Biografía apócrifa: ESQUIZIUDADES

Esquiziudades“, publicada en noviembre de 2018 por el Núcleo Pichincha de la Casa de la Cultura Ecuatoriana.

Los escritores, escribidores y excretores cuando dan a luz un libro se empeñan en convencer a sus víctimas – lectores que tan interesante como la creatura es la historia de su gestación.

Lo cierto es que los casos de manuscritos hundiéndose en el mar o que siguieron el camino del olvido a bordo de vagones del Orient Express se repiten con la misma frecuencia con la que se publican libros que podrían haberse evitado tal destino.

Si usted, querido lector, es un entusiasta de las sopas de letras con seguridad habrá leído que Hemingway[1] perdió, a bordo de cierto tren que unía Francia con Suiza, una maleta llena de escritos.

Los que creen en la justicia divina[2] dirán que se trató de un castigo, pues la mujer que embarcó el equipaje en París fue la primera esposa del señor Papa[3], al mismo tiempo que este le buscaba un reemplazo definitivo.

Por aquellos años, un Kafka abatido por la tuberculosis, ordenaba a su amigo Max Brod y a su última pareja, Dora Damiant, que echasen a la pira sus trabajos, víctima de un pudor poco frecuente en el universo artístico.

Como sucede a menudo, los albaceas del difunto eran unos desgraciados y no le hicieron el menor caso: los papeles que poseía Brod fueron a parar en la imprenta, mientras que los de la “viuda”, en las oficinas de la Gestapo.

El fuego, no obstante, sí fue el asesino de los poemas de un Platón que todavía no era filósofo y de la versión primigenia de “El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde”.

¡Extraños casos!

El neonato que protagoniza este artículo, “Esquiziudades”, también tiene una historia curiosa. Es hijo de dos padres, como es habitual en casi todas las gestaciones, y ambos, como también es habitual casi todas las gestaciones, no se conocían antes del engendramiento.

La criatura – libro, por lo tanto, tiene el sello de la incertidumbre, pues ninguno de los progenitores sabía qué esperar de su experimento, como también es habitual en las gestaciones.

El escribidor de esta nota, siempre audaz, invita a través de sus redes sociales a enviarle declaraciones de guerra con la esperanza de que nadie le haga caso, pero cierta mañana, de esas septembrinas que no se puede saber si son de verano o de otoño, un mensaje cibernético proveniente de las sabanas bogotanas, cambió todo.

Se pregunta quién es el agradable sujeto que se esconde tras las líneas de este blog, averígüelo aquí.

Uno de los futuros padres[4], ecuatoriano en el exilio, había tenido la idea de presentar un libro de crónicas a cierto concurso propuesto por el Núcleo Pichincha de la Casa de la Cultura.

El problema que comparten autores buenos y malos es que, pese a estar por horas sembrados frente a un computador, lo producido nunca alcanza para llenar un libro porque es poco lo que en realidad logró pasar de la cabeza al archivo de Word o porque lo que sí lo consiguió no lo merecía. Así, cuando debe cumplir con un mínimo de páginas no tiene ni la mitad o, a veces, ni la mitad de la mitad.

El futuro padre en el exilio había leído algunos textos del futuro padre que no está en el exilio[5], animándose a remendar su criatura con retazos de la ajena.

Aunque no lo parezca, “Esquiziudades” es un libro cosmopolita. Algunas de sus personajes salen del patio trasero para visitar el delantero, aunque este se encuentre ocupado por Sherlock Holmes

Como es un hombre sagaz, el proponente se dio cuenta que ambos proyectos eran completamente diferentes: el primero, el suyo, era mucho más íntimo, enfocándose en sus experiencias y las personas que han configurado, sin saberlo, su personalidad. El segundo[6] era más frío porque, por lo general, hablaba de muertos.

Esta debilidad, que solo se evidenció cuando el plazo del concurso estaba a punto de vencer, pudo superarse con retórica[7]: “nuestro libro pretende enfatizar las diferencias entre las dos maneras de entender el género de la crónica[8]”.

Lea, en este enlace, qué es lo que hermana a Sherlock Holmes, Papá Noel, Romeo y Julieta. Una crónica incluida en “Esquiziudades”.

