Biografía apócrifa: ESQUIZIUDADES

Esquiziudades“, publicada en noviembre de 2018 por el Núcleo Pichincha de la Casa de la Cultura Ecuatoriana.

Los escritores, escribidores y excretores cuando dan a luz un libro se empeñan en convencer a sus víctimas – lectores que tan interesante como la creatura es la historia de su gestación.

Lo cierto es que los casos de manuscritos hundiéndose en el mar o que siguieron el camino del olvido a bordo de vagones del Orient Express se repiten con la misma frecuencia con la que se publican libros que podrían haberse evitado tal destino.

Si usted, querido lector, es un entusiasta de las sopas de letras con seguridad habrá leído que Hemingway[1] perdió, a bordo de cierto tren que unía Francia con Suiza, una maleta llena de escritos.

Los que creen en la justicia divina[2] dirán que se trató de un castigo, pues la mujer que embarcó el equipaje en París fue la primera esposa del señor Papa[3], al mismo tiempo que este le buscaba un reemplazo definitivo.

Por aquellos años, un Kafka abatido por la tuberculosis, ordenaba a su amigo Max Brod y a su última pareja, Dora Damiant, que echasen a la pira sus trabajos, víctima de un pudor poco frecuente en el universo artístico.

Como sucede a menudo, los albaceas del difunto eran unos desgraciados y no le hicieron el menor caso: los papeles que poseía Brod fueron a parar en la imprenta, mientras que los de la “viuda”, en las oficinas de la Gestapo.

El fuego, no obstante, sí fue el asesino de los poemas de un Platón que todavía no era filósofo y de la versión primigenia de “El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde”.

¡Extraños casos!

El neonato que protagoniza este artículo, “Esquiziudades”, también tiene una historia curiosa. Es hijo de dos padres, como es habitual en casi todas las gestaciones, y ambos, como también es habitual casi todas las gestaciones, no se conocían antes del engendramiento.

La criatura – libro, por lo tanto, tiene el sello de la incertidumbre, pues ninguno de los progenitores sabía qué esperar de su experimento, como también es habitual en las gestaciones.

El escribidor de esta nota, siempre audaz, invita a través de sus redes sociales a enviarle declaraciones de guerra con la esperanza de que nadie le haga caso, pero cierta mañana, de esas septembrinas que no se puede saber si son de verano o de otoño, un mensaje cibernético proveniente de las sabanas bogotanas, cambió todo.

Se pregunta quién es el agradable sujeto que se esconde tras las líneas de este blog, averígüelo aquí.

Uno de los futuros padres[4], ecuatoriano en el exilio, había tenido la idea de presentar un libro de crónicas a cierto concurso propuesto por el Núcleo Pichincha de la Casa de la Cultura.

El problema que comparten autores buenos y malos es que, pese a estar por horas sembrados frente a un computador, lo producido nunca alcanza para llenar un libro porque es poco lo que en realidad logró pasar de la cabeza al archivo de Word o porque lo que sí lo consiguió no lo merecía. Así, cuando debe cumplir con un mínimo de páginas no tiene ni la mitad o, a veces, ni la mitad de la mitad.

El futuro padre en el exilio había leído algunos textos del futuro padre que no está en el exilio[5], animándose a remendar su criatura con retazos de la ajena.

Aunque no lo parezca, “Esquiziudades” es un libro cosmopolita. Algunas de sus personajes salen del patio trasero para visitar el delantero, aunque este se encuentre ocupado por Sherlock Holmes

Como es un hombre sagaz, el proponente se dio cuenta que ambos proyectos eran completamente diferentes: el primero, el suyo, era mucho más íntimo, enfocándose en sus experiencias y las personas que han configurado, sin saberlo, su personalidad. El segundo[6] era más frío porque, por lo general, hablaba de muertos.

Esta debilidad, que solo se evidenció cuando el plazo del concurso estaba a punto de vencer, pudo superarse con retórica[7]: “nuestro libro pretende enfatizar las diferencias entre las dos maneras de entender el género de la crónica[8]”.

Lea, en este enlace, qué es lo que hermana a Sherlock Holmes, Papá Noel, Romeo y Julieta. Una crónica incluida en “Esquiziudades”.

Para llegar a esa frase que dice tanto y tan poco al mismo tiempo, este escribidor había pasado noches en vela y horas de terrible desasosiego porque era incapaz de completar ni siquiera la cuarta parte de lo que su nuevo amigo le había solicitado…

Hubiera sido poco decoroso admitirle a la primera persona que respondió a la declaratoria de guerra que iba a desistir por falta de granadas, así que se hizo necesario recurrir a la invención de armas que jamás imaginó: extraterrestres y cines pornográficos, entre otras delicias.

El cóctel resultó exitoso y la retórica, por una vez, quedó respaldada con los hechos. Las “Esquiziudades” se convirtieron en un retrato de casi 160 páginas donde los demonios de las ciudades saltan en forma de letras para descerebrar a los lectores que nunca habían reparado, víctimas de su cotidianeidad, en el manicomio del mundo que los rodea.

El neonato ganó el concurso y los padres, entre exultantes y horrorizados, lo descubrieron cuando ya no había otra alternativa que someterse a la furia del destino, dejando que, con todo y errores, el libro siguiera su camino hacia la imprenta.

Ahora, el monstruo de Frankenstein, guillotinado y sangrando tinta, llega a sus manos, querido lector, para aterrarlo porque desnuda a las ciudades, pero también a usted, a sus hijos y a los mismos escribidores que lo crearon[9].


