El oscuro doctor en Letras

La

La “Divina comedia” en la edición preparada por don Enrique de Montalbán.

La primera vez que escuché hablar de don Enrique de Montalbán, doctor en Letras, fue por mi padre, quien me presentó uno de los volúmenes más preciados de su biblioteca: la “Divina comedia” de Dante, editada, según parece, en 1888 por la Librería Española de Garnier hermanos en París.

En aquel tiempo – yo tenía doce años –, estaba más interesado en los videojuegos, por lo que no compartí el entusiasmo de papá por el libro, el mismo que había llegado a sus manos como parte de la herencia de su tío abuelo, quien lo adquirió en la desaparecida Librería Sucre de la Plaza de la Independencia.

Mi padre sostenía que aparte de las ilustraciones de Yan D’Argent y los estudios introductorios, su mayor mérito eran las notas explicativas elaboradas por Montalbán.

La “Divina comedia” es un libro que, para ser apreciado en su justa medida, requiere aclaraciones acerca de la multitud de personajes citados por Dante, pues sus personalidades y conflictos con el poeta italiano son los que aportan sentido al poema.

Aproximadamente unos diez años más tarde, al leer la epopeya por primera vez, comprendí lo que papá había querido explicarme en el instante en que yo estaba ocupado con la nueva aventura de Donkey Kong para Game Boy.

Por las páginas de aquel volumen rojo desfilaban los Montesco y los Capuleto, acompañados de papas, reyes, filósofos griegos. Hombres y mujeres, alineados con los güelfos o los gibelinos. Homosexuales, genios, ninfómanas, corruptos, santos y asesinos, en pocas palabras, un mosaico completo de los principados italianos del Medioevo. Sin las notas de don Enrique de Montalbán solo un erudito historiador – y acaso ni él – podría entender las razones por las que las puertas infernales se abrían para unos y se cerraban para otros.

Bice Portinari, probable modelo de la Beatriz de Dante.

Bice Portinari, probable modelo de la Beatriz de Dante.

Leer solo las notas del doctor en Letras español es una aventura literaria e histórica. Cada nombre mencionado resume las pasiones de Dante y los prejuicios de la Edad Media. A través de aquellas descubrimos que el príncipe de los poetas italianos era un hombre como nosotros, a quien la política había marcado hasta el punto de convertirlo en un insultador exquisito, al tiempo que su alma de poeta le hizo consagrarse a una mujer, Beatriz, con la que, si existió, acaso jamás llegó a materializar su amor.

Pero ¿quién era don Enrique de Montalbán, doctor en Letras? Cuando terminé de leer el libro emprendí su búsqueda en internet, pero lo que encontré fue mucho más sorprendente que su conocimiento de la Edad Media italiana: ¡nada! Montalbán era un fantasma.

Por otro lado, la editorial que publicó el libro, Garnier Frères, había sufrido una serie de avatares, incluida la quiebra en 1983 y su posterior reubicación del número 6 de la calle de los Saints-Pères al número 6 de la calle de la Sorbonne. Mas, no existían datos en el sitio de internet sobre sus libros antiguos en español.

En noviembre de 2004, perdida ya la esperanza de hallar algún rastro de Montalbán, el Centro Virtual Cervantes colocó en su página web un artículo de Fernando Sorrentino sobre el doctor en Letras. La casualidad quiso que yo lo descubriera una mañana mientras buscaba cierta imagen del infierno de Dante para un texto en preparación. La sorpresa fue mayúscula: aquel jamás existió.

Antiguo edificio de la editorial de los hermanos Garnier en París.

Antiguo edificio de la editorial de los hermanos Garnier en París.

Los hermanos Garnier, vendedores astutos, decidieron fabricar a este erudito, convirtiéndolo en el autor de unas notas que no eran otra cosa que un plagio de la edición de la “Divina comedia” preparada por Manuel Aranda Sanjuán en 1868. La del doctor en Letras contiene variaciones mínimas que se reducen a cambios de palabras – parecido a lo que hacen algunos de mis estudiantes de Literatura al descargar información de internet para una tarea –, pero en esencia es la misma. Montalbán resultó ser un personaje más del libro de Dante.

