El cuarto de Eddy Sackville

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Edward Charles Sackville – West, V Barón de Sackville. Fuente: National Trust.

Knole es un castillo con más de 360 habitaciones, construido al oeste de Kent, Inglaterra, y en el que se mezclan los estilos Tudor y Estuardo.  En manos de la familia Sackville desde el siglo XVI, ha sido refugio de gente relacionada, en mayor o menor medida, con el mundo del arte.

Pensando en el hogar de un noble inglés, la última imagen que viene a la mente es la de una habitación – estudio con un váter anexo tan minúsculo que al levantarse, el usuario podría partirse la cabeza.

Pues así vivía Edward Charles Sackville – West, V Barón de Sackville – o Eddy, como lo llamaban sus amigos –, dentro de Knole.

Su delicada salud lo había obligado a abandonar una prometedora carrera musical para dedicarse a la literatura, condenándolo a la pobreza y, en el mejor de los casos, a una crítica que repartía elogios superficiales para evitar la fatiga de tener que atacarlo.

Vivió acosado por las deudas y cuando Knole quedó en su poder por obra y gracia de las leyes inglesas – que se lo arrebataron a su prima, Vita Sackville – West, por ser mujer – la situación en vez de mejorar, empeoró: ahora no solo debía mantener su alma, sino la de un elefante de piedra del siglo XV.

No obstante, Eddy era un artista, no un hombre práctico, así que convirtió la torre principal del ala oeste en su cuartel creativo. Allí, pintores, poetas y toda clase de intelectuales lo visitaban para conversar o amarse, al tiempo que los billetes se esfumaban de sus cuentas bancarias.

Knole

Knole. Foto de José Luis Barrera, incorrector de estilo.

Su época fue la del Círculo de Bloomsbury y, como tal, la del desafío a la moral victoriana, la de una sexualidad sin tapujos. A pesar de eso, Eddy no pudo asumir su homosexualidad con la misma actitud desafiante de su prima y de Virginia Woolf, su amante, porque podía terminar en la cárcel.

Trasladó entonces su frustración de la cama a las páginas de los libros. La paradoja es que el reconocimiento sincero no lo obtuvo gracias a ellos, sino a la crítica musical que publicaba en los periódicos para ganarse la vida.

Con el tiempo, tuvo que abandonar Knole por la dificultad que significaba mantenerlo y fue a vivir en el norte de Irlanda, donde fallecería en 1965 mientras escuchaba un disco de Benjamin Britten.

Hoy es posible visitar su cuarto y su salón de música en la torre principal del lado oeste del castillo. En el cuaderno de visitas se encuentran las firmas Raymond Mortimer y Aldous Huxley, entre otros. Todas, personalidades atraídas acaso por un hombre que vivía para el arte – en forma de música o de literatura – y que estuvo dispuesto a jugarse el pellejo por él, enfrentando con valentía incluso al fracaso.

“Stardust” Bowie

David Bowie

David Bowie

David Bowie fue una estrella de rock; también, un alienígena y no se trata de una hipérbole poco feliz, pues era un personaje multifacético que, aparte de productor, músico, arreglista y compositor, se dedicó al cine, donde se puso bajo la piel de un extraterrestre desesperado por acabar con la sequía de su planeta, llevándose el agua de la Tierra.

Bowie durante su carrera recurrió varias veces a la Ciencia Ficción y logró que este género, aparentemente circunscrito a la literatura y al cine, se popularizara también dentro del mundo de la música. Sin embargo, al escuchar sus canciones o ver sus películas, queda claro que su interés no es el de un diletante, hay, de hecho, una preocupación de fondo que lo empuja a convertir una novela de Orwell en canción.

Durante los años sesenta y setenta el planeta soportaba la Guerra Fría, Vietnam seguía lavándose con sangre y existía el peligro de una catástrofe nuclear, empujada por el encumbramiento de políticos de línea dura como Nixon en los Estados Unidos o Brézhnev en la Unión Soviética.

Con criaturas así, se justifica la frase favorita de toda mujer: "tu amiga es una perra" (¿?).

Con criaturas así, se justifica la frase favorita de toda mujer: “tu amiga es una perra” (¿?).

Por otro lado, movimientos de jóvenes occidentales, hastiados de la violencia y acaso de la propia banalidad en la que vivían gracias al progreso económico de sus padres, optaron por el pacifismo o la irreverencia, que concluyó con el Mayo del 68 y la masacre de Tlatelolco.

El mundo, en definitiva, siempre ha sido una incertidumbre, pero en aquellos años el miedo a una conflagración peor que las dos guerras mundiales, hacía que los jóvenes buscaran un espacio para luchar o, al menos, para expresar su inconformismo.

Bowie sintió ese malestar. Su sensibilidad artística le hizo comprender que el humano se encaminaba hacia su destrucción, principalmente por ser incapaz de respetar su espacio. Asimismo, el nivel de deshumanización de los hombres alcanzó tal envergadura que no es descabellado pensar que algún día olvidaremos hasta el sexo – como sugiere en “Drive-In Saturday” –, al fin y al cabo, esa burbuja vacía de amor y compasión que estábamos construyendo no justifica ni la reproducción.

