Diccionario enciclopédico de clientes de librerías

Así es como quedan las librerías cuando los empresarios se dan cuenta de que no son rentables...

Así es como quedan las librerías cuando los empresarios se dan cuenta de que no son rentables…

Más o menos tres años estuve encerrado en dos librerías de centro comercial a las que conocía con el sobrenombre de “La Cueva” (Cueva 1 y Cueva 2, en realidad), básicamente porque pasaba allí desde que salía el sol hasta que se ocultaba.

No es exageración decir que podría producirse una catástrofe nuclear o una invasión extraterrestre, mientras los libreros, totalmente ignorantes del destino del planeta, limpian los estantes polvorientos.

Bueno, sí hay una hipérbole: las paredes de los centros comerciales, fabricadas con cartón, no resisten ni a los clientes que se arriman en ellas, menos aún bombas atómicas o sofisticadas armas del espacio exterior, así que en cualquiera de los escenarios los libreros morirían, pero en la inopia.

Por otro lado, ese aislamiento exterior permite conocer a fondo las interioridades de los clientes, es decir la pata de la que cojean, no solo en cuanto a los hábitos de lectura, sino a su carácter y manías. En ese sentido, creo que estoy capacitado para bosquejar una tipología del “homo qui legit”.

Es conviene, en todo caso, advertir que los tipos mencionados a continuación corresponden a personas reales, no hay ni un ápice de ficción en ellos, por lo que tiene todo el derecho de sentirse ofendido si “le queda el guante”…

 Lea también la crónica de mi último día como librero.

La madre tiránica:

Es una mujer de convicciones fuertes, con principios lectores sólidos, ¡ilustradísima! Por lo general, es una feminista que se considera dueña de una sensibilidad artística sin límites porque ha visto en internet dos pinturas de Frida Kahlo, pero jamás ha escuchado de Benedetta Cappa o Remedios Varo.

Usted la puede encontrar en las secciones infantiles de las librerías despotricando contra su hija de cinco años porque quiere un libro de princesas de Disney y no “algo educativo”.

El curioso que observe la escena – incluida la perorata de quince minutos donde la madre habló, acomodándose sobre el hombro su cartera Louis Vuitton, en contra del capitalismo, Mickey Mouse, la sociedad, Dios, Belén, los pastores, el perro, el machismo, Alí Babá – no debe maravillarse cuando surja de atrás de un estante la MADRE de la madre tiránica, como un “deus ex machina”, para decir: “hijita, ¿por qué le gritas a la guagua? Cómprale lo que quiere, si vos tenías una colección de muñequitas de Disney…”

 

Los “otakus”:

Bueno, lo admito. A mí también me gustan los cómics. Sí, sí, sí...

Bueno, bueno, lo admito. A mí también me gustan los cómics…

Una mañana helada, mientras limpiaba la sección de fotografía, llegaron a la tienda tres chicos ataviados con enormes abrigos. Eran dos hombres y una mujer, ella sostenía una cadena en su mano derecha con la que arrastraba al más alto y flaco de ellos. Este sonreía, jadeaba y hasta ladraba. Una compañera me susurró: “¡es un ‘kemonomimi’!”

La chica arrastró a su pokemon por toda la tienda, dándole cariñosas nalgadas a veces, reprendiéndolo cuando no cumplía una orden o intercambiando con él y el otro muchacho besos franceses en la sección de literatura infantil.

Finalmente, se plantaron ante mí indignados al descubrir que no teníamos el paquete completo de las Cincuenta sombras de Grey con esposas de terciopelo y los demás juguetes.

Los otakus leen, aparte de los mangas, novelas juveniles y de terror. Pueden pasar horas metidos en la tienda y, por lo general, se marchan sin comprar nada (descargan los cómics de internet), llevándose sus diademas con orejas de gato a una convención de fanáticos de las historietas con entrada libre.

 

“Los que han leído todo”:

Primera foto de Puñetas junto a su sufrido padre.

García Márquez, víctima de la crítica especializada en Bukowski.

Estos personajes no solo se pasean por las librerías (pasear es el verbo adecuado porque jamás gastan un céntimo), también es posible hallarlos en los festivales de cine independiente (gratuitos), bares alternativos (donde intentan que otros gasten por ellos), conciertos de “trip hop” (gratuitos) o en cafés (en los que no consumen nada). Se la pasan hablando durante todo el día y no es raro que utilicen lenguaje rebuscado para seducir a chicas vestidas con camisetas espartanas cuyo único adorno consiste en dos símbolos del género femenino entrelazados.

