Alejandro Sawa, el negro de Rubén Darío

Al señor don Rubén Darío,

¿Me impulsas a la violencia? Pues sea. Yo no soy el amigo herido por la desgracia que pide ayuda al que consideraba como un gran amigo suyo: soy un acreedor que presenta la cuenta de su trabajo.

Desde el mes de abril hasta el mes de agosto de 1905, yo he escrito por encargo tuyo hasta ocho cartas (de las cuales conservo en mi poder seis) que han aparecido con tu firma en el periódico de Buenos Aires ‘La Nación’…

Es el año 1908. En Madrid el aire está enrarecido por la derrota ante Estados Unidos, ya no hay colonias ni reino donde nunca se pone el sol. El pueblo, tambaleante entre decepción e indolencia, corre de arriba abajo a través de las calles empedradas evitando mirar los diarios donde quejas y agresiones son las notas musicales de un réquiem por el Imperio español.

Alejandro Sawa. Fotografía tomada de “El Imparcial“.

Entre ese tumulto camina un ciego. Sus cabellos están revueltos y la barba hirsuta. En sus pupilas lo único que brilla es la ausencia, mientras que en su levita asoman tímidamente los desgarrones. Traje y dueño resisten a la derrota con heroísmo.

Este “clochard español ha estado en París por años, pero oscuridad es lo único que ha importado desde la Ciudad de la Luz. Su nombre es Alejandro Sawa y su oficio es el de escritor.

Acaso llamarlo así resulte una afrenta para este personaje porque ni aquel sustantivo ni la influencia de los amigos, entre los que se encuentran Valle Inclán y Manuel Machado, le han permitido publicar una obra que él cree lo consagrará.

Está consciente de que la escritura nada tiene que ver con la publicación, pues ni todo el que escribe bien publica ni todo el que publica escribe bien, mas, ahora aquel aserto es apenas un consuelo de tontos para un Alejandro Sawa que ha llegado al punto de alquilar su pluma a varios Rubén Daríos por no morir de hambre.

Mientras el vate nicaragüense compone versos, Sawa ha garabateado cientos de hojas con artículos destinados a periódicos de ambos lados del Atlántico que si bien le permiten sobrevivir, no le reportan nombre o alegría.

Sawa jamás protestó por el acuerdo, al fin y al cabo, los “negros”, extras de la literatura que igual a los del cine hacen las piruetas que los famosos rehúsan, son habituales y no escandalizan.

No siempre hay luces en la bohemia. Siga los pasos de Alejandro Sawa por Europa.

No obstante, en cuanto su libro “Iluminaciones en la sombra” quedó terminado, el artista que habitualmente trabajaba entre sombras, quiso mostrarse en su máximo esplendor.

Empero, al no hallar alguien dispuesto a ayudarlo, el autofinanciamiento se presentó como última alternativa.

Desesperado, aruñó la cerámica de las alcancías y desfondó los bolsillos de sus trajes. Su esposa, que fue también su secretaria y que hacía milagros para llenar los pucheros, no consiguió estirar tanto las pesetas como para que cubriesen una edición.

Entonces, Sawa, Ájax furioso, se dedicó a arremeter no solo en contra de los enemigos, sino también en contra de los amigos y estos, que a menudo huyen del fracaso igual que de la peste convencidos de que la mala suerte se contagia, se esfumaron.

Breve documental sobre Alejandro Sawa en el canal UNED. Vea la web completa en este enlace.

Alejandro Sawa muta entonces en acreedor. Es su derecho: a los amigos se les puede regalar cualquier cosa, incluso el trabajo, pero ahora él está aislado.

Rubén Darío niega las deudas. Sawa insiste en ellas. Aquel dice que es la locura lo que afecta a su antiguo compañero, este responde que el otro es un sinvergüenza.

