“Prefiero no usar etiquetas”

Alberto Chimal, escritor a secas

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Foto: Fabien Castro.

El 18 de noviembre de 2017 a las 11:35 de la mañana, Alberto Chimal cruzó la puerta del Centro Cultural Carlos Fuentes, filial del Fondo de Cultura Económica en Quito.

Aquel lugar huele a fantasmas. La casa de estilo neocolonial, terminada en 1940, fue, además de hogar del expresidente Galo Plaza (hombre tan lúcido que prefería ser futbolista antes que gobernante), sede de la Academia Diplomática y de la Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR).

Pocos parecen notarlo pero, con frecuencia, se escucha un ulular dentro de la casa. Tal vez solo es el viento colándose a través de una rendija, aunque nada sorprendería que se tratase de un fantasma como el de Baskerville, empeñado en espantar a los compradores de libros que importunan su descanso.

Una Catrina de Día de Difuntos, que se las había arreglado para sobrevivir a la inminente llegada de la Navidad, parecía aguardar el inicio de la charla que allí iba a liderar Alberto Chimal.

El escritor llegó con su mochila al hombro veinticinco minutos antes del inicio de su evento. Se lo veía agotado: era el tercer y último día de talleres y conferencias en los que participaba durante la Feria Internacional del Libro de Quito.

Un par de semanas antes, su libroLa ciudad imaginada” se reeditó en Ecuador con Editorial El Conejo, constituyéndose en el tercero del nuevo sello “Mademoiselle Satán”.

 

 

¿Editorial El Conejo te contactó?, ¿cómo inició tu relación con ellos?

Ellos me buscaron, lo cual les agradezco.

¿Cómo defines a La ciudad imaginada?

Es una colección de cuentos donde la ciudad y sus habitantes aparecen de diferentes maneras. Abarca cuentos escritos durante poco más de una década, y en cada país en que ha aparecido tiene un índice ligeramente distinto. Así que es un libro que se está transformando perpetuamente, más o menos como las ciudades.

¿Cómo es “la ciudad imaginada” de Alberto Chimal?

Puede tener muchas formas diferentes, puede ser intrincada y extraña, pero en años recientes, sobre todo, es menos injusta, menos desigual que las que tenemos en el mundo.

 

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Foto: Fabien Castro.

El escritor canceló en septiembre de 2017 un taller de escritura que tenía programado en Quito.

El 19, tres días antes del inicio, un terremoto de 7.1 grados de magnitud trastocó la vida de los mexicanos, en especial de los que viven en los estados de la zona central del país.

Chimal pospuso su viaje para cooperar en las tareas de ayuda a las víctimas. Sus redes sociales dejaron de lado los microcuentos y la literatura para dar paso a mensajes con pistas sobre los desaparecidos o recolección de vituallas para los damnificados.

 

Twitter, Facebook y otras plataformas han probado ser muy útiles cuando la humanidad enfrenta desastres naturales y políticos. ¿Fueron también un aporte valioso en México luego del terremoto o, más bien, contribuyeron a crear caos?

No, fueron una herramienta valiosísima. Muchas personas nos dedicamos a difundir y sobre todo a verificar información sobre las necesidades inmediatas de los equipos de rescate, incluso hubo una iniciativa ciudadana, @verificado19s, para sistematizar y ordenar la información que se iba recibiendo. Mucho de eso no se ve ahora porque los tuits con noticias y solicitudes urgentes no sólo se fechaban, sino que se borraban una vez que se satisfacía la necesidad del momento para evitar confusiones, pero miles de personas participamos en ese esfuerzo y podemos atestiguar lo ocurrido.

Alberto Chimal utilizó las redes sociales para captar la ayuda nacional e internacional, ¿cuál fue la respuesta, fue positiva?

Sí, por supuesto. Y como todas las otras personas que nos involucramos en ese esfuerzo, estoy agradecido por la respuesta que tuvimos, que fue muy positiva.

Los “trolls” usualmente aprovechan las crisis para lucrar como agoreros del desastre o jefes de propaganda de uno u otro político, ¿sucedió eso también en México?

Sí, y probablemente ocurrirá de nuevo este año, que nos tocan (ay de nosotros) elecciones presidenciales.

 

Alberto Chimal es un escritor multifacético, su prosa no evade tema alguno. De hecho, su logro más importante es que, sin importar si está narrando la historia de un crimen o de un aparecido, el lenguaje jamás pierde su fluidez y su poder de seducción: uno puede estar asqueado o fascinado por el relato, pero nunca se le ocurre abandonar el texto antes de concluirlo.

 

¿Alberto Chimal se siente escritor de literatura fantástica, de terror, de distopías o, más bien, un escritor a secas?

Escritor a secas. Me interesa mucho la imaginación fantástica en todas sus formas, pero las denominaciones a las que te refieres me resultan muy restrictivas y al menos aquí, en México, traen una carga de prejuicios culturales y de clase que han destruido las carreras de más de un colega. Prefiero no utilizar esas etiquetas o bien decir que empleo elementos de diferentes corrientes o variedades de narrativa, que a fin de cuentas es la verdad.

La explicación acerca de las cualidades de tu prosa, acaso se encuentra en los libros que lees, al fin y al cabo, el escritor es un resultado, entre otras cosas, de sus lecturas.

¿Cuáles son las predilectas de Alberto Chimal? Me refiero más a estilos que autores: ¿prefieres el ensayo, el cuento, la poesía?, ¿hay en México o fuera de allí un referente?

En tiempos recientes he empezado a leer muchos ensayos y artículos, no sé por qué. Pero lo esencial de mis lecturas sigue siendo la narrativa: el cuento y la novela. Me gustan mucho algunos autores a los que siempre vuelvo, desde Philip K. Dick hasta Jorge Luis Borges, pero siempre estoy tratando de encontrar nuevos textos.

