Margarita para dos

nunca se sabe
Este relato fue publicado originalmente en Nunca se sabe. Antología de nuevos narradores ecuatorianos (Eskeletra y Cactus Pink, 2017).

Margarita me rechazó. Dijo alguno de esos tópicos que se usan en esas circunstancias – “me importa nuestra amistad, no quiero arruinarla” –, luego se marchó. Sospecho que fue a contárselo todo a su mejor amiga, Juliana, y ambas deben estar burlándose de mí.

Mis ganas de poseer a Margarita se mezclan con el anhelo de aniquilarla junto con la puta de su amiga.

Juliana es feminista, indigenista, animalista, ecologista y miles de “istas” más. La desprecio. La verdad es que se trata de una tipa común y corriente, sin gracia – o sea, sí es simpática… un poco bonita… o sea, sí está buena, pero es una pendeja –, una hijita de papá que llenó de cucarachas su cabeza cuando empezó estudiar en la universidad una carrera hippy como Antropología o Sociología.

Lo que me jode no es que sea una “ista”, sino que haya arrastrado consigo a mi Margarita. Por culpa suya, la relación que tenía con ella desde el colegio cambió. Entonces, éramos muy cercanos y quise – varias veces – decirle que la amaba, que quería hacerle el amor, que fuera la primera. No me atreví.

En la universidad opté por Literatura y ella por Geografía – “los ingenieros en petróleos tienen plata” –. En la ceremonia de graduación del colegio había sugerido que ingresáramos en una institución que tuviera ambas carreras para no separarnos y yo estaba convencido de que eso era una prueba de amor. Sin embargo, apenas inició el semestre, Margarita fue a una fiesta de su facultad y conoció a la pendeja de Juliana. ¡Todo se fue al carajo!, se cambió a la Escuela de Sociología y empezó a olvidarse de mí.

He tratado de enamorarla llevándola a presentaciones de libros de poesía erótica y llegué incluso a leer a Bukowsky, otro de sus nuevos ídolos. Veo solo cine independiente – nada “gringo y comercial porque TODO eso es una mierda” – e incluso me visto como a Margarita le gusta para complacerla. No lo consigo.

Últimamente ni siquiera quería salir conmigo, aunque quizá yo tengo un poco de culpa porque fui con Juliana y Margarita a dos de sus eventos y en ambos fracasé rotundamente.

El primero fue un mitin de un político que pretendía llegar dormido, literalmente, a la presidencia de la República. Creo que Margarita me dijo que estábamos en contra de él porque no se podía permitir que un durmiente gobernara al país… o quizá estábamos a favor… no recuerdo. Lo cierto es que terminamos en el retén de la policía pues, mientras huíamos del despelote que se armó, tropecé. Ellas, por ayudarme, cayeron conmigo en manos de los agentes.

El segundo fue mucho peor. Vino al país cierto filósofo alemán para impartir conferencias sobre el fin de la civilización burguesa. Margarita y Juliana estaban maravilladas y yo muerto de sueño. Mientras el alemán lanzaba sus alaridos, me dediqué, al principio, a leer a Hawthorne y luego a dormir. Más tarde, me dijeron, furiosas, que mis ronquidos eran muy fuertes y que no reaccionaba ni con codazos. En realidad, solo lo hice cuando un guardia nos echó a los tres en medio de las miradas burlonas del resto de asistentes y los alaridos hitlerianos del filósofo.

El perdón de Margarita lo compré con chocolates amargos y una edición de lujo de tres libros de Bukowski. Creo que los chocolates fueron un obsequio de gran calidad.

La puta de Juliana aprovechó la pelea para minar más mi posición. Margarita me contó que le dijo muchas veces que debía cortar para siempre conmigo porque la amistad con un burguesillo que lee a Melville o Kipling no vale la pena. “Tal vez si fuera Limónov, pero ¿Melville?”.

Quisiera gritarle a Juliana que es una pendeja pseudointelectual, pero es probable que ella diga que ese adjetivo me cuadra a mí y no podría responderle ni mierda.

Cuando finalmente Margarita me perdonó, creí que era mi última oportunidad para hacer que se enamorase de mí.

Le compré “Poesías Completas” de Pizarnik, más chocolates, más Bukowski y un poco de Nietzsche, incluso descargué canciones de Serrat en su iPod, intenté que recordara nuestros años de colegio, la promesa de no separarnos jamás y ofrecí entregarle todo lo que me pidiera, aun la vida si fuera necesario. En pocas palabras, le dije todas esas cagadas que se escupen cuando uno está enamorado hasta las patas. No sirvió.

