¡BANG!

Dentro, se pone los guantes – aunque está seguro de lo ridícula que es aquella precaución – y carga dos balas en el arma: la primera para disparar al pecho de su padre y la segunda para rematarlo con un tiro en la cabeza asegurándose de que el asesinato sea impecable.

En la foto: los próceres del 10 de agosto de 1809 convertidos en estatuas de sal gracias al pecado nefando del manoseo político.

En la foto: los próceres del 10 de agosto de 1809 convertidos en estatuas de sal gracias al pecado nefando del manoseo político.

Hoy es 10 de agosto; mientras en televisión y radio se suceden una infinidad de programas especiales, cadenas del gobierno y discursos patrioteros en honor al himno, a la bandera o a los próceres – quienes para el 99% de los ecuatorianos no son más que anónimas estatuas de cera en el museo del Pasaje Espejo –, Edipo se encuentra sentado a la mesa del comedor de su casa ultimando los detalles del asesinato que cometerá en unas horas.

La víctima es su padre y este texto es solo un registro de los eventos; no pretendemos con él justificar al parricida ni aportar detalles lamentables acerca de su niñez para que los lectores del futuro se compadezcan y lo perdonen por sus acciones. Por lo demás, nadie, ni su padre ni su madre, lo maltrataron cuando era niño, de hecho tuvo una infancia feliz y según las inefables pruebas psicológicas es un ser humano perfectamente normal. El delito que está a punto de cometer es un experimento y nada más.

Edipo no cree en los crímenes impecables, pero tiene la certeza de que este lo será. No quedarán rastros, pues el proceso está tan perfectamente hilvanado que arma, criminal y cuerpo del delito desaparecerán antes de que la balanza de la diosa Justicia se incline hacia uno u otro lado.

La mañana de ese día, el futuro criminal se levantó antes de que el sol despuntara, hizo su rutina de calistenia y después de desayunar se puso a repasar por última vez los detalles del asesinato – los tenía escritos en su diario desde el año 2011. Al leer las dos primeras frases comprendió que era inútil seguir: las conocía al revés y al derecho.

Edipo había tomado la precaución de trasladarse desde su casa – que naturalmente se encuentra muy lejos de aquella ciudad de Quito – durante la noche para evitar que alguien pudiera retrasarlo.

Con la certeza de que dominaba la materia, se echó en la cama de aquella mugrienta habitación alquilada en la pensión de una mujer que respondía al nombre de Mercedes.

A las cuatro en punto, se pone en pie encaminándose en seguida hacia la casa de su padre ubicada en la calle Chile. Lleva en su mano derecha un portafolio en cuyo interior había guardo los guantes, el revólver – paradójicamente, un viejo obsequio de la víctima – y un largo texto lleno de fórmulas matemáticas y diagramas.

Edipo le dijo a la esfinge que estaba pensando en participar en "¿Quién quiere ser millonario?" o, por lo menos, en un "talk-show" para sacarle un provecho adicional a la historia de su incesto.

Edipo le dijo a la esfinge que estaba pensando en participar en “¿Quién quiere ser millonario?” o, por lo menos, en un “talk-show” para sacarle un provecho adicional a la historia de su incesto.

Edipo conoce perfectamente las horas de salida y entrada de los diversos habitantes de la casa, así como también los puntos de acceso seguros. Por lo que, refugiado en una sastrería, espera a que su madre salga de la casa con la criada para ir al mercado; luego, con paso lento pero firme, se dirige hacia la parte posterior del edificio, donde una ventana de la bodega tiene la aldaba tan oxidada que con un ligero empujón cede para permitir que entre cualquier intruso con tranquilidad.

Dentro, se pone los guantes – aunque está seguro de lo ridícula que es aquella precaución – y carga dos balas en el arma: la primera para disparar al pecho de su padre y la segunda para rematarlo con un tiro en la cabeza asegurándose de que el asesinato sea impecable.

Cruza el patio interno evitando hacer ruido y luego sube al segundo piso, donde se ubica el cuarto de estudio de su progenitor. A esa hora él, absorto en sus fórmulas matemáticas, será incapaz de defenderse.