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Foto: Fabien Castro.

Al bucear en Twitter y su página web, el lector se percata de que Alberto Chimal es un escritor muy interesado en las ventajas que ofrece la red.

No es extraño que publique microcuentos o invite a sus lectores a compartir los suyos con él y, a diferencia de otros autores, no utiliza el internet con el único objetivo de promocionarse, sino que está interesado en las posibilidades creativas y de colaboración que ofrece.

 

Alberto Chimal es muy activo en las redes sociales, especialmente en Twitter, ¿sientes que el internet está cambiando la forma de ver y entender el mundo?

Sí, y no siempre para bien. Los casos de las “burbujas informativas” y la llamada economía de la atención son muy preocupantes, por ejemplo.

Hace unos años era frecuente leer que los “e-books” acabarían con los libros de papel, sin embargo, no ha sido así. Pese a un despunte inicial en países como Estados Unidos o Inglaterra, la verdad es que las editoriales siguen dependiendo de la venta de las ediciones impresas, ¿la tendencia persistirá o, tarde o temprano, los bits suplantarán a la tinta?

Creo que los diferentes formatos convivirán y lo que cambiará será la jerarquía de las diferentes tecnologías.

¿La “web 3.0” ha minado a la literatura o, por el contrario, aporta a su desarrollo?

Creo que la comunicación digital, en principio, tendría que ser benéfica, pero también que las mayores aportaciones de la “web 3.0” a la literatura se dieron en la década pasada, cuando se asentaron las posibilidades de publicación y lectura que, a su vez, permitieron la aparición de muchas opciones nuevas para lectores y escritores. Esa época es la de innovaciones que van desde la microescritura en Twitter hasta las reseñas de libros en YouTube. Ahora la red se empieza a cerrar, entre censura de gobiernos y reglamentaciones abusivas de las grandes empresas, y el futuro es incierto.

Los blogs, Twitter y demás plataformas digitales ¿qué papel juegan en la literatura del siglo veintiuno?

Sobre todo se han convertido en parte del “ecosistema” de las relaciones sociales y comerciales en las sociedades de occidente y en mucha menor medida siguen proveyendo espacios de creación y lectura que de otra forma no existirían. Todavía no es seguro que las plataformas de hoy sigan existiendo indefinidamente, de modo que no puedo decir mucho más (aunque algunas, como Facebook, claramente apuntan a quedarse para siempre, como parte de una especie de nuevo orden mundial de entidades a-nacionales sumamente poderosas).

Los tuits, por lo general, nacen, se leen, se plagian o retuitean y luego desaparecen. En esa medida, ¿es posible convertirlos en “Literatura”, ese arte que lucha desesperadamente en contra de lo perecedero? ¿Los tuits pueden transformarse en algo más que balas efímeras de ingenio?

Claro que sí. Los modos habituales de la escritura en Twitter, igual que en otras redes, tienden a lo efímero, al gracejo rápido, pero no tiene que ser así. El medio podrá ser el mensaje, pero no viceversa.

¿Podría ser el internet ese libro de arena, imaginado por Borges, “que no tiene principio ni fin”?

Eso era la web de los años noventa. Las metáforas de infinitud y multiplicidad sin restricciones no son las que rigen las redes sociales de hoy, justamente por lo que dices en la primera parte de la pregunta anterior.

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Foto: Fabien Castro.

Al terminar la charla en el Fondo de Cultura, Alberto Chimal toma su mochila y se prepara para ir al último evento que tiene programado en Quito.

Echa un último vistazo a la pileta y al jardín del Centro Cultural. La construcción neocolonial parece empeñada en contarle los romances de los espectros que la habitan, pero calla. Su capricho es el silencio.

Poco después de que el escritor mexicano cruzó la puerta de la vieja casona, la Catrina se despegó de su altar, cayendo al suelo con violencia. El responsable de aquel suicidio quizá fue el viento que ulula de vez en cuando en los salones del Fondo de Cultura o tal vez fue el fantasma del presidente futbolista. ¿Quién sabe?

 

¿Qué proyectos tiene Alberto Chimal para el 2018? ¿Nuevos libros, viajes?, ¿tal vez algún concurso de “cuentuitos”?

Siguen los concursos de cuento brevísimo de mi sitio, Las Historias (www.lashistorias.com.mx). Además, mi esposa (Raquel Castro, también escritora) y yo estaremos publicando diferentes materiales de un proyecto de apoyo a la creación que llamamos #Escritura2018, por ejemplo en nuestro canal de video (www.youtube.com/AlbertoyRaquelMX). Aparte, en la segunda mitad del año aparecerá Manos de lumbre, un nuevo libro de cuentos, que publicará la editorial Páginas de Espuma en España.

 

Carta del señor Darcy

(Lea este artículo también enla web La Casa Ártica.)

Queridos lectores:

 

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Tristán e Isolda (verdadero romance) por Rogelio Egusquiza

¡Cuántas cosas se han dicho y se dirán sobre el amor! Tal vez todas se parecen y es que ya se ha dicho tanto…

Prefiero hablarles de las novelas de romance. Escogí el nombre sugerido por Guillermo Cabrera Infante porque novela rosa o novela romántica me suene a dislate.

Para mí, las novelas, hablen de amor o de muerte, se publican sobre papel blanco. Rara vez he visto alguna con hojas de colores diferentes.

Es verdad que las tapas, ahora especialmente, pasan del magenta al negro con la misma facilidad que un político deja de ser honesto para convertirse en corrupto. No creo, sin embargo, que los colores sean apropiados cuando se resume un contenido, toda vez que el rojo puede usarse tanto para simbolizar el amor como la muerte.

Por otro lado, la novela romántica es el nombre con el que los doctos doctores se refieren a la literatura escrita durante el periodo del Romanticismo, en los siglos dieciocho y diecinueve.