Para llegar a esa frase que dice tanto y tan poco al mismo tiempo, este escribidor había pasado noches en vela y horas de terrible desasosiego porque era incapaz de completar ni siquiera la cuarta parte de lo que su nuevo amigo le había solicitado…

Hubiera sido poco decoroso admitirle a la primera persona que respondió a la declaratoria de guerra que iba a desistir por falta de granadas, así que se hizo necesario recurrir a la invención de armas que jamás imaginó: extraterrestres y cines pornográficos, entre otras delicias.

El cóctel resultó exitoso y la retórica, por una vez, quedó respaldada con los hechos. Las “Esquiziudades” se convirtieron en un retrato de casi 160 páginas donde los demonios de las ciudades saltan en forma de letras para descerebrar a los lectores que nunca habían reparado, víctimas de su cotidianeidad, en el manicomio del mundo que los rodea.

El neonato ganó el concurso y los padres, entre exultantes y horrorizados, lo descubrieron cuando ya no había otra alternativa que someterse a la furia del destino, dejando que, con todo y errores, el libro siguiera su camino hacia la imprenta.

Ahora, el monstruo de Frankenstein, guillotinado y sangrando tinta, llega a sus manos, querido lector, para aterrarlo porque desnuda a las ciudades, pero también a usted, a sus hijos y a los mismos escribidores que lo crearon[9].


[1] “Big Pappa” para unos masáis que lo veían ir de aquí para allá cazando leones negros, avestruces sin alas o hipopótamos cúbicos

[2] No es nuestro caso, por supuesto.

[3] Hemingway, no el tubérculo o un tuberculoso infalible del Vaticano.

[4] Responde al nombre de Jonathan Álvarez.

[5] Es decir, yo.

[6] El mío.

[7] A la que se recurre siempre que no hay alternativas serias.

[8] Imprescindible leer esta frase con voz de erudito.

[9] Estas notas al pie, por otra parte, son prescindibles, pero es impensable un artículo serio sin ellas…

Cómo enamorarse de la literatura sin morir en el intento

Estoy fascinado con la literatura desde los nueve años, edad en la que descubrí, en la biblioteca de mi padre, “La divina comedia” con ilustraciones de Yan D’Argent. La leí con avidez y me apasioné por el mundo de las letras, emprendiendo la traducción al quichua de las obras completas de Góngora. El párrafo anterior es impresionante, pero es una mentira desde la primera letra hasta el último punto.

La joya de mi corona.  Pronto, este blog se ocupará de don Enrique de Montalbán, genial doctor en letras tan inexistente como el socialismo en el Socialismo del siglo XXI.

La joya de mi corona.
Pronto, este blog se ocupará de don Enrique de Montalbán, genial doctor en letras tan inexistente como el socialismo en el Socialismo del siglo XXI.

Estoy fascinado con la literatura desde los nueve años, edad en la que descubrí, en la biblioteca de mi padre, La divina comedia con ilustraciones de Yan D’Argent. La leí con avidez y gracias a los pies de página y a la traducción que había preparado el misterioso don Enrique de Montalbán – “dantólogo” tras el que se escondían los libreros Garnier – me apasioné por el mundo de las letras, emprendiendo la traducción al quichua de las obras completas de Góngora.

El párrafo anterior es impresionante, pero es una mentira desde la primera letra hasta el último punto. Lo cierto es que esa Divina comedia aún está en mi poder, pero la leí aproximadamente a los veintitrés años. El quichua es un territorio inconquistable – creo que mi memoria ha puesto mayor empeño en olvidarlo que en otra cosa – y me gustan más Quevedo, Lope y el conde de Villamediana que Góngora.

En cualquier caso, la Literatura es algo delicioso. Se dice que permite viajar a mundos distantes y que transforma en seres extraordinarios a individuos que, por cobardía o mera dificultad logística, optan por permanecer en la invisibilidad. Pese a que esto suena a clisé, es cierto.

El problema es que nadie nos ha enseñado a amarla y ella es veleidosa, esquiva y solo admite amantes dispuestos al sacrificio y acaso a la soledad. No se presta a que los profesores, escolásticos chulos, la quieran subastar a un grupo de adolescentes con ojos enrojecidos por la pereza y las largas horas de videojuegos o maratones de la serie Walking Dead.