[1] “Big Pappa” para unos masáis que lo veían ir de aquí para allá cazando leones negros, avestruces sin alas o hipopótamos cúbicos

[2] No es nuestro caso, por supuesto.

[3] Hemingway, no el tubérculo o un tuberculoso infalible del Vaticano.

[4] Responde al nombre de Jonathan Álvarez.

[5] Es decir, yo.

[6] El mío.

[7] A la que se recurre siempre que no hay alternativas serias.

[8] Imprescindible leer esta frase con voz de erudito.

[9] Estas notas al pie, por otra parte, son prescindibles, pero es impensable un artículo serio sin ellas…

Margarita para dos

nunca se sabe
Este relato fue publicado originalmente en Nunca se sabe. Antología de nuevos narradores ecuatorianos (Eskeletra y Cactus Pink, 2017).

Margarita me rechazó. Dijo alguno de esos tópicos que se usan en esas circunstancias – “me importa nuestra amistad, no quiero arruinarla” –, luego se marchó. Sospecho que fue a contárselo todo a su mejor amiga, Juliana, y ambas deben estar burlándose de mí.

Mis ganas de poseer a Margarita se mezclan con el anhelo de aniquilarla junto con la puta de su amiga.

Juliana es feminista, indigenista, animalista, ecologista y miles de “istas” más. La desprecio. La verdad es que se trata de una tipa común y corriente, sin gracia – o sea, sí es simpática… un poco bonita… o sea, sí está buena, pero es una pendeja –, una hijita de papá que llenó de cucarachas su cabeza cuando empezó estudiar en la universidad una carrera hippy como Antropología o Sociología.

Lo que me jode no es que sea una “ista”, sino que haya arrastrado consigo a mi Margarita. Por culpa suya, la relación que tenía con ella desde el colegio cambió. Entonces, éramos muy cercanos y quise – varias veces – decirle que la amaba, que quería hacerle el amor, que fuera la primera. No me atreví.

En la universidad opté por Literatura y ella por Geografía – “los ingenieros en petróleos tienen plata” –. En la ceremonia de graduación del colegio había sugerido que ingresáramos en una institución que tuviera ambas carreras para no separarnos y yo estaba convencido de que eso era una prueba de amor. Sin embargo, apenas inició el semestre, Margarita fue a una fiesta de su facultad y conoció a la pendeja de Juliana. ¡Todo se fue al carajo!, se cambió a la Escuela de Sociología y empezó a olvidarse de mí.

He tratado de enamorarla llevándola a presentaciones de libros de poesía erótica y llegué incluso a leer a Bukowsky, otro de sus nuevos ídolos. Veo solo cine independiente – nada “gringo y comercial porque TODO eso es una mierda” – e incluso me visto como a Margarita le gusta para complacerla. No lo consigo.

Últimamente ni siquiera quería salir conmigo, aunque quizá yo tengo un poco de culpa porque fui con Juliana y Margarita a dos de sus eventos y en ambos fracasé rotundamente.

El primero fue un mitin de un político que pretendía llegar dormido, literalmente, a la presidencia de la República. Creo que Margarita me dijo que estábamos en contra de él porque no se podía permitir que un durmiente gobernara al país… o quizá estábamos a favor… no recuerdo. Lo cierto es que terminamos en el retén de la policía pues, mientras huíamos del despelote que se armó, tropecé. Ellas, por ayudarme, cayeron conmigo en manos de los agentes.

El segundo fue mucho peor. Vino al país cierto filósofo alemán para impartir conferencias sobre el fin de la civilización burguesa. Margarita y Juliana estaban maravilladas y yo muerto de sueño. Mientras el alemán lanzaba sus alaridos, me dediqué, al principio, a leer a Hawthorne y luego a dormir. Más tarde, me dijeron, furiosas, que mis ronquidos eran muy fuertes y que no reaccionaba ni con codazos. En realidad, solo lo hice cuando un guardia nos echó a los tres en medio de las miradas burlonas del resto de asistentes y los alaridos hitlerianos del filósofo.

El perdón de Margarita lo compré con chocolates amargos y una edición de lujo de tres libros de Bukowski. Creo que los chocolates fueron un obsequio de gran calidad.

La puta de Juliana aprovechó la pelea para minar más mi posición. Margarita me contó que le dijo muchas veces que debía cortar para siempre conmigo porque la amistad con un burguesillo que lee a Melville o Kipling no vale la pena. “Tal vez si fuera Limónov, pero ¿Melville?”.

Quisiera gritarle a Juliana que es una pendeja pseudointelectual, pero es probable que ella diga que ese adjetivo me cuadra a mí y no podría responderle ni mierda.

Cuando finalmente Margarita me perdonó, creí que era mi última oportunidad para hacer que se enamorase de mí.

Le compré “Poesías Completas” de Pizarnik, más chocolates, más Bukowski y un poco de Nietzsche, incluso descargué canciones de Serrat en su iPod, intenté que recordara nuestros años de colegio, la promesa de no separarnos jamás y ofrecí entregarle todo lo que me pidiera, aun la vida si fuera necesario. En pocas palabras, le dije todas esas cagadas que se escupen cuando uno está enamorado hasta las patas. No sirvió.

Ella me miró con cara de asombro, como si le estuviera diciendo que, en realidad, Dios no había muerto o, peor, que ser comunista y seguidor de Nietzsche es un contrasentido… En fin, una monstruosidad.

Cuando se repuso de la primera impresión me dijo que ella no podría verme jamás como algo más que un amigo, que no tenía esa clase de gustos. “Tal vez si fueras diferente…”

Rogué que me dijera qué podía cambiar para que me amara, monté un drama inútil. Ella se largó de mi casa huyendo de la peste, o sea de mí.

