Alejandro Sawa, el negro de Rubén Darío

Al señor don Rubén Darío,

¿Me impulsas a la violencia? Pues sea. Yo no soy el amigo herido por la desgracia que pide ayuda al que consideraba como un gran amigo suyo: soy un acreedor que presenta la cuenta de su trabajo.

Desde el mes de abril hasta el mes de agosto de 1905, yo he escrito por encargo tuyo hasta ocho cartas (de las cuales conservo en mi poder seis) que han aparecido con tu firma en el periódico de Buenos Aires ‘La Nación’…

Es el año 1908. En Madrid el aire está enrarecido por la derrota ante Estados Unidos, ya no hay colonias ni reino donde nunca se pone el sol. El pueblo, tambaleante entre decepción e indolencia, corre de arriba abajo a través de las calles empedradas evitando mirar los diarios donde quejas y agresiones son las notas musicales de un réquiem por el Imperio español.

Alejandro Sawa. Fotografía tomada de “El Imparcial“.

Entre ese tumulto camina un ciego. Sus cabellos están revueltos y la barba hirsuta. En sus pupilas lo único que brilla es la ausencia, mientras que en su levita asoman tímidamente los desgarrones. Traje y dueño resisten a la derrota con heroísmo.

Este “clochard español ha estado en París por años, pero oscuridad es lo único que ha importado desde la Ciudad de la Luz. Su nombre es Alejandro Sawa y su oficio es el de escritor.

Acaso llamarlo así resulte una afrenta para este personaje porque ni aquel sustantivo ni la influencia de los amigos, entre los que se encuentran Valle Inclán y Manuel Machado, le han permitido publicar una obra que él cree lo consagrará.

Está consciente de que la escritura nada tiene que ver con la publicación, pues ni todo el que escribe bien publica ni todo el que publica escribe bien, mas, ahora aquel aserto es apenas un consuelo de tontos para un Alejandro Sawa que ha llegado al punto de alquilar su pluma a varios Rubén Daríos por no morir de hambre.

Mientras el vate nicaragüense compone versos, Sawa ha garabateado cientos de hojas con artículos destinados a periódicos de ambos lados del Atlántico que si bien le permiten sobrevivir, no le reportan nombre o alegría.

Sawa jamás protestó por el acuerdo, al fin y al cabo, los “negros”, extras de la literatura que igual a los del cine hacen las piruetas que los famosos rehúsan, son habituales y no escandalizan.

No siempre hay luces en la bohemia. Siga los pasos de Alejandro Sawa por Europa.

No obstante, en cuanto su libro “Iluminaciones en la sombra” quedó terminado, el artista que habitualmente trabajaba entre sombras, quiso mostrarse en su máximo esplendor.

Empero, al no hallar alguien dispuesto a ayudarlo, el autofinanciamiento se presentó como última alternativa.

Desesperado, aruñó la cerámica de las alcancías y desfondó los bolsillos de sus trajes. Su esposa, que fue también su secretaria y que hacía milagros para llenar los pucheros, no consiguió estirar tanto las pesetas como para que cubriesen una edición.

Entonces, Sawa, Ájax furioso, se dedicó a arremeter no solo en contra de los enemigos, sino también en contra de los amigos y estos, que a menudo huyen del fracaso igual que de la peste convencidos de que la mala suerte se contagia, se esfumaron.

Breve documental sobre Alejandro Sawa en el canal UNED. Vea la web completa en este enlace.

Alejandro Sawa muta entonces en acreedor. Es su derecho: a los amigos se les puede regalar cualquier cosa, incluso el trabajo, pero ahora él está aislado.

Rubén Darío niega las deudas. Sawa insiste en ellas. Aquel dice que es la locura lo que afecta a su antiguo compañero, este responde que el otro es un sinvergüenza.

El “negro” del poeta nicaragüense es minucioso en su pobreza y sabe que lo adeudado es suficiente para cubrir una edición de “Iluminaciones en la sombra”, su canto final de cisne.

No importa comer, solo publicar.

La muerte de Alejandro Sawa. Foto tomada de la web Luis Antonio de Villena.

Pese a los esfuerzos, Odiseo ganó a Ájax: Sawa, ciego y loco, murió en su casita de la Calle Conde Duque número siete, en Madrid. Su testamento literario no pudo ver luz entre las sombras. Valle Inclán, conmovido por la majestuosidad de la desgracia, le escribió a Rubén Darío al poco de ver el cadáver de Sawa:

He llorado delante del muerto por él, por mí y por todos los pobres poetas. Yo no puedo hacer nada, usted tampoco, pero si nos juntamos unos cuantos algo podríamos hacer. Alejandro deja un libro inédito. Lo mejor que ha escrito. Un diario de esperanzas y tribulaciones. El fracaso de todos los intentos para publicarlo y una carta donde le retiraban una colaboración de sesenta pesetas que tenía en ‘El Liberal’, le volvieron loco durante los últimos días. Una locura desesperada. Quería matarse. Tuvo el fin de un rey de tragedia: murió loco, ciego y furioso.

Lea un artículo de “La Vanguardia” sobre la calle Conde Duque y el portal de la casa donde vivió Alejandro Sawa.

Mafarka, el antifuturista

Artículo publicado originalmente en Teoría Ómicron en abril de 2018. Puede leerla en la sección “Héroes Ómicron“.

Portada de “Mafarka el futurista”

Lejos quedan aquellos años del Renacimiento cuando un futuro mejor parecía posible. Hoy, gran cantidad de escritores (divulgadores de ciencia o novelistas) se rehúsan a creer en un mundo idílico en el que la humanidad haya alcanzado un altísimo grado de evolución espiritual, capaz de alejarla de guerras, hambrunas y ambiciones estúpidas.

Tiene sentido: el planeta se cae a pedazos. El animal más inteligente de la Creación deja, a cada paso, evidencias nuevas de su torpeza.

Cuando Orwell, Bradbury o Huxley imaginaron sus planetas distópicos, el mundo había atravesado al menos una guerra mundial, presenciaba el ascenso de los totalitarismos (de izquierda y derecha) y estaba a punto de conocer la devastación que puede provocar un simple átomo al partir su núcleo en dos. Pese a eso, los humanos de entonces no tenían la consciencia plena de su propia pequeñez y hasta finales del siglo diecinueve, antes de la Teoría de la Relatividad y de la Física Cuántica, existía la convicción de que “todo” estaba descubierto.

Con los hongos de Hiroshima y Nagasaki, el optimismo se esfumó y los escritores, derrotados, empezaron a cuestionarse su lugar en la Tierra. Las historias de horrores futuristas empezaron a reproducirse en diversos lugares del orbe, mientras las inquietudes y los miedos eran el alimento de cada mañana.

Sin embargo, antes, a principios del siglo veinte, el germen del fascismo había aparecido en Europa y muchos escritores rompían filas en su defensa o en la del bolchevismo, un antagonista que, a la larga, no era más que otro lobo con disfraz de oveja.