El “negro” del poeta nicaragüense es minucioso en su pobreza y sabe que lo adeudado es suficiente para cubrir una edición de “Iluminaciones en la sombra”, su canto final de cisne.

No importa comer, solo publicar.

La muerte de Alejandro Sawa. Foto tomada de la web Luis Antonio de Villena.

Pese a los esfuerzos, Odiseo ganó a Ájax: Sawa, ciego y loco, murió en su casita de la Calle Conde Duque número siete, en Madrid. Su testamento literario no pudo ver luz entre las sombras. Valle Inclán, conmovido por la majestuosidad de la desgracia, le escribió a Rubén Darío al poco de ver el cadáver de Sawa:

He llorado delante del muerto por él, por mí y por todos los pobres poetas. Yo no puedo hacer nada, usted tampoco, pero si nos juntamos unos cuantos algo podríamos hacer. Alejandro deja un libro inédito. Lo mejor que ha escrito. Un diario de esperanzas y tribulaciones. El fracaso de todos los intentos para publicarlo y una carta donde le retiraban una colaboración de sesenta pesetas que tenía en ‘El Liberal’, le volvieron loco durante los últimos días. Una locura desesperada. Quería matarse. Tuvo el fin de un rey de tragedia: murió loco, ciego y furioso.

Lea un artículo de “La Vanguardia” sobre la calle Conde Duque y el portal de la casa donde vivió Alejandro Sawa.

Un café en la cripta

Crónica publicada originalmente en la Revista Mundo Diners de noviembre 2018.

UNO

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Calle de Carretas. Foto recuperada de la web “Secretos de Madrid“.

En 1920, Madrid también es una fiesta sin desastres anuales ni guerras civiles.

En una de sus calles, la de Carretas, donde lo que menos hay es carretas, transeúntes de cualquier estirpe se agolpaban en busca gelatinosas imitaciones de cerebros y corazones para estudiantes de la facultad de Medicina o sustitutos, más o menos ortopédicos, de piernas, manos y brazos para mutilados de la guerra hispano – estadounidense.

Aquel es el depósito de los miembros de goma, una isla absurda en el corazón de Madrid donde parece que el doctor Frankenstein desechó los sobrantes de su criatura con la finalidad de que funcionarios del correo, también ubicado allí, los entregasen a cualquier aficionado a las rarezas.

Precisamente, como náufragos, los carteros aparecen de pronto entre el mar de coleccionistas de muñones plásticos. Aún no los han dotado de bicicletas, de modo que trotan entre la multitud de forma incansable, abriéndose paso a veces con palabras, a veces con codazos. El caminante se pregunta al verlos si pronto no tendrán que cambiar sus pies de carne y hueso, desgastados e inservibles, por los de goma que se exhiben en las vitrinas.

Cercana a la Puerta del Sol, la calle de Carretas es una arteria de Madrid, oculta para aquellos que buscan la diversión banal.

Entre la multitud de paseantes camina un hombre vestido con traje negro. Es bajito y grueso, está peinado con brillantina y en su cara no asoma ni un solo vello. Es un hombre de sonrisa franca y mirada suspicaz al que todos conocen en la calle de Carretas, pues desde 1912, casi sin interrupciones, ha organizado en el Café y Botillería de Pombo, ubicado en el número 4 de esa vía, una tertulia sabatina.

 

En Madrid hay cientos de cafés, pero Pombo es un animal extraño al que la vanguardia del arte ha insuflado nueva vida. Convocados por el hombre bajito de terno negro (Ramón Gómez de la Serna), el pintor José Gutiérrez Solana, el filósofo Ortega y Gasset, escritores como Valery Larbaud, Valle Inclán, Grandmontagne y Antonio Machado se sentaron a las mesas de la vieja botillería transformándola en Sagrada Cripta.

De Pombo se sabe que el amanecer del alocado siglo veinte fue el responsable de disfrazarlo como café, haciendo desaparecer de forma definitiva su ropaje vetusto de fonda para viandantes. La especialidad era un sorbete de arroz, servido en temporada, que provocaba diarreas y que le valió el título nobiliario de “Café de los Cagones”.