No hay cosa que se escape a su amplísimo bagaje cultural. Según ellos, han leído TODOS los libros y ninguno se escapa a su crítica ácida.

Desde Sófocles hasta Vargas Llosa, la literatura del mundo está plagada de imbéciles a excepción de Bukowski, “el único escritor que vale la pena porque le vomitó en la cara a la moralina burguesa estadounidense después de una noche de putas y alcohol” (lo que suena bastante bien, salvo porque el vómito es la única metáfora que le calza a esos libros)…

Lea también “Los lectores se congelan en Quito”.

Las socias del club de lectura:

“¡Soy amiga de [inserte el nombre de cualquier político, empresario o famoso hijo de vecina], atiéndame primero!”; “¿cómo que no hay descuento?, soy del club del libro ‘El desgraciado hijo de Orión’;  “¿cómo se atreve?”; “¿no me conoce?”; ¡llamaré a mi marido para que le cante sus tres verdades!”; “¿o sea que no puede devolverme el dinero solo porque compré el libro hace dos años, no tengo factura, está arrugado y le faltan dos páginas?, ¡es nuevito!”; “¡pésimo servicio!”; “¡nunca más volveré a esta librería!”

Estas frases definen a la típica socia de un club de lectura. Nunca quieren pagar el precio completo del libro, aunque usualmente les sobra el dinero y no tienen empacho en despilfarrarlo en una tienda de ropa, pero por UN libro, jamás querrán pagar el precio justo. Invocarán a todo el santoral de empresarios del mundo librero o a sus amigos, esposos y amantes, solo para obligar al librero a cumplir con sus designios.

Son peligrosísimas y no precisamente por sus influencias, sino porque han provocado que los escritores de novelitas y novelotas rosas e insustanciales ahora se reproduzcan como gremlins en una lavacara de agua helada.

 

Los sexualmente NO explícitos:

Siempre se debe ordenar con lógica (sexual) una librería (¿?)...

Siempre se debe ordenar con lógica (sexual) una librería (¿?)…

“Señor, ¿puede prestarnos ese libro de ‘Las cincuenta sombras de Grey’? De verdad no vamos a comprarlo… Es que queremos saber de qué se trata…” Con estas frases se acercaron a mí una pareja de jóvenes. Les entregué el libro mirándoles con una expresión que seguramente era producto de la risa contenida y la incredulidad.

Al poco, los vi sentados con los rostros colorados y carcajeándose mientras leían. Yo, un voyerista consagrado, me aproximé con disimulo, esperando algún escenario pornográfico, mas, mis esperanzas se fueron al tarro de la basura al escuchar que la mujer, acalorada, decía: “amor, ¿te das cuenta de las pendejadas que lee tu mamá?”

En este grupo también están los adolescentes que piden “El principito”, pero terminan comprando “El kamasutra de la masturbación” o “Sea una puta en la cama”…

Lea un crónica de estas y otras lindezas acerca de los lectores de las Cincuenta sombras de Grey…

 

Este artículo se ha prolongado demasiado y podría hacerlo aún más, teniendo en cuenta que faltan categorías como: “adolescentes que leen biografías de OTROS adolescentes con cuenta de YouTube”, “niñas obsesionadas con las novelas románticas”, “escritores que compran sus propios libros para regalar”, “viejitas adictas a las revistas de tejido”, “profesores universitarios enamorados de Foucault”, “aprendices de empresarios que quieren alcanzar el éxito en una semana”, etcétera, etcétera, etcétera…

El caso es que si bien el tópico de “dime qué amigos tienes y te diré quién eres” es dudoso, aquel de  “dime que libros lees y te diré cómo eres” es indiscutible. Fin.

Comunicado navideño

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Papá Noel hizo lo mismo que ustedes en Navidad.

Papá Noel sabía lo que iba a pedirle sin necesidad de que le escribiese una carta. Él, una vez más, estaba condenado a poner en marcha su poderosa maquinaria de elfos y enanos para cumplir mis anhelos navideños.

“¡Libros es lo único que pide!”, debió gritar, compartiendo la frustración que sienten mi familia, mi novia y mi gato.

Es inevitable: para mí, la Navidad significa una edición de lujo de los cuentos de Hoffmann o un volumen de la “Vida Nueva” de Dante en editorial Siruela y Papá Noel lo tiene claro.