En Italia, D’Annunzio era el principal abanderado del nacionalismo en las letras, pero no el único: un agitador cultural nacido en Alejandría, Filippo Tommaso Marinetti, empezaba a despotricar, donde se le diera la gana, contra todo y contra todos.

Era un personaje extraño, con gesto arrogante, mirada fogosa y bigotes cuyas puntas, desafiantes, se elevaban hacia al cielo como flechas en contra de los dioses.

A diario, este africano con sangre italiana gritaba que el futuro no pertenecería a esas democracias débiles como lo de Woodrow Wilson, sino a imperios que, a la usanza de la Roma de César, impondrían el “progreso” a punta de lanza.

Marinetti era un apóstol de la ciencia y, sobre todo, de la tecnología, pero su visión del futuro, su futurismo, era violenta y terrible.

Escuche el “Sanjuanito futurista”, pieza compuesta por el ecuatoriano Luis Humberto Salgado, inspirándose en el estilo musical propuesto por el movimiento futurista.

Sostenía que un automóvil es mucho más bello que la Victoria de Samotracia, resumiendo con ello su admiración por un futuro despiadado donde el conductor se fundirá con la máquina para arrollar a esos necios transeúntes empeñados en quedarse en el pasado.

Marinetti y sus seguidores entienden que el futuro es velocidad y que solo hay dos alternativas: correr a su encuentro o extinguirse.

Con esas ideas, en 1910, Marinetti publicó en FranciaMafarka, el futurista”, libro que, en palabras de sus editores, es una novela de amor intenso, pero que centra su trama, en realidad, en la vida de un héroe africano, epítome del hombre futurista, quien debe enfrentar al usurpador de su trono y que, luego de derrotarlo, opta por retirarse del mundo encaramado en un robot gigantesco que fabricó para alcanzar el cielo.

La construcción de esta máquina solo se dará después de años de purificación en los que el héroe prueba toda clase de placeres carnales: sexo (en casi cualquier variedad posible), poder, riqueza, etcétera.

Orgías y asesinatos llenan las páginas de “Mafarka” y por eso, el mismo año de su publicación, se inicia un proceso en su contra en la Tercera Sección del Tribunal de Milán. Se acusaba al libro y, desde luego a su autor, de “pornográfico, ofensivo e innecesario”.

Marinetti, lejos de sentirse deprimido, consideró que este juicio era la primera batalla que le planteaban los defensores del mundo caduco a los futuristas.

Enseguida, la prensa liberal se llenó de artículos, poniendo de moda la frase “libertad de expresión”, mientras los conservadores hablaban de decadencia y vulgaridad:

― ¿Cómo se puede defender un libro cuyo primer capítulo se titula ‘El estupro de las negras’?” – decían y luego se engolosinaban enumerando todas las proezas sexuales de Mafarka.

Escritores de la talla de Luigi Capuana hablaron en defensa de la novela. Decían que las intenciones de Marinetti fueron malinterpretadas y que su Mafarka, en efecto, era explícito y fuerte, pero su finalidad no era la de hacer una apología de la violencia, sino que, a manera de una “nux vomica”, buscaba sacar de la modorra a espíritus habituados a la mediocridad y el conformismo.

Marinetti y su mujer, la pintora Benedetta Cappa, posando para una típica foto familiar… Fuente: Zeroconfini.

El autor de la novela sonreía en silencio: ni sus defensores lograban comprenderlo.

Cuando le llegó el turno de hablar, Marinetti se puso de pie y miró con ojos de suficiencia al fiscal y al juez.

Lo que yo quiero es darle una descarga de electricidad a Italia para devolverle la vida; sí, quiero sacarla de la modorra, pero no con viejos valores, sino llevándola a un nueva era. ¿Por qué hay violencia? Porque así será el nuevo mundo: ¡veloz! Y la velocidad es agresiva, despiadada… El que lo entienda vivirá y el que no está destinado a la desaparición.

Llegó la absolución para Mafarka y muchos la vieron como un triunfo de la libertad de expresión, pero Marinetti estaba lejos de ser uno de sus apóstoles. Con el ascenso de Mussolini al poder, él se transformó en su poeta oficial y uno de los más despiadados enemigos de cualquier intelectual que se atreviese a cuestionarlo.

Paradojas más, paradojas menos, la carrera de Marinetti terminó junto con la de “il Duce”. Cuando la Italia y su sucesora fascista, Saló, boqueaban, el padre de Mafarka murió de un ataque al corazón.

Había sido voluntario en el Frente Oriental por unos meses y en Abisinia cuando los italianos intentaron restaurar el Imperio Romano a costa de los etíopes. Había saboreado el éxito al convertir al Futurismo en el arte oficial de Italia y también el fracaso por publicar artículos de judíos en su revista. En cualquier caso, el tiempo quiso que solo perduraran sus estigmas y, en este siglo, pocos recuerdan a Marinetti.

Mafarka, no obstante, sobrevivió incluso a su creador. Hoy, con el mundo hecho añicos, este príncipe africano nos mira, desafiante e irónico, desde los cielos y dentro de su robot gigante, recordándonos que tal vez el futuro de Marinetti no es el soñado, pero sí el más probable…

Biografía apócrifa: ESQUIZIUDADES

Esquiziudades“, publicada en noviembre de 2018 por el Núcleo Pichincha de la Casa de la Cultura Ecuatoriana.

Los escritores, escribidores y excretores cuando dan a luz un libro se empeñan en convencer a sus víctimas – lectores que tan interesante como la creatura es la historia de su gestación.

Lo cierto es que los casos de manuscritos hundiéndose en el mar o que siguieron el camino del olvido a bordo de vagones del Orient Express se repiten con la misma frecuencia con la que se publican libros que podrían haberse evitado tal destino.

Si usted, querido lector, es un entusiasta de las sopas de letras con seguridad habrá leído que Hemingway[1] perdió, a bordo de cierto tren que unía Francia con Suiza, una maleta llena de escritos.

Los que creen en la justicia divina[2] dirán que se trató de un castigo, pues la mujer que embarcó el equipaje en París fue la primera esposa del señor Papa[3], al mismo tiempo que este le buscaba un reemplazo definitivo.

Por aquellos años, un Kafka abatido por la tuberculosis, ordenaba a su amigo Max Brod y a su última pareja, Dora Damiant, que echasen a la pira sus trabajos, víctima de un pudor poco frecuente en el universo artístico.

Como sucede a menudo, los albaceas del difunto eran unos desgraciados y no le hicieron el menor caso: los papeles que poseía Brod fueron a parar en la imprenta, mientras que los de la “viuda”, en las oficinas de la Gestapo.

El fuego, no obstante, sí fue el asesino de los poemas de un Platón que todavía no era filósofo y de la versión primigenia de “El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde”.

¡Extraños casos!

El neonato que protagoniza este artículo, “Esquiziudades”, también tiene una historia curiosa. Es hijo de dos padres, como es habitual en casi todas las gestaciones, y ambos, como también es habitual casi todas las gestaciones, no se conocían antes del engendramiento.