Ella me miró con cara de asombro, como si le estuviera diciendo que, en realidad, Dios no había muerto o, peor, que ser comunista y seguidor de Nietzsche es un contrasentido… En fin, una monstruosidad.

Cuando se repuso de la primera impresión me dijo que ella no podría verme jamás como algo más que un amigo, que no tenía esa clase de gustos. “Tal vez si fueras diferente…”

Rogué que me dijera qué podía cambiar para que me amara, monté un drama inútil. Ella se largó de mi casa huyendo de la peste, o sea de mí.

Me levanté del suelo para ir al baño a limpiarme los mocos y las lágrimas. Permanecí unos minutos frente al lavabo dejando que el agua corriese, luego, mojé mis mejillas, párpados y nariz.

Con las manos aún sobre los cachetes, levanté la cabeza para mirarme en el espejo. Entonces vi a Juliana y me vi a mí, compartiendo un cuerpo que ni ella ni yo ni Margarita deseamos y que ni siquiera la muerte podrá separar.

Hice gárgaras y cerré el grifo.

La caza grande de Cepeda Samudio

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Álvaro Cepeda Samudio. Fuente: El Tiempo.

Álvaro Cepeda Samudio (Barranquilla, 1926) fue un Bartleby. Escribió poco o, de plano, prefirió no hacerlo. Sus amigos, incluido García Márquez, le recriminaban la supuesta pereza que lo llevó a publicar apenas tres libros – fuera de varios relatos desperdigados en las páginas de los periódicos –: “Todos estábamos a la espera”, “La casa grande” y “Los cuentos de Juana”, con doce y diez años de distancia entre uno y otro.

Carmen Balcells, la mente maestra tras del Boom, varias veces intentó convertirlo en otro más de esa hojarasca de escritores latinoamericanos que habían conquistado Europa, pero él se excusaba “porque lo que es el amor eterno sigue…”

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Álvaro Cepeda Samudio y García Márquez en el aeropuerto de Barranquilla. Fuente: Ver Bien Magazín.

Cepeda era como pocos. Hombre de lecturas, admirador de los escritores estadounidenses contemporáneos suyos y un convencido de que la literatura colombiana debía tomar un nuevo derrotero de silencios al estilo de Hemingway y de grandes epopeyas al estilo de Faulkner.

Pero el barranquillero no solo era un Bartleby, también era un sobreviviente. Toreaba la necesidad como podía: si era necesario hacer una campaña para las cervecerías de los Santo Domingo, multimillonarios de la costa atlántica, él ideaba un eslogan que decía cerveza “Águila, sin igual y siempre igual” o no dudaba en largarse a los Estados Unidos para estudiar periodismo aunque, dos años después, regresara sin título bajo el brazo.

Parece razonable creer que Cepeda no se convirtió en un narrador de tiempo completo porque la necesidad de ganarse la vida le obligaba a dejar que se desvanezca – paradoja contemporánea –, sin embargo, eso no es más que un error de perspectiva.

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Algunos de los integrantes del Grupo de Barranquilla en El Heraldo. Fuente: El Heraldo.

Él era un adelantado y, como tal, se percató de algo que recién en los últimos veinte o treinta años los latinoamericanos hemos aceptado: el periodismo ES la nueva literatura.

Sí, los García Márquez, los Vargas Llosa y casi todos los autores de éxito desde México hasta la Patagonia han recaído con mayor o menor fortuna en las redes del periodismo, pero, en la mayoría de los casos, lo han hecho como si se tratase de una actividad subsidiaria capaz de permitirles sobrevivir, mientras descifraban el misterio de cómo pasar los días sin morirse de hambre mientras se fabrican ficciones.

En cambio, Cepeda Samudio conoció de primera mano, gracias a su paso por las aulas de los Estados Unidos, el caldo de cultivo del “nuevo periodismo”, ese que ahora está de moda, ese que usa las “técnicas” de la literatura para describir el mundo “real”.

Desde las páginas de Crónica – revista en la que colaboraron además de Cepeda, García Márquez, Alfonso Fuenmayor, entre otros – El Heraldo, El Nacional, Sporting News y Diario del Caribe empezó a instaurar una nueva forma de narrar la realidad a través del humor inteligente, la anécdota y la belleza literaria.

Lea el reportaje de Cepeda Samudio sobre el futbolista brasileño Garrincha: “Yo vivo la vida, la vida no me vive a mí“.

Pero eso no es todo.