No quiero decir que a los libros solo puede acercarse una comunidad de iniciados. Lo que ocurre es que se requiere cierto gusto, una educación de paladar que los pésimos profesores y la comida chatarra para el cerebro, traducida en series y películas de mala calidad, han aniquilado.

Ahora los jóvenes leen – más que yo durante la pubertad –, pero leen chatarra del mismo estilo de la que consumen en el cine y la televisión.

El cura y el barbero de Alonso Quijano quizá opinarían que hasta el peor libro algo bueno puede ofrecer y aunque, en general, concuerdo, el hecho es que el que se acostumbra a comer pasto difícilmente llegará a disfrutar un filet mignon

Paulo Coelho preparándose para recibir el premio Nobel porque

Paulo Coelho preparándose para recibir el premio Nobel porque “vende muchos libros y hay millones de personas que lo leen”.

¿Existe una prescripción literaria? No, aunque sí hay una aterradora abundancia de ridículos que se creen con el derecho de enumerar los 1001 libros que deben leerse antes de morir con ébola – unos más audaces que otros ponen a Paulo Coelho y su Alquimista junto a Otra vuelta de tuerca o a Los miserables.

El caso es que, según los años, el gusto, la personalidad, cada lector tendrá una lista de títulos ineludibles y no es mi anhelo subirme al estrado y, con puntero en mano, crear un canon análogo al de Harold Bloom.

Me interesa más contarles cómo llegué a enamorarme de la Literatura.

El romance empezó pronto, aunque yo, como sucede siempre, no sabía que se trataba de amor. Aún no había aprendido a leer, pero mi padre sí – hacía mucho –, dedicándose a ello con voracidad. Cierto mañana, se le ocurrió tomar un volumen de pasta suave de color amarillo y con el sello de la Editorial Salvat – teníamos muchos de ese tipo – y se puso a leer en voz alta. Eran las aventuras de Simbad recogidas en una antología de las Mil y una noches.

Al concluir un relato, yo entraba en estado de desesperación, en un síndrome de abstinencia que hasta me empujó a olvidar mis juguetes. Creo que obligué a mi padre a leer todo el texto en un solo domingo.

Entusiasmado, adquirió en el Círculo de Lectores – que, por aquel entonces, enviaba a un vendedor de puerta en puerta ofreciendo libros y catálogos, labor similar a la que acometen las vendedoras de perfumes y los adventistas en la actualidad – una colección titulada Cuenta Cuentos – una vez más de Salvat.

Cuenta Cuentos de Salvat

Cuenta Cuentos de Salvat

Eran estos una serie de fascículos que, al final, se agrupaban en siete u ocho tomos y contenían relatos ilustrados para pequeños lectores. Aparte de los libros, cada uno traía su cinta de audio, donde varias voces españolísimas leían las historias y las dramatizaban. Desde Pinocho hasta Simbad y Alibabá desfilaban por las páginas, acompañados de un sinnúmero de personajes originales que recuerdo con cariño, como El ogro Grogro o Minuto, el bufón.

Después, con el pasar de los años, aparecieron Verne, Salgari, Wells, Poe y, luego, Cervantes, Ovidio, Dante, Víctor Hugo, Dostoievski, Borges…

A la Literatura se la aprende a amar con fantasía. Se puede llegar a ella a través del cine o de las novelas gráficas. Hay muchos caminos, pero jamás se debe pretender extraerle una “moraleja” – si ese es su objetivo, vaya al catecismo o a las clases de cívica de las escuelas –, solo los malos libros y los pésimos escritores quieren moralizar.

“Las mil y una noches” en la Biblioteca Básica de Salvat.

A los buenos libros se los reconoce porque estimulan la imaginación y deleitan. En cada relectura se descubre un nuevo sentido, un elemento que antes se había pasado por alto.

Los buenos autores no anhelan quedarse estancados como maestros de urbanidad y buenas costumbres, sino que son una suerte de samuráis que luchan contra un dragón – la metáfora es de Bolaño –, en pos de la belleza, sea cuál sea el rostro que le otorguen.

Los buenos lectores desean lo mismo: el arte en su estado puro, pero también sueñan con llenar el vacío del alma y, aunque siempre quedan defraudados, no pierden la esperanza de que el samurái de turno aniquile la incertidumbre que crece dentro del monstruo que se llama vida.

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