En cuanto a los Garnier – quienes para sus ediciones españolas contrataron a figuras de la talla de los hermanos Machado –, sus colecciones de clásicos eran magníficas y aun hoy se siguen publicando en una versiónreload” de la editorial parisina, que ha abierto su mercado a los libros digitales y se dedica a la difusión y rescate de las obras antiguas en su biblioteca virtual.

Me pregunto qué habría pensado Borges sobre el caso de don Enrique de Montalbán y los editores parisinos. ¿Acaso aquello habría generado un cuento? No lo dudo.

Un periodista en la Primera Cruzada

¿Qué habría pasado si en la época de las cruzadas hubiesen existido periodistas como los de este tiempo? Es probable que el enemigo de los cristianos estaría registrado en los libros de historia con una categoría diferente a la de “musulmán”… A continuación exponemos al escrutinio de la comunidad científica un manuscrito hallado hace unas semanas en el sitio arqueológico de la ciudad de Antioquía, el mismo que parece demostrar que los periodistas ya estuvieron presentes en uno de los episodios más dramáticos de la Edad Media y que si bien no tenían cámaras de vídeo o apuntadores, el hecho es que ya se dedicaban a husmear en las vidas de los protagonistas de la historia.

El cielo negro cubría nuestras cabezas. Al trepar hasta las torres de la fortaleza se lograba ver a lo lejos el campamento de los infieles.

EL sitio de Antioquía. La obsesión de los cruzados era tomar vino y no comer ratas.

EL sitio de Antioquía. La obsesión de los cruzados era tomar vino y no comer ratas.

Aún medio dormido, me vestí apresuradamente luego de que el guardia me informó que la comisión de doce hombres ya estaba lista para bajar al sitio que, según el monje Pedro Bartolomé, escondía la Lanza Sagrada.

Cinco días atrás, buena porción de las tropas había desertado. Mermada y al borde de la muerte por la hambruna, Antioquía estaba a punto de capitular. Por otra parte, los líderes militares – Raymundo de Tolosa, Godofredo de Bouillon, Ademar de Monteil y Bohemundo de Tarento – mantenían rencillas internas por el derecho de reclamar como suya la ciudad recién conquistada. En resumen: los políticos, como siempre, nos tenían jodidos.

Sin embargo, Pedro Bartolomé, un fraile tan invisible como la inteligencia de Paris Hilton, apareció para informarnos que había soñado con San Andrés, quien le dijo que la Lanza Sagrada, la misma que hirió el costado del Salvador, yacía enterrada bajo la catedral de San Pedro y que esta era la única que nos permitiría triunfar sobre los turcos y sus aliados.

Algunos dudaron de sus palabras – principalmente porque en Constantinopla ya habíamos visto otra Lanza Sagrada y nadie recordaba que a Él lo hubieran atravesado en ambos costados –, pero la mayoría de tropas, que no habían comido casi nada, eran propensas a aferrarse a cualquier cuento, por lo que se dispuso que doce hombres excavásemos en busca de la reliquia.

Me puse las botas y salí de la posada. Afuera esperaban mis compañeros de aventura, entre los que cabe destacar al propio Raymundo de Tolosa, al obispo de Orange y al historiador Raymundo de Aguilers.

Una de las tantas Lanzas Sagradas...

Una de las tantas Lanzas Sagradas…

Llegamos a la catedral de la ciudad muy temprano y casi sin mediar palabra, nos pusimos a cavar – no empleamos aldeanos,  las manos de los siervos jamás deben profanar lo sagrado –. Al principio trabajamos con entusiasmo, pero a medida que los minutos iban transcurriendo sin que apareciera el tesoro, la decepción y el mal humor se apoderaron de nosotros. El conde Raimundo abandonó la búsqueda y el resto se resignó al fracaso.