Lo esencial del escritor barranquillero es que fue un cazador de experiencias tan audaz que hizo algo que pocos se atreven: vivió su vida como le dio la gana.

Escribió cuando quiso, estudió cuando quiso, se murió cuando quiso. Se fue del planeta sin quedar en deuda con nadie porque comprendió que la literatura no solo se hace escribiendo sobre una cuartilla de papel, se hace sobre todo en la calle, en la vida, tomando decisiones que a muchos les pueden parecer absurdas, pero que a uno lo hacen feliz.

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Portada del libro editado por Alfaguara.

Hace un par de meses, compré la recopilación de todos los textos de ficción de Álvaro Cepeda Samudio a cargo de la editorial Alfaguara. Se trata de un viaje que lleva al lector desde la matanza de trabajadores dentro de una bananera gringa en la costa caribeña de Colombia hasta un bar del sur de los Estados Unidos, para mostrarnos la soledad, la miseria – espiritual más que económica –, así como también la grandeza que se esconde en el alma humana. En todos sus relatos, está el ojo clínico del periodista que usa la historia – reciente y no tanto – para aquilatar el cuento.

En definitiva, al cerrar el libro uno se queda con la sensación de que este escritor, hoy casi olvidado, es uno de los pocos que comprendió lo que Novalis había advertido más de un siglo antes: “al final todo será poesía“.

“El poeta tiene la obligación de cantar”

Entrevista publicada originalmente en la revista digital “Libro de Arena“.

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Jorge Humberto Chávez es autor del poemario “Te diría que fuéramos al río Bravo a llorar pero debes saber que ya no hay río ni llanto” (foto: Luis Pegut).

Con el telón de fondo de la Feria Internacional de Libro de Quito 2016, Jorge Humberto Chávez aterrizó en Ecuador para presentar su libro “Te diría que fuéramos al río Bravo a llorar pero debes saber que ya no hay río ni llanto” y dirigir un breve taller sobre creación literaria en el Centro Cultural Carlos Fuentes del Fondo de Cultura Económica.

El día de la presentación del poemario, el cielo estaba oscuro. La lluvia había ahuyentado a la gente durante toda la mañana.

Faltando cinco minutos para el inicio del acto, estábamos ocho personas  –cinco eran amigos y familiares del autor–. Iván Oñate se levantó para arrancar con la presentación y nos anticipó que estábamos ante un poeta de gran fuerza. No mintió.

Apenas unos versos más tarde nos dimos cuenta de que Chávez – nacido en Ciudad Juárez en 1959 y ganador del Premio Nacional de Poesía de Aguascalientes de 2013 – era un poeta poco convencional, capaz de convertir el lenguaje periodístico en versos de potencia abrumadora.

Gracias a la poesía, a esa poesía, la sala terminó abarrotada hasta la bandera.

El poeta, profesor y enólogo – como le gusta definirse – tuvo la amabilidad de responder algunas de nuestras preguntas, pese a las complejidades de las agendas, la distancia entre los Andes y México y al gélido mundo de los correos electrónicos.

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El poeta junto a su esposa Rosy Zamora (foto: Efraín Benavente).

¿Ya “no hay río ni llanto” en México?

Este verso emblemático esconde algunas realidades sombrías. En su peor momento Ciudad Juárez aportaba 15 muertos por día a la guerra del narco. Eso – pensaba yo – es una cuota que no puede durar mucho: no hay tanto llanto para esa hecatombe. El río Bravo, por su parte, dejó de correr. Lamentablemente, nadie vio venir que la violencia permearía a todo el país como ocurre ahora.

Es frecuente escuchar que la única respuesta a la violencia es más violencia, pero ¿es cierto?, ¿qué posición debe tomar un artista al respecto?

El poeta tiene la obligación de cantar. Ese es su trabajo. El periodismo produce textos de corta duración en el imaginario de las personas: las noticias se olvidan para dar paso a las nuevas notas del día. La poesía está montada sobre un soporte estético, está hecha para durar más tiempo que el poeta o que la misma sociedad que la genera.

En las décadas de los sesenta y setenta, las palabras escritor y político prácticamente eran  sinónimas. ¿Esa idea se sostiene hoy o ha cambiado?

No estoy seguro de la verdad de esta afirmación. Desde luego distingo casos como los de Dalton, Cardenal, Jara. Pero había otros poetas actuando en la literatura en español que no se ajustaban al modelo. Paz era poeta, pensador y diplomático; Chumacero y Bonifaz Nuño, eran poetas al cien. Casos así hay muchos en Argentina, Chile, Colombia y Cuba.

