Biografía apócrifa: Trabajo

Metropolis

Los trabajadores del mundo bajo el mundo de Metrópolis (1927) de Fritz Lang. Foto tomada del foro “Fritz Lang y su «Metrópolis».

Te ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la misma tierra de la cual fuiste sacado. Porque polvo eres y al polvo volverás”. Así define el libro del Génesis (capítulo 3, versículo 19) al trabajo, es decir, como un castigo divino. Verdad imposible de rebatir para una humanidad que, desde el incidente del fruto prohibido, ha tenido que sudar la gota gorda para comer a diario.

Claro, siempre se puede encontrar gente que hace loas al trabajo, incluso los mismos trabajadores (¿?). Acaso la explicación psicológica de este fenómeno sea el síndrome de Estocolmo, al fin y al cabo, el empleado es un rehén por ocho (o más) horas. Durante ese tiempo, con un sueldo básico apuntándole a la sien, malgasta su vida para enriquecer a cierto personaje con el que rara vez se cruza (afortunadamente) y al que el glorioso arte de dorar la píldora llama “empleador”.

Desde luego, tú, mi atormentado lector, habrás descubierto una vastísima literatura en la que se repiten hasta el cansancio lemas como “¡el trabajo os hace libres!” (“arbeit macht frei!”), cuyos orígenes se remontan a esa época dorada de los campos de concentración, donde esos humanistas imponderables, los nazis, lo colocaban para motivar a sus víctimas.

Mucho antes del fascismo, sin embargo, el Trabajo (desde este punto, nos referiremos a él con mayúscula como lo haríamos con el Monstruo del doctor Frankenstein, al que nadie tuvo la decencia de darle un nombre propio como Carlitos o Juanito) ya era un “bloody bastard”.

Por ejemplo, Hércules, hijo del “capo di tutti capi” del Olimpo, ya tuvo que afrontarlo no una, sino ¡doce veces! Igual que en el caso de la Biblia judeocristiana, el héroe fue castigado por sus crímenes con labores mal remuneradas.

Hércules se vio obligado a limpiar establos llenos de mierda en Élide, matar pajarracos que se cagaban sobre los cultivos de los alrededores del lago Estínfalo, domar leones en los zoológicos de Nemea, capturar cerdos salvajes en Erimanto, montar caballos que comían carne humana en Tracia, entre otros empleos que, en los años noventa, pasaron a engrosar los currículos de los emigrantes turcos en Alemania.

Contemporáneo de Hércules, Teseo también fue un proletario. Entre sus trabajos cabe mencionar el de sicario, cuando visitó Creta para matar al cornudo hijo del rey Midas. Luego, fue paramilitar y combatió a una banda de narcoterroristas, liderada por Perifetes, Sinis, Esciro, Cerción y Procustes, que pretendía controlar el comercio de cierta droga a base de flor de loto.

Finalmente, después de probar estos y otros oficios, optó por el peor: político. Dicha bajeza, en la que usualmente se cae por necesidad (de riqueza), hizo que terminara su vida encadenado dentro del inframundo.

Durante la Edad Media, el Trabajo sufrió mucho. Tuvo que pagar sus crímenes pasados y futuros soportando el desprecio de la gente de bien, al tiempo que se resignaba a martirizar parias.

Los señores feudales, gente nobilísima, decidieron que dedicarse a un empleo era poco respetable y fueron a hacer la guerra en oriente, occidente, arriba, abajo, al centro y para adentro, dejando el Trabajo en manos de los siervos, personas que prácticamente no eran personas.

En el Renacimiento, las cosas fueron parecidas. La gente de bien (y de mal) prefería ir a buscar la fuente de la eterna juventud, El Dorado o el País de la Canela, mientras que el Trabajo tenía que resignarse a vivir entre campesinos sicilianos, andaluces o tolosanos que lo odiaban de la manera más terrible.

Sin embargo, con la llegada de la época de la industrialización a fines del siglo diecinueve, todo cambió. El Trabajo recuperó su poder, mudándose a vivir en grandes ciudades como Londres o Nueva York, mientras trababa amistad con banqueros, empresarios y capataces de fábricas, quienes amaban de él sus consejos, como aquel de crear una  jornada laboral de doce o dieciséis horas, sin excluir ni a niños ni a mujeres (con la mitad o la mitad de la mitad de la paga normal por ser incapaces de producir lo mismo que un varón mal alimentado y tuberculoso).

El planeta se llenó de humo. El Trabajo llevaba carbón de aquí para allá y de allá para acá, convirtiéndose en un personaje tan importante que escritores de la talla de Charles Dickens lo retrataban en casi todas sus novelas (esas que al abrirlas uno termina con la cara cubierta de hollín y los pulmones llenos de esmog).