En efecto, Edipo abre de par en par la puerta y solo la ráfaga de viento que entra en la habitación hace que el ocupante reaccione. Este, sin embargo, no es un anciano, más bien aparenta tener la misma edad o quizá menos que el futuro asesino, quien le espeta con frialdad:

— ¡He venido a matarte!

El hombre lo contempla en silencio por unos segundos.

— ¿Se puede saber quién es usted?

— ¡Por supuesto! – extrae del maletín el fajo de hojas con fórmulas, tirándolas al escritorio –. ¡Lee, allí está explicado!

El aludido coge el texto y lo revisa, mientras Edipo no para de apuntarle con el revólver.

Cuando finalmente hubo terminado la lectura, el padre comenta:

— ¡Esto no es más que una sandez! ¡Exijo pruebas! Si me las da, permitiré que me mate sin oponer resistencia.

— ¿Más? Las tienes en esos documentos.

— Esto no es otra cosa que una serie de fórmulas matemáticas y desvaríos de un desatinado; no hay evidencias materiales…

— Eres un matemático, debería ser suficiente.

— Pues no, como santo Tomás, necesito hundir mi dedo en las llagas.

— ¡Te casaste con mi madre hace dos días!

— Cualquiera puede haber revelado esa información.

— Naciste en Otavalo, pero, por error consta Ibarra en el acta.

— No es un secreto ese detalle…

— Tu madre te concibió antes del matrimonio y tu abuelo hizo que ella y tu padre se marcharan en secreto a Baños para casarse antes de que nacieras.

La víctima coloca su mano disimuladamente sobre la manija de uno de los cajones del escritorio.

— ¡Es inútil! – dice Edipo –; la pistola la robó anoche una de las criadas para entregarla a su amante, un ladrón que será capturado borracho en una cantina de mala muerte el próximo domingo a las doce del día.

El hombre abre el cajón con la mano temblorosa y, en efecto, el arma no está.

— ¡Esto no es una prueba! Alguno de sus cómplices pudo tomarla…

— Es precisamente tu incredulidad una de las razones por las que decidí matarte; quizá si ambos nos hundimos en este misterio científico lograremos llegar a algún tipo de acuerdo.

— ¡Hombre de Dios, está loco!

— No, no lo estoy; yo soy tu hijo y he venido del futuro para matarte; ¡créelo!

El padre de Edipo, completamente confundido, se toma la cabeza con las manos.

— ¿Qué crees que pasará, papá, si te mato antes de que me hayas concebido? Resolver esa paradoja física ha sido mi anhelo desde que tú mismo me la rebelaste hace quince años o, mejor dicho: me la revelarás dentro de diecisiete.

— Admitamos que es cierto lo que dice: si me asesina antes de que lo engendre, ¿cómo me matará después?

— ¿Será posible que surja un universo alterno? ¿Varios?

— ¡O quizá se produzca una singularidad y todo se acabe de una vez y para siempre!

— Nunca has sido melodramático, papá, no empieces ahora.

Quisiera decir que mi pluma lo mató, pero no fue así...

Quisiera decir que mi pluma lo mató, pero no fue así…

— Bueno, el resultado solo podremos averiguarlo de una forma…

— ¡Ahora sí hablas como el hombre al que admiro! Sabía que anhelabas una respuesta tanto como yo.

— ¡No más elogios! ¡Hazlo de una vez, jovencito!

— ¿Jovencito? ¡Qué curioso, así me has llamado siempre! – Edipo vuelve a levantar el revólver –. ¿Y si todo se destruye como dijiste?

— Ahora tú eres el melodramático; en todo caso, es el precio que hay que pagar por el conocimiento; Adán y Eva lo hicieron antes.

— Tal vez el disparo sea el fin…

— Sí, probablemente… – el padre de Edipo cierra los ojos y aunque nunca fue un buen cristiano, improvisa una breve oración.

— ¡Adiós!

¡BANG!

Es el último ruido, luego no queda nada más que el silencio.

