BIOGRAFÍA APÓCRIFA: LA RARA BESTIA QUE COMPRA LIBROS

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Ilustración de “El libro de los animales”, parte de la colección “Cuenta Cuentos” de Salvat.

Usualmente, el vendedor (si no es un librero por convicción) cree que una persona que compra libros es igual a la que adquiere medias o salchichas, pero no es cierto: el bibliófilo es una bestia veleidosa.

Es erróneo pensar que el comprador de libros trata de adquirir un título o un autor específico, pues, al entrar en la librería, con frecuencia no tiene claro qué es lo que quiere. Sabe que desea un libro, pero no cuál, de modo que curiosea entre los estantes pellizcando por aquí y por allá hasta que una frase o una palabra llaman su atención.

Entonces, se detiene, hojea, huele, disfruta del ejemplar que tiene entre sus manos porque para el bibliófilo no solo se trata de satisfacer una burda sed de conocimiento, sino de un placer como el vino o el amor.

¿Cómo describir a esta clase de comprador? No siempre es un erudito universitario. Sí, los hay por supuesto, pero un gran porcentaje de amantes de libros no ha terminado una carrera de tercero o cuarto nivel.

En realidad, es un personaje elusivo que se interesa más en el goce silencioso de aprender sin interferencias de terceros, por lo que usualmente deja inconclusa su carrera para abstraerse en lecturas interminables.

Es culto. A veces irónico y presumido. Generalmente, vive en las ciudades (a las que dice detestar, pese a que sin ellas no puede vivir). Su edad varía: los más jóvenes suelen estar entre los veinte años y los más viejos, pasan de los setenta. Su pasión es genética, la heredaron de padres, abuelos o tíos con monstruosas bibliotecas. Llueva o truene, nunca les falta un libro bajo el brazo o dentro de la mochila y casi siempre se los puede ver leyendo en buses, cafeterías e incluso váteres.

El comprador de libros es un lector desde luego, pero también es un coleccionista. Ama leer, aunque también es un fanático del objeto libro. Necesita tanto el contenido como el continente.

A diferencia de otras clases de compradores, el que adquiere libros se siente atraído por los más antiguos y extravagantes, por eso es que rara vez acude a una librería con una idea clara de lo que se llevará.

No le gusta que le hagan recomendaciones porque, como es un aventurero que jamás se sometería a una aventura, sabe que el buceo dentro de los estantes es el único deporte extremo que practicará. Además, tiene la certeza de que lo que se promociona con ahínco es oropel y lo que se esconde es diamante.

La búsqueda de libros es una forma de sinestesia. Siempre alguno trae a la memoria la voz de Fulano o el perfume de Zutana. Por eso, cuando el bibliófilo toca una pasta de cuero piensa en la abuela y cuando ve una edición de Moby Dick, en el padre… Pese a su carácter en apariencia burlón, es sensible, las letras lo han vuelto así.

En definitiva, se compran libros por necesidad de saber, pero también por pasión, por saudade, porque algunas ilustraciones son maravillosas o por la rareza de ciertos ejemplares… No hay un solo motivo, la bestia que compra libros es irracional, pues está dispuesta a gastarse todo el sueldo en una librería aunque aquello signifique penuria.

Para comprar, lo más corriente es meterse en decenas de librerías para terminar volviendo a la de siempre, a la de aquel librero en el que se confía a ojo cerrado.

Este, como cazador ante la fiera, sabe que es inútil recomendar, así que recurre a la charla y entre chiste y chiste desliza comentarios sobre algún autor que cree podría interesarle a su víctima.

Ella a veces cae y otras sonríe indeciso, mientras pasa sus ojos por los estantes a la espera de hallar algo curioso. Casi siempre lo consigue y regresa a casa con un libro, que a veces se resiste a esperar para ser leído, seduciéndolo sobre la mesa de una cafetería o sobre la sucia banca de una estación de buses.

Al llegar a casa, tarde y desconcertado, alguien, una esposa o un hijo, miran al comprador de libros con suspicacia porque saben que aunque intente ocultarlo aquel libro que carga no es “uno de los viejos”, sino el culpable de otra quincena sin carne.

Diccionario enciclopédico de clientes de librerías

Así es como quedan las librerías cuando los empresarios se dan cuenta de que no son rentables...

