Último día como librero

Dos caras de la misma moneda (parte 1).

Aquel 7 de marzo cumplí 32 meses en el oficio de librero.

londonreview_2La tienda parecía un horno, vendedores y libros nos cocinábamos a fuego lento, víctimas del verano prematuro. Apenas hube cruzado la puerta, me dediqué a acomodar algunos volúmenes en la sección de literatura. Distraído, tomé una novela de Roncagliolo, pero fui incapaz de lograr que palabra alguna quedara en mi memoria.

“¿Tiene grapadoras?”, dijo, de repente, un sujeto sin siquiera atravesar la puerta. Negué, no tenía intención de explicarle que aquello era una LIBRERÍA.

Mi compañera de trabajo edificaba una pirámide con varios paquetes de las “Cincuenta sombras de Grey”, logrando que recordara cierto fotograma de “Ben – Hur” en el que un esclavo hebreo moría aplastado por las rocas con las que estaba construyendo el templo de Seti I.

Un comprador me detuvo mientras pasaba una franela sobre “El demonio del absoluto” de André Malraux, quería que le dijera por qué me dedicaba a vender libros “ahora que hay internet”. Le explique que aquel era mi último día – en otra época lo habría acribillado por la blasfemia –. Me felicitó.

Aparecieron dos señoronas que buscaban un libro para su “nietecito”. Quise saber la edad y me respondieron que aún no había nacido, pero que iba a ser inteligentísimo como su “papito”. Entonces, les vendí un librito del ratón Miguelito que soñaba con ser pintorcito.

La tienda se vació. El calor era cada vez más intenso, acaso la carne al carbón la vendíamos nosotros y no el restaurante “Vaco y Vaca” de enfrente.

Los minutos transcurrían con lentitud, tal vez porque yo no quería irme. Aquella tienda tenía mucho de mí: el orden de los libros, el tipo de literatura que predominaba e incluso la música.

Un niño y su madre entraron, dedicándose a extraer un ejemplar tras otro para luego, casi sin revisión, abandonarlos despiadadamente en un área a la que no pertenecían: infantiles en autoayuda, ciencias en esoterismo y literatura erótica en infantil. Cumpliendo con el trabajo de Sísifo, ordené el desorden como cientos o miles de veces en el pasado.

El libro del presidente Correa publicado en 2009 que Ecuador llevó como novedad a la Feria del Libro de Bogotá en 2011. Eso, no más.

El libro del presidente Rafael Correa publicado en 2009 y que Ecuador llevó como novedad a la Feria del Libro de Bogotá en 2011. Eso, no más.

El niño haló una de las mangas de mi camisa y me dijo que había leído el segundo libro de “Harry Potter y las reliquias de la muerte” y que “estuvo buenazo”. Lo miré maravillado, respondiéndole que yo acababa de leer la tercera parte de “El hobbit” y que también estaba buenaza. Luego, le vendí a su madre “Ecuador: de Banana Republic a la No Republica”, pues necesitaba un libro para entender el lenguaje de los adolescentes problemáticos. También pude ofrecerle algo de César Millán, pero no había en stock.

El calor solo se disipó en la noche, poco antes de que cerrase la tienda. Entonces, me atreví a entrar en la caja para revisar por última vez la computadora y los correos electrónicos institucionales. En la mañana había enviado un mensaje a los compañeros de otras tiendas de la cadena con mi despedida, sus respuestas me trajeron recuerdos de miles de libros, amigos y amores…

Al final, apagué las luces y mi compañera puso el candado en la puerta. Antes de despedirme de ella alcancé a ver que un libro se caía del anaquel de la vitrina.

“Mañana lo arreglas”, le dije y mi novia, que fue para acompañarme en el cierre de esa etapa, me tomó de la mano y sonrió.

Lea la segunda parte de esta crónica: “Primer día como profesor“.

La sombra de las “Cincuenta sombras de Grey”

Si no le pidieron el paquete con las esposas y el antifaz, usted no ha trabajado en una librería.

Si no le pidieron el paquete con las esposas y el antifaz, usted no ha trabajado en una librería.

Una pareja se acercó al mostrador de la librería; con tono misterioso, la mujer, una rubia de no más de veinticinco años, me dijo:

— ¿Tiene “Cincuenta sombras de Grey”?

Expliqué que solo me quedaba un ejemplar reservado para una cajera del Banco del Pacífico.