¬¬

Biografía apócrifa: el pajarito chiquitico

Aclaración indispensable 

El problema al que se enfrenta todo biógrafo serio – como yo – es que al momento de escribir sobre un personaje célebre debe abordar tanto su psicología como el efecto que esta tuvo en sus acciones y en las personas que lo rodearon. Esta premisa se complica en el caso del sabio Hugo Chávez, quien después de ser enterrado como todo un socialista – es decir, con una modestísima ceremonia –, decidió resucitar como un ave, haciendo que crezcan geométricamente la cantidad de experiencias merecedoras de un capítulo especial en el libro de la vida de este extraordinario individuo.

En vista de lo anterior, opté por reducir el espectro investigativo a un periodo de tiempo tan corto como crucial y sobre el que seguramente nadie querrá trabajar, dado el prejuicio que siempre tiene la comunidad científica por cosas que se escapan a la “razón”; me refiero a los treinta días que demoró el Comandante para regresar a la Tierra desde el otro mundo.

En esta titánica tarea varias fuentes que van desde dioses griegos hasta enfermos de un sanatorio mental me han ayudado, a todos ellos les entrego mi reconocimiento.

 

En el capítulo especial de "Aló, presidente" desde el Tártaro no solo se habló del imperialismo yanqui, sino también del imperialismo, del imperialismo, del imperialismo y de la señora Zulema que "hace deliciosas arepas".

En el capítulo especial de “Aló, presidente” desde el Tártaro no solo se habló del imperialismo yanqui, sino también del imperialismo, del imperialismo, del imperialismo y de la señora Zulema que “hace deliciosas arepas”.

Hugo Chávez organizó una edición especial de “Aló, presidente” desde el Tártaro, adonde había ido a parar, según él, porque Minos, Éaco y Radamantis eran unos capitalistas asesinos. De hecho, durante la emisión de su programa televisivo dijo que los tres jueces de almas eran en realidad los mismos que destruyeron Marte y que, siglos más tarde, escondidos en un laboratorio de la CIA en Nevada, habían inventado el cáncer.

Hades y Perséfone estaban en medio de su cena cuando escucharon la acusación. El dios del Inframundo estaba cansado del bolivariano.

― Tráiganme al loco, quizá pueda hacerlo entrar en razón.

Chávez, sin embargo, no estaba dispuesto a negociar, él quería volver a la vida a cualquier costo, aunque eso significara organizar manifestaciones violentas, empuñar los fusiles, llamar a Rafael Correa o, lo que es peor, dejar en el aire el programa “Aló, presidente” por los siglos de los siglos…

En la imagen se puede ver a Perséfone desmayada en los brazos de Hades, mientras varios miembros de las milicias bolivarianas los acosan con toallas higiénicas reutilizables.

En la imagen se puede ver a Perséfone desmayada en los brazos de Hades, mientras varios miembros de las milicias bolivarianas los acosan con toallas higiénicas reutilizables.

Hades no hizo caso de las amenazas, supuso que un socialista como aquel no sería tan perverso como para cumplirlas, pero estaba en un error: esa misma noche el Comandante se apareció en los sueños de Rafael Correa, Evo Morales y Cristina Fernández; les dijo que debían bajar al Inframundo para rescatarlo porque los gringos imperialistas estaban conspirando contra la revolución, al tiempo que les autorizaba a utilizar cualquier medio que fuera necesario para cumplir con el cometido, aun si esto significaba sacar los 137 millones de dólares que su familia había ahorrado en bancos yanquis imperialistas para alimentar a los niños pobres que viven en la Fosa de las Marianas.

Los tres mandones[1], víctimas del desasosiego, se pusieron a cumplir con su misión, acudiendo a la UNASUR y “a la” ALBA. Se denunció a las organizaciones de derechos humanos, a la prensa y hasta a Dios por haber creado la muerte con el fin de destruir al socialismo. Durante esta épica lucha, Cristina se compró carteras Louis Vuitton, Rafael encerró a dos fulanos  por conspiradores y Evo se puso a experimentar con pollos para encontrar la cura de la calvicie.

Los culpables de la calvicie y la homosexualidad de los europeos, según Evo (¡!).