Esta era gloriosa no duró tanto porque aparecieron los sindicatos y, con ellos, las huelgas y la persecución al Trabajo. La gente imaginaba que tenía derechos y ¡hasta se atrevió a exigir jornadas laborales de ocho horas!

El Trabajo estaba devastado, volvían los años oscuros de la Edad Media, pero, por fortuna, lo salvaron el crac de la bolsa en 1929 y las guerras mundiales, obligando a los humanos a trabajar no solo para alimentarse, sino por el bien de la patria.

En cualquier caso, desde la segunda mitad del siglo veinte el biografiado se ha convertido en un ser maduro, capaz de comprender que el camino para la felicidad no consiste en hacer que la gente le dedique su tiempo a la fuerza, sino en convencerla de que es necesario, de modo que, en vez de molestarse por tener que colocar sus posaderas como idiota durante ocho horas sobre una silla, lo agradezca y hasta pida más.

Hoy el Trabajo es un hombre de negocios (con maletín de cuero y todos esos juguetes) que dice que debes agradecerle por tenerlo de tu lado, por pagarte poco, recalcando que es demasiado para lo que haces, por quitarte la vida convenciéndote de que te la está dando y, sobre todo, por obligarte a vivir para trabajar, en vez de trabajar para vivir.

El Trabajo se ha convertido en un astuto inversionista de Wall Street, seguro de sí mismo, vanidoso, audaz. Un engominado que come “crudités” en reuniones de beneficencia y hace que fabriques las mismas bobadas que te convence que necesitas comprar. Es un jugador, un playboy y nosotros, queridos lectores, somos sus amantes masoquistas que le agradecemos por azotarnos las nalgas con la esperanza de que, algún día, podremos retirarnos a nuestras casas para descansar con el orgullo de haber cumplido con nuestro deber…

Bioy Casares cruzó la Vía Láctea montado en una urraca

Bioy comprendía que el amor es una pasión que enceguece, empujando a los humanos a caer en pozos humillantes o encumbrándolos en cimas magníficas. Es una fuerza tal vez tan poderosa como la de la propia naturaleza, es quizá el único camino que nos queda, toda vez que la civilización se hunde en la guerra, la tiranía y la barbarie.

En aquellos tiempos el amor era una cosa mucho más complicada: había que conseguir la ayuda de las urracas; ahora basta con tener cuenta de Facebook.

En aquellos tiempos el amor era una cosa mucho más complicada: había que conseguir la ayuda de las urracas; ahora basta con tener cuenta de Facebook.

Cuenta cierta leyenda japonesa – hay una versión análoga en China – que la Princesa Tejedora, la estrella Vega, fabricaba para su padre, el Rey Celestial, telas preciosas, trabajando como esclava durante todo el día para tenerlas listas a tiempo. El trabajo es una de las causas principales de la infelicidad humana, y la muchacha, como la mayoría de los pobres, se veía obligada a hacerlo más horas de las que estipula el Código Laboral sin una remuneración justa y sobre todo sin la posibilidad de conocer a un compañero que haga su vida menos amarga.

Preocupado porque su mano de obra gratuita deje de rendir, el Rey Celestial invitó al pastor Hikoboshi, la estrella Altair, a tomarse unas copas en casa y el flechazo entre él y la tejedora fue instantáneo.

Ambos se casaron, pero no fueron felices para siempre. El fuego de la pasión calcina el cerebro de los esclavos, empujándolos a olvidar sus tareas; la flamante pareja no fue la excepción: ella abandonó el tejido, al tiempo que su cónyuge dejaba que el ganado de su suegro se desperdigara por los cuatro puntos cardinales del universo.

Furioso, el señor esclavista separó a los amantes, uno a cada lado del río Amanogawa, la Vía Láctea, pero los lloros de su pequeña lo conmovieron tanto que accedió a que, si los jóvenes terminaban sus tareas a tiempo, se encontraran una vez al año – el séptimo día del séptimo mes – para amarse. El problema, sin embargo, era que ambos tenían que atravesar el mencionado río y ni los gringos han sido capaces de construir un puente que cruce la vía Láctea; de manera que los lloros y los lamentos volvieron a entrar en escena hasta que, conmovidas, las urracas se ofrecieron a convertirse en el enlace sobre el que los amantes caminarían para estar juntos.

El anterior es el trasfondo mitológico que sustenta el festival de Tanabata, celebrado usualmente el 7 de julio de cada año en el Japón. Durante este los jóvenes enamorados cuelgan en árboles de bambú hojitas de papel llenas de deseos y al llegar la medianoche, mientras los fuegos artificiales iluminan el cielo, los echan al río con la esperanza de que los dioses los hagan realidad.