Si bien es cierto que las historias escritas durante este tiempo solían tener cargas poderosas de amores frustrados y pasiones incontrolables, no sería justo decir que los europeos nos pasamos setenta años escribiendo melodramas… como Jane Austen.

Pasadas estas precisiones antipáticas, tan naturales en alguien como yo, el señor Darcy, es correcto que definamos cuáles creo que son las características de una novela de romance:

Uno punto y raya: debe haber besos.

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Ni Jane Austen lo conoció…

Dos punto y raya: la historia debe estar centrada en dos personas dispuestas a enfrentar una serie de obstáculos para estar juntas. La idea es que el amor siempre se abre camino y el libro debe comprobarlo.

Tres punto y raya: hay un final feliz. ¿Si el amor no vence qué clase de amor es?

Cuatro punto y raya: siempre hay buenos y malos. Los malos pierden al final y los buenos triunfan, resumiéndose esta victoria en la recompensa de amor eterno, justo, leal, dulce, maravilloso, perfecto, etcétera, etcétera, etcétera.

Esta estructura puede sonar a cliché, pero tiene sentido. Incluso una misteriosa logia llamada Romance Writers of America ha escrito un canon que incluye ingredientes parecidos a los mencionados (se puede consultar en su página web).

La novela de romance se ha cruzado siempre con otras variedades como la ciencia ficción, el terror y el erotismo. Los resultados a veces se ven como Frankenstein o la loca del muelle de San Blas.

Imagínense los poderosos logros económicos que consigue una editorial mezclando naves espaciales, mundos destruidos, látigos, esposas de terciopelo y besos franceses.

Pero existen historias de amor que no siguen este esquema, me dirán ustedes. Es verdad, precisamente de esas quiero hablarles.

El amor no es tan fácil como decir “vine, vi y vencí”. Hay romances insatisfechos, rechazos, engaños… De manera que reducir una trama a un simple “inicio, nudo y final” es imposible.

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Cumbres borrascosas by Luis Buñuel

Para ejemplificarlo acaso podríamos recurrir a tres novelas muy diferentes, pese a que el amor es el eje más o menos explícito: Cumbres borrascosas, Fiesta y La invención de Morel.

En el primer libro tenemos la historia de un hombre que decide vengarse de las familias que lo rechazaron, incluida la de la mujer que amaba, pero que lo abandonó para casarse con otro. El odio es tan poderoso que alcanza no solo a su generación, sino a la siguiente.

La novela, con los años, se convirtió en una referencia de la literatura inglesa, sin embargo, al principio fue vista con escepticismo por los críticos, especialmente por su estructura, tan poco frecuente en los libros de aquella época.

Se trata de un relato que usa la técnica de la matrioska o caja china, es decir que una historia contiene a otra.

Hay elementos que hacen de esta novela una pieza muy original: la estructura, el tema del odio (capaz de destruir a varias generaciones) y el escenario.

Las descripciones de las tierras de Yokshire y el paralelo que hace entre su clima y los sentimientos de los personajes son propios de un pintor impresionista.

Por otro lado, Fiesta de Ernest Hemingway cuenta la historia de dos personas que se aman profundamente, pero se rehúsan a estar juntas.

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Hemingway optó por el título “The sun also rises” porque el sentido taurino de “Fiesta” no lo comprendería el público estadounidense.

Casi durante sesenta páginas, en las que nos hemos topado con un desfile de borrachos, prostitutas, toreros y soldados de la Primera Guerra Mundial, no tenemos la menor idea del porqué estos dos espíritus se frustran y se embriagan, pero no hacen el amor.

Después, se revela un secreto terrible, de la época de la Gran Guerra, que impedirá el triunfo del amor.

Él se resigna a amarla en silencio. Ella a buscar en otros hombres lo que perdió en él.

Ambos están condenados al fracaso.

La estructura de la novela es crucial. La técnica del “dato oculto” hace que una historia aparentemente trivial de expatriados estadounidenses en París se transforme en un drama opresivo y frustrante.

Por último, La invención de Morel de Adolfo Bioy Casares es una novela de ciencia ficción, pero también de amor imposible.

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Bioy Casares era un entusiasta del cine. En esta novela se evidencia cuánto…

Al principio, el narrador – protagonista parece conducirnos a través de los derroteros de un relato fantástico hasta que aparecen una mujer y un rival perverso.

El héroe se empeña en salvarla, sin embargo, su abulia lo obliga a posponer cualquier acción.

Cuando finalmente decide intervenir se da cuenta de que es imposible porque la ciencia, Dios y el hombre están en su contra.

El descubrimiento lo transforma. El otrora cobarde “náufrago” se condena a una eternidad al lado de la mujer que ama. De ninguna manera, hay un triunfo del amor.

Solo el lector de la novela podrá comprender el sentido de este absurdo.

Bioy Casares era playboy, millonario y gran escritor. Tres cosas que yo, mister Darcy, jamás llegaré a ser.

Quizá en su carácter estaba la respuesta a la paradoja que nos plantean estas novelas: se puede tener a todos los amantes del mundo, mas, en la medida en que no sintamos la plenitud individualmente, siempre quedarán el vacío y la insatisfacción.

2da. Mención Cuento Fantástico Concurso Equinoccio: “El sueño de la suerte”

Ron Mueck: "Máscara II"

“Máscara II” de Ron Mueck. Ilustración que acompaña a este relato publicado en la página CIENCIA FICCIÓN EN EL ECUADOR de Iván Rodrigo Mendizábal.