Así es como quedan las librerías cuando los empresarios se dan cuenta de que no son rentables…

Más o menos tres años estuve encerrado en dos librerías de centro comercial a las que conocía con el sobrenombre de “La Cueva” (Cueva 1 y Cueva 2, en realidad), básicamente porque pasaba allí desde que salía el sol hasta que se ocultaba.

No es exageración decir que podría producirse una catástrofe nuclear o una invasión extraterrestre, mientras los libreros, totalmente ignorantes del destino del planeta, limpian los estantes polvorientos.

Bueno, sí hay una hipérbole: las paredes de los centros comerciales, fabricadas con cartón, no resisten ni a los clientes que se arriman en ellas, menos aún bombas atómicas o sofisticadas armas del espacio exterior, así que en cualquiera de los escenarios los libreros morirían, pero en la inopia.

Por otro lado, ese aislamiento exterior permite conocer a fondo las interioridades de los clientes, es decir la pata de la que cojean, no solo en cuanto a los hábitos de lectura, sino a su carácter y manías. En ese sentido, creo que estoy capacitado para bosquejar una tipología del “homo qui legit”.

Es conviene, en todo caso, advertir que los tipos mencionados a continuación corresponden a personas reales, no hay ni un ápice de ficción en ellos, por lo que tiene todo el derecho de sentirse ofendido si “le queda el guante”…

 Lea también la crónica de mi último día como librero.

La madre tiránica:

Es una mujer de convicciones fuertes, con principios lectores sólidos, ¡ilustradísima! Por lo general, es una feminista que se considera dueña de una sensibilidad artística sin límites porque ha visto en internet dos pinturas de Frida Kahlo, pero jamás ha escuchado de Benedetta Cappa o Remedios Varo.

Usted la puede encontrar en las secciones infantiles de las librerías despotricando contra su hija de cinco años porque quiere un libro de princesas de Disney y no “algo educativo”.

El curioso que observe la escena – incluida la perorata de quince minutos donde la madre habló, acomodándose sobre el hombro su cartera Louis Vuitton, en contra del capitalismo, Mickey Mouse, la sociedad, Dios, Belén, los pastores, el perro, el machismo, Alí Babá – no debe maravillarse cuando surja de atrás de un estante la MADRE de la madre tiránica, como un “deus ex machina”, para decir: “hijita, ¿por qué le gritas a la guagua? Cómprale lo que quiere, si vos tenías una colección de muñequitas de Disney…”

 

Los “otakus”:

Bueno, lo admito. A mí también me gustan los cómics. Sí, sí, sí...

Bueno, bueno, lo admito. A mí también me gustan los cómics…

Una mañana helada, mientras limpiaba la sección de fotografía, llegaron a la tienda tres chicos ataviados con enormes abrigos. Eran dos hombres y una mujer, ella sostenía una cadena en su mano derecha con la que arrastraba al más alto y flaco de ellos. Este sonreía, jadeaba y hasta ladraba. Una compañera me susurró: “¡es un ‘kemonomimi’!”

La chica arrastró a su pokemon por toda la tienda, dándole cariñosas nalgadas a veces, reprendiéndolo cuando no cumplía una orden o intercambiando con él y el otro muchacho besos franceses en la sección de literatura infantil.

Finalmente, se plantaron ante mí indignados al descubrir que no teníamos el paquete completo de las Cincuenta sombras de Grey con esposas de terciopelo y los demás juguetes.

Los otakus leen, aparte de los mangas, novelas juveniles y de terror. Pueden pasar horas metidos en la tienda y, por lo general, se marchan sin comprar nada (descargan los cómics de internet), llevándose sus diademas con orejas de gato a una convención de fanáticos de las historietas con entrada libre.

 

“Los que han leído todo”:

Primera foto de Puñetas junto a su sufrido padre.

García Márquez, víctima de la crítica especializada en Bukowski.

Estos personajes no solo se pasean por las librerías (pasear es el verbo adecuado porque jamás gastan un céntimo), también es posible hallarlos en los festivales de cine independiente (gratuitos), bares alternativos (donde intentan que otros gasten por ellos), conciertos de “trip hop” (gratuitos) o en cafés (en los que no consumen nada). Se la pasan hablando durante todo el día y no es raro que utilicen lenguaje rebuscado para seducir a chicas vestidas con camisetas espartanas cuyo único adorno consiste en dos símbolos del género femenino entrelazados.