Si el diablo se ve como Elizabeth Hurley, para ¿qué quiere comprender al amor?

Si el diablo se ve como Elizabeth Hurley, para ¿qué quiere comprender al amor?

Es muy frecuente preguntarse por qué el amor es tan complicado como para que hasta Altair y Vega – ¡dos estrellas! – tengan que encaramarse sobre los lomos de unas aves de graznidos poco agradables para llegar a ser felices y supongo que, como escribió Dostoievski al respecto de las mujeres, “ni el diablo lo comprende”.

En todo caso, el amor es una fuerza motora tan poderosa que ha alcanzado, por obvias razones, a la más sofisticada de las creaciones humanas: el arte. Es tan cierto que incluso campos tan increíbles como la literatura, el cine y el teatro de ciencia ficción en algún momento mencionan a un romance enquistado en las membranas de la historia de una invasión extraterrestre o de un apocalipsis cibernético.

Adolfo Bioy Casares – escritor argentino injustamente relegado a segundo plano por la gigantesca figura de su amigo y cómplice Jorge Luis Borges –, por ejemplo, era un entusiasta tanto de la literatura fantástica como de la literatura de temas amatorios y no sorprende que aseverara en cierto momento que estos dos géneros eran los únicos que merecían la pena de ser escritos.

Bioy dice: "solo porque soy exitoso con las mujeres, pudiente y talentoso -I'm sexy and I know it!-, este sujeto me mete en su blog; ¡arribista!"

Bioy dice: “solo porque soy exitoso con las mujeres, pudiente y talentoso -I’m sexy and I know it!-, este sujeto me mete en su blog; ¡arribista!”

Tal vez la explicación de este gusto pueda hallarse en su propia personalidad. Por principio, Bioy era un hombre muy exitoso con las mujeres, pudiente y de extraordinario talento literario – tres cosas que ni usted, mi querido lector, ni yo seremos nunca –, además, educado en una civilización argentina de principios del siglo veinte que era reconocida por rivalizar en cultura con la propia París y en cuyas editoriales, escritores de Europa como Ramón Gómez de la Serna, no dudaban en publicar encantados.

Bioy, premio Cervantes de 1990, amaba el amor y, como Borges, amaba la literatura fantástica. Varias veces se dejó seducir por la idea de unificar ambas temáticas y en la mayoría de los casos tuvo éxito. Uno de sus experimentos más geniales es La invención de Morel.

La influencia de La isla del doctor Moreau de Wells se puede detectar más allá de la simple analogía entre títulos, pues el héroe de la historia es un personaje que huye de la civilización occidental por haber cometido un crimen – del que se desconocerán siempre los detalles –, recalando en una isla a la que todos los marineros temen ir porque cierta peste terrible – cuyos síntomas son similares a los de la radiación – ha aniquilado tanto a los habitantes como a los turistas que de tiempo en tiempo acudían a descansar en sus playas.

Al principio, el fugitivo piensa que se encuentra solo pero eventualmente se percata que hay varias personas vacacionando aún allí. Entre los turistas descubre a una mujer y, después de espiarla por algún periodo, termina enamorándose de ella; la investiga, sale de su escondite entre los pantanos de la isla, internándose en el museo donde habitan sus ignorantes compañeros. Estos aparecen y desaparecen, un instante están al alcance de las manos del fugitivo y casi en seguida se esfuman.

El misterio envalentona al héroe, empujándolo a ensayar un acercamiento con la mujer que ama para salvarla de las garras del infame doctor Morel, quien la acosa con su insistencia amorosa todas las tardes a vista y paciencia del fugitivo.

"La invención de Morel", una alternativa loable para los que leen a Osho o "Cincuenta sombras de Grey".

“La invención de Morel”, una alternativa loable para los que leen a Osho o “Cincuenta sombras de Grey”.

Su sorpresa es mayúscula cuando, decido a jugarse toda la baraja por su gran amor, descubre que ni ella ni ninguno de los vacacionistas existen en realidad y que solo son imágenes proyectadas por un reproductor de cine, inventado por el monstruoso Morel para atraparse a sí mismo y a la mujer que tantas veces lo rechazó dentro de una película; esta, cuando las mareas suben, se pone en acción reproduciendo a la pareja unida para siempre. El doctor había descubierto la manera de hacer que lo amen eternamente aunque sea dentro de un filme.

El fugitivo opta entonces por hacer lo mismo y se graba superponiéndose en la cinta sobre la imagen del malvado inventor, salvando así a su amada de una eternidad espantosa, al tiempo que se condena él mismo a otra igual.