Me levanté del suelo para ir al baño a limpiarme los mocos y las lágrimas. Permanecí unos minutos frente al lavabo dejando que el agua corriese, luego, mojé mis mejillas, párpados y nariz.

Con las manos aún sobre los cachetes, levanté la cabeza para mirarme en el espejo. Entonces vi a Juliana y me vi a mí, compartiendo un cuerpo que ni ella ni yo ni Margarita deseamos y que ni siquiera la muerte podrá separar.

Hice gárgaras y cerré el grifo.

Érase una vez el Reino de la Tuentifor

Por: Huilo Ruales Hualca

 

Texto publicado en Cartón Piedra de 16 de septiembre 2013 y en Mundo Diners 24 de diciembre 2007.

 

24mayo

Bulevar 24 de Mayo y Monumento a los Héroes Ignotos, Quito, 1922
Fuente: Archivo Histórico del Banco Central

Uno

Hace fú, cuando Kito tenía todavía esperanza y el norte no era una zona sagrada ni, más tarde, una forma de desesperación urbana, la Tuentifor era la meca del día y de la noche.

Como todo en esta vida, había nacido de la nada y, más precisamente, de una quebrada llamada Jerusalén, frontera sur de la apacible capital de los años 20. Con nostalgia modernista se la rellenó y se la transformó en una suerte de alameda. Pero esa etapa romántica no duró una vela y solamente quedó su nombre: Avenida 24 de Mayo.

Con el tiempo y las aguas y la multiplicación de sus habitantes, sobre todo hacia el Sur, se volvió una avenida trunca, de ancho torso y patas cortas. Como tobogán, bajaba a toda madre y al rato, es decir cuatro o cinco cuadras después, fenecía estampada en un inútil puentecito, hediondo a meado de borracho. Por último, desecha y sin nombre, se desparramaba hacia la Ronda, que era una calle colonial casi de cuento, pero malo.

Por su extensión, el título de Avenida le quedaba nadando. En cambio, por su comportamiento, merecía el de Campos Elíseos y no en alusión al magno bulevar de París, sino al del mito griego. La Tuentifor, como en el mito, se volvió el paraíso de las sombras donde vivían felices hasta los muertos de todo tipo. No por nada el cementerio San Diego estaba cada vez más vivo y con el tiempo se lo vería cruzando vías, pasos a desnivel, casi fundando nuevos barrios blancos para sus nuevos muertos. No por nada, la Tuentifor tenía a su diestra el Hospital y Moridero San Juan de Dios, y a su siniestra, la Cárcel Municipal y el Manicomio San Lázaro. No por nada, llegaba hasta el Dormidero Uno de Kito, que era el portal de Santo Domingo. No por nada, la Tuentifor tenía la custodia de una gigantesca virgen, que un día cualquiera amaneció mal atornillada sobre el Panecillo.

En medio de todo ello, que era un claro estigma, vivía la Tuentifor como una puñalada fresca. Era la zona candente de la ciudad y tenía dos caras como todo en ella, empezando por su gente .

La cara diurna era un mercado de veinte cuadras a la redonda. Naturalmente, el nervio de ese mercado, el más grande de Kito, era la avenida. Los alcaldes la odiaban, la querían muerta, pero la Tuentifor estaba rubicunda. Tanto, que a veces exageraba e iba a dar en los linderos del palacio de Carondelet. Eso ocurría, por ejemplo, en diciembre, que la locura andaba suelta. Se vendía, se compraba, se robaba. El sur entero, que no terminaba nunca, se tiraba a la Tuentifor como en busca del maná. Igual, el sur que vivía en el norte. Y el sur que vivía en el centro. Igual, los provincianos, los campesinos, todos caían en el remolino de la Tuentifor.

Empezaba por un mercado de varias cuadras llamado el de los Cachineros, en donde se vendía sin pestañear todo lo robado en Kitolandia. Se vendía incluso bajo pedido. Después, se expandía el mercado de muebles nuevos más baratos del mundo. Después, seguía hasta llegar a las comisuras de San Diego y de la Merced, el mercado de la ropa, el calzado, los medicamentos, los licores, todos oriundos del contrabando. Y, por último, un interminable mercado de alimentos que daba al Kito Viejo un tufo a pescado frito mezclado con incienso. Pero para que el paroxismo sea completo, la Tuentifor tenía algunos aditamentos claves : cada diez pasos la venta de música a mil decibeles, los charlatanes de feria cazando incautos con triple micrófono, los encorbatados anunciadores del Juicio Final, equipados con acordeón eléctrico y hasta con coro. Solamente los choros trabajaban con las uñas, en puntillas y en completo silencio.

Al final del día, ese montón de calles eran un basurero colosal escarbado por perros y vagabundos. Pisando sus talones, y de paso también escarbando, llegaba el pelotón de barrenderos municipales. Y a las siete de la noche, todo estaba limpio salvo el aire por el que circulaba como una legión de fantasmas el tufo de la Tuentifor. El tufo del que no se salvaba ni el Palacio de Gobierno, ni el Palacio Arzobispal, ni el Ilustre Municipio de Kito, ni el inmaculado Hotel Majestic.

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Foto tomada en diciembre de 1970 en la Plaza 24 de Mayo. Fuente: Diario Últimas Noticias.