Gómez de la Serna lo escogió porque sufría de una incontrolable pasión por las incongruencias y un sitio antiguo y tan castizo era el contraste perfecto para la que sería la sede de la vanguardia y el universalismo.

Los cofrades de Pombo eran variedades de rara avis que disfrutaban volar en contra del viento y que terminaron por acoplarse al café de igual forma que la anacrónica mesa donde se celebran los banquetes o la pintura de Gutiérrez Solana que capturó una de las tertulias y que acompañaría a los comensales hasta que el tiempo y las guerras la empujaron a un museo de nombre tan extenso que es mejor llamarlo solo Reina Sofía.

A Gómez de la Serna o Ramón, a secas, como prefería que lo llamasen, lo movió la idea de crear un refugio para los artistas libre de erudiciones y de pompa, capaz de acoger las ideas nuevas, pero también las antiguas que estuviesen dispuestas no a combatir al futuro, sino a coexistir y hasta participar en su marcha imparable.

Los invitados asistían exultantes a las reuniones, cumpliendo sus tareas de forma correcta durante el resto de la semana para que ninguna tarea se interpusiera en el disfrute de lecturas, recitales y charlas, pues a diferencia de otras, en la tertulia del Pombo no había alardes de grandeza, sino humor, audacia y poesía, la misma que era mucho más que una repetición de poemas enlatados, y guiaba cada segundo, cada actividad de la noche sabatina.

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La Sagrada Cripta del Pombo. Foto recuperada del blog “Descubriendo Ciudades“.

Sin embargo, a Pombo no solo llegaban los artistas. Desde el sótano donde se celebraban las tertulias, se podía divisar una fauna increíble compuesta por hipogrifos y salamandras que parecían haber escapado de la Puerta del Sol para entrar en la de la luna.

Carteros y carteristas, sordomudos y hermosos caballeros enamorados de la bohemia se reunían en torno a las mesas, mientras los vanguardistas hablaban sobre el cubismo.

Algunos se atrevían a bajar las gradas, introduciéndose en el mundo de Ramón de forma definitiva. Y es que él no era un hombre capaz de olvidar. Como mago o científico desquiciado, cada rostro y cada acción quedaba inmortalizada en forma de letras o dibujos que, con el tiempo, serían un ensayo, una novela, una greguería.

Así, entre todas estas criaturas, Gómez de la Serna adoptó a un mendigo para bautizarlo con el sobrenombre de “Pirandello”. Se distinguía de las demás por su humor, participando en cada juego de los pombianos como uno más.

Iba de aquí para allá con invitaciones a convites y hasta escribió, cierta noche, una carta para los artistas en la que les llamaba la atención sobre el absurdo de buscar un sentido a la vida.

Acabó sus días un domingo después de asistir a una tertulia en la Sagrada Cripta. La causa: insuficiencia mitral, problema cardiaco que resultó una auténtica paradoja, pues Ramón dijo alguna vez que aquel fue el hombre con el mejor corazón que había conocido.

 

DOS

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“La tertulia del Café Pombo” de Gutiérrez Solana. Cuadro del Museo Reina Sofía.

Con frecuencia, se organizaban banquetes en el Pombo para personajes extraordinarios.

José Ortega y Gasset, Francisco Grandmontagne, Enrique Diez – Canedo, Luis Bello y otras personalidades del mundo intelectual fueron homenajeadas en el sótano de la botillería. Sin embargo, el más llamativo es el que se hizo en honor de Don Nadie.

Ramón distribuyó una invitación a escritores de la generación española del 98 y también del 14 en la que se podía leer:

“Don Nadie, como su mismo nombre lo indica, no es nadie; pero no por esto debe creerse que no es nada (…) él no nos traicionará ni nos desdeñará. Cumplamos con este acto de creyentes, pues no podrán asistir a este banquete los que están proclamando siempre que ellos no creen en Nadie”.