— ¡No importa! Lo que queremos es revisarlo, nada más, ¿se puede? Un ratiiiito…

Les entregué el libro y ambos se sentaron en el sillón de cuero rojo que se encuentra tras de la sección de autoayuda. Al poco, las carcajadas y los cuchicheos inundaban la tienda.

Yo, disimuladamente, me puse a escuchar su conversación:

— ¡Ja, ja, ja! ¿Te das cuenta de las pendejadas que lee tu mamá, mi amor? ¡Ja, ja, ja! ¡Cochinota! – decía ella mientras el muchacho, rojo como un tomate y sin dejar de sonreír, se tapaba los ojos tratando de no ver una realidad con la cara de su madre amarrada a un potro de torturas, esperando los azotes de Christian Grey en las nalgas.

Lo cierto es que más allá de las brillantes y siempre productivas discusiones sobre el valor cultural de este “best – seller”, lo cierto es que se trata de un fenómeno que ha impactado a una generación, la misma que pasó de no leer ni el periódico a devorar tres libros de seiscientas páginas con una avidez propia de un famélico, quien, después de no comer por semanas, encuentra un plato de macarrones con queso.

Las “Cincuenta sombras de Grey” para unos es maltrato hacia la mujer; para otros, una promesa de placeres secretos, basura, un tabú que hay que romper, romance o cursilería, pero la autora, E. L. James – un ama de casa nacida hace más de cincuenta años –, seguramente ve la trilogía con los mismos ojos con los que Pizarro contempló el cuarto lleno de oro entregado por Atahualpa.

Yo, por otro lado, al pensar en “Las sombras” recuerdo que justo cuando llegaron a Ecuador, empecé a trabajar en una librería y un buen porcentaje de los dodos literarios que he visto están relacionados con míster Grey y su esclava.

Sí, el escenario era algo así...

Sí, el escenario era algo así…

Cierta mañana, mientras me afanaba en el utilísimo trabajo de enfundar libros, un grupo de adolescentes disfrazados de personajes de cómic japonés entraron en la tienda; eran tres chicos, dos hombres y una mujer. Ella sostenía – literalmente – con una cadena a su novio, se acercaron al mostrador donde yo destruía la naturaleza con plástico y me preguntaron por una serie de “mangas” de cuyos nombres solo recuerdo que terminaban en “okoto” o “inata”. Luego del interrogatorio, la que llevaba al “perrito” – de metro ochenta de estatura – me dijo:

— ¿Y el paquete completo de las “Cincuenta sombras de Grey” cuánto cuesta?  Dicen que viene con un cuarto libro que cuenta la versión de la chica

Otro día, una seguidora de míster Grey me atrapó colgado de una lámpara cambiando un foco.

— Verá: no es para mí… O sea, una amiga me mandó a preguntar… O sea… A ver: ¿cuántos años debo, ejem… debe tener para comprar el libro? ¿Se puede con doce? ¿Le dije que era para una amiga, no?

Kamasutra de Grey

Sí, realmente existe “El kamasutra de Grey” y es casi tan aburrido como el libro que lo inspiró.

Y eso por no hablar de la ocasión en la que cuatro colegialas me acorralaron contra el estante de libros de Osho preguntándome si había leído “El kamasutra de Grey” y si creía que una chica aún virgen podría utilizarlo con su novio en la “primera vez”.

La leyenda dice que muchos libreros murieron aplastados cuando amas de casa desesperadas acudían como una manada de ñus a las tiendas para destruir los estantes en su desesperada búsqueda de las tangas de míster Grey; mientras que en la internet se publicaban anuncios solicitando sombríos príncipes grises que pudieran suplir la falta de carne en el nuevo héroe de papel.

La señora James utiliza esposas para frenar los ataques epilépticos que se producen en sus lectores por el exceso de azúcar que llega a sus cerebros.

La señora James utiliza esposas para frenar los ataques epilépticos que se producen en sus lectores por el exceso de azúcar que llega a sus cerebros.

Imagino que en poco tiempo, todos – excepto los “hipsters” y las feministas que todavía tienen aproximadamente unos quince millones de años para seguir quejándose del machismo y de la futilidad del libro – olvidaremos al azotador de E. L. James, pero lo que nunca pasará de moda será el sonrojo de las cajeras de supermercado que pedían el libro con voz casi inaudible, como si se tratase de una ametralladora en un vuelo a Nueva York o las adolescentes que luego de preguntar por lo menos doce títulos diferentes, se atrevían a solicitar un descuento por la trilogía entera o los tipos que siempre se veían en la necesidad de aclarar que el libro era “para una amiga” o, por último, las chicas que no estaban interesadas en las “Cincuenta sombras de Grey”, sino solo en “Filthy Shades of Grey”…

Yo no pasé de la página cincuenta y seis. Me aburrió. Jamás fui adepto a Corín Tellado ni a sus émulos – voluntarios o involuntarios –, además me parece un crimen gastar sesenta dólares en “softporn” cuando puedo conseguir “hardcore porn” en la internet sin pagar un centavo.

