Holy – good

UNO

cine hollywood

Cine Hollywood. Fuente: blog “Colombia & България

En los años setenta y ochenta, anacondas humanas se enroscaban alrededor de ese gigantesco cuerpo de cemento en cuyas entrañas habitaba el cine Hollywood.

Cada escama de la culebra tenía ojos, piernas y un sexo anhelante, pero, pese al prejuicio, los espectadores no eran perversos violadores o proxenetas en decadencia, más bien se trataba de empleados públicos a los que sus jefes, diputadillos o ministretes, opacaban hasta el punto de convertirlos en borrones del libro de la vida.

Por aquellos años había libre ingreso para las mujeres y ellas, como vetas de oro, sobresalían con sus faldas cortísimas entre el tropel de funcionarios con la corbata tan perfectamente anudada que parecía una horca.

Putas”, les decían las señoronas a aquellas vetas de oro y quizás era cierto, el caso es que nunca se pudo comprobar que una hiciera sus negocios dentro del cine o eso es lo que repetían hasta el cansancio administradores y porteros.

En pleno siglo veintiuno las mujeres dejaron de ser admitidas para evitar líos con la policía. Las beatas de los setenta hubieran estado felices, pero su victoria llegó tan tarde que, si estaban vivas, ya ni siquiera les importaba.

Antes, en los sesenta, no solo que podían ingresar las féminas, sino que vedettes colombianas o argentinas preparaban presentaciones para el Hollywood provocando felicidad inenarrable en solitarios onanistas y grises funcionarios que buscaban combatir su estrés laboral con piernas y nalgas.

Las anacondas humanas reptaban sobre las diminutas veredas de las calles Guayaquil y Espejo a cualquier hora, pero entre las doce y las cinco de la tarde era el momento preferido para hundirse en las butacas.

Pasadas las seis, el voyeur, si quería quedarse, debía mutar en masoquista, pues el sector se llenaba de malandros incapaces de respetar el éxtasis ajeno.

Para el hombre de la taquilla casi ninguno de sus visitantes era un misterio. Desconocía sus nombres, pero sus caras eran muy familiares: los amantes del Hollywood eran asiduos.

Algunos sufrían de timidez. Casi siempre sus ojos miraban el piso, entregando la boleta sin levantar la cara. Otros, desafiantes, contemplaban a los empleados con una sonrisa burlona, y también había indiferentes que, sin duda, eran los más llamativos porque no había sombra de felicidad, tristeza o vergüenza en sus expresiones.

Impenetrables, acudían al cine con la misma frialdad con que un contador despachaba una tarea desagradable. Era imposible no preguntarse sobre su vida: ¿serían infiltrados, gente contratada para averiguar si se producían actos ilícitos dentro del cine? O ¿era gente sin nada que hacer y que iba únicamente para no estar sola o, lo que es peor, acompañada por alguien a quien no querían?

Mientras tanto, en la sala de proyecciones, el encargado se aseguraba de que las cintas estuvieran en buen estado, pues, en caso de enredarse, se verían obligados a suspender la función por minutos u horas.

En medio de esos percances, la gente se volvía loca, era capaz de lanzarse por los pasillos iluminados con luces rojas en busca del técnico para hacerle pagar con su vida por el corte. Es natural, esas personas quedaban truncadas en su camino al éxtasis.

De todas maneras, aquello era una rareza. El encargado era un experto en manipular los rollos de película y si hubo suspensiones, ciertamente no fue por su ineficiencia.

La peor tarde se produjo cuando un anciano sufrió un infarto en medio de cierta función y los servicios médicos solo lograron llegar para verlo muerto sobre la alfombra sucia.

El resto de asistentes no le dieron asistencia al verlo colapsar, solo se pusieron a huir como si temiesen contagiarse con alguna peste.

“Es que temen ser reconocidos…”

Lea otra crónica sobre el cine Hollywood en Caja Negra.

DOS

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“La musa” pide cédula para entrar al cine. Fuente: Deskgram Cristhian Parrado.

El declive fue vertiginoso. Podría culparse al VHS, al DVD, al internet o a cualquier otro adminículo de origen extranjero capaz de reducir la distancia entre el sexo en audiovideo y los espectadores circunstanciales.