El cantante de rock vio lo mismo que Orwell: el amor será eliminado por la ambición de poder y la humanidad por el egocentrismo.

Ziggy Stardust con un traje creado por cierto diseñador ecuatoriano de renombre.

Ziggy Stardust con un traje creado por cierto diseñador ecuatoriano de renombre.

Bowie en su álbum “The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars”, plasma estos miedos en la figura de su álter ego, el extraterrestre Ziggy Stardust, quien vino al planeta para intentar advertirnos sobre su fin, pero que, al final, sucumbe a su propio éxito y fracasa en su misión. El británico parece decirnos que el egoísmo de nuestra especie ha corrompido tanto al mundo que es suficiente con respirar el mismo aire para quedar contaminado.

Bowie fue un cantante de rock, sí, pero también algo más: fue un verdadero artista porque tuvo la sensibilidad de no divorciarse, a pesar del éxito y de la fama, del mundo que lo rodeaba. Caminó más allá de los espectáculos de luces multicolores en los escenarios, pero sin pretender catequizar con su música, sino limitándose a llamar la atención con el empeño de ser diferente a Ziggy Stardust, cumpliendo la misión que él no fue capaz.

(Lea este texto también en La Casa Ártica y en la web de la Ciencia Ficción en Ecuador.)

 

“Drive-In Saturday”

Último día como librero

Dos caras de la misma moneda (parte 1).

Aquel 7 de marzo cumplí 32 meses en el oficio de librero.

londonreview_2La tienda parecía un horno, vendedores y libros nos cocinábamos a fuego lento, víctimas del verano prematuro. Apenas hube cruzado la puerta, me dediqué a acomodar algunos volúmenes en la sección de literatura. Distraído, tomé una novela de Roncagliolo, pero fui incapaz de lograr que palabra alguna quedara en mi memoria.

“¿Tiene grapadoras?”, dijo, de repente, un sujeto sin siquiera atravesar la puerta. Negué, no tenía intención de explicarle que aquello era una LIBRERÍA.

Mi compañera de trabajo edificaba una pirámide con varios paquetes de las “Cincuenta sombras de Grey”, logrando que recordara cierto fotograma de “Ben – Hur” en el que un esclavo hebreo moría aplastado por las rocas con las que estaba construyendo el templo de Seti I.

Un comprador me detuvo mientras pasaba una franela sobre “El demonio del absoluto” de André Malraux, quería que le dijera por qué me dedicaba a vender libros “ahora que hay internet”. Le explique que aquel era mi último día – en otra época lo habría acribillado por la blasfemia –. Me felicitó.

Aparecieron dos señoronas que buscaban un libro para su “nietecito”. Quise saber la edad y me respondieron que aún no había nacido, pero que iba a ser inteligentísimo como su “papito”. Entonces, les vendí un librito del ratón Miguelito que soñaba con ser pintorcito.

La tienda se vació. El calor era cada vez más intenso, acaso la carne al carbón la vendíamos nosotros y no el restaurante “Vaco y Vaca” de enfrente.

Los minutos transcurrían con lentitud, tal vez porque yo no quería irme. Aquella tienda tenía mucho de mí: el orden de los libros, el tipo de literatura que predominaba e incluso la música.

Un niño y su madre entraron, dedicándose a extraer un ejemplar tras otro para luego, casi sin revisión, abandonarlos despiadadamente en un área a la que no pertenecían: infantiles en autoayuda, ciencias en esoterismo y literatura erótica en infantil. Cumpliendo con el trabajo de Sísifo, ordené el desorden como cientos o miles de veces en el pasado.

El libro del presidente Correa publicado en 2009 que Ecuador llevó como novedad a la Feria del Libro de Bogotá en 2011. Eso, no más.

El libro del presidente Rafael Correa publicado en 2009 y que Ecuador llevó como novedad a la Feria del Libro de Bogotá en 2011. Eso, no más.

El niño haló una de las mangas de mi camisa y me dijo que había leído el segundo libro de “Harry Potter y las reliquias de la muerte” y que “estuvo buenazo”. Lo miré maravillado, respondiéndole que yo acababa de leer la tercera parte de “El hobbit” y que también estaba buenaza. Luego, le vendí a su madre “Ecuador: de Banana Republic a la No Republica”, pues necesitaba un libro para entender el lenguaje de los adolescentes problemáticos. También pude ofrecerle algo de César Millán, pero no había en stock.

El calor solo se disipó en la noche, poco antes de que cerrase la tienda. Entonces, me atreví a entrar en la caja para revisar por última vez la computadora y los correos electrónicos institucionales. En la mañana había enviado un mensaje a los compañeros de otras tiendas de la cadena con mi despedida, sus respuestas me trajeron recuerdos de miles de libros, amigos y amores…

Al final, apagué las luces y mi compañera puso el candado en la puerta. Antes de despedirme de ella alcancé a ver que un libro se caía del anaquel de la vitrina.

“Mañana lo arreglas”, le dije y mi novia, que fue para acompañarme en el cierre de esa etapa, me tomó de la mano y sonrió.

Lea la segunda parte de esta crónica: “Primer día como profesor“.