El robot de Ramón Gómez de la Serna

Gomez de la Serna y su muñeca inflable...

Gómez de la Serna y su muñeca inflable…

Ramón Gómez de la Serna coleccionaba toda clase de objetos en su torre de la Calle Velázquez, pero las joyas más valiosas eran las muñecas de cera.

Se sabe que el escritor tuvo dos: la primera murió de “rotura irreparable” y la segunda, después de que su sexo helado inspiró cientos de greguerías, fue abandonada por amor a un robot.

Un contertulio del Café Pombo le contó a Ramón que en Alemania habían fabricado una autómata capaz de mover cabeza y brazos.

El escritor no pudo resistirse.

Embarcaron al robot en Hamburgo. Iría por mar hasta territorio vasco y luego, por tierra, a Madrid.  Jamás llegó.

De Alemania enviaron un telegrama para Ramón, explicándole que el barco llevaba buen viento hasta que al entrar en el Cantábrico, el mar se agitó. Pese al empeño de los marineros, el naufragio fue inevitable.

Ramón estaba devastado. Era el viudo de una esposa que nunca pudo tocar.

En 2001, Telefé Noticias entrevistó a cierto estibador vasco exiliado en Buenos Aires desde los años de la Guerra Civil Española.

Antes de concluir, el periodista hizo una pregunta sobre escenas o personajes que le hubieran impresionado.

El anciano habló del sobreviviente alemán de un naufragio que había decidido aislarse de la gente, cerca de San Sebastián. El extranjero con fama de loco despertaba la curiosidad de todos los vecinos.

Fue a espiarlo, descubriendo a una mujer desnuda sentada en el sillón de la sala. El alemán la besaba una y otra vez, pero ella, frígida, no dejaba de mirar la misma ventana desde donde acechaba el vasco.

“Sus ojos eran los de una muerta, pero le juro que movía el cuerpo”, concluyó.

Rígor mortis

viridiana-luis-buc3b1uel-5

Fotograma de Viridiana de Luis Buñuel.

Me puse el mejor traje que tenía en el clóset, evitando mirar las cobijas revueltas de la cama matrimonial que estaba a mis espaldas.

Ayer, justo después de que los hombres de la funeraria se llevaron el cuerpo de mi mujer, me eché en la cama sin siquiera tenderla. Su muerte era terriblemente dolorosa, pero me preocupaba más lo que enfrentaría luego: amigos dándome el pésame, misas de muerto y entierro.

Durante la noche no logré conciliar el sueño, temeroso de que aparecieran los sepultureros para enterrar el cuerpo antes de tiempo. Poco antes de ir a la cama, mi hermana dijo por teléfono: “¡ellos no se equivocan!”

Creo que me dormí minutos antes de las seis de la mañana, después de que unos gatos callejeros tumbaran un par de tejas mientras se cortejaban sobre mi techo.

Desperté a las siete, más agotado que antes de acostarme. Media hora después aparecieron los hombres de la funeraria para que firmase algunos papeles, al tiempo que informaban el código de vestir que debía llevar durante el velorio, la misa y el entierro. Luego se marcharon sonrientes. No hubo siquiera un “lo siento por su pérdida”.

Entré en la cocina y vi el cadáver de mi mujer sentado frente a la mesa. Los empleados de la funeraria la habían vestido de etiqueta y, pese al rígor mortis, me pareció más bella que nunca. Besándola, salí.

La limusina y el ataúd me esperaban. Entré en este luego de saludar al chófer y a su ayudante, quien lo selló mientras yo cruzaba los brazos. En seguida, sentí que me subían al auto y lo ponían en marcha para conducirme a mi entierro.