La razón, sin embargo, es el aburrimiento.

En otro tiempo ir a ver pornografía en el cine era un acto de rebeldía, un escupitajo en la cara de los pacatos, pero, con el pasar de los años, lo que dijeran las beatas o los curas dejó de importar, tanto que ambas especies se convirtieron en fieras con peligro de extinguirse.

La gente, si bien seguía siendo hipócrita ante el sexo, ya no se tapaba sus ojitos para no disfrutar las delicias del pecado.

Por la ausencia de público, los dueños del cine Hollywood y de su primo hermano, el América, se vieron obligados a despedir empleados y la panza de la bestia de cemento y celuloide se vació.

El hombre de la boletería pasó a cumplir funciones de acomodador y hasta técnico de proyección. Empresarios y últimos empleados asistían con un silencio resignado a la derrota de su gigante.

Los espectadores eran una luz en el ocaso. Su número se redujo de forma considerable con el transcurso de los años, es cierto, pero unos veinte o quizá treinta se rehusaban a abandonar el barco, manteniéndose fieles desde los años sesenta.

Estos hombres, ahora vetustos como las alfombras del cine, parecían amantes que, víctimas de la costumbre, habían quedado ligados al celuloide y la llegada de internet o del blu – ray no consiguió librarlos de su maldición.

Estos hombres perdieron mucho tiempo atrás la vergüenza. Cuando alguien les plantaba conversación en el vestíbulo del cine, impasibles, respondían como en medio de un despacho del Ministerio de Comercio Exterior.

Se trataba de vejetes con anteojos gruesos y piel pálida que no se atrevían a comprar celulares por un pánico cerval a las  pantallas táctiles.

Por aquellos años, fue que las mujeres quedaron vetadas del cine. Los vecinos del sector se quejaban de que las prostitutas entraban con sus amantes de ocasión para ahorrarse el costo del motel o simplemente porque las urgencias no permitían llegar a ninguno.

“¡Eso un puterío!”, “¡este es un barrio decente!”, “¿adónde vamos a parar así?”

Lo cierto es que el cine había funcionado sin problema conviviendo con la decencia del barrio por seis décadas. Sobrevivió a las beatas y a las feministas new age, sin embargo, la pornografía en discos piratas cerraba poco a poco un lazo sobre el cuello de los dueños del cine y el escándalo con la policía habría sido el fin del fin.

Evitar que las mujeres, putas o no, entraran al cine era una estrategia desesperada para prolongar la agonía del Hollywood, gigante de cemento que, huérfano de la anaconda, sobrevivía a trompicones entre burlas y saldos en rojo.

TRES

Su fin llegó al mismo tiempo que el auge de los cines de centro comercial. Aquel fue el puntillazo en el lomo de la bestia de celuloide que ya no podía adaptarse al nuevo tiempo.

Las autoridades exigían que los administradores instalaran parqueaderos gigantescos, con espacio para trescientos vehículos, pese a que los asistentes no llegaban ni a cien.

Querían múltiples puertas de escape cuando en el centro de la ciudad tumbar una pared hubiera significado el derrumbe de la construcción entera y acaso de las aledañas.

En octubre de 2017, mientras en los cines de centro comercial se estrenaba el último blockbuster de Marvel y la gente se apilaba en las salas con formato imax, los últimos trabajadores del Hollywood recibían los papeles de su liquidación.

Entre octubre y noviembre, los asistentes acudieron a ver viejísimas películas porno italianas de los setenta con la tristeza propia de un funeral. Eran los muñones de esa anaconda que, ahora, estaba cómodamente sentada en una sala con aire acondicionado y sonido estéreo viendo a un Thor convertido en esclavo después de la aniquilación de su planeta.

Los viejecitos no iban a abandonar a su creatura de celuloide (uno de los pocos cines de contenido puramente erótico en el país) hasta que respirara su última bocanada de aire.

Los gemidos de las italianas de la película parecían los de la sala entera que abandonaba la vida entre quejidos y erecciones como dicen que les sucede a los ahorcados. En este caso, el estrangulamiento no se hacía con sogas, sino con deudas.

