Biografía apócrifa: el pajarito chiquitico

Aclaración indispensable 

El problema al que se enfrenta todo biógrafo serio – como yo – es que al momento de escribir sobre un personaje célebre debe abordar tanto su psicología como el efecto que esta tuvo en sus acciones y en las personas que lo rodearon. Esta premisa se complica en el caso del sabio Hugo Chávez, quien después de ser enterrado como todo un socialista – es decir, con una modestísima ceremonia –, decidió resucitar como un ave, haciendo que crezcan geométricamente la cantidad de experiencias merecedoras de un capítulo especial en el libro de la vida de este extraordinario individuo.

En vista de lo anterior, opté por reducir el espectro investigativo a un periodo de tiempo tan corto como crucial y sobre el que seguramente nadie querrá trabajar, dado el prejuicio que siempre tiene la comunidad científica por cosas que se escapan a la “razón”; me refiero a los treinta días que demoró el Comandante para regresar a la Tierra desde el otro mundo.

En esta titánica tarea varias fuentes que van desde dioses griegos hasta enfermos de un sanatorio mental me han ayudado, a todos ellos les entrego mi reconocimiento.

 

En el capítulo especial de "Aló, presidente" desde el Tártaro no solo se habló del imperialismo yanqui, sino también del imperialismo, del imperialismo, del imperialismo y de la señora Zulema que "hace deliciosas arepas".

En el capítulo especial de “Aló, presidente” desde el Tártaro no solo se habló del imperialismo yanqui, sino también del imperialismo, del imperialismo, del imperialismo y de la señora Zulema que “hace deliciosas arepas”.

Hugo Chávez organizó una edición especial de “Aló, presidente” desde el Tártaro, adonde había ido a parar, según él, porque Minos, Éaco y Radamantis eran unos capitalistas asesinos. De hecho, durante la emisión de su programa televisivo dijo que los tres jueces de almas eran en realidad los mismos que destruyeron Marte y que, siglos más tarde, escondidos en un laboratorio de la CIA en Nevada, habían inventado el cáncer.

Hades y Perséfone estaban en medio de su cena cuando escucharon la acusación. El dios del Inframundo estaba cansado del bolivariano.

― Tráiganme al loco, quizá pueda hacerlo entrar en razón.

Chávez, sin embargo, no estaba dispuesto a negociar, él quería volver a la vida a cualquier costo, aunque eso significara organizar manifestaciones violentas, empuñar los fusiles, llamar a Rafael Correa o, lo que es peor, dejar en el aire el programa “Aló, presidente” por los siglos de los siglos…

En la imagen se puede ver a Perséfone desmayada en los brazos de Hades, mientras varios miembros de las milicias bolivarianas los acosan con toallas higiénicas reutilizables.

En la imagen se puede ver a Perséfone desmayada en los brazos de Hades, mientras varios miembros de las milicias bolivarianas los acosan con toallas higiénicas reutilizables.

Hades no hizo caso de las amenazas, supuso que un socialista como aquel no sería tan perverso como para cumplirlas, pero estaba en un error: esa misma noche el Comandante se apareció en los sueños de Rafael Correa, Evo Morales y Cristina Fernández; les dijo que debían bajar al Inframundo para rescatarlo porque los gringos imperialistas estaban conspirando contra la revolución, al tiempo que les autorizaba a utilizar cualquier medio que fuera necesario para cumplir con el cometido, aun si esto significaba sacar los 137 millones de dólares que su familia había ahorrado en bancos yanquis imperialistas para alimentar a los niños pobres que viven en la Fosa de las Marianas.

Los tres mandones[1], víctimas del desasosiego, se pusieron a cumplir con su misión, acudiendo a la UNASUR y “a la” ALBA. Se denunció a las organizaciones de derechos humanos, a la prensa y hasta a Dios por haber creado la muerte con el fin de destruir al socialismo. Durante esta épica lucha, Cristina se compró carteras Louis Vuitton, Rafael encerró a dos fulanos  por conspiradores y Evo se puso a experimentar con pollos para encontrar la cura de la calvicie.

