Sangre entre nosotros

Hoy me da la gana de escribir sobre el amor, pero sobre el que nace entre máquinas de escribir y cámaras de fotos: el de los artistas.

Igual que el nuestro – es decir, de la gente “común” – no está exento de dramas, aunque, por la chifladura de sus protagonistas, alcanzan proporciones trágicas.

De Borges, por ejemplo, se tiene una imagen antiséptica, como si se tratase de un anacoreta que, asqueado, huía del sexo y de cualquier pasión excepto la intelectual. Un absurdo.

En su cuento “El Aleph”, el narrador – o sea, Borges – inicia relatando su encuentro con el poeta Carlos Argentino Daneri, rival que le arrebató el amor de Beatriz Viterbo. Ella ya ha muerto, pero el odio y los celos entre ambos, no.

La historia deriva, poco a poco, hacia lo fantástico y esa Beatriz, que recuerda a la Dante, termina por convertirse en el camino hacia el “punto que contiene todos los puntos y todas las líneas del universo”.

Daneri y Beatriz tienen las características de dos personajes extraídos de una biografía de Borges.

Él tenía 27 años y estaba enamorado de una muchacha mucho menor, Norah Lange, pelirroja de ojos profundos y con ancestros sacados de las tundras del norte de Europa.

En aquel tiempo, Borges todavía era ultraísta y, sobre todo, un obseso del mundo gaucho, las literaturas nacionales y otras monstruosidades, se emborrachaba y hay quienes dicen que hasta bailaba tangos. Pero era tímido hasta la médula.

Él y la muchacha – quien ya había publicado un libro, por supuesto, con prólogo de Borges – paseaban por las calles del Buenos Aires de los años veinte, hablando de poesía, vanguardias, de todo, menos de amor.

La tragedia se produjo una noche de verano, es decir, en noviembre como sucede en las antípodas. El escenario fue la Sociedad Rural Argentina, nombre apropiado para un anticlímax más que para un melodrama.

A Borges se le había ocurrido llevar a Norah al banquete organizado allí en honor de Ricardo Güiraldes y su “Don Segundo Sombra”. Entre los invitados estaba el Daneri de este cuento: Oliverio Girondo.

La Fortuna, diosa miserable, quiso que la pelirroja se sentase al lado de este y no del otro poeta. En medio de la cena, la muchacha golpeó involuntariamente una botella de vino tinto que pertenecía a Girondo y la hizo añicos.

― ¡Parece que va a correr sangre entre nosotros! – le dijo él con “voz de caoba”, mientras el vino se desparramaba.

La sangre fluyó de un Borges hecho añicos para el amor, pero que nació para la Literatura. Sus textos cambiaron el romance trasnochado por el color del misticismo, las matemáticas y la fantasía.

La pareja Lange – Girondo no se separó desde esa noche.

 

Rebeca Yanez

Rebeca Yánez Echaurren. Foto tomade de “El Mercurio”.

Chile, década de los 50. Curzio Malaparte, autor italiano al que debemos “Kaputt” y “La piel”, crónicas noveladas de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, llegó al país invitado por el gobierno para un agasajo junto a Neruda y Camilo José Cela.

Todo el mundillo intelectual y aristocrático se disputaba a ese encantador europeo que tenía respuestas ingeniosas en francés para cualquier pregunta que le hicieran. Las mujeres, sin importar la edad, se rendían ante sus palabras y su elegancia.

Una de las paradas de Malaparte durante esa gira fue la librería El Pacífico, entre cuyos estantes vagaba una dama de poco más de 30 años, rubísima y tan menuda como hermosa: Rebeca Yánez Echaurren.

Su familia era de prosapia – el escritor José Donoso se contaba entre sus primos – y ella se complacía en burlarse de su condición y de los “qué dirán” que venían con ese paquete.

El escándalo no era una de sus preocupaciones y cuando Curzio Malaparte apareció, no tuvo reparos en irse con él a Italia, abandonando aun a sus hijos.

Rebequita Yánez se había esfumado. La familia estaba desconcertada. No hubo cartas ni señales de vida por meses.

Es poco lo que se sabe de ese tiempo, salvo que el italiano era tan terrible con su verbo como con sus pasiones. Para él, el amor era una conquista; la amante, una propiedad.

Rebeca Yánez huyó – algunos dicen que lo hizo fugándose en bicicleta después de robarle un par de botas al mayordomo –, aunque decidió quedarse en Italia para aprender fotografía con Carlo Cisventi, fotoperiodista del neorrealismo.

“Rebechita”, como la llamaba Malaparte, se convirtió, pese y gracias a él – de forma involuntaria, desde luego – en la primera fotoperiodista chilena. Durante su carrera, capturó con su cámara a celebridades como Sofía Loren, Brigitte Bardot y Lucía Bosé.

En el libro “Los círculos morados”, Jorge Edwards recuerda el incidente de Rebeca Yánez y Curzio con estas palabras: “(a ella) la literatura, en buenas cuentas, le gustaba mucho, y eso no excluía, ni tenía por qué excluir, el gusto por los escritores”. Declaración de alguna manera emparentada con la analogía de Girondo entre el vino y la sangre de los enamorados, al fin y al cabo, el amor, sea entre poetas o simples mortales, está entre la admiración y la muerte.

La noche que Curzio Malaparte le robó la novia a Marcelo Chiriboga

“Villa Malaparte” en Capri, una isla muy feliz, mucho antes de que Ibiza estuviese de moda.

El mes pasado el diario “El Comercio” de Quito publicó un artículo sobre el escritor ecuatoriano Marcelo Chiriboga. Me sorprendió mucho leer el texto, toda vez que en Ecuador es muy frecuente olvidar a sus leyendas artísticas y este escritor – el único premio Cervantes nacional –, poco a poco, ha quedado en el olvido, siendo que hasta “La caja sin secreto”, su novela cumbre, está exiliada de cualquier librería local.

Curzio Malaparte, polemista y literato fascinante.

Curzio Malaparte, polemista y literato fascinante.

Pensar en Chiriboga me provoca estrés. No es que tenga algo en contra del riobambeño fallecido en 2005, pero me recuerda el proyecto de un libro sobre su vida que sigue en forma de archivo digital en una de las carpetas de mi computador.

Lo cierto es que en 2007, cuando cierto amigo le dijo a la última mujer de Chiriboga que yo quería escribir sobre él, me contactó, entregándome una serie de documentos – varios paquetes de cartas y diez diarios que corresponden al período que va desde 1950 hasta 1956 –. La mujer murió pocos meses después, ventajosamente sin enterarse de mi falta de constancia.