El médico forense, sin embargo, habría de escribir en el parte mortuorio que la verdadera causa de muerte fue el paso del tiempo que aniquila a hombres y cosas que son incapaces de adaptarse al cambio.

Sangre entre nosotros

Hoy me da la gana de escribir sobre el amor, pero sobre el que nace entre máquinas de escribir y cámaras de fotos: el de los artistas.

Igual que el nuestro – es decir, de la gente “común” – no está exento de dramas, aunque, por la chifladura de sus protagonistas, alcanzan proporciones trágicas.

De Borges, por ejemplo, se tiene una imagen antiséptica, como si se tratase de un anacoreta que, asqueado, huía del sexo y de cualquier pasión excepto la intelectual. Un absurdo.

En su cuento “El Aleph”, el narrador – o sea, Borges – inicia relatando su encuentro con el poeta Carlos Argentino Daneri, rival que le arrebató el amor de Beatriz Viterbo. Ella ya ha muerto, pero el odio y los celos entre ambos, no.

La historia deriva, poco a poco, hacia lo fantástico y esa Beatriz, que recuerda a la Dante, termina por convertirse en el camino hacia el “punto que contiene todos los puntos y todas las líneas del universo”.

Daneri y Beatriz tienen las características de dos personajes extraídos de una biografía de Borges.

Él tenía 27 años y estaba enamorado de una muchacha mucho menor, Norah Lange, pelirroja de ojos profundos y con ancestros sacados de las tundras del norte de Europa.

En aquel tiempo, Borges todavía era ultraísta y, sobre todo, un obseso del mundo gaucho, las literaturas nacionales y otras monstruosidades, se emborrachaba y hay quienes dicen que hasta bailaba tangos. Pero era tímido hasta la médula.

Él y la muchacha – quien ya había publicado un libro, por supuesto, con prólogo de Borges – paseaban por las calles del Buenos Aires de los años veinte, hablando de poesía, vanguardias, de todo, menos de amor.

La tragedia se produjo una noche de verano, es decir, en noviembre como sucede en las antípodas. El escenario fue la Sociedad Rural Argentina, nombre apropiado para un anticlímax más que para un melodrama.

A Borges se le había ocurrido llevar a Norah al banquete organizado allí en honor de Ricardo Güiraldes y su “Don Segundo Sombra”. Entre los invitados estaba el Daneri de este cuento: Oliverio Girondo.

La Fortuna, diosa miserable, quiso que la pelirroja se sentase al lado de este y no del otro poeta. En medio de la cena, la muchacha golpeó involuntariamente una botella de vino tinto que pertenecía a Girondo y la hizo añicos.

― ¡Parece que va a correr sangre entre nosotros! – le dijo él con “voz de caoba”, mientras el vino se desparramaba.

La sangre fluyó de un Borges hecho añicos para el amor, pero que nació para la Literatura. Sus textos cambiaron el romance trasnochado por el color del misticismo, las matemáticas y la fantasía.

La pareja Lange – Girondo no se separó desde esa noche.

 

Rebeca Yanez

Rebeca Yánez Echaurren. Foto tomade de “El Mercurio”.

Chile, década de los 50. Curzio Malaparte, autor italiano al que debemos “Kaputt” y “La piel”, crónicas noveladas de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, llegó al país invitado por el gobierno para un agasajo junto a Neruda y Camilo José Cela.

Todo el mundillo intelectual y aristocrático se disputaba a ese encantador europeo que tenía respuestas ingeniosas en francés para cualquier pregunta que le hicieran. Las mujeres, sin importar la edad, se rendían ante sus palabras y su elegancia.

Una de las paradas de Malaparte durante esa gira fue la librería El Pacífico, entre cuyos estantes vagaba una dama de poco más de 30 años, rubísima y tan menuda como hermosa: Rebeca Yánez Echaurren.

Su familia era de prosapia – el escritor José Donoso se contaba entre sus primos – y ella se complacía en burlarse de su condición y de los “qué dirán” que venían con ese paquete.

El escándalo no era una de sus preocupaciones y cuando Curzio Malaparte apareció, no tuvo reparos en irse con él a Italia, abandonando aun a sus hijos.