De repente, Pedro Bartolomé, tomando impulso, saltó al hueco que habíamos abierto, ejecutando un par de volteretas antes de caer de cabeza.

— ¡La tenemos, incrédulos, la tenemos! – exclamó casi en seguida.

San Jorge mató a un dragón, ojalá se llevara a los políticos...

San Jorge mató a un dragón, ojalá se llevara a los políticos…

El fraile salió del orificio elevando la lanza y nos ordenó arrodillarnos.

Sin dejar de mirarlo con desconfianza, obedecimos por si acaso… Nadie quiere irse al infierno con un calor como el de allá y con ropa como la nuestra.

Con la Lanza Sagrada, la moral del ejército y de la población se elevó tanto que hasta aceptamos de buen grado el sacrificio de ayuno que ahora nos imponía Pedro por orden de San Andrés – acaso si no hubiésemos estado poseídos por el fervor religioso, rehusarnos a comer carne de rata, único menú de una ciudad sitiada si se descarta el canibalismo, ¡habría sido impensable! –. Con reliquia y hambre nos preparamos para el combate.

Trece días más tarde, luego de intentar una negociación con el enemigo, los cristianos abrieron las puertas de la fortaleza, atacando a los sitiadores. Llevaban consigo la Lanza Sagrada y algunos dicen que hasta San Jorge, San Demetrio y San Mauricio se unieron a la carga del ejército. Como quiera que sea, el vino y la dieta de rata favorecieron la aparición de santos y la victoria de los cristianos.

Las tropas regresaron a la ciudad, iniciando una fiesta que aun hoy no ha terminado. Me pregunto si los tres santos que ayudaron a la cristiandad estarán también hartándose de vino en algún callejón.

Merecido, si es así. Los buscaré para que hagan el milagro de pagarme una copa – o varias.

Biografía apócrifa: el pajarito chiquitico

Aclaración indispensable 

El problema al que se enfrenta todo biógrafo serio – como yo – es que al momento de escribir sobre un personaje célebre debe abordar tanto su psicología como el efecto que esta tuvo en sus acciones y en las personas que lo rodearon. Esta premisa se complica en el caso del sabio Hugo Chávez, quien después de ser enterrado como todo un socialista – es decir, con una modestísima ceremonia –, decidió resucitar como un ave, haciendo que crezcan geométricamente la cantidad de experiencias merecedoras de un capítulo especial en el libro de la vida de este extraordinario individuo.

En vista de lo anterior, opté por reducir el espectro investigativo a un periodo de tiempo tan corto como crucial y sobre el que seguramente nadie querrá trabajar, dado el prejuicio que siempre tiene la comunidad científica por cosas que se escapan a la “razón”; me refiero a los treinta días que demoró el Comandante para regresar a la Tierra desde el otro mundo.

En esta titánica tarea varias fuentes que van desde dioses griegos hasta enfermos de un sanatorio mental me han ayudado, a todos ellos les entrego mi reconocimiento.

 

En el capítulo especial de "Aló, presidente" desde el Tártaro no solo se habló del imperialismo yanqui, sino también del imperialismo, del imperialismo, del imperialismo y de la señora Zulema que "hace deliciosas arepas".

En el capítulo especial de “Aló, presidente” desde el Tártaro no solo se habló del imperialismo yanqui, sino también del imperialismo, del imperialismo, del imperialismo y de la señora Zulema que “hace deliciosas arepas”.

Hugo Chávez organizó una edición especial de “Aló, presidente” desde el Tártaro, adonde había ido a parar, según él, porque Minos, Éaco y Radamantis eran unos capitalistas asesinos. De hecho, durante la emisión de su programa televisivo dijo que los tres jueces de almas eran en realidad los mismos que destruyeron Marte y que, siglos más tarde, escondidos en un laboratorio de la CIA en Nevada, habían inventado el cáncer.

Hades y Perséfone estaban en medio de su cena cuando escucharon la acusación. El dios del Inframundo estaba cansado del bolivariano.

― Tráiganme al loco, quizá pueda hacerlo entrar en razón.