La sorpresa fue mayor, puesto que leí el artículo de “El Comercio” justo en la semana en que un compañero de trabajo me había prestado el libro de relatosSodoma y Gomorra” del italiano Curzio Malaparte. Recordé entonces que en sus diarios, Chiriboga mencionaba un breve aunque nada agradable encuentro con el autor nacido en Prato.

En 1952, Malaparte – seudónimo de Kurt Erich Suckert – recibió una invitación del gobierno chileno del general Carlos Ibáñez del Campo para representar a Italia en el Congreso Mundial de Prensa y Literatura de Santiago, donde lo homenajearían a él junto con Pablo Neruda, Camilo José Cela e Ilyá Ehremburg.

Jorge Edwards y Pablo Neruda.

Jorge Edwards y Pablo Neruda.

El chileno Jorge Edwards, uno de los amigos de Chiriboga, contó que el italiano era un seductor nato, un dandi – acaso ahora lo llamarían metrosexual –, capaz de enloquecer a todas las mujeres. De hecho, la sobrina del chileno José Donoso, otro de los miembros del “Boom”, cayó en sus garras después de que Edwards los presentara.

En todo caso, mientras aquel romance estaba en pleno auge, el italiano tuvo un par de “affaires” con otras mujeres. En Argentina, mientras asistía a una conferencia sobre periodismo y literatura, una muchacha, un poco mayor que la sobrina de Donoso, se acercó a Curzio Malaparte acompañada de un joven de piel cetrina.

Ella se llamaba Victoria Sacheri y él, Marcelo Chiriboga, quien por aquel tiempo estaba redactando la primera versión de “La caja sin secreto”, titulada “Hombres sin pasado”. La argentina era su novia.

Los tres fueron a cenar en un restaurante de Buenos Aires y durante toda la noche, el italiano los sedujo con sus historias sobre la Segunda Guerra Mundial, los nazis, Mussolini, Rommel, el Conde de Foxá, los cazadores lapones, etc.

Chiriboga escribió en su diario: “Estaba tan embobado que no me di cuenta del brillo en los ojos de Victoria.  Solo cuando en la puerta de su hotel, Malaparte, sin la menor vergüenza, le dijo que estaba seguro de que ella sería el ángel que lo iba a salvar de perderse en Buenos Aires, comprendí mi situación”.

Marcelo Chiriboga no supo casi nada de Victoria durante los cinco días que el italiano permaneció en la capital argentina y es probable que ella lo habría seguido a Punta del Este y luego de regreso a Chile, si la sobrina de Donoso no se interponía.

“¡Victoria no se acuerda de mí! Nunca pensé que odiaría tanto a alguien como odio ahora a Malaparte… ¡Que él y su ‘Piel’ se larguen a Italia!”, escribió al segundo día de desaparición de su novia. La muchacha se paseaba por todos los cafés, librerías y teatros con el italiano, retirándose juntos al hotel poco antes de que amaneciera.

“Los vi en la fiesta de F…, ella hizo como si no se diese cuenta de mi presencia. Me emborraché. Por fortuna soy obediente y cuando quise armar un escándalo, un amigo ordenó que me largara a dormir”.

“Villa Malaparte”, en Capri. Edificio ideado por el propio escritor.

Al día siguiente de la marcha de Malaparte, Victoria volvió a aparecer en la vida del ecuatoriano. Ambos fingieron que no había pasado nada. “Nos queremos, ¿qué vamos a hacer?”

Chiriboga supo después, por boca de Edwards, que el italiano regresó a su tierra durante los primeros meses de 1953, acompañado de Rebeca, la sobrina de José Donoso, y que nunca se mencionó a Victoria. No obstante, la chilena sufrió el mismo destino que su rival argentina: el olvido.

Chiriboga no volvió a encontrarse con el autor de “La Piel” y “Kaputt”, pero la admiración se había apagado. Incluso cuando Malaparte llevaba ya algunos años enterrado, el ecuatoriano dijo durante una visita a Capri – donde aquel tuvo una casa –, que lo único que arruinaba a la isla era precisamente “el repugnante espíritu de Curzio que merodea en las playas, dándoles un aire de lo más siniestro”.

¿A QUÉ HORA MATARÁ A PUSHKIN?

Este relato pertenece a una de las partes culminantes de la novela que estoy preparando y hoy lo someto al escarnio público.

 

http://frankmonner.blogspot.com/2010/04/la-caja-secreta-nuevo-libro-de-marcelo.html

El libro que Marcelo Chiriboga publicó después de muerto (¿?).

Estábamos reunidos en La Mariscal, en la cafetería de siempre. Los cuatro conversábamos sobre un proyecto extraño: fundar una revista en la que los ingenieros escriban sobre el amor y los poetas sobre terminales de buses abandonadas. Yo había propuesto llamarla “Cadáver exquisito” aunque mi opinión no lograba seducir al resto.

De repente, Saúl, el antropólogo poeta de Medellín, me disparó a quemarropa:

“Oiga, compadre, ¿le conté ayer que su viejo amigo Marcelo Chiriboga fue a visitarme en mi casa?”

Negué.

“¡No puede ser! Él está en los Estados Unidos, internado en un hospital por el tema de su cáncer. El domingo conversamos por teléfono.”

“¡Le garantizo que no! Ayer fue a mi casa para pedirme, en realidad PEDIRNOS, algo muy raro.”

“¿Qué?”

“Que usted y yo seamos sus padrinos en un duelo pasado mañana.”

Comprendí que me tomaba el pelo y me eché a reír.

“¡No es broma, hermano, hablo en serio: el hombre me dijo que estaba harto del enemigo en cuestión y que había decido matarlo de una vez por todas. Piénselo: está condenado a morir de cáncer, de forma que una bala reventándole los sesos debe ser, para él, un fin mucho más digno.”

No supe qué responder. Su expresión era muy firme y convencida, no había rastro de burla.

“Pero ¿cómo es que no me lo dijiste antes?”

“Lo olvidé, hermano, lo siento…”

Su olvido era absurdo. Quise saber si Marcelo le había dejado un número de teléfono o una dirección donde pudiéramos contactarlo; él asintiendo me entregó un pedazo de papel en el que estaban escritas las señas de una pensión muy cercana.