Algunos, como Miguel de Unamuno declinaron el convite, arguyendo con elegancia que Don Nadie era peligroso porque escondía entre sus invisibles entrañas egoísmo y desvergüenza y su impersonalidad era la responsable de la corrupción que estaba corroyendo, según él, a la España de los años previos a la Segunda República.

La verdad es que en cada palabra de Unamuno se detecta un miedo o un repudio hacia la audacia burlona que el invento de Ramón contenía.

Él, en el discurso inaugural del banquete, defendió su idea explicando que era precisamente lo contrario: el problema no debía ser Don Nadie, sino Don Alguien o los cientos de “alguienes” que aparecen en cada esquina tratando de hacer que la gente se incline ante su falta de valor.

En el asiento que presidía el convite y que siempre se consagró al homenajeado, los pombianos sentaron a un simple paño blanco que cubría la invisible desnudez de Nadie.

Era una noche de invierno, cerca de fin de año.

 

TRES

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Ramón Gómez de la Serna. Fotografía recuperada de El Mundo.

Los años treinta y sus crisis hicieron que, poco a poco, cualquier tertulia en Madrid y España fuera inviable salvo que estuviese contaminada con política malsana.

Ya no había espacio para discusiones cúbicas sobre redondos movimientos literarios ni lecturas doradas de versos azules. En cada esquina de la ciudad se oían voces hablando de revolución “a la rusa” o nacionalismo “a la italiana” como si el mundo no fuera más que una receta de cocina.

La gente perdía el humor en el mismo momento en el que suscribía la papeleta de adhesión a cualquier movimiento político y, de manera paradójica, hombres como los cofrades de Pombo que habían criticado a aquellos que se resistían al avance feroz del tiempo, empezaron a convertirse en anacronismos.

Gómez de la Serna se marchó a Buenos Aires, encontrando argentinos que habían asistido alguna vez a su tertulia europea: Oliverio Girondo, Norah Borges y su hermano Jorge Luis…

Pese a que América lo recibió con admiración y cariño, el Ramón de la década pasada era una víctima del futuro que tanto amó. Había pasado de ser un agitador cultural audaz, punta de lanza de los nuevos creadores, a uno más de la legión de “viejos” a los que la juventud miran con sospecha, empeñándose en criticarlos sin importar si tienen o no razón.

Igual que en Europa, Gómez de la Serna se ganaba la vida escribiendo a mil por hora. Revistas, prensa y editoriales le solicitaban obras, ya no como una novedad, sino como la voz de otra época.

Mientras tanto, en España la Guerra Civil había aniquilado cualquier luz de bohemia y la gente se pasaba los días buscando pan o, castigada por el triunfante franquismo, construyendo absurdos mausoleos que solo la locura de un siglo que aspiraba a volver al tiempo de los faraones se podía dar el lujo de permitir.

Madrid ya no era una fiesta y París tampoco, pues mientras esta caía en las manos de Hitler, la otra se dedicaba a sortear la pobreza, moral y económica, que sobreviene a cualquier guerra.

Como a desagradables costras, la gente retiraba los carteles con las leyendas de “NO PASARÁN” o “¡ARRIBA, ESPAÑA!” para apilarlos junto a los muros caídos. Los palacios que en otro siglo eran símbolo del poder de un imperio donde no se ponía el sol, no eran más que un humo tan espeso que impedía ver cualquier estrella.

La Sagrada Cripta del Pombo desapareció y sus paredes se convirtieron en el refugio de prostitutas terriblemente delgadas que acudían después de una noche de “faena” para tomarse un café cortado o comer un sorbete de arroz. Los carteros, que ahora caminaban con el puño levantado hacia el cielo, las veían llegar desde la Puerta del Sol y el Café Zaragoza al que en son de burla, lo conocían como “el de la sífilis”.