 

Por José Luis Barrera 

kirdzhali@gmail.com; hemingway_b@hotmail.com

2da. Mención, categoría Género Fantástico, I Concurso Equinoccio Ecuatoriano de Ciencia Ficción

(“Reblogueado” del sitio Ciencia Ficción en el Ecuador)

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José Luis Barrera. Nació en Quito el 16 de agosto de 1983. Participó en los Talleres Literarios de la Casa de la Cultura Ecuatoriana bajo la dirección del poeta Diego Velasco. En el año 2011 publicó un libro de relatos, El espejo de Mambruk (K-Oz), muchos de los cuales fueron escritos como parte de los ejercicios del taller. Otros de sus textos han sido publicados en antologías como Minimal (Efecto Alquimia, 2011). Actualmente mantiene un blog de literatura y humor titulado La rue Morgue.

(Originalmente publicado en el blog del escritor Fernando Naranjo Espinoza, Panóptico Galería Naranjo, Guayaquil, el 7 de mayo 2015)

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Benito Adolfo Gutiérrez fue entusiasmadísimo a la Conferencia de Jóvenes Naturalmente Estudiantes – COJONES –, en Ignorancia, la capital de la República de Estulticia, pero la primera ponencia era tan aburrida que se quedó dormido y no pudo volver a despertarse. Sus amigos probaron primero dándole ligeros empujones, luego violentos; echándole agua helada y caliente o propinándole puntapiés en la cara y en los genitales. Todo fue inútil: el otrora estudiante mediocre de Sociología de la Universidad Católica con aficiones políticas parecía un muerto; su cuerpo estaba completamente tieso y solo por sus ronquidos se podía alegar que la vida aún lo animaba.

La madre, una viuda de escasos recursos que había conseguido una beca para su vástago gracias a su empleo como jefa de limpieza de la universidad, clamó por ayuda para repatriar a su bello durmiente; nadie escuchaba sus ruegos, ni sus jesuíticos jefes ni los pocos familiares que la mujer tenía en Manabí. El drama estaba cobrando proporciones desastrosas porque un ministro de Estulticia dijo que: “la patria no puede hacerse cargo de un bulto que no es suyo”, ordenando que las autoridades policiales abandonasen al dormido en aguas internacionales si ninguno de sus compatriotas se hacía cargo de él en el transcurso de máximo setenta y dos horas.

El incidente se zanjó cuando el canciller ecuatoriano intervino ordenando que se sacaran fondos del erario nacional para repatriar al estudiante dormido “con el fin de que pueda reposar en el seno materno”.

La llegada de Benito Adolfo Gutiérrez a Quito fue un acontecimiento mediático de primer orden. La prensa local y extranjera se había dado cita en el nuevo aeropuerto de Tababela a las once en punto; sin embargo, no pudieron presenciar el arribo del avión hasta pasadas las doce por culpa del dios Eolo, quien tiene su mansión justo en esa zona del Ecuador.

La compuerta de pasajeros se abrió cuarto de hora antes de la una y, para decepción de los periodistas y de los curiosos en general, el dormido no hizo acto de presencia. Ante los gritos de protesta y enojo del público, tuvo que emerger de la aeronave el piloto para informar que Gutiérrez los estaba esperando en la sala de recepción de equipajes, pues él y su cama habían viajado con el resto de maletas.

Una multitud echó a correr en dirección de aquella sala encontrándose con una cama no mucho más grande que un ataúd en la que el joven de veintitrés años y piel cetrina reposaba plácidamente, ajeno a la gente y al ruido del aeropuerto. Las personas permanecieron estáticas frente al dormilón esperando quizá una reacción, mas, de repente, alguien los sacó de su éxtasis gritando: “¡es el Presidente!”

En efecto, en ese instante el primer mandatario se abría paso entre la multitud ayudado por sus cientos de miles de guardaespaldas y, levantando las manos para pedir que hicieran silencio, se puso a improvisar un hermoso discurso en el que se exhortaba a la juventud a seguir el ejemplo del joven Benito Adolfo Gutiérrez, “quien lucha incansablemente para mantener su sueño y al que ni las fuerzas anti–latinoamericanas lograrían someterlo a una vigilia vergonzosa”.

La gente allí reunida estalló en aplausos y luego voltearon a ver al estudiante con la esperanza de que aquel discurso hubiese tenido algún efecto sobre él. Este solo roncó. De todas maneras, el público luego de unos segundos de estupor bramó regocijado: era la pieza oratoria más excelsa de la historia.

Los alaridos de admiración y los aplausos no cesaron ni después de quince minutos y yo escuché que el presidente de la República, mientras salía discretamente, le ordenaba a uno de sus guardaespaldas que le pusiera “el ojo a ese mocoso porque puede cortar una pata del solio presidencial para que me vaya a la mierda…”

De la noche a la mañana, Gutiérrez se transformó en una celebridad. Lo invitaban a los programas de entrevistas serios y los no tan serios, le aparecieron amantes que él nunca había conocido e hijos que jamás engendró; incluso en una localidad de la provincia de Riobamba lo nombraron santo, endosándole milagros como curar ciegos o embarazar vírgenes sin tocarlas. Los empresarios nacionales también salieron beneficiados por la aparición del “Bello Durmiente” –como lo llamaban los periodistas en general desde su llegada a Quito–, manufacturando una gama de productos con su imagen que iban desde las camisetas y los “jabones para zonas íntimas” hasta unos cereales edulcorados que pretendían aniquilar el monopolio de Kellogg’s.

La madre de Benito Adolfo Gutiérrez, sin embargo, continuaba viviendo en medio de la pobreza sin que jamás hubiera visto un céntimo de toda la fortuna que hacían otros a costa de su hijo.

A este, por otra parte, los políticos, ávidos por conquistarlo para su bando, lo mantenían a cuerpo de rey sobre su cama aunque él solo respondiera con un ronquido despectivo a cualquier intento de seducción.

