Biografía Apócrifa: el honorable Pulvapies

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¡Fotografía del político más limpio de la historia! Tomada de su propia página web.

1967 fue el único año en el que ese raquítico monstruo llamado “Democracia” no pudo decirse a sí mismo que era un fracaso.

Es una mañana tibia de julio. En la pequeña población de Picoazá, Manabí, la gente acude, con una mezcla de incertidumbre y aburrimiento, a las escuelas donde se han instalado centros de votación.

Una tras otra, las papeletas salen de las mesas electorales para entrar en las urnas, como violándolas. Los votantes, enajenados, desfilan por aquí y por allá firmando, tachando y volviendo a firmar…

Afuera, partidarios de uno u otro candidato para la junta parroquial aguardan ansiosos y, con disimulo de hiena, entregando de vez en cuando papeluchos con ofertas incumplibles.

Entre las arenas de ese desierto político, hombres con camisetas verdes se dedican a repartir volantes. “¡Es publicidad comercial!”, se defienden cuando los gendarmes les acusan de incumplir con las inefables normas electorales.

Pulvapies-1967
Una efectiva campaña electoral…

Y es verdad. En aquellas hojas solo se lee:

“PARA ALCALDE: ¡HONORABLE PULVAPIES!”

“VOTE POR CUALQUIER CANDIDATO, PERO SI QUIERE BIENESTAR E HIGIENE, ¡VOTE POR PULVAPIES!”

La gente, como no podía ser de otra manera, optó por el bienestar y la higiene.

Al hacer el conteo de votos, los funcionarios del Tribunal Electoral se dieron cuenta de que el alcalde elegido fue el honorable Pulvapies (sin tilde). Una doble proeza si se tiene en cuenta que Picoazá es una parroquia y, por lo mismo, no elige dignidades de tal índole.

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¡El único realmente honorable!

Acaso esa victoria no tuvo trascendencia política, pero sí fue lo suficientemente llamativa para llegar hasta ese caníbal de la novedad que es el público estadounidense.

Los cazadores de noticias falsas incluso hoy invierten horas y esfuerzos para comprobar si la historia no fue más que un bulo o un error repetido por periódicos como el New York Times. La verdad es esquiva, sin embargo.

¿Los ecuatorianos confunden hasta a los cazadores de noticias falsas?

Lea la nota en los archivos del New York Times.

Un día para olvidar pero que no se puede olvidar

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Subiste al autobús agotado. En ese tiempo aún eras librero y creo que te gustaba. En la radio, un locutor leía las noticias, haciendo énfasis en la liquidación de miles de médicos y enfermeras pertenecientes al Seguro Social, el gobierno alegaba que eran viejos y que se traería a cubanos para reemplazarlos. Sacaste un libro de la mochila.
En casa todo estaba oscuro y silencioso. No había ni un perro que te ladre.
Desnudo – completamente – te metiste en la cama y antes de prender el televisor permaneciste en silencio unos minutos, escuchando, a lo lejos, la parranda vallenata de algún vecino.
En la televisión pasaban solo películas aburridas y algún episodio viejo de Friends. Apagaste todo y acurrucado en las sábanas heladas seguiste escuchando los vallenatos.
El teléfono sonó. Dijeron tu nombre y algo sobre una emergencia. Debías ir en seguida.
Por unos minutos, permaneciste estático en medio de la penumbra – más desnudo que antes –. Lo primero era llamar a alguien, pero te sentías solo. Existían tu hermana, tus tías… Sí, pero estabas desnudo
Llegaron al poco tiempo. En el automóvil te interrogaron y solo pudiste decir que no sabías nada, excepto que era grave. La voz del médico que llamó sonaba nerviosa.
Por el camino, viste que en la “zona rosa” la gente bailaba, bebía. Salsa, trago, putas, lo usual. Tú, mientras tanto, pensabas en el inicio del Quijote: “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…” ¿Quién sabe el porqué?
Reaccionaste cuando el carro se detuvo.
En el piso tres del hospital, dos practicantes dijeron que el jefe de Terapia Intensiva quería tener una reunión. Nada más. Creo que uno de ellos fue el que habló contigo por teléfono.
El médico explicó que había ocurrido un accidente, que la enfermera no subió el riel de seguridad de la cama – “no es que eso sea negligencia, además hay una sola persona para más de treinta pacientes, por lo de los despidos” – y que el enfermo, desesperado por quién sabe cuáles delirios, se puso de pie, mas, como estaba tan débil, resbaló golpeándose la cabeza contra la pared y el velador. Luego un aneurisma y el coma.
Llovieron frases del tipo: “se hizo lo que estuvo en nuestras manos”, “errores humanos”. Lo usual.
Fuera de la sala de reuniones, le dijiste a una de tus tías que al día siguiente hubieras ido a visitar a tu padre. “Ayer y hoy trabajé todo el día”, balbuceaste a modo de excusa. Es probable que no hayan escuchado.