Bioy comprendía que el amor es una pasión que enceguece, empujando a los humanos a caer en pozos humillantes o encumbrándolos en cimas magníficas. Es una fuerza tal vez tan poderosa como la de la propia naturaleza, es quizá el único camino que nos queda, toda vez que la civilización se hunde en la guerra, la tiranía y la barbarie. El amor, parafraseando a Pessoa, nos hace caer en el ridículo, pero qué criaturas tan ridículas seríamos si no caemos en el amor.

Hasta aquí el texto de esta semana, los dejo antes de que mi novia me maltrate por llegar tarde a nuestra cita…

¬¬

Biografía apócrifa: el pajarito chiquitico

Aclaración indispensable 

El problema al que se enfrenta todo biógrafo serio – como yo – es que al momento de escribir sobre un personaje célebre debe abordar tanto su psicología como el efecto que esta tuvo en sus acciones y en las personas que lo rodearon. Esta premisa se complica en el caso del sabio Hugo Chávez, quien después de ser enterrado como todo un socialista – es decir, con una modestísima ceremonia –, decidió resucitar como un ave, haciendo que crezcan geométricamente la cantidad de experiencias merecedoras de un capítulo especial en el libro de la vida de este extraordinario individuo.

En vista de lo anterior, opté por reducir el espectro investigativo a un periodo de tiempo tan corto como crucial y sobre el que seguramente nadie querrá trabajar, dado el prejuicio que siempre tiene la comunidad científica por cosas que se escapan a la “razón”; me refiero a los treinta días que demoró el Comandante para regresar a la Tierra desde el otro mundo.

En esta titánica tarea varias fuentes que van desde dioses griegos hasta enfermos de un sanatorio mental me han ayudado, a todos ellos les entrego mi reconocimiento.

 

En el capítulo especial de "Aló, presidente" desde el Tártaro no solo se habló del imperialismo yanqui, sino también del imperialismo, del imperialismo, del imperialismo y de la señora Zulema que "hace deliciosas arepas".

En el capítulo especial de “Aló, presidente” desde el Tártaro no solo se habló del imperialismo yanqui, sino también del imperialismo, del imperialismo, del imperialismo y de la señora Zulema que “hace deliciosas arepas”.

Hugo Chávez organizó una edición especial de “Aló, presidente” desde el Tártaro, adonde había ido a parar, según él, porque Minos, Éaco y Radamantis eran unos capitalistas asesinos. De hecho, durante la emisión de su programa televisivo dijo que los tres jueces de almas eran en realidad los mismos que destruyeron Marte y que, siglos más tarde, escondidos en un laboratorio de la CIA en Nevada, habían inventado el cáncer.

Hades y Perséfone estaban en medio de su cena cuando escucharon la acusación. El dios del Inframundo estaba cansado del bolivariano.

― Tráiganme al loco, quizá pueda hacerlo entrar en razón.

Chávez, sin embargo, no estaba dispuesto a negociar, él quería volver a la vida a cualquier costo, aunque eso significara organizar manifestaciones violentas, empuñar los fusiles, llamar a Rafael Correa o, lo que es peor, dejar en el aire el programa “Aló, presidente” por los siglos de los siglos…

En la imagen se puede ver a Perséfone desmayada en los brazos de Hades, mientras varios miembros de las milicias bolivarianas los acosan con toallas higiénicas reutilizables.

En la imagen se puede ver a Perséfone desmayada en los brazos de Hades, mientras varios miembros de las milicias bolivarianas los acosan con toallas higiénicas reutilizables.

Hades no hizo caso de las amenazas, supuso que un socialista como aquel no sería tan perverso como para cumplirlas, pero estaba en un error: esa misma noche el Comandante se apareció en los sueños de Rafael Correa, Evo Morales y Cristina Fernández; les dijo que debían bajar al Inframundo para rescatarlo porque los gringos imperialistas estaban conspirando contra la revolución, al tiempo que les autorizaba a utilizar cualquier medio que fuera necesario para cumplir con el cometido, aun si esto significaba sacar los 137 millones de dólares que su familia había ahorrado en bancos yanquis imperialistas para alimentar a los niños pobres que viven en la Fosa de las Marianas.

Los tres mandones[1], víctimas del desasosiego, se pusieron a cumplir con su misión, acudiendo a la UNASUR y “a la” ALBA. Se denunció a las organizaciones de derechos humanos, a la prensa y hasta a Dios por haber creado la muerte con el fin de destruir al socialismo. Durante esta épica lucha, Cristina se compró carteras Louis Vuitton, Rafael encerró a dos fulanos  por conspiradores y Evo se puso a experimentar con pollos para encontrar la cura de la calvicie.