Dos

Por la noche, era otra historia llamada con todo derecho el Reino de la Tuentifor. A mediados del siglo veinte, todavía los señores acarreaban sus críos a la Tuentifor, con el fin de que se iniciaran en las artes amatorias. De paso, ellos se perfeccionaban, pues allí había auténticas escuelas de desfloramiento, perfeccionamiento y corrupción. Allí, forjaron su mitología varias putas divinas que fueron objeto del deseo y también amparo para preclaros patriotas, que a la final se fueron al carajo. Putas por las que muchos poetas perdieron la cabeza y hallaron el verso, cosa que de vez en vez mostraba la literatura ecuatoriana. Pero no solamente había putas y puteríos cinco estrellas y uno que otro templo hermético, donde el placer no conocía límites y tampoco su tarifa. El Reino de la Tuentifor tenía la vastedad del infierno y la variedad de un megamercado, de tal manera que todos hallaban la puta que se merecían. Unas, en la calle y en racimos cerca de los alegres puestos de flores para muertos. Otras, la mayoría, en el Infierno Azul Añil, que era el puterío más grande del mundo.

Putas por las que muchos poetas perdieron la cabeza y hallaron el verso, cosa que de vez en vez mostraba la literatura ecuatoriana. Pero no solamente había putas y puteríos cinco estrellas y uno que otro templo hermético, donde el placer no conocía límites y tampoco su tarifa.Estaba ubicado en la cresta de la avenida y a la distancia parecía un balcón florido, un retablo celestial en el templo de la Tuentifor. Desde cerca era una locura azul, un trasatlántico encallado en el asfalto. Ocupaba una manzana y tenía cuatro pisos de camarotes. Doscientos camarotes de cortina floreada y foco de luz azul. Y una silla en el umbral, para que cada una de las doscientas putas estirara las piernas. Y para que chismorreara con sus vecinas y se carcajeara de la puta vida porque en el trabajo no se lloraba, sino más tarde, cuando los gallos señalaban el final de la jornada.

Hacia allá, tambaleantes de tragos, acudían las almas necesitadas de un polvo barato y sin trámites burocráticos. Forasteros, estudiantes, conscriptos en franquicia, burócratas de segunda, tercera y última, poetas sin musa, pobres diablos salidos de no sé dónde.

En el primer piso, estaban las putas a punto de jubilación, o las que asumieron el oficio no por méritos, sino porque no había salida. Putas a precio de saldo. En el segundo, la mercadería era variopinta y cuestión de gustos y el precio se triplicaba. En el tercero, es decir, en la cumbre, en la superestructura de la nave, estaban las doncellas, las ninfas, las sílfides, las náyades y los hembrones, polvos de oro puro hasta en el costo. Claro que, salvo los urgidos clientes, todos desfilaban por el tercer piso. Con los ojos bizcos y la lengua afuera, admiraban los portentos y con el apetito ya incrementado, lo saciaban tristemente, más que nada en el primero. El boccato di cardinale del tercer piso era para privilegiados. Para chagras con plata, truhanes emergiendo de un buen golpe, emigrantes de vacaciones y kamikazes que por un polvo de lujo se jugaban el sueldo entero.

Pero no solamente de sexo vivía el Reino de la Tuentifor en esos tiempos, sino también del juego limpio y sucio. A lo largo y al través de la avenida chisporroteaban los salones, las cantinas de doble y triple fondo. Allí se jugaba rumi, poker, pinta y pase inglés de casino, apostando lo que se tenía y no se tenía, incluidas las mujeres propias.

Los nictálopes que sobrevolaban como cuervos en las tierras del Reino, rumoreaban sobre la existencia de antros inescrutables, como bóvedas bancarias, donde se jugaba la ruleta rusa y no siempre de manera voluntaria. Igualmente, en los entornos de la Tuentifor funcionaban sin horario y casi sin luz una tríada de empeñaderos pertenecientes a un viejo rata de corbata mugrienta. En una navidad, se lo encontró degollado al pie de una montaña de objetos empeñados. Ni la policía ni nadie pudo impedir la romería de clientes que cayeron encima con toda el hambre atrasada.

Por lo demás, en el Reino de la Tuentifor no se respiraba a sangre sino a bebida y comida y a música directo a la vena. Allí vivía a sus anchas la bohemia de cepa. Allí tenían sus “huecas” sacrosantas los dioses del olimpo nacional e internacional: Julio Jaramillo, Homero Hidrobo, los Benítez y Valencia, los Reales; y a veces, Daniel Santos y Lucho Gatica y alguna vez Agustín Lara y una sola vez, bien acompañada para que no se le confunda, su alteza, doña Celiacruz.

Fue en la Tuentifor, en el Gallo de Oro, que estuvo la punta de la madeja de un legendario alboroto de postín y de un gobierno derrocado. Un crimen que sacudió los cimientos del país porque se trataba de un affaire que en sobredosis iguales mezclaba droga, tercer sexo y cancillería. En esa ocasión, la fama de la Tuentifor se paseó por el mundo arrastrando como sucia cola de novia la mala fama del gobierno de turno. Y de su cuerpo diplomático, como una horda de maricones que se daban la gran vida con el erario nacional.

Aparte de esos antros exclusivos, había espacio para todo mundo, como en Chinatown. No se diga para los músicos de alquiler que eran un emporio. Maridos arrepentidos, novios con el corazón en la mano, hijos pródigos, los contrataban para serenatas. En grupos, al igual que las rameras, los músicos zarpullían en la Tuentifor. Los más solicitados eran los músicos ciegos, aunque costaban un ojo de la cara. Pero tocaban profesionalmente y cantaban con un sentido de la tragedia que resultaba efectivo.

