La chilena

La chilena...

La chilena…

Amaba tanto a la chilena que llegué a odiarla.

Todos la querían. Una noche la encontré conversando con el cargador del mercado en la puerta de mi casa; a la mañana siguiente, con el vecino; y en la tarde, con su confesor. Los mocosos del barrio me llamaban “chivito”.

Empecé a viajar frecuentemente, no por mi profesión – soy médico  –, sino para evitar cruzarme con ella, olerla, sentir su aroma a sexo, a traición. Quise irme o cometer suicidio, pero el deseo de volver a tocar a la chilena hacía que me arrastrara para lamer sus pies. Después: la vergüenza.

Finalmente, una noche, llegué a casa algunas horas antes de lo previsto. Estaba oscuro. Sigiloso y convencido de que el silencio se interrumpía con gemidos de placer, subí a mi habitación; al abrir la puerta, vi a la chilena que, sudorosa y jadeante, se había entregado a su cura confesor.

En la cómoda había una tijera…

Luego, mis recuerdos son borrosos, solo tengo claro que mucha sangre se escurría por mis manos, mientras un viejo – vagamente conocido – gritaba: “¡hijita, hijita, aquí no hay ningún doctor! Te suplico: ¡deja las tijeras!”

Las máscaras que escondo

Fuente de la foto: "Un universo de Ciencia Ficción".

¿Y si me hago invisible para no ir a trabajar?

Afuera, en la calle, soy otro, pero en mi casa tampoco soy yo; solo que esta es el lugar donde escondo mil máscaras: la del entusiasta, la del represivo, la del tonto, la del orate. El caso es que allí, entre las sábanas o en la cocina, guardo – como las viejas de cierta novela de Donoso – reliquias absurdas con las que diseño disfraces y caretas.

El otro día justamente salí convencido de que llevaba el traje adecuado y, como soy hombre de hábitos, caminé sin desviarme ni un milímetro de la ruta que siempre uso para ir al trabajo, sin embargo algo era distinto: la gente no parecía notar mi presencia y hasta tuve la impresión de que pasaban sobre mí o a través de mí.

Al llegar a la oficina, la secretaria con la que flirteo – aunque la desprecio – ni siquiera respondió mi saludo, peor mi piropo.

El jefe me ignoró más que de costumbre, mientras el conserje escupía por el mismo sitio por el que yo pasaba…

Entré en pánico y corrí al baño, descubriendo al mirarme en el espejo que, en realidad, había olvidado ponerme el disfraz, que era invisible.

Desde entonces no he vuelto a salir de casa, temo que me roben las caretas y prefiero cuidarlas sacrificando mi vida, aunque eso también sea una máscara.

Biografía apócrifa: el pajarito chiquitico

Aclaración indispensable 

El problema al que se enfrenta todo biógrafo serio – como yo – es que al momento de escribir sobre un personaje célebre debe abordar tanto su psicología como el efecto que esta tuvo en sus acciones y en las personas que lo rodearon. Esta premisa se complica en el caso del sabio Hugo Chávez, quien después de ser enterrado como todo un socialista – es decir, con una modestísima ceremonia –, decidió resucitar como un ave, haciendo que crezcan geométricamente la cantidad de experiencias merecedoras de un capítulo especial en el libro de la vida de este extraordinario individuo.

En vista de lo anterior, opté por reducir el espectro investigativo a un periodo de tiempo tan corto como crucial y sobre el que seguramente nadie querrá trabajar, dado el prejuicio que siempre tiene la comunidad científica por cosas que se escapan a la “razón”; me refiero a los treinta días que demoró el Comandante para regresar a la Tierra desde el otro mundo.

En esta titánica tarea varias fuentes que van desde dioses griegos hasta enfermos de un sanatorio mental me han ayudado, a todos ellos les entrego mi reconocimiento.

 

En el capítulo especial de "Aló, presidente" desde el Tártaro no solo se habló del imperialismo yanqui, sino también del imperialismo, del imperialismo, del imperialismo y de la señora Zulema que "hace deliciosas arepas".