¿Es posible el “arte por el arte”?

No sé. Ignoro el contexto de esta frase. Cuando enseñaba estética en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez decía a mis estudiantes que la pura intención declarada por un artista nos obligaba a tomar su obra como una obra de arte, independientemente de que ejerciéramos o no una crítica. Eso es la base del arte conceptual. En lo personal, pienso que el arte debe trascender la forma inmediata y que debe extender un nexo interpretativo –no escribí significativo- para los demás.

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Jorge Humberto Chávez (d) y el poeta Iván Oñate (i) en en la Feria Internacional del Libro de Quito 2016 (foto: José Luis Barrera).

¿Cómo empezó a escribir poesía Jorge Humberto Chávez? ¿Era una rebelión en contra del medio violento en el que le tocó vivir?

Nunca fue así. Mis primeros textos eran el resultado de la poderosa atracción que la poesía, leída en mis libros escolares, ejercía sobre mí. Mis últimos poemas son el resultado de la poderosa atracción que ejerce sobre mí el cantar, a pesar de que la canción sea muy triste. Pero no olvido que canto para mí y también para todos los otros.

El estilo de sus versos es seco, casi periodístico, pero de una fuerza poco vista. ¿Se trata de una característica innata de Jorge Humberto Chávez o es el resultado de una disciplina autoimpuesta?

Fui periodista cultural entre 1984 y 1994. Escribí dos columnas: “Cuaderno de Jonás”, con textos sobre sociedad y cultura; y “Del recreo al Reforma”, donde combinaba mi conocimiento de la vida nocturna de la frontera con temas de arte y actualidad. Mi formato predilecto era la crónica. En “Te diría que fuéramos al río Bravo a llorar pero debes saber que ya no hay río ni llanto” me propuse usar la crónica, construir poemas sólidamente narrativos y utilizar un lenguaje preciso y sin ornamentos líricos: como escribir con un bisturí. Y no hay nada de innato en mi poesía actual: tengo algunos poemas tan horrorosamente lindos que dan malestar.

Jorge Humberto Chávez dirigió un taller para jóvenes poetas en Quito y lo ha hecho también en México, lo que le ha permitido conocer a las nuevas voces de Latinoamérica que quieren entrar en el mundo de la poesía. ¿Tienen alguna característica en común que le haya llamado la atención? ¿El “Boom” ha sido superado o es el “padre que aún no hemos matado”?

Nada de eso. Impartí un taller en Ciudad Juárez durante 11 años. Fundé el Encuentro Nacional de Escritores Jóvenes de Tierra Adentro en México y lo dirigí por 7 años. Aún hoy doy talleres donde me lo piden –cobro en cajas de tinto- por dos razones: me cuido de mantener vigente mi capacidad crítica y autocrítica, como lo recomendaban Miguel Donoso Pareja y David Ojeda; y porque leer a los autores jóvenes te obliga a mantenerte en su nivel.

El Borges que no quiso escribir ciencia ficción

El paraíso de Borges era una biblioteca; el nuestro, la mansión de Playboy Y una biblioteca.

El paraíso de Borges era una biblioteca; el nuestro, la mansión de Playboy Y una biblioteca.

Jorge Luis Borges fue un admirador de Wells y Bradbury; se apasionaba por las novelas y cuentos que sus amigos – Bioy, por ejemplo – creaban sobre artilugios técnicos o científicos, toda vez que, como él mismo escribió, raras son las ocasiones en las que algún autor de estas comarcas se atreve a incursionar en la ciencia ficción.

Curiosamente, esta premisa es casi completamente aplicable al propio Borges, quien optó por la literatura fantástica, los juegos matemáticos, las elucubraciones metafísicas, los dobles, los laberintos, pero jamás se aventuró con los extraterrestres o los viajes espaciales. ¿La razón? Acaso nadie pueda descifrarla. El hecho es que quizá había algo de pudor en el argentino, una suerte de miedo a convertirse en un falsario o a que que la impecable voz narrativa que conduce a sus lectores desde el orificio en las escaleras de un desván hasta el “punto que contiene todos los puntos del universo” sin dar posibilidad a discusión, se transforme en un falsete por completo disonante al mencionar a marcianos o a máquinas del tiempo.

El cuentista es un prestidigitador, cuyos embustes solo resultan eficaces si no se revelan las trampas, si se esconden bien los elásticos debajo del puño de la levita en el que yace la carta secreta o el compartimiento en la chistera donde duerme el conejo y que, por otro lado, se vuelven ridículos al mostrarlos. En ese sentido, quizás Borges prefirió la evasión al riesgo de que sus trucos sean descubiertos.