En 1942, con un Ramón ausente y una serie de cofrades desperdigados por el mundo, el Pombo cerró sus puertas y un peletero compró el lugar llenándolo de pieles de animal que parecían ser las de la propia Sagrada Cripta a la que, por un ritual antiquísimo, alguien había despellejado.

 

CUATRO

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La Calle de Carretas hoy. Foto tomada de “El País“.

Jovencitas cargadas de paquetes salen de la tienda de Zara que se encuentra junto al lugar donde, por años, funcionó el Café y Botillería de Pombo.

Ahora, el sótano donde se reunían los cofrades de la Sagrada Cripta alberga un modernísimo garaje y el edificio en sí es una fachada tan actual que, forrada con vidrios y piedras, parece una pecera gigantesca.

Por la calle de Carretas todavía desfilan los carteros, pero ahora van en camioncitos y ya no hay mutilados que buscan piernas y manos de goma, sino adolescentes comprando hamburguesas en Burguer King para no ir con el estómago vacío a la cita que los aguarda en la Puerta del Sol.

Hay hostales, tiendas de ropa, joyerías, pequeñas agencias de banco, contenedores plásticos de basura, edificios en reparación y, a lo lejos, se ve el eterno anuncio del jerez Tío Pepe que se resiste a seguir el camino del Pombo.

No hay inscripciones, no hay placas que hablen de la Sagrada Cripta y en un puesto de libros usados que, por azar, el paseante encontrará no hay uno solo de los que Ramón publicó en honor a su café.

― ¿De Gómez de la Serna? – Responde una andaluza de ojos negrísimos –. ¡Nada! No me queda un solo libro, alguna vez tuve algo, pero no recuerdo qué…

Parece que esa frase es un dictamen: el único destino de los hombres es el olvido y el tiempo es su ejecutor implacable.

 

Mire un monólogo de Ramón Gómez de la Serna sobre la oratoria:

LOS TUITS DE GÓMEZ DE LA SERNA

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“El circo de las ondas”, dibujo de Ramón Gómez de la Serna.

“― ¡Muero por amor! – exclamó la margarita al tiempo que una adolescente le arrancaba su último pétalo.”

Al analizar el ADN de ese tuit encontrado al azar, es probable que llegamos al microcuento de Augusto Monterroso o, más atrás, a la greguería de Ramón Gómez de la Serna. Los tres están emparentados por la efectividad y son balas de ingenio.

Hoy, las redes sociales han abierto sus puertas para que legiones de escritores anónimos se atrevan a publicar, sin control y sin miedo, sus ideas, relatos o poemas.

Si bien es cierto que esta emancipación no necesariamente implica calidad, los tuiteros seducen porque son capaces de expresar ideas de forma breve y con humor.

Sin embargo, esto no es nuevo. Ramón Gómez de la Serna (Madrid, 1888), rara avis entre esas raras avis que eran los vanguardistas, había experimentado con el lenguaje hasta llevarlo a extremos increíbles.

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De “Automoribundia“, autobiografía de Ramón Gómez de la Serna. Fuente: Geocities, greguerías – retratos

La greguería, su más brillante invento, pretendía mezclar el humor con la poesía para producir dardos de palabras.

Un tuitero, de pronto, se podría sentir atraído con un Gómez de la Serna que definía a letras, animales, personas e incluso a él mismo usando breves y mordaces metáforas.

El escritor español era un innovador. Cada género que abordaba hacía lo imposible por llevarlo hasta el límite. Era un Leonardo Da Vinci de la lengua. Se burlaba de las normas, caía en el laísmo con la misma desfachatez con la que acudía a las conferencias disfrazado de sarraceno.

Vivía la vida como si se tratase de un lienzo, comprendía que él era la obra y sus libros no podían estar desligados.

