La plaga

gulliver

Imagen toma del blog “En clave de niños”.

Al llegar al pueblo, no sabíamos nada de la plaga.

Mi mujer antes de instalarse en la casa nueva, había adquirido más de una amiga, ninguna era demasiado comunicativa. De lo único que conversaban era de trabajo y cuando intenté preguntarles sobre la vida en la ciudad y el ocio, me miraron con repugnancia.

Las cosas se aclararon después de encontrar a la plaga por primera vez.

Había salido a trabajar muy temprano. Varios obreros caminaban delante de mí cargando materiales de construcción y casi sin hablar, limitándose a cumplir su trabajo. A lo lejos, divisé a las amigas de mi mujer. Las saludé, pero ninguna respondió.

De repente, palidecieron mientras sus ojos se posaban sobre cierto punto en el horizonte. Seguí sus miradas, encontrando una gigantesca masa negra que se movía a toda velocidad sobre el terreno.

“¡La plaga! ¡La plaga!”, gritaron.

Quedé paralizado. Nunca había visto algo así.

“¿Qué haces? ¡No te quedes parado! ¡Corre, corre!”, dijo una de ella que, en su huida, pasó a mi lado.

La plaga aniquiló a cientos de obreros en un instante y, solo por azar, pude salvarme.

Regresé a casa sin saber qué decirle a mi esposa. Habíamos dejado nuestro antiguo hogar para buscar una vida segura y cómoda. La plaga iba a arruinarlo.

“Ya sé por qué no querían hablar de diversión – empecé a decirle con una sonrisa forzada – es que esta ciudad tiene un problemita…”

Al principio, escuchó la historia sin inmutarse.

“¿Para eso me trajiste? ¡Ahora resulta que hay gigantes! Antes era el empleo, luego los compañeros y ahora ¡los gigantes! ¡Una plaga de ellos!”

A medida que iba pronunciando cada palabra, aparecían un ligero temblor en su mentón y algunas arrugas en el ceño.

“Es verdad, mi corazón, yo no tengo nada que ver….”

“¡Pues te aguantas! – dijo con enojo mal disimulado –, ¡no volveré a mudarme!”

Le invité a comer para que se calmase, pero mientras atravesábamos una calle, la plaga volvió a aparecer. Mi mujer se quedó lívida y tuve que llevarla a un refugio a rastras.

“Tenemos que hablar con alguna autoridad”, murmuró cuando estuvimos a salvo.

Esa misma tarde fuimos al municipio y, sin esperar que la secretaria nos diese la autorización, entramos en la oficina del alcalde. La asistente quiso balbucear una disculpa, mas, mi mujer,  indignada, le cortó en seco:

“¿Qué son esos monstruos? ¡Exijo la verdad!”

Me sonrojé. Mi mujer es muy impulsiva.

“¿Qué dice? ¡No sé de qué habla!”, respondió el alcalde sonrojándose,

“¡De la plaga! ¡PLA-GA!”

“¡Ah eso!”

Nos contó que era un problema desde hacía años, pero que lo ocultaban para no ahuyentar al turismo. Luego, con absoluta desfachatez, dijo que nuestra situación no le importaba.

“No podemos hacer nada por ustedes. Ahora retírense, estoy ocupado.”

Mi mujer casi lo abofetea. Solo entre la secretaria y yo pudimos sacarla del despacho.

La funcionaria nos confesó que había un plan para exterminar a los gigantes. Lo habían puesto en marcha poco antes de que llegáramos. Esa tarde, cientos de soldados atacarían el refugio de la plaga para devorarla viva.

“¿Comérsela? ¡Es enorme…! ¡Es repugnante…! ¡Están locos, están locos!” repetía mi mujer, que había pasado de la ira al llanto y al desconcierto.

La saqué del municipio, pidiéndole que se tranquilizara. “Hoy nos largamos de aquí.”

De camino a casa, el ajetreo era general: miles de soldados trotaban hacia el norte, donde, según nos comentaron, vivía la plaga.