Los culpables de la calvicie y la homosexualidad de los europeos, según Evo (¡!).

Los culpables de la calvicie y la homosexualidad de los europeos, según Evo (¡!).

De todas maneras, ver en televisión las caras de estos tres adalides no fue lo que hizo que Hades se doblegara – aunque sí le provocaron una subida de tensión que por poco termina en un derrame cerebral –, sino las interminables arengas de Hugo que casi siempre iban seguidas de una cadena de expropiaciones.

― ¡Lárgate, Chávez, lárgate y no vuelvas por aquí! ¡Ni al transformarme en el snack de Crono, mi padre, sufrí tanto como ahora!

En seguida, el bolivariano espíritu se puso a cantar una ranchera de Vicente Fernández, al tiempo que se preparaba para su regreso.

― Sin embargo – le dijo el dios del Inframundo con una sonrisa imperceptible –, no podrás volver como humano, eso es imposible; lo máximo que puedo ofrecerte es que lo hagas como roedor o pájaro. Tú decides.

El comandante, comprendiendo que esa era su única opción, optó por el ave porque rata ya había sido.

Así, el espíritu bolivariano – en este caso es literal – fue hasta las orillas del Aqueronte, donde un barquero aguardaba para llevar a los muertos de un lado a otro. Como Chávez no poseía un óbolo[2] para pagar el viaje, se quedó varado.

Caronte luchando contra la correntosa retórica de Chávez, casi muere ahogado.

Caronte luchando contra la correntosa retórica de Chávez, casi muere ahogado.

Caronte fue inflexible. La promesa de regalarle una lata de caviar iraní si lo dejaba cruzar la primera vez nunca se cumplió, así que no volvería a engañarlo.

― Chico, pareces un imperialista yanqui, ¡déjame pasar, cónchale vale!

El aludido ni siquiera se molestó en contestar.

― Ya sé quién tú eres, a mí no me engañas… Eres míster Danger, por eso me impides salir, lo que quieres es matarme de nuevo, ¡terrorista, capitalista!

El barquero, harto de la perorata, dijo:

― ¡Está bien, te llevaré, pero cállate!

El Comandante, fulminado por el miedo, solo se atrevió a murmurar: “¡expropie!” Por lo demás, finalmente pudo comprender que su retórica era un poderoso instrumento de tortura.

El barquero y Hugo emergieron en la región de Epiro, en Grecia. Apenas la luz del sol se hizo presente, el alma encarnó en un nuevo cuerpo bolivariano, el de un pájaro llamado “tapaculo” (Scytalopus latrans); era pequeño, negro y, por fortuna, no podía hablar.

Decepcionado de su suerte, voló sin descanso hasta llegar a Venezuela y apenas estuvo en Margarita, supo que su Delfín se hallaba en aprietos porque, otra vez, los imperialistas intentaban acabar con el mayor logro del socialismo bolivariano: las toallas higiénicas reutilizables.

El pajarito chiquitico. el tapaculo se supone que es experto en tapar orificios como el de Maduro (me refiero al de la cabeza).

El pajarito chiquitico. El tapaculo es un tipo de ave que se supone que es experta en tapar orificios como el de Maduro (me refiero al de la cabeza).

El 3 de abril de 2013, Chávez – tapaculo fue a encontrarse con su destino en Barinas, apareciéndose ante su sucesor, Nicolás Maduro, y, encaramado en una viga de madera de una capilla donde este hacía algo, no se sabe con certeza qué – ¿rezar? –, se puso a silbar. El tono inconfundible lo detectó el Delfín, respondiendo de la misma forma.

“¡Que me des alpiste! – repetía el tapaculo desesperado sin lograr que lo comprendiera –. ¡Deja de silbar, pendejo!”

El Comandante pajarito se dio cuenta, entonces, que la única forma de salvar a la revolución era quedarse al lado de Maduro y, sin pensarlo, se puso a anidar en su cabeza, al fin y al cabo era un lugar completamente vacío y oscuro donde los capitalistas conspiradores jamás lo buscarían para asesinarlo, inoculándole el cáncer de nuevo.