Chávez, sin embargo, no estaba dispuesto a negociar, él quería volver a la vida a cualquier costo, aunque eso significara organizar manifestaciones violentas, empuñar los fusiles, llamar a Rafael Correa o, lo que es peor, dejar en el aire el programa “Aló, presidente” por los siglos de los siglos…

En la imagen se puede ver a Perséfone desmayada en los brazos de Hades, mientras varios miembros de las milicias bolivarianas los acosan con toallas higiénicas reutilizables.

En la imagen se puede ver a Perséfone desmayada en los brazos de Hades, mientras varios miembros de las milicias bolivarianas los acosan con toallas higiénicas reutilizables.

Hades no hizo caso de las amenazas, supuso que un socialista como aquel no sería tan perverso como para cumplirlas, pero estaba en un error: esa misma noche el Comandante se apareció en los sueños de Rafael Correa, Evo Morales y Cristina Fernández; les dijo que debían bajar al Inframundo para rescatarlo porque los gringos imperialistas estaban conspirando contra la revolución, al tiempo que les autorizaba a utilizar cualquier medio que fuera necesario para cumplir con el cometido, aun si esto significaba sacar los 137 millones de dólares que su familia había ahorrado en bancos yanquis imperialistas para alimentar a los niños pobres que viven en la Fosa de las Marianas.

Los tres mandones[1], víctimas del desasosiego, se pusieron a cumplir con su misión, acudiendo a la UNASUR y “a la” ALBA. Se denunció a las organizaciones de derechos humanos, a la prensa y hasta a Dios por haber creado la muerte con el fin de destruir al socialismo. Durante esta épica lucha, Cristina se compró carteras Louis Vuitton, Rafael encerró a dos fulanos  por conspiradores y Evo se puso a experimentar con pollos para encontrar la cura de la calvicie.

Los culpables de la calvicie y la homosexualidad de los europeos, según Evo (¡!).

Los culpables de la calvicie y la homosexualidad de los europeos, según Evo (¡!).

De todas maneras, ver en televisión las caras de estos tres adalides no fue lo que hizo que Hades se doblegara – aunque sí le provocaron una subida de tensión que por poco termina en un derrame cerebral –, sino las interminables arengas de Hugo que casi siempre iban seguidas de una cadena de expropiaciones.

― ¡Lárgate, Chávez, lárgate y no vuelvas por aquí! ¡Ni al transformarme en el snack de Crono, mi padre, sufrí tanto como ahora!

En seguida, el bolivariano espíritu se puso a cantar una ranchera de Vicente Fernández, al tiempo que se preparaba para su regreso.

― Sin embargo – le dijo el dios del Inframundo con una sonrisa imperceptible –, no podrás volver como humano, eso es imposible; lo máximo que puedo ofrecerte es que lo hagas como roedor o pájaro. Tú decides.

El comandante, comprendiendo que esa era su única opción, optó por el ave porque rata ya había sido.

Así, el espíritu bolivariano – en este caso es literal – fue hasta las orillas del Aqueronte, donde un barquero aguardaba para llevar a los muertos de un lado a otro. Como Chávez no poseía un óbolo[2] para pagar el viaje, se quedó varado.

Caronte luchando contra la correntosa retórica de Chávez, casi muere ahogado.

Caronte luchando contra la correntosa retórica de Chávez, casi muere ahogado.

Caronte fue inflexible. La promesa de regalarle una lata de caviar iraní si lo dejaba cruzar la primera vez nunca se cumplió, así que no volvería a engañarlo.

― Chico, pareces un imperialista yanqui, ¡déjame pasar, cónchale vale!

El aludido ni siquiera se molestó en contestar.

― Ya sé quién tú eres, a mí no me engañas… Eres míster Danger, por eso me impides salir, lo que quieres es matarme de nuevo, ¡terrorista, capitalista!

El barquero, harto de la perorata, dijo:

― ¡Está bien, te llevaré, pero cállate!