Los culpables de la calvicie y la homosexualidad de los europeos, según Evo (¡!).

Los culpables de la calvicie y la homosexualidad de los europeos, según Evo (¡!).

De todas maneras, ver en televisión las caras de estos tres adalides no fue lo que hizo que Hades se doblegara – aunque sí le provocaron una subida de tensión que por poco termina en un derrame cerebral –, sino las interminables arengas de Hugo que casi siempre iban seguidas de una cadena de expropiaciones.

― ¡Lárgate, Chávez, lárgate y no vuelvas por aquí! ¡Ni al transformarme en el snack de Crono, mi padre, sufrí tanto como ahora!

En seguida, el bolivariano espíritu se puso a cantar una ranchera de Vicente Fernández, al tiempo que se preparaba para su regreso.

― Sin embargo – le dijo el dios del Inframundo con una sonrisa imperceptible –, no podrás volver como humano, eso es imposible; lo máximo que puedo ofrecerte es que lo hagas como roedor o pájaro. Tú decides.

El comandante, comprendiendo que esa era su única opción, optó por el ave porque rata ya había sido.

Así, el espíritu bolivariano – en este caso es literal – fue hasta las orillas del Aqueronte, donde un barquero aguardaba para llevar a los muertos de un lado a otro. Como Chávez no poseía un óbolo[2] para pagar el viaje, se quedó varado.

Caronte luchando contra la correntosa retórica de Chávez, casi muere ahogado.

Caronte luchando contra la correntosa retórica de Chávez, casi muere ahogado.

Caronte fue inflexible. La promesa de regalarle una lata de caviar iraní si lo dejaba cruzar la primera vez nunca se cumplió, así que no volvería a engañarlo.

― Chico, pareces un imperialista yanqui, ¡déjame pasar, cónchale vale!

El aludido ni siquiera se molestó en contestar.

― Ya sé quién tú eres, a mí no me engañas… Eres míster Danger, por eso me impides salir, lo que quieres es matarme de nuevo, ¡terrorista, capitalista!

El barquero, harto de la perorata, dijo:

― ¡Está bien, te llevaré, pero cállate!

El Comandante, fulminado por el miedo, solo se atrevió a murmurar: “¡expropie!” Por lo demás, finalmente pudo comprender que su retórica era un poderoso instrumento de tortura.

El barquero y Hugo emergieron en la región de Epiro, en Grecia. Apenas la luz del sol se hizo presente, el alma encarnó en un nuevo cuerpo bolivariano, el de un pájaro llamado “tapaculo” (Scytalopus latrans); era pequeño, negro y, por fortuna, no podía hablar.

Decepcionado de su suerte, voló sin descanso hasta llegar a Venezuela y apenas estuvo en Margarita, supo que su Delfín se hallaba en aprietos porque, otra vez, los imperialistas intentaban acabar con el mayor logro del socialismo bolivariano: las toallas higiénicas reutilizables.

El pajarito chiquitico. el tapaculo se supone que es experto en tapar orificios como el de Maduro (me refiero al de la cabeza).

El pajarito chiquitico. El tapaculo es un tipo de ave que se supone que es experta en tapar orificios como el de Maduro (me refiero al de la cabeza).

El 3 de abril de 2013, Chávez – tapaculo fue a encontrarse con su destino en Barinas, apareciéndose ante su sucesor, Nicolás Maduro, y, encaramado en una viga de madera de una capilla donde este hacía algo, no se sabe con certeza qué – ¿rezar? –, se puso a silbar. El tono inconfundible lo detectó el Delfín, respondiendo de la misma forma.

“¡Que me des alpiste! – repetía el tapaculo desesperado sin lograr que lo comprendiera –. ¡Deja de silbar, pendejo!”

El Comandante pajarito se dio cuenta, entonces, que la única forma de salvar a la revolución era quedarse al lado de Maduro y, sin pensarlo, se puso a anidar en su cabeza, al fin y al cabo era un lugar completamente vacío y oscuro donde los capitalistas conspiradores jamás lo buscarían para asesinarlo, inoculándole el cáncer de nuevo.

 

Maduro nos conmueve con su revelación.

Llegada de Chávez al Inframundo. La desazón de los que lo recibieron se puede ver en sus rostros.
No es una suela de zapato, no es una simple toalla higiénica, ¡es el origen del agua de rosas!
¬¬

[1] Mandatarios, fue un lapsus lingüístico.

[2] Antigua moneda imperialista con la que los imperialistas del imperialista Inframundo impedían que los pobres descansen en paz.

Nota necrológica de una diosa

atenea

¡El ‘look’ hipster hace ver muy sexy a Atenea!