Por desgracia, su fábrica no produce libros porque a poquísimos nos interesa leer, la mayoría prefiere vestir de luto horroroso marca Zara o calzar botines fosforescentes promocionados por Neymar. Por eso, siempre que el santo de los niños se topa con el niño que escribe esta columna, sufre una apoplejía.

Como en el Polo Norte no abundan las librerías – menos de libros en español –, Papá Noel aproximadamente entre el 10 y el 20 de diciembre viene a visitar las que aún existen en Ecuador. Este año, por fortuna para él, se han reducido las opciones y de las cadenas grandes, solo quedan Mr. Books y LibriMundi, que en teoría son diferentes, pero en la práctica, absoluta y desastrosamente iguales.

Santa Claus encontró muchos libros en el local de la primera ubicado en el Mall El Jardín, pero eran tantos que sumados no llegaban a uno, o, bueno, tal vez a uno, pero no mucho más. Claro, si lo que yo le exigía al anciano hubiera sido filosofía para el váter – autoayuda –, alguna sombra de Grey o de Xavier Moro, seguramente no habría existido problema alguno, mas como lo que yo solicitaba era un libro de Romain Gary o de Raymond Queneau, la situación se complicó.

Come-galletas

El Monstruo de las Galletas se come la galleta de la mala fortuna de leer “After”.

El hombre vestido de rojo se puso a recorrer los mil y un estantes en busca de buenos libros y claro que los encontró: estaban sepultados bajo kilos de hojas por las que el sacrificio de un árbol es un pecado nefando. A una bonita edición de las obras completas de Onetti, Papá Noel la halló entre el libro de los secretos de Steve Jobs para ser exitoso en la cama y el CUARTO volumen de la trilogía de la “Cincuenta sombras de Grey” que contiene la versión nunca antes contada por el Monstruo de las Galletas; a Homero, en cambió lo vio junto a un cuaderno de Homero Simpson para pintar y a Shakespeare no lo encontró, quizá estaba detrás de la biografía de Andre Agassi y hasta ese tenebroso sitio, ni el santo carmesí quiso llegar…

En todo caso, los ayudantes de Santa Claus contactaron a mis amigos libreros, quienes recomendaron muy buenos libros, lástima que costaban entre 40 y 90 dólares, bajos precios que el monopolio imperial de La Favorita, dueña de casi toda librería grande, ha impuesto sin el menor pudor en la capital.

Mr Books

La leyenda dice que entre estos estantes se ocultaba el Fantasma de las Navidades Pasadas, pero lo vendieron.

Afortunadamente, Papá Noel tuvo la opción de las librerías de viejo, donde con 10 dólares se pueden comprar aproximadamente 8 libros si se sabe negociar, todos en estado aceptable y de autores que los dueños de los grandes locales ni siquiera han escuchado de casualidad, pese a que sí están en el catálogo de Random House Mondadori, que es la editorial que abunda en la comarca, pero que corresponden a la categoría “no se venden”, un anatema inventado por el inefable conocedor que administra aquella empresa. Eso en cuanto a Mr. Books.

De LibriMundi no hay mucho más que decir, salvo que de la aventura que casi hunde al barco – los capitanes anteriores sabían navegar solo en la laguna artificial del parque de La Alameda – lo sacaron a flote los dueños de su antaño competidor para convertirla en una bodega con casi las mismas cosas aunque con estanterías de diseño más elegante.

Por fortuna, Papá Noel y sus enanos encontraron algunos libros usados y uno que otro nuevo a tiempo para colocarlos bajo las ruinas del árbol de Navidad que mi gato tumbó antes del 25 de diciembre.

Supongo que el santo de los niños pensará dos veces el próximo año antes de emprender la tarea de conseguir los regalos que yo quiero, no solamente por la dificultad que entraña, sino porque mi sevicia es tan inmunda que ni siquiera se me ocurrió dejarle un plato de galletas y un vaso de leche como agradecimiento. Fin del comunicado.

Sasha Grey y las cincuenta sombras de Marinetti

Este libro no tiene nada que ver con el Diario de Greg, aunque son bastante parecidos...

Este libro no tiene nada que ver con el Diario de Greg, aunque son bastante parecidos…

Parecían una pareja de recién casados – ninguno de los dos superaba los treinta años –; ambos se acercaron tímidamente y, tomando valor, pidieron el libro Cincuenta sombras de Grey. No pude evitar que una sonrisa burlona se dibujara en mi rostro, al fin y al cabo ese libro es tan común que era absurdo su tono confidencial y asustadizo. Me aclararon que solo querían revisarlo, que necesitaban “averiguar algo”… Volví a sonreír y con perversidad exclamé elevando el tono al máximo:

— ¿QUIEREN REVISAR LAS CINCUENTA SOMBRAS DE GREY?