El Comandante, fulminado por el miedo, solo se atrevió a murmurar: “¡expropie!” Por lo demás, finalmente pudo comprender que su retórica era un poderoso instrumento de tortura.

El barquero y Hugo emergieron en la región de Epiro, en Grecia. Apenas la luz del sol se hizo presente, el alma encarnó en un nuevo cuerpo bolivariano, el de un pájaro llamado “tapaculo” (Scytalopus latrans); era pequeño, negro y, por fortuna, no podía hablar.

Decepcionado de su suerte, voló sin descanso hasta llegar a Venezuela y apenas estuvo en Margarita, supo que su Delfín se hallaba en aprietos porque, otra vez, los imperialistas intentaban acabar con el mayor logro del socialismo bolivariano: las toallas higiénicas reutilizables.

El pajarito chiquitico. el tapaculo se supone que es experto en tapar orificios como el de Maduro (me refiero al de la cabeza).

El pajarito chiquitico. El tapaculo es un tipo de ave que se supone que es experta en tapar orificios como el de Maduro (me refiero al de la cabeza).

El 3 de abril de 2013, Chávez – tapaculo fue a encontrarse con su destino en Barinas, apareciéndose ante su sucesor, Nicolás Maduro, y, encaramado en una viga de madera de una capilla donde este hacía algo, no se sabe con certeza qué – ¿rezar? –, se puso a silbar. El tono inconfundible lo detectó el Delfín, respondiendo de la misma forma.

“¡Que me des alpiste! – repetía el tapaculo desesperado sin lograr que lo comprendiera –. ¡Deja de silbar, pendejo!”

El Comandante pajarito se dio cuenta, entonces, que la única forma de salvar a la revolución era quedarse al lado de Maduro y, sin pensarlo, se puso a anidar en su cabeza, al fin y al cabo era un lugar completamente vacío y oscuro donde los capitalistas conspiradores jamás lo buscarían para asesinarlo, inoculándole el cáncer de nuevo.

 

Maduro nos conmueve con su revelación.

Llegada de Chávez al Inframundo. La desazón de los que lo recibieron se puede ver en sus rostros.
No es una suela de zapato, no es una simple toalla higiénica, ¡es el origen del agua de rosas!
¬¬

[1] Mandatarios, fue un lapsus lingüístico.

[2] Antigua moneda imperialista con la que los imperialistas del imperialista Inframundo impedían que los pobres descansen en paz.

El infierno con Dante

Chifa del señor Nifú Nifá, recomendado para los paladares más exigentes.

Yo fui el primer sorprendido al descubrir que la entrada al infierno estaba en un restaurante chino (y es literal).

Todo empezó cuando entré al chifa del señor Nifú Nifá, el 5 de enero a las dos de la tarde; la verdad es que me decidí por ese sitio porque fue el único que ofrecía un plato de comida y un vaso de té helado por menos de tres dólares (¡ay, mi boyante economía!).

Mientras esperaba mi almuerzo, me puse a observar el aspecto del local, percatándome que era un sitio bastante acogedor (más allá de las paredes negras y llenas de moho; las tuberías herrumbrosas, que habían sido colocadas morbosamente sobre los muros y no dentro de ellos; y, la cortina de baño que separaba el comedor de la cocina, en donde, por cierto, se escuchaban maullidos desesperados).

El mesero, un chino que, fuera de cuatro palabras (coca, cola, chaulafán, gato), hablaba siempre en cantonés, me sirvió el almuerzo, al tiempo que se reía macabramente.

— Disculpe, ¿dónde está el baño? – pregunté cuando, después de haber terminado con la comida, un dolor intenso (como si mi intestino estuviera desprendiéndose) empezó a torturarme.

— No baño, “infielno” – dijo el señor Nifú Nifá, extendiéndome un papel con la cuenta.

Aprovecho esta oportunidad para rogarles encarecidamente que no se tomen más fotos en los baños, es grotesco.