Luego de recoger las cosas más importantes, salimos de la casa, percatándonos en seguida de que todos nuestros vecinos huían en estampida.

“¡La plaga se adelantó! ¡Nos matará!”

El gigante avanzaba hacia la ciudad con rapidez y, a lo lejos, pude ver que una columna del ejército, en desorden, atacaba. Las tropas se encaramaban sobre el cuerpo del enemigo envenenándolo con la ponzoña de sus aguijones.

Minutos más tarde, durante la huida, escuchamos un estruendo que estuvo acompañado de temblores y una nube de polvo.

Las hormigas rojas subyugamos, por fin, a la plaga humana.

Cortocircuito

Luigi Pirandello, Marta Abba y Massimo Bontempelli leen este blog absolutamente consternados.

Luigi Pirandello, Marta Abba y Massimo Bontempelli leen este blog absolutamente consternados.

Le dijimos que había robots entre nosotros y ella se desconectó. No era una broma: en realidad la gente de carne y hueso no existe.

El cerebro es un procesador lleno de chips; el nervio, un circuito; y la energía que activa músculos y articulaciones, un impulso eléctrico.

La culpa me corroía – somos máquinas con conciencia – y era frecuente que huyese de mi casa para refugiarme en un bar de mala muerte.

Cierta noche un amigo me visitó.

— Somos imbéciles, ella sabía la verdad.

No comprendí.

— Es evidente: no existen los robots, somos humanos.

Quise creer que bromeaba.

— Piénsalo: si te lastimas ¿brota aceite?, ¿se puede curar la vejez actualizando el sistema o eliminar las enfermedades con softwares?

Hasta entonces sentía remordimiento, aunque sin perder la esperanza de que, tarde o temprano, algún laboratorio me la devolvería reconstruida.

La revelación de mi amigo me aniquiló.

El otro Bioy

Borges y Bioy murieron después de enterarse de que, en una dimensión paralela, eran personajes de un mal cuento.

Borges y Bioy murieron después de enterarse de que, en una dimensión paralela, eran personajes de un mal cuento.

Leonardo Battaglia, quien fue capturado hace seis meses y se encontraba aguardando su condena por el asesinato de cuatro prostitutas, escapó la noche de ayer de prisión provocando la alarma en el área metropolitana de Buenos Aires.

La policía ha repartido fotografías del criminal en todos los diarios del país con el objeto de que la población se mantenga alerta y reporte en seguida cualquier noticia acerca del delincuente.

“Es un hombre muy peligroso, un malevo en toda regla, aconsejamos que nadie intente confrontarlo por su propia cuenta y que avise a las autoridades si conoce su paradero; cualquier detalle es crucial para capturarlo”, dijo el jefe de policía esta mañana.

Battaglia, nacido en Córdoba, migró a Buenos Aires al cumplir los quince años, huyendo de un padre alcohólico que lo maltrataba. Según el reporte psiquiátrico, su madre fue una prostituta que decidió abandonarlo en manos de su padre para luego desaparecer.

“Battaglia es brillante – informa el doctor Isidro Vidal, médico psiquiatra de Palermo –; su carácter es cínico, mordaz pero muy inteligente. Quizá demasiado… No obstante, sufre de una timidez patológica con las mujeres y rehúye mantener cualquier clase de contacto con ellas.”

El convicto parece que disfruta no solo de sus crímenes, sino del reto que representa para la policía descifrar el misterio.

“Siempre nos dejó pistas y gracias a esa constante manía de subestimarnos terminamos atrapándolo”, explicaba el gendarme a cargo de la captura del asesino.

Bioy apagó la radio.

“¿Qué tal si en una dimensión paralela Bioy no es amigo suyo, ni siquiera un escritor, solo un asesino como ese Battaglia?”

“¿Y si no fuera en una dimensión paralela?”, dijo Borges.

“¡Un doble!”

Ambos escritores se mantuvieron en silencio por unos minutos. La idea los obsesionaba.

“Un doppelgänger como el de William Wilson pero para Bioy”, sonrió Borges recordando el cuento de Poe.