En el capítulo especial de “Aló, presidente” desde el Tártaro no solo se habló del imperialismo yanqui, sino también del imperialismo, del imperialismo, del imperialismo y de la señora Zulema que “hace deliciosas arepas”.

Hugo Chávez organizó una edición especial de “Aló, presidente” desde el Tártaro, adonde había ido a parar, según él, porque Minos, Éaco y Radamantis eran unos capitalistas asesinos. De hecho, durante la emisión de su programa televisivo dijo que los tres jueces de almas eran en realidad los mismos que destruyeron Marte y que, siglos más tarde, escondidos en un laboratorio de la CIA en Nevada, habían inventado el cáncer.

Hades y Perséfone estaban en medio de su cena cuando escucharon la acusación. El dios del Inframundo estaba cansado del bolivariano.

― Tráiganme al loco, quizá pueda hacerlo entrar en razón.

Chávez, sin embargo, no estaba dispuesto a negociar, él quería volver a la vida a cualquier costo, aunque eso significara organizar manifestaciones violentas, empuñar los fusiles, llamar a Rafael Correa o, lo que es peor, dejar en el aire el programa “Aló, presidente” por los siglos de los siglos…

En la imagen se puede ver a Perséfone desmayada en los brazos de Hades, mientras varios miembros de las milicias bolivarianas los acosan con toallas higiénicas reutilizables.

En la imagen se puede ver a Perséfone desmayada en los brazos de Hades, mientras varios miembros de las milicias bolivarianas los acosan con toallas higiénicas reutilizables.

Hades no hizo caso de las amenazas, supuso que un socialista como aquel no sería tan perverso como para cumplirlas, pero estaba en un error: esa misma noche el Comandante se apareció en los sueños de Rafael Correa, Evo Morales y Cristina Fernández; les dijo que debían bajar al Inframundo para rescatarlo porque los gringos imperialistas estaban conspirando contra la revolución, al tiempo que les autorizaba a utilizar cualquier medio que fuera necesario para cumplir con el cometido, aun si esto significaba sacar los 137 millones de dólares que su familia había ahorrado en bancos yanquis imperialistas para alimentar a los niños pobres que viven en la Fosa de las Marianas.

Los tres mandones[1], víctimas del desasosiego, se pusieron a cumplir con su misión, acudiendo a la UNASUR y “a la” ALBA. Se denunció a las organizaciones de derechos humanos, a la prensa y hasta a Dios por haber creado la muerte con el fin de destruir al socialismo. Durante esta épica lucha, Cristina se compró carteras Louis Vuitton, Rafael encerró a dos fulanos  por conspiradores y Evo se puso a experimentar con pollos para encontrar la cura de la calvicie.

Los culpables de la calvicie y la homosexualidad de los europeos, según Evo (¡!).

Los culpables de la calvicie y la homosexualidad de los europeos, según Evo (¡!).

De todas maneras, ver en televisión las caras de estos tres adalides no fue lo que hizo que Hades se doblegara – aunque sí le provocaron una subida de tensión que por poco termina en un derrame cerebral –, sino las interminables arengas de Hugo que casi siempre iban seguidas de una cadena de expropiaciones.

― ¡Lárgate, Chávez, lárgate y no vuelvas por aquí! ¡Ni al transformarme en el snack de Crono, mi padre, sufrí tanto como ahora!

En seguida, el bolivariano espíritu se puso a cantar una ranchera de Vicente Fernández, al tiempo que se preparaba para su regreso.

― Sin embargo – le dijo el dios del Inframundo con una sonrisa imperceptible –, no podrás volver como humano, eso es imposible; lo máximo que puedo ofrecerte es que lo hagas como roedor o pájaro. Tú decides.

El comandante, comprendiendo que esa era su única opción, optó por el ave porque rata ya había sido.

Así, el espíritu bolivariano – en este caso es literal – fue hasta las orillas del Aqueronte, donde un barquero aguardaba para llevar a los muertos de un lado a otro. Como Chávez no poseía un óbolo[2] para pagar el viaje, se quedó varado.

Caronte luchando contra la correntosa retórica de Chávez, casi muere ahogado.