Me despedí de todos apresuradamente y me encaminé hacia la calle Calama donde se había hospedado mi amigo. El lugar era sencillo y agradable, se trataba de una casa antigua restaurada de apenas dos pisos en la que se alojan los extranjeros con frecuencia.

Timbré cuatro veces antes de que apareciera una mujer de aproximadamente cincuenta años con rostro adusto que me soltó un “¿qué quiere?” a manera de saludo. Cuando le hube informado que buscaba a Chiriboga, me dijo que subiera al segundo piso, hasta el cuarto del fondo donde dormía “ese carcamal”.

Encontré a Marcelo en la cama, vistiendo solamente unos calzoncillos y un bividí blancos. Las cortinas permanecían cerradas y su equipaje, que aparentemente consistía en una sola maleta, estaba aún empacado.

“¿Cómo es eso de que quiere matarse a tiros? ¡No entiendo nada!”

“¡Ah, eso!”

Guardamos silencio por unos minutos.

“¡Me siento tan viejo!”, dijo de pronto, “cuando era niño todavía se escuchaban historias de sujetos que se abaleaban en duelos cuando sus mujeres los habían transformado en cornudos… ¡El honor! Ahora todo eso es tan old fashioned…”

Estaba sombrío, devastado. No se quejaba de dolor alguno, mas por las expresiones dibujadas en su rostro noté que sufría mucho. La degradación se había posado sobre su piel que ahora tenía el tinte amarillento propio de las enfermedades hepáticas, y muchas, muchísimas más arrugas que cuando lo conocí un año atrás.

“¿Sabe? Al tipo al que voy a matar lo traigo entre ceja y ceja desde hace tiempo y no voy a tener remordimientos después de que lo haga, usted tampoco debería tenerlos: ¡es un desgraciado!”

“¿Y si él lo mata?”

“Por desgracia eso no pasará, no tengo derecho a una muerte digna…”

No se me ocurrió intentar disuadirlo con la idea de que podrían encerrarlo en prisión; lo único que hice es quedarme callado mientras mis ojos contemplaban fijamente un cuadro horrible colgado junto a la puerta del baño.

“La argentina cree que vine a despedirme de mis amigos; no quería dejarme salir de casa supuestamente para cuidar mi salud, pero cuando le dije que iba a hacer lo que me viniera en gana, me mandó a la mierda”, soltó una risita burlona.

La argentina, la amante de Chiriboga, era un ser extraño; nadie conocía a ciencia cierta sus sentimientos por él: amor, odio, admiración, apego o necesidad de dinero. Quizá fuera una amalgama de todo.

“¡Es una mujer impresionante! Aún ahora que es una vieja sigue siendo atractiva, valiente. No le costará encontrarme más de un reemplazo (estoy seguro de que ya tiene uno), acuérdese de mis palabras. El mismo día de mi funeral empezará a sacarles un beneficio económico a mi nombre y a mis obras, algo que ni siquiera yo mismo puedo hacer.” Explicó con tono agrio.

Chiriboga era un Hércules contemporáneo, un semidios literario que estaba afrontando su decadencia como podía. La aspiración de quemarse en una pira cubierto del manto embarrado con la sangre de Neso ya no era posible, así que matar o morir por un pistoletazo quizá era su único camino para huir del morbo de la enfermedad.

“¿No hay forma de disuadirlo de cometer esta estupidez?”, dije sin convicción.

“No. Usted lo sabe muy bien.”

Sentí que un escalofrío me recorría la espalda.

“¿Al menos me dirá el nombre del tipo con el que se va batir”

“No lo va a creer…”

“¡Esta historia es increíble de principio a fin, Marcelo!”

“Hubiera preferido que lo vea con sus propios ojos, pero si insiste: mataré a Pushkin.”

“¿Quién? ¿Quién es Pushkin?”

“Usted sabe de quién estoy hablando; varias veces me ha dicho que admira muchísimo su obra.”

Me quedé congelado. Solo podía tratarse de una broma.

“Hablo en serio, por eso no quise comentárselo antes: estoy seguro de que ahora que lo sabe tratará de convencerme de que no mate a uno de sus escritores favoritos.”

“¿Cree que es eso lo que me preocupa?”

Pushkin, el amante de la amante de Chiriboga, observando las turbulentas y poéticas aguas del lago artificial del parque de La Alameda.

Pushkin, el amante de la amante de Chiriboga, observando las turbulentas y poéticas aguas del lago artificial del parque de La Alameda.

“¿Y qué más?”

“Marcelo, usted y yo sabemos que ese Pushkin murió hace casi dos siglos.”

“¿Está loco, jovencito? Antes de ayer le envié una carta de desafío a su casa, remitiéndome él en seguida su tarjeta personal con la aceptación. Espere.”

Extendió su brazo derecho y tanteó en el velador de al lado de su cama. Sus ojos estaban fijos sobre mí y casi bota la lámpara antes de entregarme una pequeña tarjeta de color blanco con letras negras. Claramente se leía: “Aleksandr Serguéyevich Pushkin”. Bajo el nombre estaban algunas palabras escritas en cirílico y luego la dirección: “Mariana de Jesús y América”.

“¡Esto es una broma!”

“No, es muy serio.” Suspiró. “¿No entiende? Todo es culpa de la argentina… Ella tiene un affaire con el ruso desde hace años. Ambos se han aprovechado de que la literatura me tenía vendado los ojos, dejándome como un pendejo, pero no crea que porque estoy a punto de morir permitiré que me traten de esa forma”

“Admitiendo que toda esto no es más que una locura, ¿cómo es posible que ellos sean amantes si su mujer vive en París y Pushkin a diez minutos de donde estamos?”

“Sé que la visita cuando yo voy a Barcelona o a Estados Unidos.”

No quise hacer más objeciones; estaba claro que el gran novelista ecuatoriano del “Boom” había enloquecido.

“Lamento sinceramente tener que matar a uno de sus literatos predilectos, pero que yo esté hecho una mierda no significa que debo permitir que sigan burlándose de mí, ¿no le parece?”

Dejé a Marcelo en su habitación, prometiéndole que le invitaría a comer al día siguiente. “La última cena”, me había dicho con retintín.

 

Llamé a Saúl para contarle todo. Él no se sorprendió.

“Ya lo sabía; no quise decírselo, hermano, porque creí que era mejor que él lo hiciera, al fin y al cabo usted admira mucho a Pushkin.”

“¿O sea que tú también crees esa historia?” Balbuceé.