Bioy era un caballero con suerte en los lances amorosos, brillante escritor y hombre pudiente. ¡Todo lo que usted y yo jamás seremos! :(

Bioy era un caballero con suerte en los lances amorosos, brillante escritor y hombre pudiente. ¡Todo lo que usted y yo jamás seremos! 😦

El teléfono sonó; era Silvina, quien deseaba conversar con Borges para preguntarle por la causa del mal humor con el que Bioy había llegado a casa.

“¡Está furioso! Supuse que tuvieron alguna pelea.”

“Pero si Bioy está aquí… Se lo comunico.”

Silvina, al escuchar la voz de su marido, colgó.

Los escritores se miraron fijamente: ¿era una broma?

“Le juro que no hice…”

“Tampoco yo…”

Sin decir una palabra más, Bioy se marchó a su casa.

"¿Y si en vez de escribir le compra chocolates a su novia?", me pregunta Silvina Ocampo.

“¿Y si en vez de escribir le compra chocolates a su novia?”, me pregunta Silvina Ocampo.

Allí  todo estaba tranquilo, nada anormal parecía haber sucedido, pero cuando quiso ingresar en la propiedad, un hombre idéntico a él le cerró el camino y sin darle tiempo a reaccionar, extrajo un revólver que llevaba en el bolsillo derecho de su gabardina, disparando unas, dos y hasta tres veces contra el recién llegado. Este murió en el acto.

Silvina había salido de compras después de que el otro Bioy la hubo convencido de la mala broma telefónica de Borges. A su regreso, se sentaron a cenar juntos y con la mayor naturalidad, mientras escuchaban por la radio otros detalles del escape de Battaglia.

Del criminal no se supo nada más y la opinión generalizada es que huyó de Argentina.

Por otro lado, Bioy y su amigo no interrumpieron sus reuniones y la anécdota, poco a poco, fue olvidada; sin embargo Borges a veces notaba incomodidad en su compañero al momento de hablar con Silvina o con cualquier otra mujer. Esto a pesar, claro, de que seguía siendo un gran seductor…

El Borges que no quiso escribir ciencia ficción

El paraíso de Borges era una biblioteca; el nuestro, la mansión de Playboy Y una biblioteca.

El paraíso de Borges era una biblioteca; el nuestro, la mansión de Playboy Y una biblioteca.

Jorge Luis Borges fue un admirador de Wells y Bradbury; se apasionaba por las novelas y cuentos que sus amigos – Bioy, por ejemplo – creaban sobre artilugios técnicos o científicos, toda vez que, como él mismo escribió, raras son las ocasiones en las que algún autor de estas comarcas se atreve a incursionar en la ciencia ficción.

Curiosamente, esta premisa es casi completamente aplicable al propio Borges, quien optó por la literatura fantástica, los juegos matemáticos, las elucubraciones metafísicas, los dobles, los laberintos, pero jamás se aventuró con los extraterrestres o los viajes espaciales. ¿La razón? Acaso nadie pueda descifrarla. El hecho es que quizá había algo de pudor en el argentino, una suerte de miedo a convertirse en un falsario o a que que la impecable voz narrativa que conduce a sus lectores desde el orificio en las escaleras de un desván hasta el “punto que contiene todos los puntos del universo” sin dar posibilidad a discusión, se transforme en un falsete por completo disonante al mencionar a marcianos o a máquinas del tiempo.

El cuentista es un prestidigitador, cuyos embustes solo resultan eficaces si no se revelan las trampas, si se esconden bien los elásticos debajo del puño de la levita en el que yace la carta secreta o el compartimiento en la chistera donde duerme el conejo y que, por otro lado, se vuelven ridículos al mostrarlos. En ese sentido, quizás Borges prefirió la evasión al riesgo de que sus trucos sean descubiertos.

Pero estas son solo especulaciones…

De todos modos, recuerdo dos cuentos en los que el autor cruzó la línea mojándose en las aguas de la ciencia ficción: There are more things y Utopía de un hombre que está cansado; es posible que en ellos encontremos la respuesta a la pregunta que nos planteamos.