Caronte luchando contra la correntosa retórica de Chávez, casi muere ahogado.

Caronte fue inflexible. La promesa de regalarle una lata de caviar iraní si lo dejaba cruzar la primera vez nunca se cumplió, así que no volvería a engañarlo.

― Chico, pareces un imperialista yanqui, ¡déjame pasar, cónchale vale!

El aludido ni siquiera se molestó en contestar.

― Ya sé quién tú eres, a mí no me engañas… Eres míster Danger, por eso me impides salir, lo que quieres es matarme de nuevo, ¡terrorista, capitalista!

El barquero, harto de la perorata, dijo:

― ¡Está bien, te llevaré, pero cállate!

El Comandante, fulminado por el miedo, solo se atrevió a murmurar: “¡expropie!” Por lo demás, finalmente pudo comprender que su retórica era un poderoso instrumento de tortura.

El barquero y Hugo emergieron en la región de Epiro, en Grecia. Apenas la luz del sol se hizo presente, el alma encarnó en un nuevo cuerpo bolivariano, el de un pájaro llamado “tapaculo” (Scytalopus latrans); era pequeño, negro y, por fortuna, no podía hablar.

Decepcionado de su suerte, voló sin descanso hasta llegar a Venezuela y apenas estuvo en Margarita, supo que su Delfín se hallaba en aprietos porque, otra vez, los imperialistas intentaban acabar con el mayor logro del socialismo bolivariano: las toallas higiénicas reutilizables.

El pajarito chiquitico. el tapaculo se supone que es experto en tapar orificios como el de Maduro (me refiero al de la cabeza).

El pajarito chiquitico. El tapaculo es un tipo de ave que se supone que es experta en tapar orificios como el de Maduro (me refiero al de la cabeza).

El 3 de abril de 2013, Chávez – tapaculo fue a encontrarse con su destino en Barinas, apareciéndose ante su sucesor, Nicolás Maduro, y, encaramado en una viga de madera de una capilla donde este hacía algo, no se sabe con certeza qué – ¿rezar? –, se puso a silbar. El tono inconfundible lo detectó el Delfín, respondiendo de la misma forma.

“¡Que me des alpiste! – repetía el tapaculo desesperado sin lograr que lo comprendiera –. ¡Deja de silbar, pendejo!”

El Comandante pajarito se dio cuenta, entonces, que la única forma de salvar a la revolución era quedarse al lado de Maduro y, sin pensarlo, se puso a anidar en su cabeza, al fin y al cabo era un lugar completamente vacío y oscuro donde los capitalistas conspiradores jamás lo buscarían para asesinarlo, inoculándole el cáncer de nuevo.

 

Maduro nos conmueve con su revelación.

Llegada de Chávez al Inframundo. La desazón de los que lo recibieron se puede ver en sus rostros.
No es una suela de zapato, no es una simple toalla higiénica, ¡es el origen del agua de rosas!
¬¬

[1] Mandatarios, fue un lapsus lingüístico.

[2] Antigua moneda imperialista con la que los imperialistas del imperialista Inframundo impedían que los pobres descansen en paz.

La Venus del cuadro

Botticelli

La esposa de López veía con preocupación como su marido se encerraba en el estudio hasta altas horas de la noche para trabajar en una misteriosa pintura. Ahora el arrepentimiento la consumía, pues fue ella misma la que lo alentó un par de meses atrás a retomar sus obras, largo tiempo abandonadas por una crisis creativa.

— Emilio – le dijo un día mientras desayunaban –, ¿por qué no descansas un poco? Desde que empezaste a pintar ese cuadro, casi no nos vemos.

— Laura, no exageres; comemos juntos y en la noche…

— Claro, pero te acuestas tan tarde que, por lo general, ya me he dormido cuando subes a la habitación.

El artista guardó silencio. Comprendía la amargura de su mujer, mas, estaba atrapado… Ella lo había atrapado.

— No te preocupes – aventuró, al fin –, pronto la pintura estará terminada.

— ¿Cuándo?

— No sé; hoy o mañana.