La criatura – libro, por lo tanto, tiene el sello de la incertidumbre, pues ninguno de los progenitores sabía qué esperar de su experimento, como también es habitual en las gestaciones.

El escribidor de esta nota, siempre audaz, invita a través de sus redes sociales a enviarle declaraciones de guerra con la esperanza de que nadie le haga caso, pero cierta mañana, de esas septembrinas que no se puede saber si son de verano o de otoño, un mensaje cibernético proveniente de las sabanas bogotanas, cambió todo.

Se pregunta quién es el agradable sujeto que se esconde tras las líneas de este blog, averígüelo aquí.

Uno de los futuros padres[4], ecuatoriano en el exilio, había tenido la idea de presentar un libro de crónicas a cierto concurso propuesto por el Núcleo Pichincha de la Casa de la Cultura.

El problema que comparten autores buenos y malos es que, pese a estar por horas sembrados frente a un computador, lo producido nunca alcanza para llenar un libro porque es poco lo que en realidad logró pasar de la cabeza al archivo de Word o porque lo que sí lo consiguió no lo merecía. Así, cuando debe cumplir con un mínimo de páginas no tiene ni la mitad o, a veces, ni la mitad de la mitad.

El futuro padre en el exilio había leído algunos textos del futuro padre que no está en el exilio[5], animándose a remendar su criatura con retazos de la ajena.

Aunque no lo parezca, “Esquiziudades” es un libro cosmopolita. Algunas de sus personajes salen del patio trasero para visitar el delantero, aunque este se encuentre ocupado por Sherlock Holmes

Como es un hombre sagaz, el proponente se dio cuenta que ambos proyectos eran completamente diferentes: el primero, el suyo, era mucho más íntimo, enfocándose en sus experiencias y las personas que han configurado, sin saberlo, su personalidad. El segundo[6] era más frío porque, por lo general, hablaba de muertos.

Esta debilidad, que solo se evidenció cuando el plazo del concurso estaba a punto de vencer, pudo superarse con retórica[7]: “nuestro libro pretende enfatizar las diferencias entre las dos maneras de entender el género de la crónica[8]”.

Lea, en este enlace, qué es lo que hermana a Sherlock Holmes, Papá Noel, Romeo y Julieta. Una crónica incluida en “Esquiziudades”.

Para llegar a esa frase que dice tanto y tan poco al mismo tiempo, este escribidor había pasado noches en vela y horas de terrible desasosiego porque era incapaz de completar ni siquiera la cuarta parte de lo que su nuevo amigo le había solicitado…

Hubiera sido poco decoroso admitirle a la primera persona que respondió a la declaratoria de guerra que iba a desistir por falta de granadas, así que se hizo necesario recurrir a la invención de armas que jamás imaginó: extraterrestres y cines pornográficos, entre otras delicias.

El cóctel resultó exitoso y la retórica, por una vez, quedó respaldada con los hechos. Las “Esquiziudades” se convirtieron en un retrato de casi 160 páginas donde los demonios de las ciudades saltan en forma de letras para descerebrar a los lectores que nunca habían reparado, víctimas de su cotidianeidad, en el manicomio del mundo que los rodea.

El neonato ganó el concurso y los padres, entre exultantes y horrorizados, lo descubrieron cuando ya no había otra alternativa que someterse a la furia del destino, dejando que, con todo y errores, el libro siguiera su camino hacia la imprenta.

Ahora, el monstruo de Frankenstein, guillotinado y sangrando tinta, llega a sus manos, querido lector, para aterrarlo porque desnuda a las ciudades, pero también a usted, a sus hijos y a los mismos escribidores que lo crearon[9].


[1] “Big Pappa” para unos masáis que lo veían ir de aquí para allá cazando leones negros, avestruces sin alas o hipopótamos cúbicos

[2] No es nuestro caso, por supuesto.

[3] Hemingway, no el tubérculo o un tuberculoso infalible del Vaticano.

[4] Responde al nombre de Jonathan Álvarez.

[5] Es decir, yo.

[6] El mío.

[7] A la que se recurre siempre que no hay alternativas serias.

[8] Imprescindible leer esta frase con voz de erudito.

[9] Estas notas al pie, por otra parte, son prescindibles, pero es impensable un artículo serio sin ellas…

BIOGRAFÍA APÓCRIFA: LA RARA BESTIA QUE COMPRA LIBROS

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Ilustración de “El libro de los animales”, parte de la colección “Cuenta Cuentos” de Salvat.

Usualmente, el vendedor (si no es un librero por convicción) cree que una persona que compra libros es igual a la que adquiere medias o salchichas, pero no es cierto: el bibliófilo es una bestia veleidosa.

Es erróneo pensar que el comprador de libros trata de adquirir un título o un autor específico, pues, al entrar en la librería, con frecuencia no tiene claro qué es lo que quiere. Sabe que desea un libro, pero no cuál, de modo que curiosea entre los estantes pellizcando por aquí y por allá hasta que una frase o una palabra llaman su atención.

Entonces, se detiene, hojea, huele, disfruta del ejemplar que tiene entre sus manos porque para el bibliófilo no solo se trata de satisfacer una burda sed de conocimiento, sino de un placer como el vino o el amor.

¿Cómo describir a esta clase de comprador? No siempre es un erudito universitario. Sí, los hay por supuesto, pero un gran porcentaje de amantes de libros no ha terminado una carrera de tercero o cuarto nivel.

En realidad, es un personaje elusivo que se interesa más en el goce silencioso de aprender sin interferencias de terceros, por lo que usualmente deja inconclusa su carrera para abstraerse en lecturas interminables.

Es culto. A veces irónico y presumido. Generalmente, vive en las ciudades (a las que dice detestar, pese a que sin ellas no puede vivir). Su edad varía: los más jóvenes suelen estar entre los veinte años y los más viejos, pasan de los setenta. Su pasión es genética, la heredaron de padres, abuelos o tíos con monstruosas bibliotecas. Llueva o truene, nunca les falta un libro bajo el brazo o dentro de la mochila y casi siempre se los puede ver leyendo en buses, cafeterías e incluso váteres.

El comprador de libros es un lector desde luego, pero también es un coleccionista. Ama leer, aunque también es un fanático del objeto libro. Necesita tanto el contenido como el continente.

A diferencia de otras clases de compradores, el que adquiere libros se siente atraído por los más antiguos y extravagantes, por eso es que rara vez acude a una librería con una idea clara de lo que se llevará.

No le gusta que le hagan recomendaciones porque, como es un aventurero que jamás se sometería a una aventura, sabe que el buceo dentro de los estantes es el único deporte extremo que practicará. Además, tiene la certeza de que lo que se promociona con ahínco es oropel y lo que se esconde es diamante.

La búsqueda de libros es una forma de sinestesia. Siempre alguno trae a la memoria la voz de Fulano o el perfume de Zutana. Por eso, cuando el bibliófilo toca una pasta de cuero piensa en la abuela y cuando ve una edición de Moby Dick, en el padre… Pese a su carácter en apariencia burlón, es sensible, las letras lo han vuelto así.