El primero es un homenaje a Lovecraft, escritor que según el argentino era un genial parodista de Edgar Allan Poe. Borges quería librarse de la espina que el creador de La ciudad sin nombre le había clavado en el alma y el exorcismo adecuado era un cuento. La literatura se cura con más literatura.

El narrador – personaje es un hombre que está a punto de terminar la universidad en Austin, Texas y que, tras enterarse de la muerte de su tío, Edwin Arnet, decide volver a Argentina para recoger los despojos de un litigio que se había realizado por la venta de una casa que el fallecido construyó años atrás en cierta localidad cercana a Buenos Aires. Al llegar descubre que ninguno de los habitantes de la zona quiere acercarse al edificio y que corren extraños rumores alrededor de este.

Los monstruos de Lovecraft tienen un preocupante parecido con las sabatinas de Rafael Correa.

Los monstruos de Lovecraft tienen un preocupante parecido con las sabatinas de Rafael Correa.

El sobrino de Arnet se dedica entonces a hacer una serie de investigaciones y, movido por la curiosidad más peligrosa, entra en la vieja propiedad, hallando el habitáculo de una criatura que quizá vino de otro mundo o que fue creada por un sudamericano doctor Moreau. Del monstruo no se puede decir mucho, acaso porque el narrador cae víctima de su ferocidad o porque la mejor manera de terminar un cuento es dejándolo sin final…

Por otra parte, Utopía de un hombre que está cansado es, creo yo, el que tiene la llave del secreto de Borges que nos ocupa. El narrador nos cuenta la crónica de su visita a la casa de un hombre – quien se rehúsa a revelar su identidad –. Sabemos, no obstante, que no vive en este tiempo, que es alguien del futuro.

Su voz no es optimista ni negativa, es indiferente. Parece comprender que ha vivido mucho y que el tiempo de morir llegó, pero no hay la menor tragedia, es solo un ciclo normal y hasta un descanso. Los hombres del futuro viven mucho, las enfermedades han desaparecido – aun las peores: la política y los gobernantes – y son un recuerdo lejano. Además la diversidad idiomática se ha esfumado para dejar sitio al latín como única lengua.

¿Y los viajes al espacio, ese acariciado sueño de los hombres? Han terminado por aburrir, pues como afirma el anfitrión del futuro con absoluta lógica: “todo viaje es espacial. Ir de un planeta a otro es como ir a la granja de enfrente. Cuando usted entró en este cuarto estaba ejecutando un viaje espacial”.

El hombre cansado es aquel que tiene que trabajar a diario.

El hombre cansado es aquel que tiene que trabajar a diario.

El dinero es otro recuerdo negro, igual que la pobreza. Incluso los libros impresos se han tornado en reliquias y la literatura no consiste en una interminable publicación de sandeces sino en la revisión de unas pocas obras que son la cumbre del pensamiento humano – recordemos que Borges consideraba que apreciar un buen libro era sinónimo de haberlo leído muchísimas veces.

El final del relato acaso sea siniestro: el hombre del futuro acude por su voluntad a un crematorio para entregarse a la muerte, sin embargo en una sociedad como la que nos describe Borges la vida no tiene mucho valor: solo se viene al mundo con el objeto de cumplir con una o varias funciones – el arte, la ciencia, etc. –, para luego marcharse sin dañar a los jóvenes, evitando quitarles el derecho a comer y a respirar.

¿Un mundo perfecto o el peor de los mundos?

Quiero pensar que aquí está la clave del rechazo de Borges a escribir ciencia ficción; me refiero a su miedo al futuro, a lo que vendrá y, sobre todo, a las pocas esperanzas en el porvenir que un hombre entregado al cultivo del intelecto podía tener en medio del siglo veinte, uno de los más violentos e irracionales a pesar de todos los avances de la ciencia y la tecnología.