Si bien los placeres del poder no parecían llamar su atención, los de la carne sí: en varias ocasiones, damas de toda clase y reputación fueron sorprendidas saliendo de su cuarto en el Hotel Majestic –donde un miembro del partido de gobierno lo había encerrado en su anhelo de atraparlo para las próximas elecciones– y no era infrecuente que estas se enfrascaran en auténticos combates gatunos si es que se cruzaban en alguno de los pasillos.

Cierta mañana una comisión de miembros de un partido –cuya ideología era de derecha izquierdista central– se presentaron en la habitación de Benito Adolfo Gutiérrez con la propuesta de convertirlo en el próximo presidente de “la malhadada República del Ecuador”. Con un discurso lleno de circunloquios y palabras ridículamente anacrónicas le hicieron ver al durmiente que su participación representaba un hito en la historia de la patria y que no había existido desde los tiempos del general Eloy Alfaro una figura tan decisiva y con un porvenir tan brillante como el suyo. El homenajeado roncó y los políticos tomaron aquello como una aprobación sin condiciones.

A partir de ese instante el estudiante dormido y su cama fueron traslados de un rincón a otro de la República en el balde de camiones vetustos donde quedaba cubierto de esmog y, de vez en cuando, de lluvia, tierra y piedras.

El sueño de Gutiérrez, sin embargo, permanecía imperturbable. Sin importar si lo colocaban en el escenario de algún teatro de la gran ciudad o en una tarima rodeada de gallinas cluecas en medio de un pueblo de cuyo nombre nadie ha querido acordarse, el “Bello Durmiente” no daba la menor señal de vida, excepto por sus fuertes… fuertísimos ronquidos.

En un caserío de la costa ecuatoriana alguien le preguntó por un plan de contingencia en el caso de que se produjera una sequía como la que el año anterior que aniquiló a los cultivos de arroz.

—¡AAAAAAARRRRRRRRR! – fue la respuesta.

En la capital le averiguaron su opinión sobre el nivel independencia que deben mantener los gobiernos seccionales con respecto del gobierno central.

—¡AAAAAAAAAARRRRRRRRRRR! ¡AAAAAARRRRRG! – contestó el interpelado.

En un mitin de los candidatos de la lista para asambleístas clamaron por su intervención.

—¡AAAAAAAAAAAAAARRRRRRRRRR! ¡AAAAAAAAAAAAAARRRRRRGG! – dijo el candidato estrella una vez más.

Y así la campaña transcurrió entre ronquidos, bostezos y cabezadas; ¡nunca había sido tan lúcida la política ecuatoriana como durante esos meses!

Cierto día la prensa gobiernista amaneció con una noticia a siete columnas y en primera página: “LOS ESTUDIANTES ESTÁN HARTOS DE LA DEMAGOGIA: SE ANUNCIA EL AMANECER DEL DURMIENTE”. El texto informaba que un grupo de universitarios, cansados de la campaña de Benito Adolfo Gutiérrez boicotearían un evento en el teatro de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central, sacando a la luz “los trapos sucios de ese corrupto”. En seguida el Presidente de la República proclamó su apoyo irrestricto a esos valientes defensores de la patria.

Sin embargo, durante los primeros treinta minutos del acto, los ronquidos armónicos del “Bello Durmiente” no fueron interrumpidos por nadie y muchos supusimos que esa publicación era el último intento de la Secretaría de Comunicación por vencer a un rival que las encuestas daban por ganador indiscutible.

Cuando la catarata de ronquidos iba a finalizar una muchacha lanzó un zapato contra el candidato de la derecha izquierdista central y, acto seguido, hicieron lo mismo treinta estudiantes, dejando a Gutiérrez literalmente sepultado bajo el cuero.

Sus coidearios se apresuraron a sacarlo, descubriendo consternados que el “Bello Durmiente” finalmente había despertado.

El despertar de un buen sueño transforma a la realidad en pesadilla y para Benito Adolfo Gutiérrez esa fue una realidad terrible: de la noche a la mañana pasó de ser una celebridad, un político brillante y el mejor amante del mundo a un donnadie. Todo su carisma había desaparecido con su despertar y la gente lo rechazaba, su popularidad se fue a pique y sus coidearios optaron por cambiar a su candidato presidencial.

Naturalmente fracasaron y el gobiernista, que criticaba la posición de derecha izquierdista central de su contendiente desde su línea de izquierda derechista central, avasalló a la oposición sin problemas.

Mientras tanto, el ex –“Bello Durmiente”, destrozado por su fracaso, buscaba refugio en las drogas y el licor, aunque nada parecía satisfacerlo.

Las mujeres ahora no solo que lo ignoraban, sino que le huían asqueadas, y tanto políticos como viejos amigos hacían lo posible por no cruzarse en su camino.

Una noche lo encontré en un bar ahogando sus penas con aguardiente.

—¿No quiere un trago? —me dijo con tono plañidero.

En otras circunstancias me hubiese negado, pero un ídolo en desgracia es un tema que mueve a la curiosidad. Me contó, pensando que no lo reconocía, toda su historia –fragmentaria para él gracias a su largo sueño– y, al final, dijo que barajaba la posibilidad del suicidio.

—No es justo que me pase esto; desde niño aspiré a la fama y el éxito y cuando por fin los conseguí ni siquiera pude disfrutarlos porque estaba dormido; es como un sueño o peor, porque esos, al menos mientras duran, proporcionan placer… ¡Yo no me acuerdo ni de las mujeres que me tiré!

Bebimos hasta las cuatro de la mañana, luego el cantinero nos echó.

—¡Me largo, ya es hora de que me vaya a dormir!

Su tono me hizo pensar que había tomado una decisión fatal e intenté disuadirlo, pero él me rechazó alegando que era incapaz de comprenderlo. En seguida se fue dándome un empujón.

