Nada es gratis y siempre hay que pagar

SEGUNDO MICRORELATO MACABRO.

Sí, tu amigo, el escultor Lucas Hernández, había asesinado a una modelo para que su rostro reflejara el verdadero color de la muerte. Luego, al culminar el clímax creativo, conciente, ¡por fin!, de su crimen, se suicidó.

Para ti descubrir la verdad no fue difícil. Varias veces charlaron, medio borrachos, sobre un hipotético pacto con el diablo, en el que este les permitía crear la obra de arte más sublime a cambio de una vida. Él te dijo que era capaz de eso y de cualquier otra cosa peor.

Sin embargo, ahora estaba muerto, y frente a ti estaba una escultura bellísima, única y quizás postrera oportunidad para que pudieras salir del anonimato, de la pobreza.

Antes de que los policías descubrieran el cuerpo, sacaste la estatua para esconderla en tu casa y cuando las cosas se hubieron calmado, revelaste “tu” obra maestra, convirtiéndote casi enseguida en el artista de moda.

Eras feliz y nosotras te deseábamos, queríamos tu cuerpo, tu cama… Pero, nada es eterno y el precio de lo gratuito es el más difícil de pagar. Ahora sí entiendas, ¿verdad?

La noche fatal llovía con fuerza, tú bebías coñac sentado en el sofá de la sala de tu casa. De pronto, un ruido proveniente del ático… ¡ejem!, perdón… del taller, hizo que te pusieras en pie, asustado por la posibilidad de que algún sucio ladrón quisiera sacarte del mundo perfecto que habías creado. Mas, no se trataba de un delincuente sino de un fantasma y no cualquiera: la modelo muerta a la que debías tu fama había decidido hacerte una visita.

— He oído que eres todo un macho – dijo –, un amante único, casi tan genial en la cama como en la escultura y por eso quiero que vengas conmigo a pasar el verano en Tonchigüe.

— ¡No, ni siquiera sé dónde es eso!

A ella no le importó y, tras hacer que estallaran dos focos de cincuenta vatios, te llevó al inframundo.

Nadie te ha vuelto a ver y solo nosotras sabemos dónde estás. Tal vez algún día nos decidamos a sacarte de allí, hasta entonces practica tus habilidades como escultor y como amante, pues nada en el mundo es gratis y tú tendrás que pagar…

La guadaña de la Muerte

PRIMER MICROCUENTO MACABRO

Hicimos una apuesta: si los matabas, dejaría que vivieras.

Sí, recuerdo claramente la cara de terror que pusiste cuando dije que ésa sería tu última noche. Primero te burlaste; «¿quién eres, imbécil». «Soy la Muerte», respondí, haciendo esa voz cavernosa que les produce tanto miedo a los ebrios que, a altas horas de la noche, pasan cerca del cementerio.

Claro, creíste que estaba loco, pero como prueba saqué mi guadaña, al tiempo que exclamaba «¿qué, piensas que esto es una guitarra?» Es en ese momento cuando el pánico se apoderó de tu cuerpo flaco de neonazi con problemas de autoestima.

«¡Pero yo no quiero morir, la próxima semana tengo un torneo de videojuegos en Kabul!», gritaste, y yo, que estaba soportando con estoicismo la tortura de la gastritis, quise darte una oportunidad.

«El estómago me va a matar y sólo la comida me calma, tráeme algunos cuerpos para devorar y te dejo en paz.»

Pensé que te ibas a acobardar, pero no. Al día siguiente, armado de un rifle, disparaste y disparaste como si fuera uno de tus ridículos juegos de video, y yo, desde las sombras, sonreía hambrienta, insatisfecha.