Recién al alba cerraba sus párpados de loba de mil tetas, la Tuentifor. Solamente quedaba el Restaurante Luna llena, que no dormía nunca y vendía los mejores caldos de gallina del Hemisferio Sur. Y las luces moribundas de un par de puestos de comida callejera. El resto, eran sombras ovilladas dentro de sus ponchos. Y putitas sin techo y sin medio, cacareando solas por la avenida. Y borrachos, con el piloto automático casi dañado, tambaleando delante de ellas en busca de rebaja.

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Vista actual del Bulevar 24 de Mayo. Fuente: Archivo de El Comercio.

Tres

De urgencia y sin ayuda de nadie, salvo de la desesperación de la gente que llegaba en busca del Dorado, la ciudad entera se dedicó a crecer con saña. De día y de noche se paría, se mutaba, se multiplicaba, como si estuviera huyendo de sí misma o llegando perseguida por la peste. Tanto creció, que un día la Tuentifor se halló demasiado lejos. Además que apestaba, era fea y tenía mala suerte. Así es que en el Norte que era varios nortes, en el Sur que se hizo un montón de sures, en el Occidente que con las uñas se iba tomando el Pichincha y en el Oriente, que se desbocaba valle abajo, borbotearon sin ayuda de nadie los burdeles. Y los modernos abrevaderos para la bohemia y el desmadre. Porque había llegado el tiempo del desmadre. El tiempo de la Gran Crisis que se infló como un globo hasta que reventó y de él brotó el miasma.

Entonces, se puso de moda no solamente España sino la Muerte.

Recién al alba cerraba sus párpados de loba de mil tetas, la Tuentifor. Solamente quedaba el Restaurante
Luna llena, que no dormía nunca y vendía los mejores caldos de gallina del Hemisferio Sur. Y las luces moribundas de un par de puestos de comida callejera. El resto, eran sombras ovilladas dentro de sus ponchos.
El Reino de la Tuentifor se fue por el caño y por el caño surgió el Reino del Miedo. Y, aprovechando que bajó el costo de la vida humana, se fumigó el Kito Viejo de una sola. De paso, se lo dejó como nuevo y con el aire oliendo a palo de rosa y lubricante. El megamercado, comiéndose cemento, fue a dar en La Marín, donde se convirtió en un auténtico puerto. Y de los encantos de la noche no quedó nada, aparte de la desolación.

Por último, sin apuro ni proyecto, surgió el reino secreto de la Tuentifor. El de los falansterios en ruinas habitados por ratas, mendigos y enajenados indignos del Patrimonio de la Humanidad. El de las cantinas clausuradas por afuera y que en su interior acogían errabundos alcohólicos, hampones jubilados o en fuga, bohemios en la tercera orilla, músicos con la yugular abierta. Alguna mesalina legendaria con los cables sueltos penetrando en su decadencia. Alguna que otra ninfa oriunda del norte, que hastiada de la vida andaba en busca de la muerte. Poetas en llamas, cronistas de guerra, profetas del Akabóse, que con el tiempo y el desasosiego, serían los personajes fundadores de la meta-ciudad, titulada los Kitos Infiernos. Pero eso es otra historia. Además, está lloviendo como si fuera para siempre.

Claves para leer “Underbreak”

Portada de "Underbreak"

Portada de “Underbreak”

Cristian Londoño Proaño publicó hace algunos meses “Underbreak“, su última novela, en formato digital. Se trata de una historia de ciencia ficción con un ritmo trepidante, capaz de atrapar al lector desde las primeras páginas como un buen thriller de Frederick Forsyth.

Londoño empieza su relato mostrándonos que en tres siglos el modo de vida de los humanos ha sufrido transformaciones enormes; no existen los países, pues el planeta ha quedado unificado en un solo Estado. Sin embargo, las corporaciones han tomado el control de diversos territorios donde los presidentes y sus juntas directivas tienen el capital suficiente para manejar ejércitos y ciudadanos. El gobierno mundial mantiene una constante pugna con estos pequeños estados feudales, luchando contra sus abusos y su corrupción.

En este marco, la policía terrestre posee una unidad especializada en la ejecución de los criminales que el gobierno central condenó pero que las corporaciones protegen. Este escuadrón funciona como una cuadrilla de sicarios que nadie puede identificar.

Uno de los agentes de esta unidad es el personaje principal de la historia y la orden de asesinar al presidente de una poderosa corporación que se dedica a la diversión de realidad virtual es el detonante para una trama conspirativa en donde nada es lo que parece.

Cristian Londoño Proaño

Cristian Londoño Proaño. Visite su página personal aquí.

Al leer las líneas de arriba se podría pensar que Londoño ha creado una simple novela de suspenso con trasfondo futurista. La realidad, sin embargo, es que la historia es un elegante pretexto para que el autor desenrolle, capítulo a capítulo, sus preocupaciones acerca del futuro y de la humanidad.

El texto esconde la sospecha de que la curiosidad científica y el afán creativo del ser humano lo pueden llevar a dañarse a sí mismo y nos obliga a reflexionar sobre los límites que estamos dispuestos a rebasar en pos del progreso.

A simple vista, el mundo que nos muestra Londoño es perfecto. La gente puede obtener lo que quiere gracias a las máquinas e incluso el amor y el sexo no complican a nadie porque la técnica ha conseguido emular casi todas las prácticas humanas, convirtiendo a los robots en sustitutos para las personas que no quieren o no pueden tener una relación sentimental con otro ser humano.