Lo seguí. Parecía que caminaba sin un rumbo fijo, tambaleándose por la borrachera. De pronto, nos metimos por una callejuela que iba a dar en la loma del Itchimbía y, aún con el cerebro nublado por el aguardiente, me puse a reflexionar. ¿Vivía él allí? ¿O quizá su madre?

Mientras divagaba arribamos a una zona donde a un lado de la calle se encontraba un barranco. Comprendí todo: pretendía despeñarse.

—¡Deténgase!

—¡No se meta, pendejo! —exclamó, al tiempo que echaba a correr en medio de la calle—. ¡Es mi vida…!

En ese instante escuché una sirena, alcanzando apenas a lanzarme sobre la vereda antes de que una ambulancia, que bajaba de lo más alto de la loma a toda velocidad, me arrollara. Benito Adolfo Gutiérrez, en cambio, fue impulsado al menos unos veinte metros antes de caer al asfalto dando tumbos. Murió al instante.

Esa noche pasé en un retén policial rindiendo declaraciones, mientras una escritora de cierto periódico sensacionalista costeño –único medio interesado en la historia– me miraba de vez en cuando con expresión de repugnancia y apuntaba en su libreta lo que yo o el gendarme decíamos. Alcancé a leer en una de las hojas: “Posible título: ‘OTRO ALCOHÓLICO QUE NO DESCANSARÁ EN PAZ’ ”.

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“Ruco”. Ilustración de Fernando Naranjo, organizador del concurso, para el cuento, originalmente publicado en su sitio PANÓPTICO GALERÍA NARANJO.

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ACTA DEL JURADO DEL I CONCURSO ECUATORIANO DE LITERATURA FANTÁSTICA Y CIENCIA FICCIÓN EQUINOCCIO 2014

El día 21.03.2015, en Guayaqui, República del Ecuador, Fernando Naranjo, co-organizador de la Tertulia Guayaquileña de Ciencia Ficción, Fantasía y Terror y coordinadora del Concurso Equinoccio, recibió y contabilizó el puntaje enviado por el jurado del I Concurso Ecuatoriano de Literatura Fantástica y Ciencia Ficción Equinoccio, conformado por (en orden alfabético):

Laura Ponce, República Argentina

José Miguel Sánchez “YOSS”, Cuba

Fernando Naranjo Espinoza, Ecuador

Tras la preselección de un total de 43 cuentos de fantasía y de ciencia ficción enviados a este buzón, se llegó a un total de 3 finalistas para cada modalidad. Dando como resultado el siguiente veredicto:

CATEGORÍA CIENCIA FICCIÓN

Ganador: YA NADIE CREE EN SUPERHÉROES / Daniel F. Benavides Cornejo (danielbenavides@gmail.com)

1era. Mención: EL MECÁNICO / Antonio José Zapater Cardoso (dys_ec@yahoo.com)

2da. Mención: BOTONES ROTOS / Dumany Omar Chapi Enríquez (paul_renato32@hotmail.com, donomardelamancha@gmail.com)

CATEGORÍA GÉNERO FANTÁSTICO

Ganador: LA TRAVESÍA DEL ALMA / Bryan Andrés Pico Mayorga (andres.beak@gmail.com)

1era. Mención: HUGO, NUESTRO ROJO SEÑOR / Gabriel Noriega Ormaza (gabriel.nrg@gmail.com)

2da. Mención: EL SUEÑO DE LA SUERTE / José Luis Barrera (kirdzhali@gmail.com; hemingway_b@hotmail.com)

Agradecemos a todos los escritores presentados su participación e interés y les invitamos a posteriores ediciones de este concurso. Agradecemos también especialmente a Raúl Aguiar de Cuba, quien colaboró efectivamente en la etapa de motivación para la estructuración de este concurso.

Guayaquil, 21.03.2015

Fernando Naranjo Espinoza

Co-Organizador de la Tertulia Guayaquileña de Ciencia Ficción, Fantasía y Terror

Coordinador General del I Concurso Ecuatoriano de Literatura Fantástica y Ciencia Ficción Solsticios

Trasplante de gato

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Julián se despertó en el cuerpo del gato a eso de las tres de la tarde. La operación había durado cinco horas y varias veces estuvo a punto de morir en el quirófano, sin embargo siempre logró superar las crisis.

La idea la tuvo Carmen, una chica que lo rechazaba porque no era “tan dulce como un gato”.

Cierta mañana, le dijo que había visto en la televisión la historia de un médico de Kazajistán que estaba realizando en el país trasplantes de conciencias humanas a cuerpos de perros, burros, vacas, ovejas, etc.

Nadie sabe a ciencia cierta cómo funcionan aquellas operaciones, tampoco importa. El caso es que Julián terminó en el cuerpo de un gato persa de color marrón.

Pasado el tiempo de recuperación, Carmen llevó a su novio/mascota a su casa y el sueño de este se hizo realidad: ella le hacía caricias, le daba de comer y le permitía dormir a su lado.

Las primeras semanas fueron de ensueño. Ambos estaban completamente enamorados, aunque a veces surgían pequeños problemas, por ejemplo: Julián detestaba usar el arenero en vez del retrete y comer bolas con sabor a pescado y no bistec. De todas maneras, el amor lo sanaba todo.

Sin embargo, los líos empezaron precisamente por culpa de la pasión. Una noche, Carmen estaba dormida y su novio/mascota despertó de pronto, víctima de una libido insoportable. Se puso cariñoso, lamiendo la cara, el cuello y el pecho de la muchacha, sin lograr que despertase, pero, cuando intentó encaramarse sobre el pubis, el sueño dio paso a un alarido y un golpe. El gato Julián salió disparado, estampándose contra la pared.

Ese fue el fin de la luna de miel. Carmen, otrora muy cuidadosa, empezó a “olvidarse” que debía ponerle alimento, primero a la hora del desayuno, después en el desayuno y el almuerzo y finalmente durante todo el día.