Los culpables de la calvicie y la homosexualidad de los europeos, según Evo (¡!).

De todas maneras, ver en televisión las caras de estos tres adalides no fue lo que hizo que Hades se doblegara – aunque sí le provocaron una subida de tensión que por poco termina en un derrame cerebral –, sino las interminables arengas de Hugo que casi siempre iban seguidas de una cadena de expropiaciones.

― ¡Lárgate, Chávez, lárgate y no vuelvas por aquí! ¡Ni al transformarme en el snack de Crono, mi padre, sufrí tanto como ahora!

En seguida, el bolivariano espíritu se puso a cantar una ranchera de Vicente Fernández, al tiempo que se preparaba para su regreso.

― Sin embargo – le dijo el dios del Inframundo con una sonrisa imperceptible –, no podrás volver como humano, eso es imposible; lo máximo que puedo ofrecerte es que lo hagas como roedor o pájaro. Tú decides.

El comandante, comprendiendo que esa era su única opción, optó por el ave porque rata ya había sido.

Así, el espíritu bolivariano – en este caso es literal – fue hasta las orillas del Aqueronte, donde un barquero aguardaba para llevar a los muertos de un lado a otro. Como Chávez no poseía un óbolo[2] para pagar el viaje, se quedó varado.

Caronte luchando contra la correntosa retórica de Chávez, casi muere ahogado.

Caronte luchando contra la correntosa retórica de Chávez, casi muere ahogado.

Caronte fue inflexible. La promesa de regalarle una lata de caviar iraní si lo dejaba cruzar la primera vez nunca se cumplió, así que no volvería a engañarlo.

― Chico, pareces un imperialista yanqui, ¡déjame pasar, cónchale vale!

El aludido ni siquiera se molestó en contestar.

― Ya sé quién tú eres, a mí no me engañas… Eres míster Danger, por eso me impides salir, lo que quieres es matarme de nuevo, ¡terrorista, capitalista!

El barquero, harto de la perorata, dijo:

― ¡Está bien, te llevaré, pero cállate!

El Comandante, fulminado por el miedo, solo se atrevió a murmurar: “¡expropie!” Por lo demás, finalmente pudo comprender que su retórica era un poderoso instrumento de tortura.

El barquero y Hugo emergieron en la región de Epiro, en Grecia. Apenas la luz del sol se hizo presente, el alma encarnó en un nuevo cuerpo bolivariano, el de un pájaro llamado “tapaculo” (Scytalopus latrans); era pequeño, negro y, por fortuna, no podía hablar.

Decepcionado de su suerte, voló sin descanso hasta llegar a Venezuela y apenas estuvo en Margarita, supo que su Delfín se hallaba en aprietos porque, otra vez, los imperialistas intentaban acabar con el mayor logro del socialismo bolivariano: las toallas higiénicas reutilizables.

El pajarito chiquitico. el tapaculo se supone que es experto en tapar orificios como el de Maduro (me refiero al de la cabeza).

El pajarito chiquitico. El tapaculo es un tipo de ave que se supone que es experta en tapar orificios como el de Maduro (me refiero al de la cabeza).

El 3 de abril de 2013, Chávez – tapaculo fue a encontrarse con su destino en Barinas, apareciéndose ante su sucesor, Nicolás Maduro, y, encaramado en una viga de madera de una capilla donde este hacía algo, no se sabe con certeza qué – ¿rezar? –, se puso a silbar. El tono inconfundible lo detectó el Delfín, respondiendo de la misma forma.

“¡Que me des alpiste! – repetía el tapaculo desesperado sin lograr que lo comprendiera –. ¡Deja de silbar, pendejo!”

El Comandante pajarito se dio cuenta, entonces, que la única forma de salvar a la revolución era quedarse al lado de Maduro y, sin pensarlo, se puso a anidar en su cabeza, al fin y al cabo era un lugar completamente vacío y oscuro donde los capitalistas conspiradores jamás lo buscarían para asesinarlo, inoculándole el cáncer de nuevo.

 

Maduro nos conmueve con su revelación.