No hay cosa que se escape a su amplísimo bagaje cultural. Según ellos, han leído TODOS los libros y ninguno se escapa a su crítica ácida.

Desde Sófocles hasta Vargas Llosa, la literatura del mundo está plagada de imbéciles a excepción de Bukowski, “el único escritor que vale la pena porque le vomitó en la cara a la moralina burguesa estadounidense después de una noche de putas y alcohol” (lo que suena bastante bien, salvo porque el vómito es la única metáfora que le calza a esos libros)…

Lea también “Los lectores se congelan en Quito”.

Las socias del club de lectura:

“¡Soy amiga de [inserte el nombre de cualquier político, empresario o famoso hijo de vecina], atiéndame primero!”; “¿cómo que no hay descuento?, soy del club del libro ‘El desgraciado hijo de Orión’;  “¿cómo se atreve?”; “¿no me conoce?”; ¡llamaré a mi marido para que le cante sus tres verdades!”; “¿o sea que no puede devolverme el dinero solo porque compré el libro hace dos años, no tengo factura, está arrugado y le faltan dos páginas?, ¡es nuevito!”; “¡pésimo servicio!”; “¡nunca más volveré a esta librería!”

Estas frases definen a la típica socia de un club de lectura. Nunca quieren pagar el precio completo del libro, aunque usualmente les sobra el dinero y no tienen empacho en despilfarrarlo en una tienda de ropa, pero por UN libro, jamás querrán pagar el precio justo. Invocarán a todo el santoral de empresarios del mundo librero o a sus amigos, esposos y amantes, solo para obligar al librero a cumplir con sus designios.

Son peligrosísimas y no precisamente por sus influencias, sino porque han provocado que los escritores de novelitas y novelotas rosas e insustanciales ahora se reproduzcan como gremlins en una lavacara de agua helada.

 

Los sexualmente NO explícitos:

Siempre se debe ordenar con lógica (sexual) una librería (¿?)...

Siempre se debe ordenar con lógica (sexual) una librería (¿?)…

“Señor, ¿puede prestarnos ese libro de ‘Las cincuenta sombras de Grey’? De verdad no vamos a comprarlo… Es que queremos saber de qué se trata…” Con estas frases se acercaron a mí una pareja de jóvenes. Les entregué el libro mirándoles con una expresión que seguramente era producto de la risa contenida y la incredulidad.

Al poco, los vi sentados con los rostros colorados y carcajeándose mientras leían. Yo, un voyerista consagrado, me aproximé con disimulo, esperando algún escenario pornográfico, mas, mis esperanzas se fueron al tarro de la basura al escuchar que la mujer, acalorada, decía: “amor, ¿te das cuenta de las pendejadas que lee tu mamá?”

En este grupo también están los adolescentes que piden “El principito”, pero terminan comprando “El kamasutra de la masturbación” o “Sea una puta en la cama”…

Lea un crónica de estas y otras lindezas acerca de los lectores de las Cincuenta sombras de Grey…

 

Este artículo se ha prolongado demasiado y podría hacerlo aún más, teniendo en cuenta que faltan categorías como: “adolescentes que leen biografías de OTROS adolescentes con cuenta de YouTube”, “niñas obsesionadas con las novelas románticas”, “escritores que compran sus propios libros para regalar”, “viejitas adictas a las revistas de tejido”, “profesores universitarios enamorados de Foucault”, “aprendices de empresarios que quieren alcanzar el éxito en una semana”, etcétera, etcétera, etcétera…

El caso es que si bien el tópico de “dime qué amigos tienes y te diré quién eres” es dudoso, aquel de  “dime que libros lees y te diré cómo eres” es indiscutible. Fin.

Resumen de fin de año

Hasta Mark Zuckergberg se pregunta qué carajos estaba pensando durante todo este año.

Hasta Mark Zuckergberg se pregunta qué carajos estaba pensando durante todo este año.

Estoy parado frente a un monigote de año viejo. Mientras las llamas lo consumen, pienso en mi “resumen del año” que hace cinco minutos apareció en mi teléfono celular transformado en una notificación de Facebook. Es pobre, vergonzoso.