Incluso la justicia es tan perfecta que los criminales son ejecutados en silencio y a nadie le molesta verse libre de aquella que asumen es la escoria de la humanidad. El problema es que tampoco hay una sola persona que pueda asegurar que el dictamen fue justo, toda vez que el castigado no tuvo el derecho a un juicio legítimo. El gobierno dictaminó y, por ende, no debe existir error.

La realidad, sin embargo, es que el Estado llegó a tal punto que, por miedo a perder su hegemonía ante las corporaciones, pasa por alto cualquier procedimiento justo, limitándose a actuar como si los ciudadanos fueran objetos de las que puede disponer.

A estos, por otro lado, el placer los ha empujado a la pasividad total, convirtiéndolos en torpes marionetas de un régimen que esconde su perfidia bajo el refinado manto de lo cómodo.

 

Book trailer de “Underbreak”

Curiosamente, las primeras víctimas de este sistema son los mismos que, con su afán investigativo, ayudaron a crearlo: los científicos. La razón es muy sencilla: el Estado se sirve de sus capacidades para perennizarse, pero cuando ha exprimido todo el jugo, lo mejor que puede hacer es eliminar la cáscara, ya que comprende que esa misma inteligencia que le dio las herramientas para adquirir el control, puede descubrir la forma de quitárselo.

“Underbreak” atrapa desde el primer momento, cuando un hombre, aún desconocido para los lectores, rechaza el amor gélido que le ofrece su amante robot. De todas maneras, su valor no es simplemente el ritmo o los avances tecnológicos y científicos que nos describe, es algo mucho más profundo: la novela deja claro que, a pesar de su importancia, el ser humano no puede entregarse a un culto poco crítico de la técnica y no es que sea malo buscar, con la ciencia, un vida más fácil, pero sí lo es permitir que nuestros propios inventos, sean máquinas o sistemas de gobierno, terminen por anularnos, aniquilando nuestro esencia, nuestro espíritu.

¿A QUÉ HORA MATARÁ A PUSHKIN?

Este relato pertenece a una de las partes culminantes de la novela que estoy preparando y hoy lo someto al escarnio público.

 

http://frankmonner.blogspot.com/2010/04/la-caja-secreta-nuevo-libro-de-marcelo.html

El libro que Marcelo Chiriboga publicó después de muerto (¿?).

Estábamos reunidos en La Mariscal, en la cafetería de siempre. Los cuatro conversábamos sobre un proyecto extraño: fundar una revista en la que los ingenieros escriban sobre el amor y los poetas sobre terminales de buses abandonadas. Yo había propuesto llamarla “Cadáver exquisito” aunque mi opinión no lograba seducir al resto.

De repente, Saúl, el antropólogo poeta de Medellín, me disparó a quemarropa:

“Oiga, compadre, ¿le conté ayer que su viejo amigo Marcelo Chiriboga fue a visitarme en mi casa?”

Negué.

“¡No puede ser! Él está en los Estados Unidos, internado en un hospital por el tema de su cáncer. El domingo conversamos por teléfono.”

“¡Le garantizo que no! Ayer fue a mi casa para pedirme, en realidad PEDIRNOS, algo muy raro.”

“¿Qué?”

“Que usted y yo seamos sus padrinos en un duelo pasado mañana.”

Comprendí que me tomaba el pelo y me eché a reír.

“¡No es broma, hermano, hablo en serio: el hombre me dijo que estaba harto del enemigo en cuestión y que había decido matarlo de una vez por todas. Piénselo: está condenado a morir de cáncer, de forma que una bala reventándole los sesos debe ser, para él, un fin mucho más digno.”

No supe qué responder. Su expresión era muy firme y convencida, no había rastro de burla.

“Pero ¿cómo es que no me lo dijiste antes?”

“Lo olvidé, hermano, lo siento…”

Su olvido era absurdo. Quise saber si Marcelo le había dejado un número de teléfono o una dirección donde pudiéramos contactarlo; él asintiendo me entregó un pedazo de papel en el que estaban escritas las señas de una pensión muy cercana.

Me despedí de todos apresuradamente y me encaminé hacia la calle Calama donde se había hospedado mi amigo. El lugar era sencillo y agradable, se trataba de una casa antigua restaurada de apenas dos pisos en la que se alojan los extranjeros con frecuencia.

Timbré cuatro veces antes de que apareciera una mujer de aproximadamente cincuenta años con rostro adusto que me soltó un “¿qué quiere?” a manera de saludo. Cuando le hube informado que buscaba a Chiriboga, me dijo que subiera al segundo piso, hasta el cuarto del fondo donde dormía “ese carcamal”.

Encontré a Marcelo en la cama, vistiendo solamente unos calzoncillos y un bividí blancos. Las cortinas permanecían cerradas y su equipaje, que aparentemente consistía en una sola maleta, estaba aún empacado.

“¿Cómo es eso de que quiere matarse a tiros? ¡No entiendo nada!”

“¡Ah, eso!”

Guardamos silencio por unos minutos.

“¡Me siento tan viejo!”, dijo de pronto, “cuando era niño todavía se escuchaban historias de sujetos que se abaleaban en duelos cuando sus mujeres los habían transformado en cornudos… ¡El honor! Ahora todo eso es tan old fashioned…”

Estaba sombrío, devastado. No se quejaba de dolor alguno, mas por las expresiones dibujadas en su rostro noté que sufría mucho. La degradación se había posado sobre su piel que ahora tenía el tinte amarillento propio de las enfermedades hepáticas, y muchas, muchísimas más arrugas que cuando lo conocí un año atrás.

“¿Sabe? Al tipo al que voy a matar lo traigo entre ceja y ceja desde hace tiempo y no voy a tener remordimientos después de que lo haga, usted tampoco debería tenerlos: ¡es un desgraciado!”