Abrir uno de sus volúmenes es como desnudarlo: cada página es una prenda de ropa interior, cada párrafo, un tejido y cada palabra, una célula.

Al escribir biografías, escogía personajes con los que pudiera sentirse identificado para convertirlos en proyecciones de sí mismo, mientras que en sus novelas los protagonistas son sus alter egos incongruentes.

Gómez de la Serna es un universo y sus libros, planetas dentro de él.

Probó todos los géneros (biografías, microrrelatos, ensayos, novelas) y cuando ya no fueron suficientes, creó uno nuevo, único, íntimo: la greguería. Su fórmula “matemática” es humor más metáfora y aunque, al principio, eran extensas y a veces demasiado complejas, poco a poco, adquirieron sencillez.

No obstante, aquella característica no implica banalidad. Las greguerías son profundas porque convierten al humor en un mecanismo para alcanzar la catarsis. Están muy relacionados con aquellos poemas breves del Japón, los haikus (a los que el español admiraba profundamente), porque aspiran a provocar un impacto (un “despertar”) en la mente del que lee.

En el siglo veintiuno, Gómez de la Serna es un desconocido. De hecho, su olvido se remonta incluso a sus últimas décadas de vida (años cincuenta y sesenta del siglo veinte), cuando aquel hombre que se había empeñado en impulsar nuevas corrientes artísticas, empezaba a quedar sepultado por ellas.

El español viviría encantado en esta época, tan llena de artilugios. Aquel hombre que coleccionaba maniquís, estampillas, monóculos e ídolos africanos no tendría reparos en llenar cajas con celulares o aparatos destartalados, pero sobre todo se dedicaría a promover a esos autores anónimos que, sin saberlo, repiten las fórmulas de sus greguerías en ciento cuarenta caracteres (o, ahora, en doscientos ochenta).

En estos tiempos hay prisa y pese a que aún la gente se atreve a leer novelas, la mayoría de jóvenes están sometidos a bombardeos incesantes de información, de modo que redes como Twitter son oasis de brevedad.

Cansados de desfiles inacabables de letras, se sientan frente a la pantalla y abren la camisa para morir acribillados con frases cortísimas.

La historia de la literatura es la historia de la repetición: todo lo que se considera novedoso, alguien ya lo hizo. De la misma manera que Gómez de la Serna se inspiró en los haikus y, acaso, los microcuentos de Monterroso en las greguerías, los tuits, por un misterioso arquetipo, repiten patrones presentes en ambos.

Pocos jóvenes leen a Matsuo Basho, Monterroso o Gómez de la Serna, pero a través de sus abuelos, padres, tíos… esos escritores se han instalado en su inconsciente.

Las creaciones contemporáneas no son más que repeticiones con chips de algo que ya quedó escrito en eso que el crítico estadounidense Harold Bloom habría llamado el canon de la literatura mundial.

El robot de Ramón Gómez de la Serna

Gomez de la Serna y su muñeca inflable...

Gómez de la Serna y su muñeca inflable…

Ramón Gómez de la Serna coleccionaba toda clase de objetos en su torre de la Calle Velázquez, pero las joyas más valiosas eran las muñecas de cera.

Se sabe que el escritor tuvo dos: la primera murió de “rotura irreparable” y la segunda, después de que su sexo helado inspiró cientos de greguerías, fue abandonada por amor a un robot.

Un contertulio del Café Pombo le contó a Ramón que en Alemania habían fabricado una autómata capaz de mover cabeza y brazos.

El escritor no pudo resistirse.

Embarcaron al robot en Hamburgo. Iría por mar hasta territorio vasco y luego, por tierra, a Madrid.  Jamás llegó.

De Alemania enviaron un telegrama para Ramón, explicándole que el barco llevaba buen viento hasta que al entrar en el Cantábrico, el mar se agitó. Pese al empeño de los marineros, el naufragio fue inevitable.