Borges seguramente no hubiera usado un iPod o un Samsung Galaxy porque sus ojos, cerrados a luz y a los colores, miraban al pasado, convencidos de que los griegos de la época de Platón ya sabían todo…

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Bioy Casares cruzó la Vía Láctea montado en una urraca

Bioy comprendía que el amor es una pasión que enceguece, empujando a los humanos a caer en pozos humillantes o encumbrándolos en cimas magníficas. Es una fuerza tal vez tan poderosa como la de la propia naturaleza, es quizá el único camino que nos queda, toda vez que la civilización se hunde en la guerra, la tiranía y la barbarie.

En aquellos tiempos el amor era una cosa mucho más complicada: había que conseguir la ayuda de las urracas; ahora basta con tener cuenta de Facebook.

En aquellos tiempos el amor era una cosa mucho más complicada: había que conseguir la ayuda de las urracas; ahora basta con tener cuenta de Facebook.

Cuenta cierta leyenda japonesa – hay una versión análoga en China – que la Princesa Tejedora, la estrella Vega, fabricaba para su padre, el Rey Celestial, telas preciosas, trabajando como esclava durante todo el día para tenerlas listas a tiempo. El trabajo es una de las causas principales de la infelicidad humana, y la muchacha, como la mayoría de los pobres, se veía obligada a hacerlo más horas de las que estipula el Código Laboral sin una remuneración justa y sobre todo sin la posibilidad de conocer a un compañero que haga su vida menos amarga.

Preocupado porque su mano de obra gratuita deje de rendir, el Rey Celestial invitó al pastor Hikoboshi, la estrella Altair, a tomarse unas copas en casa y el flechazo entre él y la tejedora fue instantáneo.

Ambos se casaron, pero no fueron felices para siempre. El fuego de la pasión calcina el cerebro de los esclavos, empujándolos a olvidar sus tareas; la flamante pareja no fue la excepción: ella abandonó el tejido, al tiempo que su cónyuge dejaba que el ganado de su suegro se desperdigara por los cuatro puntos cardinales del universo.

Furioso, el señor esclavista separó a los amantes, uno a cada lado del río Amanogawa, la Vía Láctea, pero los lloros de su pequeña lo conmovieron tanto que accedió a que, si los jóvenes terminaban sus tareas a tiempo, se encontraran una vez al año – el séptimo día del séptimo mes – para amarse. El problema, sin embargo, era que ambos tenían que atravesar el mencionado río y ni los gringos han sido capaces de construir un puente que cruce la vía Láctea; de manera que los lloros y los lamentos volvieron a entrar en escena hasta que, conmovidas, las urracas se ofrecieron a convertirse en el enlace sobre el que los amantes caminarían para estar juntos.

El anterior es el trasfondo mitológico que sustenta el festival de Tanabata, celebrado usualmente el 7 de julio de cada año en el Japón. Durante este los jóvenes enamorados cuelgan en árboles de bambú hojitas de papel llenas de deseos y al llegar la medianoche, mientras los fuegos artificiales iluminan el cielo, los echan al río con la esperanza de que los dioses los hagan realidad.

Si el diablo se ve como Elizabeth Hurley, para ¿qué quiere comprender al amor?

Si el diablo se ve como Elizabeth Hurley, para ¿qué quiere comprender al amor?

Es muy frecuente preguntarse por qué el amor es tan complicado como para que hasta Altair y Vega – ¡dos estrellas! – tengan que encaramarse sobre los lomos de unas aves de graznidos poco agradables para llegar a ser felices y supongo que, como escribió Dostoievski al respecto de las mujeres, “ni el diablo lo comprende”.

En todo caso, el amor es una fuerza motora tan poderosa que ha alcanzado, por obvias razones, a la más sofisticada de las creaciones humanas: el arte. Es tan cierto que incluso campos tan increíbles como la literatura, el cine y el teatro de ciencia ficción en algún momento mencionan a un romance enquistado en las membranas de la historia de una invasión extraterrestre o de un apocalipsis cibernético.

Adolfo Bioy Casares – escritor argentino injustamente relegado a segundo plano por la gigantesca figura de su amigo y cómplice Jorge Luis Borges –, por ejemplo, era un entusiasta tanto de la literatura fantástica como de la literatura de temas amatorios y no sorprende que aseverara en cierto momento que estos dos géneros eran los únicos que merecían la pena de ser escritos.