“No entiendo, ¿a qué se refiere?”

“¡A Pushkin! ¡Él está muerto y enterrado desde hace casi dos siglos!”

Saúl guardó silencio por un minuto y luego me dijo que debía descansar, notaba que la impresión me había afectado.

Colgué el teléfono. Esa noche no pude dormir, daba vueltas en mi cama víctima de un nerviosismo extraño, como si mi vida fuese la que corría peligro. Quizá mi mayor preocupación era mi cordura, ¿acaso estaba perdiéndola? ¿O era una conspiración de mis amigos para burlarse de mí?

Mis ojeras y mi apariencia en general probablemente daban un espectáculo bastante lamentable porque cuando llegué a la librería, mi compañera de trabajo me recomendó ir a casa hasta que se me “pase el efecto de la borrachera”.

Deambulé por el local revisando uno que otro libro hasta que encontré una antología de relatos de Pushkin. Leí el cuento “La dama de picas” y tuve la sensación de que mi destino, el de Chiriboga y el del ruso estaban sellados como el de Hermann – el héroe trágico de la historia – por una mujer vieja y llena de secretos.

 

Poco antes de las siete me presenté en la pensión de Marcelo para ir a cenar. Lo encontré  elegantemente vestido y, aunque el color amarillento de su piel lo hacía ver enfermo, estaba de muy buen humor.

“Siento que vuelvo a nacer, jovencito…”

Borges le dice a Bioy: "¿verdad que solo era un doble tuyo el de esta historia? ¿VERDAD?"

Borges le dice a Bioy: “¿verdad que solo era un doble tuyo el de esta historia? ¿VERDAD?”

Caminamos por las calles de La Mariscal hasta un restaurante argentino – a Chiriboga le pareció adecuado.

“Como otros se tragan mi asado, creo que tengo el derecho de tener uno que solo yo pueda digerir.”

Guardé silencio. No me tuve deseo siquiera de discutir su comentario.

“No sé por qué se preocupa tanto. Escritores hay por toneladas; uno o dos menos no le afectarán a nadie. Piénselo: cualquiera de nosotros que se vaya al infierno recibirá una sepultura digna, le harán alguna ceremonia en el Congreso y, con suerte, hasta tendrá una estatua en el Parque de El Ejido, ¿no le parece bonito?”

“Oiga, Marcelo, ¡ya es hora de que me deje de joder la paciencia!”

Me miró sorprendido.

“Nunca lo había visto reaccionar así. ¿le gustaría que le diga que todo es una payasada, una burla que le preparamos con sus amigos? Lamentablemente no, el duelo es real y, en unas horas más, Pushkin o yo veremos la cara de Tánatos.”

“No sé qué pensar, me siento tan confundido… Pushkin… ¡Pushkin está muerto!”

“Aún no, pero pronto será así.”

“Usted no entiende o finge no hacerlo. ¡ESE HOMBRE MURIÓ EN 1837!”

“Mejor comamos, el hambre lo hace desvariar.”

Nos sentamos a la mesa. No probé bocado, al contrario de Chiriboga quien se puso a engullir su comida casi como un animal. Asqueado, me dediqué a mirar un televisor que transmitía cierto partido de fútbol de Segunda División.

“Creo que no debí pedirle que fuera mi padrino”, me dijo de repente, “ noto que la situación lo está afectando mucho; ni siquiera ha comido…”

“Usted… ¡todos me quieren volver loco!”

Me miró consternado.

“Sabía que admiraba a Pushkin, mas nunca imaginé que fuese tanto. De todas maneras es muy tarde para retroceder… ¡haría el ridículo!”

Me sobé la barbilla exasperado.

“Bueno, quiero acabar con esta pendejada de una vez, ¿a qué hora matará a Pushkin?”

“¿No le dijo Saúl? A las seis de la mañana en el Parque de La Alameda.”

“Correcto, entonces lo acompañaré a su pensión, quiero ir a dormir pronto. ¡Estoy entusiasmadísimo!”

Pagué la cuenta y nos marchamos.

 

El cielo estaba nublado y algunas gotas de lluvia golpeaban nuestras caras. Chiriboga, Saúl y yo aguardábamos a Pushkin y a sus compañeros sentados en una banca junto al lago artificial.

Creía que tarde o temprano los dos, echándose a reír, me dirían que todo era producto de una jugarreta de mal gusto.

Los minutos continuaban transcurriendo y las esporádicas gotas de agua se transformaron en una tormenta.

Bontempelli y Pirandello se preguntan por qué insisto en meterlos en esta colada.

Bontempelli y Pirandello se preguntan por qué insisto en meterlos en esta colada.

“Ya es suficiente, ¿no? ¿Me van a decir la verdad para que podamos ir a desayunar?”

Ambos intercambiaron una mirada.

“Espere un poco más, jovencito, deben estar cerca.”

En ese mismo instante tres hombres cubiertos con abrigos y sombreros aparecieron saludándonos en francés. Uno de ellos se descubrió, era Pushkin o se le parecía…

Me sentí mareado y, como entre sueños, pude comprender que el ruso afirmaba estar listo.

“Hay algo que debemos comentarle, hermano”, me dijo Saúl.

Pensé que en ese momento se iba a destapar la mascarada y sonreí aliviado.

“¿Por fin me van a presentar a su actor? Verdaderamente se parece a Pushkin, ¡es magnífico!”

“¿Qué dice, hombre? ¡Él es Pushkin!”

“El caso es que yo no voy a batirme en duelo”, intervino Chiriboga, “ese engaño fue porque tenemos un plan para usted.”

“¿Cuál?”

“¡La muerte!”

Abrí los ojos desmesuradamente y pude ver que los dos compañeros de Pushkin se sacaban los sombreros dejando al descubierto sus rostros. Eran, sin lugar a dudas, Massimo Bontempelli y Adolfo Bioy Casares. Todos estaban armados con revólveres.

Saúl se despidió de mí alejándose lentamente hacia la parada de buses. De pronto, la sirena de una ambulancia los desconcertó y yo aproveché aquel instante para abalanzarme sobre Chiriboga y desarmarlo, luego descargué un tiro en su vientre, pero el resto de conspiradores me abatieron. Antes de que se nublaran mis ojos alcancé a ver que los cómplices de Chiriboga acudían a ayudarle entre gritos desesperados.