“¿Y si él lo mata?”

“Por desgracia eso no pasará, no tengo derecho a una muerte digna…”

No se me ocurrió intentar disuadirlo con la idea de que podrían encerrarlo en prisión; lo único que hice es quedarme callado mientras mis ojos contemplaban fijamente un cuadro horrible colgado junto a la puerta del baño.

“La argentina cree que vine a despedirme de mis amigos; no quería dejarme salir de casa supuestamente para cuidar mi salud, pero cuando le dije que iba a hacer lo que me viniera en gana, me mandó a la mierda”, soltó una risita burlona.

La argentina, la amante de Chiriboga, era un ser extraño; nadie conocía a ciencia cierta sus sentimientos por él: amor, odio, admiración, apego o necesidad de dinero. Quizá fuera una amalgama de todo.

“¡Es una mujer impresionante! Aún ahora que es una vieja sigue siendo atractiva, valiente. No le costará encontrarme más de un reemplazo (estoy seguro de que ya tiene uno), acuérdese de mis palabras. El mismo día de mi funeral empezará a sacarles un beneficio económico a mi nombre y a mis obras, algo que ni siquiera yo mismo puedo hacer.” Explicó con tono agrio.

Chiriboga era un Hércules contemporáneo, un semidios literario que estaba afrontando su decadencia como podía. La aspiración de quemarse en una pira cubierto del manto embarrado con la sangre de Neso ya no era posible, así que matar o morir por un pistoletazo quizá era su único camino para huir del morbo de la enfermedad.

“¿No hay forma de disuadirlo de cometer esta estupidez?”, dije sin convicción.

“No. Usted lo sabe muy bien.”

Sentí que un escalofrío me recorría la espalda.

“¿Al menos me dirá el nombre del tipo con el que se va batir”

“No lo va a creer…”

“¡Esta historia es increíble de principio a fin, Marcelo!”

“Hubiera preferido que lo vea con sus propios ojos, pero si insiste: mataré a Pushkin.”

“¿Quién? ¿Quién es Pushkin?”

“Usted sabe de quién estoy hablando; varias veces me ha dicho que admira muchísimo su obra.”

Me quedé congelado. Solo podía tratarse de una broma.

“Hablo en serio, por eso no quise comentárselo antes: estoy seguro de que ahora que lo sabe tratará de convencerme de que no mate a uno de sus escritores favoritos.”

“¿Cree que es eso lo que me preocupa?”

Pushkin, el amante de la amante de Chiriboga, observando las turbulentas y poéticas aguas del lago artificial del parque de La Alameda.

Pushkin, el amante de la amante de Chiriboga, observando las turbulentas y poéticas aguas del lago artificial del parque de La Alameda.

“¿Y qué más?”

“Marcelo, usted y yo sabemos que ese Pushkin murió hace casi dos siglos.”

“¿Está loco, jovencito? Antes de ayer le envié una carta de desafío a su casa, remitiéndome él en seguida su tarjeta personal con la aceptación. Espere.”

Extendió su brazo derecho y tanteó en el velador de al lado de su cama. Sus ojos estaban fijos sobre mí y casi bota la lámpara antes de entregarme una pequeña tarjeta de color blanco con letras negras. Claramente se leía: “Aleksandr Serguéyevich Pushkin”. Bajo el nombre estaban algunas palabras escritas en cirílico y luego la dirección: “Mariana de Jesús y América”.

“¡Esto es una broma!”

“No, es muy serio.” Suspiró. “¿No entiende? Todo es culpa de la argentina… Ella tiene un affaire con el ruso desde hace años. Ambos se han aprovechado de que la literatura me tenía vendado los ojos, dejándome como un pendejo, pero no crea que porque estoy a punto de morir permitiré que me traten de esa forma”

“Admitiendo que toda esto no es más que una locura, ¿cómo es posible que ellos sean amantes si su mujer vive en París y Pushkin a diez minutos de donde estamos?”

“Sé que la visita cuando yo voy a Barcelona o a Estados Unidos.”

No quise hacer más objeciones; estaba claro que el gran novelista ecuatoriano del “Boom” había enloquecido.

“Lamento sinceramente tener que matar a uno de sus literatos predilectos, pero que yo esté hecho una mierda no significa que debo permitir que sigan burlándose de mí, ¿no le parece?”

Dejé a Marcelo en su habitación, prometiéndole que le invitaría a comer al día siguiente. “La última cena”, me había dicho con retintín.

 

Llamé a Saúl para contarle todo. Él no se sorprendió.

“Ya lo sabía; no quise decírselo, hermano, porque creí que era mejor que él lo hiciera, al fin y al cabo usted admira mucho a Pushkin.”

“¿O sea que tú también crees esa historia?” Balbuceé.

“No entiendo, ¿a qué se refiere?”

“¡A Pushkin! ¡Él está muerto y enterrado desde hace casi dos siglos!”

Saúl guardó silencio por un minuto y luego me dijo que debía descansar, notaba que la impresión me había afectado.

Colgué el teléfono. Esa noche no pude dormir, daba vueltas en mi cama víctima de un nerviosismo extraño, como si mi vida fuese la que corría peligro. Quizá mi mayor preocupación era mi cordura, ¿acaso estaba perdiéndola? ¿O era una conspiración de mis amigos para burlarse de mí?

Mis ojeras y mi apariencia en general probablemente daban un espectáculo bastante lamentable porque cuando llegué a la librería, mi compañera de trabajo me recomendó ir a casa hasta que se me “pase el efecto de la borrachera”.