Cierto día los mortales decidieron que no necesitaban más de nosotros, los dioses, declarándonos, luego de un juicio sumario, muertos.

Lo cierto es que nadie murió, solo salimos del Olimpo, empezando a vagar por la tierra como simples humanos. Algunos lo aceptamos mejor que otros, por ejemplo: Hércules se convirtió en campeón mundial de boxeo, Diana en activista del feminismo, Apolo en cantautor y yo, Palas Atenea, en periodista y escritora.

Por otro lado, Júpiter, Juno, Marte, Cupido y Venus no pudieron asimilar el cambio con dignidad. El primero espera la muerte en un asilo de ancianos, tratando de convencer a sus compañeros que alguna vez fue más grandioso que Napoleón.

Su esposa, en cambio, lo abandonó por un estudiante de antropología, con quien fue a vivir entre los pigmeos. Ambos murieron de disentería.

El antiguo dios de la guerra se unió a las filas de un ejército irregular en algún país del África Subsahariana pero con la desaparición de sus poderes, sus habilidades también mermaron, lo que lo llevó a ser degrado al rango de un simple soldadito encargado de la cocina.

Imagen del momento en que capturaron a ese pequeño bastardo (en realidad era bastardo, su padre nunca lo reconoció).

Imagen del momento en que capturaron a ese pequeño bastardo (en realidad era bastardo, su padre nunca lo reconoció).

Cupido, mientras caminaba por la calles de Nueva York con su carcaj en la espalda y su arco bajo el brazo, fue detenido por un piquete policial que buscaba a un terrorista árabe; lo condujeron a Guantánamo, donde, luego de permanecer algunos meses, fue asesinado en la cárcel durante un confuso incidente en el que otro preso se enfureció al saber que él era el responsable de su amor por una mujer que siempre lo vio como “un amigo”.

Finalmente, la historia de Venus quizá es la más lamentable porque ni su belleza ni sus habilidades de seducción le sirvieron para salir adelante en el competitivo mundo de los mortales de fines del siglo veinte.

En principio la carrera de modelo parecía la adecuada para ella; tuvo un impacto enorme en sus primeras campañas publicitarias, tanto que se convirtió en la fantasía de políticos, narcotraficantes y el resto de delincuentes poderosos.

Venus continuaba siendo bella y manipuladora, de manera que no le costó nada llevar al gobernante de Estulticia – un pequeño país sudamericano lleno solo de petróleo y necios – a su cama.

Venus fue la primera nudista de la historia.

Venus fue la primera nudista de la historia.

El Jerarca, como le gustaba ser llamado, era un sujeto peculiar sin belleza o inteligencia, pero con una cualidad muy atractiva para la ex – divinidad: desperdiciaba el dinero en sandeces. “Si no le importa – reflexionó ella – gastarse tanta plata en ridículas propagandas televisivas, ¿qué problema va a tener en regalármela a mí para que compre un par de zapatos?”

Lo que no se imaginó fue que el Jerarca era un sujeto con un vicio superior a la libido: el poder. A media mañana ordenaba al criado del Palacio de Gobierno que le trajera una botella llena de poder del bar más cercano y, desde ese momento, no paraba de beber hasta que, borracho como una cuba, se desplomaba en su cama, incapaz de amar a nadie, excepto a sí mismo y al solio presidencial.

El Jerarca, enceguecido por el vicio, se dedicaba a insultar y a agredir a cualquiera que pudiera sugerir que necesitaba revisar su comportamiento; incluso Venus trató de salvarlo, pero era imposible, nada lo hacía más feliz que embriagarse mientras una camarilla de hipócritas le servía el licor y lo alaba.

Venus nunca lo amó, es verdad, sin embargo no podía soportar que la relegaran a segundo plano, así que decidió poner un ultimátum: el vicio o ella.

El Jerarca durante sus borracheras de poder organizaba orgías, durante las cuales hasta la Justicia era víctima de sus desviaciones sádicas.

El Jerarca, en sus borracheras de poder, organizaba orgías, durante las cuales hasta la Justicia era víctima de sus desviaciones sádicas.

El Jerarca ni siquiera lo pensó: “es mejor que te largues – le dijo –, mientras tenga poder no necesito nada más.”

Esta vez la suerte no iba a sonreírle a la antigua diosa y nadie quiso contratarla como modelo nuevamente; ¿quién necesitaba en sus filas a una arribista?

Al borde de la pobreza, recibió la llamada de un francés que dijo ser director de cine.

― Quiero ofrecerle un papel en mi nueva película, la he visto en fotos y creo que es perfecta, espero que no tenga escrúpulos…

Venus ni siquiera sabía el significado de esa palabra.