En definitiva, se compran libros por necesidad de saber, pero también por pasión, por saudade, porque algunas ilustraciones son maravillosas o por la rareza de ciertos ejemplares… No hay un solo motivo, la bestia que compra libros es irracional, pues está dispuesta a gastarse todo el sueldo en una librería aunque aquello signifique penuria.

Para comprar, lo más corriente es meterse en decenas de librerías para terminar volviendo a la de siempre, a la de aquel librero en el que se confía a ojo cerrado.

Este, como cazador ante la fiera, sabe que es inútil recomendar, así que recurre a la charla y entre chiste y chiste desliza comentarios sobre algún autor que cree podría interesarle a su víctima.

Ella a veces cae y otras sonríe indeciso, mientras pasa sus ojos por los estantes a la espera de hallar algo curioso. Casi siempre lo consigue y regresa a casa con un libro, que a veces se resiste a esperar para ser leído, seduciéndolo sobre la mesa de una cafetería o sobre la sucia banca de una estación de buses.

Al llegar a casa, tarde y desconcertado, alguien, una esposa o un hijo, miran al comprador de libros con suspicacia porque saben que aunque intente ocultarlo aquel libro que carga no es “uno de los viejos”, sino el culpable de otra quincena sin carne.

BIOGRAFÍA APÓCRIFA DE UN GALLINAZO

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Gallinazo vigilante de Lima. Fuente: El Comercio.

 

Esa mañana el cielo permanecía encapotado, pero el sol acribillaba con balas de fuego perforando nubes y cuerpos.

Nuestro coche avanzó sobre los caminitos de tierra que, como riachuelos lodosos, desembocan en la torrentosa carretera de cemento que une los balnearios de Esmeraldas.

Llegamos a Tonchigüe. La playa no estaba manchada de turistas y el pueblo entero, con casas y gentes, se hundía en la modorra de media mañana.

A pocas cuadras de la plaza central, una res destazada daba la bienvenida a los extranjeros con sus muñones cubiertos de moscas verdes. Las gargantas se llenaban de nudos o los nudos de gargantas.

Por fin, el coche llegó a la plaza y un garrotazo de olor a podredumbre hizo añicos el parabrisas. A la izquierda, un Everest de bolsas de basura de Dios sabe qué época agonizaba por los picotazos de cuatro gallinazos.

Las aves eran gordas y azabaches. Batían sus alas y se atragantaban como aristócratas cenando luego de la ópera.

Las vísceras de las bolsas se esparcían por aquí y por allá, pasando del suelo a las barrigas de los pajarracos. Uno, sin duda el que lideraba, con un movimiento de sus extremidades se puso a controlar la gula de sus compinches. Sus picotazos eran los privilegiados, pues la carne descompuesta era suya, solo suya.

Frente a la escena del banquete pajaril, a nuestra derecha, cuatro hombres reposaban sobre hamacas. En el suelo, doce o quince botellas de cerveza hervían por acción del sol furibundo.

Indiferentes, se abalanzaban cada cierto tiempo sobre la cerveza caliente. Sin embargo, uno, el que permanecía sentado, era el líder, el encargado de repartir la bebida. Los demás le obedecían y si alguno hubiese tenido la audacia de coger una botella sin su autorización, el castigo habría sido ejemplar.

Aquel hombre transpiraba poder, aun dentro del auto y a varios metros de distancia era posible sentirlo.

Hipnotizados por su influjo, dejamos de acelerar hasta que el motor, en medio de toses y corcoveos, se apagó. Hoy seguiríamos plantados en aquel sitio si un aleteo feroz, el del gallinazo jefe, no nos hubiera obligado a reaccionar.

El ave se elevó seguida de una de sus compañeras, mientras las otras permanecían en tierra devorando lo que quedaba de basura en medio de una estela de plumas azabaches.

Arrancamos el coche y lo último que pude ver fue que también tres de los hombres se habían esfumado. Solo quedaba uno, quien, desde la hamaca de su jefe, bebía de a poco lo que quedaba en cada una de las botellas de cerveza abandonadas.

Esa fue la primera vez que vi un gallinazo cara a cara y, ahora, por todo lo que ha ocurrido, comprendo que esa experiencia estuvo ligada con mi transformación.

 


 

Temprano el calor había sido tan fuerte como el de aquella mañana en Tonchigüe, sin embargo, en la tarde, cuando tuve el primer síntoma de mi cambio, el cielo empezó a sudar frío como si el planeta estuviese tratando de equilibrar su temperatura con transpiraciones de granizo.

Yo estaba acostado, meses atrás se había publicado mi primer libro y aunque me sentía contento, estaba inseguro. De repente, sentí una comezón incontrolable sobre los labios. Me rasqué casi hasta arrancarme el cuero y, al borde de la demencia, corrí al baño y me miré en el espejo: mi boca estaba hinchada, había empezado a crecer hasta formar un pico, al tiempo que mis labios se tornaban grises.

Quise pedir ayuda y solo fui capaz de proferir un suave gruñido, pero la vergüenza me alejó para siempre de los médicos.

Las transformaciones, en los días siguientes, no se detuvieron y tampoco se circunscribían a lo físico: psicológicamente cada vez me parecía más a un ave carroñera.

En la calle (a la que salía solo cubierto con capuchas y bufandas), cada persona, cada objeto incluso, me provocaba un apetito voraz incitándome a arrancarle pedazos con mi recién adquirido pico gris.

Las situaciones extrañas, los traumas, las malas costumbres de la gente hacían que mi estómago gruñera ansioso e incontrolable. Pero también lo hermoso…

Mientras los humanos comunes huían de los monstruos o de los agonizantes, yo me pegaba a ellos para destriparlos y, luego, en el silencio de mi cueva, los digería en forma de cuentos.

Ya nada me escandalizaba, al contrario, exacerbaba mi hambre. La hez, lo hediondo, lo cruel de la humanidad solo conseguía que la bestia interior aflorara chillando llena de gozo.

Con el pasar de los meses, dejé de sentir la necesidad de ocultarme. Era un gallinazo y ya no me importaba.

Me divertía cuando los niños, en esas reuniones familiares, se paraban a mirarme con estupor. Sus madres (mis tías, primas, hermanas) los alejaban tapándoles la boca y la nariz para evitar un posible contagio.

Mis brazos se convirtieron en alas, mis piernas en garras y mi piel se cubrió de plumas negras, mientras mis ojos aguados mejoraron su visión hasta el punto de que podía detectar una víctima a kilómetros de distancia.

Mi alimento era la novedad y, al digerirla, excretaba poemas, novelas, crónicas, ensayos.

Descubrí que no era el único, que otros como yo vivían semiocultos dentro de bares o refundidos entre funcionarios de cualquier clase de ministerio. Algunos procreaban belleza, otros, monstruosidad.