Rebequita Yánez se había esfumado. La familia estaba desconcertada. No hubo cartas ni señales de vida por meses.

Es poco lo que se sabe de ese tiempo, salvo que el italiano era tan terrible con su verbo como con sus pasiones. Para él, el amor era una conquista; la amante, una propiedad.

Rebeca Yánez huyó – algunos dicen que lo hizo fugándose en bicicleta después de robarle un par de botas al mayordomo –, aunque decidió quedarse en Italia para aprender fotografía con Carlo Cisventi, fotoperiodista del neorrealismo.

“Rebechita”, como la llamaba Malaparte, se convirtió, pese y gracias a él – de forma involuntaria, desde luego – en la primera fotoperiodista chilena. Durante su carrera, capturó con su cámara a celebridades como Sofía Loren, Brigitte Bardot y Lucía Bosé.

En el libro “Los círculos morados”, Jorge Edwards recuerda el incidente de Rebeca Yánez y Curzio con estas palabras: “(a ella) la literatura, en buenas cuentas, le gustaba mucho, y eso no excluía, ni tenía por qué excluir, el gusto por los escritores”. Declaración de alguna manera emparentada con la analogía de Girondo entre el vino y la sangre de los enamorados, al fin y al cabo, el amor, sea entre poetas o simples mortales, está entre la admiración y la muerte.

CUPIDO SE FUE A CUENCA

Cuando Cuenca se lo propone puede ser más fría que el Chimborazo.

Cuando Cuenca se lo propone puede ser más fría que el Chimborazo.

Gregor es un belga que vino a Ecuador para buscar lo que no se le ha perdido y por eso halló el amor.

Cuando lo conocimos, mis amigos y yo llevábamos suficiente cerveza dentro como para escuchar maravillados cualquier clase de relato, sin embargo, el de Gregor en realidad era fascinante: había sido guía turístico en India y Nepal, donde decenas de europeos liderados por él cruzaron montañas heladas y sobre todo ciudades fantásticas en busca de una espiritualidad que, en Occidente, desapareció incluso antes de que Alejandro Magno cortara el nudo gordiano en el año 333 a. C.

Con erres guturales y acompañado de una canción de rock de cuyo nombre no quiero acordarme, el exguía nos dijo que todo termina por volverse aburrido, de manera que abandonó su trabajo para buscar a su hermano, quien, incomprensiblemente, había recalado en un país sudaca con nombre de línea imaginaria. Aquel estaba casado con una cuencana, asumiendo el rol de “gringo” – para los ecuatorianos cualquier rubio que habla raro es estadounidense – por culpa del amor.

Como Cuenca tiene cuatro ríos, usted podrá hallar muchos puentes (incluso uno roto).

Como Cuenca tiene cuatro ríos, usted hallará muchos puentes (incluso uno roto).

En este punto de la historia, nuestra noche de bohemia en Cuenca empezaba a despegar. Tal vez por eso, el chapuceado español de Gregor tuvo mucho más sentido, aunque fue imposible comprender por qué su hermano fue a la capital azuaya en primer lugar.

Lo que sí quedó claro es que Cupido tiene acento morlaco, pues él también, mientras buscaba la casa de su cuñada, cayó perdidamente enamorado de una cuencana, a la que nos presentó orgullosa y fotográficamente a través de su iPad.

El anfitrión de la noche, mi amigo riobambeño, que por arte del Cupido morlaco también se ha nacionalizado azuayo, dijo en aquel instante que era momento de levantar anclas y marchar hacia un nueva discoteca.

Gregor nos acompañó y en el camino, siguió hablándonos de sus viajes, mientras yo me preguntaba cómo sonaría el acento cuencano con erres guturales.

Lo cierto es que las crónicas de viajes siempre empiezan con descripciones de paisajes o construcciones arquitectónicas, pero creo que igual que no se va al Serengueti para escribir un libro sobre la Embajada de España en Dar es – Salaam, lo adecuado es ocuparse de la fauna salvaje – la tipología humana más excéntrica –, refugiada en la vida nocturna y que rara vez se expone a la luz del sol, toda vez que ella resume las pulsiones y la idiosincrasia de cualquier sociedad.