No le permitía dormir en su cama y se encerraba en su habitación o a veces ni siquiera iba a dormir en casa.

El novio/mascota hizo lo posible por recuperar a Carmen, mas fue inútil. Ella no quería saber nada del “gato degenerado”.

Julián comprendió que solo quedaba una alternativa: buscar al médico para que le devolviese su cuerpo.

Escapó de la casa de Carmen y caminó casi hasta el amanecer buscando al médico, quien lo recibió furioso – no se levantaba antes de las diez, salvo que tuviera que hacer alguna cirugía –, aunque se calmó pronto ante la perspectiva de experimentar nuevamente sobre el gato Julián.

Admitió que jamás había intentado devolver la conciencia a su cuerpo original, pero que si el paciente estaba dispuesto a correr el riesgo y, sobre todo, los gastos – ¡elevadísimos! – lo intentaría. Julián aceptó.

La segunda operación duró el doble que la primera, pero fue un éxito o casi porque desde ese día Julián – con su cuerpo completamente humano – ya no tiene problemas para usar el arenero en vez del váter.

Los pasteles de Alicia

El mapa del mundo de Alicia. Descárguelo gratis aquí.

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No conocí a Alicia en el País de las Maravillas, sino en su colegio. Yo había conseguido empleo como profesor de escritura creativa y uno de los cursos que me asignaron fue el suyo. Desde el primer día sentí atracción hacia ella, acaso por su halo de fatalidad – estaba tratando de recuperarse de la adicción a los pasteles que hacen crecer, vicio, según las psicólogas del Departamento de Orientación, que resultó de los “avances poco decorosos” de su tío, el diácono Carroll, durante la infancia – que le daba un aire de “nínfula” de novela de Nabokov.

Alicia y su novio de la adolescencia.

Alicia y su novio de la adolescencia.

Supe por otros profesores que las tragedias de Alicia no terminaban con su adicción y su pasado sórdido, pues vivía con un sombrerero, pariente suyo, que había enloquecido después de que su negocio de venta de panamás se fue a la quiebra por culpa de las fábricas centroamericanas y que ahora se dedicaba a gastar su dinero en alcohol y prostitutas, llegando borracho casi todos los días a casa para concluir la jornada con sesiones de diverso contenido en compañía de la muchacha.

Ante ese escenario, procuré que la literatura fuera un medio de escape, pero lo cierto es que Alicia tenía más interés en las matemáticas, a las que se dedicaba cada vez que salía de una nueva ingesta de pasteles para crecer. Los números, me explicó, eran su único consuelo para la depresión que le ocasionaban su adicción y el sombrerero loco.

— Quiero encontrar la cuadratura del círculo – me dijo –. ¡Mi tío, el diácono, murió intentándolo, profe!

Yo la escuchaba entre fascinado y compasivo.

Cierto día, salí del colegio cuando el sol ya se había puesto y cerca de la parada del autobús que utilizaba para volver a casa, encontré a Alicia.

— ¿Se siente bien?

Alicia acompaña a la presidenta de la Asamblea Nacional del Ecuador durante una de las más movidas sesiones del plenario.

Alicia acompaña a la presidenta de la Asamblea Nacional del Ecuador durante una de las más movidas sesiones del plenario.

Me miró con ojos enrojecidos y saltones. Supuse que había consumido pasteles y decidí llevarla a mi casa. Durante el camino dijo miles de incoherencias sobre conejos parlanchines y reinas de baraja. No entendí nada ni quise hacerlo, solo pensaba que era un caballero de armadura brillante y que la “nínfula” algún día – tal vez no ese, pero otro no muy lejano – sabría agradecérmelo.

Mientras la recostaba en mi cama, Alicia pareció tener un minuto de lucidez y me propuso probar los pasteles.

— Aún me queda uno, podemos compartirlo – sus ojos vidriosos me desarmaron.

Ella partió el pastel y me dio una mitad. Ambos engullimos la droga con sabor a vainilla y aunque al principio no sentí nada, con el transcurso de los minutos mi cuerpo sufrió una serie de mutaciones que me llevaron a tener la cabeza, las manos, los pies y, al final, el torso entero de dimensiones descomunales. Rompimos el techo y las paredes con nuestros cuerpos, cayendo luego en un sueño profundo.

Cuando desperté, los dos habíamos vuelto a la normalidad. Sentí sed, cansancio y tristeza, sin embargo, desde entonces no puedo parar de consumir los pasteles y siempre los acompaño con un licor que empequeñece.

Alicia y yo pasamos los días juntos, entre la menudencia y el gigantismo, convertidos en monstruos que intercambian ecuaciones y poemas de significado críptico para todos excepto nosotros.

Lea también este cuento en el blog de la Ciencia Ficción en el Ecuador de Iván Rodrigo..

Hombres sin relleno

"Aquí, buscando el alma de esta mujer".

“Aquí, buscando el alma de esta mujer”.

El médico nos explicó que el procedimiento que iban a practicarle a Carla lo usaron durante la Segunda Guerra Mundial. Médicos del partido nazi fueron los pioneros en este tipo de intervenciones y, pese a eso, actualmente es una práctica aprobada por la Organización Mundial de Salud.

El médico pidió que nos mantuviéramos calmados y le dijo a Carla que la cirugía no era riesgosa.

Se ofreció, luego, a mostrarme la sala donde se recuperaban los pacientes con enfermedades análogas.

— Usted, mientras tanto, descanse – le dijo a ella.

Salimos de la habitación. Yo ni siquiera entendía a fondo el procedimiento al que iban a someter a Carla y cada vez que le pedía al médico que me explicara, este me arrojaba una catarata de palabras incomprensibles en tono neutro y exasperante.

En la sala de recuperación había un baño y seis camas sobre las que reposaban pacientes pálidos, casi transparentes.