Sasha Grey te dice que debes recomendar esta página para verte sexy.

Sasha Grey te dice que debes recomendar esta página para verte sexy.

Seis o siete personas que escudriñaban entre los estantes posaron sus ojos sobre la pareja y tuve la impresión de que ambos empequeñecían hasta convertirse en liliputiencies, experimentando un placer casi tan culposo como el que ellos sentían con aquellas sombras.

La pareja – habían soltado sus manos al mismo tiempo que adquirían el color granate – se sentó en el sofá, al fondo de la librería, y, ocultos los rostros tras del libro, se pusieron a revisarlo. A los diez minutos el temor y la vergüenza habían dejado lugar a las risitas picaronas y a las miradas cargadas de morbo.

Con la intención de revisar lo que hacían, me acerqué disimuladamente.

— Mi amor – dijo ella –, ¡estas son las cochinadas que lee tu mamá!

En efecto, el fenómeno de las novelas eróticas alcanza a todo público, desde los adolescentes hasta los viejos y desde los hombres hasta las mujeres. Ahora el planeta entero sufre de una ridícula avidez por novelas adobadas con sexo; todos leen sobre el tema y todos quieren escribir acerca de él. Sasha Grey, conocida por sus escenas de “porno experimental” – o sea raro –, sacó hace meses un libro de esa temática con un arranque potente como el de un Ferrari y un final espeluznantemente lento y soso como el de una tortuga con reumatismo. La blonda esposa de Jaime Bayly también nos ha legado otras cincuenta sombras y hasta Almudena Grandes se ha metido en honduras de ese estilo…

Hasta los bigotes de Marinetti se entusiasmaron con Sasha Grey (así que recomienda esta página si quieres verte sexy).

Hasta los bigotes de Marinetti se entusiasmaron con Sasha Grey (así que recomienda esta página si quieres verte sexy).

Hay para todos los gustos: sexo con humanos, vampiros, hombres lobo, franquistas, nazis, comunistas, empresarios y profesores de cine; con azotes o sin ellos; con uno, dos, tres o 10¹⁴ compañeros sexuales; en variedades oral, anal y normal; con 69 o sin él, etcétera, etcétera.

De todas maneras, estos amantes del “porno light” no han oído hablar de los poemas cargados de erotismo de Ovidio y de Shakespeare o del libro Cantar de los cantares, donde Salomón exalta la belleza de los pechos de una morena anónima. Menos aún de Masoch – el escritor que dio origen a la palabra “masoquismo” – o de Marinetti, quien defendía una sexualidad fría, violenta y brutal.

Precisamente este escritor italiano, creador del futurismo, una de las primeras corrientes de vanguardia, fue víctima de una persecución legal y del rechazo de la “gente educada” por sus teorías acerca del arte y de la vida en general.

Su novela Mafarka el futurista era en sí misma la aplicación literaria de su Manifiesto, el mismo que pretendía romper con los cánones de belleza que había impuesto el modernismo, buscando una sociedad acelerada, fuerte como una máquina y dispuesta al progreso violento.

Mafarka, el héroe de la novela, es un personaje que nos recuerda a esos paladines clásicos que tienen que atravesar una serie de pruebas antes de ascender a la esfera de las divinidades. En cualquier caso, es una de las cualidades anatómicas de este personaje la que le ocasionó líos a Marinetti, pues el pene de diez metros que nos saca en cara el propio héroe al principio de la novela no podía dejar indiferente a la católica Italia de principios del siglo veinte.

La versión mutilada de "Mafarka el futurista". La editorial italiana tuvo que circuncidar al personaje para que cupiese en el libro.

La versión mutilada de “Mafarka el futurista”. La editorial italiana tuvo que circuncidar al personaje para que cupiese en el libro.

De todas formas, el falo de Mafarka no convierte a esta novela en un texto parecido a los que actualmente se entiende como literatura erótica, no lo hacen tampoco las escenas de orgías entre esclavas africanas y soldados, ni el menage à trois que desesperadamente quieren ejecutar dos mujeres con Mafarka. Escribir algo erótico, de seguro, no es lo que pretendía Marinetti; en esencia, él era un agitador y sus intenciones reales eran provocar prurito, irritación en el seno de la clase conservadora, a manera de una nux – vómica que, después del caos, permita surgir a una vanguardia fresca.