 

Maduro nos conmueve con su revelación.

Llegada de Chávez al Inframundo. La desazón de los que lo recibieron se puede ver en sus rostros.
No es una suela de zapato, no es una simple toalla higiénica, ¡es el origen del agua de rosas!
¬¬

[1] Mandatarios, fue un lapsus lingüístico.

[2] Antigua moneda imperialista con la que los imperialistas del imperialista Inframundo impedían que los pobres descansen en paz.

Nota necrológica de una diosa

atenea

¡El ‘look’ hipster hace ver muy sexy a Atenea!

Cierto día los mortales decidieron que no necesitaban más de nosotros, los dioses, declarándonos, luego de un juicio sumario, muertos.

Lo cierto es que nadie murió, solo salimos del Olimpo, empezando a vagar por la tierra como simples humanos. Algunos lo aceptamos mejor que otros, por ejemplo: Hércules se convirtió en campeón mundial de boxeo, Diana en activista del feminismo, Apolo en cantautor y yo, Palas Atenea, en periodista y escritora.

Por otro lado, Júpiter, Juno, Marte, Cupido y Venus no pudieron asimilar el cambio con dignidad. El primero espera la muerte en un asilo de ancianos, tratando de convencer a sus compañeros que alguna vez fue más grandioso que Napoleón.

Su esposa, en cambio, lo abandonó por un estudiante de antropología, con quien fue a vivir entre los pigmeos. Ambos murieron de disentería.

El antiguo dios de la guerra se unió a las filas de un ejército irregular en algún país del África Subsahariana pero con la desaparición de sus poderes, sus habilidades también mermaron, lo que lo llevó a ser degrado al rango de un simple soldadito encargado de la cocina.

Imagen del momento en que capturaron a ese pequeño bastardo (en realidad era bastardo, su padre nunca lo reconoció).

Imagen del momento en que capturaron a ese pequeño bastardo (en realidad era bastardo, su padre nunca lo reconoció).

Cupido, mientras caminaba por la calles de Nueva York con su carcaj en la espalda y su arco bajo el brazo, fue detenido por un piquete policial que buscaba a un terrorista árabe; lo condujeron a Guantánamo, donde, luego de permanecer algunos meses, fue asesinado en la cárcel durante un confuso incidente en el que otro preso se enfureció al saber que él era el responsable de su amor por una mujer que siempre lo vio como “un amigo”.

Finalmente, la historia de Venus quizá es la más lamentable porque ni su belleza ni sus habilidades de seducción le sirvieron para salir adelante en el competitivo mundo de los mortales de fines del siglo veinte.

En principio la carrera de modelo parecía la adecuada para ella; tuvo un impacto enorme en sus primeras campañas publicitarias, tanto que se convirtió en la fantasía de políticos, narcotraficantes y el resto de delincuentes poderosos.

Venus continuaba siendo bella y manipuladora, de manera que no le costó nada llevar al gobernante de Estulticia – un pequeño país sudamericano lleno solo de petróleo y necios – a su cama.

Venus fue la primera nudista de la historia.

Venus fue la primera nudista de la historia.

El Jerarca, como le gustaba ser llamado, era un sujeto peculiar sin belleza o inteligencia, pero con una cualidad muy atractiva para la ex – divinidad: desperdiciaba el dinero en sandeces. “Si no le importa – reflexionó ella – gastarse tanta plata en ridículas propagandas televisivas, ¿qué problema va a tener en regalármela a mí para que compre un par de zapatos?”

Lo que no se imaginó fue que el Jerarca era un sujeto con un vicio superior a la libido: el poder. A media mañana ordenaba al criado del Palacio de Gobierno que le trajera una botella llena de poder del bar más cercano y, desde ese momento, no paraba de beber hasta que, borracho como una cuba, se desplomaba en su cama, incapaz de amar a nadie, excepto a sí mismo y al solio presidencial.