El médico me condujo hacia uno de ellos, explicando con una sonrisa que se trataba de su mayor éxito. Aquel hombre permanecía con los ojos fijos en el techo; la delgadez, su piel pálida y las ojeras le daban el aire de un muerto viviente.

Saludamos, pero la única contestación fue un silbido nasal.

— No es nada… Todo procedimiento médico es invasivo, ¿comprende?

Mi guía se justificaba igual que un colegial al que atraparon cometiendo una falta.

— ¿Quedan cicatrices?

— ¡Oh, no, no! Bueno, nada fuera de lo normal…

Exigí ver alguna.

El médico recuperó repentinamente la calma y haciendo un gesto con el brazo, me señaló una puerta al fondo de la habitación.

— ¡Pase, pase! Allá está el paciente.

Entramos.

Sentí un escalofrío. En el rincón donde casi no llegaba la luz, una mujer dormitaba cubierta con una manta de la que solo sobresalía su cabeza.

El médico la destapó. Mis ojos, al instante, se posaron sobre el pecho de la enferma, observando un corte que iba desde el cuello hasta el pubis, al tiempo que varias tenazas de metal mantenían separada la piel.

Quise vomitar.

— ¿Y el corazón, las vísceras? – alcancé a decir.

— Congelados, no podemos ponerlos hasta extirpar el alma… Es que está debajo de todo, ¿sabe?

Las náuseas se hicieron insoportables. Eché a correr, iba a ir al baño, pero me detuve al recordar que Carla se encontraba sola. Tenía que sacarla antes de que le quitaran el alma.

Al llegar a su habitación, encontré a una enfermera.

— ¿Dónde está? ¿Qué le hicieron?

— ¿Quién? ¿De qué habla?

— ¡De Carla!

— ¡Ah, la enferma! Hace diez minutos que la llevaron al quirófano – me dijo con indiferencia.

Viaje a la ciudad de los apestados

Un piadoso sacerdote alimentando a los famélicos en la Edad Media (¿?). (Imagen tomada de La guía 2000.)

Un piadoso sacerdote alimentando a los famélicos en la Edad Media (¿?). (Imagen tomada de La guía 2000).

Los viajes a Quito por turismo se terminaron en el 2121 y la ciudad se cerró definitivamente a cualquier clase de extranjeros en el 2134 con el estallido de la peste.

Fui parte del primer y único grupo de periodistas que consiguieron la autorización de Su Excelencia El Caudillo Omnipotente de la Izquierda Revolucionaria de Derecha para atravesar los muros de la otrora capital del extinto Ecuador.

Con el último brote de la peste de risa, el Jerarca y su corte decidieron trasladarse a la isla Fernandina en Galápagos, dejando la orden de cercar a la ciudad y a sus habitantes con un muro de concreto de cuarenta metros de alto. El único acceso es a través de una puerta que se encuentra al norte de la urbe y que no puede ser atravesada sin la autorización de la monarquía anticonstitucional.

Es un privilegio y, a la vez, un peligro terrible entrar en Quito. La peste de risa, según cuentan los cronistas, convirtió en payasos a más de trece millones de seres humanos en el año 2015 – durante el primer brote del que se tiene registro –. El origen de la plaga es todavía un misterio, pero los epidemiólogos creen que el “paciente cero” fue un funcionario de gobierno que se dedicaba a armar planes quinquenales de desarrollo.

El reloj no había marcado las siete de la mañana y nuestro coche ya estaba parqueado fuera de la oficina de control en la entrada de la ciudad. Nos recibió un guardia corpulento y de rostro adusto que, sin prólogos ni diplomacia, ordenó que le entregáramos nuestros documentos y la carta de autorización firmada por El Caudillo.

— No pueden entrar – dijo con fastidio.

— Pero hay una orden…

— Sí, pero esta carta puede ser falsa, así que debo confirmar los datos.

Nos informó, además, que bajo ningún concepto podríamos movernos de la oficina, pues, de comprobarse la falsedad del documento, quedaríamos bajo arresto.

El oficial dio la orden de vigilarnos a un par de militares, encerrándose, luego, en su despacho con una secretaria que apareció detrás de no sé qué puerta. Luego escuchamos risas, frases amorosas y crujidos de muebles.

Los guardias permanecieron en silencio, ignorándonos e ignorándose.

— ¿Nunca han entrado? — preguntó Álex, el fotoreportero.

Silencio.

Cantantes de reguetón medievales (imagen tomada de Planeta Sedna).

Cantantes de reguetón medievales (imagen tomada de Planeta Sedna).

— Debe ser muy solitario pasar día y noche en esta casucha, en la ciudad seguro que hay mujeres…

— ¿Y el precio? ¿Morir de risa? ¡No me joda! – dijo uno –. Si nos contagian, no podríamos salir de nuevo.

Sentí un escalofrío, nunca había barajado esa posibilidad. El anhelo de conocer la ciudad de mis ancestros hizo que olvidara el peligro.

No se volvió a pronunciar una palabra durante una hora. De repente, el oficial, con el rostro lívido, salió del despacho.

— ¡La peste! – dijo, mientras cerraba la puerta con seguro –. ¡Estamos jodidos!

Los soldados nos miraron con odio. Para ellos, todo era por nuestra culpa.

— ¡Fusílelos, mi teniente! – dijo uno, pero no tuvo tiempo de actuar. Una carcajada, luego otra y finalmente un torrente de ellas lo hicieron caer al piso.

Nos miramos con terror. El teniente, que iba a dar alguna orden, cayó fulminado por un ataque de risa, luego el otro soldado y, al final, Álex. Los cuatro hombres se revolcaban en el piso y, minutos después, lloraban por la tristeza de ser felices.

Abandoné el lugar a toda prisa. Con el tiempo, el miedo aplacó los remordimientos.

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