Quiero pensar que se trata de una jugarreta de Mark Zuckerberg y su perro “Beast”, por lo que, mientras el monigote lanza alaridos de camaretas, me pongo a recordar aquellos detalles que no se publicaron en la red social:

Cambié de trabajo tres veces en el 2015, pasando de librero a profesor y luego a cobrador de cuentas en mora. Lo adecuado en estas fechas sería agradecer estas experiencias y afirmar que he aprendido mucho de ellas, pues, parafraseando a Coelho, me han permitido ser el héroe de mi propia aventura vital. Mas, la verdad es que la única frase aplicable a los tres empleos es la de Bartleby: “preferiría no hacerlo”.

La librería donde empecé el año como administrador quebró. No fue mi culpa – creo –. Tal vez el error fue del dueño de la empresa, quien optó por colocar su tienda más importante al lado de uno de los baños del centro comercial Quicentro. Falla estratégica imperdonable, pues las estadísticas indican que en el Ecuador la gente no lee ni en el váter.

Antes de que naufragara la librería, me marché para dar clases en un colegio católico. Me recibieron como un rey, es decir, como a Luis XVI. De todas maneras, no fue necesario que me cortasen la cabeza, casi la pierdo sin necesidad de guillotina alguna cuando descubrí que los profesores tienen más de policías antidisturbios que de maestros.

Después de que salí, la librería quedó, literalmente, empapelada hasta en las puertas...

Después de que salí, la librería quedó, literalmente, empapelada hasta en las puertas…

Del colegio me sacaron por ineficiente o por ateo o por ineficiente ateo. El caso es que terminé en un centro de cobranzas, donde descubrí que una cartera no es de cuero ni sirve para guardar dinero o tarjetas de crédito, sino… En realidad, no sé qué es, pero está relacionada con banqueros y no se la consigue en una tienda de Louis Vuitton o de Carolina Herrera.

Entre el despido y el cambio de trabajo, viajé a Cuenca dos veces. En la primera ocasión, conocí a un belga que abandonó su vida en los Himalayas por una cuencana. El europeo es tan popular en el sur de este país como desconocido en el suyo, quiza su éxito se debe a que es un gran conversador en una lengua que habla mal o a su prodigalidad con la cerveza.

En la segunda, NO pude conocer a Sara, mujer apasionada de la bohemia cuencana y a quien sueño bella, inefable como una hurí, aunque mis amigos, que sí la vieron, afirman que se parece más a una vikinga robusta obsesionada con parecerse a la Siempreviva de Andrés Caicedo.

Por otro lado, obtuve una mención de honor en un concurso de relatos fantásticos. Acaso esto me habría evitado demasiadas “aventuras vitales” si, en vez de aquel género literario, hubiese optado por el de los lucrativos vampiros diabéticos o de las secretarias ninfómanas.

Finalmente, tengo un gato que me tiraniza, un libro de cuentos que no termino de escribir, un sueldo que no me alcanza, un país que me aburre y un presidente que no elegí.

"Pushkin", el gato tirano. Evidencias científicas contundentes sostienen que se trata de la reencarnación de Gengis Khan.

“Pushkin”, el gato tirano. Evidencias científicas contundentes sostienen que se trata de la reencarnación de Gengis Khan. :3

En la escala social soy como un futbolista polaco en un campo de concentración nazi durante la Segunda Guerra Mundial, pero sin temor a equivocarme, estoy seguro de que pronto me promoverán a la categoría de judío en el gueto de Varsovia.

Este sí es el resumen de mi año, básicamente…

Primer día como profesor

Dos caras de la misma moneda (parte 2).

Arnold antes de quedar obeso por comerse todo el estado de California.

Arnold antes de quedar obeso por comerse todo el estado de California.

Llegué a las seis y media de la mañana. No madrugaba desde hace siete años – mis trabajos anteriores no empezaban antes de las nueve –, así que se trataba de una horrorosa nueva experiencia.

En la mañana, antes de las siete, todo se ve diferente en Quito: no hay tráfico, smog o gente, solo deportistas matutinos y perros.

Yo, a esa hora, apenas soy una sombra de mí mismo, por lo que el viaje desde mi cama hasta el colegio, pasando por la ducha y el autobús, equivale a atravesar el Amazonas montado en un monociclo. Más por miedo a dejar una mala imagen que por integridad, llegué media hora antes del inicio de las clases y creo que no me dormí en alguna de las aulas únicamente porque me preocupaba despertar con la cara cubierta de pinturas como le ocurrió a Arnold Schwarzenegger en un “kindergarden”.