Los gallinazos empezamos a reunirnos y, pronto, se volvió evidente que algunos eran muy fuertes. Los débiles o los novatos huían bajo un aguacero de reverencias, mientras los demás desollaban primero a las presas. Los mejores cuentos salían de los picos de estas fieras terribles.

Solo un lugarteniente, un plumífero tan audaz y duro como su jefe, se atrevía a desafiar la autoridad de vez en cuando. Producía textos tan brillantes que los líderes temían perder su posición.

Por eso, el equilibrio de poder dentro de la comunidad de gallinazos siempre ha sido inestable: cualquier cosa puede acabar con el orden jerárquico. Hay tanta hambre de arte que algún día terminaremos por despellejarnos en busca de alguna joya que se encuentre incrustada dentro de nuestras tripas.

Esta clase de gula es por pura estética. No importa a quién o a qué haya que sacrificar, lo único que interesa es la creación y cuestionarlo todo, incluso a uno mismo.

Cuando vi los gallinazos en Tonchigüe no imaginé que un virus se inocularía dentro de mí. Tampoco sospechaba que, más temprano que tarde, me transformaría en un ave carroñera capaz de devorarlo todo, incluso a mi padre…

El día que murió, sin dudarlo, me lancé sobre su cuerpo helado y me puse a exprimir sus entrañas para hacer literatura. Quizá algún día, con el pico manchado de libros, me convertiré en el rey de los gallinazos.

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Busque el relato con ilustraciones magníficas de Majo Rodríguez en la edición especial de aves de Terra Incognita (agosto 2018).

BiblioRecreo: el bus que promueve la lectura (II)

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El bus del BiblioRecreo se encuentra en el parqueadero externo del Centro Comercial El Recreo, al sur de Quito.

“El BiblioRecreo fue concebido como una biblioteca que funcionaría para el deleite de la lectura”. Así define Claudia Bugueño, actual encargada, a un proyecto que ha roto esquemas dentro del mundo de lectores quiteños.

La biblioteca empezó a operar en octubre de 2013, pero decidieron convertir al 23 de abril, Día Internacional del Libro, en su fecha de cumpleaños oficial.

La iniciativa fue del Centro Comercial El Recreo con el apoyo del Estado a través de la Casa de la Cultura Ecuatoriana “Benjamín Carrión”. Entidad que entregó, en comodato, el bus Ford de los años setenta en el que ahora hay cientos de libros y un nuevo tipo de viajeros…

“El objetivo principal de la biblioteca es incentivar la lectura, poniendo énfasis en los primeros lectores, además de acercar, con libros, un mundo de sueños a nuestros clientes”, explica Marienela Berrazueta, administradora general del centro comercial.

Dentro del bus no hay descanso. Las bibliotecarias acomodan libros, los recomiendan, llenan fichas, redactan publicaciones para la fan page de la biblioteca en Facebook y hasta toman fotos para los carnés de los nuevos usuarios.

Los sábados, a media tarde, es frecuente que el bus esté abarrotado como en el tiempo en que era un medio de transporte. La temperatura aumenta. Por aquí o por allá, el visitante se cruza con un lector empeñado en llevarse Los diez negritos de Agatha Christie, otro que pide recomendaciones de autores ecuatorianos de ciencia ficción y hasta con una chica colorada que escarba entre las estantes buscando amores vampíricos.

Nadie juzga. Todos leen lo que quieren y son felices con sus libros.

“BiblioRecreo es un espacio cultural que incentiva la lectura y un punto de encuentro seguro que pone al alcance de todas las personas, en especial niños y jóvenes, los títulos literarios más destacados bajo el formato de estante abierto sin que los costos sean un limitante”, continúa Marianela Berrazueta.

Las estadísticas del BiblioRecreo están plagados de datos sobre el público capaces de aniquilar cualquier prejuicio. Por ejemplo: en el sur de Quito sí hay lectores, las mujeres son las que más leen y los adolescentes tienen interés en la lectura.

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Para Erika Guevara, una de las usuarias más frecuentes del BiblioRecreo, el secreto de la atracción que ejerce la biblioteca sobre sus usuarios es el ambiente acogedor y la variedad de géneros que se pueden encontrar.

Juan Romero Vinueza, poeta y lector, está de acuerdo con que la variedad es una de las cosas que le gustan, pero el hecho de que sacar un carné cueste menos de diez dólares al año y que, con él, se pueda acceder a cualquier libro y llevarlo a la casa por una semana, es crucial.

Él llegó al BiblioRecreo desde el norte de Quito, a bordo otro bus y recomendado por el escritor Adolfo Macías, quien fue uno de los autores invitados a la biblioteca.

“Alguna vez, en una conversación que tuvimos (con Adolfo Macías), estábamos hablando sobre las bibliotecas en Quito y (sobre) que casi todo estaba concentrado en la Universidad Católica, la San Francisco o en el Centro Cultural “Benjamín Carrión”, pero que no había más opciones que tuvieran cosas interesantes. Claro, está la de la Universidad Central, pero a su biblioteca no la han renovado hace mucho tiempo, sobre todo en el área que me interesa, que es la literatura. Adolfo me dijo que había un bus blanco en el Centro Comercial El Recreo que tenía cosas muy interesantes. Me recomendó que lo visitara para que lo viese con mis propios ojos.”

Pese a que los jóvenes son el público más numeroso, no es extraño encontrar gente de otras edades y ámbitos: amas de casa o profesionales de áreas tan distintas como las matemáticas y el arte.

Uno de ellos, Ramiro Castro es profesor y uno de los usuarios más antiguos:

“Me enteré (de su existencia) por publicidad dentro del Centro Comercial antes de que abrieran. La verdad es que estaba muy impaciente porque me pareció una idea genial. Ha superado mis expectativas”.

Al igual que otros lectores, el ambiente acogedor y la facilidad para sacar libros son las cosas que más le atraen, pero hay otro detalle: BiblioRecreo no es una institución acartonada que se dedica exclusivamente a prestar libros, sino un lugar en el que los lectores pueden interactuar e involucrarse en diversas actividades como talleres, sesiones de cine, clubes de lectura.

Ramiro Castro y Juan Romero Vinueza tuvieron la oportunidad de pasar del papel de usuarios al de expositores.

“La interacción con el público de esta biblioteca es distinta a la de otros lugares donde participé en talleres. En general, hubo gente bastante joven y que estaba interesada en la poesía, pero que no tenía una idea muy clara de qué era ni cómo se comía eso. No obstante, lo más interesante, para mí, fue que allí no importa quién eres (es decir, si se trata de un escritor consagrado, uno novel, un profesor o lo que sea), hay que ganarse la atención”, cuenta Juan Romero, quien dirigió, el 17 de marzo de este año, un taller sobre lenguaje poético a bordo del bus.

“Intenté que no sea tan ‘magistral’ el taller, sino que mediante las lecturas, los mismos asistentes lograsen obtener una perspectiva de lo que había pasado con la poesía en esos años. No fue una cuestión extremadamente teórica, sino más bien una aproximación lectora a las obras en sí, un acercamiento – el primero, en muchos casos – a textos que, a mi parecer, fueron notables en la primera mitad del siglo”.