Finalmente me dormí…

 

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Biografía apócrifa: El puñetazo de Vargas Llosa a García Márquez

Retrato hablado de la escena del alumbramiento, según la vio Germán Valdés, Tin Tan.

A última hora de la tarde del 12 de febrero de 1976, una multitud de personalidades de la cultura y del espectáculo se agolpaba en el Palacio de Bellas Artes de México. Todos habían acudido a ese lugar, guiados por una estrella roja, para presenciar el nacimiento de un nuevo ser.

Tiresias, vidente beodo – o sea de Beocia -, advierte a Gabo sobre el duro parto de Puñetas.

Pero algo indefinible hacía presumir que la vida del neonato sería violenta, agitada; tal vez fuera el canibalismo de la película Supervivientes de los Andes – cuyo guión lo había escrito uno de los padres de la criatura, Mario Vargas Llosa, y que estaba a punto de estrenarse en ese mismo sitio –, el olor a rancio Realismo Mágico que se impregnaba en los muros del Palacio de Bellas Artes o las predicciones de Tiresias, el adivino de Beocia, que había subido de los infiernos para asistir al alumbramiento.

“Los padres sufrirán por su culpa, como Heracles sufrió por amor”, dijo el sabio de Tebas. Sin embargo, todos pensaron que se trataba de un miembro de la cienciología, ignorándolo con desprecio – varios testigos afirmarían, años después, que “si se escuchara siempre a los ancianos locos que suben del infierno, se evitarían las tragedias” –.

Gabo, Varguitas y José Donoso durante la luna de miel de los dos primeros – previa a la gestación de Puñetas – . En la foto también se pueden ver a las esposas de los escritores un poco aburridas de escucharlos hablar de la crítica kantiana a la arepa con huevo.

Poco antes de que la película empezara, uno de los padres, Gabriel García Márquez, “Gabo”, como era conocido en el mundo del hampa – por aquellos años enfrentaba un largo proceso por haber asesinado a Dios[1] – vio a alias “Varguitas” y se puso muy contento porque, según había dicho, necesitaba a su amigo para que le sostuviese la mano durante las labores de parto. Sin embargo, el recibimiento del escritor peruano no fue cortés, mucho menos cariñoso.

“¿Cómo te atreves a hablarme después de lo que le hiciste a Patricia en Barcelona?”, espetó este, refiriéndose justamente al momento en el que el niño fue gestado.

Primera foto de Puñetas junto a su sufrido padre.

El colombiano comprendió entonces que la criatura estaba a punto de nacer y se lo hizo saber al resto de la concurrencia pronunciando un teatral “¡ay!”, al tiempo que se desplomaba sobre el suelo alfombrado.

Los asistentes, que estaban seguros desde hacía meses de que el niño nacería por aquellas fechas, no sospecharon, sin embargo, que el alumbramiento sería tan difícil. De hecho, fue necesario que varios médicos sacaran al pobre Gabo en hombros, cual torero de las Ventas, para llevarlo a una casa asistencial.

El niño era enfermizo y de color morado – con el pasar de los días, mudó a negro y luego a amarillo, por lo que los médicos le diagnosticaron ictericia – y, desgraciadamente, no tuvo la cualidad de unificar a la familia como es el caso de otros bebés, sino que más bien los separó para siempre.

Por lo demás, la vida del pequeño fue breve y es muy poco lo que se sabe de ella. Haber nacido en el seno de una familia disfuncional en la que uno de los progenitores defendía los democráticos talentos del humanista y nada ambicioso Fidel Castro, y el otro, la sensibilidad de Adam Smith, hizo que el pequeño se convirtiera en un rebelde sin causa, enemigo acérrimo de las artes y los trabajos intelectuales.

Última foto de Puñetas junto a Gabo. Aquí se los ve a ambos sorprendidos por los extraños libros que pueden salir de la cabeza de un premio Nobel.

Durante las semanas subsiguientes al parto, Puñetas – nombre con el que fue bautizado la criatura – fue visto en Las Vegas, Montecarlo y Acapulco; siempre en estado etílico, libando en la vía pública o participando de combates pugilísticos ilegales.

“Nunca quiso aceptar nuestra ayuda – escribió José Donoso en una carta dirigida a su cónyuge –, es como si pretendiera ser un obsceno pájaro de la noche”.

Sara Montiel desaprobaba la conducta del joven Puñetas. Mientras le tomaban esta foto, comentó: “¡joder, niño!”

“¡Que le chinguen por pendejo!”, le dijo Renato Leduc a Carlos Fuentes, después de que este les comentara, a él y a Sara Montiel, la paupérrima situación en la que vivía el joven Puñetas en París.

Finalmente, todos se olvidaron del inadaptado, igual que del “Boom”, hasta que las autoridades lo encontraron muerto – a Puñetas, no al “Boom” – por intoxicación con alcohol metílico en un mugroso callejón de la ciudad de Macondo, justo detrás del McDonald’s que habían inaugurado un par de días atrás para celebrar el estreno de la película El barrendero de Cantinflas.

El año pasado, Alfaguara anunció que publicaría una biografía completa de Puñetas, escrita por Carmen Ballcels y llena de detalles truculentos, entre lo que destacan: asesinatos, estrellas de Hollywood en decadencia, mafiosos con nombres sutiles como Polenta e incestos que terminan con sus protagonistas convertidos en cerdos, ajiacos y ceviches peruanos.


[1] La crónica de este crimen nefando puede ser leída en Historia de un deicidio, escrita por el otro padre de la criatura, Vargas Llosa.

El secreto de la caja de Marcelo Chiriboga

Póster promocional de “El secreto de la caja”, con un comentario de Carlos Fuentes, amigo de Marcelo Chiriboga.

Era una caja común y corriente,

sin embargo, la  miramos estupefactos,

como si, de un momento a otro, fueran a salir de ella

todos los males del mundo. 

Marcelo Chiriboga

El secreto de la caja

El año pasado publiqué en mi blog Junto a la montaña y bajo la lluvia una ponencia que escribí para el Encuentro de Talleres Literarios “Gustavo Garzón”, desde entonces he recibido de ustedes, mis queridos lectores, una serie de correos electrónicos preguntándome sobre la vida y obra de Marcelo Chiriboga, aquel escritor tan magnífico como desconocido.

Portada de El secreto de la caja de Marcelo Chiriboga, libro extremadamente recomendado.