Llegada de Chávez al Inframundo. La desazón de los que lo recibieron se puede ver en sus rostros.
No es una suela de zapato, no es una simple toalla higiénica, ¡es el origen del agua de rosas!
¬¬

[1] Mandatarios, fue un lapsus lingüístico.

[2] Antigua moneda imperialista con la que los imperialistas del imperialista Inframundo impedían que los pobres descansen en paz.

Nota necrológica de una diosa

atenea

¡El ‘look’ hipster hace ver muy sexy a Atenea!

Cierto día los mortales decidieron que no necesitaban más de nosotros, los dioses, declarándonos, luego de un juicio sumario, muertos.

Lo cierto es que nadie murió, solo salimos del Olimpo, empezando a vagar por la tierra como simples humanos. Algunos lo aceptamos mejor que otros, por ejemplo: Hércules se convirtió en campeón mundial de boxeo, Diana en activista del feminismo, Apolo en cantautor y yo, Palas Atenea, en periodista y escritora.

Por otro lado, Júpiter, Juno, Marte, Cupido y Venus no pudieron asimilar el cambio con dignidad. El primero espera la muerte en un asilo de ancianos, tratando de convencer a sus compañeros que alguna vez fue más grandioso que Napoleón.

Su esposa, en cambio, lo abandonó por un estudiante de antropología, con quien fue a vivir entre los pigmeos. Ambos murieron de disentería.

El antiguo dios de la guerra se unió a las filas de un ejército irregular en algún país del África Subsahariana pero con la desaparición de sus poderes, sus habilidades también mermaron, lo que lo llevó a ser degrado al rango de un simple soldadito encargado de la cocina.

Imagen del momento en que capturaron a ese pequeño bastardo (en realidad era bastardo, su padre nunca lo reconoció).

Imagen del momento en que capturaron a ese pequeño bastardo (en realidad era bastardo, su padre nunca lo reconoció).

Cupido, mientras caminaba por la calles de Nueva York con su carcaj en la espalda y su arco bajo el brazo, fue detenido por un piquete policial que buscaba a un terrorista árabe; lo condujeron a Guantánamo, donde, luego de permanecer algunos meses, fue asesinado en la cárcel durante un confuso incidente en el que otro preso se enfureció al saber que él era el responsable de su amor por una mujer que siempre lo vio como “un amigo”.

Finalmente, la historia de Venus quizá es la más lamentable porque ni su belleza ni sus habilidades de seducción le sirvieron para salir adelante en el competitivo mundo de los mortales de fines del siglo veinte.

En principio la carrera de modelo parecía la adecuada para ella; tuvo un impacto enorme en sus primeras campañas publicitarias, tanto que se convirtió en la fantasía de políticos, narcotraficantes y el resto de delincuentes poderosos.

Venus continuaba siendo bella y manipuladora, de manera que no le costó nada llevar al gobernante de Estulticia – un pequeño país sudamericano lleno solo de petróleo y necios – a su cama.

Venus fue la primera nudista de la historia.

Venus fue la primera nudista de la historia.

El Jerarca, como le gustaba ser llamado, era un sujeto peculiar sin belleza o inteligencia, pero con una cualidad muy atractiva para la ex – divinidad: desperdiciaba el dinero en sandeces. “Si no le importa – reflexionó ella – gastarse tanta plata en ridículas propagandas televisivas, ¿qué problema va a tener en regalármela a mí para que compre un par de zapatos?”

Lo que no se imaginó fue que el Jerarca era un sujeto con un vicio superior a la libido: el poder. A media mañana ordenaba al criado del Palacio de Gobierno que le trajera una botella llena de poder del bar más cercano y, desde ese momento, no paraba de beber hasta que, borracho como una cuba, se desplomaba en su cama, incapaz de amar a nadie, excepto a sí mismo y al solio presidencial.

El Jerarca, enceguecido por el vicio, se dedicaba a insultar y a agredir a cualquiera que pudiera sugerir que necesitaba revisar su comportamiento; incluso Venus trató de salvarlo, pero era imposible, nada lo hacía más feliz que embriagarse mientras una camarilla de hipócritas le servía el licor y lo alaba.