Para trabajar tuvo que trasladarse a Los Ángeles, donde su nuevo jefe, un famoso director de cine porno, le dijo que la necesitaba para hacer un filme erótico sobre la vida de Baco; ella, con tanta experiencia en el mundo de las divinidades greco – romanas, podía interpretar perfectamente a Ariadna, la mujer que, después de ser abandonada por Teseo, se convirtió en la esposa del dios del vino.

Sasha Grey, sorprendida, le pregunta a Stoya: "¿era la diosa del sexo y no sabe qué es un 'strap-on'?"

Sasha Grey, sorprendida, le pregunta a Stoya: “¿era la diosa del sexo y no sabe qué es un ‘strap-on’?”

Venus consideraba degradante su papel y no porque tuviera que ejecutar extrañas proezas sexuales, sino porque reducían a un rol tan elemental a quien justamente había sido la diosa del amor, la belleza y el sexo.

De todas maneras, ahora ya no poseía manzanas de oro o algún hechizo que pudiera ayudarla, así que tuvo que resignarse a ese papel y su desempeño fue tan perfecto que después de esa película la bombardearon con ofertas de toda índole – siempre en el mundo del porno, claro –, experimentando un sinnúmero de cosas que ni siquiera en sus años de diosa de la sexualidad tuvo idea de que existían.

Vestida así tuitea Atenea, aunque sea muy "mainstream" (¡seguro ahora todo el mundo querrá imitarla!).

Vestida así tuitea Atenea, aunque sea muy “mainstream” (¡seguro ahora todo el mundo querrá imitarla!).

De todas maneras, la riqueza vino acompañada de una terrible presión y su carácter, que nunca fue muy estable, terminó por quebrarse, cayendo en las drogas. Primero la mariguana, luego la cocaína, el crac y la heroína. Su carrera declinó tanto que el director que la había descubierto le dijo:

― El problema son tus medidas, 93 – 61 – 94 no es lo adecuado para esta industria, quizá si te operases para llegar a 110 – 51 – 100…

Venus accedió, sin embargo su precario estado de salud y la poca asepsia de la clínica ilegal donde fue operada la liquidaron. La noche del 1 de mayo de 1996 murió víctima de una terrible infección en un quirófano pútrido de un suburbio de Los Ángeles.

La verdad es que yo nunca me llevé bien con ella – era demasiado mainstream para mí –, aunque no puedo negar que algunos de los consejos de belleza que me enseñó mientras estábamos en el Olimpo intercambiando opiniones acerca de su hijo Eneas, me han servido hasta hoy, por eso – y porque la señal de internet se cayó, impidiendo que pueda conectarme a Twitter – decidí escribir esta nada tendenciosa nota necrológica. Paz en su tumba.

¬¬

El concurso de las diosas

Mi mujer me abandonó aquella mañana luego de descubrir que tenía una amante, y esta, al enterarse de que los impedimentos para que estuviésemos juntos habían desaparecido, se largó con el lechero.

Decepcionado, decidí suicidarme. Antes, sin embargo, para conseguir un poco de valor, me embriagué en un bar de mala muerte. Apenas podía mantenerme en pie cuando me sacaron y mientras caminaba hacia mi casa dando tumbos, un sujeto extraño se acercó. Iba casi desnudo, llevando encima solo una capa, una bacinica – ¡que usaba sobre la cabeza! –  y un par de sandalias con alas.

— ¡Mortal, debes venir conmigo! – me dijo –. Zeus te ha elegido para que sirvas de jurado en el concurso de las diosas.

— ¿Qué carajo es un Zeus?

— ¡Estúpido mortal, cállate y ven!

Enseguida, me tomó del brazo y, como por arte de magia, nos transportamos a un palacio erigido sobre una montaña.

— ¿Y bien? – dijo un anciano barbudo.

— ¡Aquí está, pero no creo que…!

— ¡No he pedido tu opinión, Hermes! ¡Llamen a las diosas!

Aparecieron tres mujeres supremamente hermosas, aunque muy raras – una de ellas incluso llevaba casco, escudo y una lanza –.

— Mortal – dijo esta –, te ofrezco sabiduría y la capacidad de vencer a cualquier adversario en combate.

— Yo – intervino la segunda – te prometo poder, y Asia entera para que la gobiernes.

— Y yo – exclamó la última con una sonrisa – solamente te ofrezco amor, el amor de la mujer más hermosa.

Estaba ebrio aún, sin embargo, comprendí que la situación era muy seria. Dirigiéndome a la última que habló, pregunté:

— ¿Es posible que sea más de una mujer y que yo escoja a las que quiera?