Por suerte, siempre tendremos a Sasha Grey

El “trailer” de la adaptación cinematográfica de “Cincuenta sombras de Grey”.

Tumores malignos

El herrero Pablo Marcos era un hombre muy sano, casi nunca enfermaba. La mayor alegría de su vida era su madre, una anciana que, a pesar de la robustez y de la edad de su hijo, no dejaba de mimarlo como a un chicuelo; le preparaba siempre dulces, le bendecía cuando se iba a trabajar e incluso le arropaba antes de dormir. Muchos pensaban que era ridículo mantener este comportamiento con un hombre adulto, pero a Marcos no le importaba.

Una noche, durante la merienda, un muchacho travieso pateó su balón de fútbol contra la ventana de la habitación de la madre, rompiéndola en mil pedazos.  Ante la imposibilidad de solucionar el problema a esa hora, el herrero se ofreció a cambiar de cuartos para que la anciana no tuviese que soportar el frío.

— ¡No, no y no! – dijo ella –, a mí no me afecta en nada; ese es mi cuarto y es allí donde me voy a quedar.

Marcos no tuvo otro remedio que aceptar. A la mañana siguiente, su madre fue la primera en levantarse y cuando el herrero apareció en la cocina, la encontró preparando el desayuno. Sus ojos, sin embargo, denotaban cansancio, además una tos constante le impedía hablar con tranquilidad.

— Madrecita, ¿estás resfriada? Debiste permitir que durmiera en tu cuarto…

— No es nada, voy a estar bien.

El caso es que transcurridos algunos días, la anciana se agravó tanto que el médico le dijo a Marcos que estuviera preparado para lo peor.

El herrero no se movía del lado de su madre, sosteniéndole, a toda hora, la mano, al tiempo que le hablaba al oído con voz dulce.

Finalmente, una mañana la mujer no pudo soportar más y murió. En el entierro, Marcos guardaba silencio, mientras sus ojos estúpidamente seguían cada uno de los movimientos del enterrador, como si no comprendiera qué estaba ocurriendo.

Los días pasaron y el herrero dejó su trabajo, recluyéndose en su casa sin que nadie supiera cómo y con qué vivía. Entonces, el médico fue a visitarle y  le halló sentado sobre la cama de la viejecilla con una sonrisa idiota.

— ¡Pablo, déjate de tonterías, no es justo que te dejes morir!

— ¿Morir? Me da lo mismo…

El médico lo miró, percatándose que en el lado izquierdo de su cuello había aparecido una protuberancia de un diámetro considerable.

— ¿Te han examinado eso?

— ¿Para qué? Me da lo mismo…

— No seas tonto, Pablo, mañana mismo vas a mi consultorio para que te pueda hacer unas pruebas.

El herrero acudió sin convicción, como si obedeciera a una voluntad superior. Por lo demás, los exámenes arrojaron resultados satisfactorios: la protuberancia no era otra cosa que un tumor inofensivo, que el galeno extrajo al día siguiente en una operación sencilla.

Sin embargo, cuando Marcos acudió para que le retiraran los puntos, la protuberancia había reaparecido. Enseguida, se lo sometió a una nueva operación, y una vez más, el tumor  brotó, ahora, en el lado derecho del cuello.

— ¡Esto es absurdo! – exclamó el médico –. ¡No lo entiendo!

— Me da igual todo esto – dijo Marcos con tranquilidad.

El galeno contempló a su paciente y en sus ojos tristes leyó la respuesta al enigma: para ese mal no servía la medicina. A pesar de sus esfuerzos, en un mes, el herrero estaba cubierto de tumores y agonizaba en su casa.

— No se preocupe, doctorcito, usted es muy bueno, pero yo estoy feliz porque voy a volver a encontrarme con mi mamá – comentó el herrero sonriendo alegremente, cuando el galeno fue a visitarlo.

Al día siguiente, Pablo Marcos falleció después de una larga noche en la que jamás dejó de sonreír.