Su enorme interés – producto, probablemente, de un grave TDAH[1] – es el que me lleva a tocar de nuevo el tema, aunque la verdad es que mi abulia me impide volver a escribir sobre este personaje del que se ha dicho tanto durante tres décadas, por eso prefiero dejarles una reseña sobre su novela póstuma, El secreto de la caja.

Dicho texto permaneció varios años en el olvido, confinado a una gaveta donde el escritor había guardado cientos de hojas con apuntes e historias a medio terminar, las mismas que solo fueron exhumadas por el empuje de la catalana Nuria Monclùs, amiga y exagente del literato, pues la esposa de Chiriboga, quien, por entonces, se dedicaba al despilfarro y a la seducción de jóvenes efebos, había olvidado por completo tanto a la literatura como a su marido.

La catalana, percatándose enseguida del potencial de El secreto de la caja – único relato finalizado dentro de esa maraña de papeles –, lo ofreció a varias editoriales de renombre en el mundo de las letras hispanas. Alfaguara, Planeta, entre otras, la rechazaron, argumentando principalmente que era “un absurdo sacar a la luz el libro de un escritor muerto del que nadie se acuerda, ya que ni su obra principal, la que lo catapultó al Premio Cervantes [La caja sin secreto], encuentra acogida en los estantes de las librerías.”

De todas maneras, Monclùs, convencida de que la publicación de la novela era un deber para con su amigo fallecido y, principalmente, para con su cuenta de banco, recurrió a sus contactos y a su amplia experiencia como agente literario, consiguiendo que Plaza & Janés se hiciera cargo de editarla. Decisión acertada si tenemos en cuenta que la obra se transformó, en España y América Latina, en un instantáneo best – seller y que críticos de diversos lugares del globo han afirmado que El secreto de la caja está destinada a ser la obra más importante de la literatura universal.

Gavin Menzies, en una entrevista realizada por la BBC, afirmó que Marcelo Chiriboga sabía que los chinos de la dinastía Ming fueron los primeros en explorar Ganímedes, satélite al que llegaron montados en unicornios de Arcadia.

Tal ha sido el revuelo provocado por el libro que incluso investigadores de temas paranormales o conspirativos como J. J. Benítez y Gavin Menzies se han interesado en él, afirmando que la novela guarda un misterio que Chiriboga dejó codificado en forma de un mensaje cabalístico entre sus 777 páginas – “el número de la perfección… ¡de Dios!”, ha dicho Menzies –.

Pero ¿qué es El secreto de la caja? Un libro supremamente largo – y fascinante, claro… –. La historia empieza la noche del sábado 20 de agosto de 1921, en el Café Pombo de Madrid, donde varios intelectuales se han reunido, como de costumbre, para participar en la tertulia liderada por Ramón Gómez de la Serna; de repente, obedeciendo a una señal de este, don Eduardo Lamela, dueño del local, les presenta a los tertulianos una antigua caja de madera vacía. Todos, estupefactos, guardan silencio sin saber cómo reaccionar, mientras el narrador, un joven poeta sudamericano, explica que siente una mezcla de pavor y atracción por aquel objeto.

Gómez de la Serna bebe un trago de absenta y luego dice con sencillez: “… es una caja como cualquier otra, lo único interesante en ella es que tiene un secreto, uno muy estúpido pero que durante siglos ha torturado a las mentes más lúcidas… ¡Bueno, hasta que cayó en mis manos, mis queridos amigos! ¡Así es! Yo he resuelto el acertijo y voy a compartirlo con vosotros, a condición de que lo guardéis para siempre.

Revólver Colt Python calibre 357; a estas alturas usted debe tener muchas ganas de usarlo contra el dueño de este blog.

Enseguida, la novela hace un flashforward, que nos lleva al instante en que el protagonista de La caja sin secreto – posteriormente descubrimos que es el primogénito del joven poeta del Café Pombo – decide suicidarse porque su hijo optó ser hincha del FC Barcelona y vegano. Según mi criterio, se trata del momento más excelso de este relato, ya que el personaje, un ecuatoriano autoexiliado – sin duda, el álter ego del autor – amante de los churrascos y convertido en un acérrimo madridista después de llegar a España, se siente devastado por las decisiones de su hijo e increpa a Dios, culpándolo por la desgracia de su progenie, mientras sostiene el cañón de su viejo revólver de marca Colt contra la sien.

Por lo demás, no llegamos a presenciar el suicidio de aquel hombre porque un nuevo salto en el tiempo nos muestra a su hijo, Fulgencio, convertido en un famoso guionista de telenovelas mexicanas, quien durante la filmación del capítulo final de su nuevo éxito Yo no te puedo amar porque soy de Lesbos, recuerda que su abuelo le regaló en el lecho de muerte una caja de madera que en apriencia había recorrido el mundo durante varios siglos, en busca de alguien que fuera capaz de develar su secreto. A continuación se producen una serie de flashbacks y flashforwards, en los que varios narradores nos bombardean con soliloquios tan profundos como incomprensibles y que lo único que consiguen es abrumar al lector con la genialidad de Chiriboga o perderlo en un laberinto del que solamente sale para percatarse de que está leyendo la crónica de un momento en la vida de un viejo y sarnoso perro – exactamente veintisiete páginas, correspondientes a dos minutos y medio de la agonía del animal –, que muere en la más patética miseria.

Galería de arte conceptual, entrada al infierno, ¡en serio!

Muchas son los capítulos que merecen ser mencionados, por ejemplo aquel en el que Fulgencio baja al infierno – al cual se excede por la puerta trasera de una galería neoyorquina de arte conceptual –, para pedirle a su padre que le revele el secreto de la caja, o aquella memorable escena donde ese mismo personaje, cumplidos los trece años, descubre que no quedó embarazado por masturbarse en la ducha.

Esta novela recorre, a saltos y brincos, innumerables generaciones, desde el ancestro del guionista de telenovelas, un extremeño que arribó a América con Hernán Cortés, hasta la extinción de la humanidad, en el año 2017, por una epidemia de obesidad mórbida y el aburrimiento de Dios.

Al final, en el último párrafo reaparece Ramón Gómez de la Serna – aunque también puede ser la divinidad o el Teletubbie morado – diciéndonos: “¡Eh – oh! ¿Cómo puede haber alguien capaz de pagar cuarenta dólares por casi ochocientas páginas de un cuento sobre una caja cuyo único secreto es que no tiene ninguno…?

Es claro que esta última declaración es un bulo, un guiño del autor que pretende escondernos la Verdad tras un sutil velo de ironía.