Por otro lado, Ramiro Castro saltó al ruedo en el “CinEncuentro” de mayo, evento que busca atraer nuevo público lector a través de la exhibición de películas inspiradas en obras literarias. Comparando ambos lenguajes, el de las imágenes y el de las palabras, se pretende desarrollar el gusto por el arte y una comprensión más profunda de los libros.

Usualmente esta actividad ha contado con invitados que van desde escritores hasta blogueros, pero en esta ocasión se ensayó algo distinto: invitar a uno de los espectadores a convertirse en moderador.

Ramiro Castro se sintió satisfecho con el resultado: el público le abrió los brazos y fue una experiencia nueva y grata.

BiblioRecreo no es una biblioteca ordinaria como aquellas que se ven en las películas antiguas. No hay un mostrador separando a bibliotecarios del público y tampoco empleados con mandiles negros de polvo. Lo que sí hay es estantes expuestos para que la gente pueda manipular los libros a su gusto.

Además, si bien es cierto que su primer objetivo apunta al préstamo de libros, la gestión cultural es clave. Claudia Bugueño es asidua en ferias y demás actos culturales.

Igual que un cazador, busca una nueva presa que pueda llevar sus conocimientos a la biblioteca,  promoviendo talleres, charlas o incluso la presentación de nuevas obras.

“En el BiblioRecreo, los escritores van a cautivar a sus futuros lectores, no tienen conocidos ni está a su alrededor el mundo literario e intelectual que siempre los sigue, simplemente se encuentran frente a potenciales lectores y punto. Por tanto, para ellos resulta un reto también”.

Clau BusLEA LA ENTREVISTA COMPLETA A CLAUDIA BUGUEÑO SOBRE EL BIBLIORECREO DANDO CLIC EN ESTA FOTO…

La imagen de la biblioteca le ha abierto puertas, los autores van gustosos y se despojan de sus medallas para hablar con gente que no necesariamente los conoce, sobre todo, en un país que, como dice Claudia, los autores locales no atraen porque se los promociona poco.

Álex Vicente es otro usuario antiguo. Llegó al BiblioRecreo al poco de que empezara a funcionar por una tarea del colegio. El proyecto entonces estaba liderado por Adriano Valarezo, quien es un gran conocedor de literatura y cuyas recomendaciones atraparon a un buen porcentaje de gente.

“La primera vez que llegué fue una experiencia muy interesante. No había visto en años una biblioteca con tantas novedades, una amplia selección de libros, además del servicio de préstamo a domicilio y la gran personalidad de Adriano, un hombre muy preparado que supo desde el inicio darme grandes recomendaciones que hicieron que siempre desee volver.”

Sobre aquella época, la bibliotecaria más antigua, Sonia Ortega, explica que la iniciativa surgió gracias al ingeniero Mantilla, dueño del C. C. El Recreo, quien es un conocido amante del mundo de los libros. Luego, la Casa de la Cultura entregó el bus y el centro comercial se esforzó por darle una segunda vida.

Claudia Bugueño apunta a que una de los principales logros de Adriano fue la capacidad para elegir el fondo de libros adecuado, lo que implica tener un conocimiento amplio de literatura y además arriesgarse, toda vez que era imposible conocer de entrada cuáles iban a ser las lecturas capaces de provocar interés. Además, con su mística de trabajo, pasión y conocimiento, atrajo a mucha gente.

Sonia

Sonia Ortega es la bibliotecaria más antigua. Antes trabajó en la extinta librería “Libro Express” (Q.E.P.D.).

Según Claudia, la tarea de ahora es distinta: se trata de una etapa de consolidación, la biblioteca ha dejado de ser una novedad y, por lo mismo, ya no atrae tanto a los medios y al nuevo público, así que requiere un esfuerzo especial.  “Hoy, mi función es sostener el proyecto y hacerlo crecer”.

Para cumplir con esto, se procura descentralizar las funciones, evitando que todo dependa de una sola persona y se prepara a las bibliotecarias para que respondan a cualquier necesidad que se presente. Al fin y al cabo, “la gente no es eterna en las instituciones y lo que debe prevalecer es el proyecto por sí solo, de modo que la biblioteca siga funcionando aunque hayan salido una, dos o más personas”, dice Claudia.

En los últimos meses, el BiblioRecreo se dividió en dos áreas: la infantil y la de adolescentes y adultos, esta última permanece dentro del bus, mientras que la otra se ha mudado al centro comercial, a pocos metros de uno de los patios de comidas.

Allí, una nueva camada de bibliotecarias se esfuerza por atraer a los más pequeños. “A diferencia del otro Biblio, aquí la gente no se queda mucho tiempo y rara vez se lleva los libros, pero hay mayor afluencia, especialmente los fines de semana”, según Gina Ruiz, una de las encargadas de esa sección.

BiblioInfantil

El neonato BiblioRecreo infantil, dentro del Centro Comercial El Recreo.

Ella, como Claudia y Sonia, fue librera antes y tiene alguna experiencia en recomendar, aunque admite que es muy distinto el ambiente. “Aquí no hay la presión de vender, lo que importa es que la gente disfrute de su lectura y que se relacione con los libros”.

Gina menciona que uno de los esfuerzos en los que el BiblioRecreo se encuentra empeñado es su articulación con la Agenda 2030 para el desarrollo sostenible de las Naciones Unidas. La idea es convertir a las bibliotecas en grandes emporios de conocimiento para que el público pueda capacitarse y enfrentar los desafíos de una sociedad mucho más compleja con problemas ambientales, sociales y económicos.

Claudia Bugueño dice que el BiblioRecreo es la prueba de que se puede hacer un trabajo conjunto entre Estado y empresa privada para promover la cultura. No es cierto que a ellos no les interesa la gente, es solo que falta gestión y acaso aquello es responsabilidad de los propios actores culturales, quienes no comprenden que “si la comunidad no viene a uno, hay que salir en su búsqueda, tratando de fomentar redes de apoyo sostenible con educadores, directores o autoridades que representen al mundo educativo o que estén destinados a hacer políticas públicas para mejorar el nivel de educación y cultura en el país”.

Mientras registra una pila de libros recién devueltos, Claudia explica, casi como si estuviese hablando consigo misma, que su objetivo es establecer parámetros de calidad, de manera que si otra persona llega a encargarse, podrá entender sin problema todos los procesos, pero sobre todo procurando “hacer de la biblioteca un lugar en el que la gente se sienta cómoda, acogida, respetada y escuchada”.

BiblioRecreo, un bus que promueve la lectura

Bibliorecreo

El bus del BiblioRecreo se encuentra en uno de los parqueaderos del Centro Comercial El Recreo.

 

BiblioRecreo es una biblioteca, sí, pero también es el punto de encuentro de escritores y artistas con la comunidad.