Ramón estaba devastado. Era el viudo de una esposa que nunca pudo tocar.

En 2001, Telefé Noticias entrevistó a cierto estibador vasco exiliado en Buenos Aires desde los años de la Guerra Civil Española.

Antes de concluir, el periodista hizo una pregunta sobre escenas o personajes que le hubieran impresionado.

El anciano habló del sobreviviente alemán de un naufragio que había decidido aislarse de la gente, cerca de San Sebastián. El extranjero con fama de loco despertaba la curiosidad de todos los vecinos.

Fue a espiarlo, descubriendo a una mujer desnuda sentada en el sillón de la sala. El alemán la besaba una y otra vez, pero ella, frígida, no dejaba de mirar la misma ventana desde donde acechaba el vasco.

“Sus ojos eran los de una muerta, pero le juro que movía el cuerpo”, concluyó.

El incongruente Ramón Gómez de la Serna

 

Ramón Gómez de la Serna explica cómo ser un orador.

Sobre mi escritorio reposan tres libros escritos por Ramón Gómez de la Serna: una novela titulada “El incongruente” y dos ensayos, “Ismos” y “Pombo. Biografía del célebre café y de otros cafés famosos”.

Sobre este escritor es tanto lo que se ha dicho, pero muy poco lo que se recuerda. Ramón, como le gustaba que lo llamaran, fue un agitador cultural, un escritor de cepa y un prócer de las vanguardias del siglo veinte.

No le hizo malas caras a ningún género y salió avante en todos: ensayo, novela, cuentopoesía, oratoria – incluso se dio el lujo de crear uno nuevo, la greguería, que es un híbrido entre el humor y la metáfora.

"¡Te noto muy fría, muñeca!"

“¡Te noto muy fría, muñeca!”

Gómez de la Serna nació en Madrid en 1888, aunque fue un hombre universal y adelantado a su época. Pronto se dio cuenta de que el siglo veinte llegaba con avidez de transformaciones culturales y políticas, que estaría lleno de sobresaltos y que era importante que los artistas estuviesen listos para no ahogarse en la marejada del futuro. Comprendió con rapidez que el humor era lo último que le quedaba al género humano y que era la única respuesta lógica para una generación de políticos que no dudaron en arrastrar a millones de personas a morir en las trincheras, satisfaciendo así sus ambiciones mezquinas.

Sabía que la risa era la verdadera revolución, mientras que el comunismo y el fascismo solo eran tragicomedias totalitarias que la historia se encargaría de ridiculizar, pero contra las que el intelectual, el hombre sensibilizado por el arte, debía lanzar guantes blancos de burla y menosprecio.

Precisamente, la novela “El incongruente” nos muestra a un personaje que es el prototipo de un hombre del siglo veinte: incapaz de tomar una decisión definitiva, cayendo siempre en la falta de concordancia entre palabras y acciones. Es un tipo que no quiere comprometerse con nada y al que la falta de precisión, en la que no vive por convencimiento sino porque fue su destino – acaso si hubiese nacido en otro tiempo habría sido diferente –, le impide incluso alcanzar la satisfacción de sus anhelos y sus pulsiones.

Ama a muchas mujeres, incluso una de cera – ¡como el propio Gómez de la Serna! –, pero con ninguna llega a nada más que a un breve enamoramiento que pronto decae en tedio y olvido; viaja en su moto sin saber cuál es el freno; se moja con tormentas que le atacan en medio de días soleados y se tuesta durante los aguaceros. La fortuna lo empuja a caminar como un equilibrista sobre la soga del éxito y el fracaso, sin caer jamás en uno u otro. Es tan insípido como sabroso.

En resumen, se trata de un personaje que bien podría haberlo dado a luz Kafka, pero varios años antes de este.

A Ramón también lo apresaron por ser una bestia salvaje y un sicario de tinta.

A Ramón también lo apresaron por ser una bestia salvaje y un sicario de tinta.