Ramón Gómez de la Serna le pregunta a su novia/maniquí: “¿qué mierda es un blog y qué diablos es un José Luis Barrera?”

En resumen, El secreto de la caja es una novela de aprendizaje, al estilo de aquellas que nos legó el racionalismo del siglo dieciocho, pero salpicada por leyendas propias del Realismo Mágico y escrita en un estilo más cercano a los relatos subjetivistas que a cualquier otra cosa.

Finalmente, ¿qué fue lo que incentivó a Marcelo Chiriboga para que escribiera esta obra maestra? Quizás la respuesta se halle escondida dentro de la caja, pues en uno de los momentos culminantes, Fulgencio dice: “… cuando vi que ese par de cerdos se transformaron en humanos como castigo divino al incesto cometido, me pregunté: ‘¿es este el significado de la vida: amar lo prohibido… amar a un puerco?’[2]

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[1] Trastorno por déficit de atención con hiperactividad, si usted cree padecerlo, debe leer esto.

[2] Hollywood ya ha comprado los derechos de este libro y todo parece indicar que el estreno de la adaptación cinematográfica será en junio del 2013, estaremos atentos ante cualquier adelanto.

Marcelo Chiriboga: el gran novelista ecuatoriano del “boom”

http://frankmonner.blogspot.com/2010/04/la-caja-secreta-nuevo-libro-de-marcelo.html

Una persecución que traspasa el Averno.

Exactamente hace dos años se apareció en mi casa la sombra de Jorge Enrique Adoum, era seguramente muy parecida a la de aquel rey danés que terminó por enloquecer con el fuego de la venganza a su hijo y, con certeza, sus intenciones eran muy parecidas. En pocas palabras, el espíritu del escritor había traspasado el umbral de la muerte con la finalidad de convencerme de que lo ayudara a buscar a cierto sujeto que, a saber, llevaba el título del mejor literato ecuatoriano de todos los tiempos. Su nombre era Marcelo Chiriboga.

Yo, la verdad, tengo que admitir que mi conocimiento de la literatura es más bien escaso y se lo expliqué al fantasmagórico vate, mas, él insistió, convencido de que no era muy necesaria la erudición para la tarea. “El hecho es, me dijo, que desde que los ecuatorianos supimos por primera vez de este individuo, allá por los años ochenta, hubo múltiples tentativas por darle caza, todas infructuosas; yo quiero que, por fin, alguien culmine la tarea”.  No pude discutir más, el carácter dominante de mi interlocutor me subyugó.

La primera pista que tuve consistió en un par de artículos que el mismo Adoum compuso para la revista Diners. En el último – de julio de 1997 – nos dice: “… tuve ya la certeza de que ese compatriota había sido inventado (…) cuando sorpresivamente Ángel F. Rojas escribió (El Comercio, Quito, 29 de agosto de 1995) un artículo en el que preguntaba, y respondía, acerca de Chiriboga: ‘¿Era ficticio o vivía en la realidad? Hace pocos días me encontré, en el Norte, de manos a boca con él. Pude llegar a saber que era nativo de Cuenca y en la más reciente novela del escritor chileno Jorge [sic] Donoso, se le hace morir de cáncer. Se trataba de un personaje imaginario. ¿Algún autor en clave? Hasta entonces lo dudábamos.’”

Jose Donoso

José Donoso, “el más literato de los escritores del ‘boom'”.

Supuse que Rojas se refería a José Donoso, el autor de El obsceno pájaro de la noche, y con la ayuda del Internet, esa fuente inagotable de sabiduría, descubrí que no eran una, sino dos novelas las que se referían directa o indirectamente al autor ecuatoriano.

Por lo demás, las biografías sobre Chiriboga o, peor, sus obras eran imposibles de hallar, casi tanto como la mayoría de las de su apólogo de Chile. Ni siquiera La caja sin secreto, su principal novela, la que lo catapultó al Premio Cervantes, asomaba por los estantes de las librerías de la ciudad de Quito.

Recurrí, entonces, a las fuentes de las que disponía: El jardín de al lado y Donde van a morir los elefantes, los libros de Donoso. La imagen que nos ofrecen es tan disímil. En el primero que data de 1981, el escritor cuencano (sospechoso origen si tenemos en cuenta que su apellido es propio de Riobamba) es un hombre en el pináculo del éxito, que recorre las calles de Barcelona acompañado de su agente literario, la catalana Núria Monclùs. En el segundo, de 1995, el gigante está en decadencia y acude a dar una conferencia en una pequeña universidad del sur de los Estados Unidos, como si este fuera el último braceo de un ahogado.

Pero, ¿cómo era Marcelo Chiriboga? Literariamente, una complicada fusión entre García Márquez, Vargas Llosa y Cortázar, cuya obra, sin embargo, y en palabras de Donoso, “sobresale casi sola en medio de los pretenciosos novelistas latinoamericanos de su generación…”

Físicamente es descrito como: “… pequeño, flaco, tan bien hecho como una de esas figuras creadas por orfebres renacentistas…”, con un ”cuidado cabello entrecano, [que] es tan reconocible como la figura de un galán de cine”.

Su personalidad es apabullante, de discurso vivaz y lenguaje florido. Con la misma facilidad con la que seduce a una jovencita tímida o a una señorona libertina puede charlar y encantar al Papa, a Brigitte Bardot o a Fidel Castro. No es difícil imaginarse que su piel cetrina, su aristocrático comportamiento y su enorme reputación le atraían los favores de cientos de mujeres, que él sabía aprovechar con la prudencia y la modestia que caracteriza a todos los latinoamericanos. Sus convicciones son serias, firmes, cree en el arte, o mejor, en la salvación por el arte, de tal manera que fue capaz de renegar de su filiación comunista porque el partido se empeñaba en imponerle una ética creativa; aunque su volcamiento hacia la derecha y el libre – mercado tampoco le trajo la confianza de una clase burguesa, que veía en este hombre a un traidor peligroso.

Nadie se mantiene eternamente en auge y este cuencano no fue la excepción. Sus últimos días son más bien lamentables, no solo porque es víctima de un cáncer, sino porque moralmente está destruido. El éxito del pasado no es más que un recuerdo vago en la memoria de uno que otro profesor de literatura “antigua”.  Chiriboga que siempre ha creído en esa quimera que es la gloria se hunde en una realidad negra, en la que muy probablemente él, diez años después, no será ni siquiera polvo. Además, el recuerdo de la patria abandonada, de ese Ecuador del que se exilió porque lo rechazaba por sus convicciones políticas, vuelve para atormentarlo como un espectro que le ordena regresar, aunque comprende que aquello es imposible, pues sus lazos con la tierra andina se han esfumado al igual que su gloria y él es más francés que americano.