Llegué al colegio con la convicción de ser un general de brigada, capaz de controlar a las hordas de adolescentes a punta de discursos altisonantes y alaridos propios de un sargento Guachamín a sus reclutas.

En el primer curso que me tocó en suerte, antes de que pudiera decir palabra, una estudiante me disparó a quemarropa: “¡no nos dé clases, la literatura no sirve!”.

Los adolescentes de hoy necesitan que los escuchen, pero hacerlo es la peor decisión que uno puede tomar: “profe, he ‘volvido’”, “licen, ¿toca leer el relato para saber de qué se trata?”, “¿para ser futbolista también necesito la literatura?”,

Un día normal de

Un día normal de “selfies” y WhatsApp ilimitado… en clases.

“¿puedo copiar en el examen?”, “¿hito se escribe con ge o con jota?”, “¿qué tiene de malo que me tome un ‘selfie’ en clase?”, “si los niños de África se mueren de hambre ¿por qué no nacen sin estómago?”

Al llegar al segundo curso con el que me premió el destino, sentí que los estudiantes me analizaban de pies a cabeza. Supongo que estaban ocupados en practicar un escaneo de rayos equis sobre mi cuerpo porque mientras más hablaba, menos atención me ponían. Les interesaba mi traje azul oscuro y mis zapatos, no la vida de Quevedo, ni siquiera les llamó la atención que este hubiera tenido la costumbre de huir de su encierro clerical para entregarse a los placeres de las tabernas españolas del Siglo de Oro. Solo cuando mencioné el “vino” que se consumía en ellas, me contestaron que seguramente “el Zhumir es más rico”.

Terminada la clase, mientras me dirigía a la sala de profesores, resbalé con una cáscara y alguien acertó a decir: “¡se cae la literatura!” Enrojecido y con la dignidad más estropeada que la pierna, me senté a comer un sándwich mientras escuchaba a varios colegas quejarse de que a los “educandos” no les interesan las matemáticas, el inglés, la biología, la química…

 ****

Tras cuatro meses, sin embargo, una de mis compañeras me reclamó indignada porque algunas estudiantes estaban leyendo durante su clase un libro que yo les regalé, descuidando, gracias a la literatura, las teorías de Paul Watzlawick sobre la comunicación humana… No lo puedo negar: al final, me sentí satisfecho.

Lea la primera parte de esta crónica: “Último día como librero“.

Último día como librero

Dos caras de la misma moneda (parte 1).

Aquel 7 de marzo cumplí 32 meses en el oficio de librero.

londonreview_2La tienda parecía un horno, vendedores y libros nos cocinábamos a fuego lento, víctimas del verano prematuro. Apenas hube cruzado la puerta, me dediqué a acomodar algunos volúmenes en la sección de literatura. Distraído, tomé una novela de Roncagliolo, pero fui incapaz de lograr que palabra alguna quedara en mi memoria.

“¿Tiene grapadoras?”, dijo, de repente, un sujeto sin siquiera atravesar la puerta. Negué, no tenía intención de explicarle que aquello era una LIBRERÍA.

Mi compañera de trabajo edificaba una pirámide con varios paquetes de las “Cincuenta sombras de Grey”, logrando que recordara cierto fotograma de “Ben – Hur” en el que un esclavo hebreo moría aplastado por las rocas con las que estaba construyendo el templo de Seti I.

Un comprador me detuvo mientras pasaba una franela sobre “El demonio del absoluto” de André Malraux, quería que le dijera por qué me dedicaba a vender libros “ahora que hay internet”. Le explique que aquel era mi último día – en otra época lo habría acribillado por la blasfemia –. Me felicitó.

Aparecieron dos señoronas que buscaban un libro para su “nietecito”. Quise saber la edad y me respondieron que aún no había nacido, pero que iba a ser inteligentísimo como su “papito”. Entonces, les vendí un librito del ratón Miguelito que soñaba con ser pintorcito.

La tienda se vació. El calor era cada vez más intenso, acaso la carne al carbón la vendíamos nosotros y no el restaurante “Vaco y Vaca” de enfrente.

Los minutos transcurrían con lentitud, tal vez porque yo no quería irme. Aquella tienda tenía mucho de mí: el orden de los libros, el tipo de literatura que predominaba e incluso la música.