Ismos”, por otro lado, es un ensayo que desnuda a las vanguardias. Es un lúcido estudio sobre los movimientos artísticos que estaban a punto de cambiar al mundo más de lo que los Stalin, los Mussolini y toda esa caterva de criminales tan letales como ridículos, lograrían jamás.

En efecto, en su ensayo “El puño invisible”, Carlos Granés concuerda en que los intentos descabellados de colectivización y cambio político fueron tan efímeros – en el caso del nazismo no superó los veinte años y en el comunismo los ochenta –, mientras que las transformaciones que empezaron en el Cabaret Voltaire aún hoy subsisten – con modificaciones – y han terminado por cambiar no solo el arte, sino a la civilización en general.

Ismos” describe al Futurismo y a Marinetti, al Dadaísmo y a Tristan Tzara… En ninguno de los casos cae en el tedio; al contrario, su entusiasmo nos contagia y su prosa elegante es un aliciente adicional.

Por último, en el “Pombo. Biografía del célebre café y de otros cafés famosos”, Ramón hace acopio de todo su humor e ingenio para narrarnos cómo era asistir a una de sus tertulias en aquel café madrileño del que solo subsiste una mesa – el escritor se hizo famoso por sus monólogos y por los banquetes que organizaba en honor de personajes reales o inverosímiles.

Nos narra la respuesta de Unamuno a su invitación para el ágape organizado en honor de Nadie, entablándose entre este par de gigantes un combate de ingenio y sutiliza. O cómo, por otro lado, Ortega y Gasset acudió con entusiasmo a la “Sagrada Cripta del Pombo”, transformándose en uno de los miembros honorarios de esta orden de artistas burlones.

Jorge Luis Borges también estuvo en aquellos convites, pero jamás logró encajar. Ambos escritores se respetaban, aunque contemplándose a distancia con un poco de ironía y desgano. La explicación acaso la dio el argentino al definir a las dos clases de escritores que, según él, existen: el primero es un asceta, un intelectual dedicado al estudio y a la lectura como una religión; el segundo es el carnal, el que vive con pasión y sus triunfos y fracasos son el alimento de sus escritos. Gómez de la Serna estaba en el segundo tipo y Borges en el primero.

En cualquier caso, ambos se volvieron a cruzar varias veces cuando Ramón tuvo que abandonar Madrid por la Guerra Civil, mudándose a Buenos Aires. El Pombo había quedado atrás, pero tanto el español como el argentino movieron a sus amigos comunes para publicar textos de uno y otro en revistas de ambos lados del Atlántico.

Pintura de Solana que nos muestra a Ramón y a sus contertulios en el Café Pombo (todos bebían agua).

Pintura de Solana que nos muestra a Ramón y a sus contertulios en el Café Pombo (todos bebían agua).

¿Vale la pena leer a este prócer de las vanguardias en el siglo veintiuno? La respuesta es sí. Jóvenes artistas aparecen cada día y nos invaden con libros plagados de experimentación, convencidos de que ser innovadores, pero desconociendo que nada nuevo hay bajo el sol y que, antes, hombres como Ramón Gómez de la Serna ya habían intentado lo mismo y con mucha mayor fortuna.

Es importante tener a mano el bagaje cultural, sin decir con esto que se debe perder el estilo propio. Por el contrario, el pasado sirve para enriquecerse, para mejorar.

Ramón fue un erudito, podía escribir sobre Moratín con la misma suficiencia que sobre Marinetti o la luna, convirtiéndose en una pastilla de Alka – Seltzer al caer en el mar. Era capaz de innovar sin atrancarse en el tonto desprecio para con sus ancestros: mataba al padre para luego revivirlo a punta de carcajadas

Gómez de la Serna fue un genio incongruente, un personaje de una sus novelas, un prestidigitador que usaba la máscara de la superficialidad para regalarnos ese truco de espejos llamado literatura.