Laura hubiera querido creerle. «¡Dios!, ¿por qué tiene que ser tan transparente?»

El resto del desayuno se fue entre agudos silencios y miradas opacas. Luego, López volvió a desaparecer tras la puerta del sótano que utilizaba como estudio.

«Tengo que hacer algo o lo voy a perder, estoy segura», pensó Laura, sin saber a ciencia cierta qué era lo que le ocasionaba esa mezcla de celos, curiosidad y dolor.

Tratando de hacer el menor ruido posible, apegó la oreja a la puerta del sótano, empeñada en escuchar algo que le permitiera comprender la obsesión de su marido.

Al principio, silencio; luego, pudo oír algunas palabras entrecortadas, exclamaciones y gemidos. «¿Qué? ¡Maldita sea! ¡No entiendo bien!»

— … Es que siento pena – se escuchó.

— ¿Pena? ¿De ella? – dijo una voz dulce, femenina.

«¿Con quién habla? Debo saber quién es esa mujer?»  Suavemente, giró el picaporte – el seguro no estaba puesto –, y deslizando la cabeza por un resquicio, se puso a mirar el interior de la habitación. Casi todo estaba oscuro y apenas una mortecina luz amarilla iluminaba un rincón donde se había colocado un caballete, sin embargo, ni su marido ni la mujer aparecían.

— Tú eres sólo mío – volvió a hablar la voz femenina.

— No comprendes, es que…

— ¿Qué?

— ¡No puedo hacerle esto!

— Entonces, ¡olvídate de mí!

— No – murmuró el pintor.

Laura estaba abatida. Tras cerrar con suavidad la puerta, caminó hasta la sala, sentándose luego en el sofá, donde permaneció por varios minutos, llorando en silencio.

— Debo hacer algo – se dijo, al fin.

Movió la cabeza; buscaba una respuesta. Entonces sus ojos se posaron sobre un filoso cuchillo. «¡Eso es!», pensó, mientras, temblorosa, lo cogía.

Con la frialdad que tiene aquel que ha tomado una decisión fatal, fue hasta el sótano sin hacer el menor ruido y al franquear la entrada, escuchó a la mujer decir una vez más:

— La dejas o te olvidas de mí.

— Está bien, voy contigo – dijo López.

— ¡No, no, no! – gritó Laura, bajando las gradas lo más rápido que le permitían sus piernas.

La frialdad se había esfumado. Una ira incontrolable la obligaba a derribar los caballetes y a rasgar los lienzos, al tiempo que su boca soltaba toda clase de imprecaciones. Sólo el cansancio pudo detenerla.

— ¿Dónde están? ¿Dónde? – interrogó agotada.

No había señal de los amantes.

— ¿Escaparon…?

De repente, su mirada descubrió el único cuadro que pudo librarse de su venganza. Era el más grande y se encontraba en un rincón del sótano, protegido por la oscuridad. Con el cuchillo en alto, la mujer se acercó. Las tinieblas le impidieron ver con claridad la pintura, sin embargo, repentinamente, un intenso haz de luz entró por una claraboya, iluminándolo todo.

— ¡Dios mío! – alcanzó a murmurar Laura antes de caer desmayada.

Su marido, el pintor Emilio López, aparecía dibujado – ¡atrapado! – en el cuadro, junto a una hermosa mujer rubia, semejante a la Venus de Botticelli, que lo arrastraba hacia una isla llena de sirenas y faunos.

El Caballero

Finalmente, el Caballero se desplomó en la arena, estaba vencido, su cuerpo no podía moverse más. De la nada surgieron dos buitres que empezaron a volar en círculos sobre él. Todavía recordaba a Diotima – la mujer con la que prometió casarse –, su piel tersa, sus labios dulces y su mirada penetrante, pero todas eran imágenes nebulosas, como las de un sueño. Suspirando, hizo una plegaria y se durmió.

Al despertar, sin embargo, el infinito desierto había desaparecido para dar paso a un valle con frondosos árboles frutales, pájaros de múltiples variedades y un cristalino riachuelo que fluía a pocos pasos de él. Como un loco, se lanzó con las fuerzas que le quedaban, bebiendo hasta quedar saciado.