Con una mano sobre el abdomen y la otra donde termina la espalda, busqué el servicio higiénico, encontrándolo, para mi sorpresa, junto a la salida, en el lado izquierdo, contrario a la lógica convencional que indica que siempre debe estar al fondo y a la derecha (¿será porque los chinos viven en las antípodas?). La puerta del “tocador” no se abría con facilidad, de hecho pugné con ella por cinco minutos, y cuando al fin cedió, el problema fue volver a cerrarla.

Sin embargo, la verdadera pesadilla estaba por empezar: luego de que conseguí bloquear la entrada, el cuarto de baño, por arte de birlibirloque, se transformó en un ascensor que se puso a descender velozmente, deteniéndose sólo varios minutos más tarde, cuando mis entrañas clamaban por piedad o vendetta.

— ¿Dónde estamos? – le pregunté al primer sujeto que hallé fuera del baño/ascensor; un tipo vestido con capucha y una especie de túnica roja (yo supuse que era un actor de teatro experimental o ‘drag’, que básicamente es lo mismo).

— En el infierno – contestó.

— El infierno está en mi estómago… se lo suplico… un baño.

— ¿Qué es eso? Aquí no hay ese tipo de comida; mejor, déjeme guiarlo por este terrible antro, joven, y así podrá contarle a los mortales qué es lo que les espera.

— ¡BA-ÑO!

— No, mi nombre es Dante y estoy aquí por culpa de mi ira, egolatría, falsa amistad y presunción; ¡ahora, sígame!

¿Actor de teatro experimental o ‘drag’?

Resignado, obedecí a ese demente, quien primero me señaló una fosa fétida; luego, un valle con carbones encendidos; y, más tarde, una montaña de rocas gigantescas que se desplomaban sobre aquellos que pretendían escalarla.

De pronto, mientras caminábamos por la Pradera de los Imbéciles, se presentó ante nosotros una pareja de amantes que llevaban, por único ropaje, unas capuchas de látex.

— Nos castigaron por tener sexo sin preservativos – dijeron en coro.

Un poco más lejos, apareció un tipo que practicaba aeróbicos, al mismo tiempo que un diablillo se divertía azotándole con ortigas en el trasero para que no se detuviera.

— Yo te conozco – le dije –, tú eres el hombre que vende aparatos y programas para perder peso en tres días.

— Sí, y por eso estoy condenado a utilizarlos hasta que baje diez libras… ¡pero llevo cinco años aquí y no he conseguido reducir ni una onza!

— Démonos prisa – interrumpió Dante –, quiero mostrarte el río de lava donde nadan John Edgar Hoover y Richard Nixon, el basurero donde botaron a Stalin, Hitler, Franco, Mao y Pol Pot, y el pozo séptico donde viven los presidentes latinoamericanos.

— ¡No me interesa nada de eso; por amor a Dios, te lo suplico, UN BAÑO!

— ¿Cómo te atreves a pronunciar esa palabra en este lugar maldito?

— ¿Cuál, baño?

No pudo responderme, pues en ese momento, la tierra tembló, apareciendo enseguida un hombre cornudo y elegante, quien vestía con frac, capa y corbata de lazo.

Se lo ve tan dulce con su traje de etiqueta, ¡cómo crecen y uno no se da cuenta!

— ¡Ah, eres tú! – exclamó con desgano –. Ni siquiera merece la pena castigarte, al fin y al cabo, en un par de años tú serás nuestro huésped más ilustre.

— ¿Y yo por qué?

— Cínico, blasfemo, egoísta, ambicioso, necio, degenerado, vanidoso, violento…

— Bueno, bueno, ya entendí; ahora, ¿puedes prestarme un baño?

— Claro, está al fondo y a la derecha.

Me puse a correr y, en medio de mi desesperación, tropecé con una roca, cayendo al suelo con tal fuerza que perdí el conocimiento.

Al despertar, estaba en un hospital, con dos bolsas de suero conectadas al brazo, una mascarilla de oxígeno en la cara y, junto a mi cama, una enfermera que refunfuñaba:

— Por culpa de estos pendejos que comen basura en la calle, no puedo ir a casa temprano…

¬¬