Venus nunca lo amó, es verdad, sin embargo no podía soportar que la relegaran a segundo plano, así que decidió poner un ultimátum: el vicio o ella.

El Jerarca durante sus borracheras de poder organizaba orgías, durante las cuales hasta la Justicia era víctima de sus desviaciones sádicas.

El Jerarca, en sus borracheras de poder, organizaba orgías, durante las cuales hasta la Justicia era víctima de sus desviaciones sádicas.

El Jerarca ni siquiera lo pensó: “es mejor que te largues – le dijo –, mientras tenga poder no necesito nada más.”

Esta vez la suerte no iba a sonreírle a la antigua diosa y nadie quiso contratarla como modelo nuevamente; ¿quién necesitaba en sus filas a una arribista?

Al borde de la pobreza, recibió la llamada de un francés que dijo ser director de cine.

― Quiero ofrecerle un papel en mi nueva película, la he visto en fotos y creo que es perfecta, espero que no tenga escrúpulos…

Venus ni siquiera sabía el significado de esa palabra.

Para trabajar tuvo que trasladarse a Los Ángeles, donde su nuevo jefe, un famoso director de cine porno, le dijo que la necesitaba para hacer un filme erótico sobre la vida de Baco; ella, con tanta experiencia en el mundo de las divinidades greco – romanas, podía interpretar perfectamente a Ariadna, la mujer que, después de ser abandonada por Teseo, se convirtió en la esposa del dios del vino.

Sasha Grey, sorprendida, le pregunta a Stoya: "¿era la diosa del sexo y no sabe qué es un 'strap-on'?"

Sasha Grey, sorprendida, le pregunta a Stoya: “¿era la diosa del sexo y no sabe qué es un ‘strap-on’?”

Venus consideraba degradante su papel y no porque tuviera que ejecutar extrañas proezas sexuales, sino porque reducían a un rol tan elemental a quien justamente había sido la diosa del amor, la belleza y el sexo.

De todas maneras, ahora ya no poseía manzanas de oro o algún hechizo que pudiera ayudarla, así que tuvo que resignarse a ese papel y su desempeño fue tan perfecto que después de esa película la bombardearon con ofertas de toda índole – siempre en el mundo del porno, claro –, experimentando un sinnúmero de cosas que ni siquiera en sus años de diosa de la sexualidad tuvo idea de que existían.

Vestida así tuitea Atenea, aunque sea muy "mainstream" (¡seguro ahora todo el mundo querrá imitarla!).

Vestida así tuitea Atenea, aunque sea muy “mainstream” (¡seguro ahora todo el mundo querrá imitarla!).

De todas maneras, la riqueza vino acompañada de una terrible presión y su carácter, que nunca fue muy estable, terminó por quebrarse, cayendo en las drogas. Primero la mariguana, luego la cocaína, el crac y la heroína. Su carrera declinó tanto que el director que la había descubierto le dijo:

― El problema son tus medidas, 93 – 61 – 94 no es lo adecuado para esta industria, quizá si te operases para llegar a 110 – 51 – 100…

Venus accedió, sin embargo su precario estado de salud y la poca asepsia de la clínica ilegal donde fue operada la liquidaron. La noche del 1 de mayo de 1996 murió víctima de una terrible infección en un quirófano pútrido de un suburbio de Los Ángeles.

La verdad es que yo nunca me llevé bien con ella – era demasiado mainstream para mí –, aunque no puedo negar que algunos de los consejos de belleza que me enseñó mientras estábamos en el Olimpo intercambiando opiniones acerca de su hijo Eneas, me han servido hasta hoy, por eso – y porque la señal de internet se cayó, impidiendo que pueda conectarme a Twitter – decidí escribir esta nada tendenciosa nota necrológica. Paz en su tumba.

¬¬

Helena de Troya, viajera del tiempo

Una Helena de Troya así te gustaría que te regalen por Navidad, ¿verdad?

Después de leer a Hesíodo, Eurípides, Sófocles, Virgilio y Ovidio[1], concluí que estaba enamorado de Helena de Troya y que nada me haría más feliz que casarme con ella.