Se recostó satisfecho y mientras empezaba a dormirse, agradeció a Dios por aquel milagro.

La mañana siguiente, se puso a la tarea de explorar la campiña y, repentinamente, encontró lo que tanto buscaba: la rosa azul, la cual se hallaba en el centro de una pequeña meseta, rodeada de cientos o miles de flores de tipos inimaginables, desde claveles hasta violetas.

Lloró, al tiempo que se abría paso por el mágico bosquecillo, y luego, tras coger la rosa, la contempló por unos instantes, hasta que un rugido le hizo volverse: una horrible criatura con cuerpo de león y cabeza de hombre lo acechaba.

El Caballero comprendió que su viaje había sido en vano, que  no estaba destinado a poseer la flor. Sin armas, era incapaz de defenderse, así que cerró los ojos, preparándose para morir.

— ¡Despierta, Friederich, despierta! – dijo alguien, repentinamente.

Despegó los párpados. Estaba en una pequeña habitación, recostado en un camastro duro y un desconocido lo contemplaba con extrañeza.

— ¿Quién soy?, ¿dónde me encuentro? – preguntó.

— Eres Friederich, Friederich Hölderlin y ésta es la torre donde has vivido por cinco años.

En una tierra sin nombre

Sucedió lejos de aquí,
en una tierra sin nombre,
donde la ley nada puede
contra el cariño de un hombre.

“Tierra sin nombre”

José Alfredo Jiménez

Era una mañana calurosa, no soplaba el viento y era casi imposible respirar. Nadie caminaba por las calles, por lo que el pueblo daba la impresión de estar abandonado. Me dirigí al único bar de la localidad y encontré en éste a la mayoría de los hombres del pueblo, que habían acudido en busca de sombra y de una bebida fría; de hecho, la barra y todas las mesas estaban ocupadas.

Volví sobre mis pasos, resignado a refugiarme en la habitación del hotel, cuando un individuo ebrio y de aspecto desgarbado me llamó:

— Oiga, gringo, ¿habla español?

— No soy gringo.

— ¡Ja! ¡Un gringo coterráneo! ¡Qué cosa más extraña! – repuso con cierto retintín –. ¿Por qué no se sienta conmigo?

Acepté, la verdad es que hubiera preferido marcharme, pero el ambiente del bar, a pesar de la cantidad de personas, era fresco y reconfortante.

— ¿Qué le trajo a este basurero? – preguntó, después de invitarme a beber un jarro de cerveza.

— Nada en especial; quería conocer este pueblo.

— ¡Debe estar arrepentido! – sonrió burlonamente.

— La verdad, no.

El hombre permaneció en silencio por un tiempo prolongado.

— ¿Quiere que le cuente algo? – preguntó, al fin –. ¡Estoy harto de vivir aquí! No hay una sola persona que valga la pena, todos son unos miserables.

— Bueno, en cualquier lugar…

— ¡No, no, no! ¡Aquí es peor!

Bebió otro jarro de cerveza y luego me dijo que sus paisanos eran gente desagradable, acostumbrada a vivir del chisme y de la calumnia, sin que les importara las consecuencias de sus actos.

— Pero eso no es lo peor, la hipocresía es lo más repugnante… Hipocresía como la de esas mujeres que siempre hablan de pureza y que… ¡Mejor me callo! ¿Otro trago?

Al anochecer, el hombre, en completo estado de embriaguez, se levantó de la mesa, extendiéndome la mano derecha.

— Un gusto conversar con usted, gringo coterráneo – dijo, mientras caminaba hacia la salida –. ¡Casi lo olvido! Hoy, a las nueve, se casa una amiga en la iglesia del pueblo; vaya, está invitado, le garantizo que no se arrepentirá.

Acudí a la iglesia, empujado por la curiosidad. A las nueve y cuarto, el automóvil de la novia se detuvo frente a la entrada y ésta bajó, radiante, con un vestido blanco, largísimo y de encajes. Realmente, era hermosa. Su futuro marido, por otra parte, esperaba en el templo. Cuando nos disponíamos a entrar, una voz aguardentosa hizo que nos detuviéramos:

— Julia, ¡tú te quedas!