Se trata de un proyecto que ha cumplido, oficialmente, cuatro años y en el que el Estado, a través de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, y la empresa privada, liderada por el Centro Comercial El Recreo, se aliaron para el desarrollo cultural de Quito, en especial la zona sur.

Claudia Bugueño, actual encargada del proyecto, es una comunicadora social que ha ejercido de todo menos de comunicadora social (salvo por un breve desliz al inicio de su vida laboral). Librera y ahora biblotecaria, cree que su objetivo es fortalecer los lazos, convirtiéndose en una facilitadora que reduzca la separación entre los artistas y el público en general.

Conversamos con ella sobre bibliotecas, cultura y otros demonios maravillosos.

 

¿Qué es el BiblioRecreo? ¿Cómo se puede definir a este proyecto?

BiblioRecreo es el proyecto de responsabilidad social permanente del Centro Comercial El Recreo, cuyo principal objetivo es satisfacer la necesidad de ocio constructivo en el sur de Quito, es además un centro de difusión cultural que realiza actividades permanentes enfocadas en difundir la lectura, siendo un mediador entre el mundo artístico y cultural de la ciudad.

Su principal servicio es el préstamo de libros a casa, previo la inscripción.

Tu profesión es la de comunicadora, en BiblioRecreo te has transformado en bibliotecaria y en gestora cultural, ¿tu formación ha sido un aporte para tu trabajo actual o te ha tocado hacer un borrón y cuenta nueva por las exigencias actuales?

Afortunadamente mi formación es la de comunicadora social para el desarrollo, lo cual implicó que aprendiese metodología de planificación y evaluación de proyectos, aspectos que he podido aplicar en mi actual trabajo. Sin embargo, la formación de bibliotecaria ha debido ser en un inicio empírica. Ayudó mucho mi oficio de librera durante siete años, de aquella experiencia aprendí sobre el mundo del libro en aspectos como autores que no estaban en mi registro lector, editoriales, importaciones, manejo de inventario, elaboración de pedidos y formación de personal librero. Este último aspecto es el más demandante.

En cuanto a la formación como gestora cultural, apenas siento que estoy iniciando, es un oficio que requiere de constante preparación y creatividad, pero nada es nuevo, las actividades que he ido implementando en BiblioRecreo son producto de constantes lecturas e investigación de actividades culturales exitosas en otras bibliotecas; es un constante ir probando, ajustando, mediando, pero sobre todo muchas de las ideas vienen del contacto constante con lectores y con personas vinculadas con el medio cultural.

Otro de los buenos retos de este oficio, es la demanda profesional que ha significado para mí y mi equipo de trabajo: capacitarme para capacitar luego, demostrar que este oficio requiere de constante auto formación. Como no existe una carrera oficial de bibliotecología en la ciudad, salvo en provincias y no ofrecen la modalidad de estudios a distancia, la opción es prepararse con talleres, cursos, diplomados, etc.

¿Qué tan receptivo es el público de Quito a los eventos que promueve el BiblioRecreo? ¿Hay interés en la literatura y el mundo del libro?

En un inicio, hay interés por probar, involucrarse con el mundo de la lectura, especialmente en los jóvenes, impulsados por la novedad de leer las sagas best – seller o libros que han sido adaptados a películas o series. Luego, poco a poco, las motivaciones van cambiando y es nuestra misión bibliotecaria que así sea, proponiendo nuevas  lecturas, creando lazos amistosos y cordiales con los lectores, es de esta manera que los convencemos y los seducimos para participar de las actividades culturales que proponemos y que ellos, con su participación exigua o masiva, nos dejen saber sus preferencias, pero si no se les propone distintas actividades no puedes saber qué funciona y que no.

No es un paraíso, hay que ser muy recursivo y apostar a varios frentes para atraer a la gente hacia los eventos, especialmente cuando se invita a escritores locales, ya que la literatura ecuatoriana en general no produce mucho interés entre la gente. Solo si pudiésemos revivir a un Pablo Palacio, a un César Dávila o a un Medardo Ángel Silva, los lectores vendrían sin tanta logística de por medio.

Sin embargo, cuando logras que vengan (después de explicarles con discursos, apelando al compromiso con el BiblioRecreo, después de llamadas, mensajes, etc.), cuando al fin lo logramos, digo, se sientan frente a los autores y lo disfrutan.

 

 

claudia

BiblioRecreo ahora tiene un área, fuera del bus y dentro del centro comercial, dedicada exclusivamente al público infantil. Claudia Bugueño lidera el proyecto.

 

Hay un prejuicio en Quito: “en el sur de la ciudad no hay lectores”. Desde tu perspectiva, ¿es verdad esa afirmación o, más bien, el problema es que esa idea ha impedido la apertura de espacios para que los posibles interesados visiten y se reúnan?

En el sur se lee y yo diría que mucho, no en vano BiblioRecreo tiene un promedio de prestaciones de 600 a 800 libros al mes. Este dato es importante, vamos a los 3400 usuarios.

Creo que esa idea falsa de que en el sur no se lee, se fue repitiendo como un estigma negativo y ha sido necesario que pasen casi cinco años de funcionamiento del BiblioRecreo para que una librería decidiese abrir sus puertas y vender sus libros en el mismo centro comercial, así como para que un proyecto particular que lleva el nombre de biblioteca, pero que en realidad funciona como librería, porque vende libros, se posicionase en otro centro comercial del sur.

 

¿Los artistas e intelectuales son accesibles y colaboran para atraer a la gente o, por el contrario, convierten a la literatura en una cosa hermética?

Son accesibles cuando los invitas. Debo decir que BiblioRecreo ha ido construyendo una imagen de posicionamiento en el mundo cultural e intelectual, lo reconocen y le tienen estima y los que no lo han conocido, tratamos de que lo hagan a través de una agradable experiencia como invitados especiales en nuestro espacio, los tratamos con respeto y consideración.

Somos conscientes de que nuestras mejores referencias las dan los mismos usuarios y los actores culturales que se han acercado como invitados especiales. Ellos son nuestros promotores.

En el BiblioRecreo, los escritores van a cautivar a sus futuros lectores, no tienen conocidos ni está a su alrededor el mundo literario e intelectual que siempre los sigue, simplemente se encuentran frente a sus potenciales lectores y punto. Por tanto, para ellos resulta un reto también.

Además, como la sala es pequeña, el contacto es más íntimo, no se puede rehuir la mirada ni los gestos.

¿Qué hace que el BiblioRecreo sea diferente de otras bibliotecas?

Desde su presentación es distinto. La biblioteca se encuentra instalada o montada sobre un bus Ford de los años 70 que pertenecía a la Casa de la Cultura y que fue entregado bajo la figura de Comodato al Centro Comercial El Recreo.

Luego, BiblioRecreo asumió el riesgo de prestar libros a casa sin mayores trabas, ni requisitos para inscribirse. Solo pedimos un valor simbólico de $3 para menores de 12 años y $5 para mayores de 12 años anual como inscripción y referencias telefónicas de familiares. Nada más.