Deambulé por el local revisando uno que otro libro hasta que encontré una antología de relatos de Pushkin. Leí el cuento “La dama de picas” y tuve la sensación de que mi destino, el de Chiriboga y el del ruso estaban sellados como el de Hermann – el héroe trágico de la historia – por una mujer vieja y llena de secretos.

 

Poco antes de las siete me presenté en la pensión de Marcelo para ir a cenar. Lo encontré  elegantemente vestido y, aunque el color amarillento de su piel lo hacía ver enfermo, estaba de muy buen humor.

“Siento que vuelvo a nacer, jovencito…”

Borges le dice a Bioy: "¿verdad que solo era un doble tuyo el de esta historia? ¿VERDAD?"

Borges le dice a Bioy: “¿verdad que solo era un doble tuyo el de esta historia? ¿VERDAD?”

Caminamos por las calles de La Mariscal hasta un restaurante argentino – a Chiriboga le pareció adecuado.

“Como otros se tragan mi asado, creo que tengo el derecho de tener uno que solo yo pueda digerir.”

Guardé silencio. No me tuve deseo siquiera de discutir su comentario.

“No sé por qué se preocupa tanto. Escritores hay por toneladas; uno o dos menos no le afectarán a nadie. Piénselo: cualquiera de nosotros que se vaya al infierno recibirá una sepultura digna, le harán alguna ceremonia en el Congreso y, con suerte, hasta tendrá una estatua en el Parque de El Ejido, ¿no le parece bonito?”

“Oiga, Marcelo, ¡ya es hora de que me deje de joder la paciencia!”

Me miró sorprendido.

“Nunca lo había visto reaccionar así. ¿le gustaría que le diga que todo es una payasada, una burla que le preparamos con sus amigos? Lamentablemente no, el duelo es real y, en unas horas más, Pushkin o yo veremos la cara de Tánatos.”

“No sé qué pensar, me siento tan confundido… Pushkin… ¡Pushkin está muerto!”

“Aún no, pero pronto será así.”

“Usted no entiende o finge no hacerlo. ¡ESE HOMBRE MURIÓ EN 1837!”

“Mejor comamos, el hambre lo hace desvariar.”

Nos sentamos a la mesa. No probé bocado, al contrario de Chiriboga quien se puso a engullir su comida casi como un animal. Asqueado, me dediqué a mirar un televisor que transmitía cierto partido de fútbol de Segunda División.

“Creo que no debí pedirle que fuera mi padrino”, me dijo de repente, “ noto que la situación lo está afectando mucho; ni siquiera ha comido…”

“Usted… ¡todos me quieren volver loco!”

Me miró consternado.

“Sabía que admiraba a Pushkin, mas nunca imaginé que fuese tanto. De todas maneras es muy tarde para retroceder… ¡haría el ridículo!”

Me sobé la barbilla exasperado.

“Bueno, quiero acabar con esta pendejada de una vez, ¿a qué hora matará a Pushkin?”

“¿No le dijo Saúl? A las seis de la mañana en el Parque de La Alameda.”

“Correcto, entonces lo acompañaré a su pensión, quiero ir a dormir pronto. ¡Estoy entusiasmadísimo!”

Pagué la cuenta y nos marchamos.

 

El cielo estaba nublado y algunas gotas de lluvia golpeaban nuestras caras. Chiriboga, Saúl y yo aguardábamos a Pushkin y a sus compañeros sentados en una banca junto al lago artificial.

Creía que tarde o temprano los dos, echándose a reír, me dirían que todo era producto de una jugarreta de mal gusto.

Los minutos continuaban transcurriendo y las esporádicas gotas de agua se transformaron en una tormenta.

Bontempelli y Pirandello se preguntan por qué insisto en meterlos en esta colada.

Bontempelli y Pirandello se preguntan por qué insisto en meterlos en esta colada.

“Ya es suficiente, ¿no? ¿Me van a decir la verdad para que podamos ir a desayunar?”

Ambos intercambiaron una mirada.

“Espere un poco más, jovencito, deben estar cerca.”

En ese mismo instante tres hombres cubiertos con abrigos y sombreros aparecieron saludándonos en francés. Uno de ellos se descubrió, era Pushkin o se le parecía…

Me sentí mareado y, como entre sueños, pude comprender que el ruso afirmaba estar listo.

“Hay algo que debemos comentarle, hermano”, me dijo Saúl.

Pensé que en ese momento se iba a destapar la mascarada y sonreí aliviado.

“¿Por fin me van a presentar a su actor? Verdaderamente se parece a Pushkin, ¡es magnífico!”

“¿Qué dice, hombre? ¡Él es Pushkin!”

“El caso es que yo no voy a batirme en duelo”, intervino Chiriboga, “ese engaño fue porque tenemos un plan para usted.”

“¿Cuál?”

“¡La muerte!”

Abrí los ojos desmesuradamente y pude ver que los dos compañeros de Pushkin se sacaban los sombreros dejando al descubierto sus rostros. Eran, sin lugar a dudas, Massimo Bontempelli y Adolfo Bioy Casares. Todos estaban armados con revólveres.

Saúl se despidió de mí alejándose lentamente hacia la parada de buses. De pronto, la sirena de una ambulancia los desconcertó y yo aproveché aquel instante para abalanzarme sobre Chiriboga y desarmarlo, luego descargué un tiro en su vientre, pero el resto de conspiradores me abatieron. Antes de que se nublaran mis ojos alcancé a ver que los cómplices de Chiriboga acudían a ayudarle entre gritos desesperados.

Finalmente me dormí…

 

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