Pero estas son solo especulaciones…

De todos modos, recuerdo dos cuentos en los que el autor cruzó la línea mojándose en las aguas de la ciencia ficción: There are more things y Utopía de un hombre que está cansado; es posible que en ellos encontremos la respuesta a la pregunta que nos planteamos.

El primero es un homenaje a Lovecraft, escritor que según el argentino era un genial parodista de Edgar Allan Poe. Borges quería librarse de la espina que el creador de La ciudad sin nombre le había clavado en el alma y el exorcismo adecuado era un cuento. La literatura se cura con más literatura.

El narrador – personaje es un hombre que está a punto de terminar la universidad en Austin, Texas y que, tras enterarse de la muerte de su tío, Edwin Arnet, decide volver a Argentina para recoger los despojos de un litigio que se había realizado por la venta de una casa que el fallecido construyó años atrás en cierta localidad cercana a Buenos Aires. Al llegar descubre que ninguno de los habitantes de la zona quiere acercarse al edificio y que corren extraños rumores alrededor de este.

Los monstruos de Lovecraft tienen un preocupante parecido con las sabatinas de Rafael Correa.

Los monstruos de Lovecraft tienen un preocupante parecido con las sabatinas de Rafael Correa.

El sobrino de Arnet se dedica entonces a hacer una serie de investigaciones y, movido por la curiosidad más peligrosa, entra en la vieja propiedad, hallando el habitáculo de una criatura que quizá vino de otro mundo o que fue creada por un sudamericano doctor Moreau. Del monstruo no se puede decir mucho, acaso porque el narrador cae víctima de su ferocidad o porque la mejor manera de terminar un cuento es dejándolo sin final…

Por otra parte, Utopía de un hombre que está cansado es, creo yo, el que tiene la llave del secreto de Borges que nos ocupa. El narrador nos cuenta la crónica de su visita a la casa de un hombre – quien se rehúsa a revelar su identidad –. Sabemos, no obstante, que no vive en este tiempo, que es alguien del futuro.

Su voz no es optimista ni negativa, es indiferente. Parece comprender que ha vivido mucho y que el tiempo de morir llegó, pero no hay la menor tragedia, es solo un ciclo normal y hasta un descanso. Los hombres del futuro viven mucho, las enfermedades han desaparecido – aun las peores: la política y los gobernantes – y son un recuerdo lejano. Además la diversidad idiomática se ha esfumado para dejar sitio al latín como única lengua.

¿Y los viajes al espacio, ese acariciado sueño de los hombres? Han terminado por aburrir, pues como afirma el anfitrión del futuro con absoluta lógica: “todo viaje es espacial. Ir de un planeta a otro es como ir a la granja de enfrente. Cuando usted entró en este cuarto estaba ejecutando un viaje espacial”.

El hombre cansado es aquel que tiene que trabajar a diario.

El hombre cansado es aquel que tiene que trabajar a diario.

El dinero es otro recuerdo negro, igual que la pobreza. Incluso los libros impresos se han tornado en reliquias y la literatura no consiste en una interminable publicación de sandeces sino en la revisión de unas pocas obras que son la cumbre del pensamiento humano – recordemos que Borges consideraba que apreciar un buen libro era sinónimo de haberlo leído muchísimas veces.

El final del relato acaso sea siniestro: el hombre del futuro acude por su voluntad a un crematorio para entregarse a la muerte, sin embargo en una sociedad como la que nos describe Borges la vida no tiene mucho valor: solo se viene al mundo con el objeto de cumplir con una o varias funciones – el arte, la ciencia, etc. –, para luego marcharse sin dañar a los jóvenes, evitando quitarles el derecho a comer y a respirar.

¿Un mundo perfecto o el peor de los mundos?

Quiero pensar que aquí está la clave del rechazo de Borges a escribir ciencia ficción; me refiero a su miedo al futuro, a lo que vendrá y, sobre todo, a las pocas esperanzas en el porvenir que un hombre entregado al cultivo del intelecto podía tener en medio del siglo veinte, uno de los más violentos e irracionales a pesar de todos los avances de la ciencia y la tecnología.

Borges seguramente no hubiera usado un iPod o un Samsung Galaxy porque sus ojos, cerrados a luz y a los colores, miraban al pasado, convencidos de que los griegos de la época de Platón ya sabían todo…

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