Al final, el gran escritor muere prácticamente solo y en el olvido, convencido, como nos diría años más tarde Cornejo Menacho en su novela Las segundas criaturas, de que “… su ambición era escribir buenas novelas, y en todo caso recibir reconocimientos por su literatura, y que, si eso era ser burgués de mierda, él no podía hacer nada.” Y que los miembros de los partidos que lo vilipendiaban eran víctimas de una “especie de tenia filosófica o ideológica […] [que penetró] en sus cabezas, incluso en las más brillantes, para matar la literatura, para liquidar la novela, que es la expresión artística más importante y más compleja de todos los tiempos, el mejor instrumento para estudiar el alma humana y para liberarnos”.

A estas alturas yo había descubierto que Chiriboga no era mencionado apenas por Donoso, sino que el mexicano Carlos Fuentes y, más contemporáneamente, el escritor Diego Cornejo Menacho, citado anteriormente, también lo hacían aparecer en sus novelas.

Carlos Fuentes, el ‘playboy’ de las letras mexicanas.

En el caso del escritor azteca, la figura del azuayo adquiere un matiz mordaz, hasta sardónico, de hecho en Diana o la cazadora solitaria (1994) no es más que una referencia de pasada en uno de los capítulos culminantes, donde el narrador nos cuenta que pretendía interceder por el ecuatoriano ante su agente para intentar impulsar su carrera artística, la cual se desperdicia en un sillón para funcionarios de segundo orden en el Ministerio de Relaciones en Quito; y en Cristobal Nonato se nos dice que “… fue expulsado [de México] por decreto presidencial” luego de que “suramericanizó [sic] velozmente predios enteros de la todavía entonces ciudad de México”.

Cornejo Menacho, finalmente, nos regala detalles de la vida de Chiriboga que se les escaparon tanto a Donoso como a Fuentes. Descubrimos, por ejemplo, sus inicios, las razones de su deserción del Partido Comunista y cómo esto fue el detonante para que buscara salir del país con la ayuda de Benjamín Carrión, quien, por aquellos días, asumía su embajada en México.

 

La verdad sale a la luz.

Creía que mi labor como detective estaba llegando a su fin, cuando un nuevo material hizo que mis suposiciones dieran un giro de tuerca.

Adoum reapareció, sugiriéndome que leyera una entrevista realizada para El Comercio en el año 2001 a Carlos Fuentes. En ella, él declara con todo desparpajo que Chiriboga fue una creación suya y de Donoso para sacar a la literatura ecuatoriana de su anonimato dentro del boom. En pocas palabras, se trataba de un favor, una concesión hacia los marginados.

Al principio, me sentí irritado, pero después me percaté de que había empezado a trabajar instigado por un muerto, y que conversaba periódicamente con él, por lo que no era nada excepcional que el exitoso escritor ecuatoriano no fuera otra cosa que un esperpento de ficción y yo un obtuso con un pie en el manicomio.

Cuando conseguí tranquilizarme nuevamente, me puse a analizar la situación con frialdad, preguntándome si realmente debíamos enfurecernos los ecuatorianos por esta burla o, por otro lado, reírnos con ese humor que Pablo Palacio nos recomendaba tener en alguna de sus novelas.

Jorge Enrique Adoum, el escritor que siempre negó ser el “verdadero” Marcelo Chiriboga.

Las voces son diversas. El propio Adoum se sintió más o menos ofendido y otros han expresado que nadie tiene el derecho de hablar así de la literatura ecuatoriana. Yo creo, sin embargo, que el problema va por otro lado: ¿es Chiriboga meramente una caricatura de la literatura nacional?

No, se trata más bien de un icono burdo de todo el boom y sobre todo de aquellos escritores que gracias a él alcanzaron el éxito, pero que nunca lograron sentirse satisfechos, pues sus convicciones ideológicas chocaban con el nivel de vida que habían alcanzado y con los ideales artísticos en los que creían.

No haber tenido algún genio descollante que representara al Ecuador en esta generación, quizá hizo que nuestra literatura se perdiera en el olvido y que solamente algunos nombres como el de Icaza fueran mencionados en los círculos intelectuales. Por otro lado, tiene una ventaja, nosotros nos escapamos de ese lamentable escollo en el que se hunde todo aquel que sigue cierto canon: la falta de originalidad, de individualidad, que casi siempre termina por asesinar a la imaginación.

Pero ¿cómo debe enfrentarse esta disyuntiva, de la que Chiriboga es el arquetipo, es decir, la del literato como artista o como agitador político? La verdad es que cualquier creación humana – la ciencia, el arte – no se puede librar de las opiniones, de las ideas de su creador, al fin y al cabo, este se funde a sí mismo para con esa materia resultante hacer algo nuevo. Él es su obra.

Aunque tampoco esto quiere decir que la literatura, la pintura, el cine son simples mecanismos de propaganda, panfletos desagradables cuya finalidad es el adoctrinamiento.

 Donoso pareció comprenderlo, aunque la ancianidad y la cercanía de la muerte también lo empujaron a preguntarse hasta qué punto esa obsesión por la obra de arte perfecta, la belleza o la gloria literaria no es tan fútil como casi cualquier otra empresa humana. Él predijo que diez años después de su muerte nadie lo recordaría y es triste constatar que, ahora, muy pocos de sus libros aparecen en las existencias de las librerías. En cambio, ese monigote de Marcelo Chiriboga, como si de una broma macabra se tratara, sale de las sombras para escribir en la contraportada de una recopilación póstuma de cuentos de su propio creador (Nueve novelas breves, publicadas por Alfaguara en 1997), y, por allí, en el mundo de la cibernética, circula el frontispicio de una nueva novela llamada La caja secreta, continuación de La caja sin secreto, al parecer perdida en un baúl y rescatada del olvido por la esposa del inexistente escritor cuencano.

No puedo evitar pensar en Adoum y en Ángel Felicísimo Rojas que desde el más allá nos deben mirar sonriendo burlonamente porque un espectro literario ha cobrado vida, imponiéndose a su padre y logrando que, una vez más, la realidad imite a la ficción, como escribió hace tiempo Oscar Wilde.