El Jerarca, enceguecido por el vicio, se dedicaba a insultar y a agredir a cualquiera que pudiera sugerir que necesitaba revisar su comportamiento; incluso Venus trató de salvarlo, pero era imposible, nada lo hacía más feliz que embriagarse mientras una camarilla de hipócritas le servía el licor y lo alaba.

Venus nunca lo amó, es verdad, sin embargo no podía soportar que la relegaran a segundo plano, así que decidió poner un ultimátum: el vicio o ella.

El Jerarca durante sus borracheras de poder organizaba orgías, durante las cuales hasta la Justicia era víctima de sus desviaciones sádicas.

El Jerarca, en sus borracheras de poder, organizaba orgías, durante las cuales hasta la Justicia era víctima de sus desviaciones sádicas.

El Jerarca ni siquiera lo pensó: “es mejor que te largues – le dijo –, mientras tenga poder no necesito nada más.”

Esta vez la suerte no iba a sonreírle a la antigua diosa y nadie quiso contratarla como modelo nuevamente; ¿quién necesitaba en sus filas a una arribista?

Al borde de la pobreza, recibió la llamada de un francés que dijo ser director de cine.

― Quiero ofrecerle un papel en mi nueva película, la he visto en fotos y creo que es perfecta, espero que no tenga escrúpulos…

Venus ni siquiera sabía el significado de esa palabra.

Para trabajar tuvo que trasladarse a Los Ángeles, donde su nuevo jefe, un famoso director de cine porno, le dijo que la necesitaba para hacer un filme erótico sobre la vida de Baco; ella, con tanta experiencia en el mundo de las divinidades greco – romanas, podía interpretar perfectamente a Ariadna, la mujer que, después de ser abandonada por Teseo, se convirtió en la esposa del dios del vino.

Sasha Grey, sorprendida, le pregunta a Stoya: "¿era la diosa del sexo y no sabe qué es un 'strap-on'?"

Sasha Grey, sorprendida, le pregunta a Stoya: “¿era la diosa del sexo y no sabe qué es un ‘strap-on’?”

Venus consideraba degradante su papel y no porque tuviera que ejecutar extrañas proezas sexuales, sino porque reducían a un rol tan elemental a quien justamente había sido la diosa del amor, la belleza y el sexo.

De todas maneras, ahora ya no poseía manzanas de oro o algún hechizo que pudiera ayudarla, así que tuvo que resignarse a ese papel y su desempeño fue tan perfecto que después de esa película la bombardearon con ofertas de toda índole – siempre en el mundo del porno, claro –, experimentando un sinnúmero de cosas que ni siquiera en sus años de diosa de la sexualidad tuvo idea de que existían.

Vestida así tuitea Atenea, aunque sea muy "mainstream" (¡seguro ahora todo el mundo querrá imitarla!).

Vestida así tuitea Atenea, aunque sea muy “mainstream” (¡seguro ahora todo el mundo querrá imitarla!).

De todas maneras, la riqueza vino acompañada de una terrible presión y su carácter, que nunca fue muy estable, terminó por quebrarse, cayendo en las drogas. Primero la mariguana, luego la cocaína, el crac y la heroína. Su carrera declinó tanto que el director que la había descubierto le dijo:

― El problema son tus medidas, 93 – 61 – 94 no es lo adecuado para esta industria, quizá si te operases para llegar a 110 – 51 – 100…

Venus accedió, sin embargo su precario estado de salud y la poca asepsia de la clínica ilegal donde fue operada la liquidaron. La noche del 1 de mayo de 1996 murió víctima de una terrible infección en un quirófano pútrido de un suburbio de Los Ángeles.

La verdad es que yo nunca me llevé bien con ella – era demasiado mainstream para mí –, aunque no puedo negar que algunos de los consejos de belleza que me enseñó mientras estábamos en el Olimpo intercambiando opiniones acerca de su hijo Eneas, me han servido hasta hoy, por eso – y porque la señal de internet se cayó, impidiendo que pueda conectarme a Twitter – decidí escribir esta nada tendenciosa nota necrológica. Paz en su tumba.