El juicio por inmoralidad lo perdió el futurista en segunda y tercera instancia y su obra tuvo que circular mutilada por Italia, sin embargo, Ramón Gómez de la Serna la llevó a España y América Latina, aniquilando el intento de censura, que solo consiguió lo que en última término pretendía el autor italiano: ubicarse en la palestra pública.

Él jamás pudo adquirir la fama de sus coterráneos Pirandello, Calvino, Malaparte, D’Anunzio o Passolini, tanto porque su obra en sí misma no es genial como porque el autor fue un defensor a ultranza del fascismo y de Mussolini, mas, su personalidad controversial y su talento como agitador cultural lo convirtieron en una de las puntas de lanza de la vanguardia que batió los gustos almibarados que imperaban en el arte europeo.

Hoy me rehúso a escribir sobre sexo – básicamente porque lo adecuado no es escribir, sino practicar – y prefiero quedarme con la imagen del autómata que fabrica Mafarka en los últimos capítulos de la novela de Marinetti: el héroe finalmente rechaza los placeres de la carne, incluido el sexo y el poder, para transferir su alma, a través de un beso a un robot gigantesco que se eleva por los aires indiferente a la pasión como un automóvil o un tanque.

Quizá Marinetti hubiera pensado que sería más divertido perder el alma que leer las Cincuenta sombras de Grey

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El libro perdido del indio de las barbas hirsutas

 

A pesar del parecido, no se trata de un cola de gente que busca trabajo en el plan Socioempleo de Alianza Pais. Son solo discípulos de Osho admirando su Rolls Royce.

A pesar del parecido, no se trata de un cola de gente que busca trabajo en el plan Socioempleo de Alianza Pais. Son solo discípulos de Osho admirando su Rolls Royce.

Era una mañana despejada; el calor seco, la suave brisa y el polvo amarillo que se elevaba del suelo convertían a esa zona de Oregón en el arquetipo de un spaghetti western. Sin embargo, una interminable hilera de gente ataviada con túnicas de derviches aniquilaba la armonía lógica de la escena: no había vaqueros, caballos o duelos, solo miles de hippies empeñados en alcanzar algún tipo de iluminación.

De repente, a lo lejos, se escuchó el ruido agresivo de un claxon y las ruedas de un coche triturando la tierra. Los derviches rubios se pusieron en guardia mientras sus ojos oteaban el horizonte con la esperanza de capturar, aunque fuera por  unos segundos, la imagen del “Maestro”. Como en un sueño, apareció un bello Rolls – Royce de capó blanco, el mismo que a pesar de no ir a más de treinta kilómetros por hora, elevaba a su paso una nube de polvo tan espesa que solo en contadas ocasiones permitía ver en su interior a un hombre barbudo saludando con la mano derecha, al tiempo que en el asiento contiguo una mujer de rostro adusto – la ayudante del líder espiritual – murmuraba frases ininteligibles.

Finalmente, el coche desapareció dejando a los rubios derviches desconcertados. ¿De verdad era Bhagwan Shri Rajnísh ese hombre delgado que los saludó desde la ignota matriz de aquel auto? Pues sí, ese individuo era Osho.

Chandra Mohan Jain, alias “Acharia Rajnísh”, alias “Bhagwan Shri Rajnísh”, alias “Osho” era un personaje peculiar. Aparte de cambiarse de nombre aproximadamente una vez cada diez años, fue un profesor de filosofía muy audaz que abandonó la cátedra para dedicarse a predicar sobre sexo libre, sabiduría milenaria e iluminación montado en uno de sus cientos de Rolls Royces.

Un alto porcentaje de los millones de lectores de los libros atribuidos al hindú nacido en Bhopal, India, el 11 de diciembre de 1931 ignoran, entre otras cosas, que el gurú vivía en una opulencia exagerada mientras sus seguidores frecuentemente terminaban reducidos a la miseria por contribuir a sus caprichos – ¡iban a comprarle 365 Rolls Royces para que pudiera pasear en uno diferente cada día del año!

Otro misterio desconocido para sus millones de admiradores y que quedó oculto bajo las hirsutas barbas de Osho corresponde a sus libros. ¿Cuántos hay? ¿En qué momento pudo escribirlos si se dedicaba a la “meditación activa”, las conversaciones con sus adeptos, la búsqueda de la iluminación y la felicidad? Pero sobre todo: ¿cómo es posible que cada año aparezcan nuevos títulos si su autor hace más de veinte que mora, junto a los dodos, en el Valhalla?