Un niño y su madre entraron, dedicándose a extraer un ejemplar tras otro para luego, casi sin revisión, abandonarlos despiadadamente en un área a la que no pertenecían: infantiles en autoayuda, ciencias en esoterismo y literatura erótica en infantil. Cumpliendo con el trabajo de Sísifo, ordené el desorden como cientos o miles de veces en el pasado.

El libro del presidente Correa publicado en 2009 que Ecuador llevó como novedad a la Feria del Libro de Bogotá en 2011. Eso, no más.

El libro del presidente Rafael Correa publicado en 2009 y que Ecuador llevó como novedad a la Feria del Libro de Bogotá en 2011. Eso, no más.

El niño haló una de las mangas de mi camisa y me dijo que había leído el segundo libro de “Harry Potter y las reliquias de la muerte” y que “estuvo buenazo”. Lo miré maravillado, respondiéndole que yo acababa de leer la tercera parte de “El hobbit” y que también estaba buenaza. Luego, le vendí a su madre “Ecuador: de Banana Republic a la No Republica”, pues necesitaba un libro para entender el lenguaje de los adolescentes problemáticos. También pude ofrecerle algo de César Millán, pero no había en stock.

El calor solo se disipó en la noche, poco antes de que cerrase la tienda. Entonces, me atreví a entrar en la caja para revisar por última vez la computadora y los correos electrónicos institucionales. En la mañana había enviado un mensaje a los compañeros de otras tiendas de la cadena con mi despedida, sus respuestas me trajeron recuerdos de miles de libros, amigos y amores…

Al final, apagué las luces y mi compañera puso el candado en la puerta. Antes de despedirme de ella alcancé a ver que un libro se caía del anaquel de la vitrina.

“Mañana lo arreglas”, le dije y mi novia, que fue para acompañarme en el cierre de esa etapa, me tomó de la mano y sonrió.

Lea la segunda parte de esta crónica: “Primer día como profesor“.

Un día para olvidar pero que no se puede olvidar

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Subiste al autobús agotado. En ese tiempo aún eras librero y creo que te gustaba. En la radio, un locutor leía las noticias, haciendo énfasis en la liquidación de miles de médicos y enfermeras pertenecientes al Seguro Social, el gobierno alegaba que eran viejos y que se traería a cubanos para reemplazarlos. Sacaste un libro de la mochila.
En casa todo estaba oscuro y silencioso. No había ni un perro que te ladre.
Desnudo – completamente – te metiste en la cama y antes de prender el televisor permaneciste en silencio unos minutos, escuchando, a lo lejos, la parranda vallenata de algún vecino.
En la televisión pasaban solo películas aburridas y algún episodio viejo de Friends. Apagaste todo y acurrucado en las sábanas heladas seguiste escuchando los vallenatos.
El teléfono sonó. Dijeron tu nombre y algo sobre una emergencia. Debías ir en seguida.
Por unos minutos, permaneciste estático en medio de la penumbra – más desnudo que antes –. Lo primero era llamar a alguien, pero te sentías solo. Existían tu hermana, tus tías… Sí, pero estabas desnudo
Llegaron al poco tiempo. En el automóvil te interrogaron y solo pudiste decir que no sabías nada, excepto que era grave. La voz del médico que llamó sonaba nerviosa.
Por el camino, viste que en la “zona rosa” la gente bailaba, bebía. Salsa, trago, putas, lo usual. Tú, mientras tanto, pensabas en el inicio del Quijote: “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…” ¿Quién sabe el porqué?
Reaccionaste cuando el carro se detuvo.
En el piso tres del hospital, dos practicantes dijeron que el jefe de Terapia Intensiva quería tener una reunión. Nada más. Creo que uno de ellos fue el que habló contigo por teléfono.
El médico explicó que había ocurrido un accidente, que la enfermera no subió el riel de seguridad de la cama – “no es que eso sea negligencia, además hay una sola persona para más de treinta pacientes, por lo de los despidos” – y que el enfermo, desesperado por quién sabe cuáles delirios, se puso de pie, mas, como estaba tan débil, resbaló golpeándose la cabeza contra la pared y el velador. Luego un aneurisma y el coma.
Llovieron frases del tipo: “se hizo lo que estuvo en nuestras manos”, “errores humanos”. Lo usual.
Fuera de la sala de reuniones, le dijiste a una de tus tías que al día siguiente hubieras ido a visitar a tu padre. “Ayer y hoy trabajé todo el día”, balbuceaste a modo de excusa. Es probable que no hayan escuchado.