Era el hombre del bar, con una pistola en la mano.

— ¿Estás loco? – exclamó la novia.

El hombre no dijo nada y, elevando el arma, disparó dos veces contra ella. Enseguida, la muchacha, inconsciente, rodó los peldaños del atrio, mientras, el asesino corría a abrazarla.

— ¿Por qué lo escogiste a él? Si no me hubieras engañado, estaríamos juntos, felices y, sobre todo, vivos… – balbuceó como un loco, con los ojos desencajados

Mentira de piernas largas

Julio, desde niño, fue un mentiroso. Al principio, engañaba solamente para esconder sus travesuras, pero, con el paso del tiempo, hizo de aquello una costumbre muy agradable.

A los seis años, inventó su primera mentira de grandes proporciones: un amigo imaginario, inspirado por la envidia que sentía hacia un compañero de la escuela, al que la idea se le había ocurrido antes. “Yo puedo tener uno mejor”, se dijo y, en efecto, el resultado fue extraordinario.

A pesar de su poca experiencia, pudo percatarse con facilidad de que toda historia, para ser creíble, debe buscar la perfección incluso en el más pequeño de los detalles. Es así que Miguel, su nuevo camarada, adquirió familia, aficiones, miedos, un acogedor departamento con dirección exacta y una mascota; mas, transcurridos tres veranos, Julio cometió el error de endosarle a éste la autoría de cierta peligrosa travesura. Sus padres emprendieron, entonces, una larga y tortuosa investigación, cuyos resultados fueron concluyentes, además de asombrosos – tanto que olvidaron el castigo para el mentiroso.

El niño se convirtió en hombre, al tiempo que sus cuentos se hacían cada vez más largos y recurrentes. Sus amigos no le creían una palabra; y, algunos se alejaron; otros, lo compadecieron.

Cierto día, Julio se dio cuenta que era incapaz de crear más historias, las ideas se le habían agotado.

— ¡Ya sé! – Exclamó mientras preparaba el desayuno –. Debo decir una mentira tan absurda, que sólo mi genio logré transformarla en verdad.

Permaneció unos instantes en silencio hasta que escuchó en la radio, una voz que anunciaba el inicio de una serie llamada El hombre invisible.

— ¡Eso es! – Dijo, en medio de un paroxismo de felicidad.

Al día siguiente, salió de su casa con una amplia sonrisa en el rostro. Estaba alegre y rejuvenecido. En el trabajo, su jefe le llamó para pedirle que preparara un informe para unos empresarios italianos.

— Lo siento, señor, no puedo.

— ¿Por qué no?

— Porque soy invisible – respondió paladinamente.

El jefe estuvo a punto de despedirlo, mas, al percatarse que su empleado hablaba en serio, supuso que había enfermado.

— Creo que usted no se encuentra bien; descanse hoy y mañana conversamos con más calma.

— Estoy perfectamente, igual que ayer y anteayer, pero ahora soy invisible.

Durante todo el día, Julio repitió, incansablemente, aquel estribillo y en la mayoría de los casos, no produjo otra cosa que no fuera un estallido de carcajadas. Volvió a su casa deprimido, sin hambre y sumido en la desesperación.

A la mañana siguiente, fue al trabajo con desgano, pensando que su vida no tenía sentido. Sin embargo, en la oficina, sus compañeros no lo vieron.

— ¡Al fin! – Se dijo –. ¡Lo he conseguido!

El jefe hizo su aparición y, dirigiéndose a la secretaria, preguntó:

— ¿Julio no ha venido?

— No, señor.

— Creo que no vendrá más, el pobre ha enloquecido.

— No, estoy muy cuerdo, ¡ustedes han enloquecido por mí! – Estaba jubiloso, pero nadie le escuchó.

— Yo les advertí que era invisible; no finjan que son sordos, simplemente admitan que decía la verdad.

No hubo respuesta y así fue por el resto de su vida, porque nunca más se supo algo de Julio.