Ella se puso a reflexionar unos instantes y finalmente accedió.

— ¿Lo jura por lo más sagrado que existe?

— Por el río Estigia, ningún dios se atrevería a romper semejante juramento.

— Bien, entonces esta señora es la ganadora.

Ella se puso a dar brincos, al tiempo que sus contrincantes me contemplaban enfurecidas.

— Ahora quiero mi premio.

— Sí, sí, ¿cuántas y cuáles mujeres son las que te interesan?

— No es nada difícil, son tres… o sea, ¡ustedes!

Los presentes me miraron primero con sorpresa y después con una sonrisa sardónica – menos las aludidas y el anciano fornido que me había invitado, quien enrojeció de cólera y se puso a gritar improperios contra todo el mundo –.

— ¡Primero, el imbécil de Paris, y, ahora, este degenerado…! ¡Malditos humanos, merecen desaparecer, son repugnantes!

Desde entonces, lluvias de rayos han exterminado a casi toda la población terrestre… Algunos creen que es mi culpa, pero yo siempre digo que no tienen derecho a juzgarme porque, en mis zapatos, hubieran hecho lo mismo.

En la piel de Arjuna

Cuando tu intelecto haya pasado más allá del espejismo de la ilusión,

recién entonces alcanzarás la diferencia de las cosas

oídas y por oír.

SRIMAD – BHAGAVAD – GITA


En el sueño yo era Arjuna. Estaba de pie, encaramado sobre mi carro, con un arco en la mano izquierda, una espada en el cinto y un carcaj de cuero en la espalda. Había pedido a Krishna que me condujera al centro de la planicie de Kurukshetra con la intención de ver a los Pandavas, nuestros enemigos. Eran éstos hombres fieros, audaces, dispuestos a todo por obtener la victoria. Mi deber era odiarlos, pero no podía pues, además de ser mis adversarios eran también mis parientes, quienes, enloquecidos por la ambición y el egoísmo, levantaron sus lanzas.

—No puedo pelear con ellos – dije –; es cierto que los corroe la vanidad, mas veo sus rostros y recuerdo el tiempo en que algunos jugaron conmigo; y, otros, sus padres, me enseñaron a tensar el arco; por sus venas corre la misma sangre que por las mías, no quiero matarlos.

— Arjuna – intervino Krishna –, debes cumplir con tu destino; desecha tus dudas, miles de hombres dependen de ti.

— ¿No escuchas? Los Pandavas no son mis adversarios, sino mi familia.

— Tú eres el que no escucha – sus ojos despedían llamas mientras que a su cuerpo lo cubría un halo dorado –, te voy a decir la verdad: no existen el pasado, el presente o el futuro, no hay vida ni muerte; yo soy todo eso.

Enmudecí. Sus ojos eran estrellas y su cuerpo, el universo entero. Las palabras que decía llegaban a mis oídos como un eco distante y mi mirada no podía despegarse de él.

— Mira mi mano – ordenó.

Obedecí y, aterrado, observé miles y miles de planetas, en los que hombres y bestias nacían para morir apenas unos instantes después. Me pude ver a mí, Arjuna, con el corazón lleno de dudas y a mi padre, reposando en el seno materno. Sin embargo cuando creí que la espantosa visión había terminado, Krishna cerró el puño y el mundo fue presa de las tinieblas y el frío.

— ¡He comprendido, Señor, he comprendido! – Grité.

El dios abrió la mano y la luz reapareció.

— Entonces ¡a pelear!

Apenas nos reunimos con el resto del ejército, Bhisma, soplando en su concha marina, dio la orden de atacar. Miles de guerreros sobre formidables carros se abalanzaron contra el enemigo que esperaba en posición defensiva.

El polvo obligó a que me cubriese la cara hasta que, de repente, el ruido del campo de batalla desapareció. No se escuchaban los cascos de las bestias golpeando el suelo ni el choque de las espadas. Destapé, entonces, mis ojos y descubrí que ambos ejércitos habían desaparecido, quedando solamente Krishna, un Pandava y yo.

— Soldado eres, ¡haz la guerra! – Exclamó el dios, señalando al enemigo.

Salté del carro con la espada en la mano y me dirigí hacia el lugar donde aquel guerrero me esperaba con tranquilidad. Cuando estuve cerca, pude ver su rostro: era yo.

— ¡Haz la guerra! – Repitió Krishna.

Sin dudarlo, descargué mi espada sobre ese, que no era otro que yo mismo. Agresor y víctima caímos al suelo.

Mis ojos, nublados por la sangre, se cerraban lentamente al tiempo que, a lo lejos, se escuchaba una risa feroz. En ese instante, desperté.