Bioy dice: "solo porque soy exitoso con las mujeres, pudiente y talentoso -I'm sexy and I know it!-, este sujeto me mete en su blog; ¡arribista!"

Bioy dice: “solo porque soy exitoso con las mujeres, pudiente y talentoso -I’m sexy and I know it!-, este sujeto me mete en su blog; ¡arribista!”

Tal vez la explicación de este gusto pueda hallarse en su propia personalidad. Por principio, Bioy era un hombre muy exitoso con las mujeres, pudiente y de extraordinario talento literario – tres cosas que ni usted, mi querido lector, ni yo seremos nunca –, además, educado en una civilización argentina de principios del siglo veinte que era reconocida por rivalizar en cultura con la propia París y en cuyas editoriales, escritores de Europa como Ramón Gómez de la Serna, no dudaban en publicar encantados.

Bioy, premio Cervantes de 1990, amaba el amor y, como Borges, amaba la literatura fantástica. Varias veces se dejó seducir por la idea de unificar ambas temáticas y en la mayoría de los casos tuvo éxito. Uno de sus experimentos más geniales es La invención de Morel.

La influencia de La isla del doctor Moreau de Wells se puede detectar más allá de la simple analogía entre títulos, pues el héroe de la historia es un personaje que huye de la civilización occidental por haber cometido un crimen – del que se desconocerán siempre los detalles –, recalando en una isla a la que todos los marineros temen ir porque cierta peste terrible – cuyos síntomas son similares a los de la radiación – ha aniquilado tanto a los habitantes como a los turistas que de tiempo en tiempo acudían a descansar en sus playas.

Al principio, el fugitivo piensa que se encuentra solo pero eventualmente se percata que hay varias personas vacacionando aún allí. Entre los turistas descubre a una mujer y, después de espiarla por algún periodo, termina enamorándose de ella; la investiga, sale de su escondite entre los pantanos de la isla, internándose en el museo donde habitan sus ignorantes compañeros. Estos aparecen y desaparecen, un instante están al alcance de las manos del fugitivo y casi en seguida se esfuman.

El misterio envalentona al héroe, empujándolo a ensayar un acercamiento con la mujer que ama para salvarla de las garras del infame doctor Morel, quien la acosa con su insistencia amorosa todas las tardes a vista y paciencia del fugitivo.

"La invención de Morel", una alternativa loable para los que leen a Osho o "Cincuenta sombras de Grey".

“La invención de Morel”, una alternativa loable para los que leen a Osho o “Cincuenta sombras de Grey”.

Su sorpresa es mayúscula cuando, decido a jugarse toda la baraja por su gran amor, descubre que ni ella ni ninguno de los vacacionistas existen en realidad y que solo son imágenes proyectadas por un reproductor de cine, inventado por el monstruoso Morel para atraparse a sí mismo y a la mujer que tantas veces lo rechazó dentro de una película; esta, cuando las mareas suben, se pone en acción reproduciendo a la pareja unida para siempre. El doctor había descubierto la manera de hacer que lo amen eternamente aunque sea dentro de un filme.

El fugitivo opta entonces por hacer lo mismo y se graba superponiéndose en la cinta sobre la imagen del malvado inventor, salvando así a su amada de una eternidad espantosa, al tiempo que se condena él mismo a otra igual.

Bioy comprendía que el amor es una pasión que enceguece, empujando a los humanos a caer en pozos humillantes o encumbrándolos en cimas magníficas. Es una fuerza tal vez tan poderosa como la de la propia naturaleza, es quizá el único camino que nos queda, toda vez que la civilización se hunde en la guerra, la tiranía y la barbarie. El amor, parafraseando a Pessoa, nos hace caer en el ridículo, pero qué criaturas tan ridículas seríamos si no caemos en el amor.

Hasta aquí el texto de esta semana, los dejo antes de que mi novia me maltrate por llegar tarde a nuestra cita…

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