Nunca pude superar esa obsesión y, anoche, tuve un sueño en el que esta se concretaba gracias a algún tipo de encantamiento efectuado por las brujas de Macbeth o por Walter Mercado – ese detalle no lo tengo muy claro –. A continuación, lo repito tal como lo recuerdo:

Mientras reposábamos desnudos en nuestro lecho, me puse a reflexionar sobre la ropa de Helena y pensé: “ya no debe vestirse más con ese peplo; con él, evidentemente, se verá muy ridícula, a menos que lo utilice para asistir a una fiesta de fraternidad universitaria[2]”. Por esta razón, antes de iniciar nuestra vida juntos, decidí llevarla al centro comercial.

Esa misma tarde, entramos a un mall – lo llamo así para sonar aburguesadamente agringado –; al principio, todo era alegría, caminábamos tomados de la mano, haciendo chistes y besándonos a la menor oportunidad, pero, de pronto, la enorme aglomeración de gente que estaba cubriendo de saliva las vitrinas, la grosería de las dependientes y la indecisión de mi acompañante[3], terminaron por conducirme a una peligrosa subida de tensión, cercana al derrame cerebral.

Ya con una buena cantidad de paquetes y endeudado por diez generaciones, la llevé a la zona de los restaurantes, donde descubrimos que no existía vino, pan griego y, menos aun, ciervo, lo que fue el detonante para que Helena perdiera, finalmente, la paciencia, haciéndola estallar en una rabieta de proporciones homéricas:

— ¿Cómo se te ocurre traerme a esta pocilga? ¡Ay, si no hubiera huido de mi Menelao para venir a vivir contigo! Bien que me lo advirtió Zeus, mi padre… “Ese hombre no te conviene, no tiene futuro”, me dijo, pero yo, como una tonta, me dejé llevar por un par de palabras bonitas y varias promesas que seguramente nunca vas a cumplir… ¿No dices nada? ¿Por qué te quedas callado mirándome como un pendejo?

— Me parece que…

— “Me parece, me parece…” – repitió, haciendo muecas y una burda imitación de mi voz melodiosa –, TODOS los hombres son iguales, viven del “me parece” y no son capaces de preguntar nunca lo que una quiere…

— ¿Qué es lo que quieres, mi vida? – suspiré.

— ¡Deberías saberlo! ¿No dices que me amas? ¡ESTO ES EL COLMO! ¡INSENSIBLE!

Polígono de Willis, donde se puede apreciar la exacta ubicación de la arteria basilar, que, en mi caso, estaba al borde del colapso.

En ese instante, mientras mi arteria basilar estaba luchando contra un coágulo recién formado, un sujeto, a paso de hiena[4], se acercó a la mesa con el perverso deseo de aprovecharse de la situación.

— ¡Señorita, tiene unas facciones tan perfectas que ni la ira puede deformarlas!

— ¡Ah…! ¿Enserio? ¿Usted cree?

— Sí, sí, y se lo puedo garantizar, porque soy representante de modelos.

— ¿Modelos?

— En efecto, si me acompaña, le explico mejor.

— No sé, es que yo…

— No lo piense demasiado, ¡puedo hacerla millonaria!

Esta frase fue lapidaria – para mí, claro –, y mientras Helena salía del mall junto con el desgraciado petimetre con cara de Brad Pitt venido a menos, yo iba camino al hospital con una trombosis en una de las arterias de mi cerebro.

Al despertar de un coma de varias meses – medio idiota y con el lado izquierdo del cuerpo paralizado –, me enteré, por la televisión, de que Helena, luego de colocarse unos implantes de mala calidad en los senos y en las nalgas, había ganado un concurso de belleza, pero que fue incapaz de ostentar el cetro por más dos horas, debido a que tuvo que ser intervenida de emergencia cuando las prótesis estallaron, en plena fiesta de coronación.

Chifa “de la patada”, perteneciente al señor Nifú Nifá, actual pareja de Helena de Troya.