Es una biblioteca dedicada al placer de la literatura, no funcionamos con textos escolares ni académicos y su presentación es a stand abierto. El lema es: “el libro debe estar cerca y accesible para los lectores – usuarios”.

BiblioRecreo funciona como un organismo vivo, es decir, los lectores pueden conversar, reír, intercambiar ideas con otros y siempre están pasando cosas nuevas: eventos, actividades, movimiento, cambios. Así deben operar las bibliotecas hoy por hoy.

 

Precisamente, ¿Quito es una ciudad con suficientes bibliotecas, responden a las necesidades de la gente o, de plano, la gente no las visita y, por lo mismo, el Estado no las ve como una necesidad?

Creo que no se han levantado estadísticas actualizadas del número de lectores y tampoco se sabe qué tipo de bibliotecas son las que requieren (temáticamente hablando). Frente a esta situación creo que no se podría determinar si son suficientes o no.

La red Metropolitana de Bibliotecas atiende a un público más académico, la biblioteca Eugenio Espejo, maneja títulos históricos y opera más como archivología que como biblioteca.

No tenemos una biblioteca nacional, creo que desde allí ya puedes tener un diagnóstico de que el movimiento bibliotecario ha sido replegado y que el acceso a la información y educación, ha sido escaso.

Quizás las personas no visitan mucho las bibliotecas porque ahora tienen acceso directo a información, lo importante es saber separar la que vale de la que no. Creo que si las bibliotecas cumplen con la función de ofrecer un espacio de acceso a información o entretenimiento, pero que además logren convertirse en un sitio de encuentro para que personas con similares intereses se puedan compartir sus experiencias, serán más visitadas y valoradas por la comunidad.

 

 

Bibliotecarias

Claudia Bugueño, Sonia Ortega y Helen Mora son tres de las bibliotecarias que dan vida al proyecto “BiblioRecreo”.

 

Cuando se visita el BiblioRecreo, es frecuente encontrar muchos jóvenes solicitando libros, ¿se cae con esto la frase “los chicos de ahora no leen”? ¿Cuál es el principal público del BiblioRecreo?

Nuestro grupo cautivo son los jóvenes de entre 13 y 18 años, quienes representan el 38% de nuestros usuarios frecuentes y, mes a mes, son el grupo del que más solicitudes recibimos. Luego viene el grupo joven adulto que está entre los 19 y 25 años y que corresponden al 32% de usuarios activos. Otra dato interesante es que siempre hay más mujeres registrándose en el BiblioRecreo.

 

BiblioRecreo no solo es una biblioteca, también es una suerte de centro cultural donde se organizan eventos relacionados con cine y literatura, ¿cómo recibe el público dichos eventos? ¿Cuáles son las principales dificultades que presenta esta doble función del BiblioRecreo?

Creo que la nueva concepción de bibliotecas va enfocada a ser un centro de mediación lectora y difusión cultural, es el nuevo esquema que una biblioteca debe manejar para difundir lectura y cultura.

Requiere de planificación llevar la tarea de manejar operativamente la biblioteca, es decir, llevar control de inventario, estar al tanto de las novedades literarias, atención personalizada a los usuarios y planificar trimestralmente una agenda adecuada para pulirla mes a mes.

Es importante que la biblioteca se difunda a través de redes sociales, interactuando con ese público también para difundir asertivamente y masivamente nuestro servicio y agenda cultural.

Puedes tener muchas ideas, pero lo importante es probar con los usuarios cuáles son las actividades que les gustan. El tiempo nos ha demostrado que lo que más aprecian son aquellas actividades que los involucran activamente como los clubes de libro, por ejemplo.

Los “CinEncuentros”, se han establecido con la finalidad de comparar el lenguaje literario con el cinematográfico y tener una visión amplia y completa de las artes, entendiendo que se alimentan entre ellas, cada una con sus propias características. Es una forma de impulsar la lectura y hacerla más atractiva.

 

En septiembre de 2015, los Estados miembros de las Naciones Unidas adoptaron la nueva Agenda 2030 para el desarrollo sostenible, entre los temas que incluye, se expone el concepto de las bibliotecas como motores del cambio, ¿en Ecuador se está poniendo en práctica esta iniciativa o ha quedado en papeles?

Desafortunadamente, estamos muy retrasados en comparación a otros países de la región como Colombia, Chile y, claro, Argentina.

No aparecemos en el mapa de levantamiento de información de las bibliotecas, lo que quiere decir que no estamos trabajando en red, tampoco existe un organismo de regulación bibliotecaria, no tenemos un dato concreto de cuántas bibliotecas operan en el país y a cuántos usuarios benefician.

Hay mucho por hacer todavía. Por fortuna, existe una comunidad bibliotecaria que, por pequeña que parezca, está interesada en mejorar sus espacios de trabajo, a través de la permanente formación.

 

¿Cómo puede promoverse el desarrollo sustentable desde las bibliotecas y cómo se articulan estas dentro de los planes nacionales de desarrollo, considerando que la cultura usualmente es el rubro más descuidado del presupuesto nacional?

Las bibliotecas deben convertirse en organismos vivos en los que la comunidad pueda encontrar tanto información, como entretenimiento y un vínculo para relacionarse con sus pares.

Por ejemplo: existe la idea de que las bibliotecas en Ecuador se conviertan en centros de capacitación para educar en la manera de afrontar las emergencias.

En BiblioRecreo, queremos además apoyar a nuestros usuarios, lectores y profesores, en la realización de talleres de comprensión lectora, creación literaria, que los motiven a seguir relacionados con la lectura.

Otro de los conceptos que las bibliotecas y, por ende, los bibliotecarios debemos tener claro es que si la comunidad no viene a ti, hay que salir en su búsqueda, tratando de fomentar redes de apoyo sostenible con educadores, directores o autoridades que representen al mundo educativo o que estén destinados a hacer políticas públicas para mejorar el nivel de educación y cultura en el país.

BiblioRecreo, en su momento, hizo una alianza estratégica con una institución pública, la Casa de la Cultura, y con la empresa privada, marcas comerciales reconocidas, para lograr sacar adelante al proyecto y entregárselo a la comunidad del sur de Quito. Eso es el verdadero desarrollo sostenible, hacer todas las alianzas posibles en torno a un bien común.

 

Finalmente, ¿piensas que el BiblioRecreo es la prueba de que empresa privada y comunidad pueden trabajar juntos para el desarrollo del arte y la cultura?

Absolutamente, para el Centro Comercial, el BiblioRecreo es su proyecto estrella, una forma de relacionarse con sus clientes de una manera constructiva y alternativa, cambiando la “alteridad” del sector, ese concepto del que nos hablan tanto en sociología y comunicación, pero que es absolutamente viable y concreto en este proyecto: un antiguo bus blanco en medio del ajetreo diario al que muchos se acercan por curiosidad y otros porque es su espacio especial.

BiblioRecreo es la manera que encontró el C.C. El Recreo para hacer “marketing social” o de amor, el mismo que consiste en promocionar una marca a partir de proyectos nobles, innovadores y útiles para la gente.