquicio, se puso a mirar el interior de la habitación. Casi todo estaba oscuro y apenas una mortecina luz amarilla iluminaba un rincón donde se había colocado un caballete, sin embargo, ni su marido ni la mujer aparecían.

— Tú eres sólo mío – volvió a hablar la voz femenina.

— No comprendes, es que…

— ¿Qué?

— ¡No puedo hacerle esto!

— Entonces, ¡olvídate de mí!

— No – murmuró el pintor.

Laura estaba abatida. Tras cerrar con suavidad la puerta, caminó hasta la sala, sentándose luego en el sofá, donde permaneció por varios minutos, llorando en silencio.

— Debo hacer algo – se dijo, al fin.

Movió la cabeza; buscaba una respuesta. Entonces sus ojos se posaron sobre un filoso cuchillo. «¡Eso es!», pensó, mientras, temblorosa, lo cogía.

Con la frialdad que tiene aquel que ha tomado una decisión fatal, fue hasta el sótano sin hacer el menor ruido y al franquear la entrada, escuchó a la mujer decir una vez más:

— La dejas o te olvidas de mí.

— Está bien, voy contigo – dijo López.

— ¡No, no, no! – gritó Laura, bajando las gradas lo más rápido que le permitían sus piernas.

La frialdad se había esfumado. Una ira incontrolable la obligaba a derribar los caballetes y a rasgar los lienzos, al tiempo que su boca soltaba toda clase de imprecaciones. Sólo el cansancio pudo detenerla.

— ¿Dónde están? ¿Dónde? – interrogó agotada.

No había señal de los amantes.

— ¿Escaparon…?

De repente, su mirada descubrió el único cuadro que pudo librarse de su venganza. Era el más grande y se encontraba en un rincón del sótano, protegido por la oscuridad. Con el cuchillo en alto, la mujer se acercó. Las tinieblas le impidieron ver con claridad la pintura, sin embargo, repentinamente, un intenso haz de luz entró por una claraboya, iluminándolo todo.

— ¡Dios mío! – alcanzó a murmurar Laura antes de caer desmayada.

Su marido, el pintor Emilio López, aparecía dibujado – ¡atrapado! – en el cuadro, junto a una hermosa mujer rubia, semejante a la Venus de Botticelli, que lo arrastraba hacia una isla llena de sirenas y faunos.