¬¬

El último viaje de Simbad

Simbad, debilitado por los horrores del viaje y por su avanzada edad, entró en la cueva. Su tripulación había perecido devorada por una extraña bestia que salió del mar mientras descansaban en la playa.

Deprimido, recordó a sus mujeres, a su casa, a sus queridos siervos; «nunca los volveré a ver», se dijo.

— ¿Para qué has venido? – exclamó, de pronto, una voz que provenía de lo más profundo de la caverna.

— ¿Quién eres? Yo soy Simbad el marino.

— He preguntado la razón de tu viaje; aquí, los nombres no tienen importancia.

— Un comerciante de Bagdad me contó, hace algunos meses, que en una de las islas de este archipiélago vive un poderoso mago que posee el secreto de la eterna juventud, y he venido a comprárselo.

— ¡Ja, ja, ja! ¿Por esa tontería has arriesgado tu vida?

— No es una tontería; la vejez ciertamente no lo es.

— La ancianidad es experiencia, sabiduría…

— … Y también muerte…

— ¿Has venido solo?

— No, pero toda mi tripulación fue devorada por un monstruo mientras descansábamos en la playa, antes de emprender la búsqueda del palacio del mago.

— ¿Te das cuenta de que tu deseo le ha costado la vida a cientos de hombres?

Simbad bajó la cabeza.

— ¿Sabes dónde está el palacio del mago? – dijo suavemente, casi como en un murmullo.

— No hay ningún palacio en esta isla.

— Entonces, ¿ha sido en vano todo?

— Tal vez te pueda ayudar, Simbad; antes, sin embargo, tendrás que pasar una prueba.

— La que sea.

Por unos instantes, todo quedó en silencio.

— Debes observar una cosa – dijo el dueño de la voz que, por primera vez, salía de las tinieblas de la cueva, presentándose al aventurero –, nada más…

— Lo que ordenes, pero ¿quién eres?

— Los nombres no importan, ya te lo dije.

El ermitaño, ataviado con la piel de una fiera, le entregó a Simbad un cuenco lleno de agua, al tiempo que le ordenaba concentrar todos sus sentidos en el fluido.

— El líquido mágico te mostrara el camino…

A los pocos minutos, el cuenco adquirió a los ojos de Simbad las dimensiones de un océano y pudo verse en él a sí mismo, joven, lozano y navegando en un hermoso barco.

— ¿Qué es este prodigio?

— ¡Tu futuro!

El marino guardó silencio mientras se sucedían las escenas de nuevos viajes por Oriente y Occidente; el descubrimiento de grandes tesoros y exóticas huríes. Vio montañas, ríos y mares extraños; animales y plantas indescriptibles; y a pesar de que los años parecían pasar, él, Simbad, continuaba pletórico, lleno de vida.

— ¡Esto es maravilloso!

— ¡Espera! Aún no termina.

Repentinamente, al fondo del cuenco, vio a una muchacha hermosísima que le extendía los brazos, al tiempo que con ojos llenos de pasión, lo llamaba.

— ¿Quién es?

— Una mujer que conocerás, si escoges la inmortalidad.

— ¡Claro que lo haré!

— ¿No comprendes? ¡Mira con atención!

El Simbad del cuenco abrazó a la joven y se fundieron en un largo beso, sin embargo, ella empezó a envejecer aceleradamente hasta que terminó por convertirse en un esqueleto putrefacto.

— ¡Por Alá! ¿Qué es esta monstruosidad? – gritó el marino, cubriéndose el rostro.

— ¡No dejes de mirar!

El agua, enturbiada, le mostró a todas las personas que amaba muriendo, pudriéndose, desapareciendo; mientras él, eternamente joven, quedaba aislado, solo y amargado.

— ¿Es realmente eso lo que quieres, Simbad?

— ¡No!, ¡no!, ¡no! Sólo quiero volver a mi casa, sólo eso…

— Tu deseo será cumplido…

En ese instante, el viejo marinero despertó en medio de una cómoda cama, junto a su esposa.