Hasta aquí nos trajo la Zoociedad...

Hasta aquí nos trajo la Zoociedad…

Precisamente, nuestra “troupe”, guiada por el tambaleante riobambeño azuayo, se dirigió a una discoteca alternativa a orillas del río Tomebamba, cuyos dueños han decidido jugar con las palabras “sociedad”, “suciedad” y “zoo” – “zoológico” en inglés –, bautizándola con el nombre de “Zoociedad”. El guiño habría sido mejor recibido por todos, si no hubiésemos estado preocupados por ingresar sin rompernos la nariz, ya que era necesario saltar una baranda y cruzar un caminito de piedras y tierra húmeda antes de llegar a la entrada, casi en el río.

Dentro, una combinación de rock, cumbia, hip – hop y salsa nos sacaron de la modorra alcohólica. Gringos – estadounidenses o no –, colombianos, cuencanos, quiteños y guayaquileños se mezclaban formando una masa humana que chasqueaba los dedos, agitaba los brazos o se movía frenéticamente al son de “Sex Machine” o “Cali Pachanguero”.

Nuestro gringo particular, Gregor, saludaba con todos como si fueran viejos amigos e incluso nos presentaba en Zoociedad, acaso porque Cuenca, desde hace muchos años, es más cosmopolita que Quito o Guayaquil.

En la caja de Zoociedad, cuando se acerque a pedir una cerveza, encontrará admoniciones como esta...

En la caja de Zoociedad, cuando se acerque a pedir una cerveza, encontrará admoniciones como esta…

Conseguimos de milagro una mesa, sin embargo, esta parecía un búnker adosado a la pista de baile, dentro del que era tan difícil ver como ser visto. Por lo mismo, si se pretende disfrutar del ambiente, la única opción que resta es ponerse de pie y usar la mesa para que descansen las chaquetas y las botellas de cerveza.

Por donde se mirara, surgían espíritus poseídos por Stevie Wonder y frecuentemente grupos de hombres solos que se filtraban entre las parejas tratando de pescar a río revuelto. Por cierto, nunca vi a ningún sujeto salir victorioso en semejante trance, pero la perseverancia, aunque sea por estadística, debe rendir frutos algún día.

Gregor se había acomodado en un sofá y conversaba con el más ebrio de nuestro grupo. Alcancé a oír que hablaba de su novia y de la sociedad demasiado conservadora de Cuenca, al tiempo que, a menos de dos metros, un par de chicas se daban besos franceses con olor a pachuli.

La Compañía Brewpub. ¿Alguién pidió cerveza negra?

La Compañía Brewpub. ¿Alguién pidió cerveza negra?

Me acerqué al europeo y él, entusiasmado, me sirvió otro vaso de cerveza. “¡Como tu presidente se trajo una belga, yo tengo derecho a llevarme una ecuatoriana!”, exclamó. Le dije que sí, pero que, junto con ella, Rafael Correa importó un chef para que le cocine llapingachos, así que si quería equilibrar las fuerzas del cosmos era necesario que se llevase también un cocinero de picantería para que le prepare carbonada flamenca. No quedó muy convencido.

La noche pasó aceleradamente y Gregor, en cierto momento, desapareció, no sabremos nunca si absorbido por el amor o por el río Tomebamba.

Nosotros, caballeros a carta cabal, esperamos hasta las dos de la mañana – hora del toque de queda ecuatoriano – para que los dueños del bar nos expulsaran a escobazos.

El escenario de una fiesta que concluye siempre es deprimente, en especial cuando uno es el sobrio y los demás, incluso el que conoce la ciudad, están ebrios. Así que en el taxi de regreso, mientras todos dormían – hasta el conductor –, me dediqué a pensar en las cervezas artesanales del La Compañía Brewpub, el karaoke donde todos cantaban menos yo, el bar mexicano llamado “Chiplote” y los millones de litros de emoción que Cuenca derrama en forma de paisajes, construcciones antiguas y hasta mujeres. No en vano Cupido se mudó a vivir allá…

En Zoociedad…

(Vídeo del canal de Charbuk.)

El oscuro doctor en Letras

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La “Divina comedia” en la edición preparada por don Enrique de Montalbán.