No, no es Aldus Dumbledore, el profe de Harry Potter. Es Osho posando para la policía que lo arrestó por ser un buen hombre.

No, no es Aldus Dumbledore, el profe de Harry Potter. Es Osho posando para la policía que lo arrestó por ser un buen hombre.

Si descartamos las sesiones espiritistas, la respuesta a ese cuestionamiento es que otra persona se dedica a escribirlos y es bastante acertado: los libros de Osho que abarrotan los estantes de las librerías no son más que fragmentos de charlas que daba el maestro hindú a sus seguidores y que eran grabadas por sus ayudantes. De manera que la “Osho International Foundation”, depositaria del legado y de la fortuna del místico, se dedica a recoger y a agrupar todas las enseñanzas en diferentes tratados, adecuándolas a la conveniencia y al título. No hay nada nuevo, nada original, solo recalentados de treinta dólares.

Este descubrimiento me llevó a interrogarme sobre si sería posible conseguir un libro que realmente hubiera sido redactado por Osho, iniciando de esta manera un arduo peregrinaje por varias librerías de Quito de cuyo nombre no quiero acordarme.

En una, muy antigua, los dependientes con un retintín de ironía me comentaron que ni el propio hindú podría decirme un título de algún texto original suyo. En otra, el librero me condujo hacia un estante lleno de libros con portadas blancas y pertenecientes al sello editorial DeBols!llo, al tiempo que sin molestarse siquiera en escuchar mi explicación, me espetó con desprecio: “¡todos son de Osho!”.

Vagué desde un centro comercial al norte de la ciudad, en El Condado, hasta una minúscula librería en los confines de San Blas, en el centro, pasando por los valles aledaños a Quito. En ninguna de esas zonas pude encontrar un solo ser humano que me ofreciera con certeza un título verdaderamente escrito por el indio de las barbas hirsutas que, por alguna razón, me recordaba al chamán que guarda las piedras sagradas de Shiva en la película Indiana Jones y el templo de la perdición.

Una tarde lluviosa, cuando había perdido todas las esperanzas de encontrar un texto original de Osho, me senté en una de las mesas del Café Amazonas y pedí un ponche; estaba abatido por mi fracaso y me puse a mirar a los otros comensales distraídamente. De pronto, mis ojos repararon en un hombre vestido con pantalones otavaleños, sandalias de cuero y una camiseta color verde fosforescente que contenía la leyenda “GRINGOS, GO HOME!”; el sujeto en cuestión leía un libro con toda la pinta de ser una copia ilegal, pero en cuya portada estaba dibujado el retrato del gurú indio.

Otros cinco dólares desperdiciados en la vida de un pobre. Hoy, el libro reposa en un cementerio adecuado:  el basurero.

Otros cinco dólares desperdiciados en la vida de un pobre. Hoy, el libro reposa en un cementerio adecuado: el basurero.

— Disculpe – le dije – ¿qué está leyendo?

Vislumbres de una infancia dorada de Osho, es una autobiografía.

— ¿O sea que está escrita por él? – pregunté tontamente.

Aquel hombre sonrió y,  sin responderme, hizo un gesto con su cabeza señalando una carpa que vendía libros pirateados a una cuadra del café.

— Si quieres comprarlo, allá lo conseguirás.

Pagué y sin beber mi ponche, fui hasta el sitio señalado. En efecto, entre unas copias de mala calidad de Mi lucha, El libro del buen amor y el Manifiesto del Partido Comunista estaban varios ejemplares de obras del gurú barbudo, entre ellas, la autobiografía de la niñez áurea. La compré sin decir palabra y fui a mi casa para leerla.

Han trascurrido diez días y el libro está en la basura junto con los cuestionamientos que me empujaron a empezar esta crónica. ¿La razón? Las primeras quince páginas consistían en divagaciones aburridas, llenas de anécdotas repetitivas, humor pueril y un pseudo – positivismo bastante indigesto. A partir de la undécima hoja el texto parecía empezar ponerse interesante, pero como se trataba de una copia pirata, la calidad era pésima y justo esa parte ni siquiera aparecía impresa en su totalidad.

¿Quién sabe? Quizá ese fue el mensaje de algún dios benévolo que trataba de proteger mi salud mental. Prefiero no seguir contradiciéndolo…

 

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