— ¡Qué bueno es volver a verte! – le dijo, abrazándola.

— ¿Qué dices, esposo mío? Parece que no me hubieras visto en meses.

— Así fue.

Ella le tocó la frente, preocupada por su salud. Simbad, por otro lado, estaba seguro de que Alá le había regalado un último viaje.

El libro de la inmortalidad

Aquel verano, paseaba por una playa desierta, sin turistas ni parasoles. Había caminado durante media hora, cuando, en medio de la nada, encontré una casita de madera, destartalada y miserable.

Estuve a punto de pasar de largo, pero, de repente, un viejecillo abrió la puerta y me hizo gestos con las manos para que me acercara.

— ¿Por qué no entra un rato, joven? – me dijo –. Hace mucho tiempo que no converso con alguien que no sea el repartidor de los víveres.

— Disculpe, es que yo…

— No se niegue, soy un anciano inofensivo que quiere charlar un poco, nada más.

Acepté con desgano, sin embargo, el interior de la vivienda, adornado con múltiples recuerdos de viajes y anaqueles llenos de libros; era tan acogedor, que me hizo cambiar de opinión.

Conversamos por espacio de dos horas, exclusivamente de literatura y filosofía. El viejecillo era extraordinario, de inteligencia penetrante y discurso sencillo; admirador de Hugo y de los poetas románticos ingleses, especialmente Wordsworth, Keats y Byron. De este último, poseía un ejemplar del Childe Harold’s Pilgrimage, editado en Londres en el año de 1841; en perfecto estado y que, según me explicó, era su mayor tesoro.

— En realidad – dijo, mientras lo guardaba –, tengo un libro que es más valioso que éste, lo que ocurre es…

— ¿Qué?

— Hasta ahora nadie, aparte de mí, lo había visto, pero usted me despierta confianza; espere un momento – entró en su habitación, regresando casi enseguida con un volumen grueso, empastado en cuero rojo.

— ¿Qué es? – pregunté.

— Una colección de relatos, similares a los de Las mil y una noches, aunque mucho más antiguos.

Tomé el libro que mi huésped me ofrecía y empecé a hojearlo.

— ¡Espere! – exclamó él, cuando iba a voltear cierta página –. ¡No avance más o algo terrible puede ocurrir!

— ¿A qué se refiere? – dije, cerrando el libro.

— Hay algo extraordinario en él; no hablo de su antigüedad o de su rareza, sino de su poder…

— No entiendo.

Le entregué el libro y él empezó a explicar:

— Después de la última página que usted vio, no hay nada, solamente hojas en blanco – hizo una pausa y luego prosiguió con énfasis –: a lo largo de la historia, múltiples hombres lo han llenado de relatos, dejando un recuerdo de su paso por el mundo…

— Eso es muy interesante, sin embargo, no comprendo qué tiene de terrible.

— No sé cómo explicárselo… En pocas palabras, el libro convierte a su dueño en inmortal…

— Lo siento, sigo sin comprender.

—Me explico: los relatos no son simples historias creadas por escritores imaginativos, son, en realidad, sus vidas, que se han convertido en letras y los han hecho inmortales; el poder de este libro no es otro que el de absorber, literalmente, al lector cuando este encuentra una página en blanco.

— ¿Bromea?

— No, no es una broma – volvió a detenerse por unos segundos –. El caso es que ha llegado el momento de que yo ocupe mi lugar allí, pero no me atrevo, tengo miedo de ser inmortal…

La tetera pitó, yo me ofrecí para servir el café. Entré en la cocina y mientras buscaba un par de tasas limpias, un ruido, como el de un estallido, me hizo sobresaltar.

— ¿Está usted bien? – pregunté.

Nadie contestó. Regresé, entonces, a la sala, pero el viejo había desaparecido, dejando el libro de pasta de cuero abierto y en el suelo. Lo tomé y leí la última línea de la página derecha: “…el incrédulo visitante – decía – entró en la cocina y el anciano se quedó sólo con su libro; sin dudarlo más, lo abrió y fue inmortal.