La primera vez que escuché hablar de don Enrique de Montalbán, doctor en Letras, fue por mi padre, quien me presentó uno de los volúmenes más preciados de su biblioteca: la “Divina comedia” de Dante, editada, según parece, en 1888 por la Librería Española de Garnier hermanos en París.

En aquel tiempo – yo tenía doce años –, estaba más interesado en los videojuegos, por lo que no compartí el entusiasmo de papá por el libro, el mismo que había llegado a sus manos como parte de la herencia de su tío abuelo, quien lo adquirió en la desaparecida Librería Sucre de la Plaza de la Independencia.

Mi padre sostenía que aparte de las ilustraciones de Yan D’Argent y los estudios introductorios, su mayor mérito eran las notas explicativas elaboradas por Montalbán.

La “Divina comedia” es un libro que, para ser apreciado en su justa medida, requiere aclaraciones acerca de la multitud de personajes citados por Dante, pues sus personalidades y conflictos con el poeta italiano son los que aportan sentido al poema.

Aproximadamente unos diez años más tarde, al leer la epopeya por primera vez, comprendí lo que papá había querido explicarme en el instante en que yo estaba ocupado con la nueva aventura de Donkey Kong para Game Boy.

Por las páginas de aquel volumen rojo desfilaban los Montesco y los Capuleto, acompañados de papas, reyes, filósofos griegos. Hombres y mujeres, alineados con los güelfos o los gibelinos. Homosexuales, genios, ninfómanas, corruptos, santos y asesinos, en pocas palabras, un mosaico completo de los principados italianos del Medioevo. Sin las notas de don Enrique de Montalbán solo un erudito historiador – y acaso ni él – podría entender las razones por las que las puertas infernales se abrían para unos y se cerraban para otros.

Bice Portinari, probable modelo de la Beatriz de Dante.

Bice Portinari, probable modelo de la Beatriz de Dante.

Leer solo las notas del doctor en Letras español es una aventura literaria e histórica. Cada nombre mencionado resume las pasiones de Dante y los prejuicios de la Edad Media. A través de aquellas descubrimos que el príncipe de los poetas italianos era un hombre como nosotros, a quien la política había marcado hasta el punto de convertirlo en un insultador exquisito, al tiempo que su alma de poeta le hizo consagrarse a una mujer, Beatriz, con la que, si existió, acaso jamás llegó a materializar su amor.

Pero ¿quién era don Enrique de Montalbán, doctor en Letras? Cuando terminé de leer el libro emprendí su búsqueda en internet, pero lo que encontré fue mucho más sorprendente que su conocimiento de la Edad Media italiana: ¡nada! Montalbán era un fantasma.

Por otro lado, la editorial que publicó el libro, Garnier Frères, había sufrido una serie de avatares, incluida la quiebra en 1983 y su posterior reubicación del número 6 de la calle de los Saints-Pères al número 6 de la calle de la Sorbonne. Mas, no existían datos en el sitio de internet sobre sus libros antiguos en español.

En noviembre de 2004, perdida ya la esperanza de hallar algún rastro de Montalbán, el Centro Virtual Cervantes colocó en su página web un artículo de Fernando Sorrentino sobre el doctor en Letras. La casualidad quiso que yo lo descubriera una mañana mientras buscaba cierta imagen del infierno de Dante para un texto en preparación. La sorpresa fue mayúscula: aquel jamás existió.

Antiguo edificio de la editorial de los hermanos Garnier en París.

Antiguo edificio de la editorial de los hermanos Garnier en París.

Los hermanos Garnier, vendedores astutos, decidieron fabricar a este erudito, convirtiéndolo en el autor de unas notas que no eran otra cosa que un plagio de la edición de la “Divina comedia” preparada por Manuel Aranda Sanjuán en 1868. La del doctor en Letras contiene variaciones mínimas que se reducen a cambios de palabras – parecido a lo que hacen algunos de mis estudiantes de Literatura al descargar información de internet para una tarea –, pero en esencia es la misma. Montalbán resultó ser un personaje más del libro de Dante.