— … Miss Troya actualmente vive con el dueño de un restaurante chino, el señor Nifú Nifá. Fuentes cercanas a la exmodelo dicen que esta se rehúsa a ser fotografiada porque ha engordado cien kilos y se halla en medio de una crisis depresiva grave – concluyó la presentadora de televisión, mientras yo hacía esfuerzos sobrehumanos para coger una cuchara y comer un pudín de pan.

En ese momento, sonó la alarma del reloj y desperté; mientras me secaba el sudor de la frente, me dije a mí mismo que no volvería a enamorarme, ni en sueños, de una reina griega.

¬¬


[1] Enumeración absolutamente innecesaria, pero que la pongo para recalcar mi profundísimo conocimiento de los clásicos (¿?).

[2] Eso tal vez la hubiese alegrado, si tenemos en cuenta que la degradación y decadencia de los estudiantes universitarios es equivalente o quizás hasta superior que la de su exmarido y sus “colegas”.

[3] Comprensible, ya que el mal gusto de las últimas décadas del siglo veinte y de la primera del veintiuno es incluso más mitológico que la belleza de la propia Helena.

[4] Véase Animal Planet para una comprensión clara de esta metáfora.

El concurso de las diosas

Mi mujer me abandonó aquella mañana luego de descubrir que tenía una amante, y esta, al enterarse de que los impedimentos para que estuviésemos juntos habían desaparecido, se largó con el lechero.

Decepcionado, decidí suicidarme. Antes, sin embargo, para conseguir un poco de valor, me embriagué en un bar de mala muerte. Apenas podía mantenerme en pie cuando me sacaron y mientras caminaba hacia mi casa dando tumbos, un sujeto extraño se acercó. Iba casi desnudo, llevando encima solo una capa, una bacinica – ¡que usaba sobre la cabeza! –  y un par de sandalias con alas.

— ¡Mortal, debes venir conmigo! – me dijo –. Zeus te ha elegido para que sirvas de jurado en el concurso de las diosas.

— ¿Qué carajo es un Zeus?

— ¡Estúpido mortal, cállate y ven!

Enseguida, me tomó del brazo y, como por arte de magia, nos transportamos a un palacio erigido sobre una montaña.

— ¿Y bien? – dijo un anciano barbudo.

— ¡Aquí está, pero no creo que…!

— ¡No he pedido tu opinión, Hermes! ¡Llamen a las diosas!

Aparecieron tres mujeres supremamente hermosas, aunque muy raras – una de ellas incluso llevaba casco, escudo y una lanza –.

— Mortal – dijo esta –, te ofrezco sabiduría y la capacidad de vencer a cualquier adversario en combate.

— Yo – intervino la segunda – te prometo poder, y Asia entera para que la gobiernes.

— Y yo – exclamó la última con una sonrisa – solamente te ofrezco amor, el amor de la mujer más hermosa.

Estaba ebrio aún, sin embargo, comprendí que la situación era muy seria. Dirigiéndome a la última que habló, pregunté:

— ¿Es posible que sea más de una mujer y que yo escoja a las que quiera?

Ella se puso a reflexionar unos instantes y finalmente accedió.

— ¿Lo jura por lo más sagrado que existe?

— Por el río Estigia, ningún dios se atrevería a romper semejante juramento.

— Bien, entonces esta señora es la ganadora.

Ella se puso a dar brincos, al tiempo que sus contrincantes me contemplaban enfurecidas.

— Ahora quiero mi premio.

— Sí, sí, ¿cuántas y cuáles mujeres son las que te interesan?

— No es nada difícil, son tres… o sea, ¡ustedes!

Los presentes me miraron primero con sorpresa y después con una sonrisa sardónica – menos las aludidas y el anciano fornido que me había invitado, quien enrojeció de cólera y se puso a gritar improperios contra todo el mundo –.

— ¡Primero, el imbécil de Paris, y, ahora, este degenerado…! ¡Malditos humanos, merecen desaparecer, son repugnantes!

Desde entonces, lluvias de rayos han exterminado a casi toda la población terrestre… Algunos creen que es mi culpa, pero yo siempre digo que no tienen derecho a juzgarme porque, en mis zapatos, hubieran hecho lo mismo.