En cuanto a los Garnier – quienes para sus ediciones españolas contrataron a figuras de la talla de los hermanos Machado –, sus colecciones de clásicos eran magníficas y aun hoy se siguen publicando en una versiónreload” de la editorial parisina, que ha abierto su mercado a los libros digitales y se dedica a la difusión y rescate de las obras antiguas en su biblioteca virtual.

Me pregunto qué habría pensado Borges sobre el caso de don Enrique de Montalbán y los editores parisinos. ¿Acaso aquello habría generado un cuento? No lo dudo.

El lector fugitivo

Aunque usted no lo crea, Marilyn Monroe leía mucho y estaba casada con un escritor famoso...

Aunque usted no lo crea, Marilyn Monroe leía mucho y estaba casada con un escritor famoso…

Lo bueno del Día del Trabajo, para mí – a riesgo de que quieran crucificarme los chamanes de lo políticamente correcto –, es, precisamente, que no tengo que trabajar y que, por lo mismo, puedo leer sin esconderme.

No les voy a mentir: no me gusta ganar el pan con el sudor de la frente – hace un año lo mencioné en este mismo blog –, pero acaso el problema es que no he encontrado un empleo en el que me paguen por leer libros, que es lo único que me interesa – fuera del vino y de las mujeres.

Cada día me levanto como un autómata, me visto y acudo al trabajo con una sensación de nostalgia porque, en vez de estar hojeando alguno de los volúmenes que pertenecieron a mi padre, debo dedicarme a cumplir meros “oficios de subsistencia” – la tipología es de Vargas Llosa.

José María Gironella, un autor que leía y debe ser leído.

José María Gironella, un autor que leía y debe ser leído.

Como el adicto que soy – lo confieso –, llevo una novela o un ensayo escondido en mi mochila. En el bus, mientras el conductor hace piruetas al son de una salsa o una bachata, extraigo el texto y me dedico a leerlo, intentando evitar que mi vecino averigüe qué es ese misterioso documento que tengo entre las manos. Noto que su mirada busca colarse dentro del hueco que forman mi clavícula, mi cráneo y el asiento del autobús. Yo, desesperado, cambio la hoja porque ¡esa droga es solo mía!

Al llegar al trabajo, entre los materiales necesarios, oculto mi volumen – a veces es Schiller, Malaparte, Thackeray, Gironella, Zweig, Borges… –, de forma que apenas alguien se descuida, me pongo a leer, dejando que mis tareas laborales se transforman en montañas interminables de cosas pendientes.

Muchas han sido las ocasiones desde que empecé mi vida profesional (sic),  en las que he recurrido al baño como un búnker donde nadie puede violar mis derechos de lector. Afuera, bramidos o portazos me presionan para que salga y yo, sudoroso y desesperado, apuro una, dos, tres, diez páginas porque acaso si no las leo hoy, no lograré hacerlo mañana.

En la calle, camino como esos monjes de claustro, con el libro entre las manos, mientras los conductores me insultan. No hay bar, tienda, incluso prostíbulo que no haya visitado con un texto bajo el brazo – por si acaso.

Sasha Grey lee y escribe libros (la calidad no está en discusión...)

Sasha Grey lee y escribe libros (la calidad no está en discusión…)

Soy un obsesivo, un adicto, lo sé. Incluso en mi teléfono móvil tengo “e – books” de Stephen Hawking y Bioy Casares. Si alguien me encuentra por la calle es más fácil que me vea desnudo que sin libro. Y es que todo puedo olvidar, menos eso.

Cuando, en alguna ocasión, dejé en casa la novela de Orwell que estaba leyendo, sentí que el mundo se venía abajo. El día completo fue una pesadilla: las palomas defecaron sobre mi cabeza, la pizza que comí estaba dañada, caí en un charco de agua sucia y, seguramente, si aquella pesadilla duraba más de nueve horas, habría muerto atropellado por una ambulancia. No es superstición, pero sin libro no salgo a ningún lado.

Unos marchan durante el Día del Trabajo, otros convocan a mítines o se van de vacaciones a la playa, yo solo leo porque es imperativo que aproveche uno de los pocos días que la esclavitud asalariada me permite consagrarlos a mi vicio.

¡Me voy a leer!

